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El parto de un modelo

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Zavalla, Santa Fe, y la agroecología. La foto muestra un campo de soja no transgénica y una evidencia: se puede producir sano, sin venenos, con más rentabilidad y sin negocios que viven a costa de enfermar al ambiente y a la sociedad. Una movida vecinal logró que Zavalla prohibiera los agrotóxicos y fomentara la agroecología. Proceso nada sencillo, con contradicciones, que muestra brotes de políticas públicas que necesitan más que buenas intenciones. De los dichos a los hechos, las apuestas de  la comunidad por otro futuro. Por Francisco Pandolfi.

Fotos: Edu Bodiño

Campo. Campo. Y más campo. Al norte, al sur, al este y al oeste. Desde cualquier parte de la ínfima zona urbana de Zavalla, la mirada hacia los cuatro puntos cardinales dan el mismo resultado: campo. El casco urbano es un rectángulo de 100 hectáreas, en un pueblo de 17 mil, y poco más de 150 manzanas. La ruralidad supera el 99%. Como parte del núcleo sojero, la comuna integra dos departamentos santafesinos: San Lorenzo y Rosario. En ella se enclava la Facultad de Ciencias Agrarias, cuna de las prácticas agrícolas con agrotóxicos.

En este pequeño territorio el el que viven alrededor de 8 mil personas (5 mil según el censo de 2010) se entrelazan dos modelos productivos opuestos: con venenos y sin venenos. Dos mundos que se chocan en un mundo en sí mismo llamado Zavalla, repleto de disputas, debates, políticas públicas agroecológicas y no tanto, luchas y contradicciones. El proceso de agroecología en Zavalla es una ebullición, como en muy pocos lugares. La batalla cultural brota desde las calles y las organizaciones, desde la universidad y el Estado, rompiendo la paz que reflejan sus aceras a la hora de una siesta que parece extenderse durante todo el día, todos los días. 

Un poco de historia

La resistencia al modelo tóxico comenzó en 2009 cuando un grupo de vecinos creó una radio abierta para visibilizar los efectos de los agroquímicos en los cultivos y en la salud de la comunidad. Triunfo: dos años después se promulgó una ordenanza que prohibió instalar depósitos de agrotóxicos en el área urbana y suburbana, así como la aplicación terrestre a 800 metros de la zona urbana y la aérea a 3.000 metros.

La movida vecinal por la agroecología continuó y en 2019 hubo varias conquistas: la Comisión Comunal de Zavalla promulga ordenanzas estableciendo una zona de 200 metros desde el límite urbano, en la que solo se debe producir agroecológicamente. Se crea una tasa de cuidado ambiental ($700 anuales) para subsidiar a quienes produzcan en esa franja. Además, dentro de la facultad de Ciencias Agrarias se crea la Cátedra Libre de Agroecología y la Comuna de Zavalla adhiere a la Red Nacional de Municipios y Comunidades que fomentan la Agroecología (RENAMA).

Claudio Benítez nació en Zavalla hace 44 años. Es ingeniero agrónomo recibido en Ciencias Agrarias. Trabaja como asesor en Zavalla y en el municipio lindante de Pérez; también como difusor de la agroecología en el Ministerio de Medio Ambiente de Santa Fe. Integra la RENAMA y la Dirección Nacional de Agroecología, donde impulsa el programa de reducción de uso de plaguicidas para que los municipios dejen de usar tóxicos. “Padezco una enfermedad inmunológica por haber usado venenos. Es una enfermedad inflamatoria intestinal y mi cuerpo reacciona contra una parte del tejido mucoso del intestino generándome úlceras a lo largo del colon. Egresé en 2009 pero desde 2007 a 2013 hice investigaciones y desarrollo en la cátedra de Malezas, con herbicidas; empecé a tener graves problemas de salud hasta que en 2016 terminé internado. El doctor me dijo: ‘mirá Claudio, tu problema no es el intestino, tenés un veneno alojado en el hígado que se liberará de a poco’”. Agrega: “Cambié mi forma de vivir, me alejé de los venenos. Como ingeniero agrónomo soy muy estricto para autorizar una receta porque vivo en carne propia las consecuencias a las que se somete una persona que manipula, convive, respira un producto químico”.

Amplía: “En Zavalla la evidencia de enfermedades asociadas a plaguicidas es cada vez más evidente. La cuestión es cómo cambiás la conciencia de que se trata de venenos, sin importar la dosis ni cómo se los use. No alcanza con alejar las aplicaciones de los centros urbanos. Se necesita una profunda autocrítica y entender que el modelo químico es inviable desde lo ambiental, la salud y lo productivo. Podemos tener una restricción de 1.000 metros pero lo que se aplica está liberando un veneno al medioambiente que no se queda ahí. Cuando se abrió el frasco se liberó algo que no se sabe dónde va a terminar”.

Contradicciones

En la búsqueda de ese cambio de sistema, uno de los nudos de la cuestión pasa por lograr que los terrenos periurbanos que dejan de usarse de forma química, se transformen en tierras producidas agroecológicamente. Para esto en Zavalla se implementó la tasa de cuidado ambiental que hoy ronda los $1.100 por año. “La tasa le permitió a productores conocer lo que es la agroecología. Si no hubiesen tenido ese respaldo no hubieran entendido el proceso. Les dio un sustento económico y nos llevó a tener de dos a catorce productores agroecológicos”, explica Benítez. 

Guillermo Rajmil es el presidente comunal de Zavalla desde 2015. Integra el Partido Justicialista (Frente de Todos) y este es su cuarto periodo, ya que las elecciones son cada dos años. Recibe a MU en su oficina. Tiene 44 años, es médico clínico y productor agropecuario. “Este es el tercer año de la tasa y ya subsidiamos en una cifra cercana a los 4 millones de pesos para estimular la agroecología. En este ciclo hubo campos que dieron 72 quintales de maíz agroecológico, mientras que en los que se siguen usando agrotóxicos producen solo 50. Esto sin contar el costo mucho más alto que tiene la producción tradicional. Así el productor se va convenciendo que la mayor rentabilidad está en la agroecología. Buscamos que los 800 metros productivos no queden abandonados”.

¿Alcanza con 800 metros restrictivos a la fumigación terrestre?

Si algo es tóxico no tendría que permitirse, sin importar los metros. 

¿Y por qué se lo permite?

Porque es una discusión nacional y del mundo que no está dada. Los productos prohibidos no se aplican en la comuna. Hacemos el control no solo a 800 metros, sino a 3 mil metros a la redonda. Luego la discusión general tiene que darse en otros lugares.

¿El productor que recibe la tasa municipal la obtiene aunque use agrotóxicos por fuera de esa zona?

Sí, esta es una ley del periurbano. Buscamos que todo termine en producción agroecológica, pero trabajando realmente en algo sustentable. Se necesita tiempo para que la mayoría lo produzca pero no por una ley, sino porque es rentable y cuida el medio ambiente.

¿No es contradictorio que el Estado subsidie al productor que usa venenos?

El productor tiene que sobrevivir, seguir produciendo. No está haciendo algo ilegal, está permitido por el Estado. Como Estado condenamos lo ilegal, educando y trabajando en el cambio cultural.

¿No tienen la potestad como Estado comunal de poner sus propias reglas? 

Nosotros no, eso lo tiene el Congreso, los diputados, los senadores. 

¿Si en Zavalla la voluntad es que no se aplique más, como comuna no puede tomarse esa decisión?

En realidad no tenemos esa potestad porque vos podés poner todos los recursos de amparo, pero al estar habilitado en otros lugares, legalmente lo perderías. La justicia no termina avalando la prohibición total. Para quienes pensamos que el camino es la agroecología tener fallos adversos nos hace demorar el proceso.

Productores incluidos

Roberto Schonfeld muestra su soja agroecológica para la foto. La toca con una mano, con la otra, la mira y sonríe. En esa imagen hay una sentencia irrefutable: la demostración de que es posible producir soja no transgénica cuando se generan las condiciones necesarias. Siembra en sus doce hectáreas divididas en dos lotes, donde además ha producido trigo y avena. “Llevo cinco años sin aplicar veneno. La agroecología es más trabajosa, necesitás dedicarle tiempo y tener más herramientas, pero es más saludable. Antes tiraba veneno y listo, quemaba todo”. Describe el proceso artesanal: “Previo a sembrar tenemos que disquear la tierra, si está dura pasarle un cincel, rastrearla. Cuando aplicaba miraba a los cuatro vientos a ver qué pasaba, ahora lo que cosecho es sano y duermo tranquilo”. Simplifica la historia: “Si perjudica a la salud no se puede echar más, listo, hay que cumplirlo. Hice un clic”.

Tiene 53 años, tres perros pequeños que lo siguen a todos lados y lo escuchan decir que en la transición la tasa ambiental está siendo fundamental: “Más en estos tiempos de sequía. Sin ese subsidio íbamos a pérdida, esto es un proceso paulatino. A medida que mejore el suelo, mejorará el rendimiento. Ya se ven algunos cambios: volví a sentir el olor a tierra, está más fresca, más suave, más lisa, más negra. Y seguirá renaciendo”.

Benítez asesora sus campos: “La agroecología es rentable por sí sola desde cualquier punto de vista y hay fundamentos biológicos que lo explican. El manejo del suelo permite un incremento de la materia orgánica que a su vez retiene más agua en años donde la lluvia es un factor crítico. Entonces, el productor agroecológico tendrá un diferencial respecto al tradicional, que tiene el suelo más degradado y fertiliza con una sal que genera una sequía química”.

Darío Graziosi tiene 47 años y junto a su hermano producen en más de 600 hectáreas, desperdigadas en varios campos. En 60 lo hacen de manera agroecológica con la ayuda de la tasa ambiental. En el 90% restante continúan aplicando venenos. “El grueso lo seguimos haciendo en la agricultura tradicional. Hoy esto (hace el gesto del dinero) marca el rumbo. En esta zona la mayoría de los campos son arrendados por los pooles de siembra y el productor no tiene terreno propio, lo que hace más difícil hacer el salto a otro sistema”. 

Se contradice: “Lo que se viene haciendo en siembra directa, en cuanto a costos es mucho más caro con aplicaciones”. ¿Entonces? “Estamos tratando de hacer menos aplicaciones, primero por el costo y después por el tema de lo agroecológico, pero lleva más laburo, requiere trabajar el campo. Hoy la aplicación tumba yuyos y listo. Es difícil decirle a la gente que cambie todo, no quiere arriesgar; por eso la tasa ambiental es una buena idea porque te ayuda”. Concluye, ahora sin contradicciones: “Si te ponés a sacar números conviene sin aplicaciones, abaratás costos porque tirás menos, es una realidad”. Graziosi está produciendo maíz agroecológico y presagia una buena cosecha: “Sacaremos 60 quintales, es muy bueno el rendimiento”.

Claudio Benítez reflexiona sobre que el propio Estado subsidie a quien continúa contaminando: “Más de una vez lo he pensado y sí, es como que le estamos cobrando un peaje al uso de venenos, al mismo tiempo que damos permiso para que se utilice un plaguicida. Creo que termina siendo una externalidad del sistema. Ese productor tradicional empieza a vincularse con la agroecología a través de la tasa y convive con ambos modelos. Siento que es el precio a pagar. Parece contradictorio y de alguna forma lo es. Pero a mí me gustaría ver qué es lo que pasa con ese productor de acá a cinco años, si agrandó la superficie en agroecología o solo produce así en la que tiene subsidiada”.

Productores excluidos

Benítez cree que para demostrar que la agroecología es sustentable “lo que nunca debe hacer el Estado es abandonar a cada uno de los productores”. En ese camino de prueba y error, hubo varias experiencias que quedaron truncas tras relacionarse con la comuna. Mely y Nico tienen el almacén agroecológico “Alma y Vida”, en el que venden alimentos de otras organizaciones y productores del país, así como bolsones de verduras que extraen de sus dos huertas y el pan agroecológico amasado por sus propias manos. Su hijo Xaco, de un año recién cumplido, gatea por la tierra entre repollos y brócolis, acelgas y pimientos. Integran una red de huertas de pequeños productores de la zona. “Desde afuera se cree que Zavalla es la panacea de la agroecología y no es así. El Estado tiene varios proyectos, es verdad, y de hecho teníamos mucha ilusión con la propuesta del presidente comunal en 2019 de producir agroecológicamente. Así lo hicimos en la Eco Granja, que tuvo una hermosa etapa inicial, pero no existió el seguimiento de esa experiencia. Las semillas prometidas nunca llegaban a tiempo; se había roto un motocultivador y prometieron que bajarían un subsidio para reponerlo. Una, dos, tres veces nos dijeron que ya estaba… todavía lo seguimos esperando”, cuentan a MU mientras prenden el horno para meter otra serie de panes. “Cuando nos comentaron sobre la tasa municipal lo primero que pensamos fue que se trataba de una idea innovadora, espectacular, pero con el tiempo nos cansamos y nos fuimos por las promesas incumplidas. El lema dice que ‘Zavalla es verde’ pero mucho es una pantalla”. Eco Huerta hoy es un terreno de 4 hectáreas casi abandonadas, lleno de ramas.

Dara, Tiziano y Camila forman parte de la organización Activando, que nació en Ciencias Agrarias y hoy, por fuera de la universidad, crearon un espacio permacultural. Dara y Tiziano arropan a su hijo Aromo de 3 meses y no olvidan: “Nos serviría mucho un subsidio como el que cobran varios productores, pero cuando en 2019 la comuna inició el proceso agroecológico nos sumamos y rápidamente nos desilusionamos. Producimos en 12 hectáreas y tuvimos una muy buena cosecha sin saber dónde meterla porque desde el Estado no aparecieron más. Tenemos mucha desconfianza”. Camila complementa: “Fuimos muchas veces a la comuna y no nos escucharon. Nos abandonaron en etapas muy importantes de acopio y comercialización, que eran clave para demostrar que sí es posible lo agroecológico”.

Claudio Benítez hace la autocrítica: “La comercialización es un tema complejo y para el municipio fue algo crítico, particularmente en la Eco Granja y con la organización Activando, que iniciaron la transición agroecológica. Muchos de ellos sintieron el desamparo de qué se hace con lo que se produce, porque la agroecología necesita eso para ser diferencial. No podemos hacer un trigo agroecológico y mezclarlo en un mismo carro con uno tradicional: primero porque no es lo mismo, segundo porque no tiene la misma genética y tercero porque no tiene los contaminantes. Eso necesitaba de una estructura que no pudimos generar”. Sigue: “El proyecto contemplaba la participación de estudiantes, agrupaciones de jóvenes involucrados en la producción de alimentos sanos y soberanos. Teníamos que haber agotado los esfuerzos para sustentarlos y que Activando siga funcionando como faro, lo mismo el GEA desde la Cátedra Libre de Agroecología; hubo cuestiones que podíamos haber hecho y se nos escaparon de las manos”. 

Dando cátedra

El GEA es el Grupo de Estudiantes Autoconvocadxs, organización gestada en 2016 por diversos espacios universitarios de Ciencias Agrarias. Una de sus discusiones se basaba en los modelos de desarrollo y la producción agrícola ganadera desde una postura crítica. En 2019, junto a docentes, técnicos y productores crearon la Cátedra Libre de Agroecología y en ese mismo año se propusieron realizar “una producción agroecológica para tener anclaje en el territorio y no discutir desde el discurso”, le explica a MU Alan Blumenfeld, uno de los referentes del GEA. “Nuestro proyecto se llama La Tapera y surgió tras el convenio entre Zavalla y la RENAMA. La comuna, que invitó a quienes quisieran producir agroecológicamente, nos ofreció un lote de 20 hectáreas. Aceptamos con el compromiso de que nos acompañaría durante tres años para que sea sustentable. Logramos producir un trigo agroecológico, que además fue elaborado por Granja La Carolina, integrante de la Red de Comercio Justo del Litoral y logramos comercializarlo ahí. O sea, hicimos un producto y un proceso acorde con lo que entendemos por agroecología: no solo producir sin agroquímicos sino hacerlo con control de las tecnologías que se aplican; reproducibles a nivel predial o comunitario; que produzcan un alimento, no una mercancía; y que se venda a un precio justo acordado por productores”, detalla, dando otro ejemplo de cómo se puede producir agroecología con determinación y política pública.

“Sin embargo, el acompañamiento de la comuna fue significativo al principio, pero fue mermando. El punto de quiebre se dio cuando habiéndose comprometido a pagar el alquiler a los dueños de la tierra, no lo hizo durante mucho tiempo y los propietarios quisieron soltar el proyecto. Primero nos dijeron que no nos preocupáramos por el pago, después que si no era ese lote iba a ser otro. Y después nos soltaron la mano”. Sintetiza Alan: “Demostramos que se puede producir agroecológicamente, pero nos preocupa que desde lo municipal y lo nacional se termine abandonando a las organizaciones que le ponemos el cuerpo”.

Ciencias Agrarias ocupa un predio de 700 hectáreas, de las cuales 100 abarcan el casco central y el bosque, mientras que 600 son usadas para campo experimental. De estas 600 hectáreas, solo un pequeño terreno de 60 x 60 se destina a la práctica agroecológica que lleva adelante la Cátedra Libre, sin espacio físico donde tener una clase ni presupuesto. Lourdes Gil Cardeza,  40 años y docente de dicha cátedra, explica ese vacío: “No contamos con recursos, por falta de voluntad política. Es la facultad del agronegocio, conservadora, en la que se aprende de economía, comercialización y a hacer recetas agronómicas para el modelo”. También pone sobre la mesa cuestiones positivas que suceden en la comuna: “La tasa ambiental es una medida muy favorable, que interpela al vecino sobre lo que pasa. Que tengamos al presidente comunal hablando de agroecología es bueno. También es muy importante que se haya dejado de fumigar tras las ordenanzas. Siento que quieren hacer, pero no saben cómo y tampoco tienen el compromiso de querer formarse, porque no se trata sólo de encontrar en la agroecología el título que venda”.

La Facultad se emplaza dentro del Parque Villarino. En una de sus entradas dice: “En el Parque Villarino nos cuidamos colectivamente, usemos correctamente el cubreboca, nariz y mentón. No se pueden realizar acampes, reuniones, picnics y mateadas”. El cartel no especifica que esté prohibido el uso de agrotóxicos. Tiziano y Dara viven frente a la universidad: “Estamos a 100 metros de donde realizan sus prácticas con venenos. Cada vez que lo hacen tenemos que meternos adentro, porque nos están fumigando al lado”. 

Esto recién empieza

En Zavalla hasta los autos parecieran no hacer ruido, como si tuvieran un motor más silencioso. Como si se mimetizaran con el armonioso cantar de los pájaros en una tranquilidad absoluta. Veredas amplias, casas bajas, arbolado continuo en su pequeño pero creciente casco urbano. Hay un mix de calles asfaltadas y otras de tierra; de viviendas modernas y antiguas; de camionetas último modelo y chatas destartaladas que presagian un final no tan lejano. Pese a estar emplazada a solo 22 kilómetros al suroeste de Rosario, no sufre los efectos de la gran ciudad: ni el narcotráfico ni la pobreza extrema. A diferencia de otros municipios y ciudades donde no pasa nada relacionado a la agroecología, en Zavalla pasa de todo. Es un proceso vivo.

Pasa que hay un poderío rural sinigual, que lleva a que en medio de la ruta 33 que cruza el pueblo, un cartel de más de 7 metros de ancho anuncie la venta de sus “Agroquímicos”, como algo natural. Pasa que por dos décadas la cátedra de Malezas en Ciencias Agrarias aplicaba venenos a 100 metros de un jardín de infantes y de la escuela primaria, hasta que por la presión popular se corrió hace menos de dos años. Pasa que la comuna en los primeros días de mayo abrirá una fábrica de biopreparados, productos elaborados a partir de restos de origen vegetal, mineral o animal para mejorar el desarrollo de los cultivos sin usar venenos. Cuenta Claudio Benítez: “La biofábrica recibe las plantas, se procesan, se trabajan y se comercializan a los productores que no tendrán que recurrir a una empresa privada y pagar fortunas por los insumos. Este negocio ya lo estamos avizorando: vemos cómo Syngenta y Bioceres compraron empresas que venden biopreparados muy caros. Es una manifestación más de que la agroecología va a reemplazar al modelo imperante. A mí lo que me preocupa es saber qué posición va a tomar el Estado en relación a esto. Si va a hacer el foco en los campesinos y agricultores o en el lobby empresarial, ya que el reemplazo de los químicos va a generar un comercio asqueroso como lo tienen hoy los plaguicidas”.

En Zavalla pasa que hay activistas agroecológicos como Juliana Prósperi que critica que “no se fomenta la producción si sos un proletario convencional”. Y también pasa que la comuna en septiembre inaugurará un molino agroecológico “para producir harina que llegue a la góndola a igual o menor precio que la tradicional”, promete el presidente comunal Guillermo Rajmil. Y pasa que el 24 de marzo un grupo de vecinas y vecinos autoconvocados se junta a sembrar ceibos, lapachos, aromos, palos borrachos, jacarandas, a sembrar memoria. Y aire puro. Y conciencia: “Esta reforestación es para que la plaza recupere su propia memoria, con muchas plantaciones y para recordar qué nos pasó como sociedad porque no se hizo ninguna actividad desde la comuna”, dice Juliana y luego dice Manolo: “Sembramos, sí, pero también regamos, porque ahí está el ejercicio de todos los días”.

Pasan cosas en Zavalla que no se replican en otros lados. Claudio Benítez: “Dentro de un socio-agro-ecosistema complejo como es el núcleo sojero, en un pueblo donde está la Facultad de Ciencias Agrarias, se generó desde un municipio, con muy pocos recursos, un proyecto a través de políticas públicas muy sencillas que está promoviendo un proceso de agroecología. Estamos demostrando que los municipios tienen mucho por hacer. Y también, porque hay que decirlo, Zavalla no es la panacea, debemos hacer y mejorar muchísimo. Nuestra meta es que el modelo productivo en sus 17.500 hectáreas sea agroecológico”.

Y pasa, sobre todo, que la lucha de la comunidad seguirá en pos de una vida sin contaminantes. “Más que seguir luchando, nos vamos a plantar”, dice Dara, y cierra mirando a su bebé Aromo: “De todas las semillas, esta es la más importante: la generación que está llegando”.

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