CABA
Norma Morello: Señora maestra
A los 31 años fue tapa de la revista Primera Plana por un siniestro mérito: ser la primera desaparecida, en épocas de Lanusse y docencia rural. Ahora, con 67, impulsa un programa para adultos en la villa de Retiro y acepta compartir sus recuerdos porque teme por el futuro de sus alumnos, amenazado por las topadoras macristas.
En su primer día de clases como maestra, Norma Morello supo que el ideal sarmientino de la señorita azucarada y sapiente tal vez no había sido hecho para ella. Tenía 17 años, estaba recién salida del magisterio y había conseguido un puesto en una escuela de su ciudad, Goya. El colegio estaba en un barrio marginal y tenía, como suele traer de la mano la pobreza, una buena cantidad de repetidores. Cuando entró al aula para su esperada experiencia inicial después de cinco años de leer teorías educativas, Norma descubrió con un golpe de pánico que los alumnos no eran el sujeto pedagógico esperado, sino unos seres tan altos como ella; incluso más. El aula era un hervidero de murmullos y risitas; tenía su propia vida, ajena a las ilusiones (y pretensiones) de la pedagogía. Los chicos la miraban divertidos. De nada sirvieron los pedidos de silencio que maternalmente formuló con insistencia cada vez más desesperada. Hasta que una de las blancas palomitas se le acercó desde el fondo:
–Tome, señorita, su puntero– le ofreció, en una sutil indicación de orden.
Norma se preguntó cómo iba a usar ese instrumento, ausente en todas las materias que había cursado, y sintió ganas de irse corriendo. Y eso es exactamente lo que hizo dos días después.
–No había tenido la experiencia de enfrentarme al mundo –dice ahora, a medio siglo de distancia.
–¿Y qué hizo?
–Me fui a estudiar peluquería.
Hoy, a los 67 años, usa en los pómulos dos toques de colorete y un peinado bombé que le da un aire de tía abuela. (Sospecho que se peina así para parecer más alta. Mide un metro con cuarenta y nueve; no es raro que los alumnos la sobrepasen.)
Fue ella quien eligió para hacer la nota este bar, El Faro, ubicado al lado de la estación de ómnibus de Retiro, ruidoso, con mesas en mitad de la vereda y rodeado de puestos de venta callejera. La idea es ir después a la cercana Villa 31, donde Norma da clases. Está a cargo del programa de alfabetización para adultos de la villa, una propuesta que mezcla ese aprendizaje con la práctica de un oficio. Y si acepta hablar de esos recuerdos del pasado es porque le inquieta aun más el futuro: el electo Jefe de Gobierno porteño, Mauricio –que es Macri– ya anunció sus planes de erradicar la Villa 31 y llevarse por delante todo lo que en ella habita. Norma sabe que sus clases están ahora en la punta de las topadoras macristas.
Sobre la mesa hay una revista Primera Plana de 1972. La traje porque tiene en la tapa su retrato. Ahí está Norma, a los 31 años. En esa época era maestra rural, militante de un movimiento campesino de Goya, que desembocóa en las Ligas Agrarias. El Ejército la secuestró. Fue uno de los primeros casos de detención ilegal y tortura denunciados en Argentina, durante la dictadura de Alejandro Lanusse, por el que se realizaron masivas movilizaciones. El gobierno la mantuvo un mes desaparecida hasta que la presión social lo obligó a blanquear la detención.
En el 76 Norma volvió a ser secuestrada, ahora junto a su marido. Cuando quedaron libres partieron al exilio. Regresarían recuperada la democracia.
Su trabajo en Retiro lleva 16 años. El programa de alfabetización tiene en la actualidad 7 docentes que ella coordina, y unos 200 alumnos.
Le pregunto cómo superó el fatídico día del puntero:
–Me convertí en una muy buena peluquera. ¡Tuve un éxito bárbaro! –dice–. Trabajé cuatro años y después, sí, me salió un cargo como ayudante de clases prácticas en un colegio secundario. Pero para entonces, yo ya me había metido con el movimiento campesino.
El descubrimiento
No era una guerrillera entrenada en Cuba, como creían los militares, sino una militante cristiana. Trabajaba con el obispo Alberto Devoto, un sacerdote enviado a Goya a principios de la década del 60 apenas desembarcó en la provincia, se le ocurrió anunciar que los hijos no eran propiedad de los padres y otros conceptos que rápidamente le crearon tantos odios como adhesiones. “Yo me había entusiasmado a fondo con la Iglesia”, dice Norma. “Era muy militante. Me encantaba ir a visitar a los presos: íbamos al patio de la prisión y nos moríamos de miedo. Fue porque lo vi en la iglesia que me anoté en un curso de maestra rural que resultó un descubrimiento; será porque mi familia vivía en una zona de chacras y era una realidad que conocía. Yo había tenido una mamá de leche guaraní, Clementina, porque la mía había estado enferma y no me había podido amamantar, y me había apegado tanto que era a Clementina a quien decía ´mamá´, y a mi mamá, ´mamá Lucía´. Pero ella un día se fue a vivir al campo con un hermano.
“La extrañábamos, especialmente yo y una de mis hermanas, así que mi papá nos cargó una camioneta y nos llevó a verla. La encontramos en la pobreza total, en una situación mísera. Había tenido un hijo con el hermano y tenía en brazos a ese chico, que había nacido malformado. Fue una cosa muy dura. No sé si fue por eso, pero cuando terminé el curso lo volví loco al obispo con armar un movimiento para los campesinos.
“Creamos el Movimiento Rural Cristiano de Goya (que fue Movimiento Rural Católico, hasta que nos echaron de la Acción Católica). Vivía en un estado de superactividad. Pienso que es un poco lo mismo que hice después en Retiro, embarcarme en una cosa que me fue llevando a otra. A la vez, una parte de mis amigos se volcaba a la lucha armada. Yo no; para mí no era el momento. Eran tiempos muy duros, pero también divertidos.”
¿Por qué los echaron de la Acción Católica?
Decían que éramos marxistas.
¿Y eran?
Norma lo piensa:
Bueno, habíamos entrado en un camino de reflexión y acción que había adoptado el método de ver, juzgar y actuar de las juventudes obreras europeas. Es decir que una vez que analizábamos nuestra situación, a ese análisis tenía que seguir la acción. Mi vida era una locura. Yo trabajaba en la peluquería, a la tarde daba clases en el colegio secundario y a la noche militaba. Hasta que la Iiglesia me pidió que viajara a América Central para ayudar en experiencias similares. Estuve dos años fuera, en Guatemala y El Salvador. Por eso los militares decían que me había ido a Cuba y que estaba en la guerrilla.
La desaparición
No se había sentido bien en Centroamérica, donde extrañó espantosamente los lugares de su infancia. Por eso, de regreso al país, ya en 1971, quiso instalarse en el campo. Consiguió una suplencia en una escuela rural de Goya –una escuela a la que sólo se llegaba a caballo–, y fue después a otra en la estancia La Marta, propiedad de un terrateniente. El poder del patrón se respiraba dentro de las aulas: había cuatro maestras y dos eran nueras suyas. “Yo quería vivir la experiencia de la educación rural, pero me duró poco. A los tres meses me fueron a buscar.”
Un operativo del Ejército la sacó de la estancia a la una y media de la madrugada. La llevaron a la Prefectura y de ahí, con los ojos vendados, la trasladaron en un avión a Rosario. Posiblemente a una granja, ya que oía animales. “Toda la parte de la tortura física, con golpes y picana, fue en ese lugar.”
Los militares querían saber los nombres de los integrantes del grupo rural, que ella se prometió no decir. A la picana siguió una etapa de interrogatorios en los que le hacían las mismas preguntas una y otra vez, mientras amenazaban con matarla.
Estaba desaparecida, pero afuera comenzaron las movilizaciones exigiendo al gobierno por su vida. Un día, uno de los represores la acompañó al baño y le mostró un pedazo de papel de diario. Allí vio una foto de su hermano y la noticia de uno de los tantos reclamos. Cuando la presión sobre Lanusse se hizo demasiado fuerte, la llevaron a una comisaría para “blanquearla”. Había pasado un mes secuestrada y todavía debería pasar cuatro más en una celda de castigo, pero había escapado de la muerte.
La liberaron en abril del 72. No presentaron cargos en su contra ni tampoco le explicaron por qué ahora podía irse.
Perón habló de ella en Puerta de Hierro. The New York Times mandó corresponsales a entrevistarla. “¿Escribiría un tango con su historia?”, le preguntaron en un reportaje a Astor Piazzolla. De nuevo en la calle, Norma se descubrió convertida en una heroína. Señala la tapa de la revista: “Hasta me pintaron los ojos de celeste”. Pero por dentro era otra cosa.
–Cuando salí, yo no sabía que estaba mal. No me daba cuenta; no sólo por mí, sino porque recuperé la libertad en un momento en que había una expectativa impresionante. Era 1972, Perón iba a volver en noviembre. Me acuerdo de que me llevaban a hablar a todos lados y yo en medio de la euforia empecé a entrar en una especie de oscuridad. Me paraban frente al auditorio y no sabía ni dónde estaba. No había todavía una experiencia difundida de la tortura, ni se conocían sus consecuencias. Como se me veía entera se esperaba que me integrara de nuevo a la lucha. Pero yo me paraba frente a la gente y no podía hablar, solamente saludaba, como una estúpida. Tenía la sensación de que no servía para nada. Ya no sabía qué era lo que yo proponía, se me desorganizó la ideología. Empecé a tener momentos de amnesia. De todos mis conocidos sólo una amiga me dijo ‘No vuelvas a Goya’, el resto decía ‘tenés que ir, tenés que volver’”.
La sola idea la aterrorizaba.
–Me llevó 13 años saber quién era yo. Ya estábamos en España, había pasado el segundo secuestro, habían nacido mis cuatro hijas y a la noche me despertaba y escribía. Empecé a hacer un relato cronológico de toda mi vida, desde que nací. Ésa fue mi recuperación. Fue bueno porque empecé a entender y a adueñarme de lo que había hecho. Mucho de todo eso lo pude traer después a Retiro.
Teoría y práctica en la Villa 31
Las clases se dictan de dos a cinco de la tarde en asociaciones barriales. Uno de los centros funciona en el galpón de Música Esperanza, otro en el comedor Martín de Güemes. En este último lugar enseñan Juana Alfaro y Darío Callejas. Forman lo que se llama pareja pedagógica, ella como profesora de Bellas Artes –ahora está dando un curso de telar– y él a cargo de Lengua, Matemáticas y todo lo referido a la escolarización. El programa es oficial y ofrece tres ciclos que equivalen a los siete años de la escuela primaria.
En el comedor –techo de chapa y paredes decoradas con murales de Nuestra Señora de Copacabana– hay tres largas mesas con tres grupos. El más cercano a la entrada está formado por mujeres que ahora aprenden telar y que, por lo que se ve en el pizarrón, acaban de estudiar “perímetro y superficie”. En el centro hay un grupo de adolescentes que hacen un dictado. En las mesas del fondo, un tercer grupo teje. Son mujeres que ya terminaron con el programa y ahora tienen un emprendimiento.
¿Cómo se integra la escolarización con el aprendizaje de un oficio? Dicen los maestros:
Darío Callejas: “La primera hora y media se dedica a la teoría y la segunda, a la práctica. Y hay momentos en que se mezclan las dos. Por ejemplo, si hay que proyectar la producción de tejidos. Se calculan los insumos que se van a necesitar, se deciden las cantidades de lana a comprar y se proyecta el estimado de las ganancias”.
Juana Alfaro: “Los adultos llegan con muchas capacidades. Tratamos de enseñar desde esa realidad: cuando empezamos con el telar, encontramos que había mujeres que conocían un montón de técnica. El trabajo docente no es el tradicional Los alumnos llegan sabiendo un montón de cosas, el problema es que no tienen en claro que ese saber vale”.
Callejas: “Algunos de los chicos trabajan y por eso entran un poco más tarde. No hay problemas de disciplina, éste es un lugar valorado”.
Los adolescentes llegan al programa porque se retrasaron en la escuela, o abandonaron. A veces cursan hasta que pueden volver al colegio; otras, es su única opción porque no pudieron inscribirse o por falta de vacantes.
Dicen los alumnos:
Cecilia, 32 años: “No depender de otros es lo más valioso que te puede dar la educación”.
Felisa, de treinta y pico: “Estudiar mejoró la relación con mis chicos, porque les puedo ayudar en sus tareas. Mi mamá también vino: a los 65 años aprendió a leer. Mirá cuánto tiempo le llevó decidirse y resulta que en tres meses ya había aprendido.”
Tejiendo futuros
En el galpón de Música Esperanza la alfabetización se acompañó creando grupos de tejedoras, que venden su producción en ferias y reciben encargos de comercios. En otro de los centros hay cursos de xerigrafía. Los oficios que se enseñan están dirigidos sobre todo a las mujeres, que son el 90 por ciento de las alumnas, aunque alguna vez también probaron con cursos de electricidad.
En las clases no se habla solamente castellano, sino también quechua y guaraní. Algunos profesores saben algo de idiomas; otras veces, cuando un alumno ha llegado recién a la villa, se busca un compañero que haga de traductor.
El programa depende del Estado, pero tiene a la vez una pata sostenida por los docentes y vecinos, que crearon una asociación (Acción Barrial Educativa) para trabajar con emprendimientos.
Cómo ocurren las cosas
«Queremos sistematizar esto, ir registrando de qué manera unir educación y trabajo”, dice Norma. Le pregunto por qué vino a Retiro.
–Al volver del exilio tenía 44 años. En las escuelas no toman gente de esa edad; acá me hicieron un lugar. Y resultó siendo muy bueno.
No lo cuenta, pero encuentro en el archivo por qué no se jubila: por los años que pasó fuera el país y otras dos cesantías (una en los tiempos de Lanusse y en los de Isabel Perón) no llega a reunir los aportes exigidos para retirarse. Otro maltrato: cuando se presentó a reclamar la reparación económica por su segunda detención –la del 76, cuando estuvo dos días secuestrada– en la Secretaría de Derechos Humanos la mandaron a la comisaría a pedir el comprobante de que había estado privada de su libertad.
–Acá a la villa traje mucho de lo que me había quedado sin hacer –dice ella ahora–. Y creo que esta vez lo hice mejor que en todas las veces anteriores. No con tanto optimismo, sino sabiendo cómo ocurren las cosas. Y pensando para qué. A mí me dan bronca ciertos programas políticos que hablan de construir poder, pero sin dar la discusión de para qué. Si eso no se discute, ¿cómo esperar construir otra cosa que no sea incondicionales del que manda?
Artes
Un festival para celebrar el freno al vaciamiento del teatro

La revista Llegás lanza la 8ª edición de su tradicional encuentro artístico, que incluye 35 obras a mitad de precio y algunas gratuitas. Del 31 de agosto al 12 de septiembre habrá espectáculos de teatro, danza, circo, música y magia en 15 salas de la Ciudad de Buenos Aires. El festival llega con una victoria bajo el brazo: este jueves el Senado rechazó el decreto 345/25 que pretendía desguazar el Instituto Nacional del Teatro.
Por María del Carmen Varela.
«La lucha continúa», vitorearon este jueves desde la escena teatral, una vez derogado el decreto 345/25 impulsado por el gobierno nacional para vaciar el Instituto Nacional del Teatro (INT).
En ese plan colectivo de continuar la resistencia, la revista Llegás, que ya lleva más de dos décadas visibilizando e impulsando la escena local, organiza la 8ª edición de su Festival de teatro, que en esta ocasión tendrá 35 obras a mitad de precio y algunas gratuitas, en 15 salas de la Ciudad de Buenos Aires. Del 31 de agosto al 12 de septiembre, más de 250 artistas escénicos se encontrarán con el público para compartir espectáculos de teatro, danza, circo, música y magia.
El encuentro de apertura se llevará a cabo en Factoría Club Social el domingo 31 de agosto a las 18. Una hora antes arrancarán las primeras dos obras que inauguran el festival: Evitácora, con dramaturgia de Ana Alvarado, la interpretación de Carolina Tejeda y Leonardo Volpedo y la dirección de Caro Ruy y Javier Swedsky, así como Las Cautivas, en el Teatro Metropolitan, de Mariano Tenconi Blanco, con Lorena Vega y Laura Paredes. La fiesta de cierre será en el Circuito Cultural JJ el viernes 12 de septiembre a las 20. En esta oportunidad se convocó a elencos y salas de teatro independiente, oficial y comercial.
Esta comunión artística impulsada por Llegás se da en un contexto de preocupación por el avance del gobierno nacional contra todo el ámbito de la cultura. La derogación del decreto 345/25 es un bálsamo para la escena teatral, porque sin el funcionamiento natural del INT corren serio riesgo la permanencia de muchas salas de teatro independiente en todo el país. Luego de su tratamiento en Diputados, el Senado rechazó el decreto por amplia mayoría: 57 rechazos, 13 votos afirmativos y una abstención.
“Realizar un festival es continuar con el aporte a la producción de eventos culturales desde diversos puntos de vista, ya que todos los hacedores de Llegás pertenecemos a diferentes disciplinas artísticas. A lo largo de nuestros 21 años mantenemos la gratuidad de nuestro medio de comunicación, una señal de identidad del festival que mantiene el espíritu de nuestra revista y fomenta el intercambio con las compañías teatrales”, cuenta Ricardo Tamburrano, director de la revista y quien junto a la bailarina y coreógrafa Melina Seldes organizan Llegás.
Más información y compra de entradas: www.festival-llegas.com.ar

CABA
Festival ENTRÁ: Resistencia cultural contra el Decreto 345 que quedó ¡afuera! y un acto performático a 44 años del atentado a El Picadero

A 44 años del atentado en plena dictadura contra el Teatro El Picadero, ayer se juntaron en su puerta unas 200 personas para recordar ese triste episodio, pero también para recuperar el espíritu de la comunidad artística de entonces que no se dejó vencer por el desaliento. En defensa del Instituto Nacional del Teatro se organizó una lectura performática a cargo de reconocidas actrices de la escena independiente. El final fue a puro tambor con Talleres Batuka. Horas más tarde, la Cámara de Diputados dio media sanción a la derogación del Decreto 345 que desfinancia al Instituto Nacional del Teatro, entre otros organismos de la Cultura.
Por María del Carmen Varela
Fotos Lina Etchesuri para lavaca
Homenaje a la resistencia cultural de Teatro Abierto. En plena dictadura señaló una esperanza.
Esto puede leerse en la placa ubicada en la puerta del Picadero, en el mítico pasaje Discépolo, inaugurado en julio de 1980, un año antes del incendio intencional que lo dejara arrasado y solo quedara en pie parte de la fachada y una grada de cemento. “Esa madrugada del 6 de agosto prendieron fuego el teatro hasta los cimientos. Había empezado Teatro Abierto de esa manera, con fuego. No lo apagaron nunca más. El teatro que quemaron goza de buena salud, está acá”, dijo la actriz Antonia De Michelis, quien junto a la dramaturga Ana Schimelman ofició de presentadoras.


Foto: Lina M. Etchesuri para lavaca.
La primera lectura estuvo a cargo de Mersi Sevares, Gradiva Rondano y Pilar Pacheco. “Tres compañeras —contó Ana Schimelman— que son parte de ENTRÁ (Encuentro Nacional de Teatro en Resistencia Activa) un grupo que hace dos meses se empezó a juntar los domingos a la tarde, a la hora de la siesta, ante la angustia de cosas que están pasando, decidimos responder así, juntándonos, mirándonos a las caras, no mirando más pantallas”. Escuchamos en estas jóvenes voces “Decir sí” —una de las 21 obras que participó de Teatro Abierto —de la emblemática dramaturga Griselda Gambaro. Una vez terminada la primera lectura de la tarde, Ana invitó a lxs presentes a concurrir a la audiencia abierta que se realizará en el Congreso de la Nación el próximo viernes 8 a las 16. “Van a exponer un montón de artistas referentes de la cultura. Hay que estar ahí”.


Foto: Lina M. Etchesuri para lavaca.
Las actrices Andrea Nussembaum, María Inés Sancerni y el actor Mariano Sayavedra, parte del elenco de la obra “Civilización”, con dramaturgia de Mariano Saba y dirección de Lorena Vega, interpretaron una escena de la obra, que transcurre en 1792 mientras arde el teatro de la Ranchería.
Elisa Carricajo y Laura Paredes, dos de las cuatro integrantes del colectivo teatral Piel de Lava, fueron las siguientes. Ambas sumaron un fragmento de su obra “Parlamento”. Para finalizar Lorena Vega y Valeria Lois interpretaron “El acompañamiento”, de Carlos Gorostiza.

Foto: Lina M. Etchesuri para lavaca.

Foto: Lina M. Etchesuri para lavaca.
Con dramaturgia actual y de los años ´80, el encuentro reunió a varias generaciones que pusieron en práctica el ejercicio de la memoria, abrazaron al teatro y bailaron al ritmo de los tambores de Talleres Batuka. “Acá está Bety, la jubilada patotera. Si ella está defendiendo sus derechos en la calle, cómo no vamos a estar nosotrxs”, dijo la directora de Batuka señalando a Beatriz Blanco, la jubilada de 81 años que cayó de nuca al ser gaseada y empujada por un policía durante la marcha de jubiladxs en marzo de este año y a quien la ministra Bullrich acusó de “señora patotera”.
Todxs la aplaudieron y Bety se emocionó.
El pasaje Santos Discépolo fue puro festejo.
Por la lucha, por el teatro, por estar juntxs.
Continuará.

Foto: Lina M. Etchesuri para lavaca.

Foto: Lina M. Etchesuri para lavaca.


Foto: Lina M. Etchesuri para lavaca.

Foto: Lina M. Etchesuri para lavaca.
CABA
La vida de dos mujeres en la Isla de la Paternal, entre la memoria y la lucha: una obra imperdible

Una obra única que recorre el barrio de Paternal a través de postas de memoria, de lucha y en actual riesgo: del Albergue Warnes que soñó Eva Perón, quedó inconcluso y luego se utilizó como centro clandestino de detención; al Siluetazo de los 80´, los restoranes notables, los murales de Maradona y el orfanato Garrigós, del cual las protagonistas son parte. Vanesa Weinberg y Laura Nevole nos llevan de la mano por un mapa que nos hace ver el territorio cotidiano en perspectiva y con arte. Una obra que integra la programación de Paraíso Club.
María del Carmen Varela
Las vías del tren San Martín, la avenida Warnes y las bodegas, el Instituto Garrigós y el cementerio de La Chacarita delimitan una pequeña geografía urbana conocida como La Isla de la Paternal. En este lugar de casas bajas, fábricas activas, otras cerradas o devenidas en sitios culturales sucede un hecho teatral que integra a Casa Gómez —espacio dedicado al arte—con las calles del barrio en una pintoresca caminata: Atlas de un mundo imaginado, obra integrante de la programación de Paraíso Club, que ofrece un estreno cada mes.
Sus protagonistas son Ana y Emilia (Vanesa Weinberg y Laura Nevole) y sus versiones con menos edad son interpretadas por Camila Blander y Valentina Werenkraut. Las hermanas crecieron en este rincón de la ciudad; Ana permaneció allí y Emilia salió al mundo con entusiasmo por conocer otras islas más lejanas. Cuenta el programa de mano que ambas “siempre se sintieron atraídas por esos puntos desperdigados por los mapas, que no se sabe si son manchas o islas”.


La historia
A fines de los ´90, Emilia partió de esta isla sin agua alrededor para conocer otras islas: algunas paradisíacas y calurosas, otras frías y remotas. En su intercambio epistolar, iremos conociendo las aventuras de Emilia en tierras no tan firmes…
Ana responde con las anécdotas de su cotidiano y el relato involucra mucho más que la narrativa puramente barrial. Se entrecruzan la propia historia, la del barrio, la del país. En la esquina de Baunes y Paz Soldán se encuentra su “barco”, anclado en plena isla, la casa familiar donde se criaron, en la que cada hermana tomó su decisión. Una, la de quedarse, otra la de marcharse: “Quien vive en una isla desea irse y también tiene miedo de salir”.
A dos cuadras de la casa, vemos el predio donde estaba el Albergue Warnes, un edificio de diez pisos que nunca terminó de construirse, para el que Eva Perón había soñado un destino de hospítal de niñxs y cuya enorme estructura inconclusa fue hogar de cientos de familias durante décadas, hasta su demolición en marzo de 1991. Quien escribe, creció en La Isla de La Paternal y vio caer la mole de cemento durante la implosión para la que se utilizó media tonelada de explosivos. Una enorme nube de polvo hizo que el aire se volviera irrespirable por un tiempo considerable para las miles de personas que contemplábamos el monumental estallido.
Emilia recuerda que el Warnes había sido utilizado como lugar de detención y tortura y menciona el Siluetazo, la acción artística iniciada en septiembre de 1983, poco tiempo antes de que finalizara la dictadura y Raúl Alfonsín asumiera la presidencia, que consistía en pintar siluetas de tamaño natural para visibilizar los cuerpos ausentes. El Albergue Warnes formó parte de esa intervención artística exhibida en su fachada. La caminata se detiene en la placita que parece una mini-isla de tamaño irregular, sobre la avenida Warnes frente a las bodegas. La placita a la que mi madre me llevaba casi a diario durante mi infancia, sin sospechar del horror que sucedía a pocos metros.
El siguiente lugar donde recala el grupo de caminantes en una tarde de sábado soleado es el Instituto Crescencia Boado de Garrigós, en Paz Soldán al 5200, que alojaba a niñas huérfanas o con situaciones familiares problemáticas. Las hermanas Ana y Emilia recuerdan a una interna de la que se habían hecho amigas a través de las rejas. “El Garrigós”, como se lo llama en el barrio, fue mucho más que un asilo para niñas. Para muchas, fue su refugio, su hogar. En una nota periodística del portal ANRed —impresa y exhibida en Casa Gómez en el marco de esta obra— las hermanas Sosa, Mónica y Aída, cuentan el rol que el “Garri” tuvo en sus vidas. Vivían con su madre y hermanos en situación de calle hasta que alguien les pasó la información del Consejo de Minoridad y de allí fueron trasladas hasta La Paternal. Aída: “Pasar de la calle a un lugar limpio, abrigado, con comida todos los días era impensable. Por un lado, el dolor de haber sido separadas de nuestra madre, pero al mismo tiempo la felicidad de estar en un lugar donde nos sentimos protegidas desde el primer momento”. Mónica afirma: “Somos hijas del Estado” .
De ser un instituto de minoridad, el Garrigós pasó a ser un espacio de promoción de derechos para las infancias dependiente de la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia de Argentina (SENAF), pero en marzo de este año comenzó su desmantelamiento. Hubo trabajadorxs despedidxs y se sospecha que, dado el resurgimiento inmobiliario del barrio, el predio podría ser vendido al mejor postor.
El grupo continúa la caminata por un espacio libre de edificios. Pasa por la Asociación Vecinal Círculo La Paternal, donde Ana toma clases de salsa.
En la esquina de Bielsa (ex Morlote) y Paz Soldán está la farmacia donde trabajaba Ana. Las persianas bajas y los estantes despojados dan cuenta de que ahí ya no se venden remedios ni se toma la presión. Ana cuenta que post 2001 el local dejó de abrir, ya que la crisis económica provocó que varios locales de la zona se vieran obligados a cerrar sus puertas.
La Paternal, en especial La Isla, se convirtió en refugio de artistas, con una movida cultural y gastronómica creciente. Dejó de ser una zona barrial gris, barata y mal iluminada y desde hace unos años cotiza en alza en el mercado de compra-venta de inmuebles. Hay más color en el barrio, las paredes lucen murales con el rostro de Diego, siempre vistiendo la camiseta roja del Club Argentinos Juniors . Hay locales que mutaron, una pequeña fábrica ahora es cervecería, la carnicería se transformó en el restaurante de pastas Tita la Vedette, y la que era la casa que alquilaba la familia de mi compañera de escuela primaria Nancy allá por los ´80, ahora es la renovada y coqueta Casa Gómez, desde donde parte la caminata y a donde volveremos después de escuchar los relatos de Ana y Emilia.
Allí veremos cuatro edificios dibujados en tinta celeste, enmarcados y colgados sobre la pared. El Garrigós, la farmacia, el albergue Warnes y el MN Santa Inés, una antigua panadería que cerró al morir su dueño y que una década más tarde fuera alquilada y reacondicionada por la cheff Jazmín Marturet. El ahora restaurante fue reciente ganador de una estrella Michelín y agota las reservas cada fin de semana.
Lxs caminantes volvemos al lugar del que partimos y las hermanas Ana y Emilia nos dicen adiós.
Y así, quienes durante una hora caminamos juntxs, nos dispersamos, abadonamos La Isla y partimos hacia otras tierras, otros puntos geográficos donde también, como Ana y Emilia, tengamos la posibilidad de reconstruir nuestros propios mapas de vida.
Atlas de un mundo imaginado
Sábados 9 y 16 de agosto, domingos 10 y 17 de agosto. Domingo 14 de septiembre y sábado 20 de septiembre
Casa Gómez, Yeruá 4962, CABA.
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