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El país invisible

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MU en Salta: primera entrega. Viaje e investigación en un territorio salteño declarado en emergencia sociosanitaria hace 2 años, tras la muerte de 6 niños y niñas por desnutrición. Luego, empeoró. Allí viven comunidades wichís, chorotes, tobas, tapietes y chulupíes. Lo que hay: hambre, agronegocio, contaminación ambiental y social, desmonte masivo, lo narco, la indiferencia. Las violaciones sistemáticas a las mujeres. El asistencialismo que divide. Y las resistencias para defender la vida. Por Francisco Pandolfi.

Pomis Jiwet, comunidad chorote. Foto: Nacho Yuchark

«Bienvenidos a Santa Victoria Este, zona tripartita”. El nombre, pintado sobre troncos, está acompañado por las banderas de tres naciones: Argentina, Paraguay y Bolivia. En la localidad emplazada en el departamento de Rivadavia, bien al noreste de la provincia de Salta, más del 75% de sus 17 mil habitantes pertenece a pueblos originarios. Precisamente de cinco etnias: wichís, chorotes, tobas, tapietes y chulupíes. Estamos en territorio indígena, pero desde el cartel en la entrada de la ciudad se percibe el olvido. El ocultamiento. La discriminación.

En enero de 2020, luego de una nueva ola de niñas y niños wichí fallecidos por desnutrición, los departamentos de Rivadavia, Orán y San Martín fueron declarados en emergencia sociosanitaria. Uno de los epicentros de la consternación nacional, que duró un par de días y de flashes, fue Santa Victoria Este. Dos años después, viajamos desde MU a respetar, a ver, a charlar, a escuchar, a aprender, a contar cómo se vive y cómo se sobrevive y cómo se muere y se lucha y se crea, ante un abandono que no es coyuntural, sino histórico y sistemático. No alcanzan dos ojos para mirar, ni un solo corazón para sentir todo lo que pasa, y todo lo que pesan y pisan tantos años de cinismo y colonialismo: algo así como 530 octubres.

Y no alcanza, tampoco, una sola nota para tanto que decir, así que desplegamos este breve pantallazo general que tendrá su correlato en las próximas ediciones, para intentar explicar cómo conviven la alegría y la fuerza colectiva, la resistencia eterna y el eterno dolor.

El Pilcomayo en la triple frontera

En la localidad hay más de 200 comunidades originarias, la mayoría wichí. La diversidad entre ellas es amplísima. Recorremos varias: La Puntana y San Luis (costeras, lindantes a un inmanejable Río Pilcomayo); Cañaveral y Pomis Jiwet (periurbanas); Pozo La China, Pozo El Toro y Vertientes Chicas (monte adentro). Y hablamos con integrantes de otras tantas. Hay problemas estructurales sin soluciones estructurales. Hay un 80 por ciento de la población vulnerada, cobrando programas sociales. Hay un Estado presente casi exclusivamente en el sostenimiento de esos programas sociales. Hay un estado ausente, casi en todo lo demás. En las comunidades costeras, más cercanas a la Triple Frontera, azota la droga; más monte adentro, el alcohol, pero no la cerveza ni el vino, el alcohol etílico, rebajado con un poco de agua. También se aspira nafta, para disociarse de una realidad que agobia. Más monte adentro, más pobreza, menos servicios básicos, más desidia, más desolación, menos huellas gubernamentales.

Hay caminos internos para llegar a los territorios ancestrales que son difíciles de andar, inclusive en camioneta, y que cuando llueve se tornan intransitables. No hay asfalto, claro. Ni cloacas. Y en muchas comunidades tampoco luz eléctrica ni agua corriente. Ni hablar del gas natural. Ni de conectividad. En muchas comunidades no hay señal de teléfono, ni señales de que algo de todo esto vaya a mejorar.

Hay fundaciones, ongs asistencialistas, campañas solidarias, personas que con su filantropía externa a veces ayudan y otras generan rispideces cuando no alcanza la repartija. Hay una desconfianza permanente al blanco por los genocidios de antaño. Hay una desconfianza que se retroalimenta hoy, cuando en el mejor de los casos los invaden operativos estatales sin ninguna consulta previa; y en el peor, el abandono total municipal, provincial y nacional. “Hay divisiones en las comunidades que empezaron cuando desde el Estado trajeron bolsones alimentarios que no alcanzaban para todos, incumpliendo sus promesas”, dice Maribel, wichí de La Puntana.

Hay un correo, un hospital, varias iglesias, sobre todo anglicanas y Asambleas de Dios. Hay un clima semi árido, con una sequía absoluta prolongada desde marzo a diciembre. Hay una temperatura que nos recibe con 38°. Y que en verano supera los 50. Hay todavía un bosque que integra el Chaco Salteño, verde, multiforme, extenso. Hay comunidades nómades viviendo en lugares fijos. Cazadores, recolectores, pescadores, limitados por el avance del agronegocio. “Es un monte que está muy lastimado, destrozado por la influencia de las corporaciones, de ambiciones egoístas del hombre, sin importar que allí hay vida”, denuncia Fidelina Díaz, vocera de la comunidad chorote de Pomis Jiwet.

Hay una lucha inquebrantable por el territorio, por la conservación de los saberes ancestrales. Hay empuje, resiliencia, resistencia. Hay clanes familiares, hay vida comunitaria, hay una mantención de la lengua materna, hay respeto por los antepasados y por las y los abuelos. Por las plantas y por los animales. 

Claudia, wichí de La Puntana.

Virgilio, cacique de Powis Jiwet, recuerda: “Tenemos los mismos derechos que el resto de los seres humanos en hacer valorar nuestra identidad, nuestras fuerzas espirituales, nuestra cosmovisión”.

Hay algarrobos, quebrachos, pinos, cactus. Hay una tala ilegal a la vista, sin ninguna regulación. Hay cabras, chivas, vacas, toros, chanchos, gallinas, patos, zorros, yacarés, serpientes venenosas de todos los tamaños (yarará, coral, cascabel). Hay un sobrepastoreo de los animales sueltos que pertenecen a los criollos, dueños de los centros ganaderos. El 25% restante de la población que no es originaria, es criolla. Son mestizos, tienen sangre india y descienden de quienes llegaron de Europa a Santiago del Estero a principios del siglo pasado.

Hay múltiples violaciones a mujeres originarias por criollos (denominadas “chineos”), y las hay intracomunidad: “Los dos mayores problemas acá son el alcoholismo y las violaciones. Hay mucha violencia contra la mujer”, dice Isabel, wichí de Cañaveral. Hay embarazos prematuros, de chicas de 12, 13 años, muchos producto de abusos, y otros no. No hay educación sexual integral, en una provincia conservadora y feudal por donde se la mire. Hay una juventud sin posibilidades, desprotegida, y una adolescencia que prácticamente no existe.

Hay organizaciones de mujeres que comienzan a nacer con esperanza: “Antes no podía hablar, no podía sacar los sueños y de a poco lo estoy haciendo”, expresa Claudia, de La Puntana. Hay desaprensión por el dinero. Hay música. Hay artesanías. Hay alegría. Hay infancias que juegan a las bolitas, a la mancha, a la brujita de los colores. Hay ideas. “Desde el municipio nunca quisieron venir a escucharnos. Buscan invisibilizar la insurgencia, pero nosotros estamos llenos de proyectos para hacer más digno nuestro futuro”, dice Fidelina.

Hay casas de plástico, de adobe, de chapa. Hay familias sin casa. Hay casas enramadas, como se les dice a las hechas con ramas. Hay camas fuera de las viviendas, para gambetear al calor nocturno y al hacinamiento.

Hay mala alimentación, hay poca alimentación, hay nula alimentación. Hay mucha pobreza. Y desocupación. Hay nenas flacas. Hay nenes flacos. Hay perros esqueléticos. Hay enfermedades endémicas, como chagas y tuberculosis. Hay pozos de agua poco profundos contaminados con arsénico que generan diarrea, vómito y deshidratación, también desencadenantes de la desnutrición. 

La verdadera grieta argentina tal vez sea como la que muestran las paredes de las casas.

Hay enfermeras que fundan merenderos. Que trabajan las 24 horas de los siete días de la semana, en muchas semanas consecutivas. Y a quienes nadie reemplaza cuando se toman algún franco. Sandra Moreno es enfermera de Pozo El Bravo. Sintetiza: “El trabajo acá es muy sacrificado. No tenemos recursos y el ministerio de salud provincial no ayuda con nada”.

Y también hay enfermeras que piden favores a los cuatro vientos de la pacha, porque ya no saben cómo, ni a quién reclamarle. Hay pedidos que no pueden esperar a la próxima edición de MU. Lucinda es enfermera de la comunidad Vertientes Chicas, donde antes de su llegada en septiembre de 2019 habían muerto 19 chicos por desnutrición. Hoy, en mayo de 2022, dos años después de que se declarase una emergencia sociosanitaria que pareciera perpetuarse, hay 14 pibes internados, desnutridos. Entonces Lucinda pide, desesperada: “Cuando llegué los chicos se morían de hambre. Pude abrir un merendero y de a poco fueron levantando de peso. Pero muchos días las familias no tienen para comer. Yo estoy sola, de lunes a viernes, pero acá se necesita personal de lunes a lunes. Hace poco una chica perdió el embarazo porque era sábado y nadie la atendió. No tenemos un centro de salud ni una salita para internación. Así que les pido que publiquen esto, por favor, a ver si me traen la salita”. 

Lo publicamos. Y continuará. 

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Cómo se recuperan el trabajo y la producción

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Un caso testigo sobre cómo pueden hacerse las cosas, en tiempos en que se debate el fin del trabajo, demasiada gente opina en medio de internas sin hacer algo concreto, y el empleo que existe es cada vez más precario. Los dueños abandonaron en 2002 esta fábrica de tornillos y sus trabajadorxs se hicieron cargo, como ocurrió con cientos de empresas recuperadas. Crearon la Cooperativa La Matanza. Atravesaron crisis, macrismo y pandemia. Cumplen nada menos que 20 años sin patrón, con una nueva generación al frente. Cómo se mantienen vivas la memoria y el deseo, pero también la producción y la administración. Por Lucas Pedulla.

Parte del grupo en la metalúrgica. Foto: Lina Etchesuri.
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Trava-jo digno: Contratá trans

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Una plataforma de empleo que conecta a personas travestis, trans y no bianarias con empresas y propuestas laborales busca eludir la precarización y saldar una deuda histórica con esos colectivos: la falta de trabajo. Experiencias, saberes y buenas ideas que transforman vidas. Por Anabella Arrascaeta.

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Un mundo sin Carla, por Selva Almada

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Selva Almada relata la historia de Carla Soggiu. La escritora narra para MU sus reflexiones y conversaciones con la familia de una víctima de femicidio: Carla Soggiu. La vida de sus padres y de sus hijos, hoy. La cadena de violencias que termina en el desastre. La responsabilidad del Estado, y la memoria como magia. Por Selva Almada.

El mural dedicado a Carla en Pompeya. Foto: Lina Etchesuri
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La última Mu: Tenete fe

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