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Amador Fernández Savater conversa con Claudia Acuña: “Ni representar, ni juzgar: la comunicación como territorio de vida”

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Entrevista de Amador Fernández Savater a Claudia Acuña, fundadora de lavaca, publicada en Rebelión el 16 de febrero de 2006

La revuelta del 19/20 de 2001 en Argentina desplegó o hizo visibles multitud de iniciativas colectivas que, en el vaciado radical de la representación política (“que se vayan todos, que no quede ni uno solo”), inventaban en los hechos cotidianos otras formas de vida: piqueteros, clubs de trueque, asambleas barriales, fábricas recuperadas, etc. Lo que se denominó un “nuevo protagonismo social”. Mientras las redacciones de los media oficiales estaban pobladas de autómatas y cínicos desbordados por lo que sucedía, en la calle se redescubría la comunicación social como fiesta colectiva. lavaca.org nació en ese contexto de extrema incandescencia a finales de 2001, animada por gente que sentía la necesidad imperiosa de respirar aire nuevo y darle la vuelta como a un calcetín al oficio de informar. Contra la mirada turística y/o impune del periodista estándar, el compromiso y los lazos vivos con ese “nuevo protagonismo social”; contra el espectáculo y los fuegos artificiales del “suceso”, la “noticia” y el “evento”, la insistencia en la realidad esencial de los procesos cotidianos; contra la tentación de juzgar, representar o señalar el camino a las experiencias alternativas, la función de acompañar, registrar, devolver y compartir el día a día de la construcción efectiva de otros mundos posibles. En definitiva, un útil, una caja de herramientas que prueba su valor diariamente en el roce sostenido con procesos sociales, mucho más allá de los círculos viciosos puramente militantes.
Antes de fundar lavaca hicisteis política desde otros medios más clásicos, sin relación directa con movimientos sociales. ¿Cómo fue esa experiencia? ¿qué límites encontrasteis en ella y qué reflexión os lleva a fundar lavaca?
Es difícil de resumir la experiencia previa de quienes hacemos lavaca sin tener en cuenta el contexto. Un ejemplo: yo comencé a trabajar profesionalmente dos meses antes de la guerra de Malvinas y una de mis primeras notas fue a las Madres de Plaza de Mayo, en plena censura de la dictadura, en una editorial que poco después fue clausurada por los militares. Al poco tiempo y en ese contexto logré publicar una nota que permitió a Abuelas de Plaza de Mayo recuperar al nieto N° 2.  Luego, trabajé con Jacobo Timerman, después en un diario innovador como Página 12, pasé por el hipercomercial Clarín, hice la experiencia de llevarle un proyecto a un inversionista y convencerlo… Es decir, algunos tenemos más de 20 años en el periodismo y hemos desarrollado una experiencia profesional clásica o tradicional: pasamos de cronistas, a redactores, a editores, a directores. Ganamos dos premios Rey de España, escribimos libros, tuvimos hijos y, ahora, plantamos este árbol que es lavaca. Pero antes, durante y siempre tuvimos una relación con la política que también estaba relacionada con el contexto. Es decir, que además de ser periodistas fuimos militantes, delegados gremiales, activistas de derechos humanos. Y en algún momento de la Historia argentina esto pareció coincidir. Es decir, que nuestra sensibilidad social –por así decirlo- podía plasmarse en el tipo de trabajo periodístico que hacíamos. Logramos recibir un salario por escribir aquello que veíamos. Sin embargo, a fines de los 90, cuando la brecha entre lo que se veía y se podía escribir comenzó a tornarse insoportable, producto de la decadencia de los medios comerciales y sus brutales condiciones de producción, nos encontrábamos en la peor ubicación. Esto es, convertidos en jefes de un ejército de autómatas o cínicos. Nos quedaba, entonces, una de dos: quejarnos o salvarnos. Saltamos del Titanic, abrazados al madero de nuestras convicciones. Y aquí estamos, vivitos y coleando.
Contadnos la trayectoria de la experiencia de lavaca
lavaca comenzó en la mesa del comedor de nuestra casa hace ya cuatro años. Y hoy sigue allí. Todo el resto cambió –nuestra cabeza, nuestro trabajo cotidiano, nuestro humor, nuestras teorías y prácticas- pero ese espíritu inicial no varió. No quisimos y no queremos criar estructuras, sino experiencias. El lema inicial estuvo inspirado en una frase del filósofo John Zerzan: “hacé algo o callate”. Y los primero que hicimos fue callarnos. Dejamos de asistir a las mesas redondas donde se diagnostican los males de la época (hasta el día de hoy seguimos rehuyendo de estos convites), para comenzar a hacer algo, que no sabíamos bien qué era hasta que lo comenzamos a hacer. Lo primero fue tener un espíritu de colectivo. Todos fuimos uno y cualquier ingreso –generado o no por el trabajo común- iba a ser compartido en partes iguales. Esto nos permitió sacarnos la presión de que cada uno libre su batalla por el sustento cotidiano en forma solitaria y soportar acompañado tareas que de otra forma hubieran sido más penosas. Así nos encontró –todavía a tientas, pero unidos- el 19 y 20 y diciembre. Nuestra primera producción “pública” como lavaca fue un informe sobre la historia de cada una de los asesinados en esas jornadas, con la convicción de transformar el número en una biografía. Enviamos por mail la información, anteponiendo un lema que mantenemos hasta hoy: anticopyright. No teníamos noticias del copyleft, así que nos salió esa denominación. Así, cabalgamos los primeros meses de agitación callejera, recorriendo asambleas, tomas de fábricas, piquetes. A los pocos meses, pudimos “abrir” nuestra propia página en Internet (www.lavaca.org), gracias a heredar servidor y herramientas, como canje por otro trabajo. Fue entonces cuando tuvimos que decidir qué haríamos. Y creo que allí fundamos la base más sólida de lo que somos hoy. Nos impusimos hacer sólo crónicas o reportajes. Y nunca escribir las típicas columnas de opinión. Esto nos obligaba a estar siempre en contacto con los protagonistas de los hechos. Fue una decisión consciente. Es decir, sabíamos que estaba naciendo algo nuevo y que todo lo que podíamos escribir nosotros era viejo. Debíamos, simplemente, registrar lo que estaba pasando. Y para eso, por cuestiones de disponibilidad, tiempo, recursos, teníamos que elegir muy bien qué no hacer. Había tanto para contar, que era imposible registrarlo todo. Fue entonces donde tuvimos que tomar la segunda decisión vital: qué temas registrar. Nos propusimos seguir determinados temas, y así lo mantuvimos desde hace cuatro años. Nos propusimos “actualizar” la página semanalmente. Y así lo hacemos desde hace cuatro años. El resultado es un método de trabajo que, sin saberlo, fundamos en esa mesa de comedor: lavaca es una colecta de recursos humanos. Lo sabemos ahora, cuando hay una necesidad concreta y pensamos entonces qué se necesita y quién lo puede hacer. Ya no se trata de escribir notas –cosa que seguimos haciendo- sino de crear lazos de comunicación. Pero eso lo sabemos ahora, después de mirar para atrás y ver lo que hicimos. Y de mirar para adelante y ver todo lo que nos falta hacer.
Ni representar ni opinar: hablábamos en Buenos Aires de que la consigna que explica mejor la intervención política y comunicativa de lavaca es “acompañar y aportar” a los movimientos sociales, ¿qué significa eso? ¿cómo se concreta? ¿qué aporta lavaca a los movimientos sociales?
Quisiera compartir primero –aunque de la lata- nuestra pequeña percepción de la comunicación en estos días. Nuestra experiencia es muy modesta y no pretende dictar cátedra sobre nada. Es un punto de vista que interpreta lo que nos ha tocado vivir. Y no sólo referido a la comunicación, sino a la época. Si aseguramos que está en crisis el sistema de representación –como es evidente en una Argentina en donde un Presidente asume con el 14 por ciento de los votos mientras la gente en la calle grita “que se vayan todos”- el periodismo, tal como estaba planteado hasta fines de los 90, se terminó. Hagámonos cargo de la parte que nos toca: lo matamos nosotros, los periodistas profesionales. No fue ni la concentración ni las corporaciones. El medio no es el mensaje: el mensaje es el mensaje y lo escribe cada periodista, que elige ser obediente o no, según le convenga. El problema es que agachamos la cabeza en una época hostil para ser conservador. La tecnología revolucionó los canales, las audiencias se cansaron de escuchar estupideces y comenzaron a aprovechar el viento a favor para convertirse en productores de mensajes cada vez más creativos. Los periodistas pasamos a ser los que se quedan sentados criticando mientras otros se divierten. La comunicación es una fiesta callejera y es un velorio en las redacciones. Hecha la autopsia, a quienes ya no sabemos hacer otra cosa útil, nos queda reflexionar. ¿Qué podemos hacer ahora? Estamos en una época fantástica, plena de novedades, de partos, de invenciones. Eso, de ninguna manera, puede ser malo para nosotros si nos colocamos en el lugar correcto. Elegimos, entonces, salir del medio.
Luego, elegimos dónde colocarnos. Y fue atrás. Corremos detrás de los que están creando un futuro que nos resulta siempre más interesante del que nosotros hubiésemos sido capaz de imaginar. Y desde la trinchera de la retaguardia, hacemos lo que podemos. En primer lugar, la intención es que cada quien pueda manejar los dos o tres trucos a los que ha quedado reducida la técnica periodística hoy. Doy ejemplos, para ser más clara. Con el MTD de Solano aprendimos a enseñar a enviar mails colgados desde un teléfono público, con una vieja computadora colocada arriba de una mesa destartalada en plena calle y la fila de mujeres, hombres y niños esperando turno en el teclado para pulsar enter. Fue casi un año, todos los sábados, luego del cual obtuvimos una página web que ellos aprendieron a autoeditar antes que nosotros (literalmente: nos habíamos propuesto no tocar nosotros el teclado durante esos talleres). Luego, ya más duchos, repetimos la experiencia con uno de los dos movimientos de fábricas recuperadas. Esta vez montar la página web nos llevó solo dos meses de entrenamiento. A esta altura, los talleres de redacción que compartimos con los movimientos son para nosotros verdaderas ceremonias. Hacemos una ronda, nos dedicamos a escuchar y cuando sentimos (realmente es un sentimiento) que captamos la música y la letra, elaboramos un borrador que leemos en voz alta. El resultado es una gacetilla o un documento que sólo si el grupo se lo apropia sabemos que ha sido el correcto.
En estos últimos tiempos, cuando comenzamos a trabajar el tema de las presas políticas, (vendedoras ambulantes y mujeres en situación de prostitución detenidas por participar de protestas sociales) nos metimos en algo de una profundidad que aún nos cuesta analizar las consecuencias. La más importante es la que nos está dejando la experiencia de acompañar a las presas. Desde hace un año, vamos a visitarlas todas las semanas. Al principio, grabamos entrevistas y fotos como una forma de sacar de la prisión su voces y sus caras. Editamos una revista junto al Colectivo Situaciones –al que invitamos especialmente para que nos acompañe en esta experiencia- y se la entregamos a las organizaciones y familiares con el fin de que recauden algo de dinero. En esa revista decidimos contar las historias de las mujeres presas. Pero unas estaban en la prisión de Ezeiza, detenidas por manifestarse en la Capital Federal. Dos son mujeres en estado de prostitución y una, vendedora ambulante. Y las otras estaban a dos mil kilómetros de distancia, en la Patagonia, detenidas por reclamar trabajo ocupando una planta petrolera. No se conocían entre ellas, por supuesto, pero a partir de la publicación comenzaron a escribirse de penal a penal. Las tres mujeres de la Patagonia lograron salir de prisión luego de ocho meses. Y las otras tres al día de hoy siguen presas. Pues bien: al día siguiente de ser liberada, una de ellas consiguió viajar a Buenos Aires para visitar a las que continuaban tras las rejas. Acompañarla a esa visita al penal fue comprobar hasta dónde habíamos logrado tejer una red de comprensión y solidaridad para nosotros inimaginable. Se trataron como lo que eran: compañeras de toda una vida de lucha.
Ir a la cárcel fue convirtiéndose en un acto de comunicación para nosotros prioritario. Les llevamos cuadernos y lapiceras, libros, recortes, fotos, cuentos, noticias. Y sacamos de allí cartas, grabaciones, pedidos, encargues. De todo el material hacemos copias para que cualquier organización la utilice en actos de difusión de la situación de los presos. Así fue, por ejemplo, que las fotos se convirtieron en afiches que ya ni sabemos quién los hace y hasta ilustraron notas en periódicos comerciales.
Lentamente, nuestra misión de comunicación derivó en mediar entre las diferentes organizaciones que trabajan en la campaña por este tema. Desde conectar a abogados de diferentes organismos de derechos humanos hasta coordinar las reuniones donde se elaboran las distintas acciones de reclamo por la liberación. Hace poco, por ejemplo, se cumplió el año de las detenciones de los 15 presos y presas por manifestar en la Legislatura porteña y nuestra tarea fue coordinar la organización de una jornada en el Obelisco, con músicos, actores, movimientos, colectivos de arte. Sólo uno de nosotros se dedicó a escribir una crónica para subir a nuestra página. El resto estuvo abocado a conseguir un camión para trasladar el escenario, ordenar la rutina de los músicos, distribuir los puestos de la feria y lograr que desde el teléfono celular se escuchara la voz de las presas que hablaron en directo con todos los que allí estaban. Ese fue para nosotros el momento más importante de nuestro trabajo: sostener un micrófono delante de un celular para que se escuche la voz de una prisionera. No encuentro una mejor manera de ilustrar lo que significa ahora para nosotros nuestro rol.
Mientras el ruido y la mera virtualidad limitan la potencia de herramientas comunicativas como Indymedia, otra cosa importante en vuestra experiencia es que “ponéis el cuerpo” a la hora de hacer comunicación. ¿Qué aporta esto a vuestro acompañamiento de los movimientos sociales?
A nosotros nos aporta mucho. No estoy segura de que a los movimientos le signifique tanto. Poner el cuerpo es básico y sin eso no hay posibilidad de cambio en la comunicación. No existe ninguna posibilidad de utilizar la tecnología a favor de una sociedad distinta si no se pone el cuerpo en el territorio donde se libra la batalla por ese cambio. Podría dar muchas explicaciones para justificar esta posición. Pero dos son prioritarias. En principio, aprendimos de la experiencia de las Madres –a las que debemos tanto- que el miedo se cura con los pies. Y el miedo es un arma contra la cual, en estos tiempos, es necesario luchar todos los días. Caminar junto a otro es lo único que nos quita de encima la pistola que nos pone en la sien la noticia del día. Salir a la calle es ponerse en contacto con la verdad, sea cual sea: buena o mala. Pero también, para quienes estamos condenados a librar esa batalla en zonas urbanas, poner el cuerpo es convertir en territorio la propia experiencia. Esto es lo que crearon los Sin Tierra de Brasil: el concepto de territorio como espacio mental. Hay un lugar donde nadie puede mandar si otro no obedece. Y ese es el espacio a conquistar: nuestra propia cabeza. No es tan sencillo, porque allí se ha librado una batalla cultural de la que seguimos prisioneros, aún cuando no queramos. Movernos es entonces el primer paso para mudar perspectivas, intentar zafarnos de las cadenas que nos sujetan a la clase, al sexo, a la cultura, a la moral a la que nos ataron. Poner el cuerpo es lo que nos permite establecer un contacto humano, real, sin el cual no hay comunicación verdadera.
Nosotros, que somos para muchos tan sólo una página web, para los movimientos junto a los cuales trabajamos somos personas con nombres, carne, defectos, a las que pueden insultar o abrazar, como tantas veces han hecho. Entendemos lo virtual como un mero megáfono que amplifica alguno de los muchos mensajes que necesitamos dar, pero también como una rendición de cuentas: si saben quiénes somos es también por lo que escribimos.
No sois una “agencia de comunicación de los movimientos sociales” ni pretendéis que lavaca.org represente a todas las experiencias políticas argentinas: decididamente hacéis “comunicación de parte”, con ejes concretos de trabajo, ¿no es cierto? ¿Qué reflexión os lleva a decidir a qué experiencias acompañáis?
En parte tomamos la decisión teniendo en cuenta qué temas garantizamos dar continuidad. Pero también es importante qué temas no van a ser abordados por los demás. Y esto incluye a los propios medios que se denominan a sí mismos alternativos. Un ejemplo es el de las fábricas recuperadas. Al día de hoy, salvo cuando se produce un hecho violento –como un desalojo-, no fue un tema de seguimiento por parte de ningún medio. Hay mucho del ideario de la izquierda tradicional que conspiró en contra de este movimiento. Al no saber cómo clasificarlo y al no poder controlarlo, lo dejó a un lado. A nosotros nos interesó, sobre todo, el cambio subjetivo que podía producir en un obrero tradicional controlar los medios de producción. ¡Nada menos! Y registrar esos cambios implicaba un trabajo sostenido y continuo en el tiempo. El tema de las presas políticas es otra decisión que implicó, cuanto menos, seguirlo hasta que se obtuviera la libertad. Y esto nos está llevando ya un largo año. Por supuesto que cuando comenzamos no sabíamos cuánto iban a estar detenidos, pero teníamos la intuición –por no decir la convicción- de que no iba a ser por poco tiempo.
Si otro medio hubiera garantizado comunicar sobre estos temas, sin duda no hubiésemos seguido con ellos. Decidimos no competir, sino convivir y sabemos que hay quienes por acceso a la información, afinidad o interés pueden informar sobre ciertos temas mejor que nosotros. Un ejemplo es la información sobre pueblos originarios que realiza Indymedia argentina, un tema que por supuesto nos interesa pero que en lavaca no vas a encontrar simplemente porque otros lo hace mejor que nosotros. Tampoco tenemos buena información internacional, por ejemplo. No pretendemos darle a nuestros lectores la idea equivocada de que podemos informarlo acerca de todo. Simplemente porque es mentira: no podemos.
¿Qué experiencias acompañáis ahora?
-Estamos trabajando muy de cerca con las mujeres de Ammar Capital, una organización de mujeres en estado de prostitución que tiene dos de sus integrantes detenidas. Comenzamos por allí –por las presas- y así llegamos al hoy, donde una vez por mes participamos de un taller que pedimos que coordine el Colectivo Situaciones, donde hablamos del miedo, del sexo, de la calle, de la represión. Invitamos también a participar de ese encuentro a las mujeres del MTD de Solano. Y como una cosa lleva a la otra, en estos días estamos saliendo de viaje a Bolivia con una de las integrantes de Ammar y otra de Solano para conversar con mujeres de organizaciones sociales de Cochabamba y La Paz. Una escritora y militante amiga, Marina Sitrin, juntó peso por peso el dinero de los pasajes y los amigos y amigas bolivianos nos garantizan el resto: contactos, hospedaje, comida y charla durante una semana. Veremos qué nos traemos de allí, pero ya fue interesante la experiencia de preparar con todas las mujeres de Ammar las preguntas para llevarnos al viaje.
Seguimos trabajando con las fábricas y empresas recuperadas. Estamos tratando de que la Clínica IMEC tenga su propia página web, porque así lo quisieron ellos en una asamblea, y estamos en plena tarea de entrenarlos en la autoedición. También colaborando con el Hotel Bauen, que está siendo todas las semanas amenazado con un desalojo, y quieren en los próximos días organizar un festival en la puerta, en pleno Corrientes y Callao.
Seguimos, por cuestiones casi personales, el juicio por el asesinato de Darío y Maxi, dos muchachos asesinados el 26 de junio de 2002 en Puente Avellaneda. Fue un caso por el que hicimos mucho en su momento y para el año, colaboramos en la edición del libro que sobre el tema escribieron los integrantes del movimiento (si hay un error es culpa nuestra porque hicimos el editing) y ahora que se llegó a una instancia como el juicio oral queremos seguir de cerca lo que allí suceda, no porque creamos en la ceremonia judicial, sino por el registro que nos pueda dejar en la memoria escuchar los testimonios de funcionarios y policías en directo. Las jornadas del juicio son, la mayoría de las veces, de hasta 12 horas, así que no podemos garantizar ir a todas, pero al menos una vez por semana estamos cumpliendo con lo que nos propusimos: estar allí para contarlo.
-Otra cosa que me impresionó de vuestro trabajo es la temporalidad que lucháis por establecer: frente a la amnesia que producen los medios oficiales (descontextualización, superficialidad, espectáculo) y la dispersión habitual de los medios alternativos, vuestra apuesta es “acompañar sostenidamente” a las nuevas experiencias de contrapoder.
Lo nuevo, pensamos, necesita tiempo. La verdad, creemos, necesita tiempo. Pero nuestras crónicas, muchas veces, son urgentes. Se escriben en pocas horas. Lo cual deja mucho margen para el error, para la mirada prejuiciosa, para la inexactitud. Decidimos, entonces, que teníamos que escribir sobre aquellos procesos a los que pudiésemos dedicarle un tiempo de seguimiento, de registro de su evolución. No voy a negarte que hubo mucho de personal en la elección. Aquellas cosas que nos entusiasmaban más fueron las que decidimos seguir más de cerca. No escribimos, entonces, sobre las asambleas barriales, pero sí sobre las fábricas recuperadas, por ejemplo, en principio porque nos conmovió compartir con los obreros situaciones como resistir un desalojo, enfrentar a la policía, ver llorar con mocos a hombres cincuentones porque no podían regresar a sus casas sin nada, verlos reír con mocos porque se ponía en marcha la máquina, cosas que se parecían mucho a registrar pequeñas revoluciones que nos transformaban. Fue un aprendizaje duro, porque estábamos acostumbrados a la impunidad del cronista que va, mira, escribe y no regresa jamás a escuchar lo que dicen los protagonistas de aquello que escribió. Bueno: nosotros volvíamos. Y no siempre nos esperaban con un halago. Con el tiempo, compensamos los errores de nuestra soberbia con la paciencia: nos veían ahí, otra vez y otra vez y la siguiente. Podíamos parecerles torpes, pero al menos éramos persistentes.
Esa continuidad marcó nuestro destino, en todo sentido. Es así desde el principio. Esto hasta ahora nos ha permitido seguir produciendo, así que se ha convertido en un motor que al comienzo, en plena ebullición, parecía hacernos mover lento pero que ahora, cuando ha bajado tanto la producción de información independiente, nos hace producir más, incluso, de lo que un mortal interesado puede llegar a digerir en una semana. En estos últimos meses hemos tenido que fijarnos cuántas notas subir a la página por semana, porque estábamos atragantándonos con información. Tratamos de cuidar ese aspecto de la comunicación: sobre qué vamos a conversar con nuestros lectores esta semana. Son para nosotros mensajes importantes, aún cuando no sepamos a cuántos le importen. Por suerte, hasta ahora el interés no ha decaído y desde que tenemos memoria no ha parado de subir en contador de visitas, así que por el momento no tenemos registro de cuál será nuestro techo. Aunque sabemos que llegará y estamos preparándonos para registrarlo.
¿Cómo trabaja lavaca la relación con los media oficiales?
Estamos convencidos de que no hay que trabajar para “salir en los medios”, aunque siempre nos encontramos con que esa es la primera necesidad que plantean los movimientos. Así que generalmente, cuando se comienza a planificar una acción, escuchamos cosas tales como a qué horario conviene hacerla para que llegue la TV o quién tiene contactos para convocar a la prensa, incluso la alternativa. Tenemos un número montado como respuestas. Hace un tiempo, una revista de actualidad publicó en su portada la foto de la esposa de un dirigente piquetero. La mujer posaba en la foto con una remera muy sexy. Tenía una falda corta y la toma se le había hecho de forma tal que se le veía la bombacha (las bragas para ustedes). Bueno: para salir en los medios tenés que estar dispuesto a mostrar la bombacha… de tu mujer. Es decir, para tener un espacio allí hay que estar dispuesto a deformarse de tal manera que hay que plantearse si vale la pena (tomando esta frase literalmente) comunicar algo así, abierto de piernas impúdicamente.
Pero como aún cuando creamos que esta es una condición necesaria de la producción comercial de la noticia, el hecho de que los movimientos todavía le den importancia a la comunicación mediática de sus problemáticas nos ha obligado a dar una respuesta eficaz, sin caer en esas bajezas. Inventamos entonces los talleres de contrainformación. Se trata, entonces, de garantizar que un evento puntual sea “cubierto” a la manera de una agencia de noticias. Realizamos la convocatoria (en general, a periodistas profesionales o estudiantes de comunicación), repartimos las tareas (cada uno elige la nota que quiere hacer) y armamos una red de distribución del material que esa “agencia” creada por uno o dos días produce. La red puede incluir desde foros, páginas web, listas de mails o reenvíos a los contactos personales. El día del evento fijamos un horario de “cierre” y nos sentamos a esperar que lleguen las notas. Increíblemente, llegan. La única condición que ponemos es que sean crónicas o reportajes. No las editamos. Salen como vienen, salvo que haya errores ortográficos o de nombres propios (y siempre que nosotros los notemos). Hemos llegado a recibir 80 notas o 7, según el evento, lo que implica que han trabajado docenas de gente sin más interés que contar que lo vieron. La parte más interesante es cuando logramos que más de una persona escriba sobre el mismo hecho. Es interesante comprobar como a pesar de haber estado en el mismo lugar y esforzarse por escribir en un formato tan tradicional como un cable informativo, las perspectivas son absolutamente diferentes. Para el final, convocamos a una reunión de balance junto a los organizadores del hecho. Hasta ahora solo hemos recibido aplausos y agradecimientos. Y la comprobación de que, cuando hay tanta producción hay también presión de difusión… la noticia termina incluso apareciendo hasta en los medios comerciales.
El segundo paso es conversar con los movimientos sobre estas experiencias. Analizar si el mensaje llegó a dónde querían que llegue. Y cómo. Ahí es donde aparece entonces la necesidad clara de establecer otra forma de contacto, que sin duda da más trabajo pero que es parte de la construcción de otra manera de relacionarse. No es la publicación de una noticia sino la creación de un vínculo lo que garantiza la comunicación. Y sin bien es cierto que esto no es fácil, hay algo que aprendimos junto a los trabajadores desocupados: el principal recurso de los que no tienen otra cosa es el tiempo. Porque el tiempo es nuestro.
(c) Amador Fernández-Savater. Se permite la reproducción de este texto por cualquier medio siempre y cuando sea sin ánimo de lucro y esta nota se mantenga.

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4 años sin Cecilia Basaldúa, sin fiscal y sin respuestas

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La familia de la joven asesinada en Capilla del Monte volvió a viajar de Buenos Aires a Córdoba para reclamar que se asigne urgentemente un fiscal en la causa y que se investigue su femicidio. Hace 4 años el cuerpo de Cecilia fue encontrado luego de estar 20 días desaparecido; su familia denuncia una trama local que involucra a la última persona que la vio con vida, el ex boxeador Mario Mainardi, jamás investigado, y la complicidad de la justicia de Cruz del Eje, representada por Paula Kelm, que buscó inculpar a un perejil. Gracias a la lucha familiar se logró anular esa línea de investigación, que culminó en un juicio nulo, pero desde entonces no se retomó la instrucción; y pese a que en diciembre se anunció que un nuevo fiscal tomaría la causa, eso no sucedió, y las dilaciones siguen. Crónica de una nueva reunión con promesas y sin hechos, cuando la impunidad se hace cada vez más grande y el reclamo, también: “Verdad y justicia para Cecilia Basaldúa”.

Por Bernardina Rosini

Daniel y Susana, padre y madre de Cecilia Basaldúa ya perdieron la cuenta de las veces que han viajado desde la ciudad de Buenos Aires a Córdoba con el único objetivo de lograr justicia por su hija. Han perdido esa cuenta pero no la cantidad de días que contabiliza la impunidad: 1460, es decir, cuatro años. 

En efecto, hace cuatro años (el 25 de abril de 2020) encontraron el cuerpo de Cecilia Gisela Basaldúa en un codo del Río Calabalumba en Capilla del Monte, luego de veinte días de estar desaparecida. Cuando Daniel y Susana llegaron ayer a los Tribunales en Córdoba Capital, se los ve invadidos por la bronca y el hartazgo. Son cuatro años sin Cecilia y a la par sostienen que las líneas de investigación han sido deliberadamente manipuladas y el material probatorio  de contundencia, ignorado

La última vez que estuvieron parados sobre esa vereda fue el pasado 7 de diciembre, tras reunirse con el Fiscal General Juan Manuel Delgado. Celebraban la noticia: “Tenemos fiscal, vinimos con 3.000 firmas de apoyo pidiendo fiscal y lo tenemos. Es el Nelson Lingua y comienza el 1° de febrero, después de la feria judicial”. Cinco meses después, otra vez viajan 700 kilómetros para golpear la puerta del Palacio de Justicia pues tal designación no sucedió y la causa acumula once meses sin fiscal a cargo de la instrucción.

4 años sin Cecilia Basaldúa, sin fiscal y sin respuestas
Daniel Basaldúa y Susana Reyes, papá y mamá de Cecilia: viajaron desde Buenos Aires para mantener una reunión y reclamar justicia por su hija.

El baile del fiscal

Mientras los Basaldúa llegaban el 25 de abril nuevamente a Córdoba para pararse frente a Tribunales y exigir justicia, fueron notificados que la Fiscal General Adjunta Bettina Croppi los convocaría a una reunión. 

Antes de ingresar al edificio Daniel comparte la situación actual de la causa “Nos vienen diciendo que no designan fiscal porque falta una firma: me cuesta creerlo. No puedo hacer nada más que venir y reclamar. Hasta ahora la única justicia que logramos fue que no metan preso a un inocente”. 

Hoy le cuesta hablar; tiene un nudo en la garganta y el rostro de su hija estampado sobre el pecho. “Sólo espero que esta investigación vaya tras los verdaderos sospechosos, tras Mario Mainardi, última persona que vio a Cecilia con vida, quien tenía pertenencias de ella y las regaló; la policía y la fiscal Paula Kelm contaban con ésta y más información y nunca lo investigaron. No podemos creer que Mainardi, que dijo trabajar en Uber porque no podía acreditar ingresos, tenga más poder que Diego Concha, quien fue durante décadas Director de Defensa Civil de la provincia y sin embargo hoy está preso”. 

Daniel pasa lista de todos los uniformados que participaron del caso y que hoy se encuentran desplazados, procesados o presos por distintas causas: el común denominador es la violencia de género. 

Mientras las abogadas ingresan junto a los padres de Cecilia a la reunión, afuera les esperan periodistas, agrupaciones feministas, trabajadores de la Secretaría de Derechos Humanos y familiares víctimas de violencia institucional. Repiten el colgado de banderas, los carteles con rostros de otras víctimas, y los cantos que se recitan como mantras: “¡¡Queremos fiscal, queremos fiscal, queremos fiscal!!” y “¡¡Justicia, justicia, justicia!!”.

Al salir, Giselle Videla -una de las abogadas de la familia- comparte lo conversado en la reunión: “Para iniciar nos han pedido disculpas puesto que en noviembre nos dieron la seguridad que tendríamos fiscal apenas finalizada la feria judicial. Como hoy no hay fiscal, y están subrogando fiscales de otros territorios que toman la causa por un plazo corto de tiempo, el avance es mínimo. Nos informaron en relación a esta situación que la designación de Nelson Lingua espera la firma del gobernador, Martín Llaryora. Ahora bien, nos enteramos que será designado como Fiscal reemplazante, y no como Fiscal titular puesto que Lingua no ha rendido el concurso que lo habilita para ese cargo; debe rendirlo ahora y recién en julio- agosto podremos saber si será finalmente el fiscal titular de la causa”. 

Para que se entienda: desde que el tribunal absolviera a Lucas Bustos en julio del 2022 reconociendo su inocencia y su no vinculación al crimen, y ordenara una nueva instrucción para dar con los responsables del femicidio, la causa demoró meses en ser asignada a un fiscal. Luego recaería en el Dr Raymundo Barrera de Cruz del Eje, fiscal que, hábil con el calendario, entre feria judicial y licencias llegó a junio del 2023, mes en el que se jubiló. 

Por la presión de la familia Basaldúa, en diciembre el mismísimo Fiscal General anunció la designación del Lingua el 3 de febrero; eso no sucedió y no hay certeza de que Lingua resulte el fiscal que definitivamente dirigirá la instrucción, puesto que no cumple con los requisitos.

4 años sin Cecilia Basaldúa, sin fiscal y sin respuestas

Preguntas sin respuesta

Es mediodía y el cielo se refleja en las ventanas del edificio neoclásico de la calle Caseros; da la impresión que adentro estuviera vacío, que sólo es una fachada. “Hoy, 25 de abril se cumplen cuatro años de la aparición del cuerpo sin vida de Cecilia Gisela Basaldúa” lee Susana de la pantalla de su celular; ella también lleva una remera con el rostro sonriente de su hija. Sigue:

Cuatro años de impunidad y de violencia sistemática por parte del Poder Judicial a quienes pedimos y exigimos justicia por ella. La causa volvió a foja cero en el 2022 luego de pasar por un juicio vergonzoso.

El tiempo pasa y los asesinos de Cecilia siguen libres e impunes. No tenemos fiscal ni respuestas” y continúa “¿Cómo vamos a llegar a la verdad? ¿Qué fue lo que pasó con Cecilia? ¿Por qué tardó tanto en aparecer? ¿Dónde está Mario Mainardi? ¿Por qué la fiscal Paula Kelm ordenó tan rápidamente detener a un joven sin tener pruebas? Todas estas preguntas nos conducen una y otra vez a un círculo cerrado de impunidad entre funcionarios judiciales que se jactan en demostrar un abuso de poder constante”. 

La carta leída en la vereda, casi sobre la calle, concentra todas las preguntas que la investigación del femicidio debiera responder. 

Y la carta también cierra como se espera que cierre la investigación: “Verdad y Justicia para Cecilia Basaldúa”.

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La imagen proyectada: La Ronda en la mirada de Lina Etchesuri

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Séptima entrega del registro colaborativo de la ronda de las Madres de Plaza de Mayo, realizada por la fotógrafa de lavaca Lina Etchesuri.

Toda la producción será entregada a ambas organizaciones de Madres y al Archivo Histórico Nacional. Invitamos a quienes tengan registros de las rondas realizadas estos 40 años a que los envíen por mail a [email protected] para sumarlos a estos archivos. Esta iniciativa es totalmente autogestiva.

Ese jueves hacía 38 grados de calor pero parecían 43. El calor quemaba y picaba.

Faltaba el aire, el que había estaba caliente y la humedad pegoteaba.

El día que acompañé a la Ronda haciendo fotos para este proyecto, fui descubriendo imágenes a medida que los pasos y las sillas de ruedas daban vuelta como siempre, hace 2392 jueves.
La ronda siempre me emociona. Mucho. Las miro a las madres y veo proyectada las fotos de sus hijxs en su mirada, hacia delante, repitiendo Presente como un mantra de presencia y resistencia. Lxs veo a ellxs en imagen, mirando de frente en su juventud detenida. Veía a Elia, que ronda en silla de ruedas, con la foto de su hijo Hugo Meidan, desaparecido el 18 de febrero de 1977, hace 47 años, y pensaba si ese día hizo tanto calor, si la luz tenía esta misma inclemencia.

La imagen proyectada: La Ronda en la mirada de Lina Etchesuri

En las rondas transcurre un tiempo extraño, persistente y atemporal. Las hermanas abrazan las fotos de sus desaparecidxs, gritan sus nombres con contundencia, caminan junto a las madres, junto a nosotrxs.

Transforman el tiempo y la imagen en un futuro posible.

La imagen proyectada: La Ronda en la mirada de Lina Etchesuri

Sobre Lina

Soy Lina Etchesuri. Fotógrafa, editora y docente

Soy parte de la cooperativa Lavaca desde hace más de 12 años donde hago todo lo que me describe y más. Me hace sentir muy orgullosa y feliz.

Estudié con Filiberto Muganini en el Rojas durante los 90s. Hice la carrera de fotógrafa en la Escuela de foto y artes visuales de Avellaneda, durante el 2001 y los años siguientes. 

Me seguí formando en talleres visuales con mi querida Julieta Escardó y muchxs más.

La imagen proyectada: La Ronda en la mirada de Lina Etchesuri

Viajé haciendo fotos durante algunos años: conocí al subcomandante Marcos y le saqué una foto en la que se está riendo. Estuve en Cisjordania, Palestina, durante 3 meses, viviendo retratando la vida bajo la ocupación. 

Junto con algunas personas y amigxs fundamos MAFIA en 2012, un colectivo de fotógrafxs que sigue hasta hoy.

Coordino talleres de foto e imagen.

Soy mamá de Fermin.

Y me encanta hacer todo lo que hago.

La imagen proyectada: La Ronda en la mirada de Lina Etchesuri

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Nota

Un abrazo contra la motosierra

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Sin presupuesto actualizado (“cada 10 pesos del año pasado, hoy tenemos 2” informa el rector de la UBA) las universidades y los hospitales en “modo ahorro” deben cortar la luz, los ascensores, reducen cirugías, no tienen insumos. La imagen del Clínicas, uno de los más importantes del país: “Los pacientes se están quedando sin comida”. Hoy una gran concentración frente a ese hospital escuela simbolizó un abrazo en defensa de la salud y la educación pública, mientras el gobierno nacional juega a pelearse con las prepagas, y el de la Ciudad a subvencionar a quienes mandan a sus hijxs a colegios privados. ¿Qué pasa con lo público? ¿Cuándo comenzó el desastre? Distintas voces (directores de hospitales, rectores de universidades, trabajadorxs) relatan la realidad y los datos motosierra; la organización como única salida; y el canto “la UBA no se vende”, mientras la realidad, o los números, parecen indicar otra cosa.

Por Francisco Pandolfi

Un abrazo contra la motosierra

“Se defiende, la UBA se defiende”, fue uno de los hits / Fotos: Lina Etchesuri para Lavaca

Clarisa y Caetana acaban de salir de cursar dermatología. Clarisa tiene 24 años y lleva puesto un ambo azul marino. Caetana, de 23, uno verde oscuro. Son alumnas desde hace seis años de la Facultad de Medicina y hace tres caminan por los pasillos del Hospital de Clínicas, ya en la etapa de las prácticas. “Hace un rato terminamos una clase en la que no teníamos vendas”, dice Clarisa. Su compañera agrega: “El otro día, en un práctico, nos faltaba vaselina para curar las úlceras; sí, vaselina, probablemente el producto más básico y barato que se necesita”.

Alrededor de ellas hay una multitud, con ansias de visibilizar la gravedad de la situación.

Clarisa, Caetana y la marea contra el ajuste / Fotos: Lina Etchesuri para Lavaca

“Estamos funcionando al 30%”, comparte Marta, médica desde hace 38 años en el Clínicas.

“Los pacientes se están quedando sin comida”, cuenta Susana, auditora. 

“Soy empleado de limpieza del hospital, monotributista, trabajo cinco días por semana, siete horas por día y mi sueldo no supera los 150 mil pesos”, confiesa Diego Ruiz.

“Ya debimos reducir las cirugías y no atender a algunos pacientes”, expresa Marcelo Melo, el director del Hospital de Clínicas.

“Estamos económicamente por debajo de un 80% sobre el presupuesto que deberíamos tener. Cada 10 pesos del año pasado, hoy tenemos 2”, precisa Ricardo Gelpi, rector de la Universidad de Buenos Aires.

Un abrazo contra la motosierra

Susana Dionisio, y la esperanza que genera el juntarse / Fotos: Lina Etchesuri para Lavaca

Tiempos de abrazos

“La biblioteca destinada a la educación universal es más poderosa que nuestro ejército”.

José de San Martín.

Al libertador de la patria se lo homenajea con su nombre en calles y avenidas; clubes deportivos, teatros y centros culturales; plazas y parques; hospitales y universidades.

Y también en un hospital-escuela: el Hospital de Clínicas José de San Martín, dependiente de la Universidad de Buenos Aires y dedicado a tres ejes clave para el desarrollo de cualquier sociedad: la asistencia, la docencia y la investigación.

Son tiempos de clases abiertas; de paros y movilizaciones; de una marcha nacional universitaria a realizarse el próximo martes 23 de abril. Son tiempos de contar en cuántos meses y en cuántos días las universidades se quedarían sin presupuesto hasta cerrar sus puertas.

Son tiempos de abrazos.

Uno de ellos se forma con un montón de brazos, este jueves por la mañana, en la puerta del Hospital de Clínicas. Médicos, docentes y no docentes, estudiantes, le brindan un espaldarazo simbólico al Hospital de Clínicas, ubicado en el límite de los barrios porteños de Recoleta y Balvanera. Sobre la Avenida Córdoba, miles de personas se reúnen en la puerta principal para reclamar por el recorte presupuestario en todas las universidades del país, y en particular de las universidades escuelas.

Hay equipo en el Hospital de Clínicas /Fotos: Lina Etchesuri para Lavaca

Los cuerpos aplauden. Están vestidos con guardapolvo blanco; con ambos celestes y azules; con chaquetas bordós y verdes. De fondo, un telón negro enorme sirve de súplica para estos momentos. Es un ruego a la sociedad toda; y una exigencia, también, puertas adentro: “Defendamos la UBA”. Delante de la banderota se sostienen grandes letras blancas, hechas con cartulina, a mano, a pulmón, a necesidad de que el reclamo se vea un poco más. “La salud se defiende”, se lee, mientras se canta al unísono: “No se vende, la patria no se vende”. Minutos después, se cambia sólo una palabra: “No se vende, la UBA no se vende”.

Pero la realidad no parece indicar lo mismo. 

Problemas de fondos

Luego del abrazo, se rodea al hospital y en otra de las puertas de la institución, sobre la calle Paraguay, se lleva a cabo una conferencia de prensa. Marcelo Melo, el director del Hospital de Clínicas, va al hueso: “Ya tuvimos que optimizar los recursos, que son insuficientes; no podemos comprar insumos, ni hacer transferencias porque no hay licitaciones de presupuesto que avalen las compras. Mientras, tenemos un montón de pacientes internados”. Sigue: “Es muy difícil no usar la luz en un hospital; no usar los ascensores cuando los pacientes necesitan usarlo… Lo mismo pasa con la calefacción. El año pasado estábamos orgullosos de haber comprado y cambiado la caldera, y este año no sabemos si va a funcionar, porque el modo de ahorro va a estar en el gas, en la luz, en todo”.

Le cambia la cara. Se tensa, aún más. “Poner a un hospital en modo ahorro es una agresión al médico. Es muy difícil mi lugar, el tener que decirle a mis colegas si pueden atender o no a alguien. No estamos haciendo una buena medicina con estas cosas”.

Un abrazo contra la motosierra

Marcelo Melo y Ricardo Gelpi en conferencia de prensa /Fotos: Lina Etchesuri para Lavaca

A su lado está el rector de la UBA, Ricardo Gelpi, acompañado por el Secretario de Hacienda Matías Ruiz. Juntos, definen lo terrible: “La UBA tiene dos partes principales en las que se divide el presupuesto. Una es la salarial, que consume entre el 85% y el 90%; y después está el gasto de funcionamiento, que consume entre el 10 y el 15%”. Desmenuzan: “En lo salarial hubo un recorte en términos reales ajustado por inflación del 35%, lo que significa que si en noviembre un docente o un trabajador cobraba 100 pesos, hoy cobra 65”. 

Sobre los gastos para el funcionamiento: “Lo dividimos en salud y en educación. En educación este año las partidas arrancaron congeladas al presupuesto del año 2023; hubo una actualización parcial del 70% desde marzo; pero en términos interanuales eso significa un 58% de actualización, comparado con una inflación de casi un 300% interanual. Por el lado de la salud, empezamos el año sin presupuesto, ya que la partida devengada del año 2023 no había sido asignada hasta esta semana”.

Tomar la calle en defensa propia / Fotos: Lina Etchesuri para Lavaca

Peligro de cierre

¿La partida ya firmada –pero aún no depositada–, es un remedio? “No, para los hospitales universitarios será de la misma magnitud nominal del año pasado. O sea, no es una actualización, ni un incremento”. Subraya el rector: “Estas partidas no están ajustadas por inflación, lo que significa que sólo podrán estirar un tiempo esta situación, pero estamos lejos de estar conformes. Si se mantiene esa partida, podremos funcionar como venimos dos o tres meses más. Y después, así las cosas, la UBA cierra, porque si no hay plata, no hay plata”.

El Secretario de Hacienda suma un dato, que agudiza el cuadro: “El pago de la energía eléctrica en el último año se multiplicó por siete. Y si comparamos con febrero de este año, sólo los últimos dos meses, se multiplicó por cuatro”. Y ejemplifica con una cuenta que no cierra: “El crecimiento del gasto, sumado a las partidas congeladas, hace que crezca más rápido el gasto que tenemos la universidades y empeorando cada vez más el funcionamiento”. 

Un abrazo contra la motosierra

La educación, la salud y la ciencia, en juego; en venta / Fotos: Lina Etchesuri para Lavaca

“El mal funcionamiento es de hace años”

La falta de recursos no empezó en la era Milei. Marta, médica desde hace 38 abriles, describe: “El mal funcionamiento viene de años, como consecuencia de malas administraciones anteriores. Y ahora, este recorte presupuestario es el tiro de gracia”. ¿En qué se venía mal? “De 12 quirófanos funcionan 5 y hay numerosas salas cerradas; cada vez se va achicando más la estructura, deteriorando y no hay presupuesto para mantenerlo”. 

Clarisa, alumna, añade: “El edificio tiene un montón de falencias, es muchísima la cantidad de arreglos que harían falta y esto viene desde hace años. Con este recorte, el único futuro que veo es que se caigan las paredes… Me da mucho miedo e impotencia”.

Florencia trabaja hace 10 años y el amor que siente por la entidad viene de familia: “Mi mamá trabajó ahí; mis dos hijos fueron a ese jardín; le salvaron la vida dos veces a mi mejor amiga; curaron a mi papá, a mi abuela”.

Admite que el hospital “siempre tuvo pocos recursos; siempre hubo carencia de insumos”. Profundiza: “La situación no viene bien hace mucho; las personas que deben hacer el presupuesto no valoran la calidad humana ni la cantidad de atenciones que se realizan por día. El hospital siempre tuvo lo básico, y en muchas oportunidades debimos conseguir insumos por fuera, siempre tardó en llegar el material que se necesitaba”.

Carteles, ruido, sonrisas: estrategias contra el recorte / Fotos: Lina Etchesuri para Lavaca

Orgullo nacional 

El Hospital de Clínicas es considerado uno de los hospitales más importantes de la Argentina y de América Latina. Se fundó en 1881 y allí se realizaron varios procedimientos por primera vez. Algunos hitos que nacieron entre sus paredes que hoy yacen descascaradas: la aplicación de la insulina, el cateterismo cardíaco, las residencias médicas, las punciones de riñón, las operaciones filmadas. Dice la médica y hoy auditora Susana Dionisio: “En este hospital se formaron la mayor parte de los médicos de renombre que hay en toda la medicina prepaga”. Suma otro caso testigo: “Hay que acordarse de acontecimientos como el de la AMIA, cuando sucedió el atentado este hospital recibió a la mayoría de los heridos, y fue gracias a este hospital que se salvó a muchísima gente. Entonces, podés hacer un comité de crisis, pero si al mismo tiempo desfinanciás a la educación, está muy mal. El presidente se merece un juicio político y la oposición tiene que pararse y ser una oposición real, sino perdemos la democracia”.

Marta Cora Eliseht es médica de obstetricia del hospital de Clínicas y docente de la Facultad de Medicina. “El Clínicas es fundamental, un orgullo nacional; no sólo cumple funciones asistenciales, sino también de docencia en áreas de pregrado y postgrado; esta es la sede de infinidad de carreras. Somos especialistas en obstetricia y atendemos muchos embarazos de alto riesgo, casos que no se atienden en otros lados”. 

Un abrazo contra la motosierra

Marta es médica en el Clínicas desde hace 38 años /Fotos: Lina Etchesuri para Lavaca

En el hospital trabajan más de 3.200 empleados y se atienden alrededor de 365 mil personas al año. En lo educacional, cursan por año cerca de 1500 alumnos. “Hay cinco cátedras y estudiamos 300 personas promedio en cada una. Este es el hospital escuela más grande del país”, explican Clarisa y Caetana, estudiantes de medicina. 

Las palabras de Sofía, que integra la comisión interna, laten: “El hospital-escuela literalmente es el corazón de la UBA, donde se retroalimenta la ciencia, la investigación, la educación, pero sobre todas las cosas la salud pública, con todo lo que conlleva ese concepto de gratuidad e inclusión. Queremos seguir brindando la atención de calidad a los y las pacientes, pero sobre todas las cosas contar con un financiamiento que nos permita que nuestra casa, como así consideramos al hospital, siga funcionando. No queremos tener el privilegio de pisar la UBA, sino el derecho de seguir en ella”.

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Una que pedimos (casi) todxs /Fotos: Lina Etchesuri para Lavaca

Un dolor inenarrable

El hit se vuelve a cambiar: “Universidad de los trabajadores, y al que no le gusta se jode se jode”, se vocifera con angustia y con firmeza, en un clamor popular que hiela la sangre. Las y los laburantes le dan magnitud al problema. La obstetra Marta Cora Eliseht dice: “En el sector no tenemos espéculos, vidrios para hacer papanicolaou, guantes, gasas, algodón, lo básico. Los profesionales de la salud estamos intentando conseguir donaciones de entidades privadas para suplir las faltas”. Sintetiza: “Estamos sufriendo un ataque artero a la universidad pública”.

Susana Dionisio es médica desde hace 49 años. Quince los trabajó en el Clínicas, donde ahora es auditora. “Sentimos un dolor que no se puede narrar. Los pacientes se están quedando sin comida y solidariamente se intenta ayudar entre sindicatos, médicos y administrativos, pero los insumos médicos no los podemos comprar. Ya se está cortando la luz a cierta hora, no se puede creer”. 

Un abrazo contra la motosierra

La potencia de Elsa Carrizo, la potencia de lo colectivo /Fotos: Lina Etchesuri para Lavaca

Elsa Carrizo es delegada general de la comisión interna del Hospital de Clínicas. Tiene puesto un guardapolvo blanco, que lleva el logo de la institución. Se lee: “Fundado en 1881”. Dice: “Trabajamos con obras sociales, pero es impresionante la cantidad de gente sin obra social que viene, alcanza con ver las colas que se forman a la mañana. Ya no tenemos insumos ni para el mantenimiento, ¿con qué vamos a limpiar? Hay un combo de muchísimas necesidades en el hospital”.

“Últimamente no nos estuvieron entregando secadores”, detalla Diego Ruiz, empleado de maestranza. Cobra menos de 150 mil pesos por mes y sólo el monotributo para facturar (no está en planta permanente) le cuesta alrededor de 18 mil. “Estamos en una situación de mierda, personalmente para mí es imposible llegar a fin de mes”.

Un abrazo contra la motosierra

Diego cobra menos de $150 mil por mes. Y no es una joda / Fotos: Lina Etchesuri para Lavaca

Tomás trabaja en el área de personal hace 5 años y es delegado de la comisión interna. “No hay paritarias y los sueldos quedan muy bajos. Tenemos poco más de 300 contratos que salen del bolsillo del hospital y son los que más corren peligro. Estamos hace un par de meses sin aumento y no hay respuesta del gobierno ni comunicación. Estamos estancados, no da para más”.

Carolina Nadal es empleada desde hace 30 años. Hoy es la jefa del departamento de Trabajo Social. “El presupuesto que se está ejecutando es el del año pasado y esto es inviable en términos de sostenimiento, de todo lo que se necesita para que funcione el hospital de manera integral. El gobierno va a tener que responder de una manera diferente a la que está respondiendo ahora. Siento mucha bronca e indignación, pero al mismo tiempo tengo la esperanza de que en las calles, con la resistencia, haya otro desenlace que no sea cerrar las puertas”.

“Cuando la patria está en peligro, todo está permitido, excepto no defenderla”.

José de San Martín.

Clases abiertas, presupuestos cerrados / Fotos: Lina Etchesuri para Lavaca

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