Nota
#FueTortura: histórica condena a seis prefectos
El Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional N°9 condenó a los seis prefectos acusados por las torturas contra Iván Navarro y Ezequiel Villanueva Moya, integrantes de La Garganta Poderosa, ocurridas en septiembre de 2016 en la Villa 21-24. Las penas fueron de entre diez y ocho años de prisión, también por los delitos de privación ilegal de la libertad, lesiones leves y robo agravado y calificado. Fue en la misma sala en la que en 1985 se dictó la histórica sentencia del Juicio a las Juntas. Qué significa esta condena en la era Bullrich. Qué dijeron los efectivos. El abrazo de la calle a los jóvenes. Las palabras de Nora Cortiñas. Crónica de un juicio que dejó un veredicto claro: hay un límite a la violencia estatal y es social.
-Estoy contento. Ahora estoy bien, con mi familia. Yo sabía que iba a pasar esto y por suerte pasó: les dieron condena y se hizo justicia.
Ezequiel Villanueva Moya habla entre abrazos, llantos, risas y un pogo colectivo. Se toma treinta segundos para responder y seguir saltando, abrazarse con Iván Navarro, en un mar de remeras rojas de La Garganta Poderosa frente a Tribunales, después de un fallo histórico: el Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional N°9 de la Capital Federal condenó a seis integrantes de la Prefectura Naval Argentina a penas de entre diez y ocho años por haber torturado a Ezequiel y a Iván durante la noche del 24 de septiembre de 2016, en la villa 21-24 de Barracas.
En todos los casos, el tribunal integrado por los jueces Fernando Ramírez y Jorge Gettas, y la jueza Ana Dieta de Herrero, consideró que los prefectos cometieron los siguientes delitos:
- Tortura.
- Privación ilegal de la libertad.
- Lesiones leves.
- Robo agravado y calificado.
El tono histórico del veredicto –cuyos fundamentos se leerán el 22 de octubre a las 15 horas- lo marcó el canto con que La Poderosa abrazó a Iván y a Ezequiel en la calle:
- «A nuestros pibes no tocan más, Patricia Bullrich va a tener que renunciar».
- «Macri, basura: vos sos la Prefectura».

Ezequiel Villanueva llora de emoción después de conocerse el fallo, llevado en andas por Ignacio Levy, referente de la organización La Poderosa.
Foto: Revista Cítrica
La tortura cotidiana
A las 10:30, el Salón de los Derechos Humanos comenzó a llenarse. Entre los banquillos circulaban comentarios sobre la omnipotencia de la sala con un dato histórico: es la misma que en 1985 condenó a la cúpula de la dictadura militar en el Juicio a las Juntas. Treinta y tres años después, mientras la espera se hace eterna, se condenaron a seis prefectos por tortura, privación ilegal de la libertad y robo agravado a dos jóvenes de un barrio popular.
Los acusados entraron a las 10:52. Los jueces, dieciocho minutos después. Todos se paran, protocolo solemne de una espera que no termina y se extenderá hasta las 15, previo cuarto intermedio. El presidente del Tribunal, Fernando Ramírez, comunica que otorgarán el derecho a los imputados de decir sus últimas palabras a los jueces.
Hablaron cinco de seis.
El primero es Leandro Antúnez, uno de los principales denunciados. «Solo quiero decir que no me considero un torturador ni un criminal, sólo una persona que trabaja. Y cometí un error. Lo reconozco. Perdí mi familia, mi libertad. Reconozco que estuve mal. Estoy arrepentido».
Luego, habló Eduardo Sandoval. «Ingresé a la fuerza para tener un futuro mejor», dijo, en el proceso que lo juzgó por torturador. Apuntó que tiene una hija que aún no pudo conocer, que «jamás» estuvo por la “zona” la noche de las torturas y que sólo quiere volver con su familia.
Siguió Osvaldo Ertel, el más extenso. Dijo que se lo acusaba de «cosas» que no cometió, que no estuvo en el lugar, pero se contradijo al final: «Les pedimos disculpas por el momento que les hicimos pasar». También juró que no torturó a nadie: «Yo estaba aparte, no estaba con ellos. Sí fue una falta no haberlo denunciado, pero no era mi procedimiento». Dijo que no son una «banda» ni «malhechores», y que sólo fue «un hecho al voleo, de pasada», como si la tortura a dos jóvenes fuera sólo un detalle de un día de servicio. También pidió disculpas y se comparó con Iván y Ezequiel: «Todos pasamos lo mismo. Ellos a lo mejor se encuentran con miedo, como nosotros. Pero a lo mejor estamos peor, porque estamos encarcelados». Afirmó que, a partir de ahora, no quiere saber más nada con ninguna fuerza. Y sumó una curiosa interpretación del accionar policial en Argentina: «Ahora entiendo por qué algunos tardan tanto en llegar a los procedimientos: no quieren problemas ni quedar detenidos».
Luego, vino Ramón Falcón. El nombre causa comentarios en la sala: Ramón Falcón se llamó el jefe de la Policía de la Capital que reprimió las manifestaciones obreras de principios del siglo XX, como la Semana Roja. Falcón fue el primero que mencionó a Iván y Ezequiel: lo hizo tres veces. «Estoy arrepentido por todo lo que pasaron Iván y Ezequiel. Disculpas a sus familiares por todo lo que pasó. Me gustaría estrecharles la mano». Los jueces le recordaron que el momento es sólo para sus últimas palabras al Tribunal. Solo agregó que estaba arrepentido.
Yamil Marsilli fue el único de los seis prefectos que no habló.
El último fue Orlando Benítez, de cuya arma encontraron casquillos en las zonas denunciadas por Ivan y Ezequiel. También los nombró. También dijo que era una persona de bien. También dijo que no se consideraba ni un criminal ni un torturador. También pidió disculpas con un extraño argumento: «Somos personas, nos podemos equivocar». Cabe destacar que los hechos por los que todos pidieron disculpas, que describieron como «al voleo, de pasada», y que definieron como un simple «error», son los siguientes:
- Iván y Ezequiel fueron detenidos sin justificación.
- Los esposaron.
- Los trasladaron a un destacamento de Prefectura.
- A Ezequiel lo golpearon y amenazaron en un baño químico.
- A Iván lo amenazaron y golpearon en uno de los móviles.
- Los trasladaron a un descampado frente al Riachuelo.
- Les siguieron pegando.
- Les ordenaron arrojarse a las aguas.
- Los sometieron a simulacros de fusilamiento.
- Les robaron.
- Los hicieron correr bajo la amenaza de que el más lento sería asesinado.
Luego de las palabras de los prefectos, el TOC N°9 llamó a un cuarto intermedio y postergó el veredicto para las 15 horas. Previo a la sentencia, la Madre de Plaza de Mayo-Linea Fundadora, Nora Cortiñas, sintetizó: «Nunca vi esto. Es una gran parodia. Piden perdón, hablan de sus familias. ¿Y las familias de los chicos que torturaron? ¿Y los pibes? ¿No tienen navidad y año nuevo? ¿No tienen la vida por delante? ¿Por qué no piensan? La policía tiene que empezar a tener cursos de derechos humanos en vez de cómo torturar. Y que sepan que ninguno sale impune de los delitos gravísimos que cometen. Esto muestra que realmente cometieron los delitos por los que son acusados. Se terminaron de inculpar».

Iván Navarro festeja que, una vez, fue justicia.
Foto: Revista Cítrica
La condena histórica
Por los pasillos comenzó a circular el rumor de que el veredicto se adelantaría para las 14:30. Finalmente, los acusados ingresaron a la sala a las 15:02. Los jueces no demoraron mucho más: tan sólo nueve minutos, pero parecieron nueve horas. “¿Hasta cuándo?”, era la pregunta que circulaba entre una decena de policías que custodiaban que nadie utilizara celulares.
El juez Ramírez leyó las penas:
- Antúnez, Ertel y Benítez fueron condenados a 10 años y seis meses de prisión.
- Falcón, Sandoval y Marsilli, a 8 años y 11 meses.
Todos por los delitos de torturas, privación ilegal de la libertad, lesiones leves y robo agravado y calificado. También tendrán inhabilitación perpetua para ejercer cargos.
En la sala que 33 años atrás había condenado a la Junta militar, se reflejó un canto:
- «Como a los nazis les va a pasar, a donde vayan los iremos a buscar».
Luego, todo continuó donde se construyó esta condena, que primero fue social: la calle.
"A nuestros pibes no tocan más, Patricia Bulrrich va a tener que renunciar" se canta ahora. #FueTortura pic.twitter.com/nRSFY7RXHg
— lavaca tuitera (@Lavacatuitera) September 21, 2018
El límite
Iván y Ezequiel salieron con referentes de La Poderosa sosteniéndolos en hombros. Luego, los abrazó la marea roja. Estaban emocionados, cantando, llorando. Pero también riendo.
“Más allá de la discusión de los años de las penas, lo importante acá es que después de un juicio que duró cuatro meses logramos probar que Ivan y Ezequiel fueron víctimas de torturas, de robos, y que sobrevivieron para contarlo”, dice desde las escalinatas Gabriela Carpineti, una de las querellas de La Poderosa. “Con Iván y Ezequiel llegan las voces de miles de jóvenes de todos los barrios populares de la Argentina por los que no logramos hacer justicia porque fueron asesinados o porque, simplemente, no se animaban a denunciarlo. Porque la falta de acceso a la Justicia, también es impunidad. No festejo que ningún ser humano vaya a la trituradora del sistema penal, pero sí festejo este acto de justicia y este mojón en la lucha contra la impunidad en un contexto de criminalización de la protesta, de hostigamiento a los sectores populares y con un discurso de odio que brota del Gobierno nacional, racista contra todos los trabajadoras y trabajadoras, pero sobre todo contra los pibes de barrios pobres”.
Nora Cortiñas, siempre presente, ahora y siempre, también habló: “Se hizo justicia. Y lo hicieron los jóvenes y la movilización popular. Y también este empeño de los familiares y de los propios chicos que fueron torturados. Qué vergüenza que en la Argentina se siga torturando, ¿no es cierto? Esto es un avance y un fallo muy importante. Hay que seguir la lucha porque es responsabilidad del Estado: basta de criminalizar la protesta y de perseguir a los jóvenes”.
Nora Cortiñas, siempre. pic.twitter.com/jcxTgv13fY
— lavaca tuitera (@Lavacatuitera) September 21, 2018
Sobre la calle, Iván se tomó un respiro entre canto y canto, y dijo a lavaca:
-Estaba muy nervioso antes de la sentencia, con mucha impotencia. Pero después escuché todo, salí y vi a mis compañeros. Estoy muy contento. Se hizo justicia, como se tenía que hacer.
Como se tenía que hacer: eso también quedó claro en el veredicto y en esta calle que late.
Hay un límite.
Es por abajo.
Y es social.
Protesta social
Marcha de jubilados: medias, bochinches y ningún dólar en las orejas

Un miércoles tranquilo en la ronda de jubilados en Congreso, que despierta dudas ante la necesidad de hacer “un poco más de bochinche”. Como homenaje al Día del Jubilado (domingo pasado) hubo un puesto de hamburguesas y choripanes de la UTEP. “El hambre es desesperante” dijo una de las mujeres que servía a esa cola ampliada con gente de la calle en busca de qué comer. Historia de cómo sobrevivir a una jubilación hiper mínima (porque encima se arrastra una deuda). Los alfajores, las medias, y la salud encontrada en el gesto de movilizarse.
Por Lucas Pedulla Fotos Juan Valeiro/lavaca.org
A sus 76 años, Luis Relinque tiene que vender medias para llegar a fin de mes.
–Si no trabajo, no como.
Y para comer tiene que trabajar, aunque hace once años que está jubilado. El único día que no sale a vender por la zona de Once es el miércoles, cuando camina las diez cuadras que separan su casa –Remedios de Escalada, sur del conurbano bonaerense– de la parada del 37 que lo deja en el Congreso de la Nación.

El dato, que solo en esta Argentina pareciera naturalizarse, lo explica fácil:
–Soy jubilado de la mínima. Cobro $400.000 limpios, justos. El mismo día de cobro pago la luz, el gas, el agua y con todo lo que tengo me quedan limpios, justos, $210.000. Si no trabajara, son $7.000 por día hasta el mes siguiente. ¿Cómo hacés?
La pregunta flota mientras alrededor se dispone la movilización de cada miércoles. La Rama de Trabajadoras y Trabajadores de Espacios Públicos de la UTEP (gremio de la economía popular), llamada “Lxs Parrillerxs”, puso un puesto para regalar choripán y hamburguesas por el Día del Jubilado, que fue el domingo. Se sumó mucha gente de la calle: “El hambre es desesperante”, dice una señora mientras corta el pan. Sobre la vereda se acomodan trabajadoras y trabajadores de la ANSES, que denuncian una “sangría por goteo” en el organismo encargado de las jubilaciones y pensiones: el Gobierno abrió un plan de retiros voluntarios, el segundo del año. Un trabajador dice a lavaca: “En el anterior se fueron más de 1.000 personas. Muchos agarran porque están muy endeudados. La idea es que quede un ANSES chico, si es que queda”.

Por su parte, Luis tendría que estar cobrando un poco más: en septiembre la mínima llegó a $498.633,20, contando el bono de $70.000, congelado hace 30 meses: según el Centro de Economía Política de la Argentina (CEPA), si fuera por movilidad Luis y cinco millones de jubilados y jubiladas más tendrían que percibir un bono de $223.148. Pero Luis cobra solo $400.000 limpios porque está endeudado: hace ocho años sacó un crédito.
–Se me cayó un árbol del fondo de casa en la cabeza. Tuve derrame cerebral. También me hizo pelota la rodilla: hoy tengo una prótesis. Mirá vos, es la misma rodilla que la policía me reprimió en una marcha el año pasado: la tengo peor. Me queda este año de crédito, así que espero para fin de año terminar de pagarlo y poder cobrar un poquito más.

Por eso todos los días –salvo los miércoles– sale a vender tres pares de medias a $1.000: camina mirando a todos lados para que los “parásitos con uniforme” no le decomisen la mercadería, como viene ocurriendo en la ciudad de Buenos Aires bajo la gestión de Jorge Macri. Antes Luis vendía alfajores y podía hacerle algún regalo a su nieta de 13 años, o darse un gustito como ir al teatro. Pero los alfajores subieron tanto que ya no es negocio. Cuenta que la idea de las medias le llegó mirando la televisión.
–Veía a tanto operador político en la tele que pensé: si las medias me salen lo mismo que un chupetín, quizá la salida a esta crisis sea chupar medias, en serio te digo.
Luis habla y piensa con mucho humor, pero siempre aclara que lo dice en serio. Cuenta que fue la primera persona que puso un boliche gay en provincia de Buenos Aires – “Chelovecos, en 1974”–, que también tuvo una tanguería y que por muchos años se dedicó a cocinar en su casa para geriátricos o centros de jubilados. Como siempre trabajó por su cuenta, pudo jubilarse con una parte de aportes y otra de moratoria.

–Hoy el Gobierno la cortó, pero la moratoria ayudó mucho. Conozco gente que nunca aportó y ahora te dice: “Cristina chorra”. Bueno, entonces devolvé la jubilación o donala a un comedor.
A diferencia de lo que dijo el presidente Javier Milei tras su discurso en Naciones Unidas en Nueva York, a Luis –como argentino– no le salen dólares por las orejas. Es una de las tantas razones por las que no se pierde ningún miércoles.
–Hace unos años me quedé viudo. Me pasaron todas, pero yo le aconsejo a la gente mayor que venga a la marcha. No sólo como protesta, sino porque es bueno para uno. Es una cuestión de salud. A mí me ayudó mucho porque me olvidé de mí: me acuerdo más de la madre de Milei que de mí. En serio, te digo. Algunos jubilados me dicen: “No, mejor me voy a hacer un estudio al médico”, pero es como un coche en el mecánico: algo siempre te van a encontrar. No digo que esté mal, ojo, pero hay gente que está todo el día en la casa mirándola por televisión y pensando en sí mismo. Con hacer un cartel o pensar alguna cosita, ya la cabeza se me despeja.

La semana pasada, Luis trajo el “Desodorante Javo”, con una característica premium: “Te deja seco las 24 horas”. ¿Qué significa ese humor en la lucha de cada miércoles?
Luis es crítico:
–Yo vengo porque la jubilación me alcanza nomás para diez días. Me gustaría que hagamos un poco más de bochinche. Acá nos encerraron. Venimos y damos una ronda: no tenemos nada para festejar pero damos la vuelta olímpica como si fuéramos campeones. Luego, a casa. Hay que ir al Obelisco, a Corrientes. Acá no nos ve nadie. No estoy en contra, porque nos encontramos, pero haría un poco más de calle. Lo único que falta es que nos pongan mesas y nos hagan jugar a las damas: para eso voy a la plaza de mi barrio. En Lanús me preguntan: “¿Luis, no marchan más?”.
La marcha –la ronda a la que Luis pide más bochinche– está por empezar.
¿Qué espera?
–Mirá, el día que no pueda caminar más ni vivir a medias, me amenazo al Presidente así me vienen a buscar: ya averigué que no me sacan la jubilación, me llevan en cana, y al menos tengo una lamparita para leer algún libro y amigos que me traerán algún sanguchito de miga. Lo mismo que haría en casa lo hago allá. En serio, te digo.
¿Hay opción B?
–Que cambie el Gobierno. Eso daría un poquito de esperanza. La primera medida tendría que ser darnos un aumento. De mínima. Esta lucha que hacemos va a pasar a la historia como algo que era necesario hacer. El que no labura ni lucha, no come.
Hincha de Independiente y fanático de Manal, Luis se despide y se mete a la marcha.
Revista Mu
MU 216: Qué, cómo y cuándo cambió todo


Ley de Tierras y después: Cambio de tema
Durante meses el gobierno logró imponer los temas, los tiempos y las preguntas. Hasta que una discusión sobre la tierra parió otra cosa. Lo que apareció detrás y después de ese debate no es –solo– una disputa jurídica ni económica, sino una pregunta más profunda sobre la soberanía, la identidad y el futuro. De César Aira a Peter Thiel, una lectura de la actualidad para crear lo que falta.
Por Claudia Acuña

Viaje a la vida en el Paraná II: En modo Costa Pobre
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Atanor condenada por contaminación: La odisea
Más de 200 muertes en seis manzanas del Barrio Química, la contaminación probada del agua, aire y suelos, y el “daño irreversible” al Paraná en San Nicolás ratificado por la Corte Suprema bonaerense. La sanción económica es mínima para una multinacional (equivalente a dos camionetas) pero está por comenzar la causa penal a sus ejecutivos. Lo que cuentan el barrio y el abogado Fabián Maggi sobre este viaje de más de una década para que no haya impunidad.
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Agroecología en Misiones: El libro de la selva
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Delia Tedín, decoración, política y clases altas: Mucho gusto
Con tupido árbol genealógico y privilegios de cuna, aprendió el valor de la diversidad y la rebeldía frente a un ambiente que “olía a odio”. Eligió su propia vida como decoradora, sin perder nunca de vista el contexto social. Sus pasiones: fomentar el trabajo y la creatividad del país, y combatir la idea de que las personas tienen la culpa si les va mal en estos tiempos. Conversación sobre bombas, estupidez, poder, Nerón y el arte de mantener los ojos abiertos.
Por Sergio Ciancaglini
Fotos: Juan Valeiro

Carne de cañón: las víctimas travestis-trans de la dictadura
A 50 años del golpe de Estado, el Archivo de la Memoria Trans reunió en un libro testimonios individuales, relatos colectivos y el registro del Juicio Brigadas, el primero que toma como víctimas del terrorismo de Estado a mujeres travestis trans. El libro no habla solo de violencia, sino también del humor, la amistad, la resistencia y las formas que ellas inventaron para poder seguir vivas. Pistas sobre dónde encontrar claves para el futuro.
Por Evangelina Bucari

El libro La nueva oligarquía: Tecnopoder
¿Quién gobierna el mundo? ¿Qué transformaciones y deformaciones de la democracia se están intentando? ¿Qué pasa con la soberanía? ¿A quién hay que vigilar? Temas de La nueva oligarquía, del sociólogo argentino Ariel Goldstein y editado por Marea. Aquí, fragmentos que invitan a su lectura para bucear varios dilemas del presente.

Zoe Hochbaum: Comerse el mundo
Actriz, bailarina, escritora, productora: 27 años, una nueva película y un programa de radio. Zoe puede oscilar entre la comedia con flamenco, los monstruos literarios y la reconstrucción de los vuelos de la muerte. El homenaje al radioteatro, y el ejercicio de la amistad como salvavidas para los tiempos en los que la realidad parece querer fagocitarnos.
Por María del Carmen Varela
Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org

Crónicas del Más Acá: Rambo al sur
por Carlos Melone
Nota
La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Córdoba llegó a la undécima edición del Ni Una Menos con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. Córdoba salió a la calle bajo la lluvia este 3J, once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta.
Por Bernardina Rosini
El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: lavaca.org.
Lo que no se puede creer
Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.
Varones
Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema? Fotos: lavaca.org
«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.
Dónde está Delicia
Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.
Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.
Justicia sin apellido
Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»
Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.
La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
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