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Mi guitarra y vos

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Integró un trío punk, cantó a grito pelado en su primera banda propia y se desnudó de todos los artificios para alcanzar ese estilo que hoy la caracteriza: guitarra, voz y una relación con el oyente que completa el círculo.

Flopa vive en la República de Flores, a pocas cuadras del Parque Avellaneda, en una casa antigua, de ambientes amplios, que grita desde el frente algo diferente: está pintado de verde. En esa casa compuso la mayoría de sus canciones y allí las grabó, en su estudio casero. Ahí estamos, un día de semana a la hora de la siesta, cuando abre la puerta y dice hola, con una voz grave que sale de un cuerpo flaquísimo.
Flopa nos convida mate, se fuma unos cuantos cigarrillos y nos marca con sutileza algunos límites: “Avisame cuando estés grabando porque me olvido de que estoy hablando con alguien que después publica todo. Tuve algunas malas experiencias. Hasta ahora, la mejor entrevista me la hizo un pibe para un blog, porque escribió lo que le dije y no lo que quiso”.
Lo que dice, entonces, es que a los 14 años ya sabía que lo suyo era la música. Que en su adolescencia dark se encerraba a escuchar Jesus and Mary Chain, Sisters of Mercy o The Cure. Que en el 93 entró a Mata Violeta, un trío punk que completaban Erica García y Karina Tamburini. Pero que siempre se sintió un poco lejos de ese proyecto. “Ahí solo tocaba el bajo. Me fui cuando consideré que no estábamos yendo por el mismo camino”, dice. En esos años -finales de la década del 90- su camino propio lo construyó con Barro, la banda que armó junto a Claudio Fernández en batería, Gustavo Semmartín en bajo y Rodrigo Guerra, en guitarra eléctrica. Así comenzó a cantar sus propias canciones, a todo volumen: hay algunas fotos en la web que demuestran el esfuerzo que hacía en esa época. Pero Flopa se cansó de gritar. “Me costó mucho tomar la decisión porque Barro era un proyecto mío. Yo era la cabeza y la corté en seco. Empecé a tocar sola, con la guitarra criolla”. Con ese sonido salió en 2004 Dulce, Fuerte, Grave, su primer disco solista y, quizá, la primera clara definición de su estilo.
La transición tuvo que ver con algo concreto: crecer. “El grito es un modo de expresión natural del adolescente y yo era así. Hasta que me di cuenta de dos cosas. La primera: el que grita no tiene razón. La otra: a mí me molesta que me griten”. La propuesta de Flopa hoy es otra y se construye gracias a la atención que es capaz de ofrendarle su público: “Cuando tocaba con una banda la gente charlaba, iba al baño, comentaba. Ahora, desde el escenario, sola con la guitarra, estoy haciendo algo que necesita del espectador”. Así, dice Flopa, encontró un lugar cómodo que construye tanto con gritos como con suspiros. “No tengo técnica vocal. Hago lo que puedo con lo que me sale”, confiesa.

Luces y sombras
En diciembre del año pasado nació su segundo disco, Emoción Homicida, con una lista de canciones desnudas, con pocas palabras, que bordan un claro sendero. Flopa camina por allí desprovista de artificios; sólo ella, su voz, su guitarra. El resultado no es frágil ni monótono: en algunas canciones su voz agoniza (Sangre fría es un ejemplo) y en otras mete miedo (Esta canción va a terminar mal). Esa contradicción, dice Flopa, le encanta, la asume, la define. “Nadie puede estar siempre de la misma manera, por eso no creo en los que no tienen contradicciones”.
Flopa dice que Caetano Veloso fue un punto de inflexión en su maduración como cantante, y aunque no se la pasa escuchando música, tiene discos de Radiohead, Marisa Monte, Joni Mitchell, Fiona Apple y, entre el menú nacional, más que Almendra, elige Invisible y Pescado Rabioso. En general, dice, le gustan “las cosas que te requieren un esfuercito como escucha”.

Menos es más
Otro esfuerzo indispensable para la música independiente tiene que ver con la edición, distribución y comercialización de los discos: el primero de Flopa -Manza Minimal- fue financiado por un amigo que le prestó la plata. Para los otros dos, Flopa ya tenía grabadas las canciones en su casa: “Los sellos chicos me ofrecían prácticamente el mismo arreglo que una compañía grande: me daban el 20 por ciento. Yo pensaba: ¿por qué me das el 20 por ciento de lo que yo hago? ¿Porque vos lo vendés? Entonces, lo vendo yo. Venderé menos, pero lo poco que venda me sirve para hacer más y así ir recuperando la inversión”, dice.
La página web de Flopa está ilustrada con un dibujo: la silueta de una mujer sin cabeza, con un delicado vestido por el que asoman sus tripas. Dice que ella misma diseñó su web y la de muchos otros, porque ése es uno de los modos que encontró para autogestionarse. Dice también que esa chica transparente es ella misma, que así se siente cuando compone y canta sus canciones: expuesta hasta las tripas.
Empieza a oscurecer en Flores. La fotógrafa invita a salir a caminar. Vamos hasta el Parque Avellaneda. Flopa cuenta historias de cuando era chica y el abuelo la llevaba a pasear alrededor de este parque. Se nota que no le gusta que le saquen fotos y es probable que tampoco le gusten las entrevistas, ésta incluida. Quien quiera conocerla, entonces, deberá escucharla:
qué querés que haga
si alumbro y hago sombra
al mismo tiempo
no entiendo qué te enoja
cuando lo que te digo es lo que siento.

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