Nota
La globalización y su caída
Por Vandana Shiva. La globalización se impuso al mundo con una promesa de paz y prosperidad. En cambio estamos enfrentados con la guerra y la crisis económica. No sólo la prosperidad ha resultado ser evasiva, las seguridades económicas mínimas de las personas y los países están desapareciendo rápidamente. En países como Argentina donde el hambre nunca fue un problema, han empezado a ocurrir muertes por hambre, y el hambre ha vuelto a países como la India que había eliminado la hambruna, como la de 1942 que mató a 2 millones de personas bajo el mando colonial, y había proporcionado seguridad alimentaria a través de una política pública dirigida por el proceso democrático de un país independiente y soberano. Incluso las economías ricas de EE UU, Europa y Japón afrontan una decaída. La globalización ha fracasado claramente en la mejora del bienestar de los ciudadanos o de los países.
Sí ha ayudado a algunas corporaciones a aumentar sus ganancias y mercados, pero muchas de ellas, como AOL/TIME Warner y Enron, cuyo crecimiento no sostenible estaba basado en la desregulación que acompaña a la globalización, han quebrado o se han desvalorizado. Seguir el camino de la globalización demuestra ser una receta para la no sostenibilidad para los ricos y para el empobrecimiento y la indigencia para los pobres.
La paz fue otra promesa de la globalización, pero lo que hemos heredado ha sido terrorismo y guerra. La paz debía ser un resultado del aumento de la prosperidad global a través de la globalización. El aumento de la pobreza es la realidad que se revela. Y la inseguridad económica y la exclusión están creando las condiciones para el aumento del terrorismo y el fundamentalismo.
La exclusión económica y política, y la erosión de la soberanía económica nacional están haciendo que muchos jóvenes viren hacia el terrorismo y la violencia como una forma de alcanzar sus objetivos. La erosión del nacionalismo económico y el crecimiento de la inseguridad económica también proporcionan tierra fértil para el ascenso de los políticos fundamentalistas de derechas, con partidos que usan la realidad de la inseguridad económica para echar leña al fuego de la inseguridad cultural, y llenar el vacío dejado por el derrumbamiento del nacionalismo y la soberanía económicos con la agenda pseudo nacionalista del «nacionalismo cultural».
A escala global, la retórica «del choque de civilizaciones» y la guerra contra el Islam realiza la misma función que las agendas políticas exclusivistas de nacionalismo cultural e ideología fundamentalista en el nivel nacional.
La convergencia del Fundamentalismo
Dos formas de fundamentalismo parecen estar convergiendo y comenzando a reforzarse y apoyarse mutuamente.
El primero es el fundamentalismo del mercado de la globalización en sí mismo. Este fundamentalismo redefine la vida como mercancía, la sociedad como economía, y el mercado como medio y fin de la empresa humana. El mercado se está convirtiendo en el principio de organización para el aprovisionamiento de comida, agua, salud, educación y otras necesidades básicas; se está convirtiendo en el principio de organización para el gobierno, se está convirtiendo en la medida de nuestra humanidad.
Nuestra humanidad ya no se afirma en los derechos humanos fundamentales consagrados en todas las constituciones y en la declaración de los derechos humanos de la ONU. Ahora está condicionado a nuestra capacidad de «comprar» nuestras necesidades en el mercado global, en el cual las condiciones de la vida (comida, agua, salud, conocimiento) se convierten en las mercancías esenciales controladas por un puñado de corporaciones. En el fundamentalismo del mercado de la globalización, todo es una mercancía, todo está en venta. Nada es sagrado, no hay derechos fundamentales de los ciudadanos ni deberes fundamentales de los gobiernos.
El fundamentalismo del mercado de la globalización y la exclusión económica inherentes a él están dando lugar a (y se refuerza y apoya en) políticas de exclusión que surgen en forma de partidos políticos basados en el «fundamentalismo religioso» /xenofobia/limpieza étnica y en el refuerzo del patriarcado y el sistema de clases. La cultura de la mercantilización ha aumentado la violencia contra las mujeres, sea en forma del aumento de la violencia doméstica, del aumento de los casos de violación, de epidemias de feticidio femenino, y del aumento del tráfico de mujeres.
La globalización como un proyecto patriarcal ha reforzado las exclusiones patriarcales. Las atrocidades contra los dalits [casta más baja del sistema social de la India, N. Del T] también han aumentado como consecuencia de la globalización, disfrutando las castas más altas de un nuevo poder con su integración al mercado global e intentando también usurpar los recursos de los pobres y marginados, sobre todo los dalits y tribus indígenas, para la explotación comercial. Se han deshecho las leyes de reforma agraria que hicieron inalienables los derechos de la tierra de los dalits. Está en marcha un intento para deshacer la protección constitucional de los derechos tribales de la tierra bajo el título V de la Constitución.
Mujeres, dalits, tribus, las minorías son las víctimas especiales del impacto social y económico de la globalización. Los nuevos movimientos de solidaridad como la Campaña del Pueblo Indio contra la O.M.C forjan nuevas alianzas entre diferentes movimientos. Sin embargo, la política de exclusión emergente está rebasando los movimientos de la gente.
La inseguridad económica hace vulnerables a los ciudadanos a la política basada en la exclusión. Para aquellos en el poder, o buscándolo, una política de exclusión se convierte políticamente en una necesidad. Se hace necesaria para llenar el vacío creado por el fallecimiento de la soberanía económica y del estado del bienestar y para sustituir una política con identidad basada en los derechos económicos.
Se hace necesaria para desviar la atención pública del impacto negativo de globalización y explicar la falta de empleos y de sustento, y la carencia de satisfacción de las necesidades básicas que resultan de la globalización económica en términos de competencia por empleos y recursos escasos con «minorías» e «inmigrantes». El fundamentalismo y la xenofobia resultan ser auxiliadores de la globalización corporativa, dividiendo y distrayendo a la gente, dando así protección e inmunidad al proyecto de la globalización.
En la India, cada voto desde 1991 ha sido un voto en contra de la globalización y la liberalización del mercado que crea 10 millones de nuevos desempleados cada año, depaupera a los campesinos y priva de derechos a los marginados. Esto cambió en 2002 en las elecciones de Gujarat que siguieron a la masacre de 2000 musulmanes, con una violenta re-ingeniería de la agenda electoral para alejarla de las necesidades básicas y centrarla en un conflicto y lucha entre mayorías y minorías. La aritmética garantizó la victoria al partido que había creado una división entre las comunidades mayoritarias y minoritarias y que había sembrado el miedo y el odio mutuos mediante violaciones y asesinatos. Esta agenda violenta y exclusivista se extiende ahora a todas las elecciones siguientes.
Y mientras las matanzas estaban en camino, y la preocupación nacional se centraba en combatir el comunalismo y el fundamentalismo, la agenda de la globalización se impuso a marchas forzadas. Se autorizaron los OMG (organismos modificados genéticamente), se cambiaron las leyes de patentes para permitir patentes sobre la vida, se introdujo una nueva política del agua basada en su privatización, y se introdujeron nuevas políticas para desmontar la seguridad del sustento de los agricultores y la seguridad alimentaria de la gente. El presupuesto de 2003 ha llevado aún más lejos la agenda de la globalización, usando la distracción de la división religiosa y de las comunidades para disipar la oposición democrática.
En EE UU y el Reino Unido, la guerra contra Irak se ha convertido en una distracción conveniente de los asuntos de la globalización y el aumento del paro y la inseguridad económica. La política del odio se convierte en el apoyo indirecto al fracasado y fallido proyecto de la globalización.
Necesitamos una nueva política de solidaridad y paz que trate simultáneamente la violencia y la exclusión inherentes a la globalización, la violencia del terrorismo y el fundamentalismo y la violencia de la guerra. Las diferentes formas de violencia y las diferentes formas de fundamentalismo tienen raíces comunes, y necesitan una respuesta común. La globalización es intolerante a la descentralización, a la democracia y a la diversidad económicas. El terrorismo y el fundamentalismo son intolerantes a la diversidad cultural. Y la máquina de guerra es intolerante al «otro» y a la resolución pacífica de conflictos.
La respuesta a la globalización es la protección y la defensa de nuestras diversas economías a escala local y nacional. La respuesta al fundamentalismo es la celebración de nuestras diversidades culturales. La respuesta a la guerra es el reconocimiento de que «el otro» no es una amenaza, sino la condición previa misma de nuestro ser.
Imagínese como sería de diferente el mundo si estuviera basado en una filosofía de interdependencia mutua en vez de la filosofía dominante actual que está basada en «Para que yo exista, tu debes ser exterminado» o «Tu existencia es una amenaza a mi existencia».
En un mundo basado en la interdependencia más que en la dominación, la exclusión, y la exterminación, Monsanto no podría presentar un acuerdo de TRIPS (Derechos de propiedad Intelectual Relacionados a la Industria) que trata como «ladrones» a los agricultores cuyas semillas Monsanto ha patentado. Monsanto, Syngenta, Ricetec y otros biopiratas tendrían que reconocer que su cosecha está basada en la cosecha previa de los agricultores.
Si las corporaciones biotecnológicas pudieran ver que la humanidad depende de la diversidad biológica, y que la seguridad alimentaria necesita polinizadores y especies de diferentes plantas, no harían uso de cosechas de Bt [Insecticida compuesto de bacterias Bacillus thuringiensis modificadas genéticamente N. Del T.] de ingeniería genética que matan abejas y mariposas, no crearían plantas resistentes a herbicidas, ni borrarían la diversidad de las plantas.
Si el Presidente Bush pudiera ver el Tigris y el Eufrates y la civilización de Mesopotamia como antepasados y reconociera nuestras raíces comunes en una evolución común, no entraría precipitadamente para borrar las raíces históricas con bombas no tripuladas y armas de destrucción masiva.
Si los que controlan el capital pudieran ver que su riqueza incorpora la creatividad de la naturaleza y el trabajo de la gente, no crearían reglas de comercio que destruyen la naturaleza y los medios de vida.
El fundamentalismo del mercado y el fundamentalismo de las ideologías del odio y la intolerancia están arraigados en el miedo – el miedo del otro, el miedo de la capacidad y la creatividad del otro, el miedo de la soberanía del otro.
Estamos siendo testigos de las peores expresiones de violencia organizada de la humanidad contra la humanidad porque somos testigos del exterminio de la filosofía de la inclusión, la compasión y la solidaridad. Esto es el costo más alto de la globalización: está destruyendo nuestra capacidad misma de ser humanos. El redescubrimiento de nuestra humanidad es el imperativo más alto para resistir e invertir este proyecto inhumano. El debate sobre la globalización no es sobre el mercado o la economía. Es sobre recordar nuestra humanidad común. Y el peligro de olvidar el significado de ser humano.
Protesta social
Marcha de jubilados: medias, bochinches y ningún dólar en las orejas

Un miércoles tranquilo en la ronda de jubilados en Congreso, que despierta dudas ante la necesidad de hacer “un poco más de bochinche”. Como homenaje al Día del Jubilado (domingo pasado) hubo un puesto de hamburguesas y choripanes de la UTEP. “El hambre es desesperante” dijo una de las mujeres que servía a esa cola ampliada con gente de la calle en busca de qué comer. Historia de cómo sobrevivir a una jubilación hiper mínima (porque encima se arrastra una deuda). Los alfajores, las medias, y la salud encontrada en el gesto de movilizarse.
Por Lucas Pedulla Fotos Juan Valeiro/lavaca.org
A sus 76 años, Luis Relinque tiene que vender medias para llegar a fin de mes.
–Si no trabajo, no como.
Y para comer tiene que trabajar, aunque hace once años que está jubilado. El único día que no sale a vender por la zona de Once es el miércoles, cuando camina las diez cuadras que separan su casa –Remedios de Escalada, sur del conurbano bonaerense– de la parada del 37 que lo deja en el Congreso de la Nación.

El dato, que solo en esta Argentina pareciera naturalizarse, lo explica fácil:
–Soy jubilado de la mínima. Cobro $400.000 limpios, justos. El mismo día de cobro pago la luz, el gas, el agua y con todo lo que tengo me quedan limpios, justos, $210.000. Si no trabajara, son $7.000 por día hasta el mes siguiente. ¿Cómo hacés?
La pregunta flota mientras alrededor se dispone la movilización de cada miércoles. La Rama de Trabajadoras y Trabajadores de Espacios Públicos de la UTEP (gremio de la economía popular), llamada “Lxs Parrillerxs”, puso un puesto para regalar choripán y hamburguesas por el Día del Jubilado, que fue el domingo. Se sumó mucha gente de la calle: “El hambre es desesperante”, dice una señora mientras corta el pan. Sobre la vereda se acomodan trabajadoras y trabajadores de la ANSES, que denuncian una “sangría por goteo” en el organismo encargado de las jubilaciones y pensiones: el Gobierno abrió un plan de retiros voluntarios, el segundo del año. Un trabajador dice a lavaca: “En el anterior se fueron más de 1.000 personas. Muchos agarran porque están muy endeudados. La idea es que quede un ANSES chico, si es que queda”.

Por su parte, Luis tendría que estar cobrando un poco más: en septiembre la mínima llegó a $498.633,20, contando el bono de $70.000, congelado hace 30 meses: según el Centro de Economía Política de la Argentina (CEPA), si fuera por movilidad Luis y cinco millones de jubilados y jubiladas más tendrían que percibir un bono de $223.148. Pero Luis cobra solo $400.000 limpios porque está endeudado: hace ocho años sacó un crédito.
–Se me cayó un árbol del fondo de casa en la cabeza. Tuve derrame cerebral. También me hizo pelota la rodilla: hoy tengo una prótesis. Mirá vos, es la misma rodilla que la policía me reprimió en una marcha el año pasado: la tengo peor. Me queda este año de crédito, así que espero para fin de año terminar de pagarlo y poder cobrar un poquito más.

Por eso todos los días –salvo los miércoles– sale a vender tres pares de medias a $1.000: camina mirando a todos lados para que los “parásitos con uniforme” no le decomisen la mercadería, como viene ocurriendo en la ciudad de Buenos Aires bajo la gestión de Jorge Macri. Antes Luis vendía alfajores y podía hacerle algún regalo a su nieta de 13 años, o darse un gustito como ir al teatro. Pero los alfajores subieron tanto que ya no es negocio. Cuenta que la idea de las medias le llegó mirando la televisión.
–Veía a tanto operador político en la tele que pensé: si las medias me salen lo mismo que un chupetín, quizá la salida a esta crisis sea chupar medias, en serio te digo.
Luis habla y piensa con mucho humor, pero siempre aclara que lo dice en serio. Cuenta que fue la primera persona que puso un boliche gay en provincia de Buenos Aires – “Chelovecos, en 1974”–, que también tuvo una tanguería y que por muchos años se dedicó a cocinar en su casa para geriátricos o centros de jubilados. Como siempre trabajó por su cuenta, pudo jubilarse con una parte de aportes y otra de moratoria.

–Hoy el Gobierno la cortó, pero la moratoria ayudó mucho. Conozco gente que nunca aportó y ahora te dice: “Cristina chorra”. Bueno, entonces devolvé la jubilación o donala a un comedor.
A diferencia de lo que dijo el presidente Javier Milei tras su discurso en Naciones Unidas en Nueva York, a Luis –como argentino– no le salen dólares por las orejas. Es una de las tantas razones por las que no se pierde ningún miércoles.
–Hace unos años me quedé viudo. Me pasaron todas, pero yo le aconsejo a la gente mayor que venga a la marcha. No sólo como protesta, sino porque es bueno para uno. Es una cuestión de salud. A mí me ayudó mucho porque me olvidé de mí: me acuerdo más de la madre de Milei que de mí. En serio, te digo. Algunos jubilados me dicen: “No, mejor me voy a hacer un estudio al médico”, pero es como un coche en el mecánico: algo siempre te van a encontrar. No digo que esté mal, ojo, pero hay gente que está todo el día en la casa mirándola por televisión y pensando en sí mismo. Con hacer un cartel o pensar alguna cosita, ya la cabeza se me despeja.

La semana pasada, Luis trajo el “Desodorante Javo”, con una característica premium: “Te deja seco las 24 horas”. ¿Qué significa ese humor en la lucha de cada miércoles?
Luis es crítico:
–Yo vengo porque la jubilación me alcanza nomás para diez días. Me gustaría que hagamos un poco más de bochinche. Acá nos encerraron. Venimos y damos una ronda: no tenemos nada para festejar pero damos la vuelta olímpica como si fuéramos campeones. Luego, a casa. Hay que ir al Obelisco, a Corrientes. Acá no nos ve nadie. No estoy en contra, porque nos encontramos, pero haría un poco más de calle. Lo único que falta es que nos pongan mesas y nos hagan jugar a las damas: para eso voy a la plaza de mi barrio. En Lanús me preguntan: “¿Luis, no marchan más?”.
La marcha –la ronda a la que Luis pide más bochinche– está por empezar.
¿Qué espera?
–Mirá, el día que no pueda caminar más ni vivir a medias, me amenazo al Presidente así me vienen a buscar: ya averigué que no me sacan la jubilación, me llevan en cana, y al menos tengo una lamparita para leer algún libro y amigos que me traerán algún sanguchito de miga. Lo mismo que haría en casa lo hago allá. En serio, te digo.
¿Hay opción B?
–Que cambie el Gobierno. Eso daría un poquito de esperanza. La primera medida tendría que ser darnos un aumento. De mínima. Esta lucha que hacemos va a pasar a la historia como algo que era necesario hacer. El que no labura ni lucha, no come.
Hincha de Independiente y fanático de Manal, Luis se despide y se mete a la marcha.
Revista Mu
MU 216: Qué, cómo y cuándo cambió todo


Ley de Tierras y después: Cambio de tema
Durante meses el gobierno logró imponer los temas, los tiempos y las preguntas. Hasta que una discusión sobre la tierra parió otra cosa. Lo que apareció detrás y después de ese debate no es –solo– una disputa jurídica ni económica, sino una pregunta más profunda sobre la soberanía, la identidad y el futuro. De César Aira a Peter Thiel, una lectura de la actualidad para crear lo que falta.
Por Claudia Acuña

Viaje a la vida en el Paraná II: En modo Costa Pobre
Los incendios y el dragado que rompen el ecosistema, los countries ocupándolo todo, el extractivismo de arena para el fracking, las privatizaciones, la contaminación masiva, la indolencia estatal: el Paraná debería ser un río de todos, pero parece un río de nadie. Navegación desde Escobar hasta las Lechiguanas, pasando por Costa Pobre, barrio popular amenazado, que simboliza mucho de esta historia. Voces e imágenes de quienes siguen defendiendo la vida del aire, el suelo, el agua y la justicia.
Por Francisco Pandolfi
Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org

Atanor condenada por contaminación: La odisea
Más de 200 muertes en seis manzanas del Barrio Química, la contaminación probada del agua, aire y suelos, y el “daño irreversible” al Paraná en San Nicolás ratificado por la Corte Suprema bonaerense. La sanción económica es mínima para una multinacional (equivalente a dos camionetas) pero está por comenzar la causa penal a sus ejecutivos. Lo que cuentan el barrio y el abogado Fabián Maggi sobre este viaje de más de una década para que no haya impunidad.
Por Lucas Pedulla
Fotos: Sebastián Smok/lavaca.org

Agroecología en Misiones: El libro de la selva
Una cooperativa agroecológica de quince familias produce alimentos sin químicos en medio de la selva misionera y muestra cómo cultivar de un modo sano y rentable. Unión Campesina, los secretos de la tierra, la casa de las semillas, y una decisión: hacer mucho y hablar menos. El método del Fukuoka misionero. ¿Cuál es la rueda que está girando?
Por Francisco Pandolfi
Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org

Delia Tedín, decoración, política y clases altas: Mucho gusto
Con tupido árbol genealógico y privilegios de cuna, aprendió el valor de la diversidad y la rebeldía frente a un ambiente que “olía a odio”. Eligió su propia vida como decoradora, sin perder nunca de vista el contexto social. Sus pasiones: fomentar el trabajo y la creatividad del país, y combatir la idea de que las personas tienen la culpa si les va mal en estos tiempos. Conversación sobre bombas, estupidez, poder, Nerón y el arte de mantener los ojos abiertos.
Por Sergio Ciancaglini
Fotos: Juan Valeiro

Carne de cañón: las víctimas travestis-trans de la dictadura
A 50 años del golpe de Estado, el Archivo de la Memoria Trans reunió en un libro testimonios individuales, relatos colectivos y el registro del Juicio Brigadas, el primero que toma como víctimas del terrorismo de Estado a mujeres travestis trans. El libro no habla solo de violencia, sino también del humor, la amistad, la resistencia y las formas que ellas inventaron para poder seguir vivas. Pistas sobre dónde encontrar claves para el futuro.
Por Evangelina Bucari

El libro La nueva oligarquía: Tecnopoder
¿Quién gobierna el mundo? ¿Qué transformaciones y deformaciones de la democracia se están intentando? ¿Qué pasa con la soberanía? ¿A quién hay que vigilar? Temas de La nueva oligarquía, del sociólogo argentino Ariel Goldstein y editado por Marea. Aquí, fragmentos que invitan a su lectura para bucear varios dilemas del presente.

Zoe Hochbaum: Comerse el mundo
Actriz, bailarina, escritora, productora: 27 años, una nueva película y un programa de radio. Zoe puede oscilar entre la comedia con flamenco, los monstruos literarios y la reconstrucción de los vuelos de la muerte. El homenaje al radioteatro, y el ejercicio de la amistad como salvavidas para los tiempos en los que la realidad parece querer fagocitarnos.
Por María del Carmen Varela
Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org

Crónicas del Más Acá: Rambo al sur
por Carlos Melone
Nota
La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Córdoba llegó a la undécima edición del Ni Una Menos con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. Córdoba salió a la calle bajo la lluvia este 3J, once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta.
Por Bernardina Rosini
El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: lavaca.org.
Lo que no se puede creer
Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.
Varones
Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema? Fotos: lavaca.org
«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.
Dónde está Delicia
Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.
Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.
Justicia sin apellido
Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»
Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.
La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
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