Nota
30.001
Este ex albañil de 76 años que tuvo el coraje de prestar su crucial testimonio en un juicio por genocidio, está desaparecido desde el 17 de septiembre. La hipótesis del shock emocional es casi tan temible como la del secuestro policial: las personas que buscan justicia abandonadas a su suerte, en un país donde la impunidad no es una pieza de museo y la defensa de los derechos humanos vuelve a estar en los pies de quienes salen a la calle con una consigna: aparición con vida. Nilda Eloy, la otra querellante de esta causa, calcula: “Menos de un 5 por ciento de los represores están en la cárcel. Mientras el otro 95 por ciento esté libre, nosotros estamos en peligro. No hablo de nosotros los testigos, hablo de nosotros como sociedad”. De eso se tratan las movilizaciones e iniciativas por la aparición con vida de Julio López, para reafirmar dos palabras: nunca más.
Jorge Julio López, 76 años, ex albañil, testigo crucial y querellante en el primer juicio oral y público por genocidio tras la anulación de las leyes de impunidad, no contaba con cuidado ni protección alguna. Está desaparecido desde el 17 de septiembre. Fue un desaparecido durante la dictadura. Es un desaparecido ahora en democracia. En la Casa de Derechos Humanos que comparten varias organizaciones de la provincia de Santa Fe apareció un volante con su foto y la siguiente leyenda:
“Jorge Julio López terrorista 30.001. ¿Quién será el 30.002?”
Jorge Julio López fue durante dos años y medio un desaparecido, pero tuvo el extraño privilegio de sobrevivir para contarlo. Estuvo prisionero en un circuito clandestino de detención que representa el nido de los amos de la vida y de la muerte en esa ciudad de La Plata de tiempos de la dictadura y de la policía comandada por Ramón Camps y su secuaz, Miguel Etchecolatz. “Tenía cara de mono”, describió López en su primera declaración en los llamados Juicios por la Verdad. No sabía todavía el nombre de ese “mono” que terminó condenado a prisión perpetua y que en los tiempos en que López era una desaparecido acompañaba a Camps en las torturas. A López le quedó el pecho marcado con los rastros de la picana y por eso ofreció mostrarle sus heridas a los jueces como prueba. Él, junto a tantos otros, lograron así reconstruir con lo que tenían –pedazos de nombres, fragmentos de lugares, terrores y heridas- ese nido de impunidad de la policía bonaerense: lo allí pasaba y quiénes pasaban. Nombraron a los represores y nombraron a sus víctimas.
El 18 de setiembre López iba a terminar un capítulo de esa historia que comenzó cuando lo secuestraron, el 27 de octubre de 1976 y que a lo largo de 30 años tropezó con las más increíbles formas de impunidad. La causa que lo tuvo como testigo puede ser también considerada un nido: solo contabilizando los últimos tropiezos judiciales, tuvo desde marzo de 2000 –fecha en que se llevaron adelante las audiencias de los llamados Juicios por la Verdad- tantas idas y vueltas que cuesta creer que en el momento crucial, López no estuviera allí para escuchar el fallo. Pero no estuvo. No hay metáforas para explicar el por qué: una vez más, nadie vio qué pasó.
Romper el silencio
“Callate la boca y no digas nada”, le dijeron cuando lo soltaron dos años y medio después, luego de haber soportado cuatro centros clandestinos de detención –el Pozo de Arana, la Unidad de Cuatrerismo, la Comisaría 5 de La Plata y la Comisaría 8, también de esa ciudad- hasta que lo “legalizaron” poniéndolo a disposición del Poder Ejecutivo Nacional en una cárcel, de donde salió finalmente el 25 de junio de 1979.
Pero López habló –como tantos otros- y el represor Miguel Etchecolatz fue condenado. Sin embargo, la historia no terminaba allí: el nido de impunidad que denunció López involucra a –por lo menos- 62 militares y policías. Sólo 7 están detenidos.
Ahora, López volvió a ser un desaparecido.
En tanto, el funcionario que en la actualidad oficia como ministro del Interior -Aníbal Fernández- se reunió con el grupo que impulsa la causa por el genocidio cometido por el Estado argentino durante la dictadura, y realizó una revelación asombrosa. Les dijo que la desaparición de Jorge Julio López le produce preocupación, pero que se trata de “un problema provincial”.
Adriana Calvo, en cambio, sostiene ante lavaca: “A Julio López lo secuestró la Policía Bonaerense. Y que siga desaparecido es una respuesta a la condena por genocidio contra Etchecolatz”.
El caso
Desde que Jorge Julio López desapareció, hubo diversas formas de explicar la ausencia:
- Un shock emocional que pudiera causarle pérdida de memoria, o alguna forma de extravío.
- Simple y puro miedo, y que López decidiera esconderse en alguna parte ante la exposición que significaba la condena de Etchecolatz.
- El secuestro: la desaparición forzada por sectores policiales o “bolsones” de represores en actividad (la idea transmitida hace ya una semana por lavaca tras conversar con ex detenidos desaparecidos, ratificada por el ministro bonaerense León Arslanián y luego por el propio gobernador Felipe Solá).
López había sido un testigo fundamental en el juicio. Explicó detalladamente su propio secuestro y torturas, pero además el modo en el que fueron sometidos y asesinados Patricia Dell’Orto y Ambrosio De Marco, y la participación de Etchecolatz en esos crímenes. Además fue uno de los tres querellantes en la causa, junto a la Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos y a otra sobreviviente del terrorismo de Estado, Nilda Eloy.
Teniendo en cuenta estos datos, ¿tenía Jorge Julio López alguna forma de cuidado o protección?
Adriana Calvo: “Ninguna, en absoluto. La verdad es que nadie pensó en el tema, ni el gobierno ni el Tribunal”. En el caso de la propia Asociación, “lo que nos pasa es que pensamos: ¿quién es que nos va a cuidar? ¿La Bonaerense? ¿Los mismos que nos secuestraron? Nunca en todos estos años de democracia hemos pedido esa protección” reconoce Adriana. “Por el lado del gobierno es imprevisión, irreponsabilidad, le quitaron importancia. Jamás se pusieron a pensar en esto”.
Nilda Eloy, la otra querellante, calcula:
-La realidad te indica que menos de un 5 por ciento de los represores están en situación de cárcel. Mientras el otro 95 por ciento esté libre, nosotros estamos en peligro. No hablo de nosotros como “testigos”, nosotros como “sobrevivientes”, hablo de nosotros como sociedad.
-Pero el caso de López tiene la particularidad de tratarse de un testigo muy importante, incluso para futuros juicios.
-La desprotección es hacia todos. Si nos vamos a lo chiquito, a este juicio solamente, te pido que pienses: ¿Para quién hubo medidas de seguridad? Para el reo (Etchecolatz), para el abogado del reo, y para el testigo del reo, Raúl Alfonsín. Punto. Nada más. En el Estado no se evalúa que la seguridad pasa por otro lado: que no haya impunidad, que haya justicia plena, que no se nos rían en la cara en plena calle.
-¿No se consideró que alguien como López podía estar en peligro?
-No. Parece que éste fuera el tema de un grupito, unos locos que estamos reclamando. Y nos dan esta respuesta: acá estamos, miren lo que podemos hacer. Un secuestro en la cara, como si fuese la Triple A en 1974. (Triple A, o Alianza Anticomunista Argentina, fue el grupo paramilitar que dio inicio a la represión ilegal previa al golpe de 1976).
Los que no se resignan
La hipótesis de que López se haya escondido por miedo, cada vez más descartada, es en sí misma temible, por lo que indica acerca del desamparo en que se encuentra una persona que quiere impulsar la justicia. Con la teoría del “shock emocional” ocurre algo similar: si existió tal shock, sólo puede ser visto como la consecuencia de las enormes dosis de miedo a vencer, pesadillas de décadas y compromiso de cuerpo y alma que una persona debe poner en juego en una situación como esta.
En realidad, siempre ocurrió lo mismo. Fueron personas concretas las que hablaron, revelaron, dijeron lo que había pasado. Personas como López son las que han hecho que la justicia no sea una mera metáfora en los escenarios. Cuando Jorge Julio López declaró por primera vez en 1999, el objetivo ni siquiera era el castigo de los responsables, sino simplemente el conocimiento de la verdad. Y esas declaraciones (de López, de Nilda Eloy, y de cientos de testigos) se hicieron en el marco de un tremendo silencio oficial, estatal, mediático y social. Y ese conocimiento de la verdad, y la movilización, y la acción de organismos de derechos humanos, es el que fundó el clima para la anulación de las impresentables leyes de Punto Final y Obediencia Debida. Y eso motorizó los juicios como el actual. Son décadas y décadas de luchar contra la resignación y el silencio. Así se entiende el estallido de H.I.J.O.S el día de la sentencia a Etchecolatz, con lágrimas, gritos, abrazos, la emoción de sus abuelos, y algo que corearon juntos:
“Vas a la cárcel, Etchecolatz, no es el Estado, es la lucha popular”.
Actualmente hay toda una movilización de fuerzas buscando el paradero de Jorge Julio López. La pregunta es: cuando era crucial protegerlo realmente ¿tuvo López algún apoyo, acompañamiento? Ninguno, salvo el de los otros testigos, como si se tratara de un problema privado. Consulta a Nilda Eloy:
-¿Tiene lógica en este marco la posibilidad de que López haya huido o se haya escondido por miedo?
-No. Él estaba chocho, radiante. Había declarado por primera vez en 1999, en los Juicios por la Verdad. Lo hicimos juntos. Pero esta era la primera vez que iba a declarar con el apoyo y la compañía de sus hijos. Eso lo tenía feliz. Al contrario, estaba medio enojado porque Etchecolatz no estuvo el día que él declaró, y quería ir a la lectura de la sentencia para verle la cara.
-¿Y la hipótesis del shock emocional?
-No. Con lo único que encaja esto es con un secuestro.
Adriana Calvo sabe que todo esto es una especie de diálogo con el mal: uno de los campos de concentración, el Pozo de Quilmes, era llamado El Infierno por sus administradores; “de aquí nadie sale”, decían para justificar el nombre. Tal vez por eso calcula: “Una vez que lo secuestraron, también lo pueden hacer aparecer en un puente al lado de dos linyeras, como si hubiera fallecido de muerte accidental”. En la Argentina de monseñor Enrique Angelleli, ya hay experiencia sobre el contenido real de ciertas muertes accidentales.
De todos modos la insistencia de algunos medios acerca del shock emocional la irrita: “¿Y éste, para quién trabaja?” dice sobre uno de los empleados del periódico Página 12 que sostuvo tal teoría en una nota del martes, como para moderar las declaraciones del propio gobernador Felipe Solá, quien reconoció que López podría ser “el primer desaparecido en democracia”. Esa frase, luego, recibió la respuesta de Rosa Schönfeld, la madre de Miguel Bru, estudiante de periodismo desaparecido en 1993, secuestrado también por la Policía Bonaerense: “Se olvidó de Miguel y de unos cuantos más”. (Puede mencionarse, entre otros, el caso de la desaparición de Iván Torres en Comodoro Rivadavia en octubre de 2003, en el que tres posibles testigos murieron asesinados y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos exigió al Estado argentino que tome recaudos para defender a los otros testigos de una causa con olor a policía, petróleo e impunidad, sumadas al silencio oficial. Aunque tal vez se trate de un problema provincial).
Desconfiar del Estado
Nilda Eloy ya recibió llamadas de testigos que iban a presentarse a los futuros juicios orales y públicos contra represores:
-Llaman y dicen: yo no declaro. Es miedo, difícil de controlar.
-¿Y usted, Nilda?
-El miedo nunca se pierde. Pero no te podés paralizar. En algún momento una aprende a que el miedo sirva de motor. Lo que quieren es volver a manejarnos con el terror. Y la respuesta tiene que ser “no”. Como sociedad no podemos permitirnos eso. Vamos a seguir declarando, vamos a seguir adelante con los juicios.
La propia Nilda ahora cuenta con custodia, pero sus amigos relatan que ni ella quiere subirse al auto de sus guardianes. “El otro día estábamos en una reunión, se tuvo que ir, y armamos una colecta entre todos para que tomase un remis. Y atrás iba la custodia”, cuenta Adriana Calvo.
Nilda tuvo que salir de esa reunión cuando recibió un urgente llamado de su hija, 21 años, que estaba sola en su casa. Cuenta Nilda: “Empezaron a llamar, ella se daba cuenta que había alguien del otro lado de la línea, pero no le contestaban, y tampoco cortaban”. El miedo se apoderó de la joven. Nilda misma recibió una llamada el día anterior a la desaparición de López: “Me pasaban algo que quiero creer que era un simulacro de sesiones de tortura”.
Adriana Calvo no cree en las intenciones del gobierno.
“No tenemos ninguna confianza en estos discursos tan defensores de los derechos humanos. Se parte de un Estado ausente, con testigos y víctimas que le tienen desconfianza al Estado por la impunidad de décadas. No es solo la desconfianza por la impunidad de ayer, sino porque venimos con la certeza de que hay tipos vinculados a los campos de concentración en la policía actual y eso lo confirmamos al hablar con (León) Arslanián”.
Por eso considera que la desconfianza “va más allá del aparato de seguridad. Es el Estado. El mismo gobernador Solá, que ahora parece tan cercano a este tema, ¿qué hizo en estos últimos años, yo pregunto? ¿Qué hizo mientras las leyes de impunidad y obediencia debida estaban vigentes? Nunca lo escuché quejarse o pedir la anulación. ¿Y Kirchner? ¿Qué hizo antes del 2003 por la nulidad de las leyes de impunidad? Desde el represor hasta el gobernador o el presidente, no tenemos confianza”
Adriana recuerda que en su reunión con Felipe Solá, el gobernador pareció molesto y dijo “acá parece que partimos de la desconfianza”. Obviamente era así. Pero a partir de ese recuerdo, analiza una cuestión decisiva para entender el presente:
“Estamos ante un Estado que aniquiló, que impunizó, que reivindicó. Y que de buenas a primeras anula las leyes del perdón. Pero todos los personajes que aniquilaron, impunizaron y reivindicaron, ahora están de nuestro lado diciendo: bravo, bravo, hagamos justicia ¿En eso quieren que confiemos?”
Nota
MU 215: Sin chamuyo



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Nota
MU 214: Mujer maravilla

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Pergamino, localidad contaminada por el agronegocio donde dieron batalla y hoy
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La undécima edición del Ni Una Menos llegó a Córdoba con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. La gente salió a la calle bajo la lluvia once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta. Cómo se busca justicia.
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El modelo Redondo: El Indio Solari y la autogestión
¿Qué explica que una banda que rechazó las reglas de la industria se haya convertido uno de los fenómenos culturales más masivos de la Argentina? Desde la producción de sus discos hasta la organización de sus recitales, desde el vínculo con su público hasta la construcción de una comunidad capaz de sobrevivir a su propio fundador, la historia del Indio Solari y sus grupos también es la historia de una forma de crear, pensar, sentir y organizarse, con la autogestión como herramienta y filosofía de vida.
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Mundo Chueco: Jorge Chueco Romero, sacerdote de Ciudad Oculta
Es cura en Ciudad Oculta. Todos los miércoles acompaña el reclamo de jubilados en el Congreso, donde aguanta los palazos y el gas pimienta. No cobra la asignación de la Curia, sino que vive de su trabajo como obrero y albañil. Una “camicharla” entre los murales del barrio: qué hacer con la vida, Bergoglio, el Indio, el peronismo, y una lista de cosas importantes.
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Crónicas del más acá: GPS
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Nota
La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

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El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: lavaca.org.
Lo que no se puede creer
Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.
Varones
Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema? Fotos: lavaca.org
«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.
Dónde está Delicia
Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.
Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.
Justicia sin apellido
Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»
Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.
La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
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