Nota
La fila del hambre: El virus de la pobreza
Los comedores en el centro y la periferia de la Ciudad demuestran que quienes llegan allí no son los mismos de siempre: inmigrantes, trabajadores independientes, madres y padres de familia y hasta jubiladxs hacen fila por un plato de comida. Esta es apenas la foto de una película que incluye a 150 mil personas en en Capital que acuden a alguno – o por día, a varios- de los 471 comedores comunitarios reconocidos por el gobierno porteño. Cuánto creció la demanda. Cuántos platos y viandas se reparten. La suspensión de la misa para dar de comer. Y la desesperación porque «acá nadie mira lo que está pasando: somos invisibles».

Texto de Claudia Acuña. Fotos de Nacho Yuchark
Vi a un hombre llorar de hambre. Las mejillas gastadas, las manos castigadas, los mocasines agotados y él, parado al final de la fila de cuadra y media que espera su turno para retirar el bolsón de comida, derrumbado por la noticia que nadie le adelantó: hay que anotarse.
-Yo sólo quiero comer…
-Espere. Algo vamos a hacer.
El hombre espera.

No quiere hablar, advierte frenando con la palma de la mano la pregunta, que casi a los gritos responde la mujer que está parada delante:
-Vengo desde Once, con dos de mis tres hijos. Me habían dado el número 68, pero me lo sacaron cuando les dije que no estaba anotada y ahora no sé…espero. No sé cómo funciona. Nunca hice esto.
La mujer espera.

La primera de la fila está sentada en un banquito de plástico azul. Llegó a las 10 de la mañana y el reparto comienza a las 17. Ese es el reloj de la necesidad: siete horas a la intemperie para recibir un paquete de fideos, una lata de duraznos al natural, cinco saquitos de té, una lata de salsa de tomates, un kilo de yerba, otro de arroz y los tesoros de este reparto, verduras y un trozo de carnaza común.
“Repartimos 200 cajas cada martes y cada viernes. El 70% lo aporta el ministerio de Desarrollo Social de la Ciudad, el resto las donaciones”, explica el párroco Fabián Alonso, con guantes de goma azules y barbijo. “Todos los que estamos ahora atendiendo el comedor somos ordenados (sacerdotes) porque las voluntarias que estaban a cargo ya no pueden hacer este trabajo: son población de riesgo. Y bueno: nosotros ya no damos misa, así que esta es una oportunidad que nos brinda este momento para hacer algo importante en épocas así, que nos obligan a todos cambiar. Y entre todas esas cosas que tenemos que cambiar, la iglesia es una”.

Hace apenas tres meses que el cura Fabián llegó desde Constitución a la parroquia de San Carlos, que en Don Bosco y Quintino Bocayuba sostiene desde hace décadas un comedor que alimenta a las personas en situación de calle y les acerca, además, ropa, remedios, asistencia social y psicológica, entre otras urgencias. Todos esos servicios se vieron interrumpidos por la cuarentena obligatoria, al igual que el trabajo aportado por las personas voluntarias. Queda en pie la entrega de una ración de comida, de lunes a viernes, desde las 19 , a la que han sumado el reparto de cajas de alimentos dos veces por semana. “Tuvimos que abrir otros espacios porque nos sobrepasa la demanda. Se sumó la parroquia de San Francisco, los viernes, que hace el reparto en el gimnasio de Castro Barros al 200. Nos pidieron ayuda para organizarlo porque no tenían experiencia en este tipo de tareas. Eso se está notando hoy en esta ciudad: no sabemos cómo ayudar a quienes más lo necesitan. O bien porque no tenemos esa experiencia, o bien porque estamos cumpliendo el aislamiento. Y eso resiente la capacidad de respuesta de los centros comunitarios, que dependemos esencialmente de la sensibilidad y el compromiso social. Así que decidimos ponernos a trabajar nosotros, los curas, que para eso estamos: es nuestra tarea pastoral en estas circunstancias tan especiales”.

Los pobres del virus
Este comedor que ya ha atajado tantas crisis, ¿qué nota de nuevo en esta?
Responde el padre Facundo:
-Las personas venezolanas están en una situación muy vulnerable. Muchas sin documentación en regla porque la cuarentena ha parado hasta esos trámites. Es gente que ha venido al país para huir del hambre y ahora se encuentra con esto: no tienen resto. Y sienten mucha vergüenza. Se nota que tienen otra formación o educación, como quieras llamarla, y que estas circunstancias las ha puesto prácticamente en situación de calle. Vienen muy golpeadas de allá y reciben esta trompada acá. Es demasiado…

A pocas cuadras, sobre la calle que también se llama Venezuela, la fila del hambre se repite en la parroquia Santa María, donde reparten 120 viandas todos los martes y viernes, a las 19. Hoy hay guiso de fideos con carne y verdura, acompañado con un pan, un sándwich y una factura. En la fila solo hay hombres, algunos muy mayores, dos con bastón. “En tiempos normales funcionamos como un comedor, con mesas donde compartimos no solo la comida, por eso vienen muchos abuelos que cobran la mínima y así ahorran unos pesos para poder comprarse los remedios”, detalla Antonio, uno de los cuatro voluntarios que está a esa hora a cargo del reparto. “Ahora nos turnamos porque no podemos estar todos al mismo tiempo, así que escalonamos las tareas para no ser más que cuatro. Arranca el primer turno a las 9 y nos vamos repartiendo tareas y horarios hasta terminar la entrega”.

Sobre uno de los tablones están ya listas las 120 bolsitas blancas y en un lateral, la bolsa de pan y el fiambre cortado con el que improvisan si la demanda es mayor . “La idea es que nadie se vaya sin comida”.

La misma frase es la que repite al teléfono Javier Mayorca, jefe de prensa del Ministerio de Desarrollo Social de la Ciudad, cuando se le pide datos sobre el hambre en tiempos de pandemia. “La demanda creció un 30%”, precisa. “Antes de la pandemia los comedores recibían una demanda de 100 mill personas. En marzo creció a 115 mil y en abril cerraremos en unas 150 mil”.

Los otros datos que completan este dramático panorama:
· En la Ciudad de Buenos aires hay 471 comedores comunitarios,
· 316 están en barrios populares: villas asentamientos, complejos habitacionales.
· 155 en lo que podríamos llamar el casco urbano.

¿Es requisito que las personas se anoten para recibir la comida?
Responde Mayorca:
Es un requisito para garantizar que come sólo aquel que lo necesita y para garantizar que los recursos del Estado lleguen donde hace falta. También, para dimensionar la demanda.
¿Y cómo es el pulso de esa demanda en este contexto?
-De constante crecimiento. Y a mucha velocidad.

Sobre la estrecha vereda de la calle que también se llama Venezuela, a la altura del barrio de San Telmo, a las 11 de la mañana comienza a hilvanarse la fila del hambre.
Una persona a metro de la otra, plato o tupper en mano, espera.

Sobre el escritorio del comedor está el remito de la mercadería que le ha enviado esta semana el Ministerio de Desarrollo Social porteño:
-60 kilos de carne
-33 kilos de pan
-192 huevos
-254 kilos de zanahoria
-480 manzanas.

Esa es la única cifra que se corresponde con la fila: por día allí se reparten 480 raciones de comida. El resto hay que estirarlo con donaciones y magia hasta hacerlo coincidir con la fila.
Ahora mismo hay trabajando allí seis personas que hacen malabares para que los ravioles lleguen al dente y calientes a cada plato que se asoma por el umbral. “Dejamos abierta la puerta porque la mercadería que no usamos para la comida del día también la repartimos y eso por la ventana no pasa”, explica Rubén, referente de la Asamblea que sostiene ese comedor desde hace dos décadas.

A su lado, Analía sonríe irónicamente cuando escucha la pregunta sobre cómo reconoce el Estado el trabajo que allí hacen. “Nos dan 52 mil pesos cada seis meses. Se supone que es para pagar los gastos, es decir, no incluye el trabajo que aportamos. Solo para gastos. Pero mensualmente de luz tenemos 13 mil pesos, 5 mil de gas y 16 mil de alquiler, así que no llega a cubrir el 10% de lo que gastamos”.
Rubén sacude la cabeza de lado a lado. No es eso lo que le preocupa. Lo que lo agita y le provoca el insomnio que lo tiene atrapado desde que comenzó la cuarentena es la ceguera. “Nadie está mirando lo que pasa acá. Somos invisibles. Esta gente es la que sale todos los días a ganarse el mango en la calle. Y ahora le sacaron hasta eso. Y a nadie parece importarle”.
La pregunta que le saca el sueño es esa: a quién le importa que alguien llore de hambre.

Revista Mu
MU 216: Qué, cómo y cuándo cambió todo


Ley de Tierras y después: Cambio de tema
Durante meses el gobierno logró imponer los temas, los tiempos y las preguntas. Hasta que una discusión sobre la tierra parió otra cosa. Lo que apareció detrás y después de ese debate no es –solo– una disputa jurídica ni económica, sino una pregunta más profunda sobre la soberanía, la identidad y el futuro. De César Aira a Peter Thiel, una lectura de la actualidad para crear lo que falta.
Por Claudia Acuña

Viaje a la vida en el Paraná II: En modo Costa Pobre
Los incendios y el dragado que rompen el ecosistema, los countries ocupándolo todo, el extractivismo de arena para el fracking, las privatizaciones, la contaminación masiva, la indolencia estatal: el Paraná debería ser un río de todos, pero parece un río de nadie. Navegación desde Escobar hasta las Lechiguanas, pasando por Costa Pobre, barrio popular amenazado, que simboliza mucho de esta historia. Voces e imágenes de quienes siguen defendiendo la vida del aire, el suelo, el agua y la justicia.
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Atanor condenada por contaminación: La odisea
Más de 200 muertes en seis manzanas del Barrio Química, la contaminación probada del agua, aire y suelos, y el “daño irreversible” al Paraná en San Nicolás ratificado por la Corte Suprema bonaerense. La sanción económica es mínima para una multinacional (equivalente a dos camionetas) pero está por comenzar la causa penal a sus ejecutivos. Lo que cuentan el barrio y el abogado Fabián Maggi sobre este viaje de más de una década para que no haya impunidad.
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Agroecología en Misiones: El libro de la selva
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Delia Tedín, decoración, política y clases altas: Mucho gusto
Con tupido árbol genealógico y privilegios de cuna, aprendió el valor de la diversidad y la rebeldía frente a un ambiente que “olía a odio”. Eligió su propia vida como decoradora, sin perder nunca de vista el contexto social. Sus pasiones: fomentar el trabajo y la creatividad del país, y combatir la idea de que las personas tienen la culpa si les va mal en estos tiempos. Conversación sobre bombas, estupidez, poder, Nerón y el arte de mantener los ojos abiertos.
Por Sergio Ciancaglini
Fotos: Juan Valeiro

Carne de cañón: las víctimas travestis-trans de la dictadura
A 50 años del golpe de Estado, el Archivo de la Memoria Trans reunió en un libro testimonios individuales, relatos colectivos y el registro del Juicio Brigadas, el primero que toma como víctimas del terrorismo de Estado a mujeres travestis trans. El libro no habla solo de violencia, sino también del humor, la amistad, la resistencia y las formas que ellas inventaron para poder seguir vivas. Pistas sobre dónde encontrar claves para el futuro.
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El libro La nueva oligarquía: Tecnopoder
¿Quién gobierna el mundo? ¿Qué transformaciones y deformaciones de la democracia se están intentando? ¿Qué pasa con la soberanía? ¿A quién hay que vigilar? Temas de La nueva oligarquía, del sociólogo argentino Ariel Goldstein y editado por Marea. Aquí, fragmentos que invitan a su lectura para bucear varios dilemas del presente.

Zoe Hochbaum: Comerse el mundo
Actriz, bailarina, escritora, productora: 27 años, una nueva película y un programa de radio. Zoe puede oscilar entre la comedia con flamenco, los monstruos literarios y la reconstrucción de los vuelos de la muerte. El homenaje al radioteatro, y el ejercicio de la amistad como salvavidas para los tiempos en los que la realidad parece querer fagocitarnos.
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Crónicas del Más Acá: Rambo al sur
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Nota
La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Córdoba llegó a la undécima edición del Ni Una Menos con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. Córdoba salió a la calle bajo la lluvia este 3J, once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta.
Por Bernardina Rosini
El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: lavaca.org.
Lo que no se puede creer
Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.
Varones
Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema? Fotos: lavaca.org
«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.
Dónde está Delicia
Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.
Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.
Justicia sin apellido
Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»
Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.
La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
Nota
MU 213: Movete

Son personas que se organizan y se movilizan para defender derechos de toda la
sociedad. Son quienes sufren palos, gases y humillaciones por estar de pie. Quienes
crean respuestas donde hay impotencia y nuevas palabras para definir el futuro.
Nuestro homenaje: reunirlas y escucharlas.

Mover el mundo: Cumbre de imprescindibles
Jubilados, discas, asambleístas ambientales, travas, familias víctimas de femicidios y el papá de Pablo Grillo: reunimos a quienes se movilizan y no abandonan la calle a pesar de los palazos y de la falta de respuestas. Quienes marcan una agenda por abajo que es a la vez un rumbo y un llamado a la acción, y también a la unidad. Frente a la dispersión, voces que hablan de un horizonte común, más acá de la política partidaria, para repensar la democracia y la forma en que resistimos.
Por Claudia Acuña

Del dicho al hecho: Los crímenes de odio baten récords
En 2025 se produjeron 227 crímenes de odio contra personas de la comunidad LGTBIQ+: 60% más que el año anterior. El combustible: la violencia y discriminación desde el gobierno, empezando por el Presidente, y el desmantelamiento de políticas públicas. La precarización de la vida privada y lo que ocurre cuando el Estado se retira.
Por Evangelina Bucari

Comunicacción: Unión de Medios Autogestivos
Siete medios de todo el país nos reunimos para crear transversalidad, proyectos y compartir ideas sobre cómo hacer periodismo en tiempos mileístas y más acá: el cooperativismo, las comunidades, el territorio, la agenda propia. ¿Cómo crear valor, generar puestos de trabajo y sostenerse cuando todo se cae? Lo que representan estos diarios, revistas, agencias y periodistas todoterreno que resguardan lo mejor del oficio, por fuera de Tik Tok y los streamings de turno.
Por Lucas Pedulla

Ojos bien abiertos: Tadeo Bourbon, fotógrafo
Fue uno de los premiados por el World Press Photo por una imagen que podés ver en la página siguiente. La historia de Tadeo y de aquel día de marcha, represión, golpes y gas pimienta. De la moto, los casamientos y otros empleos, al contexto profesional y a la vez emocional que alimentó ese click al que llamó La Argentina de Milei.
Por Sergio Ciancaglini

Alerta verde: MU en Misiones
Desde que asumió Milei, el precio que se paga a productores y trabajadores está desregulado. Cómo impacta esto en una industria ya precarizada, y lo que genera: éxodo rural, desarraigo, pobreza. Crónica de una época desde un territorio olvidado y en lucha.
Por Francisco Pandolfi

Mondiablo: Juicios contra el Roundup de Monsanto/Bayer
Las pérdidas millonarias de Bayer por las demandas vinculadas al glifosato vuelven a poner en escena una historia que lleva décadas: evidencia científica, fraude corporativo, lobby político y daños sanitarios y ambientales a escala global. Mientras avanzan nuevos acuerdos judiciales y Trump sale al rescate de la compañía, el herbicida sigue presente en cuerpos, territorios y alimentos.
Por Anabel Pomar

Anti algoritmo: Cineclub Mabuse
Hace 25 años que Uriel Barros proyecta películas en Súper 8 en festivales, centros culturales, escuelas, bares y espacios under. Una defensa artesanal y colectiva del cine frente a las plataformas, los algoritmos y el consumo individual. Terror, ciencia ficción, muñecos malditos y películas que todavía necesitan ser vistas.
Por María del Carmen Varela

Monte Hermosa: Josefina Lamarre
Editó el álbum Yin Yang y también le cantó (en contra) al amor extractivista. De la tevé en piyamas a la comedia musical, la perfomance, el Hotel Faena y las coplas chismosas. Lo que surgió de una ducha y la convivencia entre lo tanático, lo erótico y lo vital.
Por María del Carmen Varela

Biblias.
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