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Democracia vs capitalismo

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Casi como un recreo del jaleo local, la filósofa norteamericana Ellen Meiksins Wood brindó una clase magistral en la Facultad de Ciencias Sociales. Allí analizó en voz alta el estado actual del capitalismo global, polemizó con Negri y Hardt y esbozó su teoría sobre el rol de la resistencia local para enfrentar lo que llamó esta «guerra infinita» que los Estados Unidos ha declarado contra todos sus potenciales opositores.

Si Ellen Meiksins Wood se presentara a algún casting cinematográfico, posiblemente le darían el papel de nodriza bondadosa pero firme de algún grupo de niños descarriados, o un ama de casa de cualquier barrio, de cualquier ciudad: pequeña, maciza, con el pelo blanco sin tintura, la cara lavada y vestida con absoluta sencillez, fuera de toda moda.

Así es Meiskin Wood, una referente del pensamiento marxista, al que no abandonó ni cuando tales ideas parecieron una oda al anacronismo o -también en este caso- atavíos ideológicos fuera de toda moda.

Norteamericana, filósofa política, fue profesora de la Universidad de York, Toronto. Es autora de libros como Democracia contra capitalismo (1995), Rising Form de Ashes: Labor in the Age of Global Capitalism (Renaciendo de las cenizas: el trabajo en la era del capitalismo global, 1999) y recientemente Empire of capital (Imperio del capital). Fue editora de la New Left Review y co-editora de la Monthly Review.

Llegó a Buenos Aires invitada por el Observatorio Social de América Latina de CLACSO y la Facultad de Ciencias Sociales, donde el miércoles 16 de abril dictó una conferencia con un título imponente: Democracia contra Capitalismo en los tiempos de la Guerra Infinita.

Ofició como traductor simultáneo Atilio Borón y la señora Ellen, leyendo su conferencia, dejó de parecer una bondadosa nodriza para transformarse en un cerebro capaz de transitar el difícil laberinto de la actualidad política y económica y de ponerse firme con quienes en su mensaje aparecieron casi como niños descarriados: Toni Negri y Michael Hardt, los autores de Imperio.

Meiksins Wood arrancó su exposición denodadamente académica, ante unas 80 personas que se acercaron al aula 100 de la facultad (entre ellas Nora Cortiñas, de Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora, que siguió atentamente los a veces intrincados conceptos de la señora Wood), planteando que la actual es una de las etapas más dramáticas del imperialismo, que está poniendo al mundo ante una situación inédita: «Sin embargo, la teoría más a la moda en la izquierda es completamente incapaz de tratar el tema. Durante la guerra de Afganistán me tocó escuchar una conferencia de Michael Hardt, autor con Toni Negri del libro Imperio. La intención del conferenciante fue desarrollar la tesis de su libro en relación con dos temas: la guerra y la democracia. Lo asombroso fue que Hardt no hizo mención alguna de la campaña que los Estados Unidos estaba llevando a cabo en ese mismo momento en Afganistán. Y eso me parece que es debido a que las tesis de Hardt y Negri simplemente hacen imposible dar cuenta de la acción que desarrolla un estado nacional imperial, al menos el estado nacional imperial de los Estados Unidos».

Meiksins Wood agregó que ya ante la guerra contra Iraq todo lo que hizo Hardt, según ella, fue decir que los Estados Unidos estaban cometiendo un gran error: «Él no pudo reconocer que el Imperio que él y Negri habían imaginado era algo distinto al Imperialismo. En realidad, creían que el Imperio era mejor que el Imperialismo. En otras palabras, Negri y Hardt consideraban que su teoría era la correcta, pero que la realidad estaba equivocada».

La señora Wood interpreta que las cosas son al revés, y que las concepciones equivocadas oscurecen la naturaleza del imperialismo y de la democracia.

¿Cuál es su razonamiento?

Wood empieza por oponerse a quienes creen que el Estado está muriendo y que su poder se disuelve a través de las economías globales. El argumento niega la existencia y hasta la mera posibilidad del imperialismo, según Wood, que cuestiona la idea de Imperio de Hardt y Negri porque describe un mundo en el cual no existen concentraciones reales de poder capitalista. Wood reprodujo esta frase del libro: «En este suave espacio del Imperio no hay un lugar del poder. El poder está por doquier, y en ninguna parte. El Imperio es una utopía, o realmente un buen lugar».

En ese caso, toda esa idea de Imperio es pura negación del imperialismo, tomado como idea de dominación y subordinación. En lo que sí le da la razón a Hardt y a Negri es en que ya no se puede pensar según los viejos cánones del imperialismo colonial: «El nuevo imperialismo -explicó- no impone directamente su soberanía sobre países o gobiernos subordinados. En cambio opera manipulando las fuerzas económicas del mercado para lograr el beneficio del capital imperial».

El capitalismo, entonces, se diferencia de otros regímenes sociales porque puede dominar más allá de lo político, a través de los medios económicos. No necesita ejercer un poder coercitivo directo sobre un país.

¿Cuál es la paradoja?

Que la apropiación capitalista, aunque no dependa de la coerción directa extraeconómica (el poder político o estatal) sí necesita el apoyo de esa coerción. Necesita, entonces, un Estado que proporcione esa fuerza de dominación y de orden social.

La sutileza: aunque no depende del Estado, el capitalismo necesita de modo vital ese orden garantizado por el Estado. Conclusión de la señora Wood: «El capitalismo es más dependiente que antes y que cualquier otra forma social, del orden social y político que confiere el Estado».

¿Por qué?

Por anárquico, informa la señora Wood. La verdadera naturaleza del capitalismo es la de ser un sistema anárquico, en el cual las leyes del mercado amenazan con alterar permanentemente el orden social, y disolver todos los lazos extraeconómicos. Pero a la vez, el sistema necesita estabilidad, previsibilidad de las relaciones sociales, y por eso necesita una regulación social muy minuciosa. Reflexiona Wood:

«El capitalismo depende de prácticas extraeconómicas y de instituciones que compensen sus propias tendencias destructivas. La anarquía del mercado, sus efectos destructivos sobre las relaciones sociales y la vida humana, y principalmente sobre la mayoría desposeída de la sociedad de la cual el poder capitalista depende, hace imprescindible al Estado para evitar el colapso social completo».

El Estado Nacional brinda entonces un marco legal e institucional (extraeconómico) respaldado por la fuerza coercitiva. Salen beneficiados tanto el capital global como el local y el nacional.

El capital, entonces, extiende su alcance económico descansando sobre los Estados locales. Y se mueve cruzando las fronteras, mientras que cada Estado permanece en su territorio. Wood, en este punto, rompe los lugares comunes al rechazar la imagen de la declinación del Estado nacional inmóvil frente a la movilidad fluida del capital:

«Por el contrario, yo pienso que las teorías convencionales sobre la globalización están muy equivocadas en este punto, como lo están Hardt y Negri. Mi punto es que el capital global necesita Estados territoriales. Que la forma política del capitalismo global no es un Estado Global, sino un sistema de muchos Estados locales y que la brecha creciente entre el alcance económico y el alcance político del capital, es algo así como la contradicción fundamenteal del capitalismo global.»

Quiere decir que esa separación que permite que el capital se libere del control político es su fortaleza, pero también su debilidad.

Wood describe dos momentos de la explotación de clases.

-Uno, la apropiación de la plusvalía.

-Dos, el poder coercitivo que la hace posible.

Para lograr lo primero, la clase capitalista necesita que el Estado liberal se dedique a lo segundo.

¿Existe otro ente u organización que pueda realizar este control mejor que el Estado Nacional? La respuesta es no, dice Wood: «Ninguna otra organización local o trasnacional ha empezado siquiera a remplazar al estado territorial como garante coercitivo del orden social, de la relaciones propiedad, de una estabilidad y previsibilidad de los contratos, o ninguna de las otras cuestiones básicas requeridas por el capital en su funcionamiento cotidiano.»

Otra contradicción en marcha es que el capitalismo necesita bajar permanentemente los costos de la fuerza del trabajo, para aumentar su rentabilidad, pero a la vez tiene la necesidad no menos constante de expandir el consumo, lo que requiere que la gente tenga dinero (no pudo saberse si la señora Wood, residente en Londres, conoce qué significa hablar de eso en un país como la Argentina).

«Esta es una de las contradicciones insolubles del capitalismo» dijo, «pero en el balance final el capitalismo global se beneficia del desarrollo desigual y de la fragmentación del mundo en economías separadas, cada una de las cuales tiene su propio régimen social y sus propias condiciones de trabajo».

Por lo tanto, el argumento es que el nuevo imperio global tiene la capacidad excepcional de expandir su economía económica más allá de cualquier Estado nacional, pero eso paradójicamente lo hace cada vez más dependiente de un sistema de múltiples Estados territoriales. La debilidad de la fuerza.

Además, lo distintivo del capitalismo es su capacidad para extender su poder económico mucho más allá de la dominación política y la militar. La condición para lograrlo es que todos (productores y apropiadores de la riqueza), dependan de los imperativos del mercado. El imperialismo es posible -anuncia Wood- cuando los poderes imperiales pueden imponer y manipular los dictados del mercado sin necesidad de un dominio directo colonial.

Ahí aparece la globalización: el mercado a lo ancho y lo largo del planeta. Todas las economías deben ser funcionales a los dictados del mercado.

El instrumento indispensable es el Estado. Los países que mejor lo simbolizan son los que han seguido al pie de la letra las recetas del FMI.

Por eso, a pesar de todas las argumentaciones globalizantes capitalistas, Wood asegura que el mundo cada vez más, y no menos, es un mundo de Estados nacionales, no sólo como resultado de las guerras de liberación, sino por la propia lógica de la globalización.

Wood consideró que el capital no es capaz de organizar el mundo, y que ni siquiera puede organizar los circuitos económicos globales por sí mismo.

Por eso mientras las teorías convencionales de la globalización suponen que el Estado se convierte en algo crecientemente irrelevante e impotente, Wood argumenta exactamente lo opuesto.

Ese es el punto en el que se entiende mejor el diagnóstico sobre la actualidad.

Dice Wood: «En ausencia de un Estado global y planetario que se corresponda con el capital global, lo cual sería imposible, los Estados Unidos están buscando otros caminos de controlar un sistema poco confiable de múltiples Estados, y de asegurar que ninguno de ellos, amigo o enemigo, jamás aspire a a desafiar a los Estados Unidos como potencia global o incluso a nivel regional.»

Wood considera que los integrantes de la administración Bush son locos y particularmente salvajes, pero la aplicación de sus políticas es el resultado de la construcción de una fuerza militar a lo largo de décadas, que supera a todos sus rivales sumados. Y esa fuerza para algo se venía construyendo.

La consecuencia de tal estrategia es una consigna de guerra infinita, sin límite en territorio ni en tiempo, para evitar cualquier intento de desafío a la supremacía norteamericana, y a partir de allí reorganizar al mundo.

«La nueva estrategia imperialista busca contener el sistema global de múltiples Estados por medio del ejercicio regular de la fuerza militar masiva, transformando el escenario internacional en una suerte de teatro militar permanente.»

La descripción es casi metafísica, porque los Estados Unidos intentan así demostrar que pueden estar en todos los lugares, todo el tiempo, o llegar a cualquier parte, y causar una destrucción masiva.

En estas intervenciones militares, como tienen ese carácter de «mensaje», los medios están desconectados de los fines particulares. Lo militar pasa a ser un fin en sí mismo. «Una guerra sin restricciones de espacio o de tiempo».

Lo constante, en todo caso, tal vez no sea la guerra, sino la amenaza perpetua de guerra.

Pero además del peligro que representa para el mundo, Wood sacude su cabello canoso y extrae de todo esto una nueva paradoja: «La actitud norteamericana envía un mensaje al mundo sobre su hegemonía. Pero a la vez la fuerza militar es un instrumento muy burdo y completamente inapropiado para suministrar las condiciones políticas y legales cotidianas que requiere el capital para su acumulación.»

La conclusión de Wood es que, por lo tanto, las luchas nacionales y locales son hoy más importantes que nunca, porque el capital global depende no de algún poder místico que no reside en ningún lugar, sino de concentraciones muy concretas de poder. Por lo tanto los cambios democráticos locales tales como las elecciones en Brasil podrían llegar a alterar el balance imperial.

(«si Lula hace lo que todos esperamos que haga», advirtió señalando con el índice acaso hacia Brasilia).

Otra conclusión: siempre se dice que los Estados dependen de los capitales globales. ¿Y si se piensa el asunto al revés? En ese caso las luchas democráticas en cada país pueden cambiar las relaciones de fuerza internas, y el balance internacional. Y esto puede ocurrir tanto en los países periféricos (así los llamó la señora Wood) como en los centrales.

La pregunta sería: ¿cuántos países más o menos díscolos puede llegar a invadir concretamente la fuerza militar norteamericana, para defender la hegemonía del capitalismo?

Por otro lado, el capitalismo prefiere una forma de expansión que no dependa del colonialismo, ni de la dominación militar o política directa, porque es más barato.

Pero esta misma política imperialista empuja a los movimientos antiimperialistas que crean, en términos prácticos, condiciones cada vez más adversas al sistema.

De la supremacía económica, se ha pasado a una etapa de imposición de la supremacía militar. Las víctimas no son sólo los países pobres: «No veo como una casualidad que los Estados Unidos declarasen la guerra a Iraq muy poco tiempo después de que Saddam Hussein transformara sus reservas por ventas petroleras al euro».

La guerra infinita recién ha comenzado. Y una batalla central sería la que las democracias y las luchas locales dentro y fuera del Estado pueden dar contra el imperialismo del capital. La conferencia se cerró con un aplauso, la señora Wood conversó con jóvenes estudiantes con su sonrisa recuperada a pleno, y Nora Cortiñas, antes de irse, alcanzó a brindar una conclusión de alto voltaje descriptivo sobre los tiempos actuales: «Una cosa de locos».

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