Nota
Otra vez palos, pero ganaron los vecinos
Berazategui. Una represión más y van… tres. La Asamblea de Vecinos Autoconvocados por la vida que se organiza contra la instalación de la subestación eléctrica Rigolleau se encontraba el viernes 2 de marzo realizando una sentada pacífica en la zona dela Avenida21 esquina 142. Los vecinos del barrio que está literalmente sitiado por la policía, esta vez fueron reprimidos porque la empresa EDESUR necesitaba tapar unos pozos por donde pasan unos caños con cables. La resistencia de la asamblea a la conexión de la subestación es tan firme que la empresa de servicios públicos tuvo que contratar a las fuerzas de seguridad del Estado para lograr intentar su cometido. O al menos intentarlo, ya que al final de la jornada el camión con la mezcla de hormigón se tuvo que retirar.
La Asamblea de Vecinos Autoconvocados por la vida se viene organizando desde 2005 para alertar que la Organización Mundial de la Salud (OMS) avala estudios epidemiológicos que han demostrado que la exposición a ciertos campos electromagnéticos de baja frecuencia pueden aumentar el riesgo de leucemia en niños e inducir otros tipos de cáncer y problemas de salud.
Nuevas técnicas policiales
Pero el problema ahora no es sólo electromagnético sino policíaco. Ernesto Salgado vive en Berazategui y es miembro del Foro en Defensa del Río de la Plata, la salud y el medio ambiente y participa de la asamblea. Cuenta a lavaca: “El viernes 2 de marzo alrededor de las 5 de la tarde, cayó un camión con mezcla de hormigón con la intención de tapar los pozos del tendido del cableado, pozos que estamos impidiendo que tapen porque no respetan ninguna norma. Lo vecinos lo único que hicieron fue ponerse delante del camión, como forma indicativa de que no debía pasar y en ese momento cayó la infantería y la caballería por atrás de ellos y empezó a repartir palos a mansalva sin fijarse a quién le pegaban: mujeres, chicos, chicas, señoras que estaban con bebés”. Ernesto resalta las cualidades represivas de la policía: “Fue un forcejeo bastante duro y aplicaron técnicas que no las habíamos visto, como agarrar a la gente del cuello y llevarla a un punto tal de que perdieran casi el conocimiento, que se quedaran sin movimiento y de esa manera empujarlos contra la pared y después patearlos. Hay unos cuantos golpeados”.
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Barrio sitiado
Ernesto recuerda que el barrio está sitiado desde el 13 de febrero: “Está totalmente cercado por la policía con un vallado de más de dos metros de alto. Hablamos de siete cuadras del barrio que están valladas en dos partes, donde la gente no puede circular y se le pide documento para que puedan entrar en sus casas, como en los peores momentos del plan CONINTES diría yo, ni durante la represión de la última dictadura pasaron cosas de este tipo en el barrio”.
Luego de la represión, los vecinos intentaron hacer la denuncia enla FiscalíaDescentralizadade Berazategui. Ernesto cuenta las peripecias de tal tarea: “Hacer la denuncia en Berazategui siempre es un drama porque la oficina descentralizada es dela Municipalidad.Cuandofuims el viernes a la tardecita no estaba la fiscal de turno y querían que fuéramos a hacer la denuncia en la comisaría. O sea: que fuéramos a la policía a denunciar policías. Después de un intercambio de palabras en la fiscalía, se dignaron a comunicarnos telefónicamente que nos daban una cita el sábado a las diez de la mañana, cuando una fiscalía de turno tiene que estar las 24 horas a disposición de recibir cualquier tipo de denuncia. El sábado resolvieron -aplicando vaya a saber qué decreto que sacaron de dónde- que un persona hiciera la exposición y que después el resto acompañara con su firma y se las mandó a que las revisaran en una Unidad Sanitaria de Berazategui”.
Golpes vs. festejos
Ernesto enumera: “El barrio está rodeado, eso va contra todos los principios constitucionales. Además la fiscalía no te acepta correctamente la denuncia. El sábado por la tarde recorrimos el barrio con unos diputados nacionales y provinciales y no nos querían dejar pasar el vallado. Les contestaron de mala manera que si querían algún tipo de explicación fueran a la comisaría. Les importa un pito todo. Se sienten con una impunidad absoluta.
¿Cuál es la respuesta? “Les contestamos de otra manera: estamos en la plaza del centro de Berazategui, festejando el carnaval con murgas. No nos van a quitar la alegría y no nos van a doblegar, vamos a seguir peleando y esta es la demostración más acabada. El viernes nos golpearon y el sábado festejamos. Así fueron las tres veces anteriores que nos golpearon, siempre les contestamos con festivales con la consigna ‘Sí a la vida, no ala Subestación Rigolleau’.”
Berazategui y Famatina
La charla con Ernesto se da en el marco de un festival que los vecinos organizaron para el día posterior a la represión. Hay familias jugando con globos, tirándose espuma, hay murgas, música y malabares. Por el micrófono se escucha: “Hacemos este festival para sacarnos un poco la mala onda, la tristeza y el cansancio: decimos no a la represión, El Famatina no se toca, Catamarca no se toca, Berazategui tampoco. Basta de resolver los problemas con violencia. Somos un pueblo pacífico que solamente pide justicia, salud, trabajo, vivienda. ¿Dónde estála ConstituciónArgentina, nuestro derecho a la vida, nuestro derecho a un ambiente sano, nuestro derecho a expresarnos?”.
Mariana no se llama Mariana, es menor de edad, es muy flaquita, integra la asamblea y también la lista de beneficiarios de la represión del viernes. Ahora se saca los zancos y charla con lavaca: “Hoy hacemos un corso, yo hago circo, traje las clavas, y me acordé de los zancos, que me hice hace poco. Es una prueba, se habían roto, esperemos que no me fallen ahora. Ya me caí una vez y te hacés mierda.”
Le propongo comparar porrazos: “Si me caigo con los zancos me causa frustración; que la policía te pegue, causa impotencia y bronca. No tiene lógica lo que hacen, no puedo entenderlo. Estaban los de caballería, los de boina roja, que decían que no podíamos pasar, que teníamos que hacer toda la manifestación fuera de la valla. Estaba muy caldeado. Se pusieron delante de los pozos y no nos dejaban pasar, solamente una persona pasó y se quedó sentada al borde. Un policía que no tenía boina hablaba conmigo y me preguntaba qué onda. Le expliqué que hicimos todos los papeles y todas las legalidades y gestiones. Que si estamos ahí es porque ya no tenemos otra forma. Pero ellos ni saben, van, atacan y no saben a qué le pegan”.
Llamadas interferidas
Sigue Mariana que no es Mariana: “Lo que hace la empresa con la policía es una máquina de muerte. Viene el comisario D’Alessandro y nos dice que lo habían llamado del Ente Nacional Regulador dela Electricidad(ENRE). Le dijimos ‘a vos te atienden, a nosotros no, y en la Secretaría de Medio Ambiente a cargo del Dr. Juan José Mussi tampoco”
Según el relato de Mariana, otro policía advirtió que si los vecinos no se desplazaban, iba a haber detenciones. “Decidimos levantarnos, cantamos el himno. Nos quedamos fuera de las vallas. Llegan los de Infantería, los otros nos cierran el camino. Una compañera les pregunta ¿Por qué no puedo pasar? Y un policía le dice, ‘por qué no te dejás de romper las pelotas’. Ahí nos dimos cuenta que el camión de hormigón ya estaba cerca. Nos dividimos en grupos. Nosotros estábamos en la esquina para que no pase ningún camión. Nos enviábamos mensajes pero llegaban tarde. Las llamadas estaban recontra interferidas, se escuchaba un ruido de fondo detrás”.
Ahorcar con las manos
El propio chofer del camión de hormigón enviado por EDESUR, al cruzarse con vecinos que aplaudían como forma de protesta, pidió disculpas y amagó irse, pero dos policías se introdujeron en la cabina de conducción. Mariana continúa el relato: “Cruzamos unas ramas en la calle. Los de boina verde se vinieron en formación. El camión avanzó y algunos vecinos se acostaron o se sentaron en el piso. Llegan los policías sacan las ramas, empiezan a correr a una compañera. Un muchacho les dijo: ‘vos no la podés tocar porque es mujer’. Respuesta: ‘entonces a vos sí’. Le pegó en la frente con el bastón. Ahí empiezan a pegar”.
A uno de los que estaba acostado en el piso no lo podían levantar, y fue atacado por un policía que lo tomó del cuello. “Lo estaba desmayando. Justo ahí llegaron más vecinos. A mí me agarraron dos policías femeninas doblándome los brazos atrás, pero me solté y me volví a poner frente al camión. Un par de policías me vinieron a correr. La gente que estaba en sus casas, salía y pedía que dejaran de pegarnos”.
Camión, bombos y platillos
Mariana cuenta el último tramo de lo ocurrido: “El chofer estaba muy presionado por los policías que se habían subido. Tenía cara de desesperación… El camión logra pasar al playón de control urbano. Nos pegaban todos los policías, incluso los que antes se hacían los buenos. Había unos cuantos con cara de buscar sangre. Corrieron las vallas y aplastaron a un grupo de vecinos contra una pared. Un policía amagó a sacar el arma, nos apuntó y sus compañeros se lo llevaron. Pero al final el camión no descargó el hormigón, y se fue”.
¿Cómo y por qué continuar? Mariana es clara: “No tenemos que dejar que nos calle. Hubo hasta mujeres de más de 60 años a las que agarraban del cuello. Hay que defender la vida y no pueden meterte de prepo algo que todos saben que te puede enfermar y matar. Nos impulsa la bronca, pero también la alegría” dice la adolescente mientras suenan los bombos y platillos de la murga.
Las palmas acompañan el ritmo. Mariana está allá arriba, en sus zancos, revoleando armoniosamente unas banderas, sonrisa ancha, junto a un pasacalle: “Luz sin contaminación. Fuerala SubestaciónRigolleau”.
Protesta social
Marcha de jubilados: medias, bochinches y ningún dólar en las orejas

Un miércoles tranquilo en la ronda de jubilados en Congreso, que despierta dudas ante la necesidad de hacer “un poco más de bochinche”. Como homenaje al Día del Jubilado (domingo pasado) hubo un puesto de hamburguesas y choripanes de la UTEP. “El hambre es desesperante” dijo una de las mujeres que servía a esa cola ampliada con gente de la calle en busca de qué comer. Historia de cómo sobrevivir a una jubilación hiper mínima (porque encima se arrastra una deuda). Los alfajores, las medias, y la salud encontrada en el gesto de movilizarse.
Por Lucas Pedulla Fotos Juan Valeiro/lavaca.org
A sus 76 años, Luis Relinque tiene que vender medias para llegar a fin de mes.
–Si no trabajo, no como.
Y para comer tiene que trabajar, aunque hace once años que está jubilado. El único día que no sale a vender por la zona de Once es el miércoles, cuando camina las diez cuadras que separan su casa –Remedios de Escalada, sur del conurbano bonaerense– de la parada del 37 que lo deja en el Congreso de la Nación.

El dato, que solo en esta Argentina pareciera naturalizarse, lo explica fácil:
–Soy jubilado de la mínima. Cobro $400.000 limpios, justos. El mismo día de cobro pago la luz, el gas, el agua y con todo lo que tengo me quedan limpios, justos, $210.000. Si no trabajara, son $7.000 por día hasta el mes siguiente. ¿Cómo hacés?
La pregunta flota mientras alrededor se dispone la movilización de cada miércoles. La Rama de Trabajadoras y Trabajadores de Espacios Públicos de la UTEP (gremio de la economía popular), llamada “Lxs Parrillerxs”, puso un puesto para regalar choripán y hamburguesas por el Día del Jubilado, que fue el domingo. Se sumó mucha gente de la calle: “El hambre es desesperante”, dice una señora mientras corta el pan. Sobre la vereda se acomodan trabajadoras y trabajadores de la ANSES, que denuncian una “sangría por goteo” en el organismo encargado de las jubilaciones y pensiones: el Gobierno abrió un plan de retiros voluntarios, el segundo del año. Un trabajador dice a lavaca: “En el anterior se fueron más de 1.000 personas. Muchos agarran porque están muy endeudados. La idea es que quede un ANSES chico, si es que queda”.

Por su parte, Luis tendría que estar cobrando un poco más: en septiembre la mínima llegó a $498.633,20, contando el bono de $70.000, congelado hace 30 meses: según el Centro de Economía Política de la Argentina (CEPA), si fuera por movilidad Luis y cinco millones de jubilados y jubiladas más tendrían que percibir un bono de $223.148. Pero Luis cobra solo $400.000 limpios porque está endeudado: hace ocho años sacó un crédito.
–Se me cayó un árbol del fondo de casa en la cabeza. Tuve derrame cerebral. También me hizo pelota la rodilla: hoy tengo una prótesis. Mirá vos, es la misma rodilla que la policía me reprimió en una marcha el año pasado: la tengo peor. Me queda este año de crédito, así que espero para fin de año terminar de pagarlo y poder cobrar un poquito más.

Por eso todos los días –salvo los miércoles– sale a vender tres pares de medias a $1.000: camina mirando a todos lados para que los “parásitos con uniforme” no le decomisen la mercadería, como viene ocurriendo en la ciudad de Buenos Aires bajo la gestión de Jorge Macri. Antes Luis vendía alfajores y podía hacerle algún regalo a su nieta de 13 años, o darse un gustito como ir al teatro. Pero los alfajores subieron tanto que ya no es negocio. Cuenta que la idea de las medias le llegó mirando la televisión.
–Veía a tanto operador político en la tele que pensé: si las medias me salen lo mismo que un chupetín, quizá la salida a esta crisis sea chupar medias, en serio te digo.
Luis habla y piensa con mucho humor, pero siempre aclara que lo dice en serio. Cuenta que fue la primera persona que puso un boliche gay en provincia de Buenos Aires – “Chelovecos, en 1974”–, que también tuvo una tanguería y que por muchos años se dedicó a cocinar en su casa para geriátricos o centros de jubilados. Como siempre trabajó por su cuenta, pudo jubilarse con una parte de aportes y otra de moratoria.

–Hoy el Gobierno la cortó, pero la moratoria ayudó mucho. Conozco gente que nunca aportó y ahora te dice: “Cristina chorra”. Bueno, entonces devolvé la jubilación o donala a un comedor.
A diferencia de lo que dijo el presidente Javier Milei tras su discurso en Naciones Unidas en Nueva York, a Luis –como argentino– no le salen dólares por las orejas. Es una de las tantas razones por las que no se pierde ningún miércoles.
–Hace unos años me quedé viudo. Me pasaron todas, pero yo le aconsejo a la gente mayor que venga a la marcha. No sólo como protesta, sino porque es bueno para uno. Es una cuestión de salud. A mí me ayudó mucho porque me olvidé de mí: me acuerdo más de la madre de Milei que de mí. En serio, te digo. Algunos jubilados me dicen: “No, mejor me voy a hacer un estudio al médico”, pero es como un coche en el mecánico: algo siempre te van a encontrar. No digo que esté mal, ojo, pero hay gente que está todo el día en la casa mirándola por televisión y pensando en sí mismo. Con hacer un cartel o pensar alguna cosita, ya la cabeza se me despeja.

La semana pasada, Luis trajo el “Desodorante Javo”, con una característica premium: “Te deja seco las 24 horas”. ¿Qué significa ese humor en la lucha de cada miércoles?
Luis es crítico:
–Yo vengo porque la jubilación me alcanza nomás para diez días. Me gustaría que hagamos un poco más de bochinche. Acá nos encerraron. Venimos y damos una ronda: no tenemos nada para festejar pero damos la vuelta olímpica como si fuéramos campeones. Luego, a casa. Hay que ir al Obelisco, a Corrientes. Acá no nos ve nadie. No estoy en contra, porque nos encontramos, pero haría un poco más de calle. Lo único que falta es que nos pongan mesas y nos hagan jugar a las damas: para eso voy a la plaza de mi barrio. En Lanús me preguntan: “¿Luis, no marchan más?”.
La marcha –la ronda a la que Luis pide más bochinche– está por empezar.
¿Qué espera?
–Mirá, el día que no pueda caminar más ni vivir a medias, me amenazo al Presidente así me vienen a buscar: ya averigué que no me sacan la jubilación, me llevan en cana, y al menos tengo una lamparita para leer algún libro y amigos que me traerán algún sanguchito de miga. Lo mismo que haría en casa lo hago allá. En serio, te digo.
¿Hay opción B?
–Que cambie el Gobierno. Eso daría un poquito de esperanza. La primera medida tendría que ser darnos un aumento. De mínima. Esta lucha que hacemos va a pasar a la historia como algo que era necesario hacer. El que no labura ni lucha, no come.
Hincha de Independiente y fanático de Manal, Luis se despide y se mete a la marcha.
Revista Mu
MU 216: Qué, cómo y cuándo cambió todo


Ley de Tierras y después: Cambio de tema
Durante meses el gobierno logró imponer los temas, los tiempos y las preguntas. Hasta que una discusión sobre la tierra parió otra cosa. Lo que apareció detrás y después de ese debate no es –solo– una disputa jurídica ni económica, sino una pregunta más profunda sobre la soberanía, la identidad y el futuro. De César Aira a Peter Thiel, una lectura de la actualidad para crear lo que falta.
Por Claudia Acuña

Viaje a la vida en el Paraná II: En modo Costa Pobre
Los incendios y el dragado que rompen el ecosistema, los countries ocupándolo todo, el extractivismo de arena para el fracking, las privatizaciones, la contaminación masiva, la indolencia estatal: el Paraná debería ser un río de todos, pero parece un río de nadie. Navegación desde Escobar hasta las Lechiguanas, pasando por Costa Pobre, barrio popular amenazado, que simboliza mucho de esta historia. Voces e imágenes de quienes siguen defendiendo la vida del aire, el suelo, el agua y la justicia.
Por Francisco Pandolfi
Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org

Atanor condenada por contaminación: La odisea
Más de 200 muertes en seis manzanas del Barrio Química, la contaminación probada del agua, aire y suelos, y el “daño irreversible” al Paraná en San Nicolás ratificado por la Corte Suprema bonaerense. La sanción económica es mínima para una multinacional (equivalente a dos camionetas) pero está por comenzar la causa penal a sus ejecutivos. Lo que cuentan el barrio y el abogado Fabián Maggi sobre este viaje de más de una década para que no haya impunidad.
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Agroecología en Misiones: El libro de la selva
Una cooperativa agroecológica de quince familias produce alimentos sin químicos en medio de la selva misionera y muestra cómo cultivar de un modo sano y rentable. Unión Campesina, los secretos de la tierra, la casa de las semillas, y una decisión: hacer mucho y hablar menos. El método del Fukuoka misionero. ¿Cuál es la rueda que está girando?
Por Francisco Pandolfi
Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org

Delia Tedín, decoración, política y clases altas: Mucho gusto
Con tupido árbol genealógico y privilegios de cuna, aprendió el valor de la diversidad y la rebeldía frente a un ambiente que “olía a odio”. Eligió su propia vida como decoradora, sin perder nunca de vista el contexto social. Sus pasiones: fomentar el trabajo y la creatividad del país, y combatir la idea de que las personas tienen la culpa si les va mal en estos tiempos. Conversación sobre bombas, estupidez, poder, Nerón y el arte de mantener los ojos abiertos.
Por Sergio Ciancaglini
Fotos: Juan Valeiro

Carne de cañón: las víctimas travestis-trans de la dictadura
A 50 años del golpe de Estado, el Archivo de la Memoria Trans reunió en un libro testimonios individuales, relatos colectivos y el registro del Juicio Brigadas, el primero que toma como víctimas del terrorismo de Estado a mujeres travestis trans. El libro no habla solo de violencia, sino también del humor, la amistad, la resistencia y las formas que ellas inventaron para poder seguir vivas. Pistas sobre dónde encontrar claves para el futuro.
Por Evangelina Bucari

El libro La nueva oligarquía: Tecnopoder
¿Quién gobierna el mundo? ¿Qué transformaciones y deformaciones de la democracia se están intentando? ¿Qué pasa con la soberanía? ¿A quién hay que vigilar? Temas de La nueva oligarquía, del sociólogo argentino Ariel Goldstein y editado por Marea. Aquí, fragmentos que invitan a su lectura para bucear varios dilemas del presente.

Zoe Hochbaum: Comerse el mundo
Actriz, bailarina, escritora, productora: 27 años, una nueva película y un programa de radio. Zoe puede oscilar entre la comedia con flamenco, los monstruos literarios y la reconstrucción de los vuelos de la muerte. El homenaje al radioteatro, y el ejercicio de la amistad como salvavidas para los tiempos en los que la realidad parece querer fagocitarnos.
Por María del Carmen Varela
Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org

Crónicas del Más Acá: Rambo al sur
por Carlos Melone
Nota
La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Córdoba llegó a la undécima edición del Ni Una Menos con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. Córdoba salió a la calle bajo la lluvia este 3J, once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta.
Por Bernardina Rosini
El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: lavaca.org.
Lo que no se puede creer
Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.
Varones
Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema? Fotos: lavaca.org
«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.
Dónde está Delicia
Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.
Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.
Justicia sin apellido
Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»
Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.
La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
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