Nota
Rodolfo Livingston: el arte de no tragarse el sapo

Un mal regalo de Reyes. Este 6 de enero falleció el arquitecto Rodolfo Livingston, uno de los símbolos de una época, un hombre que supo reunir talento, rebeldía, humor y trabajo para democratizar la arquitectura, el urbanismo, la cultura y –sobre todo– la vida cotidiana. Las familias y las comunidades como claves para una nueva arquitectura. Datos sobre dónde radica el milagro del universo, y la creación del felizómetro/sufrinómetro. Fue autor de libros como Cirugía de casas (sobre sus trabajos), Arquitectura y autoritarismo y Anatomía del sapo (en referencia a los sapos que el neoliberalismo le hace tragar a la humanidad), libro a tener en cuenta ahora que tenemos que tragarnos el verdadero sapo de la noticia de su adiós. Por Sergio Ciancaglini.
El arquitecto Rodolfo Livingston estaba en cuatro patas sobre el tejado de zinc haciendo una especie de alpinismo de los techos, tanteando distintos lugares de la chapa como si se tratase de un piano que había que determinar si estaba afinado.
Terminó esa recorrida sonriendo, se acercó a Claudia y a mí y nos dijo en voz baja: “Compren”.
Así decidimos comprar la casa que habitamos desde hace varias eras geológicas (hablo de los 80) a la que el mismo arquitecto Rodolfo Livingston rediseñó según los conceptos nuevos, transformadores, revolucionarios, evidentes, obvios, o como prefieran llamarlo, que estableció a lo largo de su vida profesional y que plasmó en libros como Cirugía de casas (¡en el que aparece la nuestra!).
Este día de Reyes la realidad –que anda un tanto maldita– ha decidido cometer la siguiente noticia: Rodolfo ha muerto. Lo anunció su hija Ana. Su esposa (y también arquitecta) Nidia Marinaro mostró la foto en su red social del hijo menor, Tomás Livingston, abrazando a su padre que estaba con los ojos cerrados. Fue en Mar de las Pampas, donde había ido a pasar unos días en familia. Escribió Nidia: Queridos, murió Rodolfo en mis brazos, con Tomás al lado. En paz. Su alma sabia hizo única la despedida».
Rodolfo tenía 91 años, aunque toda su vida fue de los tipos más jóvenes que cualquier persona pudiese conocer. Fue parte de una generación que hizo eclosión en los 60 en el país y en el mundo, postulando el acceso de la imaginación al poder, las nuevas miradas, nuevas éticas, nuevos modos de pensar, actuar y de relacionar al bicho humano con la irrealidad circundante.
De lo familiar a lo comunitario
Fue Rodolfo un tipo divertido, rebelde, creativo, trabajador, elegante (en la forma, y sobre todo en el contenido), soñador con los pies en la tierra o en los tejados, generoso, un verdadero intelectual (alguien crítico de su tiempo, capaz de meter el dedo en cualquier llaga y no una caricatura pomposa de jerga intransitable, como suele ocurrir). Y fue una persona de acción. Ahora que tanta gente desmesuradamente joven ha visto Get Back!, podría plantearse que Rodolfo fue una especie de Beatle de la arquitectura, capaz de improvisar una idea, seguirla, observarla, meditarla, convertirla en cimientos, en proyecto, en obra, en un techo. En un hogar.
Creó el concepto del Arquitecto de familia, definición que convirtió en un método y en grupos de trabajo. En términos económicos lo explicaba así: “Los arquitectos cobran un porcentaje de la obra. Quiere decir que cuanto más grande la obra, más cobran. Yo no hago eso sino que fijo un precio de entrada, y trato de hacer las cosas produciéndole el menor gasto al cliente. Por eso muchos colegas me quieren liquidar. Pero si lo hago a porcentaje, va en contra de la familia. Es como si un cirujano te cobrara no por lo que necesita tu salud, sino de acuerdo a todo lo que te saca en una operación, después lo pesa y va a porcentaje”.
El Método Livingston (así se llama un documental que lo describe) se aplicaba a partir de enormes y cuidadas entrevistas con las familias que querían hacer o reformar su casa, preguntándoles sus orígenes, sus proyectos, sus horarios, sus comidas, y todos los etcéteras imaginables. “La casa es de ellos. Uno tiene que aprender a escuchar. Esto no quiere decir aceptar cualquier demanda, sino tratar de entender lo que llamo ‘demanda latente’: qué necesita la persona o la familia, y cuál puede ser la mejor solución”.
El día que vino a ayudarnos a definir si tenía sentido comprar la casa construida en 1916 lo encontré en la vereda de enfrente con un atril y una brújula. El atril para ir dibujando lo que veía. La brújula para comprender cómo sería la luz de cada día y en cada ambiente. Luego hizo la recorrida, tocaba las paredes, revisaba rincones inesperados, se tiraba al piso a ver cosas que nadie veía, y no se privó de los tejados, ni de la entrevista gigante para poder trabajar en conjunto cómo sería el hogar, de acuerdo a lo que le gustaba llamar “cerebro colectivo”.
Aplicó en Cuba el mismo espíritu que con una familia, pero a gran escala, cuando inspiró y colaboró en la construcción de nuevos barrios comunitarios discutiendo incluso con los cubanos hasta lograr que esos intercambios lograran no el triunfo de una postura sobre la otra, sino la activación del cerebro colectivo. Me contó que hizo 32 viajes a la isla, donde dictó 70 seminarios. “Pero atendíamos a las familias reales, no era que dábamos conferencias”. En 149 municipios de toda la isla, decía maravillado, había carteles en las plazas anunciando a los Arquitectos de la comunidad. Rodolfo sostenía que se le había producido una mutación inesperada: «Tengo el alma cubana». En una era fragmentada y descompuesta, sus ideas siguen siendo un horizonte de cosas que no siempre van juntas: sensibilidad, pragmatismo y humanidad.
Democratización de la vida cotidiana
Cada intervención de Rodolfo era un impulso hacia la democratización de la arquitectura. Y de la vida cotidiana. Reclamaba políticamente por la justicia y también por el derecho a la belleza. Decía que no hay familias tipo, ni viviendas tipo, y que la arquitectura omitía lo más evidente: escuchar a las personas, sus necesidades, sus demandas. Alguna vez nos contó su aventura en Ushuahia, donde puso una mesa en la calle como si fuese un consultorio para que todo el que tuviese algún problema en su vivienda, en su barrio, en su asentamiento, pudiese ir a preguntar y llevarse una propuesta. Impulsó esa práctica también en la Facultad de Arquitectura, con estudiantes de sus cursos realizando gratuitamente proyectos para quienes se acercaran a consultar de qué modo mejorar su medio ambiente.
“Mi sueño es que la arquitectura sea eso, un trabajo con las familias para que la vida sea mejor”.
Cuando hablaba así, la arquitectura empezaba a parecerse a una actividad médica, de salud pública. Una vez me dijo: “Los psicólogos, psiquiatras y psicoanalistas, deberían pagarle un tributo a los arquitectos por haber vuelto loca a la gente con esas jaulas de uno o dos ambientes que hay en los edificios de las ciudades”. Se quedó pensando: “Bueno, en realidad tendrían que cobrárselo a las empresas que construyen esos lugares. Parecen edificios, pero son como cajas de seguridad”.
Contaba que una vez una familia estaba viendo uno de esos departamentos y el niño, con la sabiduría del caso, dijo: “Este lugar no tiene afuera”. Rodolfo: “Y era tal cual: no tenía balcón, patio, jardín, vista. El chico se había dado cuenta de todo”. El cuestionamiento de Rodolfo no era decorativo: ayudaba a hacer mejores lugares donde vivir, pero entendía que el lugar que había que cambiar, refaccionar, aprender a mirar de nuevo y reconstruir con el cerebro colectivo es el mundo. Escribió en uno de sus ensayos: «Es tan irracional creer en las brujas o en el Rey Sol como creer en el neoliberalismo, cuyas consecuencias nefastas sobre la humanidad y sobre el planeta son cada día más evidentes». En 2001 y 2002 salió a las calles a escribir crónicas sobre la sociedad que estallaba, las asambleas, el trueque, los cacerolazos, la sociedad en movimiento.
Imaginó la creación de un aparato virtual, el felizómetro/sufrinómetro, para medir qué cosas de un hogar causas felicidad a sus habitantes, y cuáles sufrimiento. Es una cuenta pendiente aplicar el felizómetro/sufrinómetro a nivel social en estas curiosas tierras. “Que se piense el bienestar de la gente de acuerdo al Producto Bruto es, efectivamente, de brutos”, me dijo una vez en el programa radial Decí MU.
Y planteó: “La dimensión social de la felicidad es importante para completar la felicidad humana. Es una necesidad de una persona sana”.
¿Cuál es el milagro del universo?
Escribió en Anatomía del sapo un ensayo del mismo nombre en el que plantea: “Lo más difícil de comprender no es la existencia del sistema neoliberal, sino que tantos millones de personas se lo hayan creído”.
Allí escribió en 2002: “Mucha gente cree que está informada ‘minuto a minuto’, por medio de satélites, móviles y otras urgencias, precedidas por el toque de clarines cuando, en realidad, casi nadie entiende lo que ocurre ni lo conecta (…). Pero estamos acostumbrados a no entender y a seguir viaje como si nada”.
Cuestionaba allí el darwinismo social (aclarando que Darwin es inocente) según el cual el motor del avance es la competencia. “En este punto, muy poco revisado por cierto (los sapos se tragan enteros) se apoya todo el andamiaje liberal. Según esta trasposición veloz, la competencia entre una multinacional y un pequeño productor argentino, vendría a ser lo mismo que el combate entre dos ciervos por una hembra. Que gane el más apto y todo irá bien”.
Su respuesta: “La armonía en lugar de la lucha. No es en el predominio brutal del más fuerte donde reside el milagro del universo, sino en la unión armónica e inteligente de sus partes”.
“Los átomos se unen formando las moléculas, y esas, a su vez, los órganos de animales asombrosos y disímiles como una langosta de mar, un pájaro, un hombre. Los animales son (¡somos!) interdependientes con el reino vegetal, ampliándose todo hasta llegar a la estrellas, hechas con los mismos átomos que forman la tinta de estas letras”.
“Pero al comité Central de Administración del Mundo (FMI, BM, EEUU.) no le gusta que refuten su desvencijado paradigma. Según él, necesitamos ‘ayuda’ para remediar lo mal que aplicamos ‘la libertad de los mercados’. Se le presenta un solo problema: nos estamos avivando”.
Nota
MU 215: Sin chamuyo



Viaje a la vida en el Delta: Y la nave va
Mientras el gobierno nacional privatiza la principal vía navegable del país con un nivel de tráfico comercial gigantesco y opaco, quienes habitan el delta advierten sobre el impacto a una forma de vivir, al humedal que provee biodiversidad, y a una soberanía que se pierde río abajo. Viaje en barco de MU desde el bajo delta bonaerense, para conocer y escuchar a isleños, productores, docentes, ambientalistas y vecinos que resisten otra avanzada sobre un territorio en disputa.
Por Francisco Pandolfi

Gonzalo Giles, pensador y comunicador «disca»: Error en el sistema
Gonzalo Giles, activista del movimiento disca que resiste el ajuste.
Es mudo pero logra hacerse oír. Humor, creatividad y política:
“Necesitamos menos caudillos y más gente que construya”.
Es escritor, activista y referente de una generación que convirtió la experiencia de la discapacidad en una potencia de comunicación y acción. Ahora prepara un espacio propio para intervenir en política. Una conversación sobre prejuicios, salud mental, amores, liderazgo, y “lo disca” como una categoría desde la cual pensar –y reconstruir– un país.
Por Sergio Ciancaglini

La dictadura en el delta: Los sonidos de El Silencio
La quinta El Silencio fue un centro clandestino en el que la dictadura escondió en 1979 a 40 personas secuestradas. ¿Cuánto se sabía y cuánto se callaba entre las islas y ríos del Delta? Un viaje a ese paisaje y a esa realidad: la alianza entre una vecina y una historiadora, lo que cuentan los sobrevivientes, los barcos de la muerte y la investigación de chicos de la zona, con sus preguntas y sus grabadores, para entender el pasado y mucho del presente.
Por Lucas Pedulla

Violencia policial en Constitución: La ley y el orden
La Policía de la Ciudad asesinó a Víctor Vargas (foto) disparándole tres balazos por la espalda. Intentó ocultar la verdad del crimen pero la investigación judicial detectó a los culpables y se abrió una causa sobre la relación entre la venta de drogas y la complicidad policial. ¿Quién era Víctor? Constitución como tierra de nadie y la violencia institucional contra prostitutas, travestis y quienes tratan de sobrevivir a la crisis de cada día.
Por Claudia Acuña

El «Woodstock ambiental» contra los agrotóxicos: De película
Alarmados por los pesticidas y sus efectos de contaminación ambiental y humana, estudiantes y un maestro de una escuela pública cordobesa empezaron a componer canciones. Convocaron tímidamente a artistas, y se sumaron más de 300. Ya hicieron tres discos y un recital en el campo. Una canción para mi tierra es el film que relata esa aventura que empezó en una comunidad, siguió por decenas de escuelas y tiene contagios en defensa del ambiente y la vida desde España hasta el Amazonas.
Por María del Carmen Varela

Un biodrama del presente: Puta madre
La obra Putamadre muestra los mandatos, la soledad de las mujeres que crían solas, y una sociedad que las juzga antes de escucharlas. Lejos de la maternidad romántica, humor, amor y la historia real de una madre con su hijo todavía preso: ambos en escena, él a través de una filmación desde la cárcel. Lo que puede el arte para derrumbar prejuicios.
Por Evangelina Bucari

La Cogolla: Flor de cultivo
Yael Frida Gutman mezcla cabaret, transformismo, música y humor para hablar de cannabis, autogestión y libertad: una obra que crece desde hace cinco temporadas y convierte cada función en una celebración, una conversación y una invitación a pensar.
por María del Carmen Varela

Desentendimiento: Fingir demencia
Sabemos lo que pasa, pero no hacemos nada. La filósofa eslovena Alenka Zupančič escribió Desentendimiento-Una forma perversa de la razón en la crisis permanente, sobre ese rasgo que no es el “negacionismo” y que consiste en eso que llamamos “fingir demencia” (o normalidad). Las fake, el oscurantismo, y los que se creen por encima de la gente.
Por Franco Ciancaglini

Crónicas del Más Acá: Parlantes
Por Carlos Melone
Nota
MU 214: Mujer maravilla

Ella y sus dos hijos llevan glifosato en su sangre, al igual que muchos y muchas en
Pergamino, localidad contaminada por el agronegocio donde dieron batalla y hoy
protagonizan un juicio histórico contra productores y funcionarios. ¿Será justicia?

Ganar la vida: La historia de (no) ficción de Sabrina Ortiz
Su hijo Ciro tenía 120 veces más agrotóxicos que lo “admisible”. Su hija Fiamma, 100 veces más; ella, 58. Viven en Pergamino, llamada “la capital del veneno”, donde se encontraron pesticidas hasta en el agua de red. Bajo amenazas de muerte Sabrina inició una denuncia convertida en un juicio histórico que está por tener sentencia buscando terminar con la impunidad. La acompaña una abogada de lujo: ella misma se recibió como parte de su lucha, porque nadie se atrevía a representarla. No es una película sino un retrato de la Argentina actual: un modelo de contaminación, enfermedad y muerte, frente a la lucha de las comunidades que no se resignan a un presente tóxico.
Por Francisco Pandolfi

La calle criminalizada: El derecho a la protesta en la era Milei-Bullrich
El teatro antidisturbios del presente: descontrol de las fuerzas represivas, cientos de heridos, detenciones arbitrarias, armado de causas, y un proceso judicial que poco tiene de justicia. Los casos de Milton Tolomeo y Eneas Gallo, aún detenidos por protestar el día de la Ley de Reforma Laboral, hablan de la impunidad con la cual se maneja el gobierno con aval de jueces y fiscales. Lo cuentan ellos, sus familiares y defensas en esta investigación especial.
Por Lucas Pedulla

Década perdida: Marta Montero, mamá de Lucía Pérez
“Estamos como el día 1”. La frase de la madre de la joven asesinada en 2016 remite a aquel año: cuando denunciaron que dos narcofemicidas habían abusado y asesinado a su hija, hasta hoy, dos juicios después, pues la impunidad sigue consagrada. De motivar el Primer Paro Nacional de Mujeres a la decisión que tomó Marta ahora: estudiar abogacía. La injusticia como una tortura y la lucha como un tejido social que sigue en Mar del Plata, con un centro cultural, un bachillerato y un movimiento que no se amilana.
Por Evangelina Buccari

La Cordobaza: 3J y el Ni Una Menos en la provincia de Agostina
La undécima edición del Ni Una Menos llegó a Córdoba con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. La gente salió a la calle bajo la lluvia once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta. Cómo se busca justicia.
Por Bernardina Rosini

El modelo Redondo: El Indio Solari y la autogestión
¿Qué explica que una banda que rechazó las reglas de la industria se haya convertido uno de los fenómenos culturales más masivos de la Argentina? Desde la producción de sus discos hasta la organización de sus recitales, desde el vínculo con su público hasta la construcción de una comunidad capaz de sobrevivir a su propio fundador, la historia del Indio Solari y sus grupos también es la historia de una forma de crear, pensar, sentir y organizarse, con la autogestión como herramienta y filosofía de vida.
Por Francisco Pandolfi, Mariano Randazzo y Franco Ciancaglini

Mundo Chueco: Jorge Chueco Romero, sacerdote de Ciudad Oculta
Es cura en Ciudad Oculta. Todos los miércoles acompaña el reclamo de jubilados en el Congreso, donde aguanta los palazos y el gas pimienta. No cobra la asignación de la Curia, sino que vive de su trabajo como obrero y albañil. Una “camicharla” entre los murales del barrio: qué hacer con la vida, Bergoglio, el Indio, el peronismo, y una lista de cosas importantes.
Por Sergio Ciancaglini

El trava power: Las Simbióticas
Nacidas en las sierras cordobesas, mezclan cumbia, humor travesti y compromiso político. Entre canciones, risas y reflexión, sus integrantes reivindican la construcción de redes, la diversidad y la alegría como forma de resistencia.
Por María del Carmen Varela

Ser de luz: Nina Suárez
Acaba de sacar el disco El lado oscuro, donde enfrenta algunos fantasmas y ausencias familiares y amorosas, acaso dos versiones de lo mismo. Lo hizo con un power trío que se suena todo. Ella compone, canta y toca la guitarra de una manera conmovedora y que remite inevitablemente a su madre, Rosario Bléfari. Breve semblanza de una artista capaz de brillar con la oscuridad.
Por Franco Ciancaglini

Crónicas del más acá: GPS
Por Carlos Melone
Nota
La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Córdoba llegó a la undécima edición del Ni Una Menos con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. Córdoba salió a la calle bajo la lluvia este 3J, once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta.
Por Bernardina Rosini
El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: lavaca.org.
Lo que no se puede creer
Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.
Varones
Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema? Fotos: lavaca.org
«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.
Dónde está Delicia
Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.
Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.
Justicia sin apellido
Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»
Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.
La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
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