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Crear el propio cielo

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Cielo Razzo. La banda rosarina escapa a las jaulas rockeras. Hace años que intenta su propio camino. Logró sobreponerse a la muerte, simplificando las opciones: hoy se está, mañana no. En esta charla compartieron todo lo que aprendieron sobre el público, el trabajo, la creación, la explotación y una extraña palabra: conciencia.

Entran los tres rosarinos y la casa se desordena enseguida. Hay una mezcla de fuerza e inocencia en lo que hacen ¿Dónde ponemos las mochilas? ¿Tenés un cenicero? Y este reproductor de dvd, ¿cuándo lo compraste?, preguntan al unísono a Mónica, la encargada de prensa y dueña de casa, que soluciona una a una todas las inquietudes. Vienen de almorzar en la cantina de la esquina y anuncian que están cansados porque estuvieron haciendo notas desde temprano, esa responsabilidad que ahora que son famosos no pueden eludir.
La primera impresión es que estos chicos están estrenando vida nueva.
“Siéntense acá”, ordena Mónica y señala unos cómodos sillones frente a un televisor. Ahí se ve el comienzo de un dvd –que acaba de salir a la venta– con imágenes del recital en Obras. Se ríen y se burlan entre ellos. En la pantalla se los ve, momentos antes de salir a tocar, con cara de susto. Cuando parece que están quietos, sin miedos y dispuestos a comenzar la entrevista, Mónica se asoma para advertir que hay poco tiempo, que después viene la gente de Much Music a hacer una nota, y después tienen otra. Y otra. Pablo Pino –voz y armónica– , Nano Aimes –guitarra– y Javi Robledo –batería y coros– no se inquietan por la jornada que les espera. Dicen que la asumen como parte del trabajo. Javi agrega: “Además, a veces nos invitan a comer”. El resto de la banda se completa con Diego Almirón (guitarra y los coros), Cristian Narváez (bajo) y Juan Pablo Bruno (percusión).
Cielo Razzo es una banda de rock rosarina que viene tocando desde hace 13 años. Pasó por pequeños escenarios de bares y hoy, en pleno ascenso, ya pasaron por Buenos Aires, donde además grabaron su último disco en vivo, Audiografía. En este caso, la conversación es con Pablo, Javi y Nano, como para entender cómo estrena vida nueva un conjunto que intenta mezclar inocencia, fuerza, y una cosa que se ha vuelto rara, como sólo pueden serlo algunas armonías: conciencia.
 
Alma en tregua
No se considera una banda con un estilo excesivamente marcado. “Hacemos lo que nos sale, como nace. Si nace reggae, lo encaramos así. Si nació power, lo encaramos power” dice Javi. Cada integrante del grupo tiene sus propias predilecciones y manías. Juan Pablo el reggae o la música latina. Pablo y Pájaro vienen de la época del “grunge”. (Aclaración para no iniciados: el “grunge” es una encrucijada de rock y punk que eclosionó en los 90 en Seattle, sede posterior de los primeros alzamientos antiglobalización, y ha tenido a Kurt Cobaine, inspirador de Nirvana, como su exponente más idolatrado, luego incluso de su suicidio de un escopetazo en 1994, a los 27 años).
A este mix se suma Chelo, el tecladista, con una formación con bastante de clásico. “De toda esa mezcla nace nuestra música” explica Javi. Generalmente, Pablo y Pájaro son los que aparecen con la idea principal de letras y de armonías. Nano también compone. Así cada uno aporta lo suyo, y de lo colectivo toma forma un arte que no es milagro del cielo, sino todo un trabajo de composición.
¿De dónde surgen las letras? Una teoría de Pablo: “La banda es un espejo de un montón de situaciones que pasan. Hay de todo. Cosas pesadas, cuestiones sociales, y también somos de escribir cosas naturales y simples que van por el lado existencial, las sensaciones”. La idea de que lo “pesado” es lo social y lo “simple” es lo existencial merece ser discutida, pero lo interesante es que Cielo Razzo no hace una diferencia de intensidad entre una y otra dimensión. “Cuando algo nos altera, o nos parece que da para escribir, lo hacemos” explica Pablo. “Hay un tema, Mama, que contaba la historia de un tipo viviendo todos los males de nuestra época: la falta de trabajo, el fracaso ante la familia, el hambre y lo demás. O Muñequito, que habla sobre los chicos que piden en la calle. Pero no nos encasillamos en una sola cosa.”
 
La cultura messenger
Existe una situación acaso mágica, cuando un conjunto logra conectar con el principal de sus amplificadores: el público. La música en puente hacia las orejas, el cerebro y el corazón.
¿Cómo ocurre? No hay magia, no hay improvisación. Pablo: “Todo lo que escribimos está trabajado. Nunca hicimos una melodía y dijimos: bueno, pongamos cuaquier letra. Ese trabajo es lo que permite la conexión”.
¿Cómo sienten que es la relación de los chicos con el rock, y a la inversa, qué sienten que el rock les proporciona a los chicos en estos tiempos?
Pablo: Está bueno que los chicos tomen protagonismo en los recitales. Nosotros vivimos otra época (la mayoría –excepto Javi– tienen un promedio de 30 años). Los grupos que nos gustaban eran muy lejanos, porque no había página de Internet. Tampoco te podías comunicar con una gran masa de gente a la que le gustaba el mismo grupo que a vos. Ahora estamos en la cultura del messenger, del mensaje por teléfono, todo eso hace que la gente se acerque a nosotros, pero también entre ello.
 
Pablo considera que el rock brinda una especie de territorio a los jóvenes: “Les proporciona un espacio. Por ejemplo, hace que vean a Cielo Razzo como un club donde se juntan, hablan, charlan, se comunican…”.
 
La gula del diablo
La banda comenzó a tocar en 1993. Como suele ocurrir, hubo momentos de unión, de dispersión, de eclosión y depresión. En 2003 los aplastó la desgracia. Pablo: “Claudio era un amigo que nos hacía la escenografía. Largo era el baterista del grupo. Tocamos cerca de Rosario, veníamos en una trafic, pero ellos dos se quedaron a desarmar un par de cosas, y salieron 20 minutos después que nosotros. Al día siguiente nos enteramos de que había habido un accidente. Y que los chicos estaban muertos”.
El dolor absoluto, la situación límite, los unió más. Los integrantes de Cielo Razzo comprendieron algo de una complejísima sencillez: “Nos dimos cuenta de que esto es algo muy simple: ahora estamos, y mañana no. Empezamos a disfrutar más los momentos, a tener en cuenta las relaciones personales con la gente que uno quiere, nuestras familias, entre nosotros mismos. Empezás a ver que la vida es un regalo que hay que disfrutar mientras lo tengas”.
Fue ése el momento de la entrada al grupo de un sub-20, Javi (19 años) que le puso a la banda una energía, golpe a golpe, que todos reconocen que les estaba faltando después del mazazo de muerte que se llevó a Largo y a Claudio.
En Rosario comenzaba a irles bien, y con un espíritu de ruta y apertura, recorrían pueblos y ciudades para enchufarlas al rocanrol. Decidieron entonces seguir adelante, no dejar por la mitad lo que habían empezado. Pablo: “Muy poquito antes del accidente le habían ofrecido un trabajo a Largo. Y él se negó, porque quería dedicarse por completo a la banda. Entonces dijimos: nosotros tenemos que seguir con esta locura, con este sueño”.
Largo, sin estar, definió entonces la cuestión, como haciendo latir otra vez a Cielo Razzo con el pie en el pedal del bombo, que ahora ya es propiedad de la juventud de Javi.
 
Las cosas que hay que hacer
La banda, según los indicios, está compuesta por cinco personas. Falso. “Somos muchos, somos parte de una familia. Todos tiramos para el mismo lado, no hay un solista al cual el resto acompañe.” Parece una constante de la época: la banda como familia ampliada, la acción colectiva para salir adelante, la falta de liderazgos personales, porque lo que lidera es la red que forma el grupo. Hasta para que un buen solo tenga sentido, tienen que estar los otros acompañando, incluso con el silencio.
El primer gran empujón fue en 2003, cuando fueron invitados al San Pedro Rock para compartir escenario con Bersuit, Ataque 77, La Missisippi y León Gieco. Para ellos fue tocar el cielo con las manos. Hasta que empezaron a entender que ellos también podían crear su propio cielo.
 
¿Qué les cambió desde aquellos comienzos hasta hoy en la vida cotidiana?
Javi: Uno no ve los cambios. Te vas acostumbrando a cosas que se vuelven normales, como salir de gira. Lo disfrutamos muchísimo y estamos agradecidos a la vida y a la gente que nos da la posibilidad de vivir todo eso. En cuanto a nuestra personalidad… entre nosotros no cambiamos en nada (apenas pronunciada la frase, Javi mismo se ríe). Bueno, yo siempre me dediqué a la música. Apenas terminé el secundario entré en la banda municipal de mi ciudad, y nunca hice otra cosa. Así que de trabajo mucho no puedo hablar.
Nano relata que fue empleado hasta marzo en una biblioteca pública de Rosario a la que ha presentado formalmente su renuncia, y explica por qué una persona puede sentir que vale la pena arriesgarse, incluso al hambre: “Fue difícil renunciar al trabajo, porque es largarse a lo incierto. En lo artístico hoy tenés, y mañana no sabés. Si estás solo es más fácil el riesgo. El problema es cuando ya tenés familia, la responsabilidad es muy grande. Por eso me costó tanto tomar la decisión. Ahora zafo, no me quejo, prefiero morirme de hambre con esto y no tener lo que sea en otro lado porque esto es lo que hacemos. Empezamos casi pagando para tocar y llegamos hasta acá, ahora medianamente podemos vivir de esto.
 
agar para tocar, o casi, es el modo de explotación rockera con que los empresarios del negocio someten a los artistas que empiezan. “Te dicen: vení a tocar. Vos pagás el flete, el sonido y al final del día pagaste todo. Te dicen que te conviene porque así te promocionás.” Éxtasis de los empresarios: presentan un show, les cobran a los clientes y no les pagan a los músicos.
 
n Cielo Razzo hay tres leprosos y dos canallas (traducción: hinchas de Newell’s y de Rosario Central) que conviven sin dramas, ya que no hay nubarrones de pasión futbolera en esta banda. Otra rareza: jamás se dejaron seducir por Buenos Aires, esa idea a veces convertida en ilusión óptica para los chicos de las provincias. Cielo Razzo rompió la norma. Nano: “Hicimos al revés que la mayoría de las bandas que piensan llegar a Capital, y de ahí al país. Nosotros fuimos desde Rosario al país, y dentro de eso, Buenos Aires”. (Los porteños que sientan mareos, cefaleas o náuseas por baja autoestima ante la ingesta de estas declaraciones, deberán abandonar inmediatamente la lectura de las mismas.) Al no plantearse a Buenos Aires como objetivo a conquistar, funcionó una paradoja casi taoísta: la ciudad comenzó a convertirse en una plaza fuerte, capaz de abrirle espacio al cielo.
¿Qué idea tienen sobre lo que ocurrió en Cromañón?
Pablo: Para nosotros ahí falló la institución que está dedicada a cuidar los lugares donde se hacen espectáculos. Estábamos todos dentro del mismo maneje, o sea que para nosotros la responsabilidad real es de la gente encargada. En Rosario cuando nosotros hacemos un show grande se hace una inspección minuciosa. En Cromañón no se hizo.
 
Rock & hipocresía & medios
Pablo calla, piensa, y reconoce: “Nosotros éramos parte del rito de las bengalas, nos guste o no. No podemos ser hipócritas y decir que no se prendían bengalas como salieron a decir millones de bandas. Ésa es la bronca que hay: ver cómo el rock se dio vuelta cuando tendría que haber aceptado que fue una culpa general y no de una sola banda. Creo que hay que hacerse cargo de todos los lugares en donde se apoyó el arengue y la bengala. Hemos visto diarios en los cuales se mostraban los mejores shows del año y no había fotos de la banda sino de los chicos con bengalas. Entonces hay responsabilidad de parte del artista, de parte del público y de parte de los medios de comunicación. Creo que la responsabilidad es colectiva. Nos es justo que caiga sólo Callejeros. Y la culpa ‘real’ es de la gente que trabaja para prevenir estas cosas”.
 
¿Qué sienten cuando algunos próceres del medio diferencian un rock supuestamente intelectual de otro supuestamente “chabón” que no tiene poesía, un rock “perdido”?
Nano: Rock con poesía hubo siempre y rock sin poesía también. No cambió la cosa. No hay un rock “perdido”. Va a seguir habiendo de las dos cosas. En ningún caso deja de ser música, una manifestación artística. Si una banda tiene ganas de meter mucha poesía en una letra, bienvenida sea, y si tiene ganas de hablar de tomarse una cerveza en la esquina está bien: se manifiestan, eso es lo que cuenta. Si alguien después lo quiere escuchar es otra historia.
Javi: Con la música, se disfruta lo que te transmite un tema. Me encanta Spinetta, pero escucho un tema de Illya Kuriaki que dice “a mover el culo” y también me gusta. Y no tiene poesía. Está bueno que haya temas que te hagan pensar porque tienen una letra copada y otros que no. No sé si el rock está perdido: van surgiendo cosas nuevas.
Nano: No sé si la poesía tiene que ser un atributo insoslayable del rock. No es un ingrediente excluyente. Si lo tiene, a mi modo de ver, mejor; pero si no, no pasa nada.
Javi: ¿Y la gente que escucha y va a ver bandas en inglés y no entiende ni lo que dicen? O sea, mientras provoque algo, ya está, yo creo que eso es lo mágico que tiene la música ¿no? Te hace sentir cosas.
Pablo: ­­­­Pienso igual. Entiendo que los tipos que hablan despectivamente del rock actual estaban acostumbrados a otra cosa. Pero la música va mutando y las realidades no son las mismas. Ahora en el medio se habla mucho de lo que llenás, de si vivís de la música o no, etc. Y no se habla de la música. Lo importante siempre tiene que ser el arte.
¿Quiere decir que la industria se puso carnívora? Porque eso sucedió siempre…
Pablo: ­­­­No, me refiero a que en el medio somos todos solidarios, está todo bien, pero de alguna manera terminamos apuntando a lo mismo, que es vivir de la música.
¿Por qué pasa eso?
Pablo: ­­­­Por la necesidad que hay en Argentina. Sea como sea, todos sufrimos la escasez de laburo, de oportunidades. Entonces el pibe que está tocando imagina que a lo mejor por medio de la música puede armar su vida, ¿entendés? En el rock encuentra la posibilidad de ser un músico, tener un oficio y a partir de eso tener una vida formada.
¿Y eso es malo?
Pablo: ­­­­Para mí no tiene nada de malo. Quizás en otros lados, a lo mejor, vos puedas decidir: vivo de la música o no. Y si no soy músico, tengo diez laburos para elegir y listo, ¿entendés? Acá lamentablemente la música es una oportunidad, para algunos, laboral. Y no está muy bueno ver la música en ese sentido. A pesar de eso, nosotros la vivimos también como un oficio y ahora estamos acá en Buenos Aires cuando podríamos estar en nuestra casa con nuestros hijos “papeando” como dice el Indio Solari (papear sería algo así como estar en familia). Pero nosotros también estamos acá por la música, por el arte y la gente, porque nos gusta generar esa conexión público-banda que es lo más fuerte que tiene la música.
Nano: Todo pasa por la conciencia. Mientras nosotros hagamos lo que creemos que es correcto, la cosa va a andar bien. Siempre tratamos de laburar con honestidad y de ser consecuentes con nuestro discurso arriba y abajo del escenario.

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