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Cartón pintado

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Nació como un proyecto comunitario que incluía editorial y galería de arte. Fue moda y fue fenómeno, hasta que las aguas se calmaron. Hoy sigue siendo un trabajo arduo que inspira a otros a imitarlo. Cómo vive este desafío la editorial “más colorinche del mundo”.

Cartón pintado

La historia oficial cuenta que Eloisa Cartonera nació en el año 2002, parida por el escritor Washington Cucurto y los artistas plásticos Javier Barilaro y Fernanda Laguna. El proyecto pretendía ser “artístico, social y comunitario”, y sin fines de lucro. El producto estrella eran los libros: fabricados con cartón comprado directamente a cartoneros, y pintados a mano por los integrantes del grupo. Por supuesto, no tardaron en volverse cool y en inundar las librerías indies del momento. Además, en la cartonería denominada “No hay cuchillos sin rosas” algunos artistas callejeros exponían sus trabajos mientras cartoneros, escritores y público intercambiaban experiencias. Todo sucedía a la velocidad de la luz. Los libros se vendían, la prensa hablaba del fenómeno, los títulos editados se multiplicaban… Hoy, casi seis años después, el proyecto sigue en pie, aunque los tiempos y la excitación son otros. Con los pies sobre la tierra y con objetivos claros y concretos, Eloisa Cartonera dejó de ser la moda y se convirtió en un modelo que imitaron varios países de Latinoamérica.

La selección cartonera
El catálogo de Eloisa Cartonera es bastante ecléctico. Bueno, seamos directos: es un cambalache. Abarca casi cien títulos que van de Daniel Link a Fabián Casas, pasando por Dani Umpi y el prolífico César Aira. “El criterio de selección es sencillo: nos tiene que gustar”, dice Cucurto sin lugar para la duda. “A veces vamos a buscar nosotros a los autores y otras veces son ellos los que nos piden que los editemos”, agrega. La idea de pagar derechos de autor no es algo que esté en los planes de nadie. La mayoría de los escritores cede gentilmente sus derechos, aunque a algunos se los editó sin siquiera ser consultados. “Hasta ahora nadie se quejó demasiado”, ironiza. No es la única forma que tienen de seleccionarlos. También realizan concursos como el Sudaca Border, con el que buscan rastrear talentos ocultos, o el que están pensando para este año: uno que se haga a nivel nacional para publicar una antología de cuentos por autores de todas las provincias del país.
La distribución del material, como es de suponer, la realizan los mismos integrantes. En algún momento de la tarde salen de su taller-fábrica ubicado a una cuadra de la Bombonera para vender libros. Recorren plazas, avenidas, y las típicas calles del barrio de La Boca. “Si estás todo el día acá adentro no vendés nada”, dice María, otro cuadro estable de la editorial “más colorinche del mundo”, como ellos mismos se definen. También van al interior, sumándose a las ferias que se realizan en las diferentes ciudades de Argentina. Todas las opciones son válidas cuando se trata de difundir la obra y ganar algo de dinero. Aunque no siempre den el resultado esperado. “Editamos algunos textos en inglés, pensando que iban a venderse bien entre los turistas, pero no funcionó como esperábamos”, admite Cucurto.
En cuanto al funcionamiento formal, Eloisa Cartonera es una cooperativa “de hecho”. Así lo entienden Cucurto, María, Miriam, Celeste y Caro, aunque no estén registrados de esa manera. Además de no aceptar donaciones (“la gente te da lo que no le sirve”) tampoco reciben subsidios de ningún tipo, y en esto tiene ingerencia la falta de papeles. “Empezamos a averiguar y nos dimos cuenta de que no cambia las cosas el estar registrados como una cooperativa. Te piden muchos requisitos: libro contable, libro de actas, libro de cuentas…, ¿quién va a leer tantos libros?”, dice María con cierto sarcasmo mientras sus compañeras encuadernan un texto de Perlongher. No hace mucho desde el gobierno nacional les ofrecieron 50 mil pesos como subsidio, poniendo como requisito que se constituyeran legalmente como cooperativa. “Nosotros no lo vemos como una traba. Cuando averiguamos para hacer los papeles nos dimos cuenta de que no es tan difícil como nos decían. Lo difícil es toda la burocracia que hay alrededor”, continúa María.
Lo cierto es que con el correr de los años el proyecto sufrió crisis y modificaciones en su staff. Del triunvirato inicial sólo Cucurto sigue como miembro estable, y sólo él tiene un empleo por fuera de Eloisa Cartonera. Las demás viven de la cooperativa, aunque no les deje mucho margen. “El trabajo de cooperativa es difícil, no lo puede hacer cualquiera. Se trabaja mucho y se gana poco. La mayoría de la gente está acostumbrada a tener un trabajo definido y un ingreso fijo. Acá eso no pasa. Por eso mucha gente se acerca a colaborar, pero no se suma a la cooperativa como un nuevo integrante”, explican.

De la moda al modelo
El paso de los años hace que las cosas sean diferentes. No es que el tiempo lo destruya todo ni que todo pasado haya sido mejor, simplemente las personas cambian y eso se nota en lo que hacen. Eloísa Cartonera nació y fue cuestión de días para que estuviera en boca de todos. La experiencia de Miriam, quien se define como “la única cartonera” del grupo, alcanza para entender ese furor. “Yo siempre pasaba con el carrito y me preguntaba qué estaban haciendo acá. Un día pasé y pedí permiso para ir al baño. Ahí me puse a mirar y veía que se la pasaban pintando. Otro día, después de un feriado, me acuerdo que vine y dije que quería empezar a trabajar, y acá estoy. Ahora me hacen reportajes: el otro día salí en un diario de Inglaterra. ¡Mirá si me voy a venir desde tan lejos para ver esto!”, dice y se ríe.
La experiencia de Eloisa Cartonera sacudió a otros lugares donde la realidad cotidiana no es muy diferente a la que se vive en Buenos Aires. Bolivia, Perú, Chile y Brasil siguieron el ejemplo y hoy tienen sus propias editoriales cartoneras. “Para nosotros fue todo muy rápido, no lo esperábamos ni lo salimos a buscar”, dice Cucurto. El paso de ser la moda a convertirse en modelo parece haberles dado el certificado de madurez y la inyección de confianza que necesitaban. “Tenemos los quilombos de cualquier cooperativa: la organización, los tiempos, la guita”, dice Cucurto. Todos le ponen el pecho a la crisis y siguen para adelante. “Lo bueno que tiene este espacio es que cuanto más trabajás, más ganás. Entonces depende de nosotros”, dice María.
Los comienzos de año nos vuelven propensos a hacer balances y renovar proyectos. Eloisa Cartonera no es la excepción. Para este 2008 planean concretar un sueño anhelado hace tiempo: el de la casa propia. “Nuestra idea es vender más libros para poder recaudar más plata y poder comprar un terreno propio. Y eso tiene que ser este año”, afirma Cucurto con convicción. La idea es mudarse de La Boca a Florencio Varela y desplegar un proyecto comunitario. “Me gustaría hacer algo con la gente del barrio, que entre todos los vecinos podamos levantar la casa, y que ésa sea nuestra sede”, sueña en voz alta.
Mientras habla, sus manos y las del resto de los integrantes están en movimiento. Cortan cartón, ponen los títulos con stencil, y pintan cada una de las tapas de los libros. Después llegará el momento de llevarlos a las librerías o venderlos en las plazas. Todo a su tiempo parece ser el nuevo lema de un grupo que debió aprender a funcionar de la noche a la mañana, y que parece estar encontrando la sabiduría para afrontar cada situación, tanto las que avisan como las que llegan de sorpresa. El objetivo es grande, pero concreto. Difícil que esta vez les quieran vender cartón pintado.

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