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El diagnóstico de un pueblo

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La Facultad de Ciencias Médicas de Rosario hizo algo inédito: respondió a la angustia del pueblo de San Salvador, Entre Ríos, por las enfermedades que lo están matando. Realizó una encuesta que además de datos, ya aportó algo importante: escucha y contención.

campamento sanitario

Todo comenzó con una inquietud que reptó por las calles de tierra, esquivó a los perros y gatos que las custodian como firmes gladiadores y golpeó la puerta de las casas de San Salvador, la Capital Nacional del Arroz, municipio entrerriano de 14 mil habitantes, a 56 kilómetros de Concordia y 200 de Paraná. Esa inquietud se materializó en un censo casero realizado por los vecinos y las vecinas, que activó la alarma: los registros indicaban que desde 2010 casi la mitad de las muertes eran producidas por diversos tipos de cáncer. Sin discriminación: señores, señoras, niñas, niños.

La movilización vecinal alertó a la municipalidad, que, en un primer momento, había sugerido que las enfermedades se debían al “tabaquismo”. Las acusaciones vecinales, sin embargo, apuntaban a la contaminación producida por los molinos arroceros y las fumigaciones agrotóxicas, cuyo cultivo dejó anticuado el eslogan de la ciudad: la soja golea por 30 mil hectáreas a las 8 mil que hoy hay dedicadas al arroz.

En el medio, las personas que quieren saber qué los está matando.

Investigación de campo

El intendente Marcelo Berthet, obligado a actuar, convocó a la Facultad de Ciencias Médicas de Rosario para realizar un relevamiento. La referencia no es azarosa. Desde 2011 la carrera de Medicina incorporó como práctica final la realización de un campamento sanitario como instancia de graduación. Tras nueve meses intensivos donde los futuros profesionales rotan por centros de salud y hospitales, la etapa final implica pasar cinco días en una comuna caminando, relevando y encuestando los problemas de salud de la comunidad.

“Definimos armar un equipo específico para hacer una investigación en San Salvador”, dice Damián Verzeñassi, responsable académico de la práctica, y aclara dos cosas.

Una: “No vinimos a buscar ninguna enfermedad en particular”.

Otra: “En esta ocasión no es un campamento, sino un relevamiento epidemiológico con la metodología de muestreo que nos permita saber cuál es la situación de salud en la ciudad”.

¿Cuál es la diferencia? Los campamentos se realizan en pueblos de no más de 10 mil habitantes, y las encuestas son hechas por grupos de entre 50 y 120 estudiantes. San Salvador tiene 14 mil, y el equipo de la Facultad es menor: hay 25 personas entre coordinadores, docentes, graduados y estudiantes avanzados. Por eso aplican la metodología de muestreo aleatorio: encuestan una casa cada cuatro. El punto de partida no es arbitrario: lo sortearon. Así los investigadores pretenden eliminar cualquier duda o acusación de sesgo y, lo que es más importante, establecer una muestra representativa. “Todo el equipo se formó desde el punto de vista metodológico y técnico sobre la epidemiología comunitaria, social, crítica, y además sobre estadística. O sea: no vinimos sólo con un grupo de gente que es encuestadora, sino con un grupo de investigación”, remarca.

El equipo consiguió relevar 850 hogares. “Es el 20% del pueblo”, precisa.

Muchas personas que habían salido sorteadas se acercaban a la parroquia Santa Teresita -allí la Facultad estableció su base- para avisar que estaban trabajando cuando pasaron por sus casas. El equipo lo chequeaba y, si era así, la encuestaban. Otros, los que no salieron sorteados, se arrimaban porque tenían dolencias que contar. Se los escuchaba, pero no formaron parte de la encuesta.

Cada cuestionario era anónimo, y las personas debían firmar un consentimiento antes de la primer pregunta.

Los resultados se cruzarán con las muestras de tierra, agua y aire que esa misma semana recogió el equipo del doctor en ciencias exactas Damián Marino, del Centro de Investigación de Medio Ambiente de la Universidad Nacional de La Plata.

Los pioneros

El teléfono de Andrea Kloster no para de sonar: periodistas, vecinos, compañeras. Es una semana especial en San Salvador: se están buscando respuestas. El camino que condujo a este día, pese a ella, la transformó en una referente. “No tenemos intereses creados. Tenemos vidas comunes. Fuimos aprendiendo en el andar. Fue una lucha”.

Esa lucha comenzó hace nueve años cuando el Negro Roberto Salvador Kispe fue a trabajar al molino y despertó en el hospital. Aspiró phostoxin, el veneno que se utiliza en el arroz, y cayó seco. Estuvo una semana en terapia intensiva.  “Gracia a Dió la pude contar”, dice. Hoy es uno de los que, junto a Andrea, sostiene  la organización que bautizaron Todos por todos.

Otro es Daniel Ginvenar, que en los últimos diez años trabajó en molinos paliando el polvillo de los silos. Hoy usa una máscara respiratoria para dormir. Duerme tres horas y media por día. ¿A pesar de la máscara? “Gracias a eso. Antes dormía de a minutos”.

Ninguno de los tres salió sorteado para la encuesta.

El precursor y la nube

Las preguntas inquieren sobre cuántas personas viven en la casa, si tienen obra social, si fuman, si tienen cloaca, si toman agua de la canilla, si tienen gas, si alguien de la familia tuvo algún problema de salud, si alguien falleció, si se atienden en el hospital local y qué nota le pondrían, si perciben algún problema sanitario en el barrio, si identifican algún foco de ese problema, si donaron sangre. 

El “polvillo”, “las fumigaciones” y “las cloacas” aparecen como tres de los principales focos señalados. Uno describió que hay días que la ciudad “queda como flotando” por el polvillo. “Es una nube que envuelve al pueblo”, dice el hombre, 37 años, hincha de River, como si hablara de una película de terror de John Carpenter.

Las notas respecto del Hospital San Miguel de San Salvador fueron dispares. Los que pusieron de 5 para arriba, señalan la falta de insumos. Los que lo calificaron con 5 para abajo, le agregan la mala atención. “Eso es importante. Nos lleva a preguntarnos qué rol cumplimos”, dice Analía Zamorano, docente y coordinadora de la práctica final, con sincera autocrítica.

En el hospital informaron a MU que el sector oncología -que atiende sólo los martes por la mañana- atiende unos 20 casos al mes. “Sí, es un montón”, comentan en mesa de entradas. “Dicen que es por los agroquímicos, pero yo no sé”.

Azufre

El niño en bicicleta abre la puerta de su casa y le avisa a la mamá que la están buscando para hacerle una encuesta. La mujer responde desde el umbral: 33 años, marido, tres hijos, hasta quinto año de la escuela, no trabaja, obra social, no fuma. El marido trabaja de 5 a 12. “Trillando soja, las fumigaciones, la siembra”.

¿Fuma él?

No.

Nacieron en San Salvador.

Toman agua de la canilla.

¿Olores desagradables? Señala en diagonal a su casa. Hay un galpón. “Supuestamente guardan productos ahí. Es un olor como a azufre re-fuerte”.

¿Problemas de salud?

“Yo ando, pero tengo un problema en la vejiga. No sé qué tengo. Me medicaron con una pastilla durante un mes. Me dijeron que tengo que ir por estos días, que capaz las iba a tener que tomar de por vida.”.

Sigue la encuesta.

En 2007 perdió un bebé: “Vino malformado”. Por esa época también la operaron de un quiste de ovario.

Uno de sus hijos es disléxico.

Todos son alérgicos.

¿Problemas de salud en el barrio?

“Mucho cáncer y personas alérgicas”.

¿Alguna fuente de contaminación?

“Para mí, esto que fumigan. La soja está muy cerca del pueblo”.

Otros médicos

Las jornadas comienzan a las 8 de la mañana con café y medialunas en la parroquia. Salen a encuestar a pie o van en una movilidad de la municipalidad. Todas y todos visten la remera naranja que especifica: “Facultad de Ciencias Médicas de Rosario”. Pasado el mediodía vuelven a la parroquia, donde almuerzan, para luego meter un sprint final hasta la noche. Hay graduadas, graduados, estudiantes avanzados y un infiltrado: “Yo estudio licenciatura en administración”, sorprende Martín Toriggino, 25 años. “Cursé la materia electiva de Salud Socioambiental y me interesó”. Martín, de todos modos, no realiza encuestas.

Lucía Enríquez, sí. Está recibida, es docente, y dice que la experiencia del campamento sanitario le cambió la cabeza: “Fue un punto de inflexión en mi carrera. Era ver cómo la facultad volvía a las comunidades y trabajaba para ellas. La salud es una construcción: la comunidad tiene un rol tan activo como el equipo de salud”.

Martín Dahuc, graduado: “Llega en un momento donde te permite replantearte cuál es el rol del médico y qué profesional necesita hoy nuestro país. Aprendí que hay muchas cuestiones que uno ve en los consultorios y no las puede resolver allí. Estoy haciendo mi posgrado en pediatría, en Gualeguaychú, y vi que aparecen un montón de malformaciones que escapan a la media nacional. Para estudiarlo en profundidad la única forma es trascender las fronteras del consultorio, inclusive del hospital. Podemos darles miles de medicaciones, pero no se va al eje. Esta es una forma de estudiarlo: formamos un dato”. Dahuc grafica su compromiso: “Estas son mis vacaciones”.

Nadia Zampini, 26 años: “El modelo de médico que necesita nuestra comunidad ya no es el que está detrás de un escritorio y le da órdenes al paciente sobre lo que tiene que hacer respecto de su vida, sino el de trabajar junto a las poblaciones para mejorar su calidad de vida”.

¿Cómo lo ve el administrador de empresas? “En mi carrera nunca se apunta a eso -admite Toriggino- Tiende a alejar cada vez más al hombre de su propia comunidad. No contempla que, a la hora de trabajar en una oficina, una decisión puede impactar a 500 kilómetros de donde vos estés”.

Un virus

Marisa es docente de música, 42 años, esposo camionero, dos hijos mellizos, uno camionero, el otro trabajador en un molino arrocero. Frunce la nariz cuando le preguntan si hay olores desagradables en el barrio: “Fuuu, acá se sienten olores de todos lados. Hasta dentro de la casa”.

Tomaban agua de canilla hasta el año pasado: “Tuvimos cuatro internados. Diarrea y vómitos. Dijeron que era un virus. No era algo de la comida porque mi hijo había comido en casa de mi mamá, yo en la escuela y mi marido en la ruta”.

Dice que va al hospital local sólo para emergencias, que la atención es buena, pero faltan médicos y medicaciones.

¿Problemas de salud en la familia? “Yo soy alérgica. De noche se me cierra el pecho. Nadie de mi familia era así”, aclara. “Mi marido tiene muchos dolores de cabeza, todavía no le detectaron qué tiene. Son puntadas. Le molesta la luz, no sabemos qué darle. Mi hijo no tiene nada, y eso que trabaja en el molino arrocero. Cómo va a estar mañana, no sé”.

¿Problemas de salud en el barrio? “Mucho cáncer y virus que no se sabe qué son. Y muere gente. Ahora tengo mi sobrino en Concordia, internado, piedras en la vesícula, 13 años. También tiene problemas de respiración, de alergia. Estuvo muy mal, con dolor de espalda, vómitos, náuseas, y ahora parece que lo van a operar, pero tiene infección y está con suero. Tengo miedo por él”.

¿Piensa que hay algún foco de contaminación? “Un día vimos, cerquita de los molinos, un avión que tiraba polvo blanco. Y le digo a mi marido: todo esos agroquímicos que tiran, contaminan. Estamos rodeados de eso. Y después te dicen que es un virus, pero no te dicen cuál”.

El quiebre

Son casi las 9 de la noche y Damián Verzeñassi acaba de salir de la última casa del día. Durante la caminata de vuelta hacia la parroquia, comenta: “No se puede adelantar una hipótesis, porque sería irresponsable. Pero estos días sí me permitieron, en lo personal, comprender la importancia de haber venido. Más allá del resultado que pueda darse una vez finalizado el trabajo, es innegable que la población tiene una preocupación que debe ser atendida por las autoridades. El Estado tiene que hacerse cargo de la preocupación de la población respecto de lo que pasa. Por eso está acá la universidad pública”.

Sigue: “Para nosotros el principal valor es que la facultad vuelva a comprometerse con la comunidad para ponernos a disposición de lo que necesita”.

La frase suena romántica, pero la Facultad de Ciencias Médicas la convierte en práctica.

Un caso

Suena el teléfono en la parroquia. Una mujer avisa que pasaron cuatro veces por su casa, que no estaba, que si pueden pasar, que si viene ella. ¿Salió sorteada?

Salió.

La mujer es Patricia Jourdan, 39 años, maestra. Al lado está su marido, Diego Derudder, 45, comerciante. Viven hace 21 años en San Salvador.

¿Sienten olores desagradables?: “Está el humo del basural. No se puede respirar. Y después están las silobolsas de soja. Es insoportable”.

¿Falleció alguien en la casa?

Patricia responde bajito: “Sí, mi hija. Tenía 14 años. El año pasado. Tenía leucemia mieloblástica aguda. El 29 de noviembre de 2013 se lo diagnosticaron”. Los primeros síntomas fueron dolores en la cadera. “Como si se hubiera golpeado. La llevamos a los médicos de acá, le hicieron análisis, pero nada”. Más análisis: nada. “Un día le dolía y le dolía. Nosotros pensamos que como hacía danza, lo decía para no ir. En Villaguay le hicieron placas, ecografía. Nada. Nos mandaron a Paraná a hacer una resonancia. Y ahí sí, salió. El médico nos dijo: ´Lamentablemente esto es leucemia´. La nena estaba ahí…”

El derrotero fue así de cruel.

Leila llegó hasta el Hospital Garrahan, de la Capital.

Murió en octubre.

Silencio.

La encuesta sigue.

¿Problemas de salud en el barrio?

“Tumores, ACV, cáncer de garganta. Eso antes no se veía”.

¿Perciben algún foco? Diego: “Hay montones de versiones. Acá cerca estaba la pista de los aviones fumigadores, dicen. Al lado de la escuela estaba el galpón. ¿Sabés qué pasa con los productos? Los mezclan. Ando por el campo todos los días y no podés discutir con la gente porque están fanatizados con que eso es remedio”.

Patricia: “Nosotros entablamos buena relación con los médicos. Todos nos dicen que son los agroquímicos, pero no me pueden dar nada por firmado”.

Diego: “Presenté tres denuncias por fumigaciones. ¿Sabés lo que me dijo el fiscal? Que lo que pasa es que tiene que haber un caso”.

Silencio.

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Primero, el doctor

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El neuropediatra Rodolfo Páramo fue el primero en difundir los efectos del modelo transgénico al denunciar cómo los casos de su consultorio quebraban las estadísticas y la salud pública. Cómo entre el consultorio y sus paseos en bicicleta detectó los efectos del modelo. Y cómo se ganó el calificativo de loco, que considera un título nobiliario.
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La salud no calla

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Mechi Méndez es enfermera especialista en cuidados paliativos y trabaja desde hace 20 años en el Hospital Garrahan. Sus pacientes son niñas y niños con cáncer. Ellos le enseñaron a relacionar la enfermedad con los agroquímicos. Y la convirtieron en un medio de comunicación. Las claves del amor y el humor, y por qué la silla es terapéutica.
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Mal educados: los manuales censurados de Educación ambiental

Los ejemplares del manual «Educación Ambiental», publicado en 2011 por el Ministerio de Educación y la Secretaría de Medio Ambiente, fueron censurados y guardados en un galpón por presión de las corporaciones mineras y sojeras y de diversos funcionarios. Acá lo podés descargar completo, en formato PDF.

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Como lo planteamos en la nota Mal educados publicado en el número de mayo de la revista Mu, difundimos aquí el PDF completo del censurado manual Educación Ambiental. Ideas y propuestas para docentes, realizado en 2011 por el Ministerio de Educación y la Secretaría de Medio Ambiente, presentado a la prensa el ministro Alberto Sileoni y el secretario Juan Mussi. Se imprimieron 350.000 ejemplares que tuvieron que ser guardados desde entonces en un galpón por presión de las corporaciones mineras y sojeras y de diversos funcionarios (ministros y gobernadores).
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Se trata de un trabajo de calidad inédita, en forma y contenidos, cuya libre divulgación es relevante en momentos en que el debate sobre los bienes comunes es crucial para gran cantidad de comunidades afectadas por el modelo extractivo, pero inexistente en la llamada agenda política, pese (o por) el año electoral. Desde el punto de vista estrictamente educativo, es una herramienta más para que docentes y estudiantes puedan conocer y debatir estos temas.

En este link podés descargar el manual en formato .pdf (33Mb)

El árbol de los problemas ambientales

El árbol de los problemas ambientales

La nota de Mu 88

Por primera vez en la historia el Estado Argentino elaboró, bajo la órbita del Ministerio de Educación, manuales de alta calidad de forma y contenidos referidos a lo ambiental, titulados Educación Ambiental – Ideas y propuestas para docentes. Hay tres versiones para los niveles Inicial, Primario y Secundarios, han sido considerados “extraordinarios” por especialistas en el tema, y fueron presentados en conferencia de prensa por el propio ministro Alberto Sileoni y por el secretario de Ambiente y Desarrollo Sustentable Juan José Mussi el 18 de abril de 2011. Informaron entonces que se imprimieron 350.000 ejemplares en total.
Agregó el ministro Sileoni: “El desafío que tenemos por delante, no es sólo que estos materiales lleguen a todas las escuelas del país, además tenemos que garantizar que en cada una de sus aulas transcurra esta transmisión de saberes para mejorar la sociedad en la que vivimos”.
El desafío salió mal: los libros jamás llegaron a las escuelas ni hubo transmisión de saberes para mejorar la sociedad, como resultado de la presión ejercida por el lobby sojero liderado por AAPRESID (Asociación Argentina de Productores de Siembra Directa), que incluyó el trastornado título Los chicos, rehenes de guerra, para el artículo del activista transgénico Héctor Huergo (editor del diario Clarín, que nunca explica cuál es la guerra ni por qué los chicos serían rehenes), y llamadas densas a las zonas centrales del Ejecutivo por parte del secretario de Minería, Jorge Mayoral, el ministro de Ciencia y Técnica Lino Baranhao, y de los gobernadores de San Juan (José Luis Gioja), La Rioja (Luis Beder Herrera) y Catamarca (Eduardo Brizuela del Moral en aquel entonces).
Ese ejercicio de lobbistas estatales y privados del modelo extractivo frenó inmediatamente la distribución de los libros y del proyecto de capacitación que, según había informado el propio gobierno, involucró una inversión de 7.900.000 pesos (de 2011). Desde entonces los ejemplares para los tres ciclos, en papel ilustración y a todo color, reposan en un galpón posiblemente de la zona de Barracas, por el cual se paga un alquiler del que no se obtuvieron cifras pero que parece ser lo suficientemente oneroso como para haberse convertido en un karma inexplicable con el que nadie sabe qué hacer.
En aquella conferencia se repartieron algunos ejemplares al periodismo, incluso la versión en CD, y el ministro Sileoni brindó otras definiciones significativas:

  • “A los grandes nos cuesta mucho modificar conductas que tenemos arraigadas, mientras que si los chicos aprenden desde edades tempranas la importancia de cuidar el lugar donde vivimos, sin duda, van a incorporar mejores hábitos y una mayor conciencia”.
  • “Se trata de tomar conciencia de que formamos parte de un colectivo, y desde ahí ver cómo hacemos para transformar el mundo cuidándolo. Este es el mensaje que tenemos que transmitir, empezando en la mesa familiar, para continuar en las 45 mil escuelas, con los 900 mil docentes del país, que constituyen un extraordinario escenario para que estos temas se transmitan”.

El entonces secretario Juan José Mussi agregó a ese cúmulo de buenas intenciones:

  • “Los docentes y los alumnos son centrales para llevar adelante políticas de prevención. Así como para extender la idea de que es importante que haya desarrollo, pero es fundamental que éste se lleve adelante cuidando el medio ambiente. Y para ello es imprescindible brindarles a los chicos información seria y con propiedad, como la que proponen los nuevos materiales que preparamos”.

La información de prensa brindada por el propio gobierno aclaraba que los libros llegarían a 104.000 establecimientos de todos los niveles, como parte de un plan de capacitación para al menos 10.000 docentes de todo el país, con el objetivo de “facilitar e impulsar la inclusión de la Educación Ambiental en la currícula escolar”.

¿Qué dicen los libros?

El manual, cuyo PDF completo para el nivel Secundario (320 páginas) puede leerse, bajarse, copiarse y distribuirse desde www.lavaca.dream.press, plantea que la Educación ambiental es política, social, multidisciplinaria, humanista y ética (destaca, por ejemplo, la ética del bien común, de la participación democrática, de la restauración y reconocimiento de la diversidad ecológica y cultural). En una lectura veloz puede verse “El árbol de los problemas ambientales”, en cuya raíz figuran la “alta producción industrial contaminante”, la “inequidad en la distribución de oportunidades y riqueza” y el “consumismo/ consumo irresponsable”.
Entre los problemas ambientalds globales menciona la pérdida de biodiversidad, el cambio climático, el adelgazamiento de la capa de ozono, la desertificación y la escasez de agua. Aclara a los docentes: “Es importante recordar que el sentido crítico del lector debe conducirle a seguir profundizando en los temas tratados. Las siguientes páginas actúan simplemente como disparador”.
En la página 79 comienza el capítulo Problemas ambientales en nuestro país. Informa por ejemplo, con datos del Sistema de Indicadores de Desarrollo Sostenible, que el 20% de la población no tiene acceso a agua segura. En la página 88 se mencionan los Impactos de las actividades extractivas del subsuelo mencionando primero la minería, actividad a la que califica como “doblemente destructiva por su gran escala y por la tecnología que ha acrecentado su capacidad productiva”. Señala que “actualmente se están desarrollando en el país una gran cantidad de proyectos mineros, generándose amplios debates y movimientos por parte de pobladores locales y organizaciones de la sociedad civil que cuestionan este tipo de emprendimientos”.
Menciona los impactos mineros.

  • Flora y fauna: “Deforestación de los suelos con la consiguiente eliminación de la vegetación (esto es más grave en los casos de mineras a cielo abierto y en las megaminerías)”.
  • Suelo: “Importantes modificacines del relieve por excavación, desgaste de la superficie por erosión, generación de montones de residuos de roca sin valor económico que suelen formar enormes montañas”.
  • Agua: “Alto consumo de agua que, generalmente, reduce la napa freática del lugar (agua subterránea), llegando a secar pozos de agua y manantiales. El agua suele terminar contaminada por el drenaje ácido de las minas”.
  • Aire “La contaminación del aire puede producirse por el polvo que genera la actividad minera, que constituye una causa grave de enfermedad, causante de trastornos respiratorios de las personas y de asfixia de plantas y árboles. También por emanaciones de gases y vapores tóxicos”.

Describe el uso de cianuro y derivados “que son muy tóxicos y perdurables en el tiempo”, de “productos químicos peligrosos” y se explica que la actividad genera “un vertido autoperpetuado de material tóxico ácido, que puede continuar durante cientos o incluso miles de años” (como lo sabe cualquier persona que haya visitado alguna vez minas abandonadas hace 100 años, que siguen drenando esos ácidos).

Sobre Transgénicos

El capítulo La transformación rural informa sobre el avance de la frontera agropecuaria. Este profundo proceso de cambio de uso de la tierra configura un verdadero reemplazo de ecosistemas naturales (pastizales, bosque y humedales) por agroecosistemas artificiales, simplificados y mantenidos por una intervención tecnológica intensiva y sostenida, con consecuencias para la estructura social de la población rural, cambios en la tenencia de la tierra y riesgos para la salud humana”. Agrega: “La soja transgénica, con una o dos siembras anuales, es en la actualida el cultivo predominante que impulsa el proceso de transformación agraria en Argentina”.
El manual describe qué es un organismo modificado genéticamente, comúnmente llamado transgénico, al que se le otorga la característica de “resistir al herbicida glifosato”.
Se explican las consecuencias sociales entre las cuales se señala la falta de compromiso de los pooles de siembra “con la planificación del uso de la tiera y su conservación”. También refiere “el endeudamiento y desaparición de amplios sectores de productores pequeños y medianos” con datos de los censos agropecuarios, y el éxodo de las poblaciones rurales, más evidente con el uso de las tecnologías intensivas “con la consecuente merma de la mano de obra necesaria”.
El manual plantea entre las consecuencias ambientales el “deterioro creciente del suelo y los acuíferos”, el “aumento poco controlado del consumo de pesticidas, herbicidas y otros agroquímicos que impactan en la fauna y la flora”, y los problemas y trastornos en la salud: “La absorción de pequeñas dosis de agroquímicos se traducen en afectaciones de la salud que van desde intoxicaciones a daños potenciales del material genético celular”.

Off the record

El trabajo es prologado por Mussi, Simeone, y Fernando Melillo, y figuran en la realización de contenidos la Secretaría de Ambiente, el Ministerio de Educación y la fundación Educambiente. Tan guardados como los libros parecen estarlo los funcionarios y funcionarias que podrían dar explicaciones sobre el tema, excepción hecha del clásico off the record que brindó a Mu una elevada y asombrada fuente oficial: “La verdad es que se hizo el trabajo, se mandó a todas las provincias para que las áreas de Educación estuvieran en cada caso al tanto de los contenidos, y nadie dijo nada. Para cuando se presentó yo creo que pasaron dos cosas: obviamente los altos funcionarios no lo habían leído, y de ahí para abajo todos los intermedios tampoco. O algunos lo leyeron, y nadie estuvo en desacuerdo, o no percibió el efecto que podían provocar”.
¿Qué pensar del universo de funcionarios que recibió el manual y no hizo ni una lectura superficial? Respuesta en off: “Chantas”. La pregunta sobre qué cosas más importantes habrán estado haciendo no recibe respuesta alguna. “No tengo dudas de que en algún momento esos ejemplares se rescatarán y finalmente se distribuirán” dice la fuente oficial, otra demostración de que entre los distintos funcionarios y niveles oficiales existen disputas, incompatibilidad de caracteres, o reacciones mutuamente alergénicas.

Pensamiento único

Pablo Sessano fue de los primeros que denunció la decisión de no distribuir los libros. Es educador ambiental, especialista en Planificación del Medio Ambiente y reúne la condición de trabajar en ese rol técnico tanto para el Ministerio de Educación de la Ciudad de Buenos Aires, como para el programa Escuelas de Innovación de Conectar Igualdad (Anses), además de asesorar a la Comisión de Cambio Climático en la Legislatura Porteña. “Esos manuales constituían una política pública que se suspendió de hecho por presión de las corporaciones a través de los propios ministerios, que no quieren una mirada crítica frente a estos procesos. Son manuales de absoluta calidad, extraordinarios, es la primera vez en la historia del país que el Estado genera un material de educación ambiental de este nivel. Lo que llama la atención es cómo el Estado se subordina de inmediato a la presión de los intereses corporativos”.
Otra idea: “No hay que olvidar que es material para los docentes, y plantea dudas, preguntas, para motivar la investigación y el aprendizaje. Si no hay ese debate, en las escuelas caemos en un pensamiento único que plantea que el agronegocio o el modelo de minería a cielo abierto son sustentables o los únicos posibles. Y ese pensamiento único que oculta los problemas, más allá de lo que cada uno opine, no sirve para educar sino para adoctrinar”.
Otra duda que se genera: se dice que frente a estos modelos productivos el rol de control lo tiene el Estado. “¿Quién puede creerle a un ministerio que va a controlar a la minería o las fumigaciones, cuando el propio Estado suspende sus políticas públicas en educación por presión corporativa?” se pregunta Sessano sobre este caso que es difícil definir si se trata de censura, autocensura, o silencio por conveniencia mutua, del que ni medios oficiales ni hegemónicos volvieron a hacerse cargo luego de que los manuales desaparecieron del mapa.

Otro peligro

La vicepresidenta de AAPRESID, María Beatriz “Pilu” Giraudo habló en 2013 en el programa Hombres de campo, entrevista que puede escucharse en la propia página de AAPRESID. Allí relata que su entidad activó también a AEA (Asociación Empresas Argentinas, que reúne a las principales corporaciones). Y que antes de estos manuales oficiales, habían entrado en contacto con editoriales educativas privadas (gracias a la gestión de la ex ministra bonaerense Silvina Gvirtz) y con la Cámara Argentina de Publicaciones, cuestionando citas en los manuales escolares sobre el tema del modelo sojero. Mencionó especialmente el caso de Ediciones Santillana, por uno de sus manuales para 5º grado al que adjudica “un abordaje totalmente basado en el desconocimiento, se habla de fumigaciones cuando en el campo y en la agricultura se hacen pulverizaciones”. La declaración demuestra las maniobras de estos grupos para controlar no sólo la información, sino los procesos educativos.
Santillana, a través de su gerente editorial Mónica Pavicich, tuvo la gentileza de enviar a Mu las páginas cuestionadas de aquel manual de 5º grado que ya ha quedado relegado por versiones más actualizadas. Se muestra, por ejemplo, un dibujo de un avión fumigando un campo, y un corte terrestre del subsuelo: “El producto que utiliza se introduce en la capa subterránea de agua, Después, el agua contaminada llega a un río y afecta a los peces que viven allí, y luego esa misma agua sale al mar. Así es como una acción en un lugar determinado puede afectar a zonas muy alejadas de donde se originó el problema”. En la página 56 explica qué significa la degradación de los suelos: “El uso prolongado de pesticidas y fertilizantes químicos provoca la contaminación de los suelos y las capas de agua subterránea. A ese tipo de contaminación se la conoce como contaminación por agroquímicos”.
Pavicich reconoce que recibieron llamadas de organizaciones como ACSOJA (Asociación de la Cadena de la Soja Argentina) con la que no tienen ningún inconveniente en intercambiar materiales y posturas acerca de distintos temas. “Pero los libros son solo herramientas para la tarea que realiza el maestro/a; es el docente el que, con su trabajo en el aula, promueve en sus alumnos el desarrollo de su pensamiento crítico”. Santillana sigue editando lo suyo, mientras 350.000 ejemplares guardados en un galpón muestran cómo puede intentar congelarse tras la enfermedad del silencio a esa sana intención de que exista pensamiento crítico.

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