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Todas tenemos cara de puta

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La frase “Ninguna mujer nace para puta” surgió en Bolivia, pasó por Argentina y regresa hoy transformada en libro. Es una bandera que agitan María Galindo y Sonia Sánchez en acciones callejeras, debates, y ahora en estas páginas en las que analizan, desde la perspectiva de la puta, toda la maquinaria política, ideológica y filosófica que la ignoró. Y sus porqués. Y al rescatar la mirada de la puta, obtienen una perspectiva única desde la cual avanzan con rigor y sin piedad: definen y denuncian fiolos (el Estado, el patriarcado) y parásitos (sindicatos, iglesias y onegés). Se internan en territorios hasta ahora prohibidos, como el de la maternidad de la puta o el pene del prostituyente. Definen la calle como un territorio político y analizan una nueva forma de construir vínculos que permitan a las mujeres organizarse y rebelarse. Aquí, un adelanto del primer capítulo de este libro editado por lavaca.

María: ¿Por qué hablas de la soledad de la puta?
Sonia: Hablo de la soledad de la puta porque ese tema no se ha tocado. Nunca se menciona la soledad de la puta. Es una soledad que viene de la forma, que dice cómo es el entorno de la puta. No es una soledad buscada, es la soledad construida desde fuera, es un sentimiento de soledad en el medio de tus relaciones.
María: ¿Por qué es importante hablar de la soledad de la puta? ¿Acaso no es la misma soledad a la que estamos condenadas todas de alguna manera, por nuestra mera condición humana?
Sonia: Sí, pero creo que esta soledad es más profunda. No pretendo medir el sentimiento de mayor sufrimiento de unas respecto de las otras. No es eso, pero es importante entender que la soledad de la puta es la condición para favorecer tu explotación porque es una soledad que te aísla y que hace de tu entorno un pozo que te provoca soledad. Nunca estás con otra, con otro. Es una soledad maquillada desde la puta y desde el entorno. Ese maquillaje es la mentira. Es importante hablar de la soledad de la puta porque ella no se piensa sola, no piensa que está sola.
María: Esta soledad que describes también la veo en el ama de casa. Ella está aislada y el mundo que la rodea es el mundo al cual ella se debe. Pero ese mundo no la acompaña en su vida, ni en sus sentimientos, ni en sus pensamientos. El marido tiene a los amigos y el trabajo, los hijos sus relaciones, mientras que ella no construye un mundo propio. Esta ahí adentro sola y de alguna manera aislada y para soportarlo tiene que mentirse. Para eso tiene un montón de soportes, desde la telenovela, la radio, la iglesia y la idea general de que dentro de la casa y el hogar está a salvo y que esa labor le debe dar sentido a su vida. Quizás ahí la situación de la puta es distinta porque para mentirse operan en ella otros elementos y todo la descalifica y condena. Quizá sería muy interesante entender quién es la puta en tus palabras antes que hablar de la soledad de la puta.
La puta es una mujer
Sonia: La puta no nace puta. Antes de ser puta fue hija, hermana, madre, esposa, lo que quieras. Su condición de puta la despoja entonces no sólo de su nombre, sino también de su entorno. Muchas compañeras quedan artificialmente pegadas a su entorno familiar, pero de manera muy muy frágil y sobre todo son vínculos que subsisten cuando ellas son las proveedoras.
La puta es la mujer que está a disposición de recibir las condenas de todos los ángulos y personajes de la sociedad.
Es la persona que no tiene decisión sobre su cuerpo.
La puta es una mujer-máquina de hacer dinero.
La puta, además, ya frente a sí misma es una mentira. Lleva otro nombre, maquilla su actividad poniéndole todo tipo de sobrenombres.
La puta está enajenada de su propio cuerpo que es usado cotidianamente en un escenario de tortura.
Cuando la puta está parada en una esquina, ¿acaso no crees que está sola de soledad en mayúsculas?
La soledad en la esquina no es cualquier soledad.
La soledad en la esquina no es la misma que la soledad en la cocina.
La esquina es el sitio de mayor expulsión que pueda haber para la puta.
La esquina de la puta no es la esquina de la vendedora ambulante.
La soledad en la esquina es de exposición y vulnerabilidad completa e ilimitada.
Allí ella no se apropia de la ciudad, ni tiene un espacio que la contenga.
Allí ella se expone en una lucha por sobrevivir, donde además se juega la vida.
Estar parada en una esquina es parte de un proceso de anulación porque para resistirlo vas adormeciéndote poco a poco.
En esa esquina y a partir de esa soledad se construye una realidad paralela, donde el Estado tiene derecho a criminalizarte, el prostituyente a expropiar tu cuerpo, la sociedad a vomitar en vos todas sus broncas.
Por todas estas razones esta soledad le da forma a la prostitución. Por eso comprender la soledad de la puta es tocar con las manos el fondo mismo de ese vacío que dentro de ella se produce.
Ella no espera sino la soledad.
Está naturalizada en su cotidianidad, porque todo es soledad.
¿Quién reconoce a la puta como suya?
¿Acaso la puta tiene un padre que diga: “ésta es mi hija”?
¿Acaso la puta tiene una madre que diga: “ésta es mi hija”?
¿Qué mujer dice: “esta puta es mi amiga”?
¿Hay un hermano que la nombre “hermana”?
¿Hay un hijo que diga: “esta puta es mi madre”?
¿Hay una cultura que la nombre como perteneciente, o una comunidad que la nombre como parte suya?
La respuesta es un único y rotundo no.
Todos quieren expulsarla, al mismo tiempo que la utilizan.
De esa soledad total es de la que te estoy hablando.
La puta si acaso habla es un monólogo, un monólogo que poco a poco se va perdiendo porque deja de hablar hasta consigo misma.
No es una soledad evidente porque la ves rodeada del prostituyente, del proxeneta y de la puta sola que está al lado, pero todo eso no forma una contención, sino más vacío y soledad.
Los sentimientos que surgen en ese intercambio con el proxeneta y con el prostituyente están hechos de coerción, de violencia y de una imposición donde no cabe nada más.
Mientras que los sentimientos que salen en el intercambio con la otra puta que está al lado están hechos de competencia, celos, resentimiento, envidias, donde se desarrolla una especie de camaradería que al mismo tiempo que puede funcionar de cara a un arresto policial se esfuma, inmediatamente cambia la situación.
(…)
El Estado, el proxeneta y el prostituyente están muy conscientes de que nadie va a dar la cara por una puta. Por eso los mecanismos de chantaje y explotación se dan en la más completa crueldad.
Y cuando una puta muere, no la reclama nadie tampoco.
Y cuando es asesinada, no hay justicia. Sos un número más.
Eso es consecuencia de la soledad afectiva, social y política.
Eso es consecuencia del aislamiento.
Estás a merced de tus torturadores y aunque es un hecho público, está también públicamente aceptado.
Tu vida no tiene valor ante nadie. Sale en los diarios la noticia un día porque es parte de la crónica roja, porque la muerte y el asesinato son parte del ornamento de la prostitución, pero tu vida no tiene un valor como vida humana, sino únicamente como objeto que produce dinero.
Ésa es la soledad de la puta, una vida de soledad donde sólo esperas más soledad y una muerte en soledad, donde tampoco esperas el paraíso. Por eso subrayo la soledad de la puta como una condición de la prostitución.
 
La omisión de la puta
Sonia: La puta es omitida desde los discursos y la práctica política. La puta es omitida en los debates que incumben a toda su vida social.
Hasta en el tema de prostitución, la puta es omitida desde la perspectiva de mujer.
La omisión venida desde la sociedad, es profunda y violenta. Ésta le sirve para resguardar, cuidar, proteger al prostituyente que está en la casa de todas y todos.
Esta omisión fortalece el desamparo y la vulnerabilidad a que estamos expuestas las putas, porque no existimos en el imaginario colectivo como personas. Somos estadística necesaria para seguir engordando el negocio de muchas y muchos, para bajar la desocupación del gobierno de turno, para los ensayos de vacunas y espermicidas en nuestros cuerpos, para marcar el límite de la buena y la mala. La puta es la cara oculta de esta sociedad y de este Estado hipócrita y machista.
Por ello es necesaria su omisión, porque es tremendo ver y encontrar en su interior, en su cuerpo y alma –me refiero al cuerpo y alma de la sociedad–, encontrar allí una Sonia. Esta omisión es engendrada en el mismo momento en que te paran en la esquina, que te encierran en los burdeles, que entras en el cuarto-celda, que repartes forros.
 
María: Creo que es importante explicar el concepto de omisión que me parece preciso e inmejorable.
Entiendo la omisión de la puta como una expulsión más profunda que la propia exclusión. Es una anulación completa de la existencia de ella. Es una forma de convertirla en una existencia no sólo sin contenido y sin valor para la sociedad, sino sobre todo en una existencia que no afecta, ni interpela ninguna de las estructuras sociales. Por eso la presencia de las putas en todas las sociedades y sistemas políticos y económicos del mundo parece no afectar la supuesta coherencia del propio sistema. Llámese este sistema familia, llámese este sistema modo de producción, llámese este sistema neoliberal, llámese este sistema Estado de bienestar, llámese como se llame, la puta está ahí parada en la esquina, sólo que omitida.
La omisión tiene por eso varios sentidos y formas al mismo tiempo:
Está la omisión a la que haces referencia y que yo le llamaría filosófica, porque es la más profunda: el ser puta no está presente como existencia; la vida de la puta no está ahí, no afecta, ni importa.
Está la omisión ideológica, que implica que la puta no significa, ni expresa nada; por lo tanto no es digna de ser interpretada su situación, ni menos es digna de poner en cuestión nuestros conceptos de justicia, poder, economía, trabajo, etc.
Está la omisión política de la puta, que la niega como un sujeto. No le otorga identidad alguna con quien interlocutar y desde donde ni la sociedad ni la política pueden pensarse. No sólo la familia está a salvo de la puta, sino que todas las estructuras sociales lo están también.
Podemos también, por supuesto, derivar de estas omisiones otras más, como es la omisión económica. La puta sostiene a todo el universo que la rodea. Ella sostiene al proxeneta, a los hijos e hijas de éste, a todo el universo de locales y hoteles que él produce y a todo el circuito que en torno de la puta se monta. Al punto que en muchos países la presencia de la puta resulta ser económicamente vital para esa sociedad. Pensemos, por ejemplo, en Cuba, actualmente, que con las putas y gracias a ellas en gran medida sigue llamándose socialista basándose en la omisión filosófica, ideológica y política, porque si no debería llamarse socialismo proxeneta por lo menos. Pensemos en circuitos concretos de barrios enteros que viven en torno de consumir sus cuerpos, sus vidas y su presencia. Circuitos enteros que jamás desaprovechan una oportunidad para mostrar públicamente su desprecio y su repudio.
El negocio de trata de mujeres que es el circuito mundial de la prostitución y mueve a las mujeres de África a Europa, de América Latina a Europa, y el turismo sexual concentrado en sitios concretos, generan una cantidad impresionante de dinero que también debería derivar en la renominacion de la globalización no como aquellos mecanismos que facilitan el intercambio entre los pueblos, sino como aquellas condiciones que aseguran el libre ejercicio mundial del proxenetismo. Sin embargo, la omisión económica de aquello que su actividad representa esta ahí también disfrazada de hoteles y otras actividades que tienen como centro y soporte económico a la puta.
 
Sonia: Me da rabia y bronca pensar que es tan profunda esta omisión como la necesidad de nuestra propia existencia. El tamaño que tiene es el de un abismo que nos da la medida ilimitada de la doble moral de las sociedades.
No me refiero a esa visión del mal necesario que somos, sino a la necesidad que tiene la sociedad de tenernos ahí en la esquina y negar al mismo tiempo el uso que se hace de nosotras. Es una omisión que me hace pensar en un asesinato histórico, una expulsión de la historia.
 
María: Me parece impresionante cuando tú además señalas que la puta es omitida también e inclusive del y en el universo de las mujeres. Es decir que cuando las mujeres decidimos pensarnos como colectividad reiteramos la omisión de la puta que del patriarcado hemos aprendido. Entonces la puta es una categoría de mujer que no afecta la categoría de mujeres que sí se pueden nombrar como tales.
Por eso hablar de la omisión de la puta desde el feminismo y replantearnos el lugar de la puta en el universo de las mujeres es no solamente subversivo sino imprescindible. Es imprescindible hablar de la omisión de la puta en el pensamiento feminista no desde una especie de inclusión democrática de ellas en el universo nuestro, el de las mujeres no-putas, sino por el conjunto de significados que desde ellas se aporta para que la dominación sobre todas las mujeres se derrumbe. Si esto no lo entendemos, no tenemos claro nada. No es a partir de entender el triste papel que van cumpliendo parlamentarias en el mundo que vamos a subvertir el lugar de las mujeres en el mundo, sino por ejemplo a partir de entender el lugar de la puta y a partir de ella entender el lugar nuestro en las sociedades y los sistemas culturales, económicos y políticos.
Yo como lesbiana te puedo hablar de una omisión bien profunda también, una omisión que nos borra completamente del imaginario de las mujeres en una sociedad concreta. Y desde esa omisión como lesbiana entiendo nuestra alianza como indigesta, insoportable, innombrable e incomprensible. Quizá la omisión de la puta y la omisión de la lesbiana del universo de las mujeres sean dos omisiones que se corresponden como dos puntas de una misma tensión, la tensión de la otra que hay que anular para quedar ya completamente a salvo del mal. Ocupamos siempre el lugar de la otra innombrable, impresentable y que no puede y no debe ocupar sitio ninguno, ni palabra en primera persona, somos “la otra”.
 
Sonia: Siento necesario e imprescindible hablar de la omisión venida desde el universo de mujeres hacia nosotras las putas. Es indignante y doloroso que otras mujeres no te vean, no te sientan, no te escuchen; que reproduzcan el lenguaje y actitud del patriarcado reforzándolo. Y mi pregunta es: ¿por qué se sienten superiores? ¿Miedo a perder qué cosa tienen? ¿A cambio de qué nos omiten? ¿O acaso creen que la prostitución se transmite de mujer a mujer? Siento que con esta actitud las mujeres no progresaremos en conquista o recuperación de espacios políticos, sociales, culturales, sino que seguiremos siendo rehenes.
 
María: No creo que esta omisión a la que haces referencia sea desde una posición de superioridad, sino desde una posición de esclava obediente que acata el mandato de no juntarse con la otra. Y, en este caso, no juntarse con la otra que es la portadora de toda la carga posible de condena social, de humillación y desprecio. Es un acto que supuestamente la libra de todo aquello que la puta es. Por eso la pregunta “¿a cambio de qué ejerces esta omisión?” me parece que coloca las cosas en su lugar. Es una especie de obediencia a un chantaje por parte del sistema patriarcal. Un chantaje que coloca en principio como opuestas a la mujer puta de la mujer no puta, pero que al mismo tiempo coloca a la puta como una amenaza. Siempre puedes ser, al fin y al cabo, considerada una puta. El apelativo de puta puede siempre recaer sobre cualquiera de nosotras. Sobre nuestro modo de vestir, de comportarnos, de pensar, de vivir nuestros cuerpos. Recae frecuentemente sobre las pequeñas desobediencias en la sexualidad y en el comportamiento hacia los hombres. En ese sentido es un chantaje que acatamos obedientemente. Por eso la palabra puta y todo el universo que la rodea a la puta es imprescindible también desde el punto de vista de la construcción de referencia e identidad para las mujeres. Por eso el hermanamiento y la complicidad son al mismo tiempo que utópicos, fundamentales en un proceso subversivo para unas y otras. (…) Para decirlo clarito: la prostitución no es un debate de putas y entre putas, porque la prostitución nos afecta a todas y todos, no sólo a la puta, al prostituyente y al proxeneta. Así que tampoco en el debate vamos a admitir una nueva zona roja. Nos afecta como sociedad, como comunidad, como Estado, porque allí mismo es donde se engendra la violencia, la expropiación, la explotación sobre nuestros cuerpos y subjetividades.
Sostener este debate entre nosotras las putas es seguir aisladas, con un lenguaje empobrecido, reconociéndonos culpables, fortaleciendo nuestra vulnerabilidad, despojando de culpabilidad y responsabilidad a nuestro entorno; es hacernos cargo de la negligencia, despotismo, crueldad, maldad, hipocresía venidos de la Iglesia, políticos y funcionarios. Yo como mujer prostituida soy el resultado de ellos, del accionar proxeneta del Estado, de la complicidad de la sociedad, de la hipocresía de la Iglesia y de muchas y muchos. Por eso es necesario el debate con la sociedad toda, para que no se corran del lugar de responsabilidad que les toca. Sé que es meter el dedo en la llaga, sé que es un accionar subversivo.
Debatir con la sociedad su complicidad con el prostituyente, que son sus hermanos, padres, primos, curas, y pastores.
Debatir con el Estado nuestra situación, que es producto y resultado de sus políticas, mal llamadas de “inclusión social”, políticas que nos siguen sosteniendo en las esquinas, en los burdeles.
Debatir en las escuelas, en las plazas, en las casas, en la justicia el tema de la prostitución. Debatir en todos los espacios prohibidos, y ajenos a la puta.
Debatir sobre la prostitución es poner en debate el lugar y significado político del cuerpo de las mujeres en una sociedad patriarcal. Y lo importante de hacerlo desde la prostitución es que no te permite quedar en conclusiones fáciles.
 
Sonia: El lugar de la no-puta es una especie de absurdo. (…) Como descubrimos cuando a Carolina le dijeron que no tiene cara de puta y devolvió la pregunta: ¿qué cara tiene una puta, sino la cara de toda mujer? Todas tenemos cara de puta y eso lo teníamos que descubrir juntas.

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