Nota
Operación masacre: La vida y la seguridad tras los crímenes de San Miguel del Monte
¿De qué hablamos cuándo hablamos de seguridad? ¿Qué significa cuidarse? ¿Cómo desarticularon los vecinos una trama policial y política de impunidad? De San Miguel del Monte a la experiencia del Control Popular de la policía, pasando por las Madres de la Marcha Nacional contra el Gatillo Fácil, una crónica urgente cargada con dos palabras: Nunca Más. LUCAS PEDULLA
Son las cinco de la tarde en San Miguel del Monte cuando Nicolás Sansone llega a la Plaza Alsina, saluda a sus amigos acariciando las yemas de sus dedos y luego chocando puños con puños. Así se suma al santuario: el anfiteatro de la plaza a la que su hermano Danilo, de 13 años, llegaba todas las tardes a jugar a la pelota, andar en skate y rapear. “Y a ser feliz”, agrega Nico, 17 años, el mayor de los diez hermanos Sansone. Es lunes, y las familias llamaron a un abrazo tras la Masacre de San Miguel del Monte, frente a una Municipalidad custodiada por efectivos policiales.
“Es como una provocación”, resumen los vecinos y las vecinas que, de a poco, y a medida que cae el sol en una plaza golpeada por el frío, se acercan y despliegan los carteles con los rostros de Danilo, Camila López (13), Gonzalo Domínguez (14) y Aníbal Suárez (22), y que colocan alrededor del anfiteatro en cuyo centro hay dibujado un pañuelo de las Madres de Plaza de Mayo y escrito en grandes letras blancas: “Nunca Más”. Allí también pegan fotos de Rocío Quagliarello (13), la única sobreviviente del Fiat 147 Spazio que chocó contra un camión en la colectora de entrada de la Ruta 3 tras la brutal balacera de los efectivos de la Policía Bonaerense ocurrida el 20 de mayo, y que hasta el cierre de esta edición se recuperaba favorablemente: su familia le llevó una pizarra por si quería escribir algo, porque todavía no puede hablar.
Como todas ellas, los Sansone son una familia humilde. “Mi viejo vende carnada a la orilla de la ruta”, relata Nico. “Va al Riachuelo a sacar mojarritas. Y después, todo el día paliando para sacar lombrices”.
De fondo se escucha el rap y freestyle que improvisan sus amigos, mientras otro hace beatboxing de base y otros más practican parkour, una disciplina física que consiste en realizar acrobacias para superar los obstáculos urbanos. “Mi hermano era un pibe sano, muy familiero, y le encantaba estar acá. Le iba muy bien en la escuela aunque rezongaba para levantarse temprano”. Mauricio Sansone, su primo: “Y era muy solidario. Algunos de los pibes que ves acá están en situación de calle. Y él los llevaba a su casa a vivir con ellos semanas, les daba comida y conseguía comida para traer acá”.
Nicolás dice que así, de esta forma y en la plaza, es la mejor forma de recordarlo. “Estamos destruidos, pero hay que salir adelante. Ponerle fuerza, garra y que se termine de hacer justicia bien. Acá todo es sano. No hay ningún desastre. Salvo la policía”.
Mauricio brinda un dato que ilustra la descripción de lo que viven los jóvenes en Monte: “Danilo llegaba a veces corriendo porque la policía lo perseguía hasta la casa”.
¿Ese hostigamiento es nuevo?
Nico: Siempre fue así. Se cargaban a los pibes, los llevaban a la comisaría y los cagaban a palos. No sé qué se piensan que son. Pero esta vez les salió mal. La lástima es que tuvo que pasar esto, que se mueran todos los pibes, para que se den cuenta de una vez.
Silencio.
Nico se despide acariciando la yema de los dedos y luego chocando puños.
Después, se sumerge en el santuario.
Infierno grande
La masacre cambió la vida de San Miguel del Monte para siempre. En este municipio de poco más de 20 mil habitantes, uno de los más viejos de la provincia de Buenos Aires, cada dos comercios, kioscos, carnicerías o garajes, hay pegada la misma foto de Danilo, Gonzalo, Camila y Rocío juntes, sonriendo. Es lo primero que se ve –por ejemplo- en la puerta de vidrio del kiosco de Néstor, nacido y criado en Monte, que dice que ya nada será lo mismo. “Qué querés que te diga… Uno de los chiquitos, Gonzalo, era amigo de mi sobrino. Misma edad. Venía a casa siempre”.
Se emociona. “Es increíble la masacre que hicieron estos hijos de puta. Ahora, te digo algo: también depende qué campana escuches. O si no, mirá esto”.
Néstor señala la televisión, ubicada arriba de una góndola de bizcochos. Está mirando Crónica TV y el móvil está transmitiendo en vivo desde San Martín. El título del videograph: “Persecución, tiros y muerte”. La entrevistada habla de Diego Cagliero, un joven de 30 años que murió baleado por la Bonaerense mientras viajaba en una camioneta con siete amigos, en la localidad de Martín Coronado. Como si fuera un deja vú, Néstor mueve la cabeza de un lado a otro: “Es de no creer”.
Vecinos en acción
En la causa judicial que instruyen el fiscal Lisandro Damonte y la jueza Marcela Garmendia, hay 13 detenidos. Uno es el secretario de Seguridad del municipio, Claudio Martínez, por encubrimiento, lo que subraya la responsabilidad política en la trama que se buscó construir al comienzo. Los familiares aún piden explicaciones a la intendenta Sandra Mayol sobre por qué llegó antes que nadie al hospital tras el operativo. Muchos exigen su renuncia. La bronca creció luego de que en las últimas semanas se difundiera una foto suya abrazada al ministro de seguridad bonaerense Cristian Ritondo.
Al cierre de esta edición comenzaban los peritajes sobre teléfonos y redes sociales de les jóvenes y los detenidos, a fin de determinar algún dato para continuar la reconstrucción de los hechos. Las familias tienen un eje claro: gatillo fácil. Las detenciones van en esa línea: cuatro policías están imputados por “cuádruple homicidio doblemente agravado y tentativa de asesinato” y otros ocho por “encubrimiento agravado y falsedad ideológica de documento público”.
Esa trama quedó al descubierto por el rápido accionar de los vecinos. Uno encontró los casquillos de los disparos y se los dio a un familiar. El camionero contra el que impactó el auto se negó a firmar el acta de la declaración porque los policías escribieron “estruendos” cuando él había dicho “disparos”: se fue a declarar a sede fiscal. Más de 38 vecinos se acercaron a testimoniar. Y el empleado municipal del Centro de Monitoreo Alexis Rodríguez difundió los videos de las cámaras de seguridad que demuestran la persecución a los tiros. La Municipalidad lo suspendió en sus funciones.
Las familias pidieron públicamente su reincorporación.
La escena del crimen
Son las dos de la tarde y en San Miguel del Monte la mayoría de los negocios cierran; casi no hay autos en la calle. Por la zona de la costanera, el camino que rodea a la bella laguna fue uno de los recorridos del Fiat 127 Spazio de Aníbal, perseguido a balazos por los patrulleros. Ahora hay silencio en medio de una bruma que sólo es rota por los cantos de los pájaros. Lo invade todo. Hay algunos pescadores, que miran el agua gris, casi sin moverse por el frío. Algunos niños andan en bici, otras chicas en skate.
El camino que rodea a la costanera desemboca en la colectora de la Ruta 3. Por allí dobló Aníbal, en el tramo final de la persecución poicial. En la esquina hay un almacén. Dos chicas atienden. Le pregunto a la más joven si nos puede indicar el lugar del choque.
Ella se tapa la boca, sus ojos se llenan de lágrimas. “Es en la otra esquina”, señala.
¿Conocías a los chicos?
La joven se quiebra: “El que manejaba era mi novio”.
Corre adentro del comercio.
Silencio.
Lorena es la otra mujer que atiende el almacén. Se limpia sus ojos con la manga del saco y llena el vacío: “Por eso lo que pasó cambió Monte para siempre: todos nos conocemos entre todos”. Cuestiona a los medios. “Dijeron muchas cosas. Por ejemplo: qué hacían con 12 y 13 años en un auto, tomando cerveza. ¿Qué tiene que ver? Yo a esa edad me rateaba. Pero, además, no es como Buenos Aires: acá salimos a cualquier hora y volvemos a cualquier hora, y no pasa nada. Fue la policía. Punto. Ojalá haya justicia y no la calesita de siempre: esos policías no eran de Monte. Espero que no los manden a ningún otro lado, para que sigan haciendo lo mismo que hacían y que hicieron acá”.
Apenas a una cuadra está la esquina en la que el Fiat chocó contra el camión estacionado y se partió a la mitad. Frente a la escena del crimen, una rotisería. Atiende María: “Fue justo acá. Ahí, en la puerta, estaba estacionado el camión. A las 12:11 había llamado a la patrulla porque me tapaba toda la entrada. Me fui 12:30. Habré llegado a mi casa doce minutos después. Entre ese lapso y la 1, escuché los disparos. Disculpen que me emocione: mi nuera es prima de Rocío. Somos familia. Hacían feria americana en mi casa. Imagínense. Una locura, porque nosotros veíamos al patrullero y nos sentíamos bien, tranquilos. Una locura: los que nos tienen que cuidar no sólo no nos cuidan, sino que nos mataron a los chicos”.
La mejor forma de cuidarse
En Plaza Alsina la perspectiva es otra. “Nuestra seguridad está acá”, dicen Rodrigo (16), Tomás (17), Demian (22), Federico (14), William (19) y Elena (17), algunes de les jóvenes que se juntan allí todos los días. La plaza que fue escenario de festivales de rap hoy lleva escrita en el cemento de su anfiteatro y de sus bancos, con liquid paper, tiza o fibrón, el peso de este dolor:
- “A los pibes los mató la policía”.
- Justicia por Danilo, Gonzalo, Camila y Aníbal”.
- “Fuerza Ro”.
- “Los policías me arrebataron un amigo”.
Esa cartografía de abusos y hostigamientos policiales es la que estos jóvenes revelan que explotó de forma trágica el 20 de mayo. Sus voces individuales componen un registro colectivo de la memoria de sus amigos y amigas, pero también de la violencia policial que padecen de forma sistemática todos los días. “Los chicos eran como nuestros hermanos. Venían siempre, pasábamos momentos lindos, venían a casa. Lo único que queremos es justicia. Por ellos y por nosotros, porque hay más de uno en Monte que está amenazado”. Ubican que esa violencia comenzó a intensificarse desde hace un año. “Siempre había un policía que te trataba mal, que te pecheaba, que se abusaba de su poder”.
Les jóvenes organizan festivales de rap y freestyle en la plaza. Danilo era uno de los participantes: en una de las últimas ediciones había salido cuarto entre dieciséis. “Era muy bueno: se notaba que le gustaba”. Pero, de a poco, los encuentros empezaron a ser mal vistos por los efectivos: “Decían que nuestros eventos propagaban el odio a la policía, que había alcohol y drogas, pero nunca hubo nada. Nadie borracho, ninguna pelea. Nosotros mismos cuidábamos la plaza. Todo era muy familiar”.
Todo empeoró cuando llegó al pueblo el Grupo de Apoyo Departamental (GAD) de la Bonaerense. “Innecesario, porque somos una ciudad de 20 mil habitantes. Podemos dejar la bici acá que nadie la roba. Dormíamos con la puerta abierta”. La tranquilidad empezó a desaparecer. “A mí me paraban a identificarme dos o tres veces en el día y en la misma cuadra. Todo por portación de rostro”.
Otro: “Estar e irte de la plaza era sinónimo de hacer algo malo”.
Otro: “Uno de nuestros amigos en común está entre los testigos. Intentaron matarlo. Lo encerraron en la cuadra de mi casa. Me golpeó la puerta desesperado, muy asustado. Me preocupa, porque lo tenemos que cuidar. Ahora todos nos estamos preguntando entre nosotros cómo estamos, dónde andamos, si llegamos a nuestras casas”.
Otro: “Están pendientes de que no tengamos a nadie que nos cubra, que estemos solos, sin nadie cerca. Por eso, cada vez que alguien está solo en la plaza, nos comunicamos para empezar a acercarnos. Piensan que somos todos chorros, faloperos. Últimamente, cuando empezamos a rapear, se paran dos patrulleros, uno en cada punta de la plaza, y nos miran. Nada más estamos tirando free, disfrutando el tiempo”.
Otro: “En una fecha se juntaron 300 personas. Los policías daban vuelta la plaza. Si alguien salía a comprar algo, lo paraban. Te vimos consumiendo, les decían. Todo mentira. Un día me encerraron en la zona de la comisaría, me querían meter para adentro. Y a veces tenés que correr. Pero te da miedo. No sabés si quedarte y que te metan y te caguen a palos, o correr. Fijate lo que pasó”.
Otro: “Un día estaba yendo a la escuela. Tenía clase de química. No tenía materiales. Mi primo, que va a la universidad, me prestó tubos de ensayo. Me pararon en la zona de la laguna. Empezaron a decir que era para preparar droga. ¿Sabés qué hicieron? Me tiraron la mochila al agua. Perdí todo”.
Otro: “Y ahora te sacan la plata, el celu, y te lo revisan. Te revisan todos los contactos”.
Las denuncias siguen, como una máquina de realidad que viven los jóvenes.

Mónica Alegre, mamá de Luciano Arruga, es una de las impulsoras del espacio Marcha Nacional contra el Gatillo Fácil.
Las madres del gatillo
El jueves 23 de mayo, cuando la masacre de San Miguel del Monte llegó a todos los canales de televisión, Mónica Alegre también gritó. Después de 10 años de exigir justicia por su hijo, Luciano Arruga, entendió al instante qué era lo que había que hacer. “Tenemos que organizar una marcha”, propuso en el grupo de WhatsApp de la Marcha Nacional contra el Gatillo Fácil. Eran las once de la mañana. A las once de la noche ya habían conseguido el sonido para la movilización a Plaza de Mayo, que pudo realizarse al día siguiente.
Una de las respuestas que recibió era que tenía que convocar ella para que se lograra movilizar más gente. Pero, para Mónica, la cuestión no pasa por ahí. “La marcha nacional no es Mónica Alegre, mamá de Luciano Arruga: la Marcha Nacional somos todas. Todas parimos de la misma manera, nos costó, los llevamos nueve meses, ninguna sufrió más o menos, pero todas perdimos a nuestros hijos. Y todas tenemos el derecho a la palabra, porque la encontramos allí”.
La Marcha Nacional contra el Gatillo Fácil tuvo como referencia la Marcha de la Gorra, en Córdoba. Este agosto será su quinta edición. La cuarta, en 2018, fue masiva, y no sólo sorprendió -hasta a los familiares- el abrazo que recibieron, sino quiénes eran las que estaban en la cabecera: todas madres. “La construcción la vemos así. No construimos ni una, ni dos, ni tres: somos todas. Cada una lleva la foto de su hijo y su remera, pero en la bandera no hay nombres: dice Marcha Nacional contra el Gatillo Fácil. Y, ahí, están todos. Es una forma de sentirnos unidas e identificadas. Y entonces yo no soy la madre de Luciano Arruga: soy la madre de la Marcha Nacional”.
Mónica habla en el Espacio Social y Cultura Luciano Arruga, el exdestacamento policial donde torturaron y vieron a su hijo por última vez con vida, el 31 de enero de 2009. Por eso también venimos a La Matanza: qué significa ese nuevo colectivo, ese nuevo abrazo, esa nueva palabra.
Por eso, Mónica acentúa sus palabras. ¿Qué significa esa identidad? “Cuando la ves a Nora Cortiñas, algunos sabemos que es la madre de Gustavo Cortiñas. Pero ella es la Madre de Plaza de Mayo. Nosotras tuvimos esa formación. Fueron nuestras maestras. Si pudieron cambiar la historia y marcar una línea de lucha en una época terriblemente difícil, ¿cómo no vamos a poder nosotras?”. Reconoce que ella y su hija, Vanesa Orieta, estuvieron muy solas cuando comenzó el pedido de justicia. “Si hubiese existido algo como la Marcha Nacional, habríamos estado más acompañadas”.
Reconoce también que ese camino es el motor para otras familias que recién lo inician. Cómo se conectan: “Quizá suene tonto, pero cuando empezamos este camino, que nosotras no decidimos sino que nos lo impuso la violencia del Estado, estuvimos muy solas. Y, a veces, una simple llamada o una palabra de aliento significa mucho. Creo que ahí empieza el trabajo de las Madres de la Marcha Nacional, en decirte: te entiend, acompaño tu lucha. Palabras insignificantes para otras personas, pero tan importantes para nosotras, cuando estamos solas. Mirá que simple, pero mirá qué importante. Y es el primer paso. Después: ¿nadie te acompaña? Bueno, hacé una radio abierta. Una chocolatada. Una reunión. Lo que quieras: visibilizá la cara de tu hijo, tu lucha, sin importar si son 5, 10, 20 o 2. Visibilizá. Hacé. No hace falta estar en Buenos Aires: hacelo en Tucumán, en Santiago del Estero. Pero hacé. Eso es lo que transmitimos a las madres: que activen. Y nosotras, que lamentablemente hemos encallecido nuestro dolor y tuvimos que salir a decir que nuestros hijos no eran esto o aquello, le hacemos entender a esas mamás que sus hijos no son ni fueron culpables: son víctimas”.
Marca personal
Una bala de la Prefectura Naval Argentina (PNA) mató a Kevin Molina, un niño de 9 años de la organización La Poderosa, en el barrio Zavaleta, al sur de la Ciudad de Buenos Aires. Fue el 7 de septiembre de 2013. El grito de dolor se escucha todavía hoy en la Plaza Kevin, corazón del barrio. “A nosotros las fuerzas nos habían matado tres compañeros en un año: Aquiles, Ezequiel y Luisito”, dice Fidel Ruiz, 24 años, uno de los jóvenes referentes de la organización. “Había muchos casos en donde la justificación era que tenían 15 ó 16 años y que en algo andaban. Pero Kevin fue bisagra: tenía 9 años, ¿cómo iban a justificar eso? Ahí nos empezamos a organizar en seguridad, cansados de todo”.
Cansados de todo, de la violencia y de la falta de respuestas, crearon ellos mismos la propuesta: Control Popular de las Fuerzas de Seguridad. Al comienzo montaron una caseta, como la de cualquier fuerza, en la entrada del barrio. Pero era algo más: como la plaza de Monte, era una forma colectiva de salir del silenciamiento de las violencias cotidianas.
Fidel recuerda: “En el 2001 tenía seis años: a las siete de la tarde teníamos que volver corriendo con mis amigos a nuestras casas porque la Federal pasaba a los tiros. A los 12, vivimos cómo nos cagaban a palos. Y esas situaciones vos no las contás de entrada, porque también hay épocas en las que podés contarlo. Hoy tengo 24 años, milito, pero cuando tenés 12, 13 ó 14, todo se te pone en duda, pero no tanto por tu familia, sino por la sociedad en sí. Es la pregunta constante que te hacen sentir: ¿qué hicimos para que la policía nos haya pegado así? Vos pensá: desde los 12 -que es cuando sufrimos las primeras golpizas y muchos empiezan a robar- hasta los 18 -cuando viven su vida más en la cárcel que afuera-, es una franja en la que cuesta mucho hablar de toda violencia. Porque es cotidiana: vas al chino y ves al policía que te cruzó el auto y te puso contra la pared. Cuando la Gendarmería entró acá en 2011, muchos lo vieron con buenos ojos, pero sólo una generación realmente veía qué era lo que había detrás. Y era esa franja golpeada psicológicamente. Porque muchas veces nos duele más ese verdugueo que la violencia física. Es decir, que te digan falopero, chorro, negro de mierda”.
Cansados de todo, la organización quebró ese silencio, el más difícil.
No era sólo una caseta: era un grito de Nunca Más.
Fidel cuenta que el Control Popular en Zavaleta lleva ya seis años. No fue fácil: los vecinos tenían que marcarle al mismo prefecto que los había golpeado que no llevaba -por ejemplo- su identificación en el uniforme. “Pero lo hicimos, convencidos de que lo que ellos quieren es que sintamos miedo”.
¿Y qué se encontraron? “Otros vecinos a los que les pasaba lo mismo. A los efectivos les hablábamos con respeto, pero volvía la violencia psicológica: eras vos, de remera, short y ojotas, frente a un oficial armado. Se reían. Te insultaban: negro de mierda, ¿vos me vas a controlar a mí? Pero seguíamos caminando. Y, de a poco, te empezaban a hablar bien. Lo notamos mucho porque a veces no podían caminar ni al kiosco porque atendía uno de nosotros. Siempre desde el respeto, hacíamos marca personal. A veces, cuando tenía que entrar la ambulancia al barrio, recurrían a nosotros”.
Fidel ubica un período estable hasta 2015. Luego, ya con el cambio de gobierno y con Patricia Bullrich en el Ministerio de Seguridad, la violencia resurgió: se produjeron los secuestros y las torturas a Iván Navarro y Ezequiel Villanueva Moya, las golpizas y detenciones de Jésica y Roque Azcurraire y la campaña dirigida contra los referentes del espacio, que fueron detenidos durante la represión a las protestas contra la votación del Presupuesto. “Pero lo que logramos es que, ante cada cosa que pasara, los vecinos llamaran. Logramos instalar eso: eran los vecinos tomando fotos, filmando, y muchos que no participan en las asambleas, pero ese trabajo se vio reflejado en esas acciones”.
Los casos, sin embargo, también se replicaban en las asambleas de La Poderosa de todo el país. “Había que generar un dispositivo como en Zavaleta, pero atendiendo a los procesos y a las particularidades de cada territorio. Una cosa es Buenos Aires, donde mediáticamente podemos instalar un caso. En Córdoba, por ejemplo, un compañero se pasó la noche en una comisaría por filmar un operativo”.
¿Cómo nos cuidamos? Fidel no duda: “Creando e incentivando espacios donde los jóvenes puedan sentirse parte. Espacios que contrarresten las violencias cotidianas, no sólo policiales: el desguace de la educación, del sistema de salud público. Y, por sobre todo, la organización popular, más allá de los movimientos sociales. Porque hay que aprender de lo que pasó en Monte: fue la sociedad la que se organizó, se dio cuenta de lo que estaba pasando y desarticuló el encubrimiento”.
En Zavaleta, tras los secuestros de Iván y Ezequiel, también fueron las familias y los vecinos quienes recolectaron en 48 horas gran parte de las pruebas: fue el barrio organizado en función de que no se quebrara el grito que habían construido desde 2013.
Ese proceso terminó el 21 de septiembre de 2018 con la histórica condena a los seis prefectos. También fue histórica porque marcó que hay un límite a la violencia estatal. Es el mismo sentido que están construyendo Mónica y las Madres de la Marcha Nacional.

Fidel Ruiz, de La Poderosa, en el hostigado barrio de Zavaleta.
La verdadera seguridad
Volvemos a Monte, a la Plaza Alsina, al santuario, porque el final de esta crónica todavía se está escribiendo en terapia intensiva.
Entre skaters, freestyle y parkour, les jóvenes dicen: “Hay un punto de inflexión muy grande en Monte después de la masacre. Fue la gota que rebalsó el vaso, porque sufrimos un montón de situaciones que nunca nadie dijo. Y aprendimos dos cosas. Primero, que los medios hablan muchas estupideces. Tienen que ser más honestos: no puede ser que lo que digan dependa del canal en el que estén. Hay que dejarse de joder. Un poco más de compromiso. Segundo: no hay que esperar a que la policía nos cuide. Nos tenemos que cuidar entre nosotros. Porque si hicieron esto una vez, lo pueden hacer otra. Y capaz les sale mejor. Esto tiene que servir para que no pase más en ningún lado. No importa si es en Monte o en el Conurbano. Donde sea. No tiene que pasar. Porque, si no, ¿cuál es el verdadero mensaje que nos dan como seguridad? Y también nos preguntamos: ¿qué juventud quieren? La que queremos nosotros es una que se pueda expresar, que haga lo que le guste, como hacemos hoy y hacían los chicos en esta plaza siempre”.
Entre skates, freestyle y parkour, en la plaza donde están organizando un evento por el primer mes de la masacre de sus amigos y amigas, les jóvenes no dudan: “Esta es la verdadera seguridad”.
Nota
La Ley de la calle: masiva movilización para que se aplique el financiamiento universitario

Pese a que el Congreso Nacional votó la Ley de Financiamiento Universitario 27.795, y rechazó con más de dos tercios de ambas cámaras la intentona de veto presidencial, y a que fallos judiciales ordenan su cumplimiento inmediato, el Gobierno de los Milei & los Caputo no la aplica. Para los organizadores de la movilización calculada en más de 1.500.000 personas en todo el país, esto no solo rompe lo relativo al presupuesto universitario “sino el contrato social que nos mantiene libres y en un Estado de derecho”. Todo lo contrario a lo que sucede hoy en la calle, donde la democracia queda expresada en la gente moviéndose en esta 4° marcha durante el período libertario, y de sectores que se plegaron y convocan a seguir resistiendo este tipo de políticas de daño social. Voces desde la calle que explican sin casettes por dónde moverse.
Por Franco Ciancaglini. Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org

Hay muchos jóvenes.
Muchos docentes, directivos, no docentes.
Egresados, profesionales.
Muchas personas en todo el país.
En Mar del Plata, Córdoba, en Ushuaia, en Rosario, en Bahía Blanca y así.
Hay una Plaza de Mayo repleta.
Hay gente que llega y gente que se va.
Gente que estuvo todo el tiempo.
Hay jubilados y jubiladas que marchan todos los miércoles.
Está el movimiento disca, también siempre presente.
Hay sindicatos, como la UOM o los Aceiteros, y parte de la CGT que brindó su apoyo y movilizó algunas columnas dispersas.
Hay carteles conmovedores.
Hay muchos jóvenes, de todos lados, sobre todo llegados de fuera de la Capital Federal.
Muchas personas que viajaron desde lejos para sumar su cuerpo, su cartel, su grito, su aplauso.
Que, a pesar del frío y la cascada de malas noticias, no se resignan y demuestran, hasta con alegría, que la única que queda hoy es la calle.
Y no callarse.

“Milei cumplí la ley”
Es la cuarta.
Las tres primeras Marchas Federales Universitarias fueron las más masivas contra el gobierno de Milei. Esta no fue la excepción.
Desde el escenario calcularon alrededor de un millón y medio de personas movilizadas en todo el país.
Lo incontable es todo lo que sucede alrededor de esta bandera argentina que significa la universidad pública.
Una bandera que cobija a miles de generaciones que se reunieron hoy en la Plaza de una manera conmovedora: relatando, en esta crónica, cómo el acceso a la educación libre, gratuita y de calidad “cambia vidas, motoriza el ascenso social y brinda soberanía a un país”. Así lo sintetizaron en un documento leído por la FUA (Federación Universitaria Argentina” que se tituló: “Cuarta marcha federal universitaria: 203 días sin aplicar la Ley. Por la universidad pública y en defensa de la democracia”.
El planteo central: “El Poder Ejecutivo, en un acto de desprecio institucional sin precedentes, ha decidido alzarse contra los otros dos poderes de la República: ignora la Ley de Financiamiento Universitario N° 27.795, sancionada y ratificada por amplias mayorías en el Congreso, y desoye los fallos de la Justicia que ordenan su cumplimiento inmediato. Cuando el Gobierno decide qué leyes cumple y qué sentencias acata, lo que se rompe no es solo lo relativo al presupuesto universitario: es el contrato social que nos mantiene libres y en un Estado de derecho”.


Algunos datos de contexto:
- Los salarios de quienes trabajan en las universidades argentinas bajaron el 34,5% en el mejor de los casos, o más del 40% según otros cálculos. Es como si en los últimos dos años no hubieran cobrado entre 8 y 10 salarios. Los números simbolizan lo presupuestario, pero tal vez no logren mostrar el daño institucional, social, familiar y personal que provoca la política del gobierno.
- El actual es uno de los menores porcentajes históricos que el Presupuesto Nacional asigna a las universidades, en las que el 57,6% de los graduados son primera generación de sus familias en llegar a los estudios superiores. Esa posibilidad es una de las cosas que se está quebrando, como lo señalaban los cartones manuscritos en los que se leía: “Sin educación no hay futuro”.
- La importancia que el gobierno de Milei le da a la educación se expresa en la aplicación de un nuevo recorte del Presupuesto Nacional de 3 billones de pesos en temas de energía, obras públicas, urbanización y hasta tratamientos contra el cáncer (63.021 millones de pesos que explican que la palabra crueldad tal vez ya no alcance para definir lo que está ocurriendo). Para el tema educativo, el recorte es de 78.768 millones de pesos.
- Ese incalificable decreto de ajuste fue firmado por el jefe de Gabinete, Manuel Adorni, y el ministro de Economía, Luis Caputo. El lado B de la situación aparece en casos como el $LIBRA o el ANDIS, donde se detectaron sobreprecios en sillas de ruedas, andadores, medicamentos y tecnologías para diversos tipos de tratamiento del orden del 200% en los casos más leves, hasta productos sobrefacturados en un 4.239%. A lo que habría que agregar 3%, Spagnuolo, Esper, Nucleoeléctrica, Adorni, posibles sobresueldos oficiales, entre otras cosas.
- Volviendo a lo estrictamente universitario, esta licuación económica va generando, además, un éxodo permanente de docentes que está vaciando una educación de calidad históricamente reconocida a nivel continental y global.

Docentes Uber
Los testimonios desde la calle permiten entender de manera simple la complejidad de lo que está en juego.
Primero, pequeñas escenas concretas. Lucía Darandal, estudiante de la Universidad Nacional de La Plata, resume “lo más visible”: el salario de los docentes. “Cada vez les está costando más llegar a fin de mes. Muchos están teniendo más de un trabajo para poder sostenerse, muchos tienen familias que mantener. Ahí está el primer deterioro que se va acentuando. Lo mismo pasa con los trabajadores no docentes”.
Las becas: “La beca Progresar quedó congelada en 35.000 pesos y eso prácticamente no alcanza. Hay estudiantes a los que cada vez se les complica más pagar el alquiler, porque recordemos que también hay estudiantes que viajan desde otros lugares de la Argentina”. Y los horarios: “Faltan horarios en el turno noche. Entonces hay menos posibilidades para que el estudiante trabajador pueda cursar”.
Desde Rosario, el médico y director del Instituto de Salud Socioambiental de la Facultad de Ciencias Médicas, Damián Verzeñassi, lo traduce en una imagen todavía más brutal: “Más de la mitad de los trabajadores universitarios cobran por debajo de la línea de pobreza” y agrega que hay docentes “que con lo que cobran no pueden pagar siquiera el costo del transporte para llegar a dar clases”.
Rosario Kairuz, estudiante de Sociales UBA, cuenta cómo eso impacta directamente en las cursadas: “Las materias de la orientación en investigación prácticamente no cuentan con ningún tipo de horario. Se ofertan un cuatrimestre sí y otro cuatrimestre no”. Y agrega otro ejemplo síntoma del deterioro: “Quienes siguen la orientación de producción no cuentan con materiales ni con equipos para realizar los distintos talleres audiovisuales”.
Nicolás Núñez, docente de Sociales e integrante de AGD, completa la escena desde el otro lado del aula: “El incumplimiento de la ley y los dos años de profunda pérdida del poder adquisitivo de la docencia universitaria nos empujaron a todos a buscar otras formas de sobrevivir: desde las clases particulares hasta manejar Uber o hacer trabajo freelance”. Le pone una cifra al éxodo: “Hay 10.000 docentes que ya decidieron abandonar las clases”.


Plata para la deuda
Más acá de los números, lo que aparece en la calle es que el conflicto universitario dejó de leerse hace rato solamente en términos presupuestarios. Ya no se trata únicamente de números, partidas o balances, sino de una marcha que Gonza Giles, escritor, periodista y divulgador sobre Comunicación Aumentativa y Alternativa (CAA) y neurodivergencias, planteó,como “una defensa colectiva contra el descarte humano”.
Gonzalo habló en nombre del movimiento de personas discapacitadas: “Nos quieren convencer de que ajustar es gobernar, que destruir derechos es modernizar, que dejar gente afuera es eficiencia. Necesitan que la sociedad mire al otro con sospecha, porque cuando logran que el pobre sospeche del que tiene una discapacidad, que el trabajador sospeche del estudiante y que todos sospechen de todos, el ajuste entra más fácil”. Por eso insiste en que “no es un problema económico, es ideológico. Porque plata hay. Lo que no hay es humanidad. Hay plata para deuda, hay plata para represión, hay plata para departamentos que no pueden utilizar, pero no hay plata para que una persona con discapacidad viva dignamente, no hay plata para universidades, no hay plata para ciencia, no hay plata para salud”.

En la marcha volvió a quedar en evidencia que no solo la universidad es una consigna de unidad, sino que las luchas comienzan a entrelazarse unas y otras: los hospitales, la discapacidad, los jubilados, el trabajo. Por eso tuvo tanto peso simbólico la presencia de sindicatos como la UOM. “No es frecuente que los estudiantes y los laburantes estén juntados”, reconoce Darío Dani Román, metalúrgico, “pero en estos tiempos hace falta estar juntos”. Y agrega: “Estamos presentes en todas las luchas populares en las que haga falta estar para dar vuelta esta situación”. Desde la medicina, Damián Verzeñassi amplía: “Esto que está pasando con la universidad —que es lo mismo que pasa con los hospitales, con las personas con discapacidad y con los jubilados— debería ser un elemento más que suficiente para que todo el arco político no fascista se decida a organizarse, a unirse y a encontrarse”.
En Sociales UBA, Rosario Kairuz cuenta que ya empezaron a discutir cómo sostener esa articulación: “Hay que unir esa lucha con docentes y no docentes. Los reclamos estudiantiles no pueden darse solos”. Nicolás Núñez, de AGD Sociales, insiste en que “esta marcha no puede ser un punto de llegada sino un punto de partida” y plantea recuperar algo de lo que ocurrió en 2024 con las asambleas interclaustros y las tomas de facultades. Para él, que habla desde la academia, “nuestra suerte está atada también a los reclamos de discapacidad y a los reclamos de tantos sectores postergados por este gobierno, con los que tenemos que unirnos, como los jubilados”.



El contagio
Pero… ¿cómo? La respuesta más repetida en la calle vuelve a ser la movilización. “Hay que seguir viniendo a las marchas, hay que seguir visibilizando y exigiendo”, plantea Gonza, y agrega que tanto el Poder Judicial como el Legislativo “tienen que ponerle un límite a este gobierno”. Darío Dani Román de la UOM, coincide: “La única arma que tenemos nosotros es salir a la calle, manifestarnos y sostener la pelea hasta el final”. Milagros y Facundo, estudiantes, lo resumen todavía más simple: “Seguir marchando, seguir protestando, para que se den cuenta de lo que quiere la gente”. Damián Verzeñassi suma otra dimensión: “La marcha de hoy tiene que decirles claramente que no les vamos a dejar pasar ninguna más”. Pero además propone “avanzar en una estrategia jurídica muy fuerte por incumplimiento de las funciones de los funcionarios públicos, desde el presidente para abajo, contra todos los responsables de no cumplir con una ley aprobada por el Congreso de la Nación”.
La última imagen que brota en la calle no es solo la de la crueldad, sino la de una brutalidad planificada. Gonza Giles lo explica claramente: “Necesitan universidades vacías porque el pensamiento crítico molesta. Necesitan personas aisladas porque los derechos organizan. Necesitan trabajadores cansados y estudiantes endeudados porque así envían un mensaje”.
Lo mismo dicen Vladimir y Adriana, de 19 años, pero ya orgullosos técnicos químicos. Mientras hablan levantan dos carteles que llaman la atención de todos:
- “Cuando la educación sea privada, seremos privados de todo” y
- “No se puede adoctrinar un cerebro lleno de conocimiento”.
Las letras están prolijamente dibujadas, en colores, y recortadas con paciencia y dedicación. “Estuvimos haciéndolos desde ayer, buscando frases, viendo todo lo que dice la gente, juntando opiniones. Y quedaron estas”, cuentan ellos, que hablan sosteniéndose la mano uno al otro.

Ella es de Moreno, él de José C. Paz. Egresaron de una secundaria técnica pública. Ella ahora estudia Ingeniería Aeronáutica en la UTN de Haedo. Él piensa anotarse en Agronomía. A ellos, además de todo, la universidad pública les dio el amor. Y desde ahí hablan:
“Vamos a ayudar a un comedor cerca de Cuartel V, en un barrio muy pobre. Hay familias a las que se les complica hasta estudiar. Regalamos hojas, útiles, lo que se pueda. Yo era de un barrio también muy humilde y mi primo no pudo estudiar, tuvo que dejar para ir a trabajar. Hacemos lo que podemos. Muchas veces no alcanza. Pero aunque sea una persona más que pueda estudiar, ya es una victoria”.
Él da vuelta el cartel y muestra la frase del otro lado: “Estamos acá también por vos, que pensás distinto”. Adriana dice: “Mucho se habla de que el odio se contagia, que vivimos una época de odio, que las redes muestran eso. Pero también el amor y la solidaridad contagian”.
Y sonríe.
Con esa sonrisa que contagia, y ese cartel colorido, revela que ella fue la responsable de que viniese su novio: “Esta es la primera vez que viene a una marcha. Yo ya había venido a la marcha antifascista. Así que bueno, ya traje a alguien más”.
Y la próxima, uno más.
Sí, sí. Ya hay dos amigos que querían venir y no pudieron por otros temas, pero tenían ganas.
Vladimir: ¿y qué te pareció tu primera marcha?
Nervioso al principio, la verdad. Pero estuvo muy bueno.
¿Por qué nervioso?
No sé, siempre las veía desde afuera y parecía otra cosa. Pero estuvo re bien la experiencia.
Ahora sonríen ambos.
Y saludan antes de desconcentrar por Diagonal Norte rumbo a tomarse dos micros y un tren para volver a su casa.
Sobre esa avenida céntrica, donde se recorta el Obelisco, pasarán
- junto a un joven con una remera de 2 Minutos y un cartel que dice: “Estéticamente superiores”, con la cara deforme del Presidente. Una ironía sellada con la firma de la Escuela Superior de Bellas Artes Antonio Berni.
- Cerca de Luna, de siete años, de la mano de Gloria, su mamá, chocha porque está caminando por la calle y no por la vereda.
- De una joven que tiene un cartel que da ganas de llorar: “Mi sabiduría viene de esta tierra”.
- De un ruidoso grupo de la Escuela Secundaria de la Universidad de San Martín que trajo varios hits. El mejor:
“Con las lágrimas de Adorni
vamos a hacer una cascada
para que se metan todos
los pibes de la barriada”.
La gente desconcentra y va cantando “eaea” y también:
“Si el presupuesto no está
qué quilombo que se va a armar”.



La sensación es, como decía Gonza, que este es un punto de largada y no de llegada.
Que la cosa sigue.
En la calle, pero también en los barrios, en los comedores, y en las aulas.
Sigue cada miércoles en el Congreso.
Y todas las veces que hagan falta.
Porque hay muchos jóvenes.
Docentes, directivos, no docentes.
Egresados, profesionales.
Muchas personas en todo el país.
En Mar del Plata, en Córdoba, Ushuaia, en Rosario, en Bahía Blanca.
Hubo otra Plaza de Mayo repleta.
Hay gente que, aun cuando todo terminó, sigue llegando.
Hay más carteles conmovedores.
Hay muchos jóvenes que, a pesar del frío y la cascada de malas noticias, no se resignan y demuestran, hasta con alegría, que la única que queda hoy es la calle.
Y no callarse.












Nota
Crece el reclamo docente en Chubut: “El sueldo no alcanza ni para comer”

Desde hace dos semanas la comunidad educativa autoconvocada está en las calles de toda la provincia exigiendo una suba salarial (el sueldo básico está apenas por encima de los 300 mil) y no “migajas”. Las mesas paritarias, las subas insignificantes y las palabras del ministro de Educación que colmaron la paciencia. El pan y el té que simula una cena, la falta de escucha de los sindicatos a las bases y un aviso: “Seguiremos en las calles hasta que el salario digno sea una realidad”.
Por Francisco Pandolfi. Fotos de Aníbal Aguaisol
–El sueldo no alcanza ni para comer.
Dora Palacios es profesora de Historia, preceptora y referente escolar en Trelew.
También es una de las –y los– miles de docentes chubutenses autoconvocados desde hace dos semanas en las calles de toda la provincia por un reclamo salarial que aún no tiene la respuesta esperada.
Un maestro de jornada simple, un preceptor, un profesor con 20 horas cátedras semanales tiene un sueldo básico de 304 mil pesos, que con los adicionales llega a 700 mil (con los aumentos prometidos en las últimas horas rondarán los 800). “Los alquileres en la Patagonia son altísimos, arriba de los 600 mil, y a eso hay que sumarle unos impuestos carísimos”, le cuenta a lavaca.
Enumera con la cadencia de quien tiene una carga enorme en la voz: luz, gas, agua, comida, vestimenta. De lo general va a lo particular: “Muchos docentes cuentan en las asambleas que no tienen un plato de comida en la mesa, que la cena es un pedazo de pan y un té, que les han cortado los servicios, que no tienen teléfono, que ya no pueden pagar el alquiler”. Y de lo particular a lo propio: “Otros estamos bicicleteando con la tarjeta, cobramos, pagamos, cobramos, pagamos, nos estamos endeudando permanentemente porque el sueldo no alcanza para comer”.

Fotos de Aníbal Aguaisol /lavaca.org
Salir a la calle
El salario docente de Chubut es el peor de la Patagonia y uno de los más bajos del país, junto a Buenos Aires, Mendoza, Entre Ríos, Misiones, La Rioja y Catamarca.
La primera manifestación surgió como surgen las cosas en Chubut, de forma exprés y cuando no se aguanta más. “Desde diciembre pasado la conducción de ATECh –la Asociación de Trabajadores de la Educación de Chubut, el sindicato más grande– se arrogó el triunfo de la paritaria permanente, que para las y los trabajadores no significó ningún logro. Se reunieron varias veces con el gobierno pero no nos ofrecieron nada”.
La gota que rebalsó el vaso –o una cristalería completa– fue la reunión del 29 de abril en la que el gobierno provincial –al mando de Ignacio Torres y cuyo ministro de Educación es José Luis Punta– ofreció un incremento del 1,3%. Dora estaba en la vereda, esperando junto a cientos de docentes: “Quienes estábamos afuera solicitamos la renuncia de las conducciones sindicales por aceptar un aumento insignificante, tuvieron que huir del lugar. A partir de ahí salimos a la calle todos los días con diferentes acciones”.
Marcha de antorchas, festivales, ruidazos, ollas populares, feria de emprendedores, asambleas y movilizaciones masivas que tienen en vilo a la provincia y al gobierno. “El 23 de abril realizamos un hito histórico: un faltazo masivo sin que los gremios llamaran al paro”. El 29, en la reunión de conciliación obligatoria dictada por la secretaría de Trabajo, la concentración masiva fue reprimida con gases lacrimógenos por la Policía. ¿La respuesta popular? Otra movilización. Y carteles, muchos carteles:
- Docentes con sueldos indecentes.
- Al que miente le crece la nariz (con la imagen –retocada– del gobernador Torres)
- Basta de mentiras, amenazas y presión.
- Se busca por precarizar al docente (con la cara del ministro Punta).
- Salud mental es llegar a fin de mes.
- Ratas.

Fotos de Aníbal Aguaisol /lavaca.org
Migajas
Las protestas no sólo suceden en la capital, sino en toda la provincia: Trelew, Puerto Madryn, en la meseta, en Chacay Oeste, Gan Gan, Las Plumas, Paso de Indios. Otro mojón que colmó la paciencia fueron las palabras del ministro Punta: “Buscamos que ningún docente cobre menos de 800 mil, de una manera solidaria, casi”, dijo balbuceando una frase que la comunidad educativa lo tomó como una burla.
–No vamos a aceptar migajas. Mientras a los docentes nos ofrecieron un 1,3%, le aumentaron a su planta política un 200%. No hay dudas: plata hay, pero no quieren ponerla donde corresponde” –dice Dora, que hace 48 años nació en La Pampa y desde hace 45 fue adoptada por Chubut.

Fotos de Aníbal Aguaisol /lavaca.org
Ante la masividad del reclamo, este miércoles 6 de mayo hubo una nueva reunión paritaria donde el gobierno ofreció un 3,4% –valor del Índice de Precio al Consumidor (IPC) del mes pasado, más un 4%: o sea, una suba del 7,4%. En junio, un punto más y en julio otro punto más.
–No satisface nuestra demanda para nada, es un aumento en el bolsillo de entre 60 y 70 mil pesos que terminaríamos de cobrar en agosto. Es una tomada de pelo. Siento mucha bronca contra los sindicatos que nos dejaron sin respaldo y sin escucha; mucha bronca contra un gobierno que nos dice violentos, cuando violencia es tener un sueldo básico de 300 mil pesos.
Los sindicatos cuestionados que se sientan en la mesa paritaria son ATECh, SITRAED –sindicato paralelo alineado al gobierno–, UDA –Unión Docentes Argentinos–, SADOP –docentes privados– y AMET –magisterio de enseñanza técnica–.

Fotos de Aníbal Aguaisol /lavaca.org
Tres escuelas, tres turnos, muchas deudas
-Queremos estar en las aulas con nuestros estudiantes, pero no con sueldos de hambre.
Reafirma Dora, que estudió en la Universidad Nacional de la Patagonia y desde hace 17 años es profesora de Historia del nivel secundario, además de preceptora. Trabaja en tres escuelas y en los tres turnos, mañana, tarde y noche. Dice que volvería a elegir esta profesión, pese al salario que no alcanza y otros condicionantes: falta de insumos, condiciones dignas para trabajar, escuelas sin calefacción donde llueve adentro. Otro ejemplo que lo dice todo: “Usamos manuales de la provincia de Buenos Aires, no tenemos un diseño de currícula propia”.
¿Cómo sigue el curso de esta historia?
Organizados de manera autoconvocada, decidiendo en asamblea. No vamos a bajar los brazos hasta lograr un aumento del 100% del básico como mínimo y un sueldo de bolsillo de un millón y medio. Desde hace quince días exigimos paro por tiempo indeterminado y acá seguiremos: hasta que el salario digno sea una realidad.

Fotos de Aníbal Aguaisol /lavaca.org
Nota
MU 212: El fin de un mundo

MU en Tierra del Fuego: todo lo que se ve desde el sur del sur y nos ayuda a entender qué representa Argentina en el mapa geopolítico mundial. Un puerto intervenido, importaciones que matan a la industria, explotación sin control de recursos naturales. La puerta a la Antártida y el significado de Malvinas: lo que está en juego en tiempos de guerra.

El principio de todo: MU en Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur
Javier Milei intervino el puerto de Ushuaia sin provocar un rechazo opositor visible. Un sitio clave en la geopolítica y a la vez una caja de 30.000 millones de pesos anuales que mezcla industria marítima, turismo, y la puerta a la Antártida. Los testimonios sobre la falta de control . Hablan el gobernador, funcionarios, trabajadores, ex combatientes. Trump y el misterioso avión, China y los acuerdos, Gran Bretaña adentro, la forma de la crisis y la resistencia contra el vaciamiento de un país.
POR FRANCISCO PANDOLFI

El industricidio: Crónica desde el polo fabril de Río Grande
Un predio lleno de fábricas vaciadas. Trabajadores organizados resistiendo al desempleo, la apertura de las importaciones y la reducción de aranceles de promoción en una provincia que de 16.000 obreros pasó a tener 6.400. Una política que golpea a empresas de todos los tamaños y rubros: tecnológicas, textiles, metalúrgicas, electrodomésticas y electrónicas. Y todo esto sin que todavía se aplique la reforma laboral. Las propuestas para que los propios trabajadores se hagan cargo de las empresas en crisis. Los gestos de solidaridad, las donaciones de quienes todavía tienen empleo, el bingo provincial y cómo se va recuperando desde abajo una idea de hermandad para enfrentar estos tiempos.
POR FRANCISCO PANDOLFI

A contracorriente: La lucha fueguina frente a la industria salmonera
De espaldas a la sociedad y bajo presión del gobierno nacional, la Legislatura fueguina (la misma que en 2021 votó en contra) aprobó un proyecto que permite la instalación de megafactorías marítimas del salmón, uno de los productos que más se exportan al mundo. El impacto ambiental es conocido y hay un ejemplo cercano en la vecina Chile: peces hacinados, contaminación por antibióticos y heces, destrucción de otras especies, y una precarización total de las condiciones de trabajo. El cuadro de situación ante un “pescado químico”, la lucha de la asamblea, y el gobernador que responde sobre los principales contrapuntos.
POR FRANCISCO PANDOLFI

Agroecología en el principio del mundo: El modelo Panchito
Cultiva alimentos y medicinas en medio de temperaturas extremas, sin venenos y con semillas propias: “Una semilla viva significa una familia sana”, dice el productor agroecológico Francisco Pancho Barria. Cosechas asombrosas, zanahorias de 3 kilos, nabos de 12, acelgas de metro y medio de alto. Cómo volver posible lo inimaginable con ideas simples, ancestrales, trabajo a conciencia y sentimiento. La política para la foto, el lugar de los niños, la idea de agacharse, y los números que muestran que la vida sana es, además, rentable.
FRANCISCO PANDOLFI

La guerra invisible: la Antártida en la mira
Juan Rattenbach recoje el guante de su abuelo, autor del Informe Rattenbach que denunció a las jerarquías militares por los errores y delitos cometidos en Malvinas. El significado hoy, con Gran Bretaña ocupando el 25% de la superficie argentina. La Antártida y el Atlántico Sur en la geopolítica actual. El rol de Estados Unidos y China. El ataque a la industrialización fueguina. Dos cuestiones: ¿Cuál es nuestro centro geográfico? ¿Y cuándo nació el pueblo?
SERGIO CIANCAGLINI

Efecto Trump: Valeria Carbone y su mirada sobre EE.UU.
Es doctora y docente de la Cátedra de Historia de los Estados Unidos en la UBA y en la UNLP. Integra grupos de trabajo sobre EE.UU. en CLACSO y universidades en Alemania y México, además de coordinar programas de intercambio internacional. Y acaba de dictar un curso sobre el tema en MU. En esta entrevista explica las movidas de Trump intentando sostener un imperio en crisis en medio de una conflictividad que él mismo provoca o acompaña: Irán, China, Israel, petróleo, Ormuz, Venezuela, OTAN, Malvinas, Antártida. Y hasta el caso de Jeffrey Epstein.
POR LUCAS PEDULLA

Decolonizar el presente: Walter Mignolo y el pensamiento decolonial
En medio de conflictos geopolíticos, disputas culturales y crisis del modelo occidental, el pensamiento decolonial nos recuerda una serie de preguntas fundamentales. Aquí, una conversación breve y magistral sobre la esfera pública, la organización social y las formas de acción colectiva vistas desde una perspectiva para ampliar, o retomar, los horizontes propios.
POR CLAUDIA ACUÑA

Tierras raras: Florencia Levy, artista, y su trabajo sobre el litio
Trabaja con instalaciones visuales y materiales que representan y denuncian las distintas formas del extractivismo. Su trabajo sobre el litio es impactante, pero también investigó sobre el fracking en Vaca Muerta, el basurero del mundo en China y la relación entre el cáncer y el agronegocio en Entre Ríos, motivada por su padre oncólogo. Cómo hablar de temas que casi nadie conoce desde un video o una sala de exposiciones, y hacer algo para transformar miradas, sentimientos e ideas.
POR MARÍA DEL CARMEN VARELA
Patagonia rebelde
Crónicas del más acá por Carlos Melone.

Astrolo-guías: Elisa Carricajo y su nuevo libro sobre Tarot
Dramaturga, actriz y directora, plantea al Tarot como un objeto “popero” e invita a jugar y llenar de sentido ese lenguaje. Un modo de recuperar la espiritualidad capturada por el mercado, para sentir, entender y actuar en tiempos espantosos. Lo individual y lo comunitario. Los fantasmas y cómo imaginar un mundo mejor. Un libro que es un oasis y una invitación a re-pensar el arte y lo político, tirando las cartas.
POR FRANCO CIANCAGLINI

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