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Lindo quilombo: La Asamblea de San Telmo

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Del hambre y la crisis habitacional a la autogestión y la organización barrial. Desde 2001 la Asamblea mantiene espacios para quienes no pueden acceder a una vivienda ni a un alquiler. Uno de sus edificios, donde viven 20 familias y funciona un merendero, corre riesgo de desalojo por un proyecto de especulación inmobiliaria. Cómo sobrevivir y convivir en la crisis. LUCAS PEDULLA

 
Es jueves, son las cuatro y media de la tarde y en Avenida Independencia al 800 hay unas cien personas cortando medio carril frente a una inmobiliaria. Tocan bombos, tiran cohetes al aire y sobre el suelo hay diseminados unos pequeños volantes con un apellido que casualmente coincide con el de la inmobiliaria de enfrente: “Martul garcas”.
Desde su silla de ruedas, Sonia Leguizamón es una de las mujeres que aplaude ante cada canto. Tiene 46 años y tres hijos a los que lleva desde hace seis años al merendero Darío Santillán, el espacio que funciona en el Centro Social y Comunitario que la Asamblea de San Telmo coordina desde 2003 y que, tal como lo denuncian ahora, esta inmobiliaria quiere desalojar.
El merendero alimenta a 250 niños y niñas todas las tardes. Y a partir del mediodía, como todos los días desde 2001, la Asamblea también abre las puertas de su comedor. Relata Sonia: “Por mis problemas físicos yo me atendía cerca de ahí. No tenía para comer y me dijeron que vaya a la Asamblea. Muchas personas van a tomar desayuno, a buscar agua caliente, a comer algo. Mucha gente en situación de calle a la que se le hace difícil sostener una vivienda. Y, cada vez, vienen más y más”. ¿Por qué? “Porque no alcanza para nada. Y cada vez hay más pibes en la calle”.
Sonia alcanza otro volante, que cuenta la historia de una estafa inmobiliaria: “Desde el año 2003, la Asamblea de San Telmo alquila ese local y ha pagado puntualmente todos los alquileres, incluidas las respectivas actualizaciones sin ningún litigio con los propietarios. Sin embargo, hace apenas tres meses, una banda de especuladores inmobiliarios encabezados por la inmobiliaria Martul, aprovechándose de los conflictos de sucesión de los propietarios, se apoderó a precio vil del inmueble de México 640, pagando apenas un tercio de su valor de mercado. Y, por supuesto, sin darnos siquiera aviso en tiempo y forma”.
En ese lugar, donde los niños y las niñas van a jugar y a tocar candombe todos los martes, también funciona una casona en la que viven 20 familias.

La esquina de mi barrio

En el origen fue el trueque.
La frontera del calendario nos ubica en 2000 y 2001. En la esquina de México y Chacabuco, a siete cuadras de Plaza de Mayo, hay un restaurante que cede el espacio a una organización social. Analía Casafú, tenía entonces 23 años, es una de las personas que se acercó a participar y a ver qué se veía desde ese ojo de San Telmo. Allí, al borde de la peor crisis en la historia de Argentina, Analía vio algo muy concreto. “Cada vez participaba más gente del barrio. Se notaba concretamente el hambre. No solo era gente humilde que venía a pedir un plato para comer. También era gente de clase media que traía ropa y electrodomésticos para cambiarlos por comida. Muy fuerte”. Mientras la tasa de desempleo llegaba al 18%, a la esquina llegaban cada vez más personas del barrio y de otros barrios también. Abrían una vez a la semana pero pronto tuvieron que sumar otro día. “Era increíble la cola de gente que se armaba. Ahí parimos la Asamblea”.
Casafú explica que la decisión fue fogoneada por la realidad más cruda. “No era una simple cuestión organizativa. Veíamos que la situación estaba muy compleja. En diciembre, previo al estallido, llamamos a una asamblea a nivel barrial”. Lo mismo ocurría en otros barrios de Buenos Aires. “Había puntos en común con lo que vemos hoy: mucha necesidad con la alimentación y también la cuestión laboral. En aquella época la desocupación se acrecentaba. Hoy hay trabajo, pero precarizado: la gente está trabajando por 2 pesos. Muchos de los que vienen a comer acá laburan, pero todo es precario. Eso sí: el tema hambre no cambia”.
Cada vez llegaban a participar más vecinos y vecinas de la zona. Y el lugar les estaba quedando chico. Decidieron ampliar a un merendero por las tardes. Todavía con el dolor de la Masacre de Avellaneda en el cuerpo, lo bautizaron Darío Santillán en honor al piquetero asesinado junto a Maximiliano Kosteki, ese 26 de junio de 2002. A 50 metros, sobre México, encontraron un inmueble abandonado. “Era una especie de terreno baldío, totalmente deteriorado, pero planteamos la apertura al barrio y lo coordinamos nosotros mismos. Tuvimos discusiones. Algunos integrantes de la organización no querían porque decían que no éramos una sociedad de fomento. Otros tenían miedo porque, en época de saqueos, que bajaran raciones de alimentos cuando la gente no tenía para comer, era una responsabilidad enorme. Pero todo lo discutimos”.
La esquina, entonces, ya no fue una más. Era la Asamblea de San Telmo.

Sobre hambre & estafas

Es viernes por la tarde, afuera la fría garúa se convierte en lluvia y en México 640 hay unos cincuenta niñes tomando mate cocido, comiendo magdalenas, pintando y dibujando. Pero en el Centro Comunitario y Cooperativo de la Asamblea algunos también están preocupados: alguien se llevó por error la pelota del metegol. Por eso, alrededor de la cancha, unos seis niños hacen molinete a un cubo de plástico, que vuela por los aires. En general, todos los días el merendero alimenta a 200 niñes del barrio. Las vacaciones de invierno aplacan la demanda, pero solo por dos semanas.
Mayra Soberón llegó al merendero por sus niñes: tiene una hija de 4 y otro de 12. “En ese momento estaban haciendo grupo de terapia para mujeres. Empecé. Tenía problemas de violencia con el papá de mis hijos. Logré separarme”. Una de las compañeras le ofreció que la reemplazara en el merendero: debía ocuparse de la atención y hacer la leche. Aceptó: ese mes se convirtió en cuatro años. Hoy es una de las familias que viven en el edificio, estudia Psicología Social y sigue en el local: con les niñes también juega, canta, hace de “payasa”, de psicóloga y a veces de mamá. “La organización tiene un eje claro: la contención. Y estar es un beneficio: en lo económico y también en lo habitacional”.
Como Mayra, muchas madres llegan para acompañar a sus hijes y así poder tomar algo. Una de ellas es Diana, 33 años, que viene todos los días desde 2014 de 16:30 a 18:30 con sus hijas Ámbar (año y medio) y Génesis (7). “Es muy importante para mí. Venimos siempre a la salida del colegio. Acá toman la leche, juegan, aprenden, tienen apoyo escolar. Es un espacio para ellas. Y un apoyo para nosotras, las madres, fundamental. Es muy triste que el lugar tenga que pasar por esta situación”.
La situación es lo que explica el volante que entregó Sonia frente a la inmobiliaria. En octubre de 2018 un vecino se enteró de la sucesión del inmueble a través de los diarios. Casafú explica: “Al principio pensamos que Martul era una persona física común y corriente que tenía la idea de plantear que iba a hacer algo familiar. Una carpintería, había dicho. Después, se fue sincerando: su idea era hacer un edificio”. La Asamblea propuso una negociación para tener un tiempo prudencial de mudanza. “Al tiempo nos llega una notificación de desalojo. Entonces vimos que Martul era un grupo inmobiliario, que ya estaba jugando con otros intereses. Nos planteamos algo: resistir”.
Todos los jueves empezaron a marchar hasta la inmobiliaria. Allí van no solo los integrantes de la organización y las 20 familias que viven en la casona, sino también les niñes del merendero, sus madres, los trabajadores precarizados y las personas en situación de calle que comen todos los días en el comedor. El 15 de julio tuvieron una audiencia en la que participaron también organismos del Estado. “El juez entendió la complejidad, y por eso propuso una nueva audiencia para octubre”.
Lo recibieron como una buena noticia. Casafú explica por qué: “Pone en juego la discusión de esta construcción. Este lugar lo remodelamos nosotros. Instalamos el gas. Pusimos el piso. Mejoramos la instalación. Si uno lo pone en montos económicos, es un número importante: 50 mil dólares, entre 2003 y 2019, es lo estimado por los gastos de lo que fuimos reparando. Porque, además, la compra que este grupo hizo con nosotros adentro, fue de un monto totalmente inferior al costo real: pagaron 110 mil dólares por 400 metros cuadrados, cuando, según lo estipulado, el inmueble ronda los 500 mil”.

Política de vida

La pieza en la que vive María Luisa de Angelis es tan solo una de las 20 del edificio, pero también es algo más. Los memoriosos cuentan que el comedor de la Asamblea se fue tejiendo alrededor de la cocina de Luisa, la Yiya, y por eso el peso de sus palabras invita a la memoria colectiva: “A mí me cuesta mucho dejar este lugar. No puedo decirte lo que me pasa dentro mío. Tengo ochenta y pico. Pero te digo algo: es la vida”.
Yiya llegó hace unos 15 años gracias a una joven que le dijo: “¿Por qué no va a la Asamblea? Usted es medio revolucionaria. Va a encajar ahí”. Yiya fuma y se ríe. En los 70 era delegada del gremio de la Sanidad en el Sanatorio Mitre. Fue una de las militantes combativas que le ganó las elecciones a la burocracia de un gremio autoritario y machista, que quemó las urnas tras la votación. Luego vino el golpe, y las delegadas mujeres nunca pudieron asumir. “Entraron los militares. Tengo compañeros desaparecidos, compañeros muertos. Cuando vivía en un hotel con mi marido, cerca de Congreso, metía a muchachos y muchachas debajo de la cama cuando venía la requisa. De todo eso me acuerdo cuando estoy ahora en esta pieza. Mirá si no será la vida”. Se emociona cuando recuerda esa época, pero no es posible entender esa historia sin pasar por allí: en esos años conoció a Rubén Saboulard, referente de la Asamblea, quien la invitó a quedarse: “A la Asamblea le debo todo. Te cobija sin preguntarte nada. Y eso, hoy en día, es muy importante”.
A su lado, sentada en la cama, está Naty Menstrual. Ella es artista: escribe crónicas, aguafuertes, poesía, monólogos. También es actriz y performer. Hace shows estilo performance y café concert, entre otros lugares, en MU Trinchera Boutique. Y también, desde 2009, vende sus remeras y muñecas en la Feria de San Telmo, en un puesto sobre el Pasaje Giuffra que gestiona la Asamblea. La posibilidad de vivir en el edificio también surgió hablando con Rubén. “Recién empezaba a travestirme. En la casa de mis viejos tenía que vivir como ellos decían: no podía andar de tacos y pollerita. Era una situación horrible y difícil. En la feria, una vez, llegó una feriante que dijo: ‘No quiero que me pongas al lado del travesti’. Rubén la frenó de una. Eso me quedó grabado. Y con el problema de vivienda, me ofrecieron un lugar en el entrepiso del local”. Naty vive allí desde entonces.
La mesa se completa con María Brizuela, mamá de Analía. También era feriante: vendía ropa usada y lo que pudiera conseguir. Luego, encontró un trabajo de limpieza. También limpia en el edificio. Y suma un aspecto central: “La Asamblea dio lugar para que la gente pueda acceder a una vivienda de una forma que, si no, no podría costear”. Da un ejemplo: una amiga le contó que le están cobrando 15 mil pesos por una pieza con un baño en un hotel en San Telmo. Aquí pagan 2.000 pesos, contando servicios.
Algunos datos del 2° Censo Popular -realizado por organizaciones sociales y organismos de derechos humanos- ayudan a entender el peso político de este tejido:

  • En la Ciudad existen 7.251 personas en situación de calle.
  • Más de 5.400 duermen en plazas, veredas o entradas de edificios.
  • 871 son niñes y adolescentes.
  • 8 de cada 10 son varones. El 19% son mujeres (40 están embarazadas). El 1% declaró ser travesti/trans.
  • Los fríos números representan un aumento del 65% respecto a 2017.

Yiya: “A muchos les molesta ver a los pobres. Yo les contesto: ‘Llevalos entonces a tu casa y dales de comer’. Son compatriotas que el sistema dejó afuera”. Analía suma: “Lo más jodido es la naturalización del desalojo para hacer los negocios que nos tienen acostumbrados. Porque nosotros partimos desde otro lugar: la solidaridad que nos permite sobrevivir y proyectar lo cotidiano que implica la comida, un techo y resolver cuestiones como bancar que un compañero quiera estudiar. Sin esa red, todo sería más complejo y la situación se desbordaría aún peor, porque a nosotros ya se nos desborda. Pero podemos seguir, porque no pensamos en individual: pensamos en colectivo”.
Son las 6 de la tarde y en el merendero empieza el taller de candombe que coordina Lindo Quilombo, un colectivo de comparsas autogestivas que realiza llamadas por las calles de Montserrat y San Telmo. Es otra de las actividades en el edificio de México 640. Carmen López, la coordinadora, marca el ritmo a lxs niñxs y cuenta la historia: “Esta es zona de candombes, zona de conventillos: de ahí vienen todos los niños. El momento de toque es especial. Encierra las dificultades que sufren hoy y se coordinan, se enseñan, se aprenden. Es un momento que tienen de ser felices”. Desde ese ojo, es posible escuchar qué nos grita en la cara esta historia pero, también, con qué música se le contesta.

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