Nota
El tiempo no para (la teoría Bersuit)
¿Cómo describir la situación actual? Hace poco le pregunté a un amigo cómo le están yendo sus cosas: su trabajo, su vida.
Me respondió: «Aquí estoy, tratando de subirme a la lona».
Puede parecer sólo una humorada más, una simple exhibición de ingenio frente a la crisis. Pero si se piensa mejor en esa frase, resulta muy descriptiva de lo que está ocurriendo entre nosotros y -tal vez- en todo el mundo: estallaron los parámetros con los cuales comprendemos la realidad. Antes, estar mal era estar en la lona. Tirado. Peor, imposible. Ese era el límite. Ahora hay que recurrir a un humor casi surrealista para decir que existe un mundo incierto que se abrió más abajo de esa lona. Una especie de dimensión desconocida debajo del suelo que creíamos pisar.
Reventaron nuestros mecanismos de comprensión. No se trata de una cuestión de edad o de neuronas caducas. Lo descubrí a través de un incidente musical. Mis hijos, de 12 y 11 años respectivamente, tienen su propio equipo de música: estoy sobrellevando el asunto con cierta dignidad. Pero el otro día escuché a uno de ellos cantando:
- «Ya no tengo fechas para recordar, mis días se gastan de par en par, buscando un sentido correcto a todo esto».
Es una canción (El tiempo no para) de unos señores que se llaman Bersuit. Es un conjunto musical, cantan en pijama, y mis oídos están empezando a reconocer que ahí hay una música fuerte y muchas veces bella.
Y que, además, tienen razón: así andamos muchos, buscando un sentido correcto a todo esto. Lo cantan -y eso es lo más sugerente- una multitud de jóvenes, incluso los de 12 y 11.
Uno de los paradigmas que se derritió es la idea de progreso, de avance permanente de la historia hacia algún lugar determinado. Los señores de Bersuit dicen
- » Veo al futuro repetir el pasado».
El avance puede dar la sensación de ir hacia atrás o hacia abajo. Abajo de la lona. El tiempo no para, pero no sabemos si eso significa progreso o regreso. (Y tal vez por eso muchos progresistas parezcan nostálgicos, casi regresistas.)
Otro gran modo de pensar la realidad, otro paradigma que se rompió, lo explica gráficamente Ignacio Ramonet con el ejemplo de un ícono moderno: el reloj. Ramonet dice que en el siglo XVIII se consideraba que el reloj era la máquina perfecta. Lograba relacionar tiempo y espacio. En el espacio de la esfera uno lograba comprender el tiempo. La máquina, en un espacio, hacía coincidir cada pieza y cada engranaje, para lograr casi una utopía: la exactitud. Cuando todo estaba bien, se decía que las cosas funcionaban como un reloj. El universo y la naturaleza podían ser explicados como supremos mecanismos de relojería.
A partir de esa idea, se consideró que el modelo mecánico se podía aplicar en cualquier circunstancia. Se construyeron sociedades sobre el modelo de una máquina: un conjunto de elementos que se complementan. Si sobran o faltan piezas, la máquina no funciona. A su vez, la máquina hace funcionar, le da lugar e integra a todos los elementos que la componen.
En estos momentos, ese modelo de pensamiento ha dejado de servir. Murió. Hoy sabemos que la máquina fue superada, en una pantalla líquida podemos ver la hora, mientras los viejos relojes, sus piezas y engranajes, son exhibidos en las ferias de antigüedades como eventuales adornos, y crece un número criminal de personas que van quedando -como esas piezas- marginadas de la maquinaria del trabajo, excluídas de un sistema para el que parecen -parecemos- no servir.
A la inversa, es válido calcular que en realidad lo que no funciona es ese modelo: no le sirve a las personas. Esa tensión es el principal conflicto político y social de esta época.
Lo que Ramonet no alcanza a decir sobre el perdido símbolo del reloj como explicación que lograba relacionar funcionamiento social, tiempo y espacio, es que la desorientación en tiempo y espacio es una de las definiciones de la locura. Y esta es, literalmente, una época enloquecedora para mucha gente.
En Inglaterra Anthony Giddens lo planteó explicando que las sociedades modernas padecen inseguridad ontológica. No se sabe si lo real es lo real, se pierden horizontes, hay confusión sobre el sentido de las cosas, de los acontecimientos, y sobre el sentido de la propia vida. El señor Giddens habla de Europa. Propongo invitarlo una temporada a la Argentina, si desea cursar un verdadero master de inseguridad ontológica.
Cuando cae un paradigma, aparece otro. Lo que reemplazó a la idea de la maquinaria social es la noción del mercado. Pero ya sabemos que el mercado no es como la relojería. Buscando imágenes, podría pensarse en una especie de centrifugado que expulsa a las personas.
O en una cárcel.
Podría plantearse incluso que nociones como «libertad» y «mercado», en términos prácticos resultan cada vez más incompatibles entre sí.
Todo esto entró en un nuevo vértigo en los últimos años y creo que en el caso argentino podemos considerarnos una avanzada de lo que se ve actualmente en el mundo.
En la Argentina desaparecieron personas: por eso existen las Madres de Plaza de Mayo. Pero desaparecieron también industrias, riquezas. Desaparece el trabajo. Desapareció el dinero que la gente había depositado en los bancos. Desaparecen derechos.
Y todo forma parte de la misma lógica, que fue revelada por primera vez por Rodolfo Walsh en su Carta Abierta a la Junta Militar, de marzo de 1977, un año después del golpe, pocos días antes de convertirse, él mismo, en una víctima.
Allí Walsh describió con claridad absoluta todas las atrocidades cometidas por los militares. Habló de los cementerios lacustres, las fosas comunes, los vuelos de la muerte. Habló de la tortura que definió como «absoluta, intemporal y metafísica» aplicada con la tecnología de la picana eléctrica, para machacar la sustancia humana.
Pero en aquella carta hay un párrafo dirigido a los militares que propongo releer:
- «Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada».
¿A qué se refería Walsh? Veamos: reducción salarial masiva, redistribución de ingresos y concentración brutal de la riqueza, desocupación récord, derrumbe del consumo, éxodo de profesionales por la «racionalización» de la economía, endeudamiento externo histórico, atrofia de todas las funciones creadoras y protectoras del Estado, obediencia ciega a las recetas del FMI, reinado de los monopolios y de lo que llamó «nueva oligarquía especuladora». Hay más: desnacionalización de la banca, dominio extranjero del ahorro interno y el crédito, premio a las empresas que estafaron al Estado.
Quiere decir que la Argentina está hace décadas en el «corralito» (o en la cárcel) de una economía perversa. Miseria planificada. Aquellas palabras son recuerdos del futuro.
Para Walsh el crimen mayor de los militares no eran las atrocidades cometidas hora a hora, sino el plan económico que fue, en muchos sentidos, una premonición de esa práctica llamada neoliberalismo.
Un mercado absoluto, intemporal y metafísico.
Un neoliberalismo de guerra.
Aquel proyecto económico que acompañó un cambio cualitativo en el capitalismo -de lo productivo a lo financiero- ha sido redondeado en los años 90 por sucesivos gobiernos, con los resultados que tenemos a la vista.
Apenas se estudian los números argentinos referidos a marginación social, empobrecimiento masivo de la población, desnutrición, falta de salud, falta de trabajo, ruptura del tejido social, destrucción del aparato productivo, emigración y demás, se tiene la sensación de estar ante un país que pasó una guerra. Una especie de guerra invisible, de la cual sólo vemos sus resultados.
La Argentina, en varios sentidos, está exactamente sintonizada con el neoliberallismo de guerra que se percibe en América Latina y en el mundo.
El simple ejercicio de mirar arbitrariamente las páginas de cualquier diario y ver nombres como Bush, Powell, Menem, Brinzoni, Rico, hacen que cualquier ciudadano previsor empiece a buscar la cotización de las trincheras.
Hay planes y movimientos de militarización en amplias zonas de América Latina. Y hay amenazas. El señor Bush, que perdió las elecciones en su país pero se quedó con la presidencia de un modo que nunca ha sido debidamente explicado, ha dicho:
- » Hasta ahora, la historia la escribieron otros, pero de ahora en más la escribiremos nosotros».
Los que quieran escribir su propia historia, están advertidos. El imperialismo, que solía ser una denuncia que muchos consideraban exagerada, ahora es asumido orgullosamente por el propio gobierno estadounidense como un destino.
Las imágenes son elocuentes: si las agencias de espionaje estadounidenses han intervenido y «pinchado» los teléfonos de las delegaciones diplomáticas de las Naciones Unidas; si hay listas negras de actores norteamericanos que se pronuncian contra la guerra; si hay pleno empleo en las fábricas de armas y también en las de ataúdes, de ahí en más ya se sabe -más o menos- qué es lo que puede esperarse.
Es absolutamente personal y simbólico, pero no puedo dejar de mencionar el escalofrío que me provocó observar que el enviado del Papa para disuadir de su psicopatía bélica a George Bush fue Pio Laghi, el mismo que aquí se encerraba a conversar con Jorge Videla, o jugaba al tenis con Eduardo Massera.
Neoliberalismo de guerra. En algunos casos, las armas como método ostensible de expansión y consolidación de un modelo económico que, obviamente, no funciona. En otros, un nivel de violencia y sometimiento que hace pensar que los enemigos del poder son las sociedades civiles.
La democracia, mientras tanto, no da señales de vida. El descreimiento en las clases dirigentes tiende al absoluto, se rompen los mecanismos de representación.
El miedo, la violencia y la marginación, ya se sabe, generan electoralmente el resurgimiento de opciones y nombres que los señores de Bersuit definen así en su canción: «Ellos sumergieron a un país entero, pues así se roba más dinero».
¿Por qué entonces tienen apoyo? La teoría de Bersuit: «Y tu cabeza está llena de ratas, compraste las acciones de esta farsa, y el tiempo no para».
Ratas en la cabeza en ciertos casos, el fracaso (o la complicidad) de la política tradicional en otros, y también el poder disuasivo del empobrecimiento y la represión: tal vez allí haya que buscar explicaciones para entender esta política que parece la película Sexto Sentido, con tantos sujetos que parecían muertos pero andan caminando de aquí para allá.
Pero este mapa es parcial. También existe todo lo otro: los movimientos sociales, las luchas de trabajadores desocupados, las fábricas recuperadas por los obreros, los experimentos de nuevas formas de producción y de propiedad, las asambleas barriales, las experiencias comunitarias, la solidaridad genuina, la invención de modos de vida para sobrellevar la crisis, la voluntad de hacer cosas. Y una capacidad de resistencia, que en determinados casos ha sido emblemática.
La Argentina se ha transformado en un centro al cual acuden muchos investigadores y estudiosos que intentan comprender las nuevas formas que puede asumir la lucha social. Y es un fuerte punto de referencia para los movimientos mundiales de resistencia, muchos de los cuales han asumido como propio un aporte local: el «que se vayan todos». El tiempo dirá si la Argentina es un punto de inflexión, un Muro de Berlín del neoliberalismo.
Hablar sobre estos temas, en la sede de las Madres de Plaza de Mayo, no es más que confirmar cierta genética de la resistencia. No lo digo para halagar el oído de mi anfitrionas, sino para mencionar un asunto técnico.
¿Qué pueden transmitir y producir grupos como Madres, en estos tiempos violentos? Tecnología de la resistencia, y de lucha. El manual de instrucciones.
Si actualmente existe miedo, las Madres demostraron cómo se lo podía enfrentar. Más que al miedo, al terror sistematizado, al terrorismo de Estado. Si el miedo paraliza, había que moverse. Si el miedo aisla, había que juntarse.
Las Madres también demostraron cómo se puede enfrentar la realidad cuando todos nuestros mecanismos de comprensión estallan. Alguna vez Nora Cortiñas me dijo, al hablar de lo que significaba la desaparición de un hijo: «No nos daba la cabeza para entender lo que pasaba». Era enloquecedor. Las llamaron las madres locas. Sin embargo demostraron que les daban la cabeza y el cuerpo para la acción. Escaparon de la locura. No dejaron de moverse, y cambiaron la historia.
Por eso tienen lo que los científicos llamarían el «know-how» de la resistencia. Cómo llevarla a cabo. El valor de la firmeza, y la perseverancia, que no poseen tantos de los que se dicen progresistas.
La capacidad de hacer mucho, aunque se hable poco.
La noción de que siempre se está construyendo, aunque no lo parezca.
La idea de que ningún avance es pequeño, porque todo lo que se hace es importante. Más allá de los resultados, la propia acción es un resultado, que Madres ha logrado dirigir en dos sentidos que hoy resultan centrales para entender a los nuevos movimientos sociales: conservar la autonomía, pero romper el aislamiento.
El rol de los organismos de derechos humanos es crucial, incluso para darle un sentido a una democracia genuina. Hubo muchos asesinados en estos años, y en estos meses. Los organismos tienen mucho que hacer en la medida en que no se pierdan de vista dos palabras: Nunca más. Pero su papel también puede ser decisivo en un momento en el que se tiende a hacer desaparecer los derechos de las personas.
Como decía Walsh, la peor violación a los derechos humanos es la miseria planificada.
Muchos movimientos sociales actúan aisladamente. Madres es una de las instituciones que pueden funcionar como un gran punto de referencia para establecer nexos, crear redes de emergencia y de conocimiento entre movimientos y organismos, pensando en la acción.
Estamos ante unos meses en los que se van a definir muchas cosas, en el país y en el mundo. La historia ya enseñó que la peor derrota, en estos casos, es resignarse a no hacer nada.
Cantan los Bersuit, y cantan multitudes de jóvenes: «Las noches de frío es mejor ni nacer. Las de calor se escoge matar o morir. Y así nos hacemos argentinos».
Matar o morir. En ese clima, habrá que pensar que la idea de apostar por la vida es mucho más que una metáfora o una frase bella. Es el principal programa de acción que tenemos por delante, mientras escuchamos a una generación que nos recuerda que el tiempo no para.
Nota
MU 215: Sin chamuyo



Viaje a la vida en el Delta: Y la nave va
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El «Woodstock ambiental» contra los agrotóxicos: De película
Alarmados por los pesticidas y sus efectos de contaminación ambiental y humana, estudiantes y un maestro de una escuela pública cordobesa empezaron a componer canciones. Convocaron tímidamente a artistas, y se sumaron más de 300. Ya hicieron tres discos y un recital en el campo. Una canción para mi tierra es el film que relata esa aventura que empezó en una comunidad, siguió por decenas de escuelas y tiene contagios en defensa del ambiente y la vida desde España hasta el Amazonas.
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Un biodrama del presente: Puta madre
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Yael Frida Gutman mezcla cabaret, transformismo, música y humor para hablar de cannabis, autogestión y libertad: una obra que crece desde hace cinco temporadas y convierte cada función en una celebración, una conversación y una invitación a pensar.
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Desentendimiento: Fingir demencia
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Crónicas del Más Acá: Parlantes
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Nota
MU 214: Mujer maravilla

Ella y sus dos hijos llevan glifosato en su sangre, al igual que muchos y muchas en
Pergamino, localidad contaminada por el agronegocio donde dieron batalla y hoy
protagonizan un juicio histórico contra productores y funcionarios. ¿Será justicia?

Ganar la vida: La historia de (no) ficción de Sabrina Ortiz
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El teatro antidisturbios del presente: descontrol de las fuerzas represivas, cientos de heridos, detenciones arbitrarias, armado de causas, y un proceso judicial que poco tiene de justicia. Los casos de Milton Tolomeo y Eneas Gallo, aún detenidos por protestar el día de la Ley de Reforma Laboral, hablan de la impunidad con la cual se maneja el gobierno con aval de jueces y fiscales. Lo cuentan ellos, sus familiares y defensas en esta investigación especial.
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Década perdida: Marta Montero, mamá de Lucía Pérez
“Estamos como el día 1”. La frase de la madre de la joven asesinada en 2016 remite a aquel año: cuando denunciaron que dos narcofemicidas habían abusado y asesinado a su hija, hasta hoy, dos juicios después, pues la impunidad sigue consagrada. De motivar el Primer Paro Nacional de Mujeres a la decisión que tomó Marta ahora: estudiar abogacía. La injusticia como una tortura y la lucha como un tejido social que sigue en Mar del Plata, con un centro cultural, un bachillerato y un movimiento que no se amilana.
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La Cordobaza: 3J y el Ni Una Menos en la provincia de Agostina
La undécima edición del Ni Una Menos llegó a Córdoba con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. La gente salió a la calle bajo la lluvia once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta. Cómo se busca justicia.
Por Bernardina Rosini

El modelo Redondo: El Indio Solari y la autogestión
¿Qué explica que una banda que rechazó las reglas de la industria se haya convertido uno de los fenómenos culturales más masivos de la Argentina? Desde la producción de sus discos hasta la organización de sus recitales, desde el vínculo con su público hasta la construcción de una comunidad capaz de sobrevivir a su propio fundador, la historia del Indio Solari y sus grupos también es la historia de una forma de crear, pensar, sentir y organizarse, con la autogestión como herramienta y filosofía de vida.
Por Francisco Pandolfi, Mariano Randazzo y Franco Ciancaglini

Mundo Chueco: Jorge Chueco Romero, sacerdote de Ciudad Oculta
Es cura en Ciudad Oculta. Todos los miércoles acompaña el reclamo de jubilados en el Congreso, donde aguanta los palazos y el gas pimienta. No cobra la asignación de la Curia, sino que vive de su trabajo como obrero y albañil. Una “camicharla” entre los murales del barrio: qué hacer con la vida, Bergoglio, el Indio, el peronismo, y una lista de cosas importantes.
Por Sergio Ciancaglini

El trava power: Las Simbióticas
Nacidas en las sierras cordobesas, mezclan cumbia, humor travesti y compromiso político. Entre canciones, risas y reflexión, sus integrantes reivindican la construcción de redes, la diversidad y la alegría como forma de resistencia.
Por María del Carmen Varela

Ser de luz: Nina Suárez
Acaba de sacar el disco El lado oscuro, donde enfrenta algunos fantasmas y ausencias familiares y amorosas, acaso dos versiones de lo mismo. Lo hizo con un power trío que se suena todo. Ella compone, canta y toca la guitarra de una manera conmovedora y que remite inevitablemente a su madre, Rosario Bléfari. Breve semblanza de una artista capaz de brillar con la oscuridad.
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Crónicas del más acá: GPS
Por Carlos Melone
Nota
La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Córdoba llegó a la undécima edición del Ni Una Menos con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. Córdoba salió a la calle bajo la lluvia este 3J, once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta.
Por Bernardina Rosini
El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: lavaca.org.
Lo que no se puede creer
Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.
Varones
Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema? Fotos: lavaca.org
«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.
Dónde está Delicia
Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.
Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.
Justicia sin apellido
Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»
Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.
La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
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