Nota
Prendidas fuego: Asuntos que queman, de Jimena Pérez Salerno
Una obra de teatro protagonizada por tres mujeres explora a través de la danza y los cuerpos la era digital, la sobreinformación, la virtualidad y los sentidos. El resultado es un reflejo de época y una línea de fuga hacia las preguntas que no tenemos tiempo para hacernos, pero que nos definen. Por Lucía Aíta

Jimena López Salerno.
Foto: Martina Perosa
Cuando hablamos de una mutación podemos pensar en X-Men o en alguien con muchos brazos. Lo mutante suena a monstruoso o algo que da miedo, y cuando algo da miedo la primera reacción suele ser tomar una postura dicotómica moral: es bueno o malo. Y, más generalmente, lo que da miedo está mal.
Sin embargo, en tiempos de pelos de colores y acciones performativas que tiñen de verde las calles, una posición negativa sobre todo lo que se transforma o muta en la actualidad queda bastante anacrónica. Jimena Pérez Salerno (performer, bailarina, coreógrafa y directora) dirá que aburre. Desde su sensibilidad radicalmente contemporánea, Pérez Salerno no toma ninguno de los dos caminos moralizantes, sino que crea un tercero: habitar la era digital desde los cuerpos femeninos.
Asuntos que queman no es sólo una obra de danza, sino una mirada que resulta necesaria y urgente, porque experimenta con cuerpos situados que desbordan vitalidad y arden al ritmo de un shock informativo que parece quemarnos, pero que también nos enciende.
La mirada de Jimena es mutante porque puede detener el tiempo digital y ver a través del humo que generan las falsas respuestas y certezas apocalípticas sobre nuestro presente y nuestro futuro.
Futuro primitivo
¿Qué es lo que muta? “Todo: hoy estamos en plena transformación de la erótica, la sensibilidad, los vínculos y los gestos”, responde Jimena y cuenta que la obra surge de proponerse el encuentro del cuerpo con ese mundo digital que hoy coloniza nuestras prácticas.
Jimena tiene 33 años y las bailarinas-perfomers (Laila Gelerstein, Quillen Mut, Luna Schapira) cuentan veinti pocos. No es un dato menor. Es una generación que habita la era de la web pero que se crió sin ella. Conocen el antes y el después, y la velocidad de los cambios. Desde esos cuerpos jóvenes femeninos, los mismos que hoy invaden las calles y las redes peleando por sus derechos y un mundo más justo, aparece la posibilidad de una mirada sobre la época distinta a la habitual, que aburre.
Durante la obra dos mundos posibles y paralelos se entrecruzan y forman uno solo. En uno, tres chicas jóvenes se acompañan alrededor de un fuego. Se miran, se tocan, comparten. Escuchan atentas y juntas lo que pasa alrededor. Se mueven en forma que parece primitiva y en sus movimientos se notan dos cosas claras: contacto y fuerza. Parece un mundo onírico y lejano y, sin embargo, el link mental y sensitivo que se genera con las movilizaciones, acciones y vigilias feministas es inmediato.
Atrás de las jóvenes, el otro universo: un domo formado por pantallas comienza a descargar información que se vincula y asocia a la velocidad de los meteoritos. Frente al bombardeo, la actitud de las protagonistas de este nuevo cosmos imaginado no es esconderse ni refugiarse, sino bailar. Y no es un baile naif, ni desentendido ni alienado. Es un baile con furia que por momentos parece un juego y, por otros, una pelea. Los movimientos muestran acción intensa, una acción muy distinta a la apatía y a la parálisis profetizada por las visiones críticas al mundo online. “En la obra creamos una especie de futuro primitivo. Nos gusta jugar mucho con esta medida de tiempo inexacta que trae la virtualidad”, dice Jimena. “La virtualidad para nosotras tiene algo increíble que es que nos propone otros modos de pensar el presente, lo real y el tiempo. Desde que Internet creció se empezó a correr todo lo que una sabía o creía que se sabía y más o menos manejaba. Por eso percibimos que hay que volver a inventar modos para existir, para estar. Hay algo de eso que nos fue transformando y nos sigue transformando a nosotras mismas. Y en vez de renegar de ello empezamos a inventar con eso un nuevo mundo. Es lo que la ficción permite. La ficción es con lo que podemos jugar, pensar, reflexionar. Me parece una zona muy necesaria, muy vital”.
Estado de pregunta
Cada vez que Jimena responde cómo fue el proceso de investigación hace un mismo gesto: aprieta sus puños y simula que abre algo en el aire. La intensidad con la que lo hace es como si desgarrara una carne dura para ver qué hay detrás. Y mientras mueve así sus manos una y otra vez, lee en voz alta de su cuaderno las preguntas que se hizo y se sigue haciendo en cada puesta: “¿Qué nos pasa como generación? ¿Cuáles son nuestros síntomas? ¿Cómo nos afecta la información? ¿Qué hace posible hoy al afecto entre las personas? ¿Qué tipo de afectos produce la actualidad, internet mediante? ¿Qué sucede con el cuerpo?”. Y, como si hiciera falta, agrega: “Con todas estas preguntas y más tratamos de ir de lo general a lo particular, observando cómo Internet atraviesa ya toda nuestra vida cotidiana. No tenemos tiempo de pensar y todo el tiempo hay que tomar una decisión sobre algo con una opinión formada al respecto. Mi propuesta fue: ‘quiero estar en el medio y pensar’. ¿Podemos hacernos preguntas y no responderlas permanentemente? ¿Cómo es manternernos en un estado de pregunta?”.
Frente a esas preguntas, Jimena cuenta que el trabajo no fue sólo corporal, sino que hubo mucha lectura. La mixtura que resultó en apoyo teórico tuvo una particularidad que cuando una ve la obra, se nota: los grandes pensadores fueron un punto de partida y no de llegada, a la inversa de como suelen ser tomados en el mundo académico. Entre las muchas referencias Jimena señala, por un lado, a Pablo Maurette y sus ensayos bajo el título El sentido perdido. Maurette habla del tacto como un sentido fundamental y justamente cuestiona que la virtualidad nos puede llevar a perderlo. “Maurette analiza toda la información que entra en el cuerpo a partir del tocar. Hicimos muchos ejercicios a partir de eso, probar tocarnos con otras partes del cuerpo y sentidos. Entender que todo el cuerpo toca, la mirada también. Exploramos múltiples formas de estar en contacto”, dice Jimena y cuenta que, por otro lado, también leyeron al teórico italiano Franco Bifo Berardi, su Fenomenología del Fin, y los blogs de Mark Fisher, dos autores profundamente críticos con respecto al capitalismo cibernético. “La aceleración de la infoesfera nos expone a una masa creciente de estímulos que no podemos elaborar intensivamente o percibir y conocer profundamente. Más información, menos significado. Más estímulos, menos placer”, dice Bifo en su libro, por ejemplo.
Habiendo leído frases tan estimulantes como preocupantes, las mujeres de Asuntos que queman no se paralizaron: se animaron a linkear con sus cuerpos esas lecturas y a unir las preguntas para encontrar una nueva forma explorar vínculos y placeres, a pesar del exceso de estímulos.

Laila Gelerstein, Quillen Mut y Luna Schapira, las actrices de Asuntos que queman.
Foto: Martina Perosa
Reciclar la web
imena denomina a su obra “ensayo escénico digital”, tres palabras que dan en la tecla. Asuntos que queman es claramente un ensayo porque aborda una temática con profundidad reflexiva y desde una forma libre y experimental. Es también un trabajo escénico porque reúne perfomance y danza, poesías, visuales, experimentos sonoros y de programación desde una mirada coreográfica. Para Jimena todo ese material es coreografiable, y no sólo las acciones de los cuerpos vivos. Es decir: lo virtual también baila.
Por eso, la obra también es digital. Las jóvenes trabajaron a partir de residuos de Internet encontrados en la deep web (la web profunda), comentarios en foros, páginas de error y memes, entre otras cosas. Lo que hicieron fue reciclar según una de las mejores claves del mundo hacker: tomar lo que no sirve de algo, para construir otra cosa nueva. Las imágenes, sonidos y movimientos de la obra surgen entonces del trabajo curatorial del mismísimo shock de estímulos.
¿Cómo lo lograron? Algunas de las experimentaciones fueron:
Bailar una lluvia de comentarios. “Cuando pasaba algo importante políticamente entrar al chat y bailar lo que sucede en esa cadena de comentarios que viene uno abajo del otro. Una de las chicas trataba de atrapar todos los comentarios bailando, por ejemplo. Eso después se convirtió en una escena”.
Trabajar mucho con memes, humor digital y emoticones. “Hay una nueva forma de humor que despierta otros imaginarios. Y para mí hay algo muy bueno que es el imaginario colectivo que se genera. El meme no es algo suelto que lo inventó internet, el meme es un humor colectivo. Es algo que salió de nosotras y vuelve a nosotras no es algo externo. Es algo popular porque lo entendés muy rápidamente. Es la síntesis de la idea hecha imagen. Otra forma de comunicarnos”.
Investigaron las conexiones de sus propios historiales de navegaciones. “Íbamos grabando nuestro camino de navegación. Al principio de formas más aleatorias y después fuimos creando un guión de navegación”.
Hicieron un guión con perfiles de aplicaciones de citas. Una escena de la obra es una gran sonrisa en la pantalla que los escupe uno a uno y refleja el auto-diseño de sí que implican esos espacios de encuentros.
Participar.com
a obra no es sólo lo que pasa en el teatro sino que crearon un espacio virtual (www.asuntos.com.ar) al que denominan Laboratorio Transmedia y al que puede acceder gente que vio la obra y gente que no. Ese espacio permanece en actualización constante. ¿Qué quiere decir? Mucho de lo que pasa en la obra se vuelca a la página y viceversa. La página es en sí otra obra de arte que recibe a sus invitadxs con un cartel: “Este lugar no está en ninguna parte y es para siempre”, con pixeladas titilantes. La web invita a participar en distintas propuesta interactivas bajo distintos títulos:
Opinar: una secuencia para votar en forma binaria entre dos respuestas sobre algo.
Mirar: espacio para ver lo que las creadoras vieron para hacer la obra. Videos que van desde propuestas en Ucrania, videos de Trump y compilados de performances de La Ribot.
Hablar: un chat en el que se puede escribirle a las integrantes del grupo.
Espejo: para que los participantes puedan autofilmarse.
Los textos de la obra también son estados, posteos, comentarios ficcionados que la gente dejó en este espacio en red. Un ejemplo es que el público fue invitado a escribir sus propios “sueños con fuego” en la página, relatos pasaron a la obra. “El fuego también es sanación”, va a decir Jimena como al pasar. Y una de las performers lo muestra en escena cuando narra esos sueños e invita a soñar con imágenes de naturaleza, fuego y volcanes.
La mejor posible
n la maratónica tarea de abordar nuestra nueva realidad, Jimena no estuvo sola. Un equipo la acompañó a crear a partir de otra característica de la época como es el cruce entre disciplinas. Son parte del grupo especialistas de distintas áreas: literatura, artes performativas, audiovisuales, programación, música y tecno-artes. La problemática necesitaba ser pensada con esa mixtura. “Era un riesgo necesario el formato transdicsiplinar para un tema así. Fue lanzarse al abismo pero lo hicimos. Comenzamos siendo cuatro mujeres de cuatro de mundos totalmente diferentes”, dice y agrega que un elemento principal en relación a ocupar la dirección de un proceso creativo grupal es el cuidado. “Si bien es un trabajo colectivo, asumir la dirección es como ser un timón. Para que se vea el trabajo colaborativo realmente tiene que haber un eje, una guía, porque se tira mucha información de todo tipo y puede ser infinito. Es un trabajo minucioso y de mucho cuidado”.
Su primera experiencia como directora tuvo dificultades que trajo la coyuntura real. No pudieron terminar sus funciones en el CC Recoleta porque en esa nave insignia del gobierno macrista, como en otras, se le deben sueldos a los trabajadores. Paro mediante, Jimena decidió no irse a otro teatro oficial, como le ofrecían para acallarlas, sino volver al calor fogonero del circuito independiente. Como chica de época supo navegar la tempestad y eso, repite, requiere mucho cuidado: “Lo principal es el cuidado a todo nivel: con las personas, con los materiales, con entender qué estás diciendo o tomar estas decisiones políticas. El cuidado fue irnos para cuidar nuestro propio entusiasmo después de tanto trabajo”, dice Jimena y comenta que el gran aprendizaje de dirigir era darse cuenta que la obra tenía que ser no la idealizada sino “la mejor posible”.
Asuntos que queman también es una frase presente de la canción de Charly García: “Yo no quiero volverme tan loco”. Las chicas de Asuntos demuestran tanto afuera como adentro de la escena que explorar e intentar todo para no volverse locas es antes que nada una decisión ética, cuidadosa y profundamente política.

Directora y actrices.
Foto: Martina Perosa
Nota
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La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

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El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: lavaca.org.
Lo que no se puede creer
Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.
Varones
Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema? Fotos: lavaca.org
«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.
Dónde está Delicia
Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.
Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.
Justicia sin apellido
Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»
Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.
La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
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