Nota
Aula Abierta: encuentro de Educadores Populares
Entre el 25 y el 27 de julio se realizará en la Facultad de Filosofía y Letras de la U.B.A el Primer Encuentro Nacional de Educadores Populares, organizado por los Educadores del Movimiento Piquetero Barrios de Pie en conjunto con otros grupos sociales y políticos de la Argentina y Latinoamérica. En qué consiste el trabajo del grupo organizador y cómo es una clase de «La escuela piquetera para hacer juntos el secundario», inspirada en las enseñanzas del brasileño Paulo Freire.
Entre el 25 y el 27 de julio se realizará en la Facultad de Filosofía y Letras de la U.B.A el Primer Encuentro Nacional de Educadores Populares, organizado por los Educadores del Movimiento Piquetero Barrios de Pie en conjunto con otros grupos sociales y políticos de la Argentina y Latinoamérica.
El movimiento realiza desde hace un tiempo talleres de «Formación para formadores» con la gente de los barrios y además viene proyectando grupos de alfabetización y educación popular con adultos, talleres de oficios, de arte y recreación y cursos. Al mismo tiempo, se dictan talleres de formación política e histórica para los integrantes del movimiento que se extiende por todo el país.
El taller central de este primer encuentro de educadores populares será «Entendiendo al A.L.C.A», que según explica Laura Velasco, una de las responsables de este Primer Encuentro, se realizó por primera vez en el marco de un Foro contra el A.L.C.A con gente de los barrios y se trabajó con técnicas explicativas. «Elegimos esta actividad porque justamente nos parece que es un tema sobre el que se debe instruir, reflexionar y debatir muchísimo para organizar una lucha muy fuerte con todas las organizaciones del país y latinoamericanas».
Hace poco tiempo, Laura se reunió con el viceministro de Educación de Cuba y cuenta que en ese país, que ya ha avanzado en materia de educación popular, se encuentran trabajando con un método bastante nuevo de alfabetización en el que utilizan herramientas audiovisuales. «La movida no sólo es con Cuba; también estamos trabajando con varios representantes de todos lados que están invitados a este encuentro: venezolanos, chilenos y brasileros»
Los educadores de Barrios de Pie están ahora trabajando en la «Escuela piquetera para hacer juntos el secundario». Andrea Caliva, una de las docentes, define sus objetivos: «Es una enseñanza para generar conciencia, para formar ciudadanos más autónomos y más capaces». Desde fines de marzo, en la sede del Movimiento, cuatro docentes enseñan Geografía, Matemática, Lengua, Historia e Instrucción Cívica a veinte adultos que se dividen en tres grupos. Aunque hay que tener 18 años para poder anotarse en esta escuela, hay algunos alumnos de 17 que ya se preparan para rendir el cuatrimestre que viene.
Los educadores trabajan ad honorem sobre la base del plan libre para adultos que consiste en dieciocho materias, de las cuales se rinden tres cada tres meses. Es decir que si todo sale bien, en un año se aprueban nueve materias y en tres se finaliza el secundario. «Pensamos toda la estrategia desde la educación popular, los pensamientos de Paulo Freire y de muchos otros pensadores latinoamericanos. Siempre usando eso como guía, pero no al pie de la letra porque siempre hay que estar reformulando en función de lo que pasa», dicen Andrea y Mónica Quiroga, encargadas de coordinar el proyecto.
Este proyecto fue enviado a la Secretaria de Educación del Gobierno de la Ciudad hace un mes y al Ministerio de Educación, hace una semana. «Nos prometieron asignaciones docentes y buscarnos un lugar para funcionar», explica Andrea. Además, cuenta que cuando los chicos no tienen el dinero para viajar, el movimiento les consigue los viáticos y a veces los materiales para estudiar. «La idea es brindarles una educación como sea, si no para qué existe el Estado de Derecho, para qué existe la democracia».
Laura Velasco, una de las representantes del Movimiento en el área de la educación, explica que en muchos casos, los alumnos se vieron forzados a dejar el secundario en colegios públicos porque se sentían excluidos o fuera de su propio ámbito. «Tiene que ver con la modalidad de trabajo y con que ellos se sientan cómodos. Tiene que ver con que las docentes son del movimiento, el resto de los compañeros son del movimiento. Todos juntos están emprendiendo un desafío y un compromiso». Entonces, puede decirse que además de la educación en las distintas materias, a los alumnos se les presenta una identidad popular y se los hace protagonistas de un proyecto, «ellos mismos son el proyecto», interviene orgullosa Andrea.
Barrios de Pie reclama la inclusión de los desocupados al sistema, la mejora en las condiciones educativas y en materia de salud. «Queremos ir instalando en los barrios nuevas formas de trabajo y de organización que tienen que ver con el Estado que queremos construir», dice Laura. También señala la enorme distancia entre la oferta de educación formal y las personas que están en los barrios. La brecha está marcada por la falta de recursos económicos o porque falta la estrategia pedagógica. Para la gente de los barrios, el conocimiento se debe vivenciar desde otro lado. «Hay muchos docentes que no tienen demasiada capacidad o voluntad de trabajar con los sectores populares», dice Laura y afirma que el Movimiento no desvaloriza a la educación formal, sino que está en constante búsqueda de articulación con ella.
Mientras se intenta esa sintonía, los educadores populares y sus alumnos generan un espacio para formarse en todos los aspectos de la vida y en el que el nivel de comprensión de la realidad es bien diferente del que se experimenta en los colegios públicos. A veces los alumnos tienen que trabajar o hacer changas. «Acá los esperamos pero en las escuelas se quedan libres», dice Mónica, la profesora de Lengua.
La primera semana de agosto serán los exámenes, a pesar de los nervios y el miedo, las docentes creen que los alumnos están muy bien preparados y en todo caso los resultados que esperan de este proyecto nunca fueron las notas sino alcanzar algo que desde luego ya han alcanzado: la conexión, el fuerte núcleo de trabajo y la permanencia de un grupo tan heterogéneo. «Tenemos gente desde los 17 hasta los 60 años», cuenta Andrea con su sonrisa permanente. A modo de conclusión Mónica explica que los mismos alumnos le decían que están felices más allá del examen, «Claro, ya forman parte de algo».
Una clase de los educadores populares no es igual a cualquier clase.
Apenas llegan, los cinco alumnos no se sientan en silencio y esperan consignas de la profesora. Después de preguntarles cómo están, conversar sobre sus trabajos y familia, Andrea Caliva, profesora de historia y geografía comienza a repartir unas fotocopias. «El derecho romano» es el tema del día. Antes de dedicarse a leerlas, una de las mujeres prepara mate al tiempo que tiene en brazos a su nieto Santiago y al tiempo también que le da unos juguetes a su otro nieto. «A partir del lunes tenemos una guardería, así que van a poder traer a todos los nenes», dice Andrea. El esposo de una alumna arregla el gas y los alumnos de la clase de Instrucción cívica se acomodan en otra habitación y esperan al profesor. Uno de los nenes comienza a llorar y el otro se duerme. En medio de los avatares, uno de los dos chicos, saca de su carpeta un dibujo de un león con alas y se lo regala a la profesora que no duda en decir «firmalo Neco, así lo pegamos ya».
Sentados a una mesa, los alumnos de Andrea siguen la lectura que, con energía, comenzó ella. Con soltura los alumnos preguntan por Julio César, por Cleopatra y hacen chistes mientras la profesora explica todos los detalles y traza comparaciones con la realidad actual y aquella remota historia.
Ha pasado una hora y media cuando llega Mónica, otra docente que toma al nene que lloraba y se lo lleva para que Andrea siga con su clase. Vuelve a entrar después de un rato con fotocopias que explican la conjugación de los verbos, con el nene y con un paquete de galletitas.
Después de la recorrida histórica, Andrea da por terminada la clase pero nadie se va. Permanecen en sus lugares y conversan sobre las próximas fechas de los exámenes, sobre unas donaciones de libros que les hicieron y también sobe sus vidas.
Ninguno se sacó la campera. Ninguno se quejó cuando la profesora dijo que agregaría un día más a la jornada semanal. «Los exámenes son la primera semana de agosto y quiero que les vaya bien». Asintieron y comenzaron a ponerse de pie pero con calma, como si en verdad quisieran quedarse un poco más.
Protesta social
Marcha de jubilados: medias, bochinches y ningún dólar en las orejas

Un miércoles tranquilo en la ronda de jubilados en Congreso, que despierta dudas ante la necesidad de hacer “un poco más de bochinche”. Como homenaje al Día del Jubilado (domingo pasado) hubo un puesto de hamburguesas y choripanes de la UTEP. “El hambre es desesperante” dijo una de las mujeres que servía a esa cola ampliada con gente de la calle en busca de qué comer. Historia de cómo sobrevivir a una jubilación hiper mínima (porque encima se arrastra una deuda). Los alfajores, las medias, y la salud encontrada en el gesto de movilizarse.
Por Lucas Pedulla Fotos Juan Valeiro/lavaca.org
A sus 76 años, Luis Relinque tiene que vender medias para llegar a fin de mes.
–Si no trabajo, no como.
Y para comer tiene que trabajar, aunque hace once años que está jubilado. El único día que no sale a vender por la zona de Once es el miércoles, cuando camina las diez cuadras que separan su casa –Remedios de Escalada, sur del conurbano bonaerense– de la parada del 37 que lo deja en el Congreso de la Nación.

El dato, que solo en esta Argentina pareciera naturalizarse, lo explica fácil:
–Soy jubilado de la mínima. Cobro $400.000 limpios, justos. El mismo día de cobro pago la luz, el gas, el agua y con todo lo que tengo me quedan limpios, justos, $210.000. Si no trabajara, son $7.000 por día hasta el mes siguiente. ¿Cómo hacés?
La pregunta flota mientras alrededor se dispone la movilización de cada miércoles. La Rama de Trabajadoras y Trabajadores de Espacios Públicos de la UTEP (gremio de la economía popular), llamada “Lxs Parrillerxs”, puso un puesto para regalar choripán y hamburguesas por el Día del Jubilado, que fue el domingo. Se sumó mucha gente de la calle: “El hambre es desesperante”, dice una señora mientras corta el pan. Sobre la vereda se acomodan trabajadoras y trabajadores de la ANSES, que denuncian una “sangría por goteo” en el organismo encargado de las jubilaciones y pensiones: el Gobierno abrió un plan de retiros voluntarios, el segundo del año. Un trabajador dice a lavaca: “En el anterior se fueron más de 1.000 personas. Muchos agarran porque están muy endeudados. La idea es que quede un ANSES chico, si es que queda”.

Por su parte, Luis tendría que estar cobrando un poco más: en septiembre la mínima llegó a $498.633,20, contando el bono de $70.000, congelado hace 30 meses: según el Centro de Economía Política de la Argentina (CEPA), si fuera por movilidad Luis y cinco millones de jubilados y jubiladas más tendrían que percibir un bono de $223.148. Pero Luis cobra solo $400.000 limpios porque está endeudado: hace ocho años sacó un crédito.
–Se me cayó un árbol del fondo de casa en la cabeza. Tuve derrame cerebral. También me hizo pelota la rodilla: hoy tengo una prótesis. Mirá vos, es la misma rodilla que la policía me reprimió en una marcha el año pasado: la tengo peor. Me queda este año de crédito, así que espero para fin de año terminar de pagarlo y poder cobrar un poquito más.

Por eso todos los días –salvo los miércoles– sale a vender tres pares de medias a $1.000: camina mirando a todos lados para que los “parásitos con uniforme” no le decomisen la mercadería, como viene ocurriendo en la ciudad de Buenos Aires bajo la gestión de Jorge Macri. Antes Luis vendía alfajores y podía hacerle algún regalo a su nieta de 13 años, o darse un gustito como ir al teatro. Pero los alfajores subieron tanto que ya no es negocio. Cuenta que la idea de las medias le llegó mirando la televisión.
–Veía a tanto operador político en la tele que pensé: si las medias me salen lo mismo que un chupetín, quizá la salida a esta crisis sea chupar medias, en serio te digo.
Luis habla y piensa con mucho humor, pero siempre aclara que lo dice en serio. Cuenta que fue la primera persona que puso un boliche gay en provincia de Buenos Aires – “Chelovecos, en 1974”–, que también tuvo una tanguería y que por muchos años se dedicó a cocinar en su casa para geriátricos o centros de jubilados. Como siempre trabajó por su cuenta, pudo jubilarse con una parte de aportes y otra de moratoria.

–Hoy el Gobierno la cortó, pero la moratoria ayudó mucho. Conozco gente que nunca aportó y ahora te dice: “Cristina chorra”. Bueno, entonces devolvé la jubilación o donala a un comedor.
A diferencia de lo que dijo el presidente Javier Milei tras su discurso en Naciones Unidas en Nueva York, a Luis –como argentino– no le salen dólares por las orejas. Es una de las tantas razones por las que no se pierde ningún miércoles.
–Hace unos años me quedé viudo. Me pasaron todas, pero yo le aconsejo a la gente mayor que venga a la marcha. No sólo como protesta, sino porque es bueno para uno. Es una cuestión de salud. A mí me ayudó mucho porque me olvidé de mí: me acuerdo más de la madre de Milei que de mí. En serio, te digo. Algunos jubilados me dicen: “No, mejor me voy a hacer un estudio al médico”, pero es como un coche en el mecánico: algo siempre te van a encontrar. No digo que esté mal, ojo, pero hay gente que está todo el día en la casa mirándola por televisión y pensando en sí mismo. Con hacer un cartel o pensar alguna cosita, ya la cabeza se me despeja.

La semana pasada, Luis trajo el “Desodorante Javo”, con una característica premium: “Te deja seco las 24 horas”. ¿Qué significa ese humor en la lucha de cada miércoles?
Luis es crítico:
–Yo vengo porque la jubilación me alcanza nomás para diez días. Me gustaría que hagamos un poco más de bochinche. Acá nos encerraron. Venimos y damos una ronda: no tenemos nada para festejar pero damos la vuelta olímpica como si fuéramos campeones. Luego, a casa. Hay que ir al Obelisco, a Corrientes. Acá no nos ve nadie. No estoy en contra, porque nos encontramos, pero haría un poco más de calle. Lo único que falta es que nos pongan mesas y nos hagan jugar a las damas: para eso voy a la plaza de mi barrio. En Lanús me preguntan: “¿Luis, no marchan más?”.
La marcha –la ronda a la que Luis pide más bochinche– está por empezar.
¿Qué espera?
–Mirá, el día que no pueda caminar más ni vivir a medias, me amenazo al Presidente así me vienen a buscar: ya averigué que no me sacan la jubilación, me llevan en cana, y al menos tengo una lamparita para leer algún libro y amigos que me traerán algún sanguchito de miga. Lo mismo que haría en casa lo hago allá. En serio, te digo.
¿Hay opción B?
–Que cambie el Gobierno. Eso daría un poquito de esperanza. La primera medida tendría que ser darnos un aumento. De mínima. Esta lucha que hacemos va a pasar a la historia como algo que era necesario hacer. El que no labura ni lucha, no come.
Hincha de Independiente y fanático de Manal, Luis se despide y se mete a la marcha.
Revista Mu
MU 216: Qué, cómo y cuándo cambió todo


Ley de Tierras y después: Cambio de tema
Durante meses el gobierno logró imponer los temas, los tiempos y las preguntas. Hasta que una discusión sobre la tierra parió otra cosa. Lo que apareció detrás y después de ese debate no es –solo– una disputa jurídica ni económica, sino una pregunta más profunda sobre la soberanía, la identidad y el futuro. De César Aira a Peter Thiel, una lectura de la actualidad para crear lo que falta.
Por Claudia Acuña

Viaje a la vida en el Paraná II: En modo Costa Pobre
Los incendios y el dragado que rompen el ecosistema, los countries ocupándolo todo, el extractivismo de arena para el fracking, las privatizaciones, la contaminación masiva, la indolencia estatal: el Paraná debería ser un río de todos, pero parece un río de nadie. Navegación desde Escobar hasta las Lechiguanas, pasando por Costa Pobre, barrio popular amenazado, que simboliza mucho de esta historia. Voces e imágenes de quienes siguen defendiendo la vida del aire, el suelo, el agua y la justicia.
Por Francisco Pandolfi
Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org

Atanor condenada por contaminación: La odisea
Más de 200 muertes en seis manzanas del Barrio Química, la contaminación probada del agua, aire y suelos, y el “daño irreversible” al Paraná en San Nicolás ratificado por la Corte Suprema bonaerense. La sanción económica es mínima para una multinacional (equivalente a dos camionetas) pero está por comenzar la causa penal a sus ejecutivos. Lo que cuentan el barrio y el abogado Fabián Maggi sobre este viaje de más de una década para que no haya impunidad.
Por Lucas Pedulla
Fotos: Sebastián Smok/lavaca.org

Agroecología en Misiones: El libro de la selva
Una cooperativa agroecológica de quince familias produce alimentos sin químicos en medio de la selva misionera y muestra cómo cultivar de un modo sano y rentable. Unión Campesina, los secretos de la tierra, la casa de las semillas, y una decisión: hacer mucho y hablar menos. El método del Fukuoka misionero. ¿Cuál es la rueda que está girando?
Por Francisco Pandolfi
Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org

Delia Tedín, decoración, política y clases altas: Mucho gusto
Con tupido árbol genealógico y privilegios de cuna, aprendió el valor de la diversidad y la rebeldía frente a un ambiente que “olía a odio”. Eligió su propia vida como decoradora, sin perder nunca de vista el contexto social. Sus pasiones: fomentar el trabajo y la creatividad del país, y combatir la idea de que las personas tienen la culpa si les va mal en estos tiempos. Conversación sobre bombas, estupidez, poder, Nerón y el arte de mantener los ojos abiertos.
Por Sergio Ciancaglini
Fotos: Juan Valeiro

Carne de cañón: las víctimas travestis-trans de la dictadura
A 50 años del golpe de Estado, el Archivo de la Memoria Trans reunió en un libro testimonios individuales, relatos colectivos y el registro del Juicio Brigadas, el primero que toma como víctimas del terrorismo de Estado a mujeres travestis trans. El libro no habla solo de violencia, sino también del humor, la amistad, la resistencia y las formas que ellas inventaron para poder seguir vivas. Pistas sobre dónde encontrar claves para el futuro.
Por Evangelina Bucari

El libro La nueva oligarquía: Tecnopoder
¿Quién gobierna el mundo? ¿Qué transformaciones y deformaciones de la democracia se están intentando? ¿Qué pasa con la soberanía? ¿A quién hay que vigilar? Temas de La nueva oligarquía, del sociólogo argentino Ariel Goldstein y editado por Marea. Aquí, fragmentos que invitan a su lectura para bucear varios dilemas del presente.

Zoe Hochbaum: Comerse el mundo
Actriz, bailarina, escritora, productora: 27 años, una nueva película y un programa de radio. Zoe puede oscilar entre la comedia con flamenco, los monstruos literarios y la reconstrucción de los vuelos de la muerte. El homenaje al radioteatro, y el ejercicio de la amistad como salvavidas para los tiempos en los que la realidad parece querer fagocitarnos.
Por María del Carmen Varela
Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org

Crónicas del Más Acá: Rambo al sur
por Carlos Melone
Nota
La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Córdoba llegó a la undécima edición del Ni Una Menos con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. Córdoba salió a la calle bajo la lluvia este 3J, once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta.
Por Bernardina Rosini
El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: lavaca.org.
Lo que no se puede creer
Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.
Varones
Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema? Fotos: lavaca.org
«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.
Dónde está Delicia
Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.
Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.
Justicia sin apellido
Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»
Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.
La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
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