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Mu03

Jueves, Plaza Once

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Jueves, 2 de la tarde. Sentada en el filo de la vereda, desde uno de los maceteros de Plaza Once, veo pasar la vida. Hay gente descansando y hay gente corriendo. Dos falsos profetas le hablan a Dios por micrófono. Un grupo de jóvenes toma cerveza en una botella de plástico, y vino en tetrabrik.

El vendedor de comida al paso está enojado: sufre cuatro y hasta cinco veces por semana los operativos de los inspectores, que llegan acompañados por la policía de la Seccional 10. Tiene a la vista -como le exigen- el certificado de un curso de higiene y manipulación de alimentos (que es obligatorio) y el permiso comunal, que le implica el pago mensual de 114 pesos de monotributo, 98 pesos de canon de vereda y 300 pesos de seguro contra terceros. Además, le revisan si tiene en sobres individuales los aderezos y le miden el espacio que está ocupando para que no se pase de límite autorizado. Aun teniendo todo en “regla”, no está seguro. Vive con miedo porque ese puesto de panchos es el sostén de su familia: 5 hijos y mujer. Tiene una causa por agresión a un policía de la 10ª, por la que debe ir a firmar todos los meses al Patronato del Liberado. ¿Qué pasó? Me contesta levantando los hombros. Los procedimientos son tan agresivos y continuos que juegan con su paciencia. Y perdió.
Ahí detrás están las mujeres jóvenes, de cuerpos voluminosos, cabellos trenzados, ofreciendo el calor que se desprende de su caribeña piel. Están todas juntas en una sola esquina. Sus miradas son esquivas, desconfiadas y con miedo. Hablan poco y en voz muy baja. Les pregunto si les hacen actas por el artículo 81 del Código Contravencional. Me contestan que no saben qué es el Código y menos el artículo 81. Les explico. Me contestan que la policía no las molesta.
Pregunto: ¿cómo se les ocurrió la Plaza Once para pararse? Silencio.
Pregunto: ¿desde cuándo están en Argentina? Silencio.
Pregunto: ¿conocen a las organizaciones de prostitutas que hay aquí? Silencio.
Dos vendedores de helados pasan a la carrera. Alguien alerta: viene un operativo. Están todo el tiempo así, huyendo, porque si los agarran pierden la mercadería. “Pero son helados ¿entiende?” me dice uno. Pregunto: ¿cuánto ganás por día? “15 pesos, si no me pescan”.
Ahora el que está sentado al lado mío es un señor de 65 años. Pregunto: ¿cómo está? “Podrido”, contesta. “Me obligan a caminar todo el día y a cargar como una mula esto, porque donde me paro, me sacan todo.” El hombre lleva una plancha de alambre colgada con una soga al cuello. Sobre la plancha exhibe todo tipo de muñecos de peluche. Semejante collar pesa un par de kilos, pero con el correr de las horas debe adquirir la dimensión de su cruz. Alguien más viene a sentarse. Es una chica que no pasa los 16. Se la ve demasiado flaca, demasiado joven, demasiado cansada. Su reposo no dura ni un segundo. Su fiolo, travestido de rapero -pantalón amplio, gorra con viscera- la levanta del brazo y la planta en la esquina. A 20 metros, dos policías con sus chalecos naranja fosforescente, fuman tranquilos.
 
Viernes, Avenida Corrientes
Es viernes y estoy vendiendo MU en plena calle. Hace calor y en la avenida Corrientes la vida tiene otro target. Las marquesinas de los teatros ofrecen cuerpos de mujeres con cirugías espectaculares, las librerías bostezan, los cafés están de charla, y allá, como fondo, el Obelisco arde.
Parece una tarde más hasta que la vereda se pinta de azul. Primero, la guardia urbana avisa que vienen a desalojarnos. Diez minutos después, llegan los inspectores con la policía. El señor que vende mates por 5 pesos es el primero en desaparecer. Le siguen los artesanos y los heladeros. No hay muchos más, así que sólo quedamos nosotras, Noemí y yo, preparadas para defendernos. Las discusiones son fuertes. Cuando Noemí siente que ya no sirven las palabras salta al medio de la calle y se acuesta sobre las rayas blancas. El semáforo le da ese segundo trágico que pocos observan, hasta que Carmelo, el vendedor de garrapiñadas, corre y la levanta. Los inspectores, la policía y la guardia urbana no intervienen. La gente comienza a gritar. A mí me hacen un acta.
Una hora después, regresan en una camioneta. Esta vez no vienen por nosotras, sino por Carmelo. Él tiene su permiso en orden, pero están allí, rodeándolo, por otra cosa: no tiene gorra, delantal y ropa blanca, tal cual le mandan. Y le advierten: no puede tomar mate. Carmelo guarda sus papeles y la pava sin decir palabra. No es que le sobre paciencia, sino calle: hace veinte años que es vendedor ambulante.
Noemí me cuenta que hace una semana los inspectores le sacaron una foto. Le dijeron que era para tramitar su permiso, pero Carmelo la avivó: era una prueba para acompañar el acta. Hoy mismo, más temprano, durante el primer operativo del día, me cuenta que rogó para que la dejen trabajar. “No tengo para cenar” les dijo. La inspectora le reprochó: “Pero está fumando”. No sabe que Noemí es un tesoro escondido en ese pedazo de vereda desde hace demasiados años. La gente la saluda, la cuida, la mima. Los artesanos le regalan los aritos y collares que vende; las abuelas le alcanzan comida; los jóvenes le comparten sus cigarros. Noemí agradece, mientras sigue tejiendo al crochet las carteritas que vende por pocos pesos. Sus cuentas son igual de baratas: cobra una pensión y paga la habitación de un hotel. De esa suma y esa resta le queda una sola cuenta: comienza cada mes con nueve pesos. Eso es lo que escribió en la carta que dejó en la Casa Rosada, dirigida al Presidente que ella adora porque le contestó. Le otorgó un subsidio que, por miedo, fue a cobrar con un compañero de la pensión que desapareció con la plata. Ahora está ahí, sentada en la vereda, fumando un cigarrillo prestado. “Si tuviera plata me compraría un Lexotanil”, me dice. Y acomoda el cartel que con letra infantil escribió sobre un pedazo de cartón. Sólo dice: “Por favor, una moneda. Tengo 73 años. Los inspectores municipales no me dejan trabajar. Estoy enferma de los nervios”. Pregunto: ¿adónde quieren que vaya Noemí? Pregunto: ¿adónde la están empujando? Llega un nuevo operativo y con él, la respuesta. “Nosotros no estamos acá para contestar preguntas. Le pido por favor que levante sus cosas y obedezca”, me dice el inspector.

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