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Emperador Botana

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Perfil del editor periodístico más célebre y menos recordado, dueño de un imperio y un poder basado en el impacto del diario Crítica, pero también en sus relaciones con la elite cultural del momento. Esta nota fue seleccionada para el libro Un mundo muy raro, publicado por Editorial Aguilar en México y Colombia, junto a textos de Antonio Tabucchi, Ernesto Sábato, Carlos Fuentes, Tomás Eloy Martínez y Rodrigo Fresán, entre otros autores.

(por Claudia Acuña) Natalio Félix Botana es el primer periodista desaparecido de la Argentina. No el único, sino el primero. El más poderoso, también. Y el más polémico.
Su gloria -inmensa, temeraria- iluminó como un rayo veintiocho años de la historia criolla y se consumió como tal: rápida y vertiginosamente. Hoy nadie recuerda a Natalio Botana, de la misma manera que en los años ’20 o ’30 nadie podía olvidarlo.
Sin embargo, ese silencio desproporcionado dice algo. Oculta, debajo de los escombros de la memoria, un mensaje tácito, sutil.
Nacido uruguayo, nacionalizado argentino, criado periodista, fundó a los 25 años y en 1913 un mito de proporciones inauditas: el diario Crítica, del que llegó a vender más de trescientos mil ejemplares por día, lo que equivale a decir tres veces más que el periódico de mayor circulación actual.
A sus órdenes y caprichos, trabajaron los mejores escritores de la época, esos que su exquisito olfato de lector descubría mucho antes que el mezquino y pacato mundillo literario porteño.
Padre de un estilo periodístico impactante, fue pionero en todos los géneros: fue el primero en incorporar grandes fotos y dibujos; el primero también en colocarles epígrafe; el primero en incluir un suplemento deportivo, inventar secciones, imprimir en color, incorporar una revista a la edición, enviar un periodista de gira, denunciar un hecho de corrupción y anunciar las noticias con una sirena que hacía bramar desde la azotea del edificio de siete pisos, que ordenó construir a medida de sus sueños en la Avenida de Mayo, y que albergaba su propia rotativa, además de un gimnasio, un bar y hasta una peluquería para uso exclusivo de su personal.
Fue, también, el creador del primer multimedio latinoamericano, capaz de unir en una sola empresa todos los recursos tecnológicos disponibles en ese momento: prensa escrita, radio, noticiero cinematográfico y productora de cine. Una audacia empresaria que empalidece las modernas fusiones de hoy, ya que tenía una incomparable ventaja: toda la empresa dependía de un solo y único dueño. Natalio Botana, amo y señor de la opinión pública argentina.
Sin embargo, ninguna de sus muchas virtudes superan lo escrito sobre sus múltiples pecados. Acusado de embustero, extorsionador, populachero, sensacionalista, manipulador, mafioso, snob y soberbio, la figura de Botana fue mirada en diagonal y con desprecio por casi todos los que se le acercaron. Es cierto: Botana no tiene aún su propia biografía porque nadie, hasta ahora, quiso escribirla. Es más: el año pasado una historiadora le dedicó 280 páginas de su libro al diario Crítica y solo cuatro a su fundador, bajo el pretexto de la «ausencia de fuentes documentales que impiden desmontar el mito». Como una bomba que nadie se atreve a desactivar, la historia de Botana es todavía un tic tac amenazador, que late bajo el bronce de todos los próceres contemporáneos que se refirieron a él con idéntico desdén.

Hacer gatear a la cultura
Jorge Luis Borges lo recuerda en plena redacción del diario, sacando la billetera del bolsillo del saco de cashimire inglés para tirar al aire montones de billetes. Luego, un Botana desdeñoso, observaba cómo sus empleados se tiraban al suelo para recogerlos. Una de esas veces, descubrió a Borges que, petrificado en el otro extremo de la redacción, miraba abochornado el espectáculo, y por encima de los cuerpos que se arracimaban por el piso, lo invitó a tomar un café. La elegante ironía de Borges detiene allí el relato. Prefiere rematarlo con una frase lapidaria: «En lo sucesivo, si alguien me avisaba que venía el director, corría a encerrarme en el baño para evitar el mal rato».
Leopoldo Marechal prefirió inmortalizar a Botana, en su maravillosa novela Adán Buenosayres, como un condenado al séptimo círculo del infierno, el último y más lastimero. Lo presenta como el jefe absoluto de una rotativa gigante cuyos rodillos devoran y aplastan hombres hasta convertirlos en papel. Lo obliga a confesar cómo, en una de esas tantas noches de póker, aburrido por su mala suerte, se dedicó a contar los fósforos que contenía una inocente cajita de cartón. Descubrió que contenía uno menos que los 45 prometidos. Así logró que la empresa fabricante pagara fortunas con tal de que la noticia no llegara a la primera plana del diario. Ante este Botana que se ríe como un chico travieso, Marechal reprocha con desprecio su fórmula periodística infernal: «Era preciso basurear en el crimen, recoger la inmundicia de los cadáveres mutilados y arrojarle por último a la bestia el manjar impreso en cuerpo siete, con grabados de anatomía patológica y abundantes lágrimas de cocodrilo».
Otro escritor, Roberto Arlt, también rememora con asco el único año que trabajó para Botana, al presentarse como «uno de los cuatro encargados de la nota carnicera y truculenta, obligado testigo de cuanto crimen, robo, asalto, violación, venganza, incendio, estafa y hurto se cometía».
Pablo Neruda, en cambio, no escribe ya sobre el Botana-editor, sino sobre el Botana-anfitrión, referente obligado de las tertulias porteñas de la época. En un capítulo de su libro Confieso que he vivido, Neruda narra una aventura «cósmico-erótica» que tuvo como escenario la majestuosa quinta de Botana en Don Torcuato. Testigo privilegiado de ese encuentro amoroso a cielo abierto fue Federico García Lorca. Los dos habían sido invitados a una cena (de la que se escabulle Neruda con una dama cuyo nombre no revelará jamás, pero que muchos suponen como la poetisa Norah Lange, esposa de Oliverio Girondo) por ese hombre que Neruda retrata así: «rebelde y autodidacta, había hecho una fortuna fabulosa con un diario sensacionalista. Su casa era la encarnación de los sueños de un vibrante nuevo rico. Centenares de jaulas de faisanes de todos los colores y todos los países orillaban el camino. La biblioteca estaba cubierta sólo de libros antiquísimos que compraba por cable en las subastas de bibliógrafos europeos. Pero lo más espectacular era que el piso de esta enorme sala de lectura se revestía totalmente con pieles de pantera cosidas unas a otras hasta formar un solo y gigantescos tapiz. Supe que el hombre tenía agentes en Africa, en Asia y en el Amazonas destinados exclusivamente a recolectar pellejos de leopardos, ocelotes, gatos fenomenales, cuyos lunares estaban ahora brillando bajo mis pies en la fastuosa biblioteca. Así eran las cosas en la casa del famoso Natalio Botana, capitalista poderoso, dominador de la opinión pública de Buenos Aires».
Todos y cada uno, a su manera, mienten. Ni Borges, ni Marechal, ni Arlt ni Neruda escribieron toda la verdad sobre Botana. Lo único verdadero es el registro del sentimiento que era capaz de generar, en su momento de máximo esplendor, un personaje cuya ideología se reducía a una sola consigna: «quiero y puedo».
Es tan difícil imaginar a la orgullosa redacción de Crítica gateando en cuatro patas para recoger del piso los billetes de Botana, como al mismo Botana desparramando el contenido de la billetera a sus pies. En principio, porque allí se ganaban el salario escritores como Conrado Nalé Roxlo, Ulises Petit de Murat, los hermanos González Tuñón, Homero Manzi o César Tiempo, por citar solo algunos ejemplos. Pero también porque Botana cosechó fama de hombre generoso. Petit de Murat llegó a decir «si estoy vivo es gracias a Botana, que pagó todos los gastos de mi internación cuando estuve enfermo de tuberculosis». El jefe de redacción del diario escribió que un día llegó a su escritorio un sobre con cinco mil pesos (el equivalente al precio de un auto en esa época) solo porque a Botana le había gustado la edición de ese día. Muchos de sus redactores dieron testimonio de las periódicas amnistías de vales y adelantos que decretaba el patrón y hasta confesaron públicamente su salario: 900 pesos al mes para el cronista de menor calificación. El doble de lo que pagaba cualquier otro diario.
Sin embargo, la anécdota referida por Borges esconde algo peor: lo que significó en su vida literaria el trabajo en Crítica.

Borges editor
Borges fue codirector, junto a Petit de Murat, de la Revista multicolor de los sábados, nacida un 12 de setiembre de 1933 para acercar a los lectores, por el precio de 10 centavos, la producción literaria de autores hasta entonces desconocidos por el público masivo. Notas del pintor Xul Solar, de los escritores uruguayos Juan Carlos Onetti u Horacio Quiroga, relatos de Kipling, trabajos de Ezequiel Martínez Estrada o cuentos de Chesterton desfilaron por las páginas que Borges editó con pasión y dedicación. Su biógrafa, María Esther Vázquez -la misma que acusa a Botana de populachero- asegura que fue gracias a esa tarea que Borges «encontró su verdadero destino dentro de la literatura». Su compañero de entonces, Petit de Murat, fue aún más allá: «en esos dos años a Borges se lo veía feliz», escribió. Mucho tiempo después, Borges se atrevió a confesar cómo terminaron aquellos días felices. Fue el día que cumplió 35 años, cuando decidió suicidarse.
Borges cuenta que compró un revólver, una novela de Ellery Queen (El misterio de la Cruz egipcia, que ya había leído), una botella de ginebra y alquiló un cuarto en un hotel de Adrogué. Se tiró vestido en la cama, colocó el revólver en su sien y lloró. Lloró porque no tenía coraje para vivir, pero tampoco para matarse. La revelación la tuvo aquel triste 24 de agosto de 1934. Pocos días después, apareció el último número de la mítica revista de CríticaM, su revista. Allí Borges había publicado, en capítulos, uno de sus libros fundamentales: Historia universal de la infamia. Allí Borges había probado por primera y única vez la cocaína, que por entonces se vendía en las farmacias. Allí había descubierto un mundo nuevo: linotipistas, matriceros, diagramadores, cronistas callejeros, que hablan el lenguaje de sus orilleros de fantasía, pero que festejaban su humor y admiraban sus conocimientos. Allí, encontró, incluso, el impulso necesario para vivir un amor clandestino, al que le dedicó, en secreto, sus poemas. Allí, Borges, que hasta hacía poco tiempo escondía ejemplares de sus libros en los sobretodos de los críticos literarios, se había encontrado al fin con miles de lectores que comenzaban a admirarlo. ¿Quiso ese Borges suicidarse porque ese mundo lo agobiaba o porque ese mundo tenía decretado un fin? La pregunta no tiene respuesta. Solo una cosa es absolutamente verdadera: Borges dejó Crítica en setiembre de 1934. Y nadie sabe si fue él quien dijo adiós.
Marechal y Arlt, en cambio, patean el corazón mismo de Botana. Las crónicas policiales de Crítica – que él inventó, con una alquimia exquisita, escogiendo no sólo a quién, sino dictando el cómo, el cuándo y dónde- laten a un ritmo único. Es el pulso con que Botana mide la temperatura social de la Argentina, un electrocardiograma que nadie, hasta entonces, había trazado. Desde sus crónicas policiales, Crítica extiende las fronteras periodísticas hasta alcanzar a los inmigrantes, los obreros recién paridos por un país todavía pre-industrial, los marginados del modelo, los apaleados por los poderosos de turno, los excluidos. Los huele en su propio hedor, los reconoce en sus miserias y les otorga lo único que sólo él les puede dar: épica. Para narrarla, escoge la pluma de los elegidos; talentos todos de exquisita cultura que jamás se hubieran encontrado con las postales que traza la injusticia si él -el gran sabelotodo de los infiernos terrenales- no los hubiese obligado a mirar de cerca esos crímenes.
El horror de Marechal, el asco de Arlt, más que un insulto a Botana deben interpretarse como la repulsión que alcanza a toda una época y salpica a toda una elite. El jefe de redacción de Botana, Francisco Luis Llano, lo explica así: «El periodismo que nació con Crítica no era amarillo, sino escandaloso, como escandaloso fue el Watergate. Era verdadero, aunque oliera a podrido. En un medio nada impaciente por primicias y medroso de herir a tal o cual político, cualquier noticia que se aparte de estos cánones era escandalosa».
En cualquier caso, a Botana nunca le importó lo que opinaran de él. Huía de los aduladores como de la peste. Y cuando le comentaban lo que sus enemigos murmuraban a sus espaldas, daba por terminada la reunión con una frase:
-La única opinión sobre mi persona que me interesa es la del Negro Cipriano. Y no creo que sea muy buena.
Cipriano era Cipriano Arrúe, su fiel valet, lacayo o guardaespaldas. El negro que lo acompañó a la guerra en su adolescencia y lo siguió hasta Crítica, después, y al que Botana llamaba con un humillante silbato.
Neruda, por último, nos obliga a mirar a Botana con los ojos de su época. ¿Quién era ese millonario excéntrico, capaz de sentar a su mesa a dos celebridades literarias y refregarles en la cara como símbolo de riqueza no ya autos, propiedades o mujeres, sino una majestuosa y envidiable biblioteca?

El dueño de todo
Botana tenía tres Rolls Royce -uno negro, uno gris y otro celeste- una quinta con treinta dormitorios, quince salas de baño y una bodega cuyas paredes había pintado el muralista mexicano David Alfaro Siqueiros, durante una larga estadía que culminó cuando lo dejó plantado su mujer, la escritora Blanca Luz Brun. Tiempo después, en la dedicatoria de un libro, Blanca reveló los motivos de su deserción matrimonial. Sólo escribió: «para unos es un santo, para otros Al Capone, pero para mí será siempre mi emperador». Hablaba de Botana, por supuesto, el hombre que jamás se jactó en público de sus romances, simplemente porque en público nunca habló. Escuchó.
Todas las noches, ese mismo hombre sentaba a su mesa -redonda, porque odiaba definir con una silla la cabecera- no menos veinte personas que al menos una vez a la semana compartían su plato favorito: faisán. Los criaba en su quinta de Don Torcuato – que no era grande, sino grandiosa, como bien la definió Llano- luego de enviar a su secretario privado a la India para comprar los casales. Tras la cena -que salvo la noche dedicada a los faisanes, los comensales podían elegir a la carta, como en el mejor restaurante de la ciudad- Botana ofrecía coñac y puros. Los suyos -los que porta en cada una de las pocas fotos que lo recuerdan- no los compartía con nadie. Eran un centímetro más grandes que cualquiera y, según él mismo se jactaba, de mejor calidad que los Partagas con los que convidaba a sus invitados. Se los fabricaban especialmente en La Habana, a medida de sus caprichos y con sus iniciales.
En las paredes de la quinta de Don Torcuato, un friso de mayólicas reproducía escenas de El Quijote que él mismo había seleccionado y que había hecho copiar en Talavera de la Reina, España. Dos leones de yeso se imponían en la entrada y dos leones de sangre y garra rugían en su zoológico privado, donde también había exquisitos ejemplares de geografías lejanas. Sin embargo, de todos los habitantes de Don Torcuato, la fiera más exótica era su mujer, Salvadora Medina Onrubia de Botana, una anarquista, poeta, dramaturga, adicta al éter, el whisky caro, la magia negra y la pasión sin sexo definido, a la que jamás logró domesticar. La llamaban «la Venus roja» y había llegado a la vida de Botana en los primeros días de Crítica, con un hijo natural en los brazos (apodado Pitón) y una belleza desafiante que lo fascinó. Con ella tuvo dos hijos varones (Helvio y Jaime), pero solo logró convencerla de formalizar el matrimonio cuando nació una mujer, Georgina Nicolasa, a la que llamaban La China.

Asco y amargura
Salvadora dejó a todos en claro que nunca fue feliz con Botana y todos sus hijos hicieron saber que jamás sintieron el menor aprecio por su madre. La más dura fue La China, quien mandó una carta a un diario porteño para decirle a su madre: «Haría cualquier cosa por librar a mis hijos del clima en que nosotros crecimos, de la amargura y el asco a la vida que nos hiciste sentir desde que tuvimos uso de razón». Sin embargo, no fue esta la idea que rescató de su abuela el hijo preferido de La China. Dramaturgo y dibujante de talento, heredó de Salvadora su mordaz e incisiva visión de la vida. También esa amargura y ese asco. Se llamaba Raúl Damonte Taborda Botana, aunque todos lo conocieron por el seudónimo que le inventó su abuela: Copi.
Botana, en cambio, siempre calló. Ni siquiera cuando Pitón se pegó un tiro, a los 17 años y en Don Torcuato. Sobre el episodio hay tres versiones. La oficial, que se encargó de difundir Crítica, dice que el arma se disparó accidentalmente, mientras los hermanos Botana jugaban inocentes. Helvio, testigo del episodio, cuenta en su libro Los diente del perro que su hermano se suicidó, tras una discusión con Salvadora, en donde ésta le revela que no era hijo de Botana, sino de un prominente abogado entrerriano de apellido Pérez Colman. La secretaria privada de Salvadora, Emma Barrandeguy, da otra versión: Helvio fue quien le reveló su origen, celoso porque su padre prefería a Pitón y los hermanos se trenzaron «en un juego violento que terminó con un disparo». En cualquier caso, esta muerte quebró definitivamente el delicado equilibrio de la familia Botana y liberó a Salvadora a su suerte, que fue escasa aunque intensa. Desde entonces y hasta su fin, ocurrido en 1972, se le atribuyeron romances con hombres y mujeres y, por último, con un sacerdote de nombre Fernando Giménez, al que su hijo Helvio recuerda, con saña, haberle dicho:
-No sé si llamarlo Padre o padre.
Helvio también cita la última palabra que pronunció su madre: «odio».

El origen del mito
Los que lo conocieron de cerca dicen que Botana tuvo otros amores: Crítica, sus hijos y la timba. En ese orden. Aunque su verdadera pasión fue la lectura. Se la inculcó -como una religión, un vicio o una condena- su madre Nicolasa Millares, una cubana, nieta de venezolanos y pariente directo de Simón Bolívar, que le enseño a leer también inglés, francés y latín y que lo obligó a internarse en un seminario uruguayo para ordenarse cura, con el que pretexto de que encontraría así más tiempo para su formación intelectual. De allí se escapó a los 16 años. Vendió la sotana para financiarse el viaje hasta Gualeguay, a donde llegó en 1904 para pelear a las órdenes de su tío abuelo, el general Basilio Muñoz. De regreso a Montevideo, se inscribió en Derecho hasta que la guerra civil que estalló en 1909 lo devolvió a la acción con el grado de teniente. Fue derrotado en Concordia y confinado en Corrientes, donde aseguran que se convirtió en mercenario, peleando para paraguayos o brasileños, según la paga. La aventura terminó cuando vendió su sable para financiarse el viaje a Buenos Aires. El mito narra que aquí se empleó como hombreador de bolsas en el puerto, aunque no llegó a levantar más que dos. A la tercera se cruzó en su vida Adolfo Berro, hijo de un ex presidente uruguayo, quien le presentó al hombre que se convirtió en su protector: Marcelino Ugarte. Un político conservador que le consiguió el primer empleo en un diario y quien, después, le facilitó los contactos para obtener el dinero necesario para fundar Crítica, el diario que popularizó el socrático lema «Dios me ha puesto sobre vuestra ciudad como a un tábano sobre el noble caballo, para picarlo y mantenerlo despierto».
Fue ese tábano el que le permitió, entre otras cosas, apoyar primero y destruir después al presidente Hipólito Yrigoyen, para quien hacía imprimir todos los días un único ejemplar con noticias falsas que alababan su mandato. El mismo tábano que un general golpista ordenó silenciar, decretando la clausura primero, y la prisión después del propio Botana, su esposa Salvadora y otros quince periodistas. El tábano que saludaba la lucha de los republicanos españoles, proclamaba a Hitler demente, difundía los artículos del rebelde Sandino y agobiaba con primicias a un lector fascinado con el fatal destino de la huerfanita de un conventillo de la Boca o la última columna de Bernard Shaw. «Nosotros le tenemos que decir al público lo que le gusta», repetía a sus redactores Botana, como un verdadero tábano que les chupaba el talento a cambio de mantenerlos con los ojos bien abiertos.
Así logró, finalmente, acumular la fortuna y el poder suficiente como para cumplir con los sueños de su madre. Compró más de mil ejemplares de incunables que acumuló en la más grande biblioteca privada de Latinoamérica y se sentó a leerlos en camisa de seda, el puro en los labios y el revólver en la cintura. Una inmensa, monumental biblioteca que hoy está -literal y trágicamente- desaparecida.

Morir dos veces
La primera muerte de Natalio Botana se produjo la tarde del 6 de agosto de 1941, en Jujuy, víctima de su omnipotencia o su soberbia. El día anterior se había escapado con un grupo de amigos al casino de Termas de Río Hondo, en la provincia de Santiago del Estero, en donde había apostado y ganado una fortuna. Al levantarse de la mesa, escuchó al groupier decir:
-No hay porqué preocuparse. En un rato vuelve a apostar todo lo que ganó.
Cuentan que entonces Botana ordenó partir, para desmentir la predicción del groupier. Señaló como destino otro casino, ubicado en las Termas de Reyes, a treinta kilómetros de la capital de la provincia de Jujuy. Por allí paseaba cuando su Rolls Royce negro se estrelló en los pilares de la ruta. El asfalto le rompió dos costillas, que él quiso que nadie toque hasta que llegara su médico personal desde Buenos Aires. Botana murió cuatro horas después. Había logrado que todos obedezcan su última, estúpida orden.
Hoy, en su envidiado despacho de la Avenida de Mayo, está sentado el comisario mayor Carlos Alberto Moyano, a cargo de la Superintendencia de la Policía Federal, actual propietaria del edificio. No es una metáfora, sino un dato de la realidad argentina, la misma que hacía estallar de melancolía a otro periodista de cuento, el gran Jacobo Timerman, fundador de la revista Primera Plana y el diario La Opinión. Fue él, nada menos él, quien me hizo notar hasta qué punto Botana era un desaparecido. Fue después de una cena en su departamento de la calle Posadas, al que había llegado con el director de cine Eduardo Mignogna, quien trabajaba en un guión sobre la vida de Botana y ansiaba conocer un editor tan macizo, polémico y legendario como él. Jacobo escuchó con interés cómo Mignogna había resuelto el más sutil y obvio acertijo escrito en Crítica: tábano era un anagrama perfecto del apellido Botana. Sin embargo, Jacobo lo desalentó. Todos, dijo esa noche, prefieren recordar la historia triste de un perdedor. Nadie, insistía, prefiere a ese Botana audaz, indomable, desafiante, cuyo único fracaso consistió en contratar un chofer torpe.
-A veces pienso: si este país se olvidó del verdadero Botana, ¿cómo creen que va a recordarme?
Descubrí la respuesta muchos años después, el día que la portada del diario Clarín anunció: «Murió el mejor editor del siglo». Con este homenaje, el periodismo moderno despedía a Jacobo. Y decretaba, definitiva, tácita y sutilmente, la segunda muerte de Natalio Botana.

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MU 215: Sin chamuyo

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MU 215: Sin chamuyo
Este número 215 de MU ☝️viene con doble tapa, que podría ser una frase: Sin chamuyo, a remarla.




MU 215: Sin chamuyo

Viaje a la vida en el Delta: Y la nave va

Mientras el gobierno nacional privatiza la principal vía navegable del país con un nivel de tráfico comercial gigantesco y opaco, quienes habitan el delta advierten sobre el impacto a una forma de vivir, al humedal que provee biodiversidad, y a una soberanía que se pierde río abajo. Viaje en barco de MU desde el bajo delta bonaerense, para conocer y escuchar a isleños, productores, docentes, ambientalistas y vecinos que resisten otra avanzada sobre un territorio en disputa.

Por Francisco Pandolfi




MU 215: Sin chamuyo

Gonzalo Giles, pensador y comunicador «disca»: Error en el sistema

Gonzalo Giles, activista del movimiento disca que resiste el ajuste.
Es mudo pero logra hacerse oír. Humor, creatividad y política:
“Necesitamos menos caudillos y más gente que construya”.

Es escritor, activista y referente de una generación que convirtió la experiencia de la discapacidad en una potencia de comunicación y acción. Ahora prepara un espacio propio para intervenir en política. Una conversación sobre prejuicios, salud mental, amores, liderazgo, y “lo disca” como una categoría desde la cual pensar –y reconstruir– un país. 

Por Sergio Ciancaglini




MU 215: Sin chamuyo

La dictadura en el delta: Los sonidos de El Silencio

La quinta El Silencio fue un centro clandestino en el que la dictadura escondió en 1979 a 40 personas secuestradas. ¿Cuánto se sabía y cuánto se callaba entre las islas y ríos del Delta? Un viaje a ese paisaje y a esa realidad: la alianza entre una vecina y una historiadora, lo que cuentan los sobrevivientes, los barcos de la muerte y la investigación de chicos de la zona, con sus preguntas y sus grabadores, para entender el pasado y mucho del presente.

Por Lucas Pedulla




MU 215: Sin chamuyo

Violencia policial en Constitución: La ley y el orden

La Policía de la Ciudad asesinó a Víctor Vargas (foto) disparándole tres balazos por la espalda. Intentó ocultar la verdad del crimen pero la investigación judicial detectó a los culpables y se abrió una causa sobre la relación entre la venta de drogas y la complicidad policial. ¿Quién era Víctor? Constitución como tierra de nadie y la violencia institucional contra prostitutas, travestis y quienes tratan de sobrevivir a la crisis de cada día.

Por Claudia Acuña




MU 215: Sin chamuyo

El «Woodstock ambiental» contra los agrotóxicos: De película

Alarmados por los pesticidas y sus efectos de contaminación ambiental y humana, estudiantes y un maestro de una escuela pública cordobesa empezaron a componer canciones. Convocaron tímidamente a artistas, y se sumaron más de 300. Ya hicieron tres discos y un recital en el campo. Una canción para mi tierra es el film que relata esa aventura que empezó en una comunidad, siguió por decenas de escuelas y tiene contagios en defensa del ambiente y la vida desde España hasta el Amazonas.

Por María del Carmen Varela




MU 215: Sin chamuyo

Un biodrama del presente: Puta madre

La obra Putamadre muestra los mandatos, la soledad de las mujeres que crían solas, y una sociedad que las juzga antes de escucharlas. Lejos de la maternidad romántica, humor, amor y la historia real de una madre con su hijo todavía preso: ambos en escena, él a través de una filmación desde la cárcel. Lo que puede el arte para derrumbar prejuicios.

Por Evangelina Bucari




MU 215: Sin chamuyo

La Cogolla: Flor de cultivo

Yael Frida Gutman mezcla cabaret, transformismo, música y humor para hablar de cannabis, autogestión y libertad: una obra que crece desde hace cinco temporadas y convierte cada función en una celebración, una conversación y una invitación a pensar.

por María del Carmen Varela




MU 215: Sin chamuyo

Desentendimiento: Fingir demencia

Sabemos lo que pasa, pero no hacemos nada. La filósofa eslovena Alenka Zupančič escribió Desentendimiento-Una forma perversa de la razón en la crisis permanente, sobre ese rasgo que no es el “negacionismo” y que consiste en eso que llamamos “fingir demencia” (o normalidad). Las fake, el oscurantismo, y los que se creen por encima de la gente.

Por Franco Ciancaglini

MU 215: Sin chamuyo

Crónicas del Más Acá: Parlantes

Por Carlos Melone

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MU 214: Mujer maravilla

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Ella y sus dos hijos llevan glifosato en su sangre, al igual que muchos y muchas en
Pergamino, localidad contaminada por el agronegocio donde dieron batalla y hoy
protagonizan un juicio histórico contra productores y funcionarios. ¿Será justicia?




MU 214: Mujer maravilla

Ganar la vida: La historia de (no) ficción de Sabrina Ortiz

Su hijo Ciro tenía 120 veces más agrotóxicos que lo “admisible”. Su hija Fiamma, 100 veces más; ella, 58. Viven en Pergamino, llamada “la capital del veneno”, donde se encontraron pesticidas hasta en el agua de red. Bajo amenazas de muerte Sabrina inició una denuncia convertida en un juicio histórico que está por tener sentencia buscando terminar con la impunidad. La acompaña una abogada de lujo: ella misma se recibió como parte de su lucha, porque nadie se atrevía a representarla. No es una película sino un retrato de la Argentina actual: un modelo de contaminación, enfermedad y muerte, frente a la lucha de las comunidades que no se resignan a un presente tóxico.

Por Francisco Pandolfi




MU 214: Mujer maravilla

La calle criminalizada: El derecho a la protesta en la era Milei-Bullrich

El teatro antidisturbios del presente: descontrol de las fuerzas represivas, cientos de heridos, detenciones arbitrarias, armado de causas, y un proceso judicial que poco tiene de justicia. Los casos de Milton Tolomeo y Eneas Gallo, aún detenidos por protestar el día de la Ley de Reforma Laboral, hablan de la impunidad con la cual se maneja el gobierno con aval de jueces y fiscales. Lo cuentan ellos, sus familiares y defensas en esta investigación especial.

Por Lucas Pedulla




MU 214: Mujer maravilla

Década perdida: Marta Montero, mamá de Lucía Pérez

“Estamos como el día 1”. La frase de la madre de la joven asesinada en 2016 remite a aquel año: cuando denunciaron que dos narcofemicidas habían abusado y asesinado a su hija, hasta hoy, dos juicios después, pues la impunidad sigue consagrada. De motivar el Primer Paro Nacional de Mujeres a la decisión que tomó Marta ahora: estudiar abogacía. La injusticia como una tortura y la lucha como un tejido social que sigue en Mar del Plata, con un centro cultural, un bachillerato y un movimiento que no se amilana.

Por Evangelina Buccari




MU 214: Mujer maravilla

La Cordobaza: 3J y el Ni Una Menos en la provincia de Agostina

La undécima edición del Ni Una Menos llegó a Córdoba con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. La gente salió a la calle bajo la lluvia once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta. Cómo se busca justicia.

Por Bernardina Rosini




MU 214: Mujer maravilla

El modelo Redondo: El Indio Solari y la autogestión

¿Qué explica que una banda que rechazó las reglas de la industria se haya convertido uno de los fenómenos culturales más masivos de la Argentina? Desde la producción de sus discos hasta la organización de sus recitales, desde el vínculo con su público hasta la construcción de una comunidad capaz de sobrevivir a su propio fundador, la historia del Indio Solari y sus grupos también es la historia de una forma de crear, pensar, sentir y organizarse, con la autogestión como herramienta y filosofía de vida.

Por Francisco Pandolfi, Mariano Randazzo y Franco Ciancaglini




MU 214: Mujer maravilla

Mundo Chueco: Jorge Chueco Romero, sacerdote de Ciudad Oculta

Es cura en Ciudad Oculta. Todos los miércoles acompaña el reclamo de jubilados en el Congreso, donde aguanta los palazos y el gas pimienta. No cobra la asignación de la Curia, sino que vive de su trabajo como obrero y albañil. Una “camicharla” entre los murales del barrio: qué hacer con la vida, Bergoglio, el Indio, el peronismo, y una lista de cosas importantes.

Por Sergio Ciancaglini




MU 214: Mujer maravilla

El trava power: Las Simbióticas

Nacidas en las sierras cordobesas, mezclan cumbia, humor travesti y compromiso político. Entre canciones, risas y reflexión, sus integrantes reivindican la construcción de redes, la diversidad y la alegría como forma de resistencia.

Por María del Carmen Varela




MU 214: Mujer maravilla

Ser de luz: Nina Suárez

Acaba de sacar el disco El lado oscuro, donde enfrenta algunos fantasmas y ausencias familiares y amorosas, acaso dos versiones de lo mismo. Lo hizo con un power trío que se suena todo. Ella compone, canta y toca la guitarra de una manera conmovedora y que remite inevitablemente a su madre, Rosario Bléfari. Breve semblanza de una artista capaz de brillar con la oscuridad.

Por Franco Ciancaglini




MU 214: Mujer maravilla

Crónicas del más acá: GPS

Por Carlos Melone

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La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

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Córdoba llegó a la undécima edición del Ni Una Menos con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. Córdoba salió a la calle bajo la lluvia este 3J, once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta.

Por Bernardina Rosini

El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: lavaca.org.

Lo que no se puede creer

Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.

Varones

Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema? Fotos: lavaca.org

«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org

La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.

Dónde está Delicia

Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.

Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.

Justicia sin apellido

Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»

Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.

La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org

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