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Ana Katz, la que no calla

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A 20 años de su ópera prima, acaba de estrenar El perro que no calla, película que encarna en un joven y su perro las tensiones e incertidumbres del presente y que, además, imaginó una pandemia antes del coronavirus. Cómo proyectar el futuro y hacer foco en lo importante; lo que cambió y lo que no se toca: la moda de las series, el filmar en equipo, y cómo puede impactar la caducidad del Fondo de Fomento Cinematográfico en la producción de cine nacional. Por Franco Ciancaglini.

Foto: Lina Etchesuri

Lo primero que uno hace al salir de ver El perro que no calla es googlear si el film se filmó antes o después de la pandemia.

El resultado, sin ser spoiler, permite asegurar que si muchas veces se dice que el arte es un reflejo de la época, un espejo, son menos las que se destaca su mayor virtud.

La de poder proyectar el futuro.

Ana Katz se dio el gusto.

Y lo que nos hace ver, a 20 años de su ópera primera, nos permite reírnos de los momentos duros y pensar en lo que no podemos seguir callando.

Lo que no nos mata

Ana comienza haciendo chistes sobre Caballito, barrio en el que vive y que la sume en una relación de amor-odio. En medio del tránsito, encontró un cafecito que a media mañana la recibe con algo caliente y un brunch que le resuelve desayuno y almuerzo en el poco tiempo que dispone. Ese es el segundo tema de conversación: el tiempo que escasea, el reloj que se nos vuelve en contra, porque es la era de la urgencia, del watsapp, de las pantallas, y también de las series. En eso anda, sin tiempo, Ana Katz: escribiendo capítulos de Terapia alternativa, serie de Disney protagonizada por Carla Peterson, Eugenia “La China” Suárez y Benjamín Vicuña; y también guionando Supernova, para Amazon, serie que estrena en mayo.

Durante hora y media no mirará el celular: “En general tengo la sensación de que la vida está intervenida por pantallas, de distintos tamaños y características, y que es casi imposible saltear una pantalla para hacer algo. Es como un sorteo de obstáculos constante, cuando en realidad lo que yo hago supuestamente se ve en una pantalla. Estoy casi en contra de lo que soy, pero porque se volvió una manera de alejarte de vos mismo”. 

Pasa en las películas como en la vida real: Ana Katz ensaya reflexiones sobre los temas más cotidianos. Su fórmula para tener la sensibilidad a flor de piel parece ser no naturalizar nada y abrir bien los ojos y las orejas. Dice: “El otro día en la peluquería una señora decía: ¿sabes con qué serie me estoy matando ahora? Me quedó resonando esa frase… matando. No sé si es bueno no tener la adicción a las mismas cosas que los demás, porque te quedás un poquito afuera. ¡Por suerte hay otros outsiders!”

Ana no consume series con la misma avidez que películas y libros. En la era de las plataformas, sigue pensando y haciendo cine: “Es un momento de mucho desamparo de lo cultural y de nuestra cinematografía. Las series dan la posibilidad de usar los recursos, porque hay quien produce y hay quien mira. No es una novedad: la plata siempre está en un lugar y en otro, no; es el capitalismo… Me gusta acceder al público (de series), interactuar en relación a cuestiones morales, expresivas, filosóficas. Aprovecho ese espacio y me llevo bien con los distintos esquemas de producción: encuentro trampas y padecimientos propios en cada esquema”.

20 no es nada

En 2002, plena crisis, estrenó El juego de la silla. Ella misma –directora y actriz- hace de una joven embelesada por un hombre que vuelve de Canadá a ver a su familia en Argentina. La familia y Ana hacen de todo por hacer sentir cómodo al hijo pródigo, pero logran todo lo contrario. Una comedia de enredos que poco a poco deviene en drama incómodo que retrata la tristeza encarnada de aquella época, los lazos rotos y la decadencia social y económica, sintetizada en el cruel entretenimiento en el que uno debe lograr a los codazos sacarle la silla a un ser querido. 

Tenía 24 años, estudiaba actuación y acaba de determinar la carrera de dirección en la Facultad de Cine. Había hecho la asistencia de dirección de la peli de uno de sus compañeros: Mundo Grúa, de Pablo Trapero: “En la FUC daban los equipos, era la clave en ese momento… Aproveché eso y me salió un subsidio del INCAA. Durante 4 años me iba al INCAA caminando, a hacer trámites. En un momento, devaluación, crisis: tenía que pagar algo que eran, ponele, mil dólares y a la siguiente semana era 4 veces más. Por suerte me la perdonaron”.

Plena crisis, los 2000 fueron un momento bisagra del cine nacional. Surgía una camada de de películas y directorxs que marcaron la época y un nuevo impulso de la industria: Bielinsky (9 reinas) Stagnaro (Pizza, birra, faso, Okupas), Martel (La ciénaga), Caetano (Bolivia, Un oso rojo), Trapero (El bonaerense), Szifrón (Los simuladores), y la propia Katz (El juego de la silla) fueron parte de esa generación que retrató las destrezas y trampas criollas para sortear la decadencia social, mientras el cine nos recordaba su importancia para sobrevivir, para llorar, para pensar, para recordar, para saber, para reírnos y sobre todo, para imaginar otros posibles.

Del otro lado de la cámara, Katz tiene una teoría que plantea que la creación de universidades y talleres en los 90 lograron derribar la estructura piramidal en la producción de cine; el 2000, olla popular  en los barrios, y el nacimiento de una forma de filmar en colectivo: “Hay algo de la manera de estudiar cine, que es muy común, y es que vos dirijís una película y en la de tu compañero hacés la asistencia.  Y eso es algo que es completamente real en el cine: que es una tarea de equipo, y no de un director o directora”.

¿Cómo se hace? “Si vos estás filmando algo y lo que está pasando que el plano no funciona… andate, movete, cámara en mano. Si vos te movés, desarmás la escena. Yo directora te propongo que lo hagas, pero es muy fuerte decidir desarmarlo. Cuando vos querés dar lugar, tenés que correrte. Para eso necesitás gente que quiera asumirlo”. A veces es más fácil cumplir órdenes: “Claro, a no todo el mundo le gusta firmar el boletín. Pero me parece más interesante lo otro, surge otra cosa”.

Versus las figuras de un autor inmaculado, tirano, Katz dibuja un esquema de producción en el que la directora es una especie de DT de un equipo que debe hacer brillar a sus jugadores. En su caso de directora, incluye desarmar la lógica de poder patriarcal, el famoso quién manda. “Hay un ejemplo que es muy hermoso que es el foco – sigue.- Si vos filmas una planta, podés hacer foco en la primera hojita, en la última, en una seca, en la rama. Y cada cosa cuenta algo distinto. Al foquista no le hablás de todo eso: ese ojo es de esas personas”.

Katz está pensando en los ojos de Mercedes Laborda, foquista en varios de sus films, así como en otro de sus jugadores clave, el montajista Andrés Tamborino. Por algo de este equipo que sigue jugando bien partido tras partido ella elija ubicar en los créditos iniciales, apenas después de los actores reconocibles, a algunos de estos “técnicos”. 

La familiaridad del equipo no solo alcanza a quienes están detrás de cámara, sino a varios actores que son recurrentes en sus películas: Carlos Portaluppi, Daniel Hendler – ex pareja-, Mercedes Morán, Julieta Zylberberg, Raquel Bank, Diego de Paula o su hermano Daniel Katz, protagonista de Elperro…  “Lo que más me importa son las personas”, confirma. “El tipo de cine que hago es de personas. Desde la conexión, podés contar. Una es medio intuitiva, y esa intuición tiene que ver con las personas, con que tenga gracia estar en el mundo”.

De repente y sin que se lo pidan, Ana hace un podio de las cosas más importante de este mundo: “La naturaleza, la lectura y las personas con gracia”.


Burbujas para poder respirar: la tecnología que imaginó Katz para sobrevivir a un “ataque
mundial”, que se parece mucho a la pandemia. Dato: filmó antes del Covid. Foto: Florencia Trincheri

La ciencia de la ficción

Este podio está reflejado en gran parte en su nuevo film, acaso como cierta síntesis de ideas, deseos, delirios y sueños que Katz fue modelando durante estos 20 años.

Alguno de esos caprichos que marcaron el film, antes de arrancar a filmar: sería en blanco y negro; actuaría su hermano; habría un “ataque mundial”…

El perro que no calla comienza con dos escenas humorísticas memorables: una en un patio de un PH, bajo la lluvia, en un espacio mínimo amontonado de paraguas y personas, otra en la oficina del trabajo. En ambas se cuestiona a Daniel por las actitudes de su perro, por razones que van de lo obvio a lo indecible. Daniel parece escucharlos en otro idioma: “Yo pensaba que nos cuesta un montón, y que hacemos todo lo posible. Y que eso no alcanza, porque estamos mal” dirá Ana sobre los sentidos del film, y sobre la primera escena, la de los paraguas, en particular. “Eso siento muchísimas veces: un escenario de mezquindad y de pobreza, pero no por falta de voluntad. Para mí era muy importante que todos los que estuvieran ahí tuvieran una cuota involuntaria de crueldad, un no estoy bien. No me gusta una solución fácil a un problema que es un malo, sino que esa confusión era una cuestión de escala humana: un PH, lo que impone un PH, una convivencia activa – yo la he vivido-, y el espacio es el que hay y te ponés hablar donde hay y te saludás con el nombre, y le escuchas los ruidos… y a la vez, querés hacer tu vida”.

En es(t)e mundo donde las personas se van quedando sin espacio, el personaje deDaniel poda las plantas, alimenta a su perro, cocina. “El otro día Roger Koza dijo que mi cine revalorizaba el universo de lo doméstico, y que en general en las narraciones tiende a contarse como una escena de transición o un momento muerto para pasar a la escena siguiente: el personaje come para esperar el próximo diálogo. Y es verdad: en mi mirada y mi vida lo doméstico tiene un valor muy importante y es loco cómo la construcción patriarcal hace que esas escenas estén más desprestigiadas para ser narradas; no se las considera igual de relevantes que otras: el trabajo o el amor puede valer más que regar, por ejemplo”.

En La amiga del parque (2015) ya Katz invierte claramente estos valores patriarcarles, poniendo en el centro a dos mujeres – ella y Julieta Zylberbeg- atravesadas, sino agobiadas, por la maternidad, tendiendo lazos forzados y exóticos que serán, al fin, lo único que podrá salvarlas frente a la ausencia de figuras paternas. En Sueño Florianópolis (2018), Mercedes Morán y Gustavo Garzón encarnan una familia esforzándose por ser liberal en sus lazos, con Morán a la cabeza de esa iniciativa. En El perro que no calla Katz pone el foco sobre un varón: “Creo en eso del perro, del cuidado: pensarlo desde un varón es esencial. Porque siempre desde chica sentí cómo rechaza la sociedad a ciertos varones; lo viví mucho con amigos míos o con los que yo conecto. La fuerza, la plata, el que tiene éxito – en términos bien banales- es el que llega a la fiesta sin regalo. ‘Uh, me quedé dormido, no traje nada… ’. Y eso sigue siendo así: ves guiones, ves series y ése es el atractivo. Entonces uno que cuida un perro y una planta, y que deja el trabajo porque no puede cuidar a la perra… échenlo del mundo. Me gustaba hablar de alguien así. Porque podés decir qué lindo, qué sensible… pero para la sociedad, en general, es un pelotudo”.

Daniel, que no es ningún pelotudo, ante la falta de lugar comienza a moverse en busca de otros destinos, geográficos y amorosos, mientras la vida lo sigue cercando a través de situaciones inesperadas: ¿suerte? El film se divide en partes que funcionan como elipsis de tiempos y zapping de géneros (del humor al drama, del drama a la ciencia ficción), todo sobre un tapiz de blanco y negro: “Es la experiencia de cómo es vivir la vida, que va como a los tumbos y no hay una coherencia… la coherencia es una construcción de convenciones que intenta ayudar al espectador a recorrer al espectador de determinada manera. Uh, debe faltar poco porque esta escena marca… No. La narración más tradicional hoy hace que sea lo mismo ver que no ver, yo entiendo cómo funciona. Yo quería hacer más como cuando se corta la luz… que empiezan las manifestaciones… ahí pasa algo”.  

Sobre la economía del blanco y negro, otra libertad de Katz: “Es un recurso más que concentra el foco por fuera del ruido, entre tanta cantidad de información, todo lo que pueda reducirla, buenísimo. Menos, buenísimo. Últimamente fantaseo con hacer una película muda”.

Pero la mayor libertad que se tomó Katz, por no decir el gusto, es poner a rodar esa idea recurrente de un repentino ataque mundial, demasiado parecido –ver film- a la actual pandemia: “Fueron muchos años imaginando eso. Es impresionante hablar de protocolos, las burbujas… El otro día pensaba, a raíz del aniversario del golpe, que La tierra quema de Raymundo Gleyzer la filma en el 74 y habla de la falta de agua… hoy no es ciencia ficción. En mi caso yo lo hacía como chiste mío, pero en el fondo es una mirada de un mundo en el que uno se esfuerza constantemente y no llega, se sobre adapta cada vez más y le piden cosas increíbles, y no alcanza”.

Cuando Katz comenzó a rodar estas escenas “de ciencia ficción”, allá por 2019, pensaba si no serían “delirantes de más”. Las terminó grabando, “porque si no lo hago,  no me doy el gusto de mi vida”. Luego terminaron siendo neorralismo italiano.

Tanto, que el realizador que hizo las máscaras de oxígeno que los personajes usan para poder respirar en la película, las terminó vendiendo para personas que no vivían en la ficción, sino en la llamada vida real, puedan respirar durante la pandemia.

El futuro ya llegó

Otros futuros vaticinan otros ataques. Por ejemplo, al cine mismo.

Katz está preocupada. Retoma el recuerdo de su primera película para pensarse como una joven que debiera hoy intentar empujar un film: “Pienso en las óperas primas… Me propone bastante actuar gente joven, tengo buena onda, y me pienso mucho cuando hice mi primera peli, que estuve 4 años de intentar terminarla. No de colgarla: 4 años de empujarla. Lo dejaba todo y lo logré. Ahora, aunque dejes todo, no lo lográs”.

Ana siente que tiene cierta “responsabilidad de ayudar” y lo hace poniéndole el cuerpo como actriz para directorxs nuevxs, y desde ese adentro sigue comparando: “En los 2000 había un ímpetu y una sensación de despertar, un interés, una implicancia que ahora nos cuesta a veces… Ahora con El perro que no calla, cuando acompaño las funciones y me quedo charlando con el público, se acercan muchos pibes estudiantes. Muchos. Y veo gente alucinante. O sea que no veo que no haya ideas, me parece que es un momento social de mucha preocupación y desorientación”. 

Parte de esta incertidumbre en la producción ocurre al notar el obsceno proceso de monopolización de plataformas, favorecido por un Estado impasivo frente a la colonización de “lo que hay para ver”. El combo se completa con paulatino desfinanciamiento del cine nacional que puede tener su estocada final el 31 de diciembre de este 2022, si es que no se logra evitar la caducidad del Fondo de Fomento Cinematográfico. El cine nacional e independiente tal cual lo conocimos corre así serios riesgos de quedar a merced de los presupuestos que quieran destinar los gobernantes de turno, ya sin el funcionamiento autónomo que lo hizo reconocido en el mundo. Katz, una de sus exponentes: “Es un proceso mundial, pero trato siempre que no me sirva de excusa para pensar acá. Odio ponerlos en un lugar tan especial, pero en Francia la manera de cuidar la producción es fomentar y financiar la escritura, la producción y la exhibición de cine francés. Acá, ¿cómo hacés si no llegas ni con la comida? Ese también es otro tema a nivel político que me interesa: el cine es tan caro, que termina en manos de gente con un nivel de privilegios y en algunos casos falta de conciencia… Hacés películas con un Ferrero Rocher… pero mirá que no está la cosa como para… Hablo de un nivel no de bajada de línea, sino de lo humano”.

¿Quién pone el foco, entonces, en crear esa escala humana que necesitamos para formar lo que viene? (Por ejemplo, hombres no violentos): “Es una cuestión muy crucial de identidad cultural en la que el cine es muy importante. Es un espejo que te puede señalar una futura dictadura: no es una boludez”. Tal vez por eso, también, se apague a propósito.

La escena final de El perro que calla es musicalizada con una dulce canción de Nicolás Villamil, músico amigo de Ana que falleció recientemente y dejó como despedida la playlist que acompaña la película. A él está dedicado el film y también la última reflexión del ya mediodía de café: “Esta peli me dejó pensando que si vos te vas en un bote, con gente de verdad quiere ir, y además hacen la suya, pasan cosas alucinantes. Era esto. Por eso quiero que los que quieran hacerlo, puedan tener el espacio. Que sean con 2 mangos, pero que esos 2 mangos estén”.

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