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Obreros de otra clase

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Es una de las cientos de fábricas gestionadas por sus trabajadores que pudieron producir a partir de la nada, literalmente. En Cristal Avellaneda, esta batalla comenzó con un par de escobas, siguió con la reconstrucción de los hornos y avanza hoy con 110 personas que tienen una misma convicción: no bajar los brazos.

La pregunta podría ser: ¿cuánto dura toda la vida? Para llegar a alguna respuesta, la secuencia atraviesa primero Avellaneda, que sigue siendo en buena parte un museo de la industria arrasada por alguna guerra económica, con galpones vacíos, ventanas rotas, calles desiertas. Al 2000 de Hipólito Yrigoyen hay un edificio enorme. Conviene mirar hacia arriba: se ve un relieve en piedra, fechado en 1941, que representa el trabajo de obreros perfectos, grises e impávidos. Más arriba hay un cartel que remonta a un pasado más reciente –los 60 y los 70- con una esperanza propia de muchos productos ideológicos, culturales y políticos de esa época: “Durax toda la vida”.
Cuando se abre el portón azul se ingresa a una ciudad con edificios y calles angostas que ocupan cuatro hectáreas, con 60.000 metros cubiertos. Hay surtidores de nafta en desuso y un camioncito de los años 50 –sin puertas, resucitado con paciencia y con alambres- trasladando materiales entre los edificios de la planta.
Aparecen algunos de los trabajadores, muy distintos a los del relieve. No son impávidos, ni grises. Son personas orgullosas y amables que introducen a una aventura: “Cuando pudimos entrar, en el año 2002, nos quisimos morir. La fábrica estaba destruida, se habían robado casi todo: las matrices, las herramientas, las computadoras”, explica Osvaldo Donato, pelo corto, bigotito bajo la nariz, sonrisa tímida. ¿Quién había cometido el robo? Osvaldo pone los brazos en jarra, arquea velozmente las cejas y precisa: “Los patrones, apoyados por el sindicato”. Osvaldo tiene un aire de Carlitos Chaplin: “Mis compañeros me dicen que me faltan el bastón y el sombrerito”.
La fábrica alberga zonas oscuras y silenciosas. Una escenografía de máquinas latentes, vidrios rotos en el techo y un aspecto de esa fundición del final de la primera Terminator. El resto es una especie de volcán de hornos llameantes, artefactos que escupen vidrio incandescente, una lava que émbolos y prensas aplastan a golpes sobre matrices con forma de vasos y platos. Y todo se va cocinando sobre cintas que se mueven sobre infinitas hornallas. Es literalmente un terremoto: el piso tiembla con cada trompada mecánica, una percusión atronadora que jamás –jamás- se detiene. “Este ruido lo extrañábamos” grita Osvaldo, con una sonrisa de felicidad que Chaplin solo tenía cuando podía darle un beso a una chica. La fábrica y esta música de metal pesado suena todos los días, todo el día, salvo en Navidad y Año Nuevo cuando de todos modos se mantienen los hornos encendidos, sólo que no a 1.500, sino apenas a 800 grados. El fuego nunca se apaga.
Osvaldo y Miguel Morronnielo señalan una zona donde cientos de platos van girando de a uno como en una danza expuesta a miles de pequeñas llamas y culminan bajo un chorro de aire frío. Cuentan un secreto: “Eso no lo hacen ni siquiera los monopolios, para achicar gastos. Es un paso industrial más, pero permite que lo que estamos produciendo tenga verdadera resistencia. El secreto es el templado del material”. La relación entre resistencia y temple no debería figurar sólo en los manuales sobre cristalería. Miguel es un hombre de 59 años que parece curtido en la piel y en el alma. En cine dirían: un duro. “Yo me jubilé, pero vine para aportar lo que pueda. Aquí están mis compañeros. Pateamos para el mismo lado.” Saluda dándome la mano izquierda, con una elegancia austera. Osvaldo luego me sorprenderá al hacerme notar un detalle arqueando las cejas y diciendo “¿Te diste cuenta?”. Estas máquinas capaces de manejar cristales con delicadeza de orfebre, son capaces también de arrancarle el brazo a un hombre como Miguel. Ocurrió cuando la empresa era privada. Se jubiló y ahora volvió con sus compañeros. Tiene un brazo ortopédico. Lo noto cuando se va fumando, con la mano izquierda.
 
Un león vendiendo Durax
La historia indica que la fábrica nació en 1896 y se automatizó en los 40. En los 60 comenzó la producción seriada de vajilla templada que se popularizó al infinito bajo el eslogan “Durax, toda la vida”. Un aviso televisivo mostraba a un vendedor que rompía decenas de platos para demostrarle a una señora cuáles convenía comprar. Lo echaban, pero el tipo se iba fanfarroneando: “Soy un león vendiendo Durax”. La empresa llegó a ocupar a 900 obreros, exportaba a 20 países, tenía maquinarias y matrices para fabricar una variedad de unos 1.500 productos, incluyendo artesanías en cristal.
En los 90 empezó otra historia. “Ya en el 94 nos redujeron el sueldo a la mitad y al que no le gustaba, se iba” cuenta Jerónimo Niz. “Te imaginás: gente que había estado aquí siempre no iba a irse dejando el trabajo y la indemnización.” De todos modos, la planta empezó a achicarse mientras la empresa, menemismo mediante, organizaba el vaciamiento y la quiebra. Jerónimo: “Hicieron lo siguiente: inventaron otra empresa, con dos escritorios, un teléfono y un galpón. Supongamos que los vasos tenían un costo de 20 centavos, y se vendían en el mercado a 60. Bueno: esta empresa fantasma, compraba toda la producción de Cristalux a 25 centavos y los vendía a 60”. Otro paso que cuenta Jerónimo: “Bastardearon el producto, no usaban la materia prima que tenían que usar, planificaron todo para fundir a la empresa”.
Lo lograron. Cristalux fue a la quiebra en 1999 y en diciembre de 2000 cerró. “Me enteré primero, porque entraba a las 4 de la mañana” cuenta Osvaldo. Se fueron congregando detrás suyo 400 hombres y mujeres con la sensación de que ese portón azul cerrado era, en realidad, la entrada abierta al abismo. Conviene recordar: era la época de la recesión pura, de la desocupación masiva. La Alianza de radicales y progresistas, redondeando la destrucción menemista.
Los trabajadores confiaron en el gremio, confiaron luego en obtener los salarios adeudados y la indemnización, confiaron en encontrar otro trabajo. Todo se rompió, como cristales que ya no duraban nada.
En el año 2002 los vecinos les advirtieron que la fábrica estaba siendo secretamente desmantelada. Osvaldo: “Fuimos llamando y visitando a cada compañero. Nos juntamos el 25 de mayo de ese año, y dijimos: tenemos que quedarnos para que no nos sigan robando”. Instalaron una carpa en la puerta de la fábrica, mientras pedían al juzgado de la quiebra la habilitación para ingresar. “Solamente nos apoyaba un grupo de viejitos de La Plata y Fecotra (Federación de Cooperativas de Trabajadores, que les brindó asesoramiento legal). Algunos teníamos subsidios para desocupados que duraron unos meses”, dice Osvaldo.
 
Lo que los empresarios no roban
No quisieron ocupar la fábrica sino esperar la autorización judicial, que llegó en julio de 2002. “Fue una alegría, pero cuando vimos lo que había quedado nos vinimos abajo.” De los moldes y matrices para 1.500 productos, quedaban sólo unos 15. Para que se tenga una noción: una moldería y el juego de automatización para hacer un determinado modelo de plato, cuestan arriba de 40.000 pesos. “Apuntaron a llevarse lo más caro, pero habían hecho algo peor: apagaron los hornos. Los que trabajamos en esto sabemos lo que significa: cuando lo apagás con vidrio adentro, matás al horno, porque el vidrio se convierte en una piedra”.
¿Qué hicieron ante todo ese panorama? Luego de una recorrida azorada por las entrañas del gigante muerto, Osvaldo vio algo que la patronal y el sindicato habían omitido del saqueo. Los empresarios no roban escobas. Osvaldo la tomó, arqueó velozmente las cejas y empezó a barrer. Se sumaron otras escobas y, con ese acto, empezaron la inconcebible tarea de reactivar el lugar. Nadie podía imaginar que con ese pequeño gesto, las 60 personas que decidieron quedarse estaban declarando formalmente una batalla colectiva contra la resignación. “Habíamos oído que había otras fábricas que se organizaban como cooperativas. Así que armamos la nuestra: Cristal Avellaneda”, dice Jerónimo. “Estuvimos casi un año limpiando, tratando de reconstruir esto sin cobrar un peso”. No hay metáfora: Osvaldo, por ejemplo, no tenía ni un peso para viajar en colectivo. “Me venía en bicicleta: 74 cuadras de ida y 74 de vuelta. Las conté y todo. Hoy sé que viajar en colectivo es un lujo”. Varios de sus compañeros ni siquiera tenían bicicleta, así que caminaban kilómetros para ir a la planta. Vendieron cartones, chapas, chatarra, o los canjeaban por comida. “Debajo de las máquinas encontrábamos vidrios rotos que vendíamos a algunas fábricas de cristal de la zona por unos pesos, y también encontramos platos, vasos que van quedando de descarte. Los limpiábamos, los metíamos en cajones de manzanas, y salíamos a hacer el trueque por verdulerías, panaderías, carnicerías.” La idea era que, al menos, hubiera algo que comer. “Estábamos como en la edad de las cavernas. ¿Sabés por qué? (se toca el estómago) Por el hambre y el frío”. Tránsito Ricardo es otro de los trabajadores que volvió a la planta: “Lo que pasa es que es distinto contarlo que vivirlo. Se me pone la piel de gallina de acordarme, y tenés que tener… esto” dice arqueando las manos a la altura de los pantalones.
Jerónimo mira una de las máquinas en medio del estruendo, y grita para hacerse oír: “Para mi fue una decisión muy dura. Yo tenía un buen trabajo de maestro mayor de obras, y en un momento tuve que elegir. Me costó mucho. Me costó mi familia”. Jerónimo se separó de su mujer. Osvaldo luego explica: “El tema es que llegás a tu casa y alguna moneda para el morfi tenés que llevar”.
¿Y por qué un obrero que tenía trabajo en medio del océano de la desocupación, eligió quedarse en la cooperativa? Jerónimo: “Yo sentía que éste era mi lugar, es como un bichito. Y no es cuestión de hablar de política, pero uno lo lleva adentro: mostrar que la gente trabajadora puede manejar una empresa, puede perfeccionarse, educarse. Yo al principio perdí quedándome, pero la meta era ganar, y ganar todos juntos”. O sea: Jerónimo sufrió una mutilación familiar, pero tomó su decisión y la asume. Detrás suyo pasa Miguel, fumando con su mano izquierda. Nunca mencionó el tema de su brazo. En Cristal Avellaneda pasa algo raro en comparación con otros territorios: nadie se queja.
 
Fecundación in vitro
Mientras tanto, decidieron construir, solos, sin créditos, sin subsidios, rescatando ladrillos que iban encontrando, un pequeño horno de 500 kilos en el que empezaron a hacer ceniceros soplados, que Osvaldo y sus compañeros salían a vender en bicicleta. Los que crean que soplar y hacer botellas es fácil, deberían visitar este lugar. Los trabajadores deben tomar la masa incandescente con una vara hueca, darle una forma redondeada para que no caiga, y soplarla haciéndola girar sobre un molde que, a su vez, gira frenéticamente. Todo un malabarismo a centímetros del fuego.
En cuanto comenzaron a producir, recibieron el apoyo de algunos viejos clientes de Cristalux, bazares sobre todo, que les compraban el producto. “Ellos también estaban contra la pared porque quedaron en manos el monopolio Rigoleau, que a su vez fue comprado por la familia Cattorini que maneja todo el mercado de envases”, narra Osvaldo. Así, pudieron empezar a cobrar: “Como cooperativa no recibimos salario sino un anticipo de retorno. Al principio 10 ó 20 pesos por semana, para nosotros era una hazaña” explica Osvaldo. Se lanzaron a recuperar el horno de diez toneladas y rescataron una prensa para hacer platos: pero no encajaban uno con la otra. Como en una fecundación, el vidrio incandescente necesita una inclinación para fluir desde el horno hacia la prensa y era imposible ajustar las dos partes del proceso. Osvaldo todavía se asombra: “No le encontrábamos la vuelta, hasta que decidimos hacer un trabajo egipcio. Como no podíamos levantar el horno (tiene el tamaño de una habitación) bajamos el piso e instalamos la prensa un metro y medio más abajo. Ahí pudimos trabajar”.
Hoy no usan ese horno “egipicio” porque tuvieron que desmantelarlo en parte para reconstruir el gran horno de 43 toneladas, y automatizar todo el proceso, pero lo muestran como uno de sus grandes orgullos: pudieron romper los límites, incluso sobre los que creían estar parados.
 
Datos sin patrón
Pasa Manuel Verón, 63, que trabaja aquí hace más de 40 años. ¿Es mejor trabajar con patrón o en cooperativa? Cuando habla no hay discurso; hay palabras: “Ahora es mejor. Antes me dirigían. Ahora nos cambió la vida. Hablamos, nos pedimos opiniones y decidimos nosotros lo que vamos a hacer”. Un dato económico que aporta Jerónimo: “Estamos en un promedio de 1.000 pesos por mes, porque todavía nos falta remontar mucho. Hay diferencias entre alguien que trabaja en depósito o en un horno, pero no son las que había en la sociedad anónima, donde los obreros ganaban 800 y los gerentes 8.000. Acá, si hay diferencias, son chicas”.
Recién después de mucho tiempo, cuando ya estuvieron funcionando, recibieron algún apoyo oficial. En un país que subsidia a la petroleras, las mineras y a las privatizadas, por poner sólo algunos ejemplos, una cooperativa como Cristal Avellaneda recibió 450 toneladas de vidrio de parte del Ministerio de Trabajo. Y el Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social (inaes) cumplió su función al aprobar un subsidio de 300.000 pesos destinado a compra de materia prima. “Es lo único, y nos vino muy bien” reconoce Osvaldo; el dato es cómo ese apoyo permitió que la cooperativa generase nuevos empleos. De los 60 que habían ingresado, hoy ya son 110 los asociados. Jerónimo: “No queremos que nos regalen nada. Lo que necesitaríamos es créditos blandos para recuperar otro horno. Son dos millones de pesos, que podríamos empezar a pagar apenas el horno esté funcionando”.
¿Cuál es la fortaleza de esta experiencia? Osvaldo habla del producto: “Hacemos la mejor vajilla, pero recién le pusimos la marca Durax cuando pudimos restablecer la fórmula exacta de fabricación, que es secreta”. El secreto, se sabe, está en el contenido y no en la apariencia. “Estamos en todos los bazares, y en varios supermercados.” Ya hicieron varias exportaciones a Brasil, Bolivia, Chile y próximamente, Paraguay. Y el gran objetivo, o el gran sueño, es recuperar el otro horno hoy destruido, que les permitiría triplicar la producción y llegar a 500 puestos de trabajo.
¿Cuál es la debilidad? Osvaldo no habla del mercado, sino de ellos mismos: “Hay una palabra muy castigada que es conciencia. Para mí es importante. No tenemos que caer en la inercia de la sociedad anónima, que es fichar, trabajar y listo”. Agarra una columna: “Esto es nuestro, hay que entenderlo”. La inercia de las sociedades anónimas es un tanto zombi. “Pero no es bueno tomar conciencia sólo si te golpeás. Acá hay un calor humano, un compañerismo. Qué sé yo, ves la parte humana del otro, que está peleándola con vos”. Cuando se le pregunta cuál es la principal característica de trabajar sin patrón, Osvaldo usa una palabra que jamás suele aplicarse a cuestiones laborales: “Lo principal es la libertad. Que no es hacer cualquier cosa, sino decidir juntos qué es lo que queremos hacer”. Es difícil saber cuánto dura toda la vida, pero en Cristal Avellaneda, al menos, se percibe que eso ocurre mientras hay llamas encendidas, escobas a mano, capacidad de inventar soluciones, resistencia a la resignación y esa fórmula secreta que aquí llaman libertad. Osvaldo completa lo que estaba diciendo: “Y yo sé que lo que quiero hacer con los demás muchachos es algo que aprendí acá: nunca bajar los brazos”.

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