Nota
Diego no se murió
Un ritual colectivo. Una despedida masiva. Una cola interminable -que no terminó de despedir al diez- compuestas de personas que se acercaron no para movilizar ni llenar la plaza, sino para ver por última vez a su ídolo. Flores, remeras, cartas adornaron su ataúd. Lo que dicen quienes se acercaron a Plaza de Mayo. La ceremonia que empezó ayer y terminó hoy con represión. El llanto de un pueblo y el hit que contradice la noticia de ayer: «Diego vive en el pueblo». Crónica y reportaje fotográfico de un día histórico.

Cuando en el Sarmiento alguien le pregunta a Mónica si no le preocupa el coronavirus, y que el propio Gobierno estimó en un millón de personas el velorio en la Casa Rosada, retruca que nada puede ser peor que la vez que lo escuchó decir que le habían cortado las piernas: “Terminé con 22 de presión toda torcida en el Fernández”.
Viajando parada de Morón a Once, con remera de la Selección, cuenta que en el 85 nació su hijo, y que al año le trajo como regalo la Copa del Mundo, ya no como estrella sino como Barrillete Cósmico: “Ese día, cuando fuimos a festejar, a mi hijo lo largué, gateó y entonces caminó por primera vez”. Por eso Mónica repite una y otra vez, a cada viajero y viajera, una certeza: no importa cuánto tarde, no importa el sol, pero hoy al Diego lo va a ver.
-Mi hermana me dijo: “¿Para qué vas si en el cajón no hay nada, está vacío?”.
-¿Y qué le dijiste?
–Que no sea boluda, que Él está con Dios haciéndole jueguitos, y que lo que está ahí es su cuerpo.
Finalmente, después de 9 meses de aislamiento, hubo una causa que volvió a llenar las calles y a unir a todes les argentines, de todas las clases sociales, partidos políticos, géneros y clubes de fútbol: la muerte de Diego Armando Maradona.
Sucedió ayer y siguió hoy, y mientras siguen las noticias sobre los disturbios y la represión desatada sobre el desenlace de la jornada, vale la pena recordar que hubo gente que no durmió para verlo, que el ritual comenzó en el Obelisco, continuó en vigilia durante la madrugada y se convirtió en una cola que iba desde la Casa Rosada, seguía por Avenida de Mayo, doblaba en 9 de julio y llegó hasta Constitución.
Algo queda claro: las personas vinieron a verlo.
No es una movilización.
No es una marcha.
No es llenar la plaza.
Fue una marea infinita de personas que quisieron decirle:
- “Chau”,
- “gracias”,
- y “hasta siempre”.

El arte de alegrar
El ataúd se llenó de remeras que la gente arrojaba, de cartas, rosas y pertenencias personales; cosas que hicieron de la calle un museo vivo de objetos maradonianos: camisetas firmadas, fotos, remeras de la Selección y Boca año por año, pelotas, y hasta un picadito se armó. La marea maradoniana iba contenida entre dos vallas que debieron ser autogestionadas por las mismas personas, ya que no hubo durante toda Avenida de Mayo control policial ni presencia estatal que organizara el operativo.
De la mañana al mediodía la tranquilidad y el respeto fueron totales, hasta que pasadas las 14 horas la Policía comenzó a hacer un cordón sobre Avenida de Mayo. Fue el huevo de la serpiente para la represión posterior, ya que eran miles a quienes se les negaba de pronto la despedida. La queja empezó con un maradoniano “el que no salta/ es un botón” y no pasó a mayores sino hasta más tarde y porque anunciaron que de las 16 el velorio se extendía hasta las 19. No alcanzó: habían llegado de todos lugares, estaban haciendo cola desde hace horas, y nunca les habían avisado los límites del funeral.
Estela tiene 74 años, es de San Telmo y cuenta que a pesar de la edad no pudo resistirse a venir: cuenta orgullosa que, gracias a sus “pelos blancos”, la dejaron pasar en la fila: “Me mimaron, por poco me reciben a los besos, así que pasé y entré”. Se emociona: “Maradona fue un tipo muy valioso, además de ser un artista. Un tipo con mucha fidelidad a sus orígenes, que nació en Fiorito, que es un bolsón del infierno por las condiciones en las que viven, y así salió al mundo y siguió firme. Y valoro su posición política: el tren a Mar del Plata con el No al Alca, Chavez, Fidel. El tipo tenía una brújula muy clara. Se mandó sus cagadas, sí, pero todos somos un poco así”.
Cuenta que militó en el Peronismo de Base, fue una de las jóvenes disgustadas con Perón cuando les echó de esta misma Plaza, que “muchos de los que estamos acá tenemos amigos o familiares desaparecidos”, y por eso dice, muy seria:
-Maradona nos alegró.

La piel de gallina
Los choris y las bebidas frías rankean alto en un año en el que los vendedores ambulantes sufrieron mucho. También los sánguches de salame y queso, a 100 pesos, y que Silvina, de José C. Paz, y su cuñado Ezequiel, de La Matanza, también arman sólo de queso para personas vegetarianas: “Maradona significa todo. Maradona nos enseñó a jugar. Es Dios y, a la vez, una excelente persona. Todavía no caemos en lo que pasó”.
Mónica, peruana, 52 años, 22 viviendo en Argentina, vende remeras y posters: “¿Cómo no vamos a venir? Si él todo roto jugó un Mundial, aunque estemos rotos por la pandemia tenemos que estar acá”.

Las mujeres casi que empataban a hombres en la marea, a pesar de cualquier previsión y prejuicio. Donatela tiene 22 años y se vino sola desde Lanús: “Nunca lo vi jugar, pero significa todo. Vi sus videos, mi papá me contó. Y es todo, es Argentina, y somos todos. Todos los que estamos acá quisimos tener una foto con Diego y no la tenemos. Hoy podemos, al menos, despedirlo. Yo entré dos veces. Sí, dos: hice la fila, entré, salí, volví a hacer la fila y volví a entrar”.
Carla y Raúl llegaron desde La Boca con su beba de siete meses. “Esta es su primera salida”, cuenta Raúl. ¿Qué le vas a contar a tu hija de Diego, cuando crezca? “Que era un grande, el mejor del mundo y el que nos alegró los corazones”, se emociona mientras la fila avanza.
Y hubo muchos niñes, con remeras de Maradona o que simplemente iban de la mano de sus padres, acompañando y agitando los brazos. Aldana tiene 15, es de Quilmes y tiene un cartel que es de su papá René, que dice: “Tuve una infancia muy jodida y mi única alegría fue verlo a jugar a la pelota”. René lo relata: “Vivía en un ranchito, no teníamos tele, y el gol del 86 a los ingleses lo escuché de Victor Hugo. Maradona fue esa piel de gallina. Tenía 11 años, y fue a lo único que en ese momento me pude aferrar”.
Mientras, de fondo, se escucha el mayor hit de la jornada:
- “El que no salta/ es un inglés”.
Otro, el “Diego, Diego”, resuena por las calles céntricas porteñas, y así seguirá hasta después de mucho tiempo, quizá por siempre.

De contradicciones y justicia social
Julieta, de Avellaneda, tiene puesta la remera de Argentinos. Obvio: la del 10.
Cuenta que lagrimeó al enterarse de la noticia y que su primera reacción fue dedicarle un posteo en Instagram. Enseguida sus propias amigas salieron a cruzarla: “Me decían ¿cómo podemos idolatrar a un golpeador? Estoy re en contra de eso, obviamente, pero me parece que no es para mezclar. Una cosa es él jugador de fútbol, que es por lo que es conocido. Y como jugador nos dio todo”.
Pero Julieta rescata valores personales que también arrastraba Maradona fuera de la cancha: “Los valores que tenía con la gente humilde son algo fundamental. Nunca dejó de mirar a la sociedad, a los más pobres: siempre estuvo”.
A su lado la gente no para de pasar, y alguien la saluda por la remera de Argentinos. Ella no responde: “No estoy por el cuadro. Seas de Racing, de River, de Boca, no tienen nada que ver los colores de la camiseta hoy. Esto nos unió como sociedad”.
Gisele, otra joven de 22 años, camina con el pañuelo verde en la muñeca: “El ser humano se basa en la contradicción, y lo importante es reconocerlo. Soy maradoniana antes que feminista, nací de Boca y lo que tiene el Diego es que va mucho más allá de la persona. Diego era justicia social, porque a la gente que no tenía nada, les dio algo, y de eso va también el feminismo”.
Juan tiene 80 años y una remera de Boca de los años 90: “Esto es más que Gardel, pibe”, dice. Vino de La Plata, y después de hacer 3 horas de fila para saludarlo en unos 10 segundos, se sentó a descansar tomando un café y ver pasar la procesión. Lo vio varias veces en la cancha. ¿Lo mejor? “La gambeta”, no duda. Lo peor: “La estatura, pero tenía la mano”, bromea. ¿Como persona? “Era muy bueno. Las cosas malas que hizo fueron porque estuvo rodeado de gente que lo llevó mal, como le pasa a todos los famosos”.
Habla de la falta de preparación para lidiar con semejantes responsabilidades, pero asegura que ahora no es distinto. “Hoy se calzan un zapato de fútbol y lo que más les importa son los dólares, pero se olvidan de donde vienen: Maradona, no”.

Una mujer que vende hamburguesas con huevo frito no lo vio jugar, pero sabe “que hizo mucho por este país”. ¿Qué? “Nos dio el orgullo de ser argentinos”, plantea. Sobre “las cosas malas que hizo”, responde: “No somos nadie para juzgarlo. Todos cometemos errores. Solo dios puede juzgarlo: ahora está con él”.
Del otro lado del océano, desde Roma, Giansandro Merli no para de compartir los festejos que se desataron en Nápoles: supuestamente estaban en cuarentena total, pero los napolitanos no se aguantaron a salir, llenaron las calles, rodearon el estadio con bengalas, y hasta adelantaron que le cambiaran el nombre: sale San Paolo, entra Diego Armando Maradona. “Del santo al dios”, define Giansandro.
Hincha del Lecce, asegura que si no fuese por las restricciones de la pandemia se hubiera venido de viaje al funeral. Y habla en serio: “Hubiera vendido todo para llegar”, asegura, en una gesta típicamente maradoniana. En cambio, acerca unas sentidas palabras: “Con Maradona vimos lo que puede ser una ola de milagros populares en todos los sures del mundo”.
El antialgoritmo
Cuando parecía todo dicho, todo escrito, todo filmado, la calle una vez más mostró la audacia colectiva para definir a un indefinible, con frases que al mejor estilo maradoniano describen la época sin lugares comunes, simplismos ni doble moral.
Maradona era -es- lo antialgoritmo, y eso también se reflejó estos días: imposible de clasificar según el grupo de likes que segmenta a los usuarios de redes sociales, unos con otros, de gustos todos iguales, esta marea que parece no agotarse nunca, tampoco le escapa a la polémica: la enfrenta, la gambetean y la salta por arriba como a una patada mala leche que va a los tobillos y que esta vez falla porque estamos avisados de algo.
Maradona, uno solo.

Diego pertenece al panteón de esos dioses imperfectos, que arrastran errores y no portan halo celestial inmaculado. Es de esos dioses –como los griegos y romanos- que pecaban de soberbia, se dejaban llevar por la ira, juraban venganza y daban portazos cuando algo no salía como ellos querían. Así era Diego. Y por eso a este dios nacido en el barro de Fiorito se lo siente tan cerca. Supo del hambre y del desamparo. También del lujo y la gloria. Con su excelso don, nos regaló el milagro de la alegría.
La jugada individual para crear alegrías se transformó hoy en un gran equipo que busca ser mejor de lo que alguna vez fue.
Esa es la enseñanza de Maradona, la calle, sus orígenes y su futuro: la memoria agradecida de todo un pueblo unido por un hombre y un nombre que todavía retumba en las de vuelta vacías calles porteñas:
-Dieeego, Dieeego.
Nota
MU 215: Sin chamuyo



Viaje a la vida en el Delta: Y la nave va
Mientras el gobierno nacional privatiza la principal vía navegable del país con un nivel de tráfico comercial gigantesco y opaco, quienes habitan el delta advierten sobre el impacto a una forma de vivir, al humedal que provee biodiversidad, y a una soberanía que se pierde río abajo. Viaje en barco de MU desde el bajo delta bonaerense, para conocer y escuchar a isleños, productores, docentes, ambientalistas y vecinos que resisten otra avanzada sobre un territorio en disputa.
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La quinta El Silencio fue un centro clandestino en el que la dictadura escondió en 1979 a 40 personas secuestradas. ¿Cuánto se sabía y cuánto se callaba entre las islas y ríos del Delta? Un viaje a ese paisaje y a esa realidad: la alianza entre una vecina y una historiadora, lo que cuentan los sobrevivientes, los barcos de la muerte y la investigación de chicos de la zona, con sus preguntas y sus grabadores, para entender el pasado y mucho del presente.
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Violencia policial en Constitución: La ley y el orden
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El «Woodstock ambiental» contra los agrotóxicos: De película
Alarmados por los pesticidas y sus efectos de contaminación ambiental y humana, estudiantes y un maestro de una escuela pública cordobesa empezaron a componer canciones. Convocaron tímidamente a artistas, y se sumaron más de 300. Ya hicieron tres discos y un recital en el campo. Una canción para mi tierra es el film que relata esa aventura que empezó en una comunidad, siguió por decenas de escuelas y tiene contagios en defensa del ambiente y la vida desde España hasta el Amazonas.
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Un biodrama del presente: Puta madre
La obra Putamadre muestra los mandatos, la soledad de las mujeres que crían solas, y una sociedad que las juzga antes de escucharlas. Lejos de la maternidad romántica, humor, amor y la historia real de una madre con su hijo todavía preso: ambos en escena, él a través de una filmación desde la cárcel. Lo que puede el arte para derrumbar prejuicios.
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La Cogolla: Flor de cultivo
Yael Frida Gutman mezcla cabaret, transformismo, música y humor para hablar de cannabis, autogestión y libertad: una obra que crece desde hace cinco temporadas y convierte cada función en una celebración, una conversación y una invitación a pensar.
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Desentendimiento: Fingir demencia
Sabemos lo que pasa, pero no hacemos nada. La filósofa eslovena Alenka Zupančič escribió Desentendimiento-Una forma perversa de la razón en la crisis permanente, sobre ese rasgo que no es el “negacionismo” y que consiste en eso que llamamos “fingir demencia” (o normalidad). Las fake, el oscurantismo, y los que se creen por encima de la gente.
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Crónicas del Más Acá: Parlantes
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Nota
MU 214: Mujer maravilla

Ella y sus dos hijos llevan glifosato en su sangre, al igual que muchos y muchas en
Pergamino, localidad contaminada por el agronegocio donde dieron batalla y hoy
protagonizan un juicio histórico contra productores y funcionarios. ¿Será justicia?

Ganar la vida: La historia de (no) ficción de Sabrina Ortiz
Su hijo Ciro tenía 120 veces más agrotóxicos que lo “admisible”. Su hija Fiamma, 100 veces más; ella, 58. Viven en Pergamino, llamada “la capital del veneno”, donde se encontraron pesticidas hasta en el agua de red. Bajo amenazas de muerte Sabrina inició una denuncia convertida en un juicio histórico que está por tener sentencia buscando terminar con la impunidad. La acompaña una abogada de lujo: ella misma se recibió como parte de su lucha, porque nadie se atrevía a representarla. No es una película sino un retrato de la Argentina actual: un modelo de contaminación, enfermedad y muerte, frente a la lucha de las comunidades que no se resignan a un presente tóxico.
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La calle criminalizada: El derecho a la protesta en la era Milei-Bullrich
El teatro antidisturbios del presente: descontrol de las fuerzas represivas, cientos de heridos, detenciones arbitrarias, armado de causas, y un proceso judicial que poco tiene de justicia. Los casos de Milton Tolomeo y Eneas Gallo, aún detenidos por protestar el día de la Ley de Reforma Laboral, hablan de la impunidad con la cual se maneja el gobierno con aval de jueces y fiscales. Lo cuentan ellos, sus familiares y defensas en esta investigación especial.
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Década perdida: Marta Montero, mamá de Lucía Pérez
“Estamos como el día 1”. La frase de la madre de la joven asesinada en 2016 remite a aquel año: cuando denunciaron que dos narcofemicidas habían abusado y asesinado a su hija, hasta hoy, dos juicios después, pues la impunidad sigue consagrada. De motivar el Primer Paro Nacional de Mujeres a la decisión que tomó Marta ahora: estudiar abogacía. La injusticia como una tortura y la lucha como un tejido social que sigue en Mar del Plata, con un centro cultural, un bachillerato y un movimiento que no se amilana.
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La Cordobaza: 3J y el Ni Una Menos en la provincia de Agostina
La undécima edición del Ni Una Menos llegó a Córdoba con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. La gente salió a la calle bajo la lluvia once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta. Cómo se busca justicia.
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El modelo Redondo: El Indio Solari y la autogestión
¿Qué explica que una banda que rechazó las reglas de la industria se haya convertido uno de los fenómenos culturales más masivos de la Argentina? Desde la producción de sus discos hasta la organización de sus recitales, desde el vínculo con su público hasta la construcción de una comunidad capaz de sobrevivir a su propio fundador, la historia del Indio Solari y sus grupos también es la historia de una forma de crear, pensar, sentir y organizarse, con la autogestión como herramienta y filosofía de vida.
Por Francisco Pandolfi, Mariano Randazzo y Franco Ciancaglini

Mundo Chueco: Jorge Chueco Romero, sacerdote de Ciudad Oculta
Es cura en Ciudad Oculta. Todos los miércoles acompaña el reclamo de jubilados en el Congreso, donde aguanta los palazos y el gas pimienta. No cobra la asignación de la Curia, sino que vive de su trabajo como obrero y albañil. Una “camicharla” entre los murales del barrio: qué hacer con la vida, Bergoglio, el Indio, el peronismo, y una lista de cosas importantes.
Por Sergio Ciancaglini

El trava power: Las Simbióticas
Nacidas en las sierras cordobesas, mezclan cumbia, humor travesti y compromiso político. Entre canciones, risas y reflexión, sus integrantes reivindican la construcción de redes, la diversidad y la alegría como forma de resistencia.
Por María del Carmen Varela

Ser de luz: Nina Suárez
Acaba de sacar el disco El lado oscuro, donde enfrenta algunos fantasmas y ausencias familiares y amorosas, acaso dos versiones de lo mismo. Lo hizo con un power trío que se suena todo. Ella compone, canta y toca la guitarra de una manera conmovedora y que remite inevitablemente a su madre, Rosario Bléfari. Breve semblanza de una artista capaz de brillar con la oscuridad.
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Crónicas del más acá: GPS
Por Carlos Melone
Nota
La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Córdoba llegó a la undécima edición del Ni Una Menos con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. Córdoba salió a la calle bajo la lluvia este 3J, once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta.
Por Bernardina Rosini
El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: lavaca.org.
Lo que no se puede creer
Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.
Varones
Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema? Fotos: lavaca.org
«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.
Dónde está Delicia
Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.
Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.
Justicia sin apellido
Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»
Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.
La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
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