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Cultura del trabajo

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Crónica del más acá

N o parecía el lugar más apropiado para la cita. Debatir sobre la cultura del trabajo en un banco, templo de la especulación, sonaba raro. “Pero es el auditorio del Banco Nación, que ayuda a las pequeñas empresas”, se defendió el joven funcionario de la Secretaría de Cultura que tenía a su cargo la organización de la jornada.
El muchacho estaba parado entre dos pasillos. En uno se exponían para la ocasión la serie Lucha, Transición y Desocupados, del muralista militante Ricardo Carpani. Puños al viento y gestos crispados alternaban en las obras con leyendas del tipo: “Solo el pueblo salvará al pueblo” o “Por una política y un sindicalismo al servicio de la liberación”. El otro pasillo estaba cubierto de pinturas de punta a punta: eran los retratos de los presidentes del Banco Nación a lo largo de la historia, incluidos los más recientes como el menemista Hugo Santilli, el delarruísta Crhystian Colombo y la kirchnerista Felisa Miceli. También estaba Juan Ocampo, el responsable de la entidad durante la última dictadura. Todos con amplias sonrisas.
Aunque también sonríe, Roberto Felletti no tiene asegurado su retrato: no es titular sino vicepresidente de la entidad. Sin embargo, fue el anfitrión que abrió el primer debate. Proyectó un power point en el que resumió los logros económicos de la gestión K, algo tan repetido durante la jornada como la condena a los 90. Enfatizó que es el momento de apoyar con créditos a las pequeñas y medianas empresas que generan el 68 por ciento del empleo del país. Pero enseguida informó: “De cada 9 créditos que damos a las pymes en el Nación, sólo uno va a un nuevo emprendimiento”.
Luego habló el vicejefe de gabinete bonaerense Emilio Pérsico, aunque fue presentado como dirigente del Movimiento de Trabajadores Desocupados Evita. El hombre de la barba de monje tibetano explicó la importancia de la economía social en su organización y dio un ejemplo: cómo transformaron los roperos comunitarios en talleres de costura. Alguien le preguntó sobre las condiciones laborales en esa forma de economía. Y mirando cómplice al Secretario de Empleo, que estaba en primera fila, contestó: “Hacemos todo mal, están todos en negro. De a poco, llegaremos a la integración.”
El último hombre de la mesa fue un fabricante de cierres, Marcelo Fernández, presidente de la Confederación General Económica, que añoró los tiempos de José Gelbard “en que las ganancias se repartían fifty-fifty entre empresarios y empleados”. Emulando al célebre Henry Ford denunció: “Son otros los que quieren salarios bajos; nosotros queremos que nuestros empleados ganen bien para que consuman nuestros productos”. Y cerró cursando una inesperada invitación a Pérsico: “¿Qué pasa si nos unimos para defender a la cultura del trabajo? ¿Por qué no le hacemos un piquete a los contenedores que traen secadores de pelo a un centavo?”
Un segundo panel sentó al filósofo José Pablo Feinmann junto al secretario de Cultura José Nun y al sindicalista Hugo Moyano. Se podría decir que era el debate estelar. Los anuncios previos incluyeron el nombre del candidato porteño y ministro de Educación, Daniel Filmus, pero el amague electoralista no se concretó.
Feinmann: “No hay cultura del trabajo sin cambiar este sistema. Los esclavos de hoy –que Argentina los tiene– no poseen cultura del trabajo porque no trabajan, no pueden crear, ni descubrir su libertad. Lo menos que podemos hacer en el país para restaurarla es dar empleo con salarios dignos.”
Nun: “El problema de la Argentina contemporánea no son los pobres sino los ricos. Mientras que en Dinamarca el impuesto a las ganancias aporta el equivalente al 20% del pbi, en la Argentina apenas el 3. Hagamos una reforma fiscal para rescatar a los pobres”.
Moyano: “Hemos logrado avanzar, es muy importante discutir salarios. Estuvimos 12 años sin hacerlo”.
Alguien del público reaccionó y le preguntó sobre la inacción sindical de los 90. Moyano se puso incómodo. Alegó que hubo una reacción tardía ante la sorpresa que generó que un peronista desguazara el Estado. También se justificó por “la fuerza arrasadora del neoliberalismo y el aparato mediático que impulsaba el modelo. Me hablaban de la polivalencia funcional y no entendía de qué me hablaban”. Cuando creyó que había logrado cerrar el tema, Feinmann lo retomó: “El peronismo fue cómplice. Mientras que la oligarquía aportó un plan, Menem le dio la base social”.
En el almuerzo no hubo pizza con champán, sino empanadas de carne tucumanas con Coca-Cola. De postre, alfajores de miel de caña y cañoncitos con dulce de leche. Con la digestión llegó el tercer debate. Allí el diagnóstico generalizado fue que desapareció la mano de obra calificada. El oyente atento pudo enterarse, luego, porqué desapareció: Juan Carlos Lascurain, presidente de la Unión Industrial, aunque se asumió como un ferviente combatiente contra la flexibilización laboral, habló como fashion victim de otra moda. “Ahora hay que hablar de la flexiseguridad”, dijo sin aclarar demasiado.
“Ha vuelto a valer la pena hablar de trabajo”, dijo el ministro de Trabajo Carlos Tomada, antes de darle paso al pianista Miguel Ángel Estrella, que cerró la jornada tocando un tema de Bach, “un campesino, pobre, con muchos hijos. Y varios se le morían porque no le alcanzaba su salario como músico”.

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Obreros de otra clase

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Recursos humanos

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Subterráneos, el gremio que más ganó. Lograron una jornada de 6 horas y los salarios más altos de Argentina apoyándose en las asambleas y con campañas dirigidas a la opinión pública. La empresa también cambió sus tácticas: del despido a la cooptación.
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