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Matertrans: Karla y Agustina, mamá trans e hija

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Karla, Miguel y Agustina son una familia a prueba de prejuicios. Ellxs están en pareja hace 23 años, y hace dos adoptaron a la niña de 13. Los cambios que producen hacia adentro y hacia fuera. La reacción en la escuela y en el barrio. La militancia trans y las tías travas que, si de algo saben, es de crianzas. Por María del Carmen Varela
Como cada primer jueves de mes, el ciclo Cotorras en MU (arte, música y charlas) propone pensar el mundo desde otra perspectiva, desde un nuevo lugar, abrir la mirada y cuestionar certezas. Con su plumaje verde esmeralda, en la cercanía de sus nidos comunitarios, las cotorras nos invitan a levantar vuelo. En esta oportunidad, el tema de la noche es la maternidad trans.
¿Qué desafíos implica?
¿Cómo devenimos familia?
¿Cómo iluminar la vida del otre?

Cuando sea chica

Agustina es una niña de 13 años que, con su sonrisa tierna, la mirada franca, por momentos tímida y al rato absolutamente desenvuelta, cuenta que su mamá le pide que lea al menos tres páginas por día. Ya leyó El Principito y Mi planta de naranja lima. Su deporte favorito es el fútbol, pero también le gustan el handball y el vóley. Cuando sea grande, le gustaría cuidar chicos con capacidades diferentes y ser abogada. También cantar y ser actriz.
Hasta hace un año y medio, Agustina vivía en un hogar de niñes en la ciudad de Santa Fe, con la ilusión de ser adoptada y tener una familia que le diera tiempo y amor.
Karla y Miguel son rosarines y desde hace unos años viven en un pueblito llamado Villa Amelia, a 25 km de Rosario, una zona rural donde habitan una casa grande con árboles y perros.
Karla trabaja como conserje en un hotel alojamiento y Miguel es panadero de profesión. Se conocieron en un bar: “Ella se me acercó y me pareció una chica más, pero después me di cuenta de que no era una chica más. Y entendí, no enseguida, pero muy poco tiempo después, que era el amor de mi vida”, dice Miguel en el documental El laberinto de las lunas, de Lucrecia Mastrángelo, que sigue en rodaje.
Miguel hacía 5 kilómetros en bicicleta para poder ir a verla. Tenía miedo de presentársela a su familia, porque suponía que iban a rechazarla, pero cuenta sonriente que hoy su familia casi la quiere más a ella que a él. Karla cuenta: “Él venía e insistía. ¿Y qué me pasaba a mi? Que pensaba: ¿cómo se va a fijar en mi, si yo soy una travesti de la que todo el mundo se ríe en la calle?”.
Miguel no aflojó: siguió yendo y viniendo con su bici para visitar a Karla y luego se fueron a vivir juntes. Pasaron 23 años de aquella noche en la que se conocieron en un bar.
En el 2015 se anotaron en el Registro Único de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos (RUAGA). En un primer momento buscaban un niño o niña de hasta 4 ó 5 años. Más adelante, ampliaron el rango de edad para tener más posibilidades. Un día les llamaron y les preguntaron si querían conocer a Agustina. Aceptaron : el primer encuentro fue en una plaza en Santa Fé.
“Vino corriendo y se alegró mucho cuando nos vio. Nos dijo: si puedo ir a vivir a la casa de ustedes, les voy a decir mamá y papá. Quedamos derretidos”, recuerda Karla.
Se encontraron varias veces más en esta etapa que se denomina vinculación. “La directora del hogar me dijo que había roto con un montón de prejuicios conmigo. Se juntaron el Registro de Adopción, la Secretaría de Niñez y el Hogar para ver cómo le decían a Agus que había una señora trans que quería ser su mamá, y también llamaron a un psicólogo de género”.
“¿Y qué problema hay? Si ella quiere ser mi mamá, yo quiero ser su hija”, fue la respuesta de Agustina. Karla: “Queda claro que les adultes son quienes hacen los problemas, les niñes lo tienen clarísimo”.
En el sexto encuentro Agustina se fue a vivir con sus papás, con una guarda preadoptiva de seis meses. Miguel: “Este año y medio con Agustina, cambió todo. Estamos muy felices. Tanto se perdió de su niñez y juegos que ahora tiene 13 y quiere jugar todo el día. Habla y nos enseña un montón”.

No tan locas

Karla milita con la comunidad trans rosarina. Forma parte de la Casa de las Locas, un espacio social, cultural y diverso inaugurado en octubre del año pasado. Cuentan con una revista digital llamada La Tetera, un ateneo, la Mesa Positiva, donde se debate sobre VIH y se juntan cada 15 ó 20 días. Impulsan el cupo laboral trans a nivel universitario, entre otras cuestiones que afectan a la comunidad travesti y trans. ¿Cuáles son los reclamos? “Tenemos la convicción de que mientras el colectivo travesti y trans tenga las carencias y las problemáticas que tiene, nosotras vamos a ser siempre oposición porque la idea es que lleguemos a una igualdad, que las travestis y trans no suframos la exclusión social y cultural. No nos tienen en agenda, las políticas nunca son suficientes. La ESI es tan importante y no se aplica como se debe; las compañeras pagan el doble o triple de alquiler por el simple hecho de ser travas y trans, porque sin garantía o trabajo reglamentado no podés acceder. Tenemos la Ley de identidad de género: el articulo 11 dice que podés acceder a la salud y a cualquier cirugía o lo que necesites para armar, modificar lo que sea de tu cuerpo y estar conforme, pero eso no se cumple en casi ninguna de las provincias. No hay una manera ni una práctica para que los médicos puedan atender a las compañeras que han usado silicona líquida, que es clandestina y con el tiempo tiene efectos secundarios. Muchas se han muerto y cuando vienen con problemas de flebitis, o la silicona se desparramó, no hay manera de ayudarlas. Muchas veces estamos solas. Desde el momento en que manifestamos que somos trans o travestis, hay rechazo, te expulsan de los hogares, con 14, 15 años no podés hacer tu vida como querés. Y si la familia, papá, mamá, hermanos, te rechazan y te echan, ¿cómo te formás? Te hermanás con otras compañeras. No necesitamos aceptación: necesitamos respeto. Las travestis necesitamos los derechos que nos negaron siempre”.
Evoca Karla la frase de Lohana Berkins: “El amor que nos negaron es el impulso para cambiar el mundo”. Y relata: “A mí también me han negado amor de niña. En un gimnasio una vez me dijeron que no podía ir porque era un lugar familiar, barrial. Respondí: yo también tengo una familia y vivo en un barrio. Me rajaron de la escuela en segundo año. No aguanté el bullyng. Yo tengo 49 años, hace 26 años atrás era complicado ser travesti o trans. Eras una delincuente y te llevaban presa”.
Agustina tiene muchas tías postizas travas. La poeta y coplera Susy Shock es una de ellas: “La casa de Karla es la casa de las travas allá en Villa Amelia. Mucho verde, mucho cielo. Agus cambio la sintonía de juegos, los almuerzos. Hay otro clima que aparece. No es la idealización de la maternidad, claramente, sino mostrarnos ese otro maternar que es trava, trans. Se nota en los vínculos, ahí hay una verdad pura”. Suma Karla: “Las travas somos capaces de ser mamás, de educar, de formar. Aunque después pasen otras cosas, tanta exclusión, desde la iglesia, la policía, la violencia hacia nosotras. Es un gesto de amor tan grande anotarse y adoptar un niño o una niña para hacerle feliz. Nosotras educamos así, saliendo de la mano, sonriendo, bailando”.

Jaque mate

Agustina llevó al colegio el libro de la Colección Antiprincesas, de Editorial Chirimbote, dedicado a Susy Shock (que además es una de las inspiradoras del ciclo Cotorras). Un compañero lo vio, y se interesó en el libro. Agus le advirtió: “Para que sea interesante para vos, no tenés que reírte de las travas ni de las trans”. El compañero de grado fue cambiando de actitud y ya no hace los chistes que hacía.
Cuenta Agustina que a otro compañero de la escuela, Juan, le encanta bailar y es blanco de burlas por su forma de caminar. “Ël puede ser como se le antoje, ¿cuál es el problema? Si le gusta bailar, que baile. Le dije que un día nos vamos a juntar con otra amiga y vamos a ir todos a bailar”.
Está muy orgullosa de su mamá trans. Un día, el profesor de ajedrez se refirió a Karla como “él”.
“No es él, es ella”, retrucó Agustina. El profesor acotó que la felicidad de “esas personas” dura poco.
“Mi mamá y mi papá están juntos hace 23 años y son felices”. Por último, el profesor dijo: “Si yo quiero ser conejo, no puedo, porque soy un ser humano, no soy un conejo aunque me sienta conejo”.
Agustina: “No compare conejos con seres humanos”.
“Jaque mate”, dice Miguel, el padre.
Karla cierra: “La traviarca Lohana me enseñó que ser travesti a mí no me complicó la vida en nada, sino que quienes me complicaron fueron los demás: la sociedad, un Estado ausente, la familia que no aceptó cuando te saliste de la heteronorma”.

Educar a la escuela

¿Cómo fue la primera reunión de padres en la escuela? Karla responde: “Van llamándote por separado, por lo general. El pueblo mismo mira con asombro, prejuicio. Nuestra tarea es esa, visibilizarnos todos los días, para romper con esas cosas. La lucha continúa y falta mucho por hacer. Estamos haciendo un documental con la directora Lucrecia Mastrángelo sobre maternidad trans y pedí permiso para filmar el momento en que Agus sale de la escuela. Muchas mamás se sumaron a participar del documental. Nos toca reeducar, visibilizarnos, buscar espacios y meternos, son lugares que nos pertenecen. Tenemos que estar ahí”.
Al irse a vivir con su mamá y su papá, la institución puso dos condiciones: que se mantenga el vínculo con sus hermanos y que vaya a una terapia psicológica. Arrancó la terapia, pero a los tres meses no quiso continuarla. Su argumento fue: “No la necesito, yo estoy muy bien con ustedes”.
¿Cómo se construye una familia?
Karla: “El amor es estar acompañado por el otre. Pueden surgir un montón de problemas y, cuando los solucionás, eso también es amor. Siendo una familia, para mí es un aporte a la militancia y demostrar que no importa tu género sino el vínculo que creás con el otre. En esta construcción también hay enojos, hay peleas, no querer hacer la tarea, hay malas contestaciones, pero el día a día es hermoso, ella es súper cariñosa, amorosa. Es una nena que tiene mucho amor para dar. Que yo sea mamá de Agus es algo que hace un poco mejor al mundo. La familia es la que una elige, y eso es maravilloso”.

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