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La quinta pata al sapo: los hallazgos científicos sobre el modelo agrotóxico
Podría ser una serie sobre ciencia y distopías, pero no. El biólogo Rafael Lajmanovich fue citado por el científico Andrés Carrasco, ex presidente del CONICET, en sus famosos estudios sobre los efectos del glifosato. Actualmente continúa esa línea de investigación, que analiza el impacto de plaguicidas en anfibios, peces y ríos, para que se entienda qué pasa con las personas y comunidades. Sus descubrimientos, tan escalofriantes como necesarios, brindan pruebas de una realidad invisibilizada, y abren más preguntas sobre el modelo tóxico: ¿hasta cuándo? Sapos con cinco patas, lo que cuentan los arroyos, la relación anfibios-humanos y cómo revertir el desastre. Por Francisco Pandolfi. Fotos de Pablo Piovano/Lawen.

Ranas y sapos malformados, con más de una pata o sin, hinchados: las fotos hablan por sí solas. Además, Rafael Lajmanovich tiene 6 estudios sobre contaminación en ríos y arroyos; el último encontró en Entre Ríos los mayores niveles de glifosato en toda Sudamérica.
Solo este año, Rafael Lajmanovich publicó dos estudios científicos reveladores:
La presencia del mayor nivel histórico del pesticida glifosato en toda Sudamérica, concentrado en arroyos de Entre Ríos que desembocan en el Río Paraná.
La contaminación por plaguicidas del pez sábalo en el río Salado (Santa Fe) y el riesgo alimentario para las poblaciones vulnerables del litoral argentino.
Rafael Lajmanovich acaba de cumplir 60 años y es uno de los científicos argentinos más activos en el estudio de la contaminación por plaguicidas en el país. Es biólogo, docente de la materia Ecotoxicología (la intoxicación del ambiente) en la Universidad Nacional del Litoral (UNL) e investigador del Conicet.
Recibe a MU y a Lawen en el laboratorio de la UNL en la ciudad de Santa Fe, cuna de su mamá. Él nació cruzando el charco: en Paraná, capital de Entre Ríos que sigue eligiendo para vivir. “Siempre estuve relacionado con ambas provincias”, dice. El “siempre” es así de literal. Desde su adolescencia cuando deseó estudiar biología –esa “única materia” que le interesaba en la secundaria–, hasta las investigaciones actuales. “La biología me apasionaba desde chico, el poder entender el funcionamiento de los organismos. No fue igual con la ecología. Las juventudes de hace 50 años no son como las de ahora, la información que recibíamos era casi nula sobre cuestiones ambientales”.
Hasta que el joven Rafael vio con sus propios ojos.
Malformaciones
Tiene dos carreras de grado: además de biólogo es herpetólogo, parte de la zoología que estudia los anfibios y reptiles. Y en 1998 finalizó el doctorado en ecología. “Yo me dediqué exclusivamente a los anfibios, a las ranas, a los sapos, aunque mi tesis doctoral nada tuvo que ver con la contaminación ni el impacto antrópico (producido por la actividad humana). La soja transgénica se introdujo en el país en 1996 y ahí comenzaron a transformarse los ecosistemas. Todos los años recolectaba muestras en la zona santafesina de Vera, donde todavía quedaba monte chaqueño y había muchos quebrachales. De golpe, un día llegué y donde estaba el monte hermoso solo había cultivo de soja. Vi ese cambio en tiempo real y ese impacto me llevó a interesarme en el tema”.
Vio con sus propios ojos, Rafael, y ya no quiso cerrarlos.
Su primer trabajo publicado sobre ecotoxicología data de 1998 y es uno de los pioneros en la Argentina sobre el efecto del paraquat en los renacuajos: los resultados determinaron que un mayor tiempo de exposición al herbicida producía una disminución en la tasa de supervivencia. “Ese fue el primero de, por lo menos, 150 trabajos de ese estilo”, cuenta quien decidió dedicarse a esto “24/7, desde la mañana hasta la noche”. El motivo: “No podría tomarlo como una actividad de 8 horas diarias porque no llegaríamos a hacer lo que nos proponemos entre todo el equipo del laboratorio. Estamos en un promedio de cinco o seis publicaciones internacionales por año, que es un montón”. Rafael tiene tres hijos (uno es médico y dos mellizos más chicos que están estudiando) y una mujer que, dice, lo “aguanta” sólo porque trabaja con él. Desde hace 25 años está en pareja con Paola Peltzer, doctora en Ciencias Naturales. “Hay dos cosas que me pueden frenar lo que hago: el divorcio o el infarto”, ríe entre cajas con papeles y frascos.
Para su carrera, Rafael priorizó el perfil bajo y las investigaciones profundas: “Siempre busqué construir el perfil en base a resultados míos y no ajenos, a que hablen mis trabajos y no ser un relator de cosas”. Y su labor empezó a hablar. Luego del paraquat se enfocó en el herbicida glifosato. En 2003 publicó una de las primeras investigaciones a nivel mundial que comprobaba el efecto teratogénico (alteración que produce anomalías) del glifosato en los embriones de vertebrados y las larvas de anfibios. “En su momento no le di tanta importancia, pero cobró mayor relevancia cuando Andrés Carrasco (científico emblema, ex director del Conicet) lo tomó como referencia en sus fantásticas investigaciones que en 2010 demostraron los efectos del glifosato en los seres humanos”.
Su laboratorio está lleno de fotos de ranas y sapos. Pero no solo hay imágenes. También hay frascos con anfibios en formol, que forman parte de otro de sus trabajos centrales: la primera recopilación de anfibios malformados de Latinoamérica. “Su publicación en 2011 corroboró las decenas de investigaciones que teníamos”. Rafael se calza los guantes blancos de látex, abre los frascos y muestra:
Un sapo con cinco patas.
Un sapo con un miembro malformado.
Dos ranas criollas con miembros retenidos que no terminaron de salir del cuerpo.
Dice mientras señala: “Este tipo de malformaciones tienen estrecha relación con la exposición a teratogénicos ambientales. Encontramos una mayor frecuencia de malformaciones de animales en sitios agrícolas con gran cantidad de cultivo de soja y uso intensivo de agroquímicos, en especial glifosato”.
¿Cuál es el correlato con los seres humanos?
Los anfibios son denominados los canarios de la mina; hace muchos años, cuando no existían los medidores de oxígeno, se llevaba a las minas a un pobre canarito dentro de una jaula, y cuando este empezaba a respirar mal o se moría, los mineros salían corriendo. Eran una especie de alarma. A los anfibios se les dice así porque son los más sensibles a la contaminación, son bioindicadores de lo que ocurre en la fauna e incluso en poblaciones humanas. Si bien no es directamente proporcional, hay un correlato en los niños que nacen con distintas cuestiones teratogénicas.
Para muestra alcanza con ver “El costo humano de los agrotóxicos”, trabajo fotográfico de Pablo Piovano (el mismo que retrata esta entrevista).

Dos oídos
Entre montones de investigaciones alrededor del glifosato, Rafael Lajmanovich y equipo hicieron varios sobre los efectos de mezclar distintos plaguicidas, nada más y nada menos que lo que sucede en el ambiente, aunque las regulaciones se realizan sobre productos individuales. “Casi no existen organismos expuestos a una sola sustancia química, sino a múltiples. Primero empezamos a mezclar dos y llegamos hasta nueve plaguicidas”. El último estudio es de hace un año, en octubre de 2024, donde se evaluó la toxicidad de un cóctel de ocho pesticidas sobre larvas del sapo común sudamericano. La mezcla se compuso de tres insecticidas (cipermetrina, clorpirifos y lambda-cialotrina), cuatro herbicidas (glifosato, glufosinato de amonio, prometrina y metolaclor) y un fungicida (piraclostrobina) encontrados en larvas de desarrollo temprano de la cuenca del río Salado. Los resultados fueron lapidarios: “Alta mortalidad y teratogenicidad, disrupción endocrina y alteraciones en el funcionamiento hepático, además de neurotoxicidad, genotoxicidad y cardiotoxicidad”.
En 2019 Lajmanovich también miró con preocupación el reclamo de muchos pueblos de Argentina por la contaminación del agua con arsénico, así que investigó la sinergia con el glifosato: “Demostramos que esa mezcla producía genotoxicidad y efectos adversos sobre el sistema hormonal”. Ese trabajo tuvo un gran impacto porque era algo que se sospechaba, pero que nadie había demostrado. “Por eso siempre digo: la clave es escuchar a las comunidades”.
Dos años después, en 2021, desde su laboratorio develaron la interacción de los microplásticos con los plaguicidas, en especial por las silobolsas (donde se guardan los granos) y los bidones (donde están los plaguicidas). “Tenemos microplásticos en el cerebro, en la sangre, en la orina, en todas partes. Con este trabajo demostramos que los microplásticos sirven de vehículo para otros contaminantes. Potencian los efectos nocivos de herbicidas como el glifosato y el glufosinato de amonio, y generan un compuesto que facilita su dispersión en el ambiente”.
En los últimos años, el foco de investigación de Lajmanovich es la contaminación del río Paraná y sus afluentes. “Nos hemos puesto firmes en estudiar los arroyos, venas comunicantes por donde se contamina a uno de los ríos más importantes del mundo, eje de nuestra historia y nuestra vida. Estoy centrado en su protección y la única forma es protegiendo los arroyos”. Ya publicó seis trabajos con este eje y el último, en junio pasado sobre cuatro arroyos de Entre Ríos, fue el de más repercusión por encontrarse el mayor nivel histórico de glifosato en toda Sudamérica (5.002 microgramos por kilo de sedimento) en el arroyo Las Conchas. “Las muestras puras determinaron una mortalidad del 100%. O sea, ponemos un organismo ahí y directamente moría, como si el agua fuera veneno”. Además se detectaron otros pesticidas: atrazina, metolacloro, leoxilifop y cipermetrina.
¿Qué nos cuentan estos arroyos?
Que la vida acuática es inviable por la extrema toxicidad y contaminación bacteriana. Los cursos de agua muestran signos de colapso ecosistémico desde hace muchísimo tiempo. Es un ecocidio silencioso que demuestra que se viene haciendo todo mal durante los últimos 30 años.
¿Cómo se revierte ese “todo mal”?
Lo primero que debería haber es información pública; que cualquier persona pueda acceder a la base de datos de lo que se usa, en dónde, la relación con las patologías. Acá no existe información pública, está escondida, encriptada. El Ministerio de Salud debería crear un mapa sobre la detección de enfermedades tumorales y su relación con los sistemas productivos. Hay una total falta de gestión estatal. Si hay normas, nadie las cumple. Si hay multas, probablemente se pagan pero se sigue contaminando.
La ignorancia fabricada
Mientras Lajmanovich y compañía evidencian todo esto, año tras año desde 1998, el uso de agrotóxicos se multiplicó. Y hoy, la luz verde para avalar la aplicación de venenos está más verde que nunca. Un ejemplo es la provincia de Entre Ríos, donde a fines del año pasado se aprobó una ley que permite tirar pesticidas a 5 metros de cursos de agua, a 10 de la planta urbana y a 15 de escuelas rurales (investigación publicada en la MU anterior). Pero esta avanzada del agronegocio no quedó en un solo distrito, sino que pasó a escala nacional: a principio de octubre se empezó a discutir en la Cámara de Diputados un proyecto similar, que establece distancias mínimas para fumigar desde los 10 metros para aplicaciones terrestres y con drones, y 45 metros para aéreas. Opina Rafael: “La ignorancia también se produce. Se le llama agnotología al estudio de la ignorancia fabricada: el modo en que ciertos intereses económicos o políticos generan dudas, desinformación o incertidumbre para impedir que el conocimiento científico se traduzca en acción. Este proyecto de ley es eso, una forma institucional de agnotología”.
¿En qué va en sentido contrario a tus investigaciones?
Las distancias de exclusión contrastan con la evidencia científica disponible. Estudios realizados en Argentina y Europa demuestran que la deriva de plaguicidas puede alcanzar incluso kilómetros, afectando aire, agua, suelo y organismos fuera del área tratada, lo que refuta la idea de un riesgo confinado. Comprobamos cómo afecta la sinergia entre distintos plaguicidas, pero el proyecto de ley ni lo menciona porque prevalece el negacionismo y está hecho sobre bases teóricas totalmente fuera de la realidad. Es una ofensa a la inteligencia que no diga nada.
El proyecto fue presentado por el legislador Atilio Benedetti (UCR, Entre Ríos) que con otros legisladores lo elaboraron en conjunto con la Red de Buenas Prácticas Agropecuarias, integrada por cámaras empresariales y entidades vinculadas al agronegocio. Dice: “Esto configura un caso de captura epistemológica: los mismos que producen y comercializan los plaguicidas participan en el diseño de las normas que deberían regularlos”. Y añade que el texto traslada la responsabilidad del daño a los aplicadores o asesores técnicos, y no al sistema de producción basado en el uso intensivo de agroquímicos. “La ignorancia, en este caso, no es falta de información: es una construcción política que neutraliza el conflicto social y tecnocratiza la discusión ambiental”.
En paralelo a que la Cámara de Diputados se reunia en comisiones (todos los invitados a exponer tuvieron una misma particularidad: provenían del agronegocio), Lajmanovich dio luz a su última investigación (por ahora): la contaminación por agrotóxicos de los sábalos en el río Salado y el riesgo alimentario de las poblaciones vulnerables que lo consumen. “Aunque nunca me había dedicado a los peces, desde que era estudiante veía la mortandad que había. Después de las grandes lluvias, más cantidad de plaguicidas terminan en el río y el resultado era notorio. Así que en 2022 hicimos un muestreo en todo el curso bajo del río para saber qué tenían los sábalos (pez barrero, que se alimenta de todo lo que encuentra en el fondo del mar) y el hallazgo fue espeluznante: el récord mundial de glifosato concentrado en el músculo (la parte que se come)”. A partir de esos datos, se acaba de publicar un estudio complementario: la evidencia de cómo aumenta el riesgo de quienes consumen esos peces como recurso alimentario de subsistencia, con una frecuencia de consumo mayor que el resto. “La conclusión es que los peces están contaminados, el ambiente está contaminado, las personas estamos contaminadas y el uso de plaguicidas está descontrolado”.
Continuar haciendo
Argentina hoy está expuesta a la aplicación de más de 7 mil formulados comerciales con autorización vigente del Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria y se aplican entre 500 y 600 millones de litros de agrotóxicos al año, lo que significa que es uno de los países que más los usa en el mundo.
En este contexto Rafael Lajmanovich sigue investigando, en compañía y también en soledad. La dicotomía: “Te pido que pongas en la nota que nada de esto es individual. Y que se nombre a los doctores del laboratorio de Ecotoxicología de la Facultad de Bioquímica y Ciencias Biológicas de la UNL: Paola Peltzer, Andrés Attademo, Ana Paula Cuzziol Boccioni y la estrecha colaboración con colegas de la UNL y distintas universidades de Argentina, Uruguay, Brasil, España e Italia”. ¿La soledad? “El desfinanciamiento de la ciencia. En todo el mundo, con el avance de la derecha evidente, la ciencia molesta porque viene a contar verdades que no quiere se sepan. Nuestra situación económica es complicada porque no hay financiamiento de proyectos”. ¿Dónde ver la luz? “Hoy más que nunca es vital el trabajo en red, con otros grupos de investigación. Es la única forma de continuar haciendo cosas. La ciencia argentina es muy resiliente y no van a lograr arrasarla; la están afectando, sí, pero no la van a destruir”.
Desde que era un nene, cuando su viejo lo llevaba en la Siambretta modelo 60, es un apasionado de las motos. De grande, empezó a disfrutar de la pintura. Desde siempre, sus oídos se cautivaron con Los Beatles y el rock nacional. Motos, pintura y música, aunque solo en los paréntesis que se permite por fuera del territorio y del laboratorio donde se lee un cartel bien nítido, como una bandera que lo acompaña desde que ese monte bello y vivo que lo abrazaba dejó de ser, y la mirada se le transformó para siempre: “Cuando la ciencia es digna, el glifosato daña”. Rafael Lajmanovich decidió que su camino sería por ahí.

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