Una clase magistral: Damián Verzeñassi, médico

Es uno de los profesionales que viajó a la ONU y el Parlamento Europeo para narrar cómo enferma el modelo de monocultivo transgénico. Su termómetro: los campamentos sanitarios que realiza con los estudiantes de la Facultad de Ciencias Médicas de Rosario. Los efectos del modelo. Por qué existe una violación a los derechos humanos, con el Estado como responsable. La política, y lo que enseña la microbiología. Y cómo crear espacios de comunicación y diálogo para poder priorizar la vida. POR SERGIO CIANCAGLINI
Viajó a Europa y habló ante el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de las Naciones Unidas junto a Juan Ignacio Pereyra, de la Red de Abogados de Pueblos Fumigados. Habló también en el Parlamento Europeo y brindó 21 conferencias planteando tres cuestiones claves:
El modelo de agronegocios basado en monocultivos transgénicos dependientes de veneno viola los derechos humanos.
El Estado es cómplice de esa violación.
Es falso el discurso sobre las “dos bibliotecas científicas”, una que cuestiona tal tipo de producción, y otra que lo ensalza.
El médico viajero volvió a la Argentina y aterrizó en MU para contar ese periplo, pero habló también sobre política, sociedad, y las enseñanzas que nos brinda la biología para pensar la vida en común.
Damián Verzeñassi tiene 42 años, nació en Paraná, vive en Rosario (y es hincha de Central). Es Director de la Carrera de Medicina en la Universidad Nacional del Chaco Austral. En la Facultad de Ciencias Médicas de Rosario es Director del Instituto de Salud Socio Ambiental y responsable académico del Ciclo Práctica Final, cuyo examen –el que otorga el título de médico- consiste en la participación de los estudiantes en Campamentos Sanitarios que han hecho relevamientos de salud en 34 pueblos de Santa Fe, Entre Ríos y Córdoba.
Además es miembro fundador de la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad y la Naturaleza (UCCSNAL).
El dispositivo incluyó mate, cuadernos y libretas, biromes, grabadores. Como en otros tiempos, merece llamarse “clase magistral” a esta charla que Verzeñassi cultivó ante el Diplomado Andrés Carrasco en Periodismo y Comunicación Ambiental.

Los doctores que acampan

«Lo que hacemos en los Campamentos Sanitarios no es una muestra, como la Encuesta de Nutrición y Salud, sino que vamos casa por casa en los pueblos, con un promedio de entrevistas del 65,8% de los habitantes de cada localidad. Ya son más de 112.000 familias consultadas en sus propios hogares. Buscamos que los estudiantes sepan hacer entrevistas, preguntar y sobre todo escuchar, como parte del acto médico. Que eso resulte útil para definir la situación de salud de una población, y que permita plantear políticas públicas.
Lo que encontramos es el crecimiento de malformaciones congénitas, abortos espontáneos, una prevalencia del hipotiroidismo realmente alarmante, incremento de los casos de cánceres, de enfermedades neurológicas, respiratorias, de la piel.
Nos preguntamos: ¿Qué tienen en común las personas entrevistadas? El 90% vivía a menos de 1000 metros de campos fumigados. Para entender el contexto: desde que se instaló este modelo productivo a fines de los 90 se incrementó 1.000% el uso de agrotóxicos. Pero en el mismo período el aumento de hectáreas cultivadas fue apenas del 50%. Y se logró una mejora en el rendimiento por hectárea de solo el 36%. O sea: se envenena cada vez más, en proporciones absurdas. Y como lo explican los ingenieros agrónomos, para colmo hay cada vez más malezas, más resistencias. Y lo que se produce, al tener venenos, no puede ser considerado alimento”.

Derechos torcidos

Sobre el viaje a Naciones Unidas: “Fue una invitación a Ginebra para exponer ante la ONU junto a Juan Ignacio Pereyra, miembro de la Red de Abogados de Pueblos Fumigados. Hicimos un informe paralelo al del gobierno argentino sobre la situación de los derechos humanos. Lo que denunciamos es que el modelo agroindustrial de eventos transgénicos como soja, maíz y algodón, resistentes a agrotóxicos y dependientes de esos venenos, constituyen una violación a los derechos humanos”.
¿Por qué razón?: “La salud, la integridad física, el derecho a elegir qué comer, el derecho a elegir cómo trabajar y qué producir son derechos humanos reconocidos en las declaraciones internacionales sobre el tema. Pero con este modelo tenemos los alimentos contaminados con transgénicos y venenos, sin aviso: no hay derecho a elegir. Tenemos en nuestros cuerpos los venenos: el derecho a la integridad física se ve violado. Tenemos problemas de salud gravísimos, evidenciados en nuestros campamentos: otro derecho violado. Sabemos que tenemos químicos en el territorio, el agua, el aire, los alimentos y nuestros cuerpos, gracias a científicos como Delia Aiassa de Río Cuarto, Damián Marino en La Plata, Rafael Najmanovich en Santa Fe o los estudios del ingeniero Marcos Tomasoni, entre tantos otros. Esa capacidad violatoria de los derechos humanos del modelo de producción de commodities agroindusrtriales tiene como complemento el rol cómplice del Estado.
Después de la exposición me fui sin muchas expectativas. Días después supimos lo que ocurrió en Entre Ríos: la justicia provincial dictó una sentencia que prohíbe las fumigaciones terrestres a menos de 1.000 metros, y las aéreas a 3.000, gracias a un recurso de amparo que presentaron el Foro Ecológico de Paraná y el gremio docente. Pero ¿quién apeló el fallo? El propio Estado provincial. Hicimos entonces un supra informe confirmando la complicidad de la que habíamos hablado: el Estado es el que reclama para que no se aplique un fallo que cuida la salud de los niños. Por suerte el Superior Tribunal de Justicia entrerriano ratificó el fallo, pero resultó evidente cuál era la intención del Estado provincial”.
Monsanto papers
Explicó Damián Verzeñassi: “Otro mito que creo que se pudo romper fue el de las dos bibliotecas, una a favor y otra contra el modelo. Usamos el trabajo de lavaca de traducir y poner a disposición los Monsanto Papers (www.monsantopapers.lavaca.dream.press). Gracias a eso pudimos decirles a los diputados del Parlamento Europeo, al Comité de la ONU y a los ministros de Salud y de Agricultura de Austria y Alemania, que es una falacia hablar de dos bibliotecas: porque biblioteca científica es aquella que construye conocimiento a partir de la no existencia de conflictos de interés. Pero toda la biblioteca que defiende a los agrotóxicos no es científica sino parte de una estrategia comercial, de falsificación y cooptación de supuestos científicos que son, en realidad, mercenarios de la ciencia. Entonces, no hay opiniones encontradas sino difusión de datos falsos como marketing para justificar el uso de los venenos.
A los pocos días salió el informe de la ONU, en el que dice textualmente: ‘El Comité está muy preocupado por el aumento en el uso de pesticidas y herbicidas, que incluyen glifosato, a pesar de los graves impactos adversos a la salud y al medio ambiente de muchos de ellos, en especial del glifosato, señalado como probablemente carcinógeno por la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer de la OMS’. Y el otro párrafo plantea: ‘El Comité recomienda al Estado parte que adopte un marco regulatorio que incluya la aplicación del principio de precaución en cuanto al uso de pesticidas y herbicidas dañinos, en particular los que incluyen glifosato, para prevenir los impactos negativos en la salud por su uso y en la degradación del medio ambiente. El Comité remite el Estado parte a su observación general núm. 14 sobre el derecho al disfrute del más alto nivel posible de salud’”.

El informe completo puede leerse aquí.

Sal versus glifosato

La conclusión es un reconocimiento. “Fue una grata sorpresa. Quiere decir que estas cosas que plantean médicos, científicos, muy pocos medios y vecinas y vecinos de todo el país, se vieron legitimadas por Naciones Unidas, que además plantea enfáticamente que hay que aplicar el principio de precaución.
¿Qué quiere decir? En la ley argentina vigente el principio precautorio dice que si no se tiene la certeza de que una sustancia no genera ningún daño, se debe dejar de usar. No se trata de probarlo, y si es dañino descartarlo. Es al revés: si tengo la duda de que podría hacer mal, no lo puedo utilizar. Por supuesto han aparecido cantidad de personas en estos años diciendo que el glifosato es inocuo, contra todos los informes científicos.
Además, es muy loco: si algo se investiga y se patenta como veneno, se fabrica, se publicita y se vende como veneno, y se aplica como veneno, parecería que es veneno. Pero las corporaciones y sus voceros dicen que no. En agosto en el congreso de Aapresid apareció un médico diciendo que ‘echarle sal a la comida es más peligroso que el glifosato’. Lo que este señor no sabía es que en ese momento, el mismo 11 de agosto en el que decía semejante barbaridad, en los Estados Unidos un tribunal condenó a Monsanto a pagar casi 300 millones de dólares por el cáncer que contrajo Dwayne Johnson al utilizar glifosato, pero además la condena fue por ocultamiento malicioso sobre el daño que genera ese producto, tema que ya había sido planteado dos años antes por la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer (IARC), de la Organización Mundial de la Salud (OMS)”.

Los ciclos y la Bolsa

Otro relato o superstición indica que las cosechas de soja son las que salvan al país y evitan que se hunda. Sostiene Verzeñassi: “¿Quién se salva? La exportación de commodities no paga casi impuestos que generarían el supuesto derrame en la sociedad. Lo que sí aparece es daño, enfermedad, contaminación y destrucción del suelo. Los productores que hacen este tipo de cultivos cada año deben gastar más en fertilizantes extras. Pero lo más terrible es que se rompió la lógica de los ciclos vitales, para que la vida sea posible. El productor se ha convertido en empresario, y sus tiempos –ya ni digo sus ciclos- no son los de la tierra y la Naturaleza, sino los de la Bolsa de Chicago. Por eso han dejado de producir alimentos. Y si no producimos alimentos no tenemos futuro, ni vamos a poder vivir. Podemos subsistir un poco más ingiriendo productos que no son alimentos, hasta que el cuerpo dice basta porque la cantidad de venenos, toxinas, y sustancias dañinas ya impiden que la vida continúe. Llega un punto en el que nuestras células necesitan de verdad proteínas, lípidos sanos, hidratos de carbono y que la energía que produce el organismo sea buena. Por eso tenemos que recuperar es la capacidad de producir alimentos sanos en nuestro país”.

Ciencia obsoleta

«El avance de la construcción de conocimiento en la humanidad siempre tuvo que ver con la posibilidad de sobrevivir. Pero hubo un quiebre y la construcción del conocimiento se puso al servicio del poder. No es de ahora. Ya Descartes planteaba que un problema complejo puede dividirse en sus partes, resolverlas de a una, y así llegar a la complejidad. Pero en realidad estaba sentando las bases de una estructura de conocimiento que le permitiese al capitalismo instalarse en la lógica de la fragmentación, la destrucción de vínculos y relaciones y seguir sosteniendo científicamente la explotación de las personas y de la Naturaleza.
La propia ciencia ya ha demostrado que ese pensamiento es obsoleto y falso, porque no es cierto que resolviendo los problemas simples voy a resolver lo complejo. En términos de salud y de vida hay que empezar a recuperar nuestra capacidad de tener una mirada integradora. Y la ciencia debería ayudar a ese proceso en lugar de responder al marketing y al poder económico y político en muchos casos.
Hemos dejado de escuchar a nuestro cuerpo. Los modelos extractivistas instalados en nuestra región son responsables de los cambios y la desaparición de pueblos y culturas porque destruyen territorios. Pero si se instalaron es porque hubo un trabajo extraordinario sobre nuestras cabezas, que nos hizo creer como sociedad que teníamos que responder a la necesidad del mercado y no a la de nuestros cuerpos. Es una lógica que nos llena de pastillas y remedios cuando no nos sentimos bien, para seguir trabajando. Una lógica que nos extirpa nuestro cuerpo y que nos separa y extirpa también nuestros territorios y elementos vitales”.

La política de las bacterias

Cree Verzeñassi que el trabajo sobre nuestras cabezas se hace a partir de las neurociencias. “Los neurocientíficos son ahora las nuevas celebridades. ¿Por qué tanto endiosamiento? Son los que están haciendo ganar dinero a las corporaciones y construyen un andamiaje de transformación biológica de nuestros circuitos cerebrales. Las estrategias de comunicación se perfeccionaron tanto que están alterando nuestra biología, nuestros circuitos neurológicos, la secreción de hormonas y neurotransmisores de manera que ya no creamos en lo que vemos sino en lo que nos dicen que hay que creer. Es todo un arsenal destinado a afectar con información neuro programada zonas de la corteza cerebral. Sé que todo esto se está estudiando, no hablo desde una paranoia sino entendiendo cómo están afectando nuestra percepción de la realidad y nuestra capacidad de pensar.
O somos capaces de aprender de las bacterias, o vamos camino a desaparecer como especie. Las bacterias no van a desaparecer y nos van a sobrevivir porque son mucho más inteligentes que nosotros. Porque la bacteria se junta con otras para intercambiar carga genética y generar resistencia que les permita a todas sobrevivir. No se enojan entre ellas, trabajan juntas, intercambian, generan procesos de cooperación que son los que han hecho que la vida exista. Veámoslo en lo celular: un espermatozoide y un ovocito se encuentran y no intentan ver quién gana, quién destruye a quién. Se funden y se transforman en otra célula, esa célula se divide, y esa división se hace diversa porque si fuesen todas células iguales no se llegaría muy lejos. La diferenciación no es un aislamiento, sino crecimiento colectivo. La diversidad y el tiempo y el territorio para que esa diversidad pueda expresarse, son dimensiones esenciales para la vida.
Yo me formé como un positivista, un materialista. Creía que el positivismo era la herramienta para entender al mundo. ¿Estaré inhabilitado de por vida para razonar de otro modo? ¿Será muy pretencioso pensar este otro paradigma como una teoría política para imaginar una construcción social a partir de lo que nos muestra la microbiología? Significa pensar que no hay solución individual, y que cooperar y asociarnos nos fortalece.
Tal vez esto que digo es más del orden de la esperanza que de la neurociencia. Pero siento que la realidad es demasiado dura para poder soportarla. Una posibilidad es enloquecer. Otra es recuperar o crear nuevas formas de encontrarnos, de comunicarnos de verdad. No solo transmitirnos información, sino volver a un entendimiento de la realidad que implica ver que la vida es un ciclo, o parte de un ciclo. Y nuestra tarea en este momento es organizar materia y energía y hacer un aporte para que el ciclo biológico pueda seguir funcionando. Entonces la clave es crear espacios de comunicación, de vinculación, de toma de decisiones, de organización social. Hoy las resistencias son la única forma que tenemos de sobrevivir como especie.
Resistencias colectivas, no individuales, que no representan –como nos quieren hacer creer- el odio. Al contrario, surgen a partir de una necesidad vital de sobrevivencia básica e intuitiva, que nace del encuentro con el otro. Creo que es la forma de seguir pensando críticamente y construir pese a todo, para que la historia no sea como nos cuentan que tiene que ser”.
Verzeñassi pone como ejemplos al movimiento de mujeres por el aborto seguro, legal y gratuito, y lo ocurrido en Entre Ríos: “Allí se organizaron las Rondas contra el modelo de agrotóxicos, se logró frenar una ley, se ganó el recurso de amparo para alejar las fumigaciones, y se están discutiendo nuevos modelos productivos como el agroecológico. Eso se logró, como en el caso de las mujeres, porque ante la gravedad de la situación se entendió que no sirve hablar siempre con los que estamos de acuerdo, sino ganar la discusión con el que está en desacuerdo”.
“Se hicieron las Jornadas de Socialización de Saberes en la Legislatura. Frente al mito de que no se puede producir sin venenos, el ingeniero Eduardo Cerdá demostró que eso es falso, y contó la enorme experiencia de la agroecología. Muchos diputados cambiaron de opinión. Y eso fue un gran triunfo. Pero la lógica no fue la de tenerla clara y quedarse contento con eso: el vecino que opina distinto o incluso el diputado que no me gusta, no es mi enemigo. Mi enemigo es el que trabaja en todas partes para seguir sosteniendo un modelo de dependencia y destrucción. Pero en el trabajo colectivo, en encontrarnos, hay una posibilidad de humanizar la política, la ciencia, los vínculos. Es una manera de recuperar algo que es fundamental para que la vida exista: el diálogo entre las diferencias”.

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