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Biocombustibles: Cuando el remedio es la enfermedad

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El presidente del INTI, Enrique Martínez, explica por qué reemplazar el petróleo por etanol es echar leña al fuego de la brecha social: “Dejaríamos a millones de personas sin comer”. Cómo influye esta especulación en los precios de la carne.

E l diagnóstico dice que los combustibles derivados del petróleo son caros, contaminan el medio ambiente y provienen de recursos naturales no renovables que pronto se acabarán. La solución que promueve Estados Unidos, que incentiva la nueva Ley Nacional de Hidrocarburos y que también impulsan las cámaras vinculadas al negocio del agro es su reemplazo por los biocombustibles. Argumentan que se trata de energía limpia, renovable y que, además, representa una oportunidad única para que Argentina juegue un papel trascendental en el escenario mundial: el año pasado se cosecharon nada menos que 60 millones de toneladas de soja y maíz, granos que pueden ser utilizados para la producción de etanol. Sin embargo, el remedio puede ser tan malo como la enfermedad. Al menos eso piensa Enrique Martínez, presidente del Instituto Nacional de Tecnología Industrial (inti), quien sostiene que los promotores de este tipo de energía no buscan en verdad terminar con los problemas que ocasionan los derivados del oro negro sino, más bien, perpetuar el poderío de las empresas que los comercializan.
La primera objeción que Martínez plantea sobre la producción de etanol tiene que ver con la cuestión alimenticia. Sostiene que para conseguir un reemplazo significativo de combustibles fósiles por etanol se necesitaría afectar a una superficie tan extensa que deberían dejarse de utilizar tierras cultivadas para producir alimentos en favor de la fabricación de energía, en un momento donde la población mundial se expande de manera vertiginosa.
El prestigioso ambientalista estadounidense Lester Brown, presidente del Earth Policy Institute, sacó una cuenta que sorprende: para producir el etanol suficiente para llenar un tanque de combustible de cien litros se necesita la misma cantidad de granos que una persona come a lo largo de un año.
“Como la tierra es finita, estaríamos generando un problema en vez de una solución: dejaríamos a millones de personas sin comer”, sostiene Martínez. “Este planteo no es teoría pura –explica–. En Argentina prácticamente no se produce etanol, sólo hay proyectos. Sin embargo, ya tenemos instalado el problema por el contagio de las subas de precios del maíz por la expansión de los biocombustibles en Estados Unidos: en los últimos dos años aumentó un cien por ciento. Hoy, el Estado argentino está subsidiando a los productores de pollo, cerdos y ganado lechero porque el maíz subió por la gran cantidad de hectáreas que Estados Unidos dedica al cultivo del cereal para producir etanol. La última estampida de la carne se debe al aumento del alimento balanceado, que sube el precio porque se disparó el maíz”. En México, donde la tortilla de cereal es la base de la dieta, comenzó a hablarse de etanoinflación.
Este aumento geométrico de precios que Martínez caracteriza como un problema, los productores del campo y el gobierno lo ven como una ventaja competitiva. De hecho, hoy una de las principales fuentes de recaudación que tiene el Estado son las retenciones a los exportadores y cuanto más cueste el maíz, más dólares recibirá el país. “Pero el Estado ya empezó a devolver ese dinero en subsidios a productores ganaderos para que engorden a sus animales –argumenta el presidente del inti– . Después, deberá subsidiar a los pobres y también tendrá que comprarles comida. Cuando se haga el análisis del ciclo de vida, que implica estudiar un tema desde que empieza hasta que termina, la Argentina se dará cuenta que con el etanol pierde plata. Pero mientras tanto, unos van a ganar mucho y otros, todo lo contrario.”

Lo que ya puede apreciarse son las consecuencias prácticas de esto que por el momento sólo parece una hipótesis sobre el futuro energético:

La reciente Ley Nacional de Biocombustibles, sancionada en 2006, establece que para el año 2010 el cinco por ciento de las naftas deben ser reemplazadas por etanol.
El magnate húngaro George Soros ya anunció inversiones en Venado Tuerto para empezar a producirlo.
En Europa planean reemplazar un 20 por ciento en los próximos diez años.
El presidente norteamericano George Bush manifestó su intención de dedicar el 50 por ciento de las plantaciones de maíz a producir etanol.
Bush acaba de viajar a Brasil para sellar con el mandatario brasileño, Lula Da Silva, un acuerdo de desarrollo estratégico entre las dos mayores productores de biocombustibles del mundo. A su vez, el ex vicepresidente demócrata Al Gore no deja de predicar a favor de esta energía como antídoto contra el cambio climático en el planeta y su país inauguró lo que se dio en llamar la diplomacia del etanol.

Lo que en verdad intenta Estados Unidos no es reemplazar el petróleo por etanol, sino controlar el valor del crudo. Nunca podría reemplazar más del 10 ó el 15 por ciento, pero eso alcanzaría para presionar sobre el precio del barril, que ya superó todos los récords. Lo que permite el etanol, también, es no modificar las estructuras de poder. Si se produce nafta o etanol, se necesitan los mismos caños y las mismas estaciones de servicio para distribuirlo. Si, en cambio, se incentiva la energía eólica, solar o la generada por pequeñas centrales hidráulicas permitiría una producción descentralizada que podría distribuirse de manera local, prescindiendo de las grandes destilerías.”

Además de las objeciones políticas, Martínez realiza también cuestionamientos técnicos. Señala que existen especialistas de la Universidad de Cornell que aseguran que la producción de este biocombustible arroja un balance de energía negativo. Esto quiere decir que se gastaría más energía en cultivar, cosechar y transformar el cereal en combustible que lo que devolvería después el etanol dentro de un motor. “El nivel de conversión de energía del maíz es muy bajo. Aun los defensores a ultranza de la idea, que aseguran que la ecuación es positiva, dicen que apenas llega a obtenerse un 50 por ciento más de lo que se gasta. Además, el etanol sería un pésimo negocio para Argentina: gastar energía para producir otra que se utilizará fuera del país.” El presidente del inti también pone en duda que los biocombustibles sean energía limpia. Sostiene que sólo uno de sus componentes –el sol que participa de la fotosíntesis– pertenece al campo de las energía renovables. “Para el resto del proceso se precisan combustibles convencionales”, sentencia.
Hoy en Argentina se producen 160.000 toneladas de etanol, una cifra muy marginal para lo que representa el consumo total de combustibles. Para producirlo, se utiliza como materia prima el bagazo de la caña de azúcar, un desecho que no tiene valor calórico alguno. Estos tipos de emprendimientos surgieron durante el gobierno de Raúl Alfonsín, que se había propuesto impulsar esta tecnología. Pero hasta hoy, la industria del biocombustible no prosperó.
Antes de finalizar la consulta, Martínez prescribe su receta: producir energía eólica, solar y construir pequeñas centrales hidráulicas. Pero para eso –advierte– se necesita una política de Estado que las impulse.

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