Nota
¿De quién es la calle? Revelaciones de una reunión entre manteros y policías
Este martes 7 de mayo dos altos mandos de la Policía Federal debieron escuchar durante tres horas el testimonio de más de 30 manteros organizados que relataron los manejos mafiosos de la calle y la venta ambulante que hacen los agentes de esa fuerza en distintos puntos de Capital. La reunión se dio en el marco de una mediación organizada por el Ministerio de Seguridad, luego de una serie de denuncias de los manteros agrupados como “Vendedores Libres”(del movimiento Social Francisaco Jofré), que mantienen la ética de no pagar “coimas” en los lugares donde trabajan y que, por esa razón, son víctimas de una persecución mafiosa con connivencia policial. La jornada culminó con la promesa de Mario Alberto Morales, Jefe General de Comisarías, y Guillermo Colucci, comisario a cargo de las comisarias de la Comuna 6, de garantizar la seguridad física de estos manteros, y desarrollar un disciplinamiento de la policía en materia de intervenciones contravencionales.
La reunión
En la sede del Ministerio de Seguridad ubicada en México 12, a las 10 y media fueron ingresando más de 30 manteros organizados en la Asociación Francisco Jofré, más conocida como “vendedores libres”, mote que les da distinción en cualquier parte de Capital porque:
- Fueron desplazados por la Policía Metropolitana de la calle Florida (la organización tuvo 50 días de resistencia evitando el desalojo), en una represión que dejó decenas de heridos y sin alternativas a los vendedores, que ahora emigraron a Caballito;
- No “arreglan” con la policía ni se someten a los antiguos sistemas de disciplinamiento callejero, en general a cargo de agentes de la Policía Federal en connivencia con redes clandestinas de mercadería, y hasta punteros y patotas;
- Vienen denunciando las persecuciones que, desde que están en Caballito, sufren por parte de la Federal (pedidos de coima, amenazas, procedimientos ilegales) e incluso de otros vendedores que sí “arreglan” y ven en estos manteros una desleal justicia.
Mario Morales, jefe de las comisarías, y Guillermo Colucci, a cargo de la Comuna 6, fueron los encargados de dar la cara ante la ausencia (de una prometida presencia) de los comisarios de las comisarías 10, 11 y 12, de la jurisdicción de Caballito. Ya desde entrada, los encargados del Ministerio avisaron el cambio de planes: “Consideramos mejor que no vengan para que ustedes se puedan explayar”, aseguraron. Pero los manteros ya lo tenían decidido desde antes: se iban a “explayar” esté quien esté en frente.
El primer orador fue Julio Pereyra, mantero, quien el 8 de marzo sufrió un ataque de otros vendedores – que identifica como “punteros” arreglados con la policía-, al punto de tener que esquivar unos cuchillazos. Pereyra describió, paso por paso, el desarrollo de la persecución que derivó en aquel episodio: desde que fueron echados por la Metropolitana de Florida, cuando repartieron volantes en Caballito para hacerse oír, el desembarco en Acoyte y Rivadavia el 4 de diciembre pasado, y el “sistema de trabajo” que el subinspector Mainardi (Comisaría 12) les sugirió apenas llegados. Todo ante la mirada atenta de los funcionarios federales, y los compañeros manteros que afirmaban y completaban apellidos y cargos de los policías involucrados.
Las amenazas, relató, estuvieron desde el primer día. Organizados, los manteros tuvieron un primer momento de negociación con el responsable de la seguridad en Caballito: el comisario de la 12, de apellido Cuncio. “Nos trató amablemente y nos dijo que no nos preocupemos, que trabajemos tranquilos”, dijo Pereyra.
Al día siguiente de esa reunión, cuando llegaron los Vendedores Libres a Acoyte, todo el resto de los manteros (muchos de ellos empleados de mayoristas, que tienen mantas en distintos puntos de la ciudad en connivencia con la policía) estaban, pero desarmados. Es decir: no había nadie vendiendo ese día. También estaba Mainardi, el subinspector del “sistema de trabajo”.
Omar Guaraz, otro de los referentes de Vendedores, tuvo un encontronazo con Mainardi. Le dijo: “No te quiero más acá”, sin más explicaciones”, relataron. Acto seguido, le pidió el documento y le secuestró la mercadería. La promesa del comisario Cuncio había durado menos de medio día.
¿Quién recauda?
Los mandos policiales presentes en la reunión preguntaron concretamente quién “recaudaba”. “La brigada”, fue la respuesta unánime. Los manteos se refieren a la Brigada Especial de Investigaciones de la Comisaría 12, que funciona de civil – aunque con el deber de identificarse- en autos que no son patrulleros y tienen presencia controladora en la calle. Dentro de la brigada, los manteros señalaron a Diego Bravo (jefe de esa Brigada), quien apareció recurrentemente en los relatos.
El otro día bisagra fue el 8 de marzo, cuando intentaron herir a Julio Pereyra con un cuchillo. La situación tensa la generó, horas después, un agente de apellido Cuello: “Le dijo a una compañera que se tenía que correr porque el mantero que vende cd´s quería poner otro paño al lado. Le dijo: ´Vos te tenés que ir, el único habilitado para estar acá es él¨”, relató Pereyra y completó Guaraz. “La diferencia el señor de los cd´s arreglaba, y la compañera de vendedores libres, no. Por eso tenía prioridad para poner un segundo paño y sacar el de ella”. Otro mantero agrega un dato no menor: “que tiene dos hijos”.
Pereyra cuenta cómo salieron a respaldar a la compañera que quería ser desplazada: “Yo saco el celular y lo empiezo a filmar, y ahí el tipo se pone nervioso, me empieza a amenazar, parecía un chico de 12 años”. Cuello terminó llamando refuerzos: llegó un patrullero, pero en vez de ayudar a Cuello, se lo llevaron ante la irregularidad del procedimiento. “Si ellos quieren seguir la denuncia se estarían autodenunciando, porque los que están en falta son ellos”, resume Pereyra.
Ese mismo día, a las 18 horas, una veintena de manteros “de los que arreglan con la policía”, ya agitados por la situación, se juntaron en frente de donde trabajan los Vendedores Libres. “Tenían palos y botellas y objetos en punta, como facas”, describe Pereyra. Y relata cómo uno de ellos intentó alcanzarlo a cuchillazos, cómo lo esquivó, y cómo salió corriendo hacia la avenida Acoyte donde se le tiró en el capot a un patrullero que de casualidad pasaba. La policía, a pesar de haber sido llamada en 4 oportunidades por Pereyra, no había aparecido desde que se llevaron a Cuello.
Sin ir más lejos, Omar Guaraz sintetiza: “Lo que está en peligro son nuestras vidas”.
Cuánto hay en juego
La organización que describen estos trabajadores involucra a agentes de la Federal que levantan 300 pesos todos los viernes y por cada mantero– 1.200 al mes- a cambio “protección” y libre venta para los aplicados. Los Vendedores Libres son la contracara: persecución y hostigamiento.
José levanta la voz, para no poner sólo el foco en Acoyte y Rivadavia, ya que él representa a vendedores del Parque Centenario: “Esto que estamos contando pasa en toda la Capital”, denuncia y enumera: “calle Avellaneda, Constitución, Retiro, Plaza Flores”. Y da un dato que ilustra cómo funciona el sistema contravencional: “El 90% de los procedimientos policiales se actúa de oficio, es decir, sin denuncia”.
Verguenza
“Me da vergüenza”, es lo primero que dice Guillermo Colucci, jefe de la 6ta. “Lo que ustedes están relatando me da vergüenza”. Colucci se presenta como “responsable administrativo” de las policías, es decir como capaz de “bajar órdenes”, pero no de seguir de cerca su implementación directa. Habla de “2 o 3 imbéciles”, dice que “no es una organización”, ofrece su teléfono (“si pasa algo, llámenme”), asegura que “pueden trabajar tranquilos” (frase que a los manteros les recuerda la inquietante promesa del comisario Cuncio) y asegura que si encuentra un oficial haciendo algo ilegal “los mato”.
Entonces salta José, feriante del Centenario. “Pero esto no es nuevo”, dice, “ya somos grandes”.
El jefe de comisarías, Morales, se compromete a garantizar la seguridad física de estos manteros en el lugar de trabajo; “tampoco les puedo poner un guardaespaldas que los siga hasta sus casas”. Dice que desde el Ministerio son capaces de sancionar a los policías involucrados en estas ilegalidades, pero no de “meterlos presos; para eso están las denuncias”. Y por último le intenta responder a José: “Pero a ustedes en Parque Centenario, ¿los siguen parando?”.
José: “No, pero es por lo que hemos hecho nosotros”. Además agrega la inquietud que sobrevuela a la buena predisposición de los responsables de la Federal: “No es que después de hoy van a dejar de cobrar coimas así como así”.
Lo que sigue
Damián, del Movimiento Social la Dignidad, propone concretar esta idea: en consenso con los trabajadores, avisa que intentarán organizar a todos los manteros de Caballito – a los punteros, también- para desarticular el sistema coimero.
Ada, otra trabajadora, agrega: “Estaría bueno que fuera al revés, que llegue el viernes y en buenahora nos asombremos que no pasó la Brigada a cobrar”.
Todos, los comisarios también, parecen estar de acuerdo.
Habla César, que dice haber trabajado 36 años en la calle. “Usted es el segundo funcionario que conozco que se identifica como un trabajador”, dice en referencia a palabras anteriores de Colucci. “El día que entendamos que todos somos trabajadores, los policías y nosotros, nos vamos a respetar”, asegura.
César va más allá: “Y para que vea que nosotros no nos quedamos en la queja, tenemos propuestas. Queremos una ley que regule la actividad. No somos ilegales, somos desregulados”, sentencia.
La Ciudad, la gran ausente
Cansados de hablar, y logrando arrancar algunas promesas de los responsables de la Policía Federal, los manteros pidieron la palabra del Ministerio, razón de este encuentro. Habló Carolina, directora del programa de Participación Ciudadana, quien resumió correctamente los puntos acordados en la reunión, promovió los foros de seguridad barriales, y terminó señalando la pieza que falta para encarar una solución integral de la seguridad: “Nos falta el actor del Gobierno de la Ciudad”, para regular los procedimientos contravencionales con los inspectores de la Ciudad, acordar propuestas conjuntas, prioridades, coordinación de fuerzas, competencias.
Pero la pelota hoy la tiene el Ministerio; su responsabilidad política se medirá con los resultados concretos de esta charla. Lo demás está claro y se seguirá discutiendo en los espacios que correspondan, siempre esperando que este paso sea el primero de otros que avancen en una regulación que les permita a estos trabajadores trabajar.
Protesta social
Marcha de jubilados: medias, bochinches y ningún dólar en las orejas

Un miércoles tranquilo en la ronda de jubilados en Congreso, que despierta dudas ante la necesidad de hacer “un poco más de bochinche”. Como homenaje al Día del Jubilado (domingo pasado) hubo un puesto de hamburguesas y choripanes de la UTEP. “El hambre es desesperante” dijo una de las mujeres que servía a esa cola ampliada con gente de la calle en busca de qué comer. Historia de cómo sobrevivir a una jubilación hiper mínima (porque encima se arrastra una deuda). Los alfajores, las medias, y la salud encontrada en el gesto de movilizarse.
Por Lucas Pedulla Fotos Juan Valeiro/lavaca.org
A sus 76 años, Luis Relinque tiene que vender medias para llegar a fin de mes.
–Si no trabajo, no como.
Y para comer tiene que trabajar, aunque hace once años que está jubilado. El único día que no sale a vender por la zona de Once es el miércoles, cuando camina las diez cuadras que separan su casa –Remedios de Escalada, sur del conurbano bonaerense– de la parada del 37 que lo deja en el Congreso de la Nación.

El dato, que solo en esta Argentina pareciera naturalizarse, lo explica fácil:
–Soy jubilado de la mínima. Cobro $400.000 limpios, justos. El mismo día de cobro pago la luz, el gas, el agua y con todo lo que tengo me quedan limpios, justos, $210.000. Si no trabajara, son $7.000 por día hasta el mes siguiente. ¿Cómo hacés?
La pregunta flota mientras alrededor se dispone la movilización de cada miércoles. La Rama de Trabajadoras y Trabajadores de Espacios Públicos de la UTEP (gremio de la economía popular), llamada “Lxs Parrillerxs”, puso un puesto para regalar choripán y hamburguesas por el Día del Jubilado, que fue el domingo. Se sumó mucha gente de la calle: “El hambre es desesperante”, dice una señora mientras corta el pan. Sobre la vereda se acomodan trabajadoras y trabajadores de la ANSES, que denuncian una “sangría por goteo” en el organismo encargado de las jubilaciones y pensiones: el Gobierno abrió un plan de retiros voluntarios, el segundo del año. Un trabajador dice a lavaca: “En el anterior se fueron más de 1.000 personas. Muchos agarran porque están muy endeudados. La idea es que quede un ANSES chico, si es que queda”.

Por su parte, Luis tendría que estar cobrando un poco más: en septiembre la mínima llegó a $498.633,20, contando el bono de $70.000, congelado hace 30 meses: según el Centro de Economía Política de la Argentina (CEPA), si fuera por movilidad Luis y cinco millones de jubilados y jubiladas más tendrían que percibir un bono de $223.148. Pero Luis cobra solo $400.000 limpios porque está endeudado: hace ocho años sacó un crédito.
–Se me cayó un árbol del fondo de casa en la cabeza. Tuve derrame cerebral. También me hizo pelota la rodilla: hoy tengo una prótesis. Mirá vos, es la misma rodilla que la policía me reprimió en una marcha el año pasado: la tengo peor. Me queda este año de crédito, así que espero para fin de año terminar de pagarlo y poder cobrar un poquito más.

Por eso todos los días –salvo los miércoles– sale a vender tres pares de medias a $1.000: camina mirando a todos lados para que los “parásitos con uniforme” no le decomisen la mercadería, como viene ocurriendo en la ciudad de Buenos Aires bajo la gestión de Jorge Macri. Antes Luis vendía alfajores y podía hacerle algún regalo a su nieta de 13 años, o darse un gustito como ir al teatro. Pero los alfajores subieron tanto que ya no es negocio. Cuenta que la idea de las medias le llegó mirando la televisión.
–Veía a tanto operador político en la tele que pensé: si las medias me salen lo mismo que un chupetín, quizá la salida a esta crisis sea chupar medias, en serio te digo.
Luis habla y piensa con mucho humor, pero siempre aclara que lo dice en serio. Cuenta que fue la primera persona que puso un boliche gay en provincia de Buenos Aires – “Chelovecos, en 1974”–, que también tuvo una tanguería y que por muchos años se dedicó a cocinar en su casa para geriátricos o centros de jubilados. Como siempre trabajó por su cuenta, pudo jubilarse con una parte de aportes y otra de moratoria.

–Hoy el Gobierno la cortó, pero la moratoria ayudó mucho. Conozco gente que nunca aportó y ahora te dice: “Cristina chorra”. Bueno, entonces devolvé la jubilación o donala a un comedor.
A diferencia de lo que dijo el presidente Javier Milei tras su discurso en Naciones Unidas en Nueva York, a Luis –como argentino– no le salen dólares por las orejas. Es una de las tantas razones por las que no se pierde ningún miércoles.
–Hace unos años me quedé viudo. Me pasaron todas, pero yo le aconsejo a la gente mayor que venga a la marcha. No sólo como protesta, sino porque es bueno para uno. Es una cuestión de salud. A mí me ayudó mucho porque me olvidé de mí: me acuerdo más de la madre de Milei que de mí. En serio, te digo. Algunos jubilados me dicen: “No, mejor me voy a hacer un estudio al médico”, pero es como un coche en el mecánico: algo siempre te van a encontrar. No digo que esté mal, ojo, pero hay gente que está todo el día en la casa mirándola por televisión y pensando en sí mismo. Con hacer un cartel o pensar alguna cosita, ya la cabeza se me despeja.

La semana pasada, Luis trajo el “Desodorante Javo”, con una característica premium: “Te deja seco las 24 horas”. ¿Qué significa ese humor en la lucha de cada miércoles?
Luis es crítico:
–Yo vengo porque la jubilación me alcanza nomás para diez días. Me gustaría que hagamos un poco más de bochinche. Acá nos encerraron. Venimos y damos una ronda: no tenemos nada para festejar pero damos la vuelta olímpica como si fuéramos campeones. Luego, a casa. Hay que ir al Obelisco, a Corrientes. Acá no nos ve nadie. No estoy en contra, porque nos encontramos, pero haría un poco más de calle. Lo único que falta es que nos pongan mesas y nos hagan jugar a las damas: para eso voy a la plaza de mi barrio. En Lanús me preguntan: “¿Luis, no marchan más?”.
La marcha –la ronda a la que Luis pide más bochinche– está por empezar.
¿Qué espera?
–Mirá, el día que no pueda caminar más ni vivir a medias, me amenazo al Presidente así me vienen a buscar: ya averigué que no me sacan la jubilación, me llevan en cana, y al menos tengo una lamparita para leer algún libro y amigos que me traerán algún sanguchito de miga. Lo mismo que haría en casa lo hago allá. En serio, te digo.
¿Hay opción B?
–Que cambie el Gobierno. Eso daría un poquito de esperanza. La primera medida tendría que ser darnos un aumento. De mínima. Esta lucha que hacemos va a pasar a la historia como algo que era necesario hacer. El que no labura ni lucha, no come.
Hincha de Independiente y fanático de Manal, Luis se despide y se mete a la marcha.
Revista Mu
MU 216: Qué, cómo y cuándo cambió todo


Ley de Tierras y después: Cambio de tema
Durante meses el gobierno logró imponer los temas, los tiempos y las preguntas. Hasta que una discusión sobre la tierra parió otra cosa. Lo que apareció detrás y después de ese debate no es –solo– una disputa jurídica ni económica, sino una pregunta más profunda sobre la soberanía, la identidad y el futuro. De César Aira a Peter Thiel, una lectura de la actualidad para crear lo que falta.
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Viaje a la vida en el Paraná II: En modo Costa Pobre
Los incendios y el dragado que rompen el ecosistema, los countries ocupándolo todo, el extractivismo de arena para el fracking, las privatizaciones, la contaminación masiva, la indolencia estatal: el Paraná debería ser un río de todos, pero parece un río de nadie. Navegación desde Escobar hasta las Lechiguanas, pasando por Costa Pobre, barrio popular amenazado, que simboliza mucho de esta historia. Voces e imágenes de quienes siguen defendiendo la vida del aire, el suelo, el agua y la justicia.
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Atanor condenada por contaminación: La odisea
Más de 200 muertes en seis manzanas del Barrio Química, la contaminación probada del agua, aire y suelos, y el “daño irreversible” al Paraná en San Nicolás ratificado por la Corte Suprema bonaerense. La sanción económica es mínima para una multinacional (equivalente a dos camionetas) pero está por comenzar la causa penal a sus ejecutivos. Lo que cuentan el barrio y el abogado Fabián Maggi sobre este viaje de más de una década para que no haya impunidad.
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Agroecología en Misiones: El libro de la selva
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Delia Tedín, decoración, política y clases altas: Mucho gusto
Con tupido árbol genealógico y privilegios de cuna, aprendió el valor de la diversidad y la rebeldía frente a un ambiente que “olía a odio”. Eligió su propia vida como decoradora, sin perder nunca de vista el contexto social. Sus pasiones: fomentar el trabajo y la creatividad del país, y combatir la idea de que las personas tienen la culpa si les va mal en estos tiempos. Conversación sobre bombas, estupidez, poder, Nerón y el arte de mantener los ojos abiertos.
Por Sergio Ciancaglini
Fotos: Juan Valeiro

Carne de cañón: las víctimas travestis-trans de la dictadura
A 50 años del golpe de Estado, el Archivo de la Memoria Trans reunió en un libro testimonios individuales, relatos colectivos y el registro del Juicio Brigadas, el primero que toma como víctimas del terrorismo de Estado a mujeres travestis trans. El libro no habla solo de violencia, sino también del humor, la amistad, la resistencia y las formas que ellas inventaron para poder seguir vivas. Pistas sobre dónde encontrar claves para el futuro.
Por Evangelina Bucari

El libro La nueva oligarquía: Tecnopoder
¿Quién gobierna el mundo? ¿Qué transformaciones y deformaciones de la democracia se están intentando? ¿Qué pasa con la soberanía? ¿A quién hay que vigilar? Temas de La nueva oligarquía, del sociólogo argentino Ariel Goldstein y editado por Marea. Aquí, fragmentos que invitan a su lectura para bucear varios dilemas del presente.

Zoe Hochbaum: Comerse el mundo
Actriz, bailarina, escritora, productora: 27 años, una nueva película y un programa de radio. Zoe puede oscilar entre la comedia con flamenco, los monstruos literarios y la reconstrucción de los vuelos de la muerte. El homenaje al radioteatro, y el ejercicio de la amistad como salvavidas para los tiempos en los que la realidad parece querer fagocitarnos.
Por María del Carmen Varela
Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org

Crónicas del Más Acá: Rambo al sur
por Carlos Melone
Nota
La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Córdoba llegó a la undécima edición del Ni Una Menos con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. Córdoba salió a la calle bajo la lluvia este 3J, once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta.
Por Bernardina Rosini
El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: lavaca.org.
Lo que no se puede creer
Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.
Varones
Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema? Fotos: lavaca.org
«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.
Dónde está Delicia
Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.
Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.
Justicia sin apellido
Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»
Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.
La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
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