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Mensaje rodante

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La gira del agua. El músico misionero Joselo Schuap recorre el país con una campaña para denunciar un negocio que nos deja secos: la privatización y contaminación del agua.

El chofer pone primera y el viejo colectivo Mercedes Benz, modelo 61, comienza a rodar. O, mejor dicho, a saltar. Corcovea como un caballo por los cráteres que tapizan algunas calles. En uno de los asientos, el músico Joselo Schuap hace malabarismos con la guitarra, para no derramar el mate. En el Dino –así llaman al colectivo por considerarlo un verdadero dinosaurio– viajan también un payaso, un muralista, un tallerista literario, una fotógrafa, un malabarista, un sonidista y algún que otro colado. En cada pueblo al que arriban, estacionan con su arte. Además, despliegan un cine móvil y realizan emisiones radiales desde un potente transmisor que va apretujado en uno de los portaequipajes. Y, si hace falta, también montan una improvisada agencia de noticias: el respaldo del asiento del chofer fue readaptado como escritorio, donde descansa una computadora que en cualquier momento puede comenzar a disparar cables informativos a todo el país.
La llamada “Gira del agua” está girando desde hace cuatro años y recorre unos 2.500 kilómetros por mes. Ya llevó su arte y sus protestas a una decena de provincias y también a países limítrofes como Bolivia, Chile y Paraguay. Schuap sueña, ahora, con viajar por el resto del país, hasta llegar a Ushuaia y visitar también nuevas naciones, como Uruguay y Brasil.
 
El músico misionero comenzó a pensar en un centro de difusión del arte una vez que renunció como director de Cultura en su Posadas natal. “Cometí el error de ingresar a ese mundo. Lo soporté un año. Me di cuenta que en el planeta de la dirigencia política, nada es real.”
Tras abandonar la función pública, Schuap decidió montar Chaloy, un espacio cultural en Posadas donde comenzaron a desfilar artistas que nunca habían llegado hasta entonces a Misiones: Horacio Fontova, Luis Salinas, Jaime Torres, Javier Malossetti, la murga uruguaya Falta y Resto, y Liliana Herrero, entre otros. Pero un día, la organización fue desalojada del predio que ocupaba: la Secretaría de Cultura local se había comprometido a pagar el alquiler, sin embargo nunca desembolsó un peso.
Joselo no se quiso dar por vencido y trasladó su espacio al barrio donde vivían las personas que habían sido mudadas de Yacyretá cuando comenzó a construirse la represa. Allí empezó a familiarizarse con la temática del agua. “Nunca fuimos soldados del ejército verde, de estilo Greenpeacce. Pero aprendimos que hay problemas que son coyunturales y otros que son de fondo. Que el arte hable de esas cosas está bueno.”
 
El problema fue la solución
Un día había ido ese barrio la cantante Liliana Herrero y Schuap tenía que llevarla en su auto hasta Resistencia, Chaco, para que abordara el avión que la trasladaría de vuelta a Buenos Aires. El viaje había empezado mal, porque en el vehículo no entraban todos los equipos que había que transportar. Pero encima, terminó peor: el Renault Fuego fundió el motor y la cantante perdió el avión. “Llevé el auto a la concesionaria y les dije que se los dejaba, que no tenía plata para arreglarlo. A la semana, me llamaron y me dijeron que tenían la solución a mis problemas: me trajeron el Mercedes 911, con cierta adaptación como casa rodante. Cuando lo vi, pensé: ya que no tenemos espacio para trabajar, hagamos un centro cultural móvil.”
Schuap pintó la carrocería con motivos propios del monte. En medio de los bichos, un campesino toca el acordeón. Montó en el interior cuatro cuchetas, un grupo electrógeno y una heladera portátil. Después consiguió el auspicio de una compañía de seguros y así obtuvo la póliza que le permite viajar por todo el país con los papeles en regla. Una pinturería aporta los materiales para los murales. Y la cooperativa yerbatera Titrayjú pone el dinero del gas-oil. Los artistas viven de lo que recaudan a la gorra y de la venta de sus propios discos.
A cada lugar que viaja el Dino, siempre llega primero un adelantado, responsable de tejer contactos y armar el grupo de bienvenida, organizador de giras y actos. “Después tenemos comités de despedida, ése siempre lo integran los funcionarios”, se ríe Schuap.
 
Contra el desierto
Como las viejas propaladoras, el colectivo recorre las calles de los pueblos convocando a los vecinos a través de sus parlantes para que se concentren en la plaza. Percusión de tambores, cortometrajes, murales y los malabares de un payaso que intenta salvar la última gota de agua que queda en el planeta, simbolizada con una bola de silicona transparente que hace equilibrio sobre todo su cuerpo. Recién después viene la música: mucho chamamé, candombe, guajira y música brasileña. Todo salpicado con toques de rock y blues.
Una de las primeras campañas emprendidas con el Dino consistió en “jetonear libros”. Juntaron once mil volúmenes para crear una biblioteca en una escuela misionera. También conectaron a los docentes con la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares para que el proyecto crezca y tenga continuidad. Ahora el colectivo llegó a Buenos Aires en la Gira del Agua. “Vamos denunciando la privatización y la contaminación del agua en las distintas ciudades. Y también la deforestación, porque si no hay monte, no hay agua. Es lo que pasa en Chaco, Formosa y Santiago del Estero, que se van transformando en desiertos. Pero en nuestros espectáculos no buscamos tirar bombas, sino inocular el virus de la conciencia con una sonrisa. No le vamos a tirar el problema por la cabeza a la gente, ¿cómo le vamos a contar al tipo que trabaja en el Alto Paraná que su empresa se tiene que ir y entonces él se va a quedar sin laburo? Por eso somos muy respetuosos. Como estrategia, usamos mucho el humor.”
Un ejemplo: en su paso por Buenos Aires, Schuap acompañó a los afectados por Yacyretá hasta la Casa de Misiones en Buenos Aires. Allí le cantó una serenata al gobernador Carlos Rovira y le entregó un diploma que acredita conocimientos en corrupción. También cantó para los vecinos de Caballito que se oponen a las nuevas torres porteñas y encabezó un “atentado cultural” frente al Palacio de las Aguas. Para terminar, el misionero acompañó a las Madres de Plaza de Mayo en su tradicional ronda de los jueves y se dio el gusto de hacer bailar un chamamé a la mismísima Hebe de Bonafini.

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