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La música que te parió

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Tiene 24 años, vive en la bonaerense San Martín y ya trabaja para una productora de Los Ángeles, creando sonidos para bandas mexicanas. Su ambición es lograr un puente que una públicos, ritmos y culturas.

Música mestiza, cumbia electrónica, cumbia digital, cumbia experimental… Ningún nombre está bien ni mal. Cuando un género musical está surgiendo, todavía no se puede nombrar. Todo está por verse. Y eso resulta emocionante. Eso es lo que transmite este artista de rótulo imposible. Emiliano Gómez es Chimango o El hijo de la cumbia, según quién pregunte. Tiene 25 y desde los 11, cuando era un pibito más de San Martín, en la periférica zona oeste de la provincia de Buenos Aires, se anotó en un taller de electrónica y electricidad. Además, comenzó clases de piano. Hizo todo guiado por los sentimientos: le gustaba tanto aprender sobre circuitos electrónicos como de notas musicales. Su obsesión, por esa época, se concentraba en ejercitar la posición de los dedos sobre las teclas.
Además del colegio y los partidos de fútbol –también quería jugar un mundial– escuchaba un programa que emitía una radio del barrio. En realidad, no sólo lo escuchaba: llamaba sin parar para pedir temas. Su ritmo, por entonces, era de cumbia.
Tenía ya 12 años cuando lo invitaron para que se sumara a la conducción del programa. Y desde ahí comenzó a conocer bandas de la movida tropical, en pleno auge en los 90. Pronto hizo su bandita de barrio y apenas cumplidos los 14, el sueño del pibe cumbiero de San Martín estaba cumplido: lo llamaron para tocar con el célebre grupo Karicia, uno de los más importantes de la movida tropical de esa época.
Pero Chimango –nombre que tomó inspirado por la figura de un ave rapaz latinoamericana con gran visión– no tardó mucho en notar que había cosas que estaban mal: llegó a pelearse casi a las trompadas por las letras violentas y machistas; cuestionó el fin puramente comercial de las bandas y cuando se dio cuenta que no podía cambiar nada, pegó el portazo: “Yo siempre me sentí un bicho raro dentro de la movida tropical. Yo veía la parte de fe y esperanza, de llegar a algo. Seguí pasando por diferentes grupos y, a los 18, me di cuenta de que no daba para más. Era sólo comercial, lo artístico no existe, todo se maneja a través de productores y del dinero. Nunca se aceptan propuestas nuevas. Hay una tendencia y si no entrás en ese circuito, no trabajás”.

De la cumbia a Jamaica
En 2002, en Argentina había una sensación: todo era posible. Entre otras cosas, en la música. Fidel Nadal –ex Todos Tus Muertos– se juntaba con Damas Gratis para salir a tocar por diversas bailantas, surgían los Festivales de Cumbia Experimental en asambleas barriales y la consigna era mezclar culturas. En ese contexto, Chimango cuenta que conoció a dj Tazz, “el productor número uno de la bailanta en ese momento”. Tazz, a su vez, comenzaba a trabajar con Fidel Nadal. quien le prestaba esos vinilos de Jamaica que Chimango y el productor escuchaban por horas. “No entendíamos cómo se hacían esos tremendos riddims –riddim es una versión instrumental de una melodía de reggae o dance hall, música originaria de Jamaica–. Y empezamos a mezclarlos con las cumbias colombianas que nosotros teníamos”, completa Chimango. Cuando descubrieron cómo se podían mezclar esos ritmos, Tazz dejó de hacer música. “Se pasó de rosca con algunas cosas y terminaron robandole todo en su estudio de grabación, uno de los más profesionales del ambiente”. Chimango se vio obligado a seguir por su cuenta.
Mezclar no es tan simple: “Soy de la idea que tanto el reggae, la cumbia, el dance hall, el hip hop, el jazz y el blues tienen un origen negro. Pero aun así creo que hay reglas. Yo no puedo mezclar algo que es completamente autóctono –que contiene la sensibilidad humana– con algo que es totalmente electrónico. O sea: no es lo mismo una cumbia peruana que un dance de Inglaterra. Pienso que se pueden mezclar las culturas, pero con respeto”.

El puente
Chimango es relajado. Parece más grande o más maduro, quizá por todo lo que vivió y lo que sabe. Esconde, según confiesa, una personalidad neurótica a la hora de trabajar: dice que si las cosas no le salen como quiere, se vuelve loco. No soporta la frustración y puede perseguir una idea durante días, sin pensar ni hacer otra cosa. Además es productor compulsivo de música, no puede parar.
En su blog y en su sitio en myspace se pueden escuchar y bajar sus canciones para comprobar qué persigue. Basta hablar con algunos de los músicos que andan en la movida de la música mestiza para notar que Chimango logró capturar algo: es uno de los más respetados. “En el ambiente parece que de dónde venís, tu supuesto origen, tiene una importancia decisiva”. Y Emiliano viene de la movida tropical, de verdad. Y viene con mensaje: “Lo mío es mezclar culturas. Unir lo que el sistema divide. No puedo entender cómo hay gente del hip hop o del dance hall que no puede escuchar otros ritmos, gente que dice `la cumbia es una porquería´. Y es lo mismo: tenemos el mismo origen. Lo mío es tratar de demostrar que se puede unir todo y podemos estar todos bien”.

El swing es redondo
Algunas publicaciones en Internet lo señalan como un miembro destacado del gueto de San Martín. “Un gueto es un barrio, es la esencia de pueblo de clase baja –explica–. En el gueto se vive una chispa, una habilidad, una rapidez, un lío y en el cemento se vive un orden. La música tiene que ver con eso: del gueto sale la música con ondulaciones, redonda, desordenada, y del cemento sale la música cuadrada, delimitada. Lo redondo, el swing, eso es lo que me gusta a mí”.
Emiliano se define como selector y productor, pero no sé qué significa exactamente eso. “Producir es armar, crear un tema. Diseñarlo, sentirlo y transmitirlo por medio de un instrumento, de una computadora, de lo que sea”. Dicho entonces esto, se puede concluir que producir es hacer una canción. En otras partes del mundo es muy común que productores reconocidos hagan canciones para músicos que recién comienzan o para aquellos que quieren redefinir un estilo. Un productor trabaja para impulsarlos o darlos a conocer y tiene, por eso mismo, la habilidad o el poder de crear una identidad musical.
La figura del productor, en muchos casos, tiene el estigma de ser quien convierte la música en “producto”. Así, por ejemplo, un inglés criado en Jamaica, Chris Blackwell, fue el responsable de reeditar Catch a Fire, el primer disco de Bob Marley, para el público internacional, sacando teclados y agregando guitarras. Como sea, quizá sin la intervención de Blackwell muchos no conoceríamos a Marley. En otro género –pop y electrónica– otro productor estrella es Brian Eno, responsable de varios discos clave de David Bowie, u2 y Coldplay, entre muchos otros. En nuestro país es una práctica relativamente nueva. La industria se conforma con la fama hollywoodense de Gustavo Santaolalla y el resto, con una producción de autor. “Como llega todo tarde, recién ahora los productores empiezan a hacer beats para cantantes independientes o mcs (los maestros de ceremonia del hip hop) –razona Emiliano–. Pero es mejor así, porque no seguimos tendencias: cada uno hace lo que siente”, concluye. Por otro lado, entre algunos productores ávidos de nuevas cosas, se puso de moda usar la cumbia. O abusar de ella. Predice Emiliano: “Siento que dentro de tres años la vamos a ver a Madonna cantando arriba de un megaescenario al ritmo de una cumbia. Y eso un poco me molesta”, se sincera.
Desde los 20 años, Emiliano es productor de un sello de música sonidera con sede en Los Ángeles, California: “Me pasó algo muy loco: cuando tenía 15 años iba a bailar y escuchaba grupos de México que eran ¡guau! Y hoy en día estoy trabajando para ellos: Arón y su Grupo Ilusión, Pablo Iriarte, Grupo Maravilla, Grupo Pesadilla, hoy número uno en su país”.

Sonidos culturales
La música sonidera es la música nacida de los Sonideros, valga la redundancia. Una música típica de México, el país más cumbiero de la tierra, según la clasificación de Emiliano. El rótulo –explica– lo heredó de la práctica, por esa costumbre de montar equipos de sonido donde sea –un bar, la calle, una casa, un almacén– y hacer bailes, así, todo improvisado. Esos espacios se denominaron sonideros y, en consecuencia, lleva el mismo nombre la música que allí suena. “Los colombianos viajaron a México y llevaron la cumbia, los peruanos hicieron lo mismo y una cosa sumada a la otra armó una cumbia particular. Además, en ese país cada región tiene su propia cumbia: está la de Puebla, más electrónica, de secuencia, y la de Monterrey, más parecida a la cumbia colombiana”, puntualiza.
Ese tipo de fiestas populares, con música propia, ¿tiene una versión equivalente en Argentina? Chimango se crispa al escuchar la pregunta y responde con una teoría: “La música es arte y el arte hace la cultura. Si el artista no hace arte, no existe cultura en un país. Entonces, ¿qué pasa con los supuestos grandes exponentes de la música, con los Gustavo Cerati, con todos esos? ¿Qué pasa, a ver, qué pasa con la cultura de este país?”. La respuesta es tan obvia que Emiliano deja que quien lo escucha la complete: sucede que esa música no es arte ni cultura. Es negocio. “La consecuencia se ve cuando salís a la calle y ves cómo está el país”.
Desde su lugar, este hijo de la cumbia está convencido de que tiene un objetivo a cumplir. Para explicarlo, despliega otra teoría: “La música electrónica a la gente de la bailanta, a la que escucha cumbia, no llega. Pero, ¿por qué?”. Emiliano no espera una respuesta, sino que uno lo acompañe en la pregunta. Recién entonces, continúa con su explicación. “Imaginate dos puntos opuestos –traza una línea en el aire y la sostiene con sus dedos índices–. Lo que pasa en un lado no llega al otro porque en el medio no hay nada que los una. Debería existir un nexo entre los dos, algo en el medio. Algo que crezca como un género en sí mismo. Eso es lo que se está construyendo ahora”.
Chimango es paciente y generoso: no espera aprobación, sino compañía. Su éxito, parece decir, es algo más que el triunfo de un artista. Y como para dejarnos pensando en lo que eso significa, elige terminar su explicación rapeando uno de sus temas:

Vine despacito
no tuve apuro en llegar
porque antes de caminar
tuve que saber gatear
había muchos grandes para respetar
pero a mí me alcanzó
con mi manera de cantar.

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