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Josefina, la grande

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Jubilada de su cátedra en Yale, se dedicó a registrar en un diario sus impresiones de un año que le anunció el estallido provocado por el capitalismo global. Se propuso entonces pensar su continente desde una perspectiva propia, que deslumbra.

Ser inteligente es ser feliz, me recordaba siempre una tía, y la alegría que es capaz de encender Josefina Ludmer evoca esa frase. Con zapatillas deportivas, jean, una remera gris de algodón y un saquito verde tibio de lino, entallado, llega al café, frente al Botánico y se sorprende porque no encuentra a una, sino a tres personas dispuestas a la charla.
Arriba de la mesa, como la rosa que sirve de señal en una cita a ciegas, está su último libro subrayado, marcado con signos de admiración y pintado con resaltador flúo. Torpes intentos de atrapar lo que por esas páginas fluye tal como ella, ahora mismo, cuando se levanta de la mesa y busca un rincón más tranquilo para conversar durante casi dos horas, con las manos cruzadas en el regazo y ese gesto tan Giuletta Masina –pícaro, tierno, coqueto– y esas frases que insinúan un abismo ante el cual ella siempre se detiene, prudente, como para no agobiar o no precipitar a quien la escucha.
Responde y pregunta.
Habla y escucha.
No demuestra apuro ni fatiga, como si tuviera todo el interés y todo el tiempo para entregar al trío de papafritas que se pretende interlocutor porque hizo los deberes. Así, con delicada paciencia, teje los hilos del encuentro hasta diluir las distancias
La que se va caminando, finalmente, con pasitos breves y rápidos, tiene la estatura de un duende, pero es una mujer enorme que acaba de poner en acto su verdadera tarea: hacer pensar.
¿Hace falta justificar nuestra euforia cholula?
Hace falta.
Un continente propio
Josefina Ludmer es la madre de una generación de escritores, profesores y lectores apasionados. Los crió en las aulas de la Universidad de Buenos Aires e incluso en el living de su casa, cuando la dictadura condenó a la clandestinidad al violento oficio de pensar: fue una de las profesoras de la Universidad de las Catacumbas, nombre con que se bautizó a esas reuniones de estudio alrededor de los libros prohibidos. Fue también la pareja de tres grandes escritores –Ramón Alcalde, Osvaldo Lamborghini y Ricardo Piglia– a los que logró acompañar intelectualmente brillando con su propia luz. Profesora en Princeton, Harvard, Berkeley y Yale es ahora responsable de abrir cabezas en los seminarios de doctorado de Ciencias Sociales de la UBA.
Su última hazaña ha sido actualizar este pasado convirtiéndolo en algo más útil que el bronce. Lo transformó en un par de ojos desde cuales mira a América Latina. Lo maravilloso es que esa mirada tiene la edad de la rebeldía. Es pícara, atrevida, desacralizadora. Lo maravilloso, también, es que es profundamente femenina y política.
Y libre.
Forma y contenido transmiten una delicada labor que ella disimula entregando su pensamiento en tragos cortos porque su enemigo, dirá, es el aburrimiento (“El aburrimiento se presenta como la forma negativa del deseo”, apunta Ludmer). Lo dirá divertida, como si fuera una frivolidad, pero es el tono con el que siempre enseña lo más difícil: escribir es el arte de crear lectura.
Ludmer cría, entonces, lectores de cosas difíciles, como las que describe en este libro en el que trata de resolver un enigma: cómo pensar América Latina a partir de sus propios paradigmas.
Para lograrlo, inventó su propio continente. Trazó dos océanos conceptuales: tiempo y espacio. Para el primero, eligió la forma de un diario que registra sus percepciones de un momento clave: año 2000, fin de siglo. No se trata de un registro de anécdotas, sino de un macramé tejido a partir de todo lo que relaciona con la aceleración del movimiento. Ludmer lee en esa clave los diarios, la televisión, las charlas con sus amigos (es delicioso el pasaje de su recorrida por el centro porteño con Héctor Libertella), las obras de teatro y las novelas. Lo que detecta así es el preciso momento en el que está por estallar el capitalismo global. Aquello que detona es nada menos que el Estado-nación. La dinamita es la aceleración que impregna el mercado a todos los aparatos a los que obliga a sincronizar con él. La máquina de sentidos –culturales, políticos, sociales– se desquicia. Los relojes ya no sintonizan otra cosa que no sea el pasado (“El presente es memoria –apunta Ludmer–. La memoria no es lo que hay que recordar del pasado sino un modo de hacer el presente”.) y el futuro no está ni vivo ni muerto: desapareció.
Lejos de percibirlo como un réquiem, Ludmer nos lo muestra como una oportunidad. Todo problema tiene más de una solución, parece decirnos livianamente para dejarnos con el peso de un desafío implícito: no se trata de elegir la mejor opción, sino de la tarea de crearla.
 
En el segundo tramo nos propone navegar por el espacio:
 
“Pensar territorialmente hoy es ver algunos conflictos centrales en América Latina. Ver las líneas y los mapas que trazan el capitalismo, el tráfico, las mafias y las políticas de la muerte”.
 
Dirá también:
 
“Desde el punto de vista político ‘territorio’ sería un recorte en el espacio en el que se despliega una soberanía. En cada territorio hay un poder soberano-legislador que no permite un poder alternativo y que usa la violencia cuando se ve amenazado. Zona o región serían categorías que no comportan la noción de soberanía. Los Estados Unidos usan estas distinciones para intervenir en América Latina: declaran la Región Andina como zona antinarcóticos y con eso legitiman su intervención imperial”.
 
Cada palabra se convierte así en un botón que abre puertas a realidades invisibilizadas por la gramática del poder. Palabras que no sólo son instrumentos de dominación, sino de aislación.
Efecto Lost: estamos atrapados en islas urbanas cuyas rejas están construidas por las formas que impone el mercado para narrar la realidad.
El territorio que nos descubre Ludmer es ése: el del lenguaje.
Las palabras del poder encierran.
Nuestra tarea, entonces, es hoy y nada menos, que crear la sintaxis de la revolución.
El pasado continuo
La primera sensación que deja la lectura de tu libro es la de ser un acto de total libertad.
Es lo que sentí todo el tiempo. Porque yo me jubilé. Estuve trabajando los últimos años en Estados Unidos y allá te podés jubilar después de 15 años de servicio. Pensé “por fin tengo libertad”. Me había ido porque mi hijo estaba estudiando cine y necesitaba ayuda para pagarse los estudios. Después, él se volvió y yo me quedé hasta completar el tiempo que me faltaba para retirarme con un pequeño ingreso que me otorga ahora la libertad para hacer lo que quiera.
¿Qué años trabajaste afuera?
Me fui en el 91 y trabajé hasta 2005.
Es decir que estuviste a salvo del menemismo.
Lo vi desde allá y en muy buena situación para percibir cómo cambiaba todo.
¿En qué lo notaste?
En que la gente estaba apurada. En cómo comenzaban a explotarlas de un modo brutal. En la aceleración, el agobio y en la transformación de la ciudad. Como señala Libertella en el pasaje que cito en el libro: donde había una librería ahora hay un locutorio.
En el libro señalás dos momentos traumáticos de nuestra historia que construyeron un apagón cultural: la dictadura militar de los 70 y la dictadura de mercado de los 90.
Seguramente habrá otros más, pero son los que yo viví. Durante la dictadura militar la consigna que teníamos los que dábamos clase era tratar de formar gente para el futuro. Sabíamos que en algún momento iba a terminar y la preocupación nuestra era la de formar gente, porque para el momento en que pudiéramos volver a ocupar lugares y cargos, teníamos que estar preparados.
Era un momento, entonces, en el que había espacio para pensar el futuro. En el libro, en cambio, planteás que hoy lo que domina el hacer es el pasado.
En los 60 y 70 había futuro. Ahora no hay esa mirada, no hay ilusión de futuro. El futuro aparece como presente perpetuo. Lo que se ve bien es eso: un presente que se construye con distintos pasados. El pasado en Argentina pesa demasiado.
Construye poder político, por ejemplo…
Construye poder politico y construye cualquier reflexión. Ahora estoy trabajando en una pequeña charla que voy a dar en Mar de Plata que se llama Lo que viene después donde hablo de esto. Para mí vivimos en una era post, donde lo fundamental es lo anterior. En la literatura se ve mucho eso. Toda la escritura, la imaginación, vuelve a los 70.
¿Cuál es el problema político que este regreso representa?
El problema es que el sujeto que construye la narración del pasado es la familia. Porque la familia es el sujeto de la memoria. ¿Cómo construir política con un sujeto así? Creo que hay que construir otros lazos, otras subjetividades colectivas. Nuestras vidas van a cambiar si buscamos otros sujetos políticos. Eso no implica olvidar el pasado, por supuesto, sino comenzar a pensar el futuro con otros.
¿Por qué la familia no es un sujeto político que permite pensar el futuro?
La familia es el grado cero de la sociedad. Te tapa la sociedad. Entonces, para pensar lo social tenemos que empezar a crear otros lazos que no sean los familiares, comunidades de otro tipo, más fraternales.
Sin afuera
En relación a lo post, definís que la cultura está atrevesando un período al que llamás “post-autónomo”. ¿Cómo podrías explicar de la manera más fácil posible lo que esto representa?
La idea es que la literatura y el arte hacen un gesto de no literatura y no arte… pero en una ambivalencia. Y ese gesto está apoyado desde el punto de vista materialista por esa fusión de lo económico y lo cultural. La pérdida de autonomía es eso. En la literatura lo ves claro: es lo que da ganancia. Entonces todo está sometido a ese capitalismo actual que no te deja ningún afuera, ningún lugar donde sustraerte. En los 60 había lugares donde podíamos ir: el Bolsón o Calfornia. Ser hippies. Todavía había una ventanita para sustraerse del sistema. Ya no. En la literatura actual se ven cosas que no sucedían antes. Por ejemplo, que los premios sean meras estrategias de marketing. O que los aparatos de distribución de los libros sean los que determinan su puesta en valor. La globalización en es eso: dejarte sin afueras. Es vivir en una sociedad totalmente condicionada. Creo que la post-autonomía se podría definir por esa pérdida de las esferas independientes, en como el arte o la política empiezan a no poder definir sus propios límites sino en función del mercado. Y en países como el nuestro si no es el Estado el que sostiene el arte o la ciencia, se hace muy difícil encontrar espacios de independencia.
¿El kichnerismo representa un intento de reconstrucción del aparato del Estado?
Sí. Lo veo en proceso. El festejo del Bicentenario fue, por ejemplo, una apelación a esa reconstrucción. Como idea y como ausencia de discurso. Como una apelación a una política afectiva y de imágenes. Me llamó la atención que no hubiera análisis de lo que representaba recurrir a lo performático, lo cual implica un mudismo discursivo.
Fue como la contracara del 19 y 20 de diciembre…
El pueblo que sale a decir que se vayan todos, de pronto se reúne para aplaudir, ¿eso decís vos?
Es una hipótesis: salir a la calle todos juntos, pero a celebrar la institucionalidad.
Sí, puede ser, es una hipótesis. ¿Y tenés alguna sobre la ausencia del discurso?
Con palabras, ¿qué posibilidades hay hoy de defender la institución?
…con imágenes y afecto es más fácil. Es lo que yo llamo las políticas de afectos, que aparecen cuando desaparecen el discurso y las ideas. Pero no es algo que suceda sólo en Argentina: es mundial. El discurso de las ideas, de los valores universales –libertad, igualdad, fraternidad– caduca o se borra y aparecen en su lugar políticas de creencias y sentimientos.
Tu libro tiene afectos amorosos, representados por esos encuentros con amigos…
En realidad, yo les pedía textos. Muchos me los dieron, otros no y otros me los dieron y no me gustaron y no los incluí, lo cual me creó algunos problemas. La idea era romper el discurso de una sola persona, introducir otras voces y en vez de tanta bibliografía, poner la gente con la cual uno convive y habla. Es la manera que encontré de reflejar que el yo nunca está solo.
¿El mercado es el que construye la figura del autor como un yo solitario?
…que está en un faro. Para mí uno de los elementos que cambia el sistema de producción cultural actual es justamente ése: la imagen del autor. El autor se transforma en un personaje mediático: existe a través de los medios.
¿Y qué es según tu visión?
Un trabajador de la palabra.
¿Y un intelectual?
Creo que es una categoría elitista. No me convence, y menos los intelectuales que apoyan gobiernos.
Carta Abierta…
Claro, cuando alguien apoya algo como intelectual, a mí me entra la sospecha de elitismo. Porque el intelectual se definía como al pensante frente al obrero, que era el que trabajaba con las manos, pero esa diferencia es algo que la tecnología borró.
Comprar lengua
Ludmer cuenta que este libro nació del vacío que le produjo no tener nada que hacer. “Ese año tuve un sabático, vine y como no tenía nada que hacer con mi vida y tenía ocho meses por delante de mantenida, me dije: ¿qué hago acá?, y empecé a llevar un diario, de las salidas, de los encuentros con gente, de lecturas y de lo que iba pasando políticamente. Ese diario terminó teniendo 500 páginas cuando me fui. Me dije: ¿qué hago con esto? Y lo empecé a trabajar como si fuera un texto ajeno. Me costó mucho, de las 500 páginas lo reduje brutalmente a 100”.
 
Finalmente, a la pregunta “¿qué es lo común de Amércia Latina?”, ¿qué respondiste?
La lengua y la historia, eso es lo común. La lucha por las hegemonías y las construcciones del Estado es nuestra historia. Eso es lo que me parece que nos une.
¿Por qué la lengua?
La lengua hoy en día es un recurso económico. Lo que se hace es comprar y vender lengua, todo el día. Se ve en los call centers, que es un trabajo espantoso, pero que emplea a chicos universitarios a los que les ponen una computadora y tienen que atender llamadas. Venden habla.
¿La política también vende habla?
También: vende y compra lengua. En Estados Unidos se ve claramente. Yo estuve trabajando en un departamento donde se veía que el negocio era enseñar español a los estudiantes: lo planificaban y administraban como un mercado. Eso me permitió entender el valor económico que tenía la lengua.
Pero para poder verlo hay que saber mirar. ¿Cómo construiste esa mirada?
Aprender a mirar es venir de afuera. Yo, que soy de un pueblo, fui llegando siempre como una extranjera a cada lugar. Y eso te enseña a mirar. Creo que eso es lo principal: no sentirse nunca adentro, ser extranjero en todo, en la política incluso. Constantemente pienso el funcionamiento de la política latinoamericana como si estuviera afuera, como si no formara parte. Creo que hay que estar siempre abierto y no rechazar ningún estímulo. Para este libro, por ejemplo, me sirvió ver Lost, una serie que se basa totalmente en la teoría de la isla.
¿Qué representa la isla?
Un límite: te tienen adentro, no podés salir. Entendí que así vivimos: en una isla urbana, atrapados en un departamento, aislados dentro de la ciudad. También que en la isla hay un afuera, pero en el mundo globalizado no. La isla, entonces, es la sustracción de ese mundo saturado.
¿Qué hay en tu isla?
Hay yo. Están mis cosas, mi silencio, mi reflexión, mi escritura. Mi libertad.

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