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Inteligencia contravencional
Crónica sobre el accionar de la Comisaría 10 y la Fiscalía Nº 3 en Plaza Once
 Esta nota de Sonia Sánchez fue publicada en la edición 4 de MU
Jueves, 2 de la tarde. Sentada en el filo de la vereda, desde uno de los maceteros de Plaza Once, veo pasar la vida. Hay gente descansando y hay gente corriendo. Dos falsos profetas le hablan a Dios por micrófono. Un grupo de jóvenes toma cerveza en una botella de plástico, y vino en tetrabrik.
El vendedor de comida al paso está enojado: sufre cuatro y hasta cinco veces por semana los operativos de los inspectores, que llegan acompañados por la policía de la Seccional 10. Tiene a la vista -como le exigen- el certificado de un curso de higiene y manipulación de alimentos (que es obligatorio) y el permiso comunal, que le implica el pago mensual de 114 pesos de monotributo, 98 pesos de canon de vereda y 300 pesos de seguro contra terceros. Además, le revisan si tiene en sobres individuales los aderezos y le miden el espacio que está ocupando para que no se pase de límite autorizado. Aun teniendo todo en “regla”, no está seguro. Vive con miedo porque ese puesto de panchos es el sostén de su familia: 5 hijos y mujer. Tiene una causa por agresión a un policía de la 10ª, por la que debe ir a firmar todos los meses al Patronato del Liberado. ¿Qué pasó? Me contesta levantando los hombros. Los procedimientos son tan agresivos y continuos que juegan con su paciencia. Y perdió.
Ahí detrás están las mujeres jóvenes, de cuerpos voluminosos, cabellos trenzados, ofreciendo el calor que se desprende de su caribeña piel. Están todas juntas en una sola esquina. Sus miradas son esquivas, desconfiadas y con miedo. Hablan poco y en voz muy baja. Les pregunto si les hacen actas por el artículo 81 del Código Contravencional. Me contestan que no saben qué es el Código y menos el artículo 81. Les explico. Me contestan que la policía no las molesta.
Pregunto: ¿cómo se les ocurrió la Plaza Once para pararse? Silencio.
Pregunto: ¿desde cuándo están en Argentina? Silencio.
Pregunto: ¿conocen a las organizaciones de prostitutas que hay aquí? Silencio.
Dos vendedores de helados pasan a la carrera. Alguien alerta: viene un operativo. Están todo el tiempo así, huyendo, porque si los agarran pierden la mercadería. “Pero son helados ¿entiende?” me dice uno. Pregunto: ¿cuánto ganás por día? “15 pesos, si no me pescan”.
Ahora el que está sentado al lado mío es un señor de 65 años. Pregunto: ¿cómo está? “Podrido”, contesta. “Me obligan a caminar todo el día y a cargar como una mula esto, porque donde me paro, me sacan todo.” El hombre lleva una plancha de alambre colgada con una soga al cuello. Sobre la plancha exhibe todo tipo de muñecos de peluche. Semejante collar pesa un par de kilos, pero con el correr de las horas debe adquirir la dimensión de su cruz. Alguien más viene a sentarse. Es una chica que no pasa los 16. Se la ve demasiado flaca, demasiado joven, demasiado cansada. Su reposo no dura ni un segundo. Su fiolo, travestido de rapero -pantalón amplio, gorra con viscera- la levanta del brazo y la planta en la esquina. A 20 metros, dos policías con sus chalecos naranja fosforescente, fuman tranquilos.
publicada 24/07/2007
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