Nota
Boaventura de Sousa Santos: Latinoamérica bipolar
El analista social más importante de América Latina analiza la situación del continente, que para él está entrando a una fase de polarización crucial. País por país, traza los desafíos actuales y avanza sobre el futuro: “No creo que se pueda cambiar el mundo sin tomar el poder, pero tampoco creo que podemos cambiar algo con el poder existente. Entonces, afirmo que debemos cambiar las lógicas del poder, y para ello las luchas democráticas son cruciales”
Mientras que los jefes de Estado de Europa y América Latina se reunieron en Lima, “protegidos” por rejas y miles y miles de policías, para la Quinta Cumbre Oficial entre ambas regiones, la Universidad Nacional de Ingeniería fue el escenario de la Cumbre de los Pueblos: Enlazando Alternativas. Activistas de ambas regiones se juntaron para discutir alternativas al neoliberalismo, para la creación de un mundo más justo, democrático y solidario. El activista-investigador portugués Boaventura de Sousa Santos fue uno de los participantes más conocidos y queridos. Boaventura –profesor de Sociología del Derecho en Yale y Coimbra- es actualmente uno de los principales intelectuales en el área de ciencias sociales, con reconocimiento internacional. El periodista Raphael Hoetmer lo entrevistó durante su estadía en Lima.
¿Cómo caracterizas el escenario actual en América Latina?
Los cambios en el mundo son rápidos, y muestran muchas contradicciones, debido a la asociación de eventos políticos que nos han impactado mucho en los años recientes. Ejemplos de ellos, son los cambios en Ecuador y Bolivia, y recientemente en Paraguay. En estos países han ganado un economista progresista, un campesino indígena y un sacerdote de la teología de liberación, materializando la resistencia contra las políticas neoliberales de las últimas décadas.
Por otro lado, América Latina es una pieza clave en las estrategias económicas actuales de las empresas transnacionales y los gobiernos del Norte global. Hay que entender que el sistema capitalista siempre necesita nuevos espacios para generar ganancia económica. De esta manera, la expansión del mercado ha llegado a convertir el agua, los servicios de salud, y la educación en mercancía. Algo que anteriormente era impensable. En este momento, la mercantilización de los recursos naturales es la estrategia fundamental para la acumulación de capital al mediano plazo, poniendo la biodiversidad enorme de América Latina en el centro de la atención.
Este proceso, de re-enfocar América Latina, ha sido acelerado por el fracaso de la guerra en Irak. Los Estados Unidos encontraron que durante su relativa ausencia en su backyard, se habían gestionado cambios en América Latina, que presentaron dos problemas a su agenda. En primer lugar, los procesos sociales habían avanzado fuera de su control, y mas allá de sus planes, resultando en gobiernos progresistas, y en movimientos sociales fuertes. En segundo lugar, estos movimientos habían llegado al poder a través de la democracia, en una época en la cual los EE UU están usando el discurso de la lucha por la democracia para justificar sus intervenciones alrededor del planeta.
En este escenario se desarrolla una nueva estrategia de contra-insurgencia, que consiste de una mezcla entre las estrategias de la Alianza por el Progreso con una política conciente de división de los movimientos, y específicamente del movimiento indígena. Por otro lado, se intensificó en los últimos años, de manera brutal, la criminalización de la protesta y la profundización de la militarización.
En el escenario que usted ha descrito, se puedan dar cuenta de algunos cambios en el paradigma neoliberal. ¿Cree usted que podemos hablar de una modificación de este a un paradigma de seguridad, en el cual toda la actividad humana se subordina al objetivo mayor de la seguridad?
Sí, me parece que esto es la perversión final del proceso de re-estructuración neoliberal. Efectivamente, el neoliberalismo intenta sustituir todos los conceptos existentes, como los de desarrollo y de la democracia, por los conceptos de control y de seguridad, tras su incapacidad de generar un apoyo popular sólido.
Esto es consecuencia de la profundización de la exclusión social, de la miseria y de la desigualdad creciente bajo el capitalismo neoliberal, que implica la emergencia de un fenómeno que quiero llamar el fascismo social. Este no es un régimen político, pero una forma de sociabilidad, de desigualdades tan fuertes, que unos tienen capacidad de veto sobre la vida de otros. Corremos el riesgo de vivir en sociedades que son políticamente democráticas pero socialmente fascistas.
El mejor ejemplo de esta lógica es el doloroso incremento del hambre en el mundo, que muestra la contradicción entre la vida (la producción de alimentos accesibles para la población mundial), y la ganancia (la producción de los rentables bio-combustibles). La emergencia del fascismo social muestra que la modernidad como proyecto está roto, porque no ha cumplido sus promesas de libertad, igualdad y solidaridad, y ya sabemos que no va a cumplirlas tampoco.
En este escenario, se presenta entonces la contradicción entre el paradigma de la seguridad, y de la lucha contra el terrorismo a un lado, y al otro los Estados que reivindican su soberanía, los movimientos sociales, y específicamente las luchas de los pueblos indígenas. Es en los territorios indígenas donde se encuentra el ochenta por ciento de la biodiversidad latinoamericana. Las organizaciones como la Coordinadora Andina de Organizaciones Indígenas (CAOI), la Confederación Nacional de Comunidades Afectadas por la Minería del Perú (Conacami), y la Coordinadora Nacional de Ayllus y Marqas (Conamaq), son en este sentido un peligro para el status quo.
No sorprende, por ende, que la criminalización de la disidencia que existe en toda América Latina, es aún más fuerte en contra de los indígenas, como vemos en el Perú y en Chile. Queda claro que existe la intención de transformar a los indígenas en los terroristas del siglo XXI, como muestran los documentos de la CIA. En Global Trends 2020, se puede ver que sus grandes preocupaciones son la radicalización del movimiento indígena y el control de los recursos naturales. De hecho, Alan García (el presidente del Perú, red.) toma esto como inspiración cuando habla de las redes de terroristas que iban a atacar la Cumbre entre Europa y América Latina.
El uso de las leyes antiterroristas en contra de los dirigentes indígenas se basa en una descaracterización total del concepto del terrorismo, ya que esto significa el ataque y el daño a civiles inocentes. En el caso de las luchas de los indígenas, máximamente se trata de ataques a la propiedad privada para defender otra propiedad: la propiedad comunitaria y ancestral. Esto no cabe en ningún concepto de terrorismo. Por lo tanto, el uso de estas leyes debería ser suprimido lo antes posible.
En este sentido, el llamado consenso post-Washington, es post porque los neoliberales ya no confían solamente en la economía, y por lo tanto, aplican la guerra y la lucha contra el terrorismo, para mantener el sistema de desigualdad a nivel global. Ejemplos claros de esto, podamos ver en Santa Cruz de la Sierra, donde paramilitares colombianos entrenan a los grupos privados de seguridad de la oligarquía cruceña, que está decidida a defender el status quo.
¿Cuáles son las posibilidades y desafíos para la izquierda latinoamericana en este contexto?, y ¿cuál es el papel de Brasil y Venezuela, que parecen impulsar proyectos propios que buscan una hegemonía regional?
Es evidente que en el continente han emergido gobiernos con una lógica distinta al Estado capitalista neoliberal. En sus gestiones económicas podemos señalar dos vertientes diferentes. A un lado, los gobiernos de Lula da Silva, Cristina Fernández y Michelle Bachelet, mantienen la macro-economía neoliberal, pero profundizan la protección social en los márgenes de la sociedad. Otros gobiernos, como los de Evo Morales, Rafael Correa y Hugo Chávez intentan cambiar el sistema económico. Desde una lógica de mayor soberanía, aplican diferentes estrategias, como la nacionalización, la recontractualización de la explotación de los recursos naturales, o la entrega de esta explotación a empresas privadas pequeñas nacionales.
En los casos de Brasil y Venezuela, existe el deseo de hacer cosas nuevas, pero sus gobiernos siguen trabajando con conceptos viejos del desarrollismo y del Estado. En Brasil, el gobierno deja, por ejemplo, todo el trabajo del desarrollo económico a las empresas nacionales y multinacionales. Esto incluye las inversiones inmensas en el agro combustible. Simultáneamente, Lula invierte en la redistribución social, a través de políticas sociales. En Venezuela se hace lo mismo, pero sobre la base del petróleo.
En ambos casos, se ve una mayor sensibilidad a la cuestión social, como también, de maneras diferentes, un cuestionamiento a las empresas transnacionales y sus actividades. La respuesta de las empresas a ello, es la invención de la responsabilidad social. Construyen escuelas y hospitales para sus relaciones públicas, para hacer aparecer que ellas también están preocupados por la desigualdad, en sociedades cada vez más desiguales. El Tribunal Permanente de los Pueblos, que se desarrolló durante esta Cumbre de los Pueblos en Lima, evidencia claramente que detrás de esta cara humana persisten las violaciones estructurales de los derechos humanos por parte de los transnacionales.
Analizando al caso de Brasil, uno piensa en la tesis de Ruy Mauro Marini, quien sostuvo que las condiciones de desarrollo de Brasil lo llevarán inevitablemente a una posición sub-imperial en el continente. Y, es cierto, que Brasil -como Sudáfrica en Africa- explota fuertemente a sus países vecinos, a través de sus empresas estatales, que a menudo no difieren de las empresas transnacionales del Norte global. No obstante, ya que estas empresas son nacionales, hay más sensibilidad a la lógica política, que permite la distorsión de la lógica del mercado por la negociación política. Así sucedió, con Petrobras en Bolivia, y ahora, posiblemente, con la hidroeléctrica en Paraguay.
Es un proceso confuso y contradictorio, pero sostengo que podemos ver la emergencia de una solidaridad regional, con mayor apertura y tolerancia a las diferencias políticas.
El caso de Bolivia lució por mucho tiempo como el proceso más transformador de la región, pero ahora ha entrado en crisis. ¿Cómo analiza usted el escenario boliviano y el proceso de regionalización subnacional que se está reivindicando en el país?
La regionalización subnacional ha sido promovida por el Banco Mundial, en la forma de descentralización, que apuntó a desmontar el Estado central, a través de la transferencia de responsabilidades del Estado central a los niveles locales. En Bolivia había una posición de descentralización dirigida por las autonomías indígenas, desde una visión política y cultural sólida, que permitió que los indígenas ganaran algo con las políticas de descentralización, impulsadas por el Banco Mundial.
Pero la bandera de la descentralización ha sido asumida ahora por las oligarquías, en respuesta a su perdida de control del Estado central. Ellos siempre habían sido centralistas, pero ahora tenían que tomar la bandera de la autonomía para defender sus privilegios económicos. Obviamente, esto generó un problema político para el movimiento indígena en Bolivia, que siempre habían promovido la autonomía de los oprimidos, y no de los opresores. En mi opinión, la declarada autonomía de Santa Cruz es ilegal, ya que no pueden hacer esto bajo la vieja constitución; si es una nueva, está por ser aprobada. En realidad, la decisión de las autonomías tocaría al Congreso, después de que se implemente la nueva constitución.
Yo he defendido en Bolivia, la distinción entre autonomías ancestrales y las de la descentralización. Propongo entender a las autonomías indígenas como extraterritoriales en relación a las autonomías departamentales. Es decir, se deberían basar en el control total de su territorio, fuera de la gobernabilidad descentralizada, ya que son anteriores al proceso de descentralización. Pero habría que fortalecer la institucionalidad indígena, que aún es muy frágil, frente el poder de las oligarquías bolivianas.
En todo caso, el debate actual es sumamente peligroso, ya que existen deseos recíprocos de enfrentamiento armado. Las oligarquías no quieren dejar sus privilegios, y los indígenas no van a dejar pacíficamente que se divida al país. Es muy interesante, ya que serían ellos los que defenderían al país.
En el nuevo escenario continental, Perú y Colombia representan posiciones diferentes a los nuevos gobiernos progresistas. ¿Cuál es su rol en los procesos actuales en América Latina?
Está claro que estos dos países representan al status quo neoliberal y a los Estados Unidos en la región. Me da la impresión que además actúan desde una complementariedad. Colombia, representa la lógica militar, que busca la creación de conflictos y tensiones que crean condiciones para la creciente militarización e intervención en la región. En el Perú se esta impulsando una lógica similar, con la fuerte criminalización de las organizaciones sociales. Este siempre es el primer paso que prepara la militarización posterior. De hecho, existen indicaciones muy claras, que la base de Manta en Ecuador se mudará a la Amazonía peruana.
Como ya dije, estos procesos de criminalización y militarización buscan asegurar el libre acceso y la mercantilización de los recursos naturales. Obviamente, en este modelo económico, el Perú juega un papel central, debido a sus enormes reservas de hidrocarburos, minerales y metales preciosos. Y las élites políticas y económicas del Perú están muy dispuestas a asumir este papel de exportador de recursos naturales en la división mundial del trabajo, ya que ellos ganan con esto. No obstante, la mayoría de los peruanos no ha ganado nada en los últimos años de crecimiento económico espectacular, y lógicamente buscarán alternativas al gobierno actual.
En todo este escenario, ¿cuál es el papel de Europa?
Al nivel de los contactos entre las organizaciones sociales de ambas regiones hay cosas muy positivas. Un proceso como Enlazando Alternativas muestra la profunda solidaridad que exista entre los pueblos de ambos continentes y la voluntad de las organizaciones europeas de aprender de las luchas latinoamericanas.
Pero al nivel de los gobiernos, veo algo muy diferente. Crecientemente, Europa busca seguir las políticas de los Estados Unidos, enfocadas en el acceso a los recursos naturales, para mantener su posición competitiva en el mundo. Esto me repugna aún más, ya que Europa tiene una deuda cultural, social y ecológica histórica muy grande con América Latina, por el saqueo de los recursos naturales del colonialismo y el genocidio a los indígenas. Por lo tanto, me parece inaceptable implementar en la actualidad políticas neocoloniales, que dan continuidad al mismo saqueo. No obstante, todo indica que en la actualidad las empresas transnacionales europeas definen la agenda de la UE, imposibilitando una posición europea que fortalecería la democracia, los derechos humanos y la redistribución social en el continente.
En este mundo tan confuso, en el cual parecen chocar diferentes proyectos territoriales, ¿cómo ve usted el futuro?
Esta clarísimo que estamos entrando en una fase histórica de polarización. A un lado, las políticas de mercantilización buscarán el libre acceso a los recursos naturales, y la continuidad de los privilegios económicos de las élites. Al otro, existe un imaginario radicalizado en las fuerzas progresistas del continente, que han desarrollado concepciones distintas de la democracia, del desarrollo, de los derechos y de la sustentabilidad, que son compartidas por cada vez más personas y organizaciones. Me da la impresión de que las fuerzas dominantes ya no pueden cooptar este imaginario radical, con sus propuestas de protección social. Y por esto la represión. Entonces vemos la confrontación entre la represión y la imaginación utópica. Es difícil de decir, a dónde vamos. Como sociólogos prevemos bien el pasado, no tanto el futuro.
Para mí el horizonte sigue siendo la democracia y el socialismo, pero un socialismo nuevo. Yo he dicho, en diferentes ocasiones que el nuevo nombre del socialismo, es democracia sin fin. Mi apuesta es una para la democracia radical, ya que ella representa una alternativa a dos ideas fundamentales. No creo que se pueda cambiar el mundo sin tomar el poder, pero tampoco creo que podemos cambiar algo con el poder existente. Entonces, afirmo que debemos cambiar las lógicas del poder, y para ello las luchas democráticas son cruciales.
Estas luchas son radicales, porque están fuera de las lógicas tradicionales de la democracia. Sostengo que debemos profundizar la democracia en todas las dimensiones de la vida. Desde la cama hasta el Estado, como dicen las feministas. Pero también con las generaciones futuras y con la naturaleza, lo cual nos urge a parar la destrucción del planeta que actualmente se está desarrollando.
Nuestro objetivo es salir de una democracia tutelada, restringida, de baja intensidad, para llegar a una democracia de alta intensidad que realmente haga que el mundo cada vez sea menos confortable para el neoliberalismo. Pero la realidad no cambia espontáneamente. En política para hacer algo hay que tener siempre dos condiciones: hay que tener razón a tiempo, en el momento oportuno; y hay que tener fuerza para poder imponer la razón.
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MU 212: El fin de un mundo

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