Eco-sistema. Yayo Herrero, antropóloga e ingeniera agrícola

El eco-fascismo y el capitalismo verde frente a un planeta cada vez más al límite. La estudiosa española y su mirada sobre la pandemia y los puntos de salida basados en la lógica del cuidado y la actitud colectiva. Por Anabel Pomar.

Foto: Marisol Ramírez

La española Yayo Herrero logra combinar suficiente sencillez y profundidad como para decir que no hay economía, tecnología, política ni sociedad sin naturaleza. Prologó la edición en castellano de Ecofeminismo, el libro de Vandana Shiva y Maria Mies, pero prefiere no anclarse en etiquetas ni en academias: “Hay muchas personas que sin titulaciones académicas son mucho más sabias que las que tuvimos la posibilidad de estudiar”. Que no es poco en su caso: es ingeniera técnica agrícola, antropóloga y educadora social, entre múltiples cosas que le permiten traducir conceptos duros a mensajes claros destinados a públicos poco familiarizados con los temas ambientales, que siempre son profundamente políticos. Y explicar qué significa un presente asediado por el capitalismo verde y lo que define como eco-fascismo.  

Desde España la charla con MU arranca por la pandemia: “Hubo un momento en el que la propia sensación de vulnerabilidad, de miedo, provocó que las personas se miraran unas a otras, se reconocieran, entendieran la necesidad de hacernos cargo de unas a otras. Fue un momento de autoestima propia y social muy fuerte, que hizo pensar que esta pandemia nos permitiría organizar la vida de un modo diferente. Un momento de reconocimiento del entorno, de la naturaleza y de la relación entre las personas”. ¿Y un año después? “Veo más gente en situación de hartazgo, después de un año sin poder abrazar o estar con las personas queridas. Eso, junto a la crisis económica y a la incapacidad de quienes gobiernan en todo el mundo de realizar un cambio que proteja a las personas, genera pesadez”.

A la vez observa una polarización “con un brote de ideología neofascista o populista de ultra derecha que crispa muchísimo la situación, mientras que en otros ámbitos crece la percepdión de la necesidad de un cambio, de conectar la pandemia con la crisis ecológica y social”.

¿Cuál es esa conexión? “La comunidad científica nos ha ido mostrando muy bien que el arranque del virus está muy relacionado con la pérdida de biodiversidad. No es que sea la causa lineal pero buena parte de las zoonosis tienen que ver con esa pérdida, que al igual que otros problemas socio-climáticos actuales están detrás las dificultades que atravesamos”.

Cree Yayo que un problema de los discursos políticos y mediáticos es que se centran en el tema de la vacuna o la reconstrucción post-Covid desde el punto de vista, en el mejor de los casos, de un capitalismo verde que habla de los síntomas pero no de las causas estucturales del problema: “Mientras no adoptemos formas de vida y de organizarnos en común que sean conscientes de los problemas que tenemos y si las causas que los han generado no son atajadas, volveremos a encontrarnos en el futuro con problemas similares o peores”.

Contra el lugar común, no cree que el virus nos iguale a las personas ni a los países: “Eso es falso. Puede ser que dos cuerpos estén igualados al ser expuestos al virus, pero después todo ocurre según un montón de ejes de dominación y desigualdad. No es lo mismo hombre o mujer, rico o pobre, mayores o jóvenes, quien tiene casa amplia y ventilada y quien no.  Los países empobrecidos que históricamente han sido usados como grandes minas y vertederos, saqueados constantemente, tienen menos posibilidades de proteger a su población, suponiendo que tuvieran la intención de hacerlo. Y la gente más rica vive con estándares de vida que en muchos casos se sostienen a costa de lo que se obtiene de esos países empobrecidos y relegados”.

El fin y la salida

Agrega Yayo: “Me refiero a un saqueo de los países desarrollados que se produce sobre países del sur global, y la generación de continuas zonas de sacrificio, donde territorios, vidas y personas se ven fumigadas, contaminadas y saqueadas permanentemente, con los procesos que eso genera. Por ejemplo, las naciones ricas tienen un sistema de vallas para impedir el ingreso de personas migrantes pero esas mismas vallas se abren diariamente para permitir el ingreso de materias primas, alimentos, pesca, procedentes de esos países de las personas migrantes. En ese sentido es muy correcto lo que señala Boaventura de Sousa Santos cuando lo nombra como fascismo territorial”.

Mucha gente parece de espaldas a estas situaciones en los países ricos: “No ven que eso que llaman progreso  no es un ‘hacer las cosas mejor’ sino fruto de un proceso absolutamente colonial y racista de saqueo, no solo de naturaleza sino también de jirones de vida de sus habitantes”.

¿Cuál es la salida? “El problema es cómo hacer política y culturalmente deseables las propuestas de cambio para las mayorías sociales. Hay propuestas en todos los ámbitos de conocimiento sobre cómo producir alimentos que no envenenen a la tierra ni a las personas, sobre cómo recomponer nuestros metabolismos urbanos y hasta los medios de transporte. El problema es que las medidas, para no terminar en un capitalismo verde o en un eco fascismo, requieren dos elementos: el principio de suficiencia (aprender a vivir con lo suficiente, que las personas de los países ricos adopten estilos de vida muchísimo más austeros) y el reparto de la riqueza. Ahí está el desequilibrio, la desigualdad brutal entre quienes acaparan mucho más de lo que les corresponde, adueñándose de bienes arrebatados a muchas otras personas y quienes sufren ese despojo”. Al negarse a renunciar a esos privilegios desnudan que el problema no es técnico y económico (porque hay soluciones) sino político y cultural para poder organizar la vida de un modo más justo”.

Por eso es válida la frase del teórico norteamericano Fredric Jameson: resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. “El capitalismo se ha convertido en una especie de religión fundamentalista, con personas empobrecidas que aceptan su propia explotación. No es cierto que no haya solución. Lo que sí es cierto es que necesitamos un cambio radical en las formas de pensar, de sentir, de entender los problemas que tenemos para construir vida buena en común”.

¿Qué significa capitalismo verde? “Los sectores de poder no pueden dejar de ser conscientes dela crisis ecológica, el declive de los combustibles fósiles, el cambio climático, el agotamiento de los bienes comunes. Pero para resolver esos problemas proponen más mercado, más tecnología, más capitalismo. El problema es que no buscan resolver los problemas ecológicos y sociales, la supervivecia digna de las personas en un planeta habitable, sino generar crecimiento de nuevas formas económicas”. Eso significa más concentración, más desigualdad, y soluciones solo para una minoría de la humanidad.  Allí aparece el concepto de eco-fascismo: “Es la defensa de la supremacía de unas vidas sobre otras en medio de la crisis ecológica, social climática, que buscan un futuro sosteniendo un estilo de vida de consumo utilizando los declinantes recursos de la tierra y expulsando a los márgenes de la vida a grandes sectores de población y ecosistemas. Las soluciones falsamente verdes, como soluciones de elite”.

Para la española la pandemia dejó otra enseñanza: “Cuando el gobierno te abandona quedamos las personas interconectadas ocupándonos unas de otras. Cuando el mundo quería pararlo todo, lo que no podía pararse eran los cuidados. Esa tarea la hicieron personas invisibles, las llamadas amas de casa, o las personas que en el mercado tienen las peores condiciones. Eso muestra que una lógica emancipatoria debe articularse desde la lógica del cuidado”, dice esta mujer que no sabe si es optimista o pesimista: “Soy una de las muchas que no piensa resignarse a mirar la realidad. La situación nos muestra que se puede trabajar para cambiar lo que ocurre, cuidarnos, pero también querernos, pasar tiempo en común y construir alternativas para ver y experimentar el éxito de hacer las cosas colectivamente”.

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