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Así habló Firmenich: «¿Y qué?»

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El tren de la victoria/ La saga de los Zuker es el título de un libro inédito, escrito por Cristina Zuker, hermana de Ricardo, un desaparecido en la contraofensiva organizada desde Europa por los montoneros, cuya cúpula está bajo la lupa judicial sospechada de haber entregado a aquellos militantes. La frase «hay que subirse al último tren de la victoria» fue cometida por Roberto Perdía cuando anunció en Madrid la contraofensiva, en una reunión abierta y pública a la que no habrán faltado los servicios de inteligencia. Uno de los capítulos del libro, que aquí se reproduce en su totalidad, incluye el último reportaje realizado a Mario Firmenich antes del pedido de captura internacional para que declare en la causa. La entrevista es un reflejo del modo de pensar de quien considera que la política está llena de montoneros castrados, se compara con Manuel Belgrano y ve la Argentina atrapada en la justificación histórica de los dos demonios.

«Nadie llevó de la nariz a los que intervinieron en la contraofensiva de los Montoneros, en 1979 y en 1980. No se puede aceptar que fueron unos estúpidos engañados. Además, podrían haber dicho que no. Tuvieron la oportunidad. Algunos, de hecho, se negaron a participar. Pero otros persistieron. Nadie les puso un revólver en la cabeza. Estaban convencidos de que todo era poco para luchar contra la dictadura».

Cristina Zuker, hermana de Ricardo, un montonero desaparecido en esa contraofensiva, acaba de finalizar un libro que relata aquella historia trágica, y en el que realiza un reportaje al jefe montonero Mario Eduardo Firmenich, en Barcelona.

Es el último reportaje que se le hizo al dirigente que ahora es uno de los imputados en la causa por aquellas desapariciones, en la que el juez Claudio Bonadío presume que hubo delaciones internas, traiciones, y entregas.

Cristina, que choca con Firmenich a lo largo de la entrevista, tiene otra teoría sobre la contraofensiva, que abarca a su propio hermano: «A los chicos no hacía falta que nadie los entregara. Ya estaban entregados».

Cristina y su hermano son hijos del actor Marcos Zuker, fallecido en mayo de este año. «Nunca tuvimos una relación espléndida con él, que se separó de mi mamá cuando éramos chicos. Pero estuvo cuando había que estar».

Ricardo Zuker, nacido el 24 de febrero de 1955, había sido dirigente de la Unión de Estudiantes Secundarios, se incorporó a los montoneros, y estuvo secuestrado durante 46 días en 1977, tras lo cual fue liberado y marchó a San Pablo, Brasil. Su madre y su hermana fueron tras él. «A los pocos días, mamá murió de un infarto, tenía 55 años» cuenta Cristina. «Eso significó para mi hermano una suerte de compromiso con la muerte. La idea de los muertos era algo que pesaba mucho en los jóvenes que se unieron a la contraofensiva».

Ricardo partió rumbo a España. Cristina volvió a la Argentina con el cuerpo de su madre. Cristina Zuker no era militante. «Simpatizaba, iba a las marchas, no más que eso». El 2 de enero de 1977 llegó exiliada a España, y se enteró del proyecto de la contraofensiva, con la que los montoneros imaginaban reincorporarse a las actividades que llamaban político-militares en el país.

Curiosamente, la noticia de dicha contraofensiva no se trató de un secreto típico de una organización militarizada, opaca, cerrada, y propensa a las conspiraciones, sino de una reunión abierta y pública en Madrid. «La gente iba hasta con los chicos» dice Cristina. Nadie considera que los agentes de inteligencia esparcidos por la dictadura argentina en Europa serían capaces de perderse semejante show.

Cristina se despidió de su hermano, que se escondió en una casa de las sierras de Madrid, luego se entrenó en el Líbano, y finalmente llegó a la Argentina en junio del 79. Estuvo cinco meses, y volvió a Madrid.

El 1º de enero de 1980 volvieron a despedirse. Esa vez sería la definitiva.

Cristina supo más tarde que su hermano había caído en manos de los militares, y Emilio Mignogne la llamó para avisarle que Ricardo había sido visto entre los secuestrados cautivos en Campo de Mayo. Luego, ya no se supo nada más.

Cristina volvió a la Argentina en 1984. Inició una causa, que llevó adelante el Centro de Estudios Legales y Sociales a través de la abogada Alicia Oliveira (actual secretaria de Derechos Humanos de la cancillería argentina).

«La causa durmió el sueño de los justos hasta que un día, en el programa de Mauro Viale, un tal suboficial González dijo que él había visto cómo había sido fusilado el hijo de Marcos Zuker». Una teoría es que el tal González, prófugo, mintió. La otra es que dijo la verdad. Si la justicia avanza, todo se sabrá. Cristina declaró en ese juicio que ya tiene más de 20 procesados y en el que el juez Claudio Bonadío ahora ha detenido a Roberto Perdía, a Fernando Vaca Narvaja, mientras la Interpol partió en busca de Firmenich.

Cristina sabe que Bonadío es uno de los jueces «de la servilleta» denunciada por el ex ministro Domingo Cavallo. Traducción: un juez cercano al menemismo después de haber sido un militante de Guardia de Hierro en su juventud. «La causa tiene algo extraño, tiene esa cosa de los dos demonios». Militares procesados, y ahora también guerrilleros. Aunque Cristina no considera que personas como su hermano hayan sido víctimas de una suerte de engaño por parte de sus jefes.

«Empecé a escribir el libro hace un año, después de un viaje a España a visitar a mi hija que tiene 21 años y se fue a vivir allí, que es donde nació cuando yo estaba exiliada. Yo había ido atesorando cartas de mi hermano, de la época en la que estuvo aquí durante la contraofensiva. Hablaba de sus miedos, de lo que iba sintiendo, de la muerte. Algunas son sobrecogedoras». El libro también cuenta la historia de Ana Victoria, la hija de Ricardo (que en la Argentina fue capturado junto a su mujer), a quien habían dejado en una guardería en La Habana. Ana Victoria falleció a los 20 años de un cáncer de lengua. Cristina cree que se trata de otra tragedia, y también de otra metáfora.

El libro habla de la Operación Murciélago, de la Operación Guardamuebles, del caso de una ex montonera acusada de haber delatado a sus compañeros, y el capítulo que se reproduce a continuación incluye la entrevista completa a Mario Firmenich, entre otras cosas.

Mientras las editoriales argentinas cavilan sobre si todo este material merece ser publicado y los diarios publican como propio extractos que ni siquiera pagan, parece prudente dejar hablar al propio texto de Cristina para que una historia de la que casi nunca se habló, empiece a ser contada.

Cada vez que vuelvo a España desde mi definitivo retorno en marzo de 1984, llego con el corazón lleno de ansiedad por saber algo más sobre mi hermano Ricardo. Imagino que Madrid me va a permitir devanar el hilo de la memoria desde nuestro reencuentro, en Barajas, el 2 de enero de 1979, hasta el atroz momento de nuestra última despedida, el primer día de enero de 1980, exactamente un año después, cuando finalmente ingresó en ese temido infierno que significó su caída a manos del Batallón 601, en las inmediaciones de la Estación Plaza Once, el 29 de febrero de 1980.

Cuando retorné por primera vez en 1998, aterricé en Barcelona para conocer a Silvia Tolchinsky, quien fue liberada tras permanecer dos años desaparecida. A través de su testimonio ante la Subsecretaría de Derechos Humanos me enteré que, hasta noviembre o diciembre de 1980, mi hermano seguía con vida en el campo de concentración que funcionaba tras los muros de Campo de Mayo, «El Campito», el mayor centro de detención de la dictadura, incluso más importante que la ESMA. Saberlo aumentó, si cabe, mi dolor: siempre supuse que su ejecución había sido sumaria, sin imaginar el largo tormento que debió sobrellevar antes de ser asesinado.

Con voz lenta y como si el dolor nunca la hubiera abandonando desde entonces, Silvia me contó que su caída tuvo lugar el 9 de septiembre del 80, en Mendoza, en el paso fronterizo Las Cuevas, y que desde allí había sido trasladada por la patota en un avión hasta una quinta situada a escasos metros de Campo de Mayo.

Durante los once meses que permaneció engrillada, encadenada y con los ojos vendados, contó que «en el transcurso de los interrogatorios me decían que en un sitio cercano estaban con vida muchos secuestrados. Entre ellos, mi hermano Daniel Tolchinsky, su mujer Ana Dora Wiessen, María Antonia Berger, Patricia Lesgart, Guillermo Amarilla, Marcela Molfino de Amarilla, la mujer de Maggio, Zuker y su mujer, y Horacio Campiglia. No creo que hayan dado más nombres, pero sí aseguraban que eran unas cuarenta personas. En dos oportunidades me trajeron cartas de mi hermano y mi cuñada, que también me hablaban de los compañeros vivos. Cerca de diciembre del 80, uno de los carceleros me dice que iban a matar a todos los presos que seguían con vida.»

Un día le dijeron que Daniel, su hermano, había sido fusilado, probablemente en diciembre del 80, un mes tan caro a la feligresía castrense. También Ricardo habría corrido igual suerte, como parte de la misma ofrenda navideña.

Silvia fue la única sobreviviente, y su declaración constituye la columna vertebral de la causa 6859 que lleva adelante el juez federal Claudío Bonadío para dilucidar el secuestro y la desaparición de quince militantes montoneros, entre ellos Ricardo. Los hechos investigados son crímenes de lesa humanidad y por consiguiente de naturaleza imprescriptible. Privación ilegítima de la libertad, tormentos, reducción a servidumbre, homicidio agravado por ensañamiento y asociación ilícita son las figuras que se reproducen obsesivamente para resignificar el espanto.

Desde Barcelona, me dirigí a Madrid para denunciar ante el Juez Baltasar Garzón esas desapariciones que se produjeron tras la vuelta al país en el marco de la segunda etapa de la Contraofensiva Popular, operación en exceso triunfalista planificada por la Conducción Montonera desde el exterior, donde el país pasaba a ser un mapa con más intrigas que certezas. Debo reconocer que la receptividad del juez español obró como un bálsamo sobre mí. La justicia me presentaba su mejor cara, aunque haya tenido que atravesar los mares para hallarla.

Mi siguiente y último viaje a España incluía en el orden familiar la repatriación de Flor, mi hija de 21 años, después de circular varios meses por las Ramblas de Barcelona. Pero además quería encontrarme frente a frente con Mario Eduardo Firmenich, el que fue comandante del Ejército Montonero hasta quedarse sin tropa. Confiaba que podía entregarme alguna de las piezas del rompecabezas que me permitieran armar cómo fue la última etapa de la vida de mi hermano, y quizás reconstruir su caída. Además de hablar con su hijo Mario Javier, para que me contara sobre los cinco años en que fue compañero de banco de mi sobrina Ana Victoria en el Colegio Nacional de Buenos Aires.

-No voy a contestar nada que tenga que ver con esa causa judicial.-fue lo primero que me dijo Firmenich cuando lo llamé por teléfono, y agregó que debía sufrir ilusiones ópticas si pensaba que podía contarme algo de mi hermano que yo no supiera.

-Es esa típica costumbre nacional, «así que usted es de Buenos Aires… Entonces debe conocer a Fulanito»- cerró con una carcajada que por teléfono sonó demasiado hueca. No me reí, ni le recordé su responsabilidad sobre los hechos. Tenaz en mi propósito, quedamos en vernos el 26 de diciembre, día de fiesta en Cataluña, en su casa. Le anticipé que iría con mi hija. Podrán tildarme de cobarde, pero me importaba una visión más fresca y exenta de prejuicios que la mía.

Así que el día señalado ambas fuimos al Apeadero de Gracia para subirnos al confortable tren que nos llevaría a la vera del Mediterráneo hasta Vilanova i la Geltrú, un puerto bucólico de la costa catalana, donde los Firmenich viven hace seis años un presente más sosegado, desde que el jefe de la familia se gana la vida como profesor de economía en la Universidad Central de Barcelona. Aunque tenga una página en Internet cuya dirección es www.movimientomontonero.org, y en ella se sigan publicando documentos con pie de página en forma de consigna: «habrá patria para todos o no habrá patria para nadie».

Ya no estaba tan segura de su ayuda para la reconstrucción de los hechos. Sin embargo, sí podría darme explicaciones acerca del documento que Ricardo y Marta, mi cuñada, habían firmado y entregado a la organización disponiendo que mi sobrina Ana Victoria me fuera entregada en caso de que algo les ocurriera. Pensaban que los abuelos maternos no honrarían la heroica decisión de volver al país, dando su vida para terminar de derrotar a la dictadura que, según los cálculos de la conducción montonera, ya estaba en retroceso. El único riesgo estratégico imperdonable, evaluaban, era perder el corazón de las masas.

Su mujer de toda la vida, María Elpidia, «la Negrita», cordobesa, madre de sus cinco hijos, y encargada hoy como siempre de llevar las directivas de su marido en frecuentes viajes a la Argentina o de allanar los embates del pasado, había atendido mi primer llamado. Rápidamente, me anticipó que la intransigencia de Firmenich seguía incólume, a pesar de las tantas cosas que se han dicho de él a lo largo de los años, pero hizo hincapié en un más cercano sobresalto:

-El Pepe estaba solo, y le tocó la puerta un uniformado de la Policía Nacional Española con una citación para declarar en condición de testigo no imputado ante un juez italiano que está investigando el Plan Cóndor. Así que tuvimos que viajar a Madrid para ir a la Audiencia Nacional.

Sabía del tema a través de Carlos Slepoy, mi amigo del alma, que viene luchando sin tregua para que los responsables del genocidio sean juzgados como corresponde. Me contó que María Elpidia primero y Firmenich después lo habían llamado en busca de asesoramiento. A Carli, como lo nombra todo el mundo, le parecía absolutamente normal que lo convocaran a declarar, y que lo más llamativo era que no lo hubieran hecho antes. Y muy concretamente en el caso de la Contraofensiva del 80, donde era muy importante saber qué es lo que determinó que en sucesión prácticamente ininterrumpida fueran secuestrados todos. «A ella le dije que el silencio por parte de lo que quedaba de la organización sobre el tema era inadmisible desde el punto de vista judicial o histórico, y que debían existir documentos con las conclusiones acerca de los hechos». María Elpidia le contestó que sí, pero que no sabía si estaban en España. Carli debe haber puesto su voz más grave y varonil para sugerirle: «adónde estén, lo mejor que se puede hacer es pedirlos y presentarlos ante el Juzgado». Después habló con él:

-Mirá, en principio no temas sobre tu seguridad personal porque te están llamando como testigo. Por otra parte, me parece una oportunidad de oro para aparecer públicamente y decir qué fue lo que pasó en la Argentina, qué fue el Plan Cóndor y cómo actuaba la coordinación represiva de todas las dictaduras del Cono Sur. Yo conozco sobre el tema, pero supongo que vos lo tenés que conocer mejor que yo». A Carli le pareció que había quedado muy seducido ante esa posibilidad. Aunque asintió con menos entusiasmo cuando escuchó: «Lo que más me llama la atención aquí es el tema de los dirigentes que tenían la obligación de saber cuáles eran las verdaderas condiciones en que los militantes volvían al país, y lo más lacerante, el asunto de la publicidad». Carli concuerda conmigo. En Madrid toda la colonia argentina sabía quiénes volvían a combatir, con nombre y apellido, incluso hasta el día que salían, porque se encargaban públicamente de decirlo, «con un menosprecio suicida sobre la presencia más que probada de servicios de inteligencia actuando en España», concluyó Slepoy su diálogo con el ex comandante montonero, según me cuenta mientras terminamos de almorzar en un pequeño restoran muy cercano a su bufete de abogado, en el tradicional barrio madrileño de Salamanca.

En aquella primera charla telefónica con María Elpidia, ingresó luego el tema de mi sobrina, cuya historia conocía a través de su hijo. Aprovechó entonces para contarme que cuando fue secuestrada en junio de 1976, con un tiro de FAL en un brazo, no sabía que estaba embarazada, que las palizas fueron demoledoras y que Mario Javier nació seis meses y medio después de su gestación.

Es él justamente quien nos abre la puerta del departamento, en un primer piso sin ascensor. Lo primero que reclama la atención al ingresar a la sala son las dimensiones del multitudinario pesebre navideño. Pastores, rebaños, vegetación, el infaltable lago, un espejo donde se reflejan las figuras de los tres reyes magos rodeando al Niño Jesús, flanqueado por la virgen María y José, el carpintero, y hasta el pasto para los camellos.

Tanta liturgia me recuerda que el dueño de casa inició su joven militancia en la Juventud Estudiantil Católica, que animaba el Padre Mugica. También me vienen a la cabeza unas fotos que azarosamente llegaron a mis manos. En ellas se registra al Padre Adur, capellán del Ejército Montonero, casando a mi hermano y a Marta poco antes de ir camino a la muerte. En una de las paredes del austero piso de Madrid, donde tuvo lugar la ceremonia, se distingue un mapa grande de la Argentina, mientras que en otra cuelga la bandera azul y blanca con su flagrante sol en el medio. Tanto la bandera como el mapa tapan dos cuadros donde se adivinan dos naturalezas muertas. Cuando vi esas fotos por primera vez, me inundó el recuerdo del briss de Ricardo, con el rabino tapando los cuadritos que había colgados en el comedor, mientras mamá y yo huíamos a casa de la abuela. En esas imágenes, los que rodean a la pareja, incluido el sacerdote, visten el uniforme montonero: camisa celeste, pantalón azul marino y chaqueta de cuero color negro, con las correspondientes insignias de grado, prendas que habían sido adquiridas, salvo las insignias, en El Corte Inglés. Todos aparecen en posición de firmes, según la jerga militar, y de sus rostros trasciende un inequívoco fervor místico. Las persianas y las cortinas cerradas contribuyen a que la escasa luminosidad de las fotos parezca anunciar la catástrofe inminente. Ninguno de los que en ellas aparecen están vivos para recordar esas bodas. Tampoco Ana Victoria, que sigue las distintas escenas con sus ojos asustados y tristes.

Otra vez me viene a la cabeza el tema del CESID y su virtual inoperancia ante la presencia de más de diez personas uniformadas, que no podían pasar desapercibidas ingresando a un apartamento en ningún barrio del Madrid casi pueblerino de aquellos años, cuando todavía la figura del sereno que abría cualquier cerradura al batir de unas palmas, formaba parte del paisaje ciudadano.

De acuerdo con lo convenido, Firmenich llega tras mi plática con su hijo Mario. Con él vienen Maria Elpidia y un tercer hombre, de barba y mirada inquisidora, que no abrió la boca a lo largo de la entrevista. También están sus otros tres hijos varones, que saludan y se van.

Sólo falta la mayor, María Inés, que está becada en La Habana estudiando Sociología.

Unos kilos de más delatan el paso del tiempo, igual que las canas que le han ido cubriendo la cabeza, y sus pobladas cejas. De todos modos lleva con hidalguía sus 54 años. Despojado de la marcialidad con que posaba allá por los setenta desde las tapas de Evita Montonera, viste unos vaqueros, un pullover azul de cuello redondo por el que asoman los cuadros escoceses de la camisa. Su mirada sigue siendo muy intensa, cuando se integra a la charla sobre la nena, dándome oportunidad para preguntarle por qué se había decidido entregarla a los abuelos maternos, pasando por encima de la última voluntad de su madre.

-No me acuerdo del caso particular, aunque si sé que los compañeros no se la querían entregar. A mí me trajeron la noticia de que los abuelos habían llegado a Méjico por un contacto con la Casa Argentina, creo que a través de Rodolfo Puiggros.

Mi información es otra. Los padres de Marta -Keco y Luisa Libenson- fueron alertados por una carta de la propia organización sobre la presencia de su nieta en la guardería cubana. Que llegaron a Méjico y de ahí se trasladaron a la isla. «Era normal por un mecanismo de seguridad, una suerte de cobertura para ellos. Llegaron a La Habana en un avión cubano, y los recogieron en la pista para que no quedara constancia de la entrada en el pasaporte» me había explicado Susana Bardinelli de Croatto, responsable de la guardería «La casa de caramelo», en La Habana.

– Me acuerdo que los compañeros me consultaron. En la discusión, les dije que había que entregarla respetando los lazos de sangre. ¿Íbamos a hacer lo mismo que hacían los otros con nuestros hijos? ¿Qué pasa, ellos son los malos y nosotros los buenos? Nadie se puede robar a un hijo. En todo caso habría que haber hecho un trabajo político para convencer a los abuelos, que en este caso hubiera sido imposible, de que la nena iba a estar mejor con vos o con los compañeros. También hubo abuelos que no reclamaron, que no les importó un pito.-señala Firmenich.

Le cuento que los abuelos recién le dijeron a los once años que sus padres estaban desaparecidos, después de sostener durante años que habían muerto en un accidente de avión, tras haber juntado la platita necesaria para venir a buscarla.

De eso Firmenich no sabe. «Si hubieras estado ahí a lo mejor las cosas hubieran sido distintas. Yo recién me entero de que vos vivías con el Pato». Le cuento de mi calvario madrileño: mi entrevista con Oscar Bidegain, a quien le había pedido en nombre de sus nietas. Con Hugo Alberto Ramos, «el Chilo», responsable de la organización en Madrid, con quien me reuní en dos oportunidades en la casa que habían bautizado de manera un poco grandilocuente Puerta de Hierro. La primera para que me diera noticias acerca de mi hermano y su presunta caída.

Recién tres meses después me confirmó lo que yo ya sabía, cuando fui a reclamarle el cumplimiento de los deseos de mi cuñada. Que también le había pedido al abogado cordobés Gustavo Roca para que intercediera ante el propio Comandante Fidel Castro. Que ninguna de esas gestiones había dado resultados.

– Había compañeros que creían, con el sentido común de los militantes que no coincidía con la vida real, que los hijos eran de todos, que los verdaderos familiares eran ellos. Pero yo privilegié los lazos de sangre existentes.

-Pasando sobre el deseo de la madre, sin medir que ella no quería que sus padres se ocuparan de la nena, tal vez intuyendo lo que pasaría.

-Bueno, ese es el problema argentino. La Argentina mató a sus propios hijos. Pero no se pueden pensar así las cosas. Nosotros en el 83 estábamos viviendo con dos compañeros en Bolivia. Él era viudo de una compañera que había caído en la Contraofensiva. Él también había estado, y se había salvado. Bueno, se había quedado con la niña que era hija de ella y de otro compañero muerto. Era un caso similar. Él volvió a hacer pareja, y su nueva compañera la adoptó como hija propia. Como era muy chiquita no tenía memoria de sus padres. Un día decido tocarles el tema, y les digo: «miren, vamos a volver a la realidad, esta chica necesita su documento.» Ellos estaban convencidos de ser los padres… «Bueno, si los parientes le dan la patria potestad a ustedes, bárbaro, pero si no se la dan, aunque la hayan criado no se puede robar a una hija. Yo entiendo todo, es un drama humano si querés. Pero las cosas son como son», le dije al compañero. «Estás secuestrando a una niña que no es tu hija, y puede venir la familia materna o paterna, los abuelos o los tíos legítimos, y reclamarla». Para ellos era una tragedia, fue una discusión durísima, pero yo tenía que prepararlos. Era mediados del 83, iba a haber elecciones, se iniciaba la transición democrática y había que legalizar las cosas. Finalmente apareció una hermana de su mamá. Lo destacable es que cualquier compañero estaba dispuesto a ser padre o madre de un hijo cuyos padres habían sido muertos o secuestrados por la dictadura, con absoluta normalidad y con todo el amor. Pero si la situación se normaliza, hay derechos de sangre, derechos jurídicos, patria potestad, herencias.

Maria Elpidia interviene para decirme que ellos habían hablado mucho del tema de mi sobrina con su hijo Mario: «nos parecía que era bueno que él la ayudara a abordar su historia, que él le facilitara hablar de sus recuerdos más antiguos.»

– Tampoco era fácil para él llamándose Firmenich.- señala su padre-. Fue una mala jugada de la vida, un caso simbólico. Ya como historia individual es patética y grave, pero que sea un símbolo social ya es catastrófico.

Firmenich se refiere al cáncer de lengua que mató a Ana Victoria a los veinte años. Sin abandonar su perfil dialéctico. Decido cambiar de tema.

-Por qué no hablamos de la contraofensiva, de la derrota previsible, de las muertes inútiles?

-¿Qué es la contraofensiva? ¿De qué me hablás?

Sentí que de aquí en más el diálogo iba a ponerse tenso. No me importó.

Le explico que no pude entender la decisión de mi hermano de sumarse a la Contraofensiva. Él, que había conocido ya el infierno, volvía a engancharse con la muerte, cuando la vida todavía le prometía tantas cosas. Que entonces tenía veinticuatro años, y que desde entonces habíamos discutido todos los días, con los resultados conocidos.

-¿A vos no te parece que fue una empresa suicida?

-En la contraofensiva no murieron más de 20 o 22 compañeros.

Le rebato con vigor el número de muertos. Cuento con los datos minuciosos del Equipo de Antropología Forense, que me proporcionó el invalorable Maco Somigliana. Fueron más de 40 en el 79 y menos de 40 en el 80, que suman arriba de ochenta. De hecho, en la causa que investiga el juez Bonadío casi se alcanza el número mal estimado por Firmenich. Me indigna que todavía le cueste aceptar las dimensiones de la derrota.

-Que después cayó el Turco Haidar-su cuñado- en el 82, y cayó Yaguer en el 83. ¿Y qué? – me interpela de manera agresiva, como provocándome.- Nosotros nunca tuvimos la voluntad de dejar de luchar. ¿Y en el 76, en el 77? Caían siete compañeros por día. La contraofensiva es un juego de niños al lado de eso.

-Sí, yo creo que fue un juego de niños porque incluso hubo una niña de 16 años que estaba en el grupo de mi hermano, Verónica Cabilla.- digo dispuesta a profundizar la confrontación.

-Con el consentimiento de los padres por escrito y por separado.- y lo repite- Lo exigí por escrito y por separado, más allá de que la patria potestad en esa época era sólo del padre. Así como yo a la ley de sangre no me opongo, frente a la ley de padre y madre por escrito tampoco. Además, no lo considero una irresponsabilidad, porque tampoco el Tamborcito de Tacuarí es un crimen. A mí nadie me enseñó que lo del Tamborcito de Tacuarí fue un crimen, y era un niño también. Ahora si vos decís para qué mierda empezaron a luchar, esa es otra discusión, que era un proyecto fracasado desde el principio. Bueno, a posteriori…. Es como hablar de los resultados de los partidos de fútbol del domingo con el diario del lunes

bajo el brazo. Ya sabemos el final de la historia. Podés decir lo que quieras, pero que nuestro proyecto era creíble para nosotros y para nuestros enemigos. Claro que era creíble, si no, no nos hubieran matado, se hubieran cagado de risa.- él también se ríe- Que lo hicimos con la mayor seriedad que pudimos, con toda la inexperiencia e ignorancia que podíamos cargar a cuestas, y que la mayoría de la sociedad argentina en un momento apoyó hasta que nos quitó su apoyo. Hasta ese momento, nunca colectivamente nos planteamos la opción de dejar de luchar. Al plantearnos la opción de continuar resistiendo, era obvio que corríamos con todos los riesgos. Fue una decisión colectiva.-recalca- En lo individual, algunos se lo plantearon y se fueron.

-¿No te parece que para el proyecto de la contraofensiva eran demasiados los riesgos a correr, suponer que se iba a contar con el apoyo del pueblo argentino no era también una ilusión óptica?

-¿Suponer qué? Nosotros hicimos la contraofensiva a partir de la huelga general de abril, y tuvimos ese apoyo. Y nos planteamos la movilización de una fábrica grande, la Peugeot, y la tuvimos a punto de salir. Les dieron todas las reivindicaciones para que no salgan. Y sabíamos que iban a estallar las contradicciones internas del Ejército y estallaron. Se sublevó Menéndez en ese momento. Y sabíamos que iba a venir la Comisión de la OEA y que esto era romper la coraza de protección que tenía la dictadura en el exterior. Y también ocurrió. Y suponíamos que después de eso iban a tener que retirarse y llamar a elecciones. Y también ocurrió. Ahora si vos decís: ¿ustedes pensaban tomar el poder en el 79, como se tomó el Palacio de Invierno? Nunca pensamos eso, y si nos lo hubiéramos planteado, ¿qué? – me vuelve a prepotear – Esta es la otra cuestión. Suponiéndolo, ¿y qué? Se trató de una decisión política discutida democráticamente, votada en todos los ámbitos y asumida por todos. ¿Y qué? Los votos fueron cantados, hay actas. No hubo papelitos, o por lo menos yo no me enteré. Se votó en el Consejo Superior del Movimiento Peronista Montonero, se votó en lo que se llamaba en aquella época Comité Central del Partido. Todo el mundo sabía que era una decisión política que venía de mucho tiempo antes, no era una maniobra intempestiva ni secreta. Se empieza a discutir la necesidad de cambiar la situación estratégica de resistencia en julio del año 78. No era la contraofensiva de los montoneros sino la contraofensiva popular. Que era un estadio de un momento social que nosotros analizamos y que estaban basados en la realidad. Y si no lo estuvieran, ¿qué?- otra vez la muletilla- Fue una decisión

política de centenares de personas concientes de los riesgos que corrían.

– ¿Quiénes eran los centenares de personas?

-Todos. Todos los montoneros, ni uno dejó de participar. El que no quiso tuvo la opción de discutir, votar en contra o irse, y no pasaba nada. Todos los montoneros participaron de la contraofensiva de una u otra forma. Algunos en tareas logísticas y políticas en el exterior, otros en tareas políticas en la Argentina, otros en tareas propagandísticas. Todos, incluyendo a personas como Oscar Bidegain, participaron de la contraofensiva. Vos podés juzgarla como una decisión política incorrecta, pero no podés decir que la Conducción mandó a alguien a la muerte, porque además se pone en duda la integridad de los compañeros. Era imposible obligar a alguien a hacer algo si no quería. Desde un punto de vista material, si un compañero tenía que salir de Madrid y tomarse un avión con escala en Panamá, y después aterrizar en Chile y de ahí cruzar por tierra a la Argentina, en Panamá o donde querías podías no seguir viaje. Para el Mundial del 78, un muchacho que iba rumbo a la Argentina desapareció, se arrepintió. No me acuerdo el nombre.

-¿Cuánto tiempo duraba el entrenamiento militar en el Líbano?

-Yo no te voy a contestar preguntas policiales. No te voy a contestar nada que tenga que ver con causas judiciales, porque yo no soy policía.

Firmenich desconoce que en la causa que lo pone tan nervioso se han ido acumulando documentos secretos de la inteligencia militar que responden con exceso a mi pregunta. Incluso uno de ellos se refiere al escepticismo del jefe militar de la contraofensiva montonera Raúl Clemente Yaguer, tras salir del país después de presenciar el atentado contra Francisco Soldati, donde hubo bajas propias considerables. «Los cursos Pitman no van», aparece diciendo en un documento, refiriéndose a los cursos de entrenamiento militar que se impartían en Siria o en el Líbano, donde los aviones israelíes volando sobre sus cabezas aseguraban un escenario de guerra permanente, un paisaje bastante diferente al del alicaído Buenos Aires. Aunque en otro documento, Yaguer señalara que las operaciones ahora era necesario planificarlas en función del objetivo y que la retirada era secundaria, una caracterización que convertía a los combatientes en émulos de los comandos suicidas palestinos. También estimaba Yaguer que el entrenamiento con armas de guerra, que duraba dos meses, debía ser duro para que el posterior combate fuera blando.

Firmenich se niega enfáticamente a hablar sobre este tema. Sigo adelante:

-¿Estuvo Videla en la mira de alguno de los grupos?

-Que yo sepa, no. De todos modos, si a algún grupo se le hubiera ocurrido pensar por su cuenta en atacar sobre Videla, no hubiera sido un disparate.

-Tendrían que haber estado bien pertrechados.

-Había autonomía de táctica. De todos modos, si alguien hubiera podido matar a Videla en ese momento se hubiera llevado unos cuantos aplausos.

De hecho, el general Cristino Nicolaides anunció en 1981 que habían secuestrado carpetas con la más completa información sobre cada uno de los funcionarios nacionales, en los que constaban horarios, movimientos, custodias y fotografías. En una carpeta dedicada al entonces presidente Videla, había hasta una película que mostraba sus itinerarios y movimientos habituales.

– ¿Roberto Perdía también estuvo en el país durante la contraofensiva?

-No, no, vos me estás haciendo las preguntas de la causa Bonadío, y esa causa es una canallada donde me han metido a mí como testigo por mala leche.-dice, y ninguno de los dos podía imaginar que meses después Bonadío ordenaría su detención a INTERPOL, como implicado en la causa, junto a Roberto Perdía y Fernando Vaca Narvaja

-¿Se te convocó para declarar lo que sabías sobre el Plan Cóndor?

-Sí. Pero también me preguntaron sobre el tesoro de los montoneros. ¿Qué mierda tiene que ver el Plan Cóndor con el tesoro de los montoneros? Y me preguntaron por una nota

publicada en el diario Clarín y otra de Miguel Bonasso en Página 12. Son canalladas que no son inocentes. Hay servicios de inteligencia que les están pagando. La jugada consiste en decir que los montoneros son una mierda, que los que murieron eran unos pobrecitos buenos, que los que quedaron vivos son todos unos hijos de puta y que los de la conducción eran todos de los servicios de inteligencia. Este crimen contra los que estamos vivos mata a todos los argentinos, y mata dos veces a los que están muertos.

-¿Por qué no me contestás si Perdía estuvo en el país?

-Porque las preguntas que me hacés están en esa dirección. Me estás preguntando si Perdía ha sido el entregador porque ha salido en los diarios. Hablan de Silvia Tolchinsky, que tampoco pudo haber entregado nada.

Firmenich tampoco sabe demasiado acerca de esta causa judicial cuyo origen se remonta a febrero de 1983, cuando un grupo de familiares interpusieron un recurso de habeas corpus a favor de quince militantes desaparecidos, que intentaban regresar al país a principios del 80.

La cacería había recibido el siniestro nombre de Operativo Murciélago, y se basaba en información obtenida en base a tormentos.

Todo comenzó con la Operación Guardamuebles, planificada durante una reunión celebrada el 8 de enero de 1980 a las ocho de la mañana, en el Regimiento de Patricios N°1. Alguien había «confesado» que a partir de marzo se reanudarían las operaciones de las TEI, cuya conducción táctica estaría esta vez a cargo de Roberto Cirilo Perdía. Para llevarlas a cabo debían primero recuperar el armamento dejado a fines de 1979 en distintos guardamuebles de la capital y el Gran Buenos Aires, embutidos en televisores, banquetas, sillas o sillones tapizados, wafles, televisores, termotanques, cajas o cajones forrados con papel contact, como dice textualmente el informe.

Cada comando, de los cinco que actuarían, saldrían a controlar todos los guardamuebles de Capital Federal y provincia de Buenos Aires, pertrechados con uniforme de combate, cascos y agujas colchoneras, para «introducirlas por la parte inferior del elemento y no romper los mismos», reza el informe de inteligencia que también llamaba a «tener en cuenta que pueden existir trampas cazabobos». Lo demás fue coser y cantar, como hubiera dicho mi querida abuela.

Cuando llegaron al guardamuebles de la calle Malaver 2851, en Olivos, y encontraron lo que buscaban, invitaron a Victorio Graciano Crifacio, el aterrado propietario del depósito, a retirarse a su casa. De aquí en más, el Ejército Argentino atendería el negocio que hacía años daba de comer a la familia del inmigrante llegado del sur de Italia.

Establecida la vigilancia, y «como resultado de la misma, se procedió a la detención de un DT(delincuente terrorista) en circunstancia en que intentaba retirar dicho armamento». Era Angel Carvajal, y tras él fueron cayendo todos los integrantes del grupo. Ocho días después caía mi hermano:

«(NG) PATO o ESTEBAN, Nivel: miliciano, funcionaba en el grupo TEI a asentarse en la Zona Norte del Gran Buenos Aires, fue detenido el 29FEB80, en una cita con un miembro de la BDT en Plaza Once.

Le falta una materia para ser bachiller, y tiene aprobadas dos materias en la Facultad de Derecho.

Militante estudiantil secundario de la JP en 1972. Estuvo en la Conducción Regional I de la UES. Pasó a la agrupación estudiantil universitaria en 1974. Se incorpora a la BDT en 1975. Ese año es separado a raíz de que él voluntariamente había perdido el contacto con la BDT. Es detenido en 1977 y posteriormente liberado, sale a Brasil, de donde pasa a España. Allí es reclutada por la BDT a principios de 1979. Realizó curso de TEI en el Líbano en ABR79 hasta MAY79. Ingresa al país con el grupo TEI N°1, y participa en el atentado contra el Dr.Klein. Volvió a salir hacia España a fines del año 1979, reingresando en FEB80 nuevamente en TEI.», jalonaba a grandes rasgos la vida de Ricardo este documento que se constituyó en elemento de prueba en la investigación.

Volviendo a los orígenes de la causa, la aparición en un programa conducido por Mauro Viale del sargento Nelson Ramón González, diciendo que había presenciado el fusilamiento del hijo de Marcos Zuker, la sacó del letargo a fines de 1997. Mantuve una reunión con él, junto a la doctora Alicia Oliveira, que por entonces integraba el cuerpo de abogados del Centro de Estudios Legales y Sociales, y Maco Somigliana, del equipo de antropólogos forenses, más aptos que yo para desbrozar la verdad de la mentira, entre la locuacidad excesiva del suboficial González, que se presentó a sí mismo como un inofensivo «cadenero».

Yo le creí cuando me contó que mi hermano no aceptó vendarse los ojos ante el pelotón de fusilamiento. Cayó junto a «un tal Frías», que bien pudo ser Federico Frías, secuestrado en mayo del 80. Según González, murió puteándolos por no haber cumplido con la reiterada promesa de liberarlo.

-Todos conocíamos el nombre de su hermano, porque se sabía que era el hijo de Marcos Zuker.-trata de despejar González cualquier duda sobre la veracidad de su relato.

Aún conmovida por la descripción del fusilamiento, y la afirmación de que sus restos estaban en el Polígono de Tiro de Campo de Mayo, recibí en mi casa un sorpresivo llamado. Se trataba del general Martín Balza, pidiéndome que le trasmitiera a mi padre, «un hombre al que todos queremos», que él no sabía nada del caso. Le sugerí que hablara con Nicolaides o Galtieri, aún con vida, que seguramente podían informarlo. Me contestó que había gente «con la que es imposible hablar». Por último, me anunció que al día siguiente se presentaría ante la Justicia junto con la Subsecretaria de Derechos Humanos, Alicia Pierini, para que González hiciera sus declaraciones en el ámbito que correspondía. La presentación recayó en el juzgado de Norberto Oyharbide. Tras los hechos conocidos, que involucraron al juez Oyharbide en un oscuro episodio de comercio sexual, pasó a manos del doctor Claudio Bonadío. A la presentación se sumó Claudia Allegrini, que trabajaba en aquella subsecretaría, por la desaparición de su compañero Lorenzo Viñas.

Claudia Allegrini nunca se perdonó no haber estado en el momento en que Silvia Tolchinsky hacia su declaración, donde mencionaba las dos veces en que había estado con Viñas durante el cautiverio, antes de que fuera trasladado en uno de los vuelos de la muerte. Es posible que tampoco le haya perdonado su condición de sobreviviente, un síndrome que suele atacar a los familiares de desaparecidos aunque tratemos de exorcisarlo. Y mucho menos que al ser liberada de Campo de Mayo, Silvia se fuera a vivir con uno de sus guardianes. Desde entonces la investigación de Bonadío empezó a nutrirse de teorías conspirativas que tiraban sus dardos al corazón de la conducción montonera.

Cristino Nicolaides, ex jefe del Ejército, atacó en el mismo sentido, como informó la nota del diario Clarín a que alude Firmenich. En ella se afirmaba que había sido una integrante de la cúpula de la organización, asistente personal de Firmenich, quien entregó información para desarticular la operación de regreso al país de los montoneros. A cambio, la eficaz colaboradora sería preservada tanto en lo físico, como en lo psíquico y económico. Justamente, el entonces comandante del III Cuerpo de Ejército se había jactado en una conferencia de prensa brindada en la capital de Córdoba en 1981, donde asistieron más de 400 representantes de las «fuerzas vivas» cordobesas, de haber desarticulado dos células guerrilleras que habían logrado ingresar al territorio pese al férreo control de fronteras. «He tenido la oportunidad de hablar con uno de esos delincuentes y puedo asegurar que tienen un alto nivel de preparación en todos los sentidos», había declarado en medio de una diatriba de tres horas y media contra la subversión, «que está enquistada y agazapada en todos los sectores de la vida nacional».

Firmenich no sale de la indignación:

-Me parece terrible que algunos periodistas repitan la versión urdida por el enemigo. Todo esto es un juego sucio. Nos hicieron la guerra sucia y ahora nos hacen la política sucia con el periodismo sucio y los juicios sucios. Eso está claro. Venir a decir que los culpables de las muertes somos nosotros es una canallada criminal. Te repito, el fondo de la cuestión es muy simple: acá hubo un grupo de gente que luchó por un proyecto político que se perdió.- reconoce por fin, aunque con medias tintas.

-Desde el balance histórico hay que hacer dos tipos de razonamiento: una cosa es el proyecto político en términos subjetivos y otra cosa la funcionalidad de la resistencia. Si bien el proyecto político fracasó, la resistencia triunfó. Yo creo que en la Argentina hubo siete años de dictadura y no veinte como en Chile, gracias a nosotros. Pudo haber delaciones, pero no hubo casos graves de infiltración. El tema de fondo es que la Argentina y los intelectuales argentinos se empeñan en seguir haciendo la guerra sucia contra los montoneros, y vos con estas preguntas colaboras en eso. Lo más grave es que pienses que tu hermano murió inútilmente.

-Por teléfono me dijiste que no te acordabas si lo habías conocido

-Yo no tuve trato personal con tu hermano. Creo que participé de una reunión donde él estaba.

Evito preguntarle cuándo y dónde porque no me lo va a decir. Se refiere seguramente a su paso por Damour, en el Líbano, reunión de la que también dieron cuenta con precisión los servicios de inteligencia, además del fiel relato de Fito acerca de esa visita.

Le cuento que cuando supe de la caída de mi hermano, nunca imaginé que lo mantendrían con vida tanto tiempo. Sin embargo, uno de los secuestrados en Campo de Mayo le cuenta ilusionado a Silvia Tolchinsky, en un encuentro fugaz, que están seguros que van a vivir, que han conseguido una guitarra, que la zamba preferida por todos es La Pasto verde, esa que dice «mil soldados te quisieron…».

Firmenich no está al tanto del tema. Ni siquiera sabía que María Antonia Berger o Adriana Lesgart, dos históricas, también estaban vivas en Campo de Mayo, pese a haber sido secuestradas a mediados del 79.

-Primera noticia que tengo. Yo me enteré que Silvia Tolchinsky estaba viva en el año 91, después de salir de la cárcel.

Justamente Silvia Tolchinsky me envió una carta poco después de conocernos, donde volcaba sentimientos acerca de su condición de sobreviviente.

«La primera cosa que quisiera decirte es que lo más duro de todo lo que he vivido y vivo es enfrentar a los familiares de las víctimas. En ese momento soy sólo una sobreviviente, me olvido que yo también soy familiar, que perdí a mi hermano, a mi marido, a mi cuñada, a mi prima, y como no, a muchos de mis mejores amigos. Digo que soy sólo una sobreviviente

cargada de toda la culpa por no haber traído algo de la vida de todos los que allí, al otro lado de la vida misma, quedaron. Me obnubilo, se me rompe el alma, me da una tristeza enorme, una gran vergüenza. Siento que debería haber escuchado más, interpretado más, preguntado más.

Mentiría horriblemente si dijese que sobreviví para contar. Nunca voy a saber por qué sobreviví, aunque cada día me lo pregunto. Pero mi vida es pequeña, incapaz de dar testimonio de tanta muerte y de tanta ausencia. Sobreviví porque ellos quisieron que sobreviviera. Sé que se lo fui arrancando segundo a segundo, pero no es distinto de lo que muchos desaparecidos intentaron hacer, seguramente también tu hermano. Porque a pesar de nuestras consignas, ¿quién amaba la vida más que nosotros? Pero a mí no me mataron. No sé porque sobreviví, pero sé por qué seguí viviendo a pesar de todo. Por el recuerdo de los ausentes, por el amor que les tuve, por mis adorados hijos, por mi familia, por la familia del Chufo, mi primer marido, por mis viejos y nuevos amigos, por mi marido actual al que amo muchísimo, y por que rompieron muchas cosas en mí, pero para nada lograron tocar la relación que fui tejiendo con la vida.

La vida del Chufo es algo que flota entre nosotros, que nos arropa, que enternece nuestra cotidianeidad, que come en nuestra mesa, que asiste a la boda de su hija mayor, que comparte cada instante de nuestra vida familiar. Porque sabemos cómo fue su muerte, porque está enterrado por nosotros, en una tumba que nadie visita pero que tiene un lugar. No perdono su muerte ni la olvido, pero puedo vivir con ella, es una muerte que me permite recordar su vida. Lo he llorado tanto y lo lloro aún, pero estoy en paz con él porque él de algún modo tuvo paz.

En cambio, mi hermano es un fantasma que flota entre nosotros, pensarlo es imaginar su sufrimiento como si ese sufrimiento fuera infinito, durante más de 20 años cada día es el día de su tortura. No puedo recordar los momentos buenos y malos que compartimos, su dolor lo invade todo. Jamás lo he podido llorar. Lo pienso y no logro imaginarlo sin que el alma se me parta en mil pedazos. Los desaparecidos están muertos, pero saber eso no es suficiente. Uno necesita inscribirlos como muertos para que dejen de ser desaparecidos. La dictadura, los militares fueron dueños de nuestra vida y de nuestra muerte, y hoy son dueños de este sufrimiento que se prolonga más allá de lo tolerable.

Hoy pienso que quisiera servirte de algo, no sólo a vos. Las cosas de mi «segunda vida» no son claras para los que acostumbran a ver en blanco y negro. Que interpretan la historia en clave de héroes y villanos, que en nuestro país se lee en clave de vivos o muertos.

Me duele profundamente tu dolor que no cesa, y me gustaría saber si en algo te puedo aliviar. Como información no sé más de lo que dice mi testimonio, pero quizás hay preguntas que quieras hacerme que abran alguna brecha. Ojalá.»

Frente a mí tenía al responsable máximo de la organización montonera para tratar de abrir alguna brecha hacia el pasado.

-¿Cómo te explicás la caída del grupo que integraba mi hermano?

-Las cosas son mucho más simples y menos truculentas. Si vos vivías con él en Madrid, sabrás que se trataba de un proyecto político por encima de todo y una ética de trascendencia donde la propia vida se subordinaba a ese proyecto. Lo que pasa es que hay que hacerse cargo de la verdad histórica. La dictadura tenía múltiples procedimientos para reprimir, Ha habido casos de gente que cayó en una cita y bajo tortura, en condiciones extremas, cantó. Después los llevaban a la frontera a marcar como «dedos». Se trata de una situación desgraciada, a alguna de esa gente la mataron y a otras no. La mayoría de los compañeros cayeron así. Con que haya un diez por ciento que cante, cada uno canta a diez, y entre esos diez, hay otro que canta. Así se va haciendo la cadena.

Aunque reconoce no ser un cinéfilo, no puede dejar de mencionar aquella emblemática película de los setenta, «La Batalla de Argelia», para explicar la debacle:

-Cualquiera que la haya visto puede entender lo que pasó. Hubo un caso famoso de un tupamaro que entregó a Raúl Sendic. Las cantadas que hemos tenido los montoneros creo que en proporción son menos que las que hubo en otras organizaciones. También hubo «chupados», pero había que ser un gran artista para fingir durante mucho tiempo. Pensar en los compañeros como unos locos detrás de una cosa absurda es falsa. Ni lo del Che en Bolivia, ni lo de los Tupamaros ni el MIR chileno se puede decir que haya sido más serio. La gente luchaba y moría como en toda lucha a muerte, como en cualquier movimiento de liberación que se planteó la lucha armada, y a nadie se le ocurre decir que la conducción del Frente de Liberación Argelino estaba formada por agentes de los servicios secretos. Por eso hablo de una guerra sucia judicial contra la conducción montonera.

-¿Por qué se habla de un encuentro tuyo en París con Massera?

-Son inventos absolutos.

Interviene María Elpidia en su defensa: «se trata del desprestigio permanente a una persona que ha sido un símbolo de la historia heroica de una juventud maravillosa que entregó su vida sin más ni más».

Su marido la interrumpe: «el ataque sistemático y masivo de los medios no es inocente ni casual. Desde el punto de vista estrictamente personal mi conciencia está absolutamente tranquila».

– Se suele cuestionar también tu soberbia…

-Pueden decir que soy soberbio, que soy antipático, que tengo mal humor, pero eso no tiene nada ver con esta guerra sucia. Mi personalidad es así. De última, si soy soberbio o no, ¿qué? – vuelve a la carga- Además esa calificación viene de un panfleto miserable pagado por los servicios de Alfonsín para dar aire a la teoría de los dos demonios que se llama La soberbia armada, y es obra de otro de los próceres del periodismo de nuestra bendita democracia que, aunque esté muerto, sus larvas de podredumbre permanecen. Porque cuando me preguntás si soy soberbio, también estás hablando de La soberbia armada. Nunca escuché discutir si Fidel es soberbio o no, si eso tiene que ver con los éxitos y fracasos de la revolución cubana. Si mi carácter personal fuera tan deplorable como para perjudicar a un proyecto político, me hubieran quitado del medio. ¿Por qué los compañeros iban a tener de secretario general y líder a un soberbio? Habría que suponer que los otros son estúpidos o que son todos soberbios. Por eso yo digo que la Argentina algún día tendrá que volverse a enamorar de los Montoneros. Para después descubrir que no se casan. No importa. Pero hay que blanquear la situación. Esto no fue una historia de servicios de inteligencia, fue una historia nacida del pueblo argentino, apañada por el pueblo argentino, aplaudida y votada por la mayoría del pueblo argentino, y después masacrada por la mayoría del pueblo argentino. Es una conducta social que ha tenido en particular la clase media con sus conductas oscilantes, llenando todas las plazas para todos los colores. Llenó la plaza por la Patria Socialista, por Videla con el Mundial, por Galtieri con Malvinas, después la llenó para Alfonsín contra todos los anteriores. También la llenó para Menem, a pesar de las privatizaciones y después la llenó con el cacerolazo. Si se quiere encontrar una salida hay que desterrar esa conducta. Hay que mirar las cosas de frente, que son tan limpias como la guerra del general Belgrano, que nunca fue general de nada porque no fue nunca a una academia militar, pero que se subió a un caballo y peleó como pudo. Organizó ejércitos con su poderosa voluntad, y ahora le ponemos una estatua, lo llamamos General Belgrano, pero él era un abogado con una ideología política, era un militante político. Cuando tuve que declarar en los juicios aclaré que yo era tan comandante como Belgrano general. Las luchas de los pueblos hispanoamericanos tienen una cultura de herencia hispana, quijotesca, con figuras como el Cid Campeador. Todos los próceres tienen estatuas ecuestres, pero eran hombres de carne y hueso. Somos hijos de esa historia. ¿Sabés cuáles fueron las últimas palabras de Bolívar?: «he arado en el mar». ¿A vos te parece que el balance histórico de Bolívar es el de un estúpido que aró en el mar? Es una constante en la lucha de los pueblos: un nivel de idealismo en el objetivo que no se alcanza en la práctica.

Mi hija, que como casi todos sus coetáneos está enemistada con los políticos, ha seguido con atención las palabras de Firmenich. Mujer al fin, le pregunta qué significa volver a enamorarse de los montoneros. El ex comandante montonero se pone más a gusto:

-Tras la apertura democrática hubo una clase política que le dio continuidad a la dictadura durante 20 años, y esta es la tragedia que vive la Argentina. Tiene que ver con lo que yo llamo la guerra sucia por otros medios. Antes decíamos que la guerra era la continuación de la política por otros medios, según la frase de Karl von Clausewitz. A nosotros nos hicieron la guerra sucia y ahora nos hacen la política sucia como continuación de esa guerra sucia. El tema de fondo es que la Argentina no ha tenido constitución durante décadas. La constituyente del 94 era la ocasión de superar nuestro trauma histórico, de plasmar un proyecto de nación de largo alcance que satisfaga a todos. Era posible, pero la clase política no estuvo una vez más a la altura de las circunstancias. Fue el pacto de Olivos famoso, y todos ellos se hicieron cómplices. Con la oligarquía se estableció el siguiente pacto: la clase política ejerce el poder al servicio de los intereses dominantes con las mismas políticas de la dictadura. Y la oligarquía se aguanta la corrupción, el enriquecimiento ilícito porque le conviene. Y el pacto incluye la versión sucia de la historia, que le es funcional. Y deviene en esta estabilidad macabra, cuando debió dar lugar a la mayor prosperidad porque nunca hubo una continuidad de 20 años en democracia. No ha servido para nada. Y mucho menos para revisar la historia. La versión acordada es la teoría de los dos demonios, y no hay solución sin rever eso. Porque para cuestionar a la clase política hay que cuestionar la profundización de un proyecto económico que generó tanto dolor y muerte. Entonces hay que decir: «está bien, todo lo que dijimos sobre los montoneros vale como parte del enfrentamiento. Pero fue una generación que luchó genuinamente por sus ideales, que su proyecto no fue compartido por la mayoría de la sociedad, y por consiguiente resultó inviable». Pero como resistencia es tan legítima como cualquier otra resistencia que ha habido en el mundo. Así se blanquearía la situación. Y todos los que fueron montoneros no tendrían más el complejo de serlo. Está llena de montoneros la política, pero yo digo que están castrados. Ninguno se anima a cuestionar la situación para que no le saquen a relucir lo que fue en el pasado. Tipos como Roberto Perdía, Luis Prol, Dante Gullo, Jorge Obeid. Y Perdía no llega a negar que fue montonero, pero los otros lo han negado. Y han ejercido cargos importantes: Obeid ha sido gobernador, Prol ha sido ministro e interventor en Catamarca, pero ninguno de ellos en el ejercicio de su poder reconocen su pasado montonero. ¿Por qué? Porque negociaron su pensamiento crítico a cambio de poder estar en los cargos y cobrar sueldos. Pero si no se blanquea la historia, la Argentina no tiene solución. Las elecciones no van a servir para nada, va a haber un voto castigo, una abstención gigantesca. O va a terminar volviendo el Menem y va a ser peor, más de lo mismo.- remata Firmenich, que en este caso ha vuelto a errar en sus evaluaciones.

Se los nota más que satisfechos, a mi hija y a él. Tanto que me dice:

-Disculpame si fui muy duro en algún momento, pero soy así.

Podría haber agregado «y qué», pero hubiera sonado casi tanguero. En cambio, relata una anécdota: «el día en que se cumplieron 25 años de mi ingreso al Colegio Nacional Buenos Aires alguien se puso a dar un discurso, y de repente saca de la galera una parrafada contra mí. Yo estaba recién indultado. Cuando termina, sólo un tercio de los presentes se pone de pie y lo aplaude. Entonces los compañeros de mi división se ponen de acuerdo. A Viviana Rubinstein le tocaba pasar lista para la entrega de medallas y diplomas, pero antes dijo: «nosotros queremos recordar a tres personas que van a estar ausentes hoy porque han sido asesinados por la dictadura por ser militantes montoneros. O sea que lo primero que pedimos es que se ponga todo el mundo de pie y se haga un minuto de silencio». Me doy por cumplido y no hago ningún reclamo personal. Después se acercó el Presidente de la Asociación de Ex-Alumnos para disculparse. «Este hombre ha estado fuera de lugar, pero no lo tome a mal. Mire, si usted no se ofende, le voy a contar algo: en una oportunidad me invitaron a dar una conferencia sobre el colegio en la Peña El Ombú. Cuando me refería a todos los próceres que habían pasado por las distintas aulas, el fiscal Juan Martín Romero Victorica, que estaba presente entre el público me interrumpió:

-Bueno, termínela, no sé de que se vanaglorian tanto, que de esas aulas han salido Firmenich, Abal Medina, Ramus y muchos más. ¿Sabe que le contesté?: «Mire, doctor, no se equivoque. Nosotros de los buenos tenemos a los mejores y de los malos también».

Nota

Entrevista al hermano de Luciano Arruga, a 17 años de su desaparición: “Los pibes no son lo que nos dicen”

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Sebastián Alegre es uno de los hermanos del joven desaparecido el 31 de enero de 2009 y finalmente encontrado enterrado como NN en el cementerio de Chacarita en 2014. Una parábola que solo deja en evidencia el encubrimiento por parte del Estado y que tiene a la Policía Bonaerense en el centro de las denuncias sobre el asesinato de este joven de 16 años, crimen que jamás se investigó a fondo. El pedido de memoria, verdad y justicia sigue intacto, y también la asociación de amigos y familiares empujando desde hace años un centro de memoria y arte, todo en un destacamento donde Luciano fue torturado, hecho por el que un policía fue condenado a 10 años de prisión. Este sábado recordarán a Luciano con una radio abierta, a las 16.30 horas, en Indart 106, Lomas del Mirador.

En esta nota -que recuerda a Luciano a 17 años de su desaparición y asesinato- repasamos el derrotero del caso que se convirtió en bandera de lucha contra la desapariciones en democracia en el país de los 30 mil, pero cuya impunidad persiste cada día. Sebastián, que tenía 13 años cuando Luciano, de 16 años, desapareció, recuerda a su hermano, cuenta quién verdaderamente era y lo conecta con los discursos actuales de la baja de imputabilidad.

Lo que cambió, y empeoró, en el barrio de 12 de octubre de Lomas del Mirador, con el avance del narco y la facilidad para conseguir armas. Lo que nunca llega: oportunidades y asistencia estatal para salir de la pobreza. Lo que ellos mismos encaran: organización y cultura “para darle otro camino a las juventudes”.

Por Lucas Pedulla

Su primera interacción con la policía fue a los 13 años. 

Estaba con su hermano Luciano y un amigo de él caminando hacia la Plaza del Cañón, en Lomas del Mirador. No hacía mucho que se habían mudado a esa localidad de La Matanza tras haber vivido en una pensión porteña de Flores y, luego, en la bonaerense Ciudadela. Sebastián sabía de la hostilidad de esos oficiales porque más de una vez lo habían amenazado sólo por estar jugando al rinraje en el barrio: “Pendejo, tomatelá, porque te voy a llevar”. 

Pero esa tardenoche fue distinta. Caminaban por avenida Mosconi cuando un patrullero los abordó a la altura de la Clínica del Buen Pastor, a tres cuadras de la plaza. “Me acuerdo que se bajó un oficial con la escopeta en la mano y se la pone en el pecho al amigo de Luciano. Le dice: Ponete ahí contra la pared. A Luciano le hace lo mismo. Vos también, me dice. Luciano se da vuelta y le dice: Él es menor. ¿Entendés? Él también era menor, nos llevábamos tres años de diferencia, según la época del año cuatro. Qué me importa, dice el policía y me pegó una patada que me hizo abrir las piernas y apoyarme contra la pared. Uno me palpaba, el otro seguía con la escopeta en la mano”.

Por esos años Sebastián (13) y Luciano (16) trabajaban juntos en una fábrica a pocas cuadras de su casa, en el barrio 12 de Octubre, un asentamiento de casas humildes que abarca una manzana. Uno de los límites del barrio da a una plaza que hoy lleva el nombre de su hermano. El otro límite, justo en diagonal a la casa en la que vivían, da a una zona residencial de clase media, vecinos que pidieron la creación de un destacamento policial ante la llamada “inseguridad” en la zona. 

Por esas calles caminaban Sebastián y Luciano para ir a la fábrica de hebillas para zapatos y cinturones, en la que trabajaban de ocho a diez horas al día. Hacían todo el proceso –tirar los moldes, lijar, pulir– menos la fundición, ya que era una máquina gigante que veían con mucho respeto. A los mediodías se iban a almorzar bajo algún árbol con sombra de la General Paz, la enorme avenida que divide a estos conurbanos de la Ciudad de Buenos Aires. Cuando llegaban los fines de semana, con sus salarios se iban a Liniers –frontera entre ambos mundos– a comprar ropa. Sebastián recuerda los consejos administrativos de su hermano: “Lu me decía: Comprate esto, comprate aquello y esto dámelo que lo guardo para casa. Todo pasaba así, hasta que hubo un momento en el que Luciano ya no estaba más…”. 

El 31 de enero de 2009, hace 17 años, Sebastián cruzó a su hermano mayor caminando por la calle Perú, la de su hogar. “Andá para casa, me dijo. Tengo el recuerdo que era de tarde, porque el sol le pegaba de frente. Fue la última vez que lo vi”.

Desde entonces comenzó un recorrido que tuvo a su mamá, Mónica Alegre, y a su hermana, Vanesa Orieta, haciendo lo impensado para saber dónde estaba y qué le había pasado. Sebastián empezó a ver cómo el nombre y el rostro de su hermano, Luciano Arruga, comenzó a imprimirse en carteles, pintarse en banderas, escribirse en paredes y gritarse en marchas. El pedido era “aparición con vida”, una consigna que se gritaba para los desaparecidos de la última dictadura militar, y congregó multitudes para saber qué había pasado con un chico pobre de 16 años. Su hermano, Luciano.

“Soy la mamá de un negro villero que se negó a robar para la policía”, escuchó Sebastián, de boca de Mónica, ese enero y cada enero en adelante, cuando se cumplían años de su desaparición. Y así, fue viviendo este doloroso camino a partir de los 13 años, la misma edad desde la que hoy quieren meter presos a los chicos con el nuevo proyecto de baja de imputabilidad, defendido por el Gobierno nacional y sus aliados. Su recuerdo de esa tardenoche camino a la Plaza del Cañón cobra entonces una triste actualidad, como las realidades que Luciano nos sigue revelando, a 17 eneros de su desaparición.

Entrevista al hermano de Luciano Arruga, a 17 años de su desaparición: “Los pibes no son lo que nos dicen”
Sebastián sostiene un dibujo con la cara de Luciano. «Aprendimos a luchar a través de Lu, gracias a él. Y también con su humanidad». Foto: lavaca.org

Racconto de un encubrimiento

Sebastián recibe a lavaca en el Espacio para la Memoria Luciano Arruga. El lugar está en Indart 106, en Lomas del Mirador, y es el mismo chalet donde funcionó el Destacamento Policial N°8, dependiente de la Comisaría 8°, un ex centro clandestino de detención en dictadura conocido como “El Sheraton”, una turbia ironía de los represores. El destacamento fue creado a instancias de un grupo de vecinos nucleados en la asociación Vecinos en Alerta de Lomas del Mirador (VALoMi). Su fundador, Gabriel Lombardo, sigue al día de hoy apareciendo en televisión reclamando “más seguridad” ante cada hecho del barrio. Sin embargo, esa dependencia, en verdad, sólo debía cumplir tareas administrativas porque no tenía las condiciones para llevar a personas detenidas, mucho menos un adolescente menor de edad. Pero allí detuvieron y llevaron a Luciano el 22 de septiembre de 2008, cuatro meses antes de su desaparición. “Vane, sacame de acá porque me están cagando a palos”, escuchó su hermana, Vanesa, que gritaba Luciano cuando lo fue a buscar a ese destacamento. Por ese hecho, en un fallo unánime, el Tribunal Oral en lo Criminal N°3 de La Matanza condenó al policía Julio Diego Torales a diez años de prisión por torturas físicas y psicológicas.

Familiares y Amigos de Luciano, la organización que encabezó la lucha todos estos años, logró también que ese destacamento se cerrara, aunque la Municipalidad de La Matanza, entonces encabezada -al igual hoy- por el intendente Fernando Espinoza, lo trasladó al predio Monte Dorrego, a tan sólo unas pocas cuadras. Para la familia, Espinoza y Daniel Scioli, el entonces gobernador bonaerense –antes peronista, hoy reconvertido libertario–, son los principales responsables políticos de la desaparición del joven. 

La expropiación del destacamento la consiguieron con acampes, radios abiertas y festivales multitudinarios. Allí abrieron un espacio para la “memoria social y cultural” de Luciano, que está pronto a comenzar sus jornadas de apoyo escolar para el barrio. “Queremos llenar de vida este lugar”, cuenta Sebastián, entusiasmado. 

Tras la detención de Luciano en septiembre del 2008, el hostigamiento y el verdugueo policial se acentuaron al punto de que el joven ya tenía miedo de salir de su casa. El 31 de enero de 2009, Luciano no volvió más. Según testigos, lo subieron a un patrullero y lo llevaron a la comisaría. La familia inició una denuncia en el fuero provincial que luego pasó al federal como “desaparición forzada de persona”. 

Cinco años y ocho meses después, el 17 de octubre de 2014, y tras presentar un nuevo hábeas corpus, la familia encontró el cuerpo de Luciano enterrado como NN en el Cementerio de la Chacarita. 

Según la reconstrucción, había sido atropellado en la madrugada de ese mismo 31 de enero luego de intentar cruzar –con ropa que no era de él– la General Paz por el medio, un lugar imposible siendo que la avenida tiene sus cruces peatonales. Herido por el atropello, Luciano fue trasladado en ambulancia al Hospital Santojanni, donde murió. Fue inhumado como NN, pese a que la familia de Luciano salió desde el inicio a denunciar su desaparición. La lupa de la familia se posaba sobre la Bonaerense, y luego la investigación les dio la razón: la persona que lo atropelló declaró que esa noche había visto una camioneta doble cabina sobre la colectora de la avenida. El conductor también dijo que Luciano “corría desesperado, como si estuviera escapando de algo”. Nunca se profundizaron estas líneas de investigación.

La autopsia de Luciano estuvo en el expediente desde 2010 pero ningún juez ni fiscal a cargo de la causa la vio. En cambio, pusieron la lupa en el entorno familiar. La fiscal Roxana Castelli derivó la investigación en la propia Bonaerense denunciada, incumpliendo el reglamento de la Procuración provincial, y el juez Gustavo Banco y la fiscal Celia Cejas pincharon los teléfonos familiares 15 veces, durante 1 año y 6 meses. Por ello, hace 12 años que Mónica y Vanesa iniciaron un pedido de destitución de estos tres funcionarios. Ni el jury ni la causa por la desaparición tuvieron avances ni detenidos. 

Palabras como negligencia, desorden burocrático, desidia o complicidad estatal son pocas para describir la impunidad que se construyó en torno a la causa de Luciano Arruga, en un país que evidenció, aún con 30.000 desaparecidos, la inexistencia de herramientas estatales para la búsqueda de personas desaparecidas.

Por eso, la familia afirma: “Lo mató la policía, lo desapareció el Estado”. 

Entrevista al hermano de Luciano Arruga, a 17 años de su desaparición: “Los pibes no son lo que nos dicen”
El Espacio para la memoria social y cultural «Luciano Arruga» funciona en un ex destacamento donde el joven fue torturado. Foto: lavaca.org

A través de Luciano

Sebastián, aquel niño de 13, hoy tiene 30 años. Trabaja en un vivero en Ramos Mejía y está por anotarse en las últimas materias para terminar el secundario. Hace pocos años que su voz se sumó a las de su mamá y su hermana para mantener viva la memoria de Luciano. Por eso accede a hablar con lavaca, y dice: “Hay algo muy tremendo que pasa cuando empezás a entender lo que es un desaparecido. Hace poco la pandemia se llevó a un montón de personas, pero a un amigo le podés decir: Che, tu abuelo está ahí, descansando. Lo viste, estuviste con él. Para nosotros, todos esos años fueron de un proceso de no poder darle nunca ese descanso, porque no lo tuvimos y hubo que aprender a lidiar con eso. 

Se te viene la frase nefasta de Videla: No está ni muerto ni vivo, está desaparecido. Es una mierda, porque es verdad. No teníamos forma de cerrar un ciclo. 

Por eso conseguir este espacio fue un hito, tenerlo para la lucha, darse cuenta que esto no era una problemática social, sino que abarcaba una problemática política más grande. Particularmente, con 13, 14, 15, 16, 17, 18 años, empecé a darme cuenta de que todo era parte de un problema sistemático: Luciano no era el único, no sería el último, y tampoco había sido el primero. Fue un camino de militancia entender eso. Y atravesar la adolescencia así. Fue muy groso ver a mi mamá y a Vane que supieron entender qué había detrás. No somos una familia que haya venido de la militancia. Mi abuela vino de Corrientes, del campo, con una mano atrás y otra adelante. Aprendimos a luchar a través de Lu, gracias a él. Y también con su humanidad, porque le gustaba la música, era hincha de River, estudiaba, alguna vez se enamoró. La lucha fue un simple acto de humanidad. Creo que por eso también se acercó tanta gente. Incluso hoy. A 17 años no tenemos una verdad concreta, una justicia absoluta de lo que pasó con Luciano. Seguimos reclamando el derecho a la verdad y a saber. Seguimos preguntándonos qué pasó. Es un hecho que sigue siendo doloroso, pero lo interpelamos desde otro lugar, proyectando cosas buenas, ideas para el espacio, para brindar oportunidades a los chicos del barrio”. 

Sebastián dice eso y mira las calles del barrio con preocupación: “Veo con urgencia que están queriendo aprobar la baja de imputabilidad. Llegué a escuchar gente que pedía la baja hasta los 12 años. Podemos, si querés, meterlos desde que tengan chupete, pero sacame una ley para que eso se revierta porque en diez años, si no, vamos a tener a todos los pibes presos. No estás ofreciendo otro camino para que los jóvenes no delincan, para que no se metan en el narcotráfico. Los 13 es una edad donde el pibe está forjando su vida, pero hoy está atravesado por toda una falta de instituciones hasta llegar, finalmente, al penal”. 

¿Qué ves que cambió de hace 17 años a hoy?

Lo narco avanzó mucho, y conseguir un arma es súper accesible. Pareciera que estamos en Estados Unidos, como si la compraran en WalMart. Hay muchos pibes con problemas de adicción, falta de contención, una población hecha mierda, otra pidiendo justicia, alguna gente que hace la diferencia y otra en situaciones cada vez más marginales. 

Sebastián trae el caso de Uriel Giménez, el chico de 12 años asesinado por la policía en medio de una persecución en Tres de Febrero. Por las redes se viralizaron fotos de Uriel con un arma, lo que trajo una cloaca de comentarios estigmatizantes: “Siento que el eje de la lucha se perdió. No pasa por si somos más de izquierda o de derecha, sino entender que un chico de 12 años no tendría que estar en esa situación. Hoy llega más rápido el narcotráfico y la delincuencia a la puerta de tu casa que el asistente social. No es azar, estamos en una sociedad muy individualista, carente de valores y necesidades. Antes la maestra podía hacer un acompañamiento, pero hoy tiene que agarrar tres turnos para cubrir un alquiler que le vale el doble que cuando empezó a alquilar. A la abuela de ese chico, posiblemente, ni siquiera le alcanza lo que tiene para ir al súper. Vivimos en el medio de un montón de violencias institucionales que terminan encadenando hechos represivos”. 

Lo que decís de Uriel me hace acordar a Santiago Beltrán, un chico de 15 años asesinado por una Policía de la Ciudad en Moreno. Las coberturas mediáticas y sus comentarios festejaban la muerte de un delincuente. ¿Cómo damos vuelta esa crueldad?

Hay que conectar con el de al lado, pensar qué pasó con este vecino, en vez de mirarlo por las redes, que te queman las neuronas. Hay que recuperar el contacto físico de acercarse al vecino. ¿Qué hubiese pasado acá si los vecinos decían lo que pasaba en este destacamento? Tendríamos que volver a las raíces, como comunidad, juntarnos para denunciar hechos violentos e institucionales. Que sean los vecinos los que se pregunten por qué en la escuela del barrio dejaron de ir 10 pibes. Uno, porque nos vuelve más empáticos. Dos, porque nos conecta con el otro. Y tres: porque es entender el barrio en el que vivimos. 

Familiares y amigos recordarán a Luciano este 31 en el espacio con una radio abierta, a partir de las 16.30. Piden a quienes se acerquen que traigan como donación alimentos para la merienda y útiles para las jornadas de apoyo escolar que están por comenzar. 

“No sé si encontrar a Luciano me dio justicia o paz, a mí lo que me da paz es esto”, dice Sebastián, señalando el espacio, y completa: “Saber que hay un lugar para la contención de los pibes, para que puedan venir a hacer una huertita, hacer una murga, hacer música. Que sepan que hay un lugar en el barrio donde se puede pensar la vida. Queremos enfocarnos a que haya infancias y juventudes. A transformar el dolor en más risas. A salir del negacionismo y del individualismo que plantea día a día esta sociedad. Los pibes no son lo que nos dicen, no nacieron así. Queremos otro camino para las juventudes. Y, acá, tienen ese espacio”. 

Entrevista al hermano de Luciano Arruga, a 17 años de su desaparición: “Los pibes no son lo que nos dicen”

Foto: lavaca.org

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Comienza un juicio histórico por fumigaciones con agrotóxicos en Pergamino

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A partir del próximo 2 de febrero, el Tribunal Oral Número 2 de Rosario comenzará a juzgar a siete productores agropecuarios y dos funcionarios públicos de la ciudad bonaerense de Pergamino –señalada como la capital del veneno– por contaminación ambiental y por ejecutar y permitir la fumigación con agrotóxicos en campos linderos a la zona urbana, a contramano de la normativa vigente. Todos los detalles de este juicio histórico en el que testimoniarán madres que luchan contra distintas enfermedades, entre ellas el cáncer, como Sabrina Ortíz y Paola Díaz que hablan en esta nota: «El impacto del juicio será inmenso. Lo cierto es que ya no se puede negar lo que está en nuestra sangre, en nuestro ADN, haciendo estragos: agrotóxicos».

Por Francisco Pandolfi

La causa penal empezó en 2018 en el Juzgado Federal Nº 2 de San Nicolás, cuando Sabrina Ortiz, una de las vecinas damnificadas, fue escuchada por primera vez por la Justicia. Pero antes (y después) hubo mucha agua (contaminada) que pasó debajo del puente, como publicamos en esta nota de 2021:

Porque antes, en 2011, Sabrina comenzó a denunciar las fumigaciones a 10 metros de su casa en el barrio Villa Alicia de Pergamino. La intoxicación fue el causante, ese año, de perder el embarazo que llevaba de seis meses: un aborto (nada) espontáneo. Luego vino un primer ACV y luego un segundo ACV. Luego, los análisis que confirmaron que tanto ella como sus hijos chiquitos portaban en sus cuerpos niveles alarmantes de agrotóxicos. En 2013, ante la ausencia de abogados que quisieran tomar el caso, empezó a estudiar derecho. Y se recibió en 2018: cuando empezó la causa penal que deriva en este juicio.

Ahora es fin de enero de 2026 y Sabrina –41 años– le dice a lavaca: “Estoy con muchas emociones al mismo tiempo. Por un lado, la angustia, se me vienen al pensamiento todas las situaciones vividas con la salud de mis hijos y mía, las historias que conocí de otras personas que enfermaron por causa de los agrotóxicos, se me vienen palabras dolorosas, de abandono, de soledad, de desprecio por la vida ante el grito de ayuda. Siento que ya no tenemos que probar más nada, ya está todo expuesto y nuestros cuerpos lo manifestaron de esa manera, con mucho dolor”.

Envenenamiento sistemático

Una de esas historias entrelazadas (entre tantas) es la de Florencia Morales. Ella no estará de manera presencial, corpórea. En 2011 se había mudado a una quinta de Pergamino para criar a sus dos hijas en una calma impropia de la ciudad de Buenos Aires. En 2016, le descubrieron un cáncer que ya había hecho metástasis en la columna, sin posibilidades de cura. En 2021, le decía a MU: “Estoy con la salud muy deteriorada. Pero estoy. Y mientras siga, llevaré adelante la causa para frenar este desastre. Si bien estoy dolida, con el avance judicial siento algo de esperanza; empiezo a ver un poquito de luz al final del túnel”. Florencia falleció en mayo de 2023.

Otra de esas historias fue la de Paola Díaz –47 años–, que junto a varias vecinas se nuclearon en la organización Madres de Barrios Fumigados Pergamino. Paola sí declarará en el juicio. Y dirá (entre tantas cosas) que en 2014 falleció Mónica, su nena de 11 años, por leucemia aguda. A horas de empezar el proceso judicial, dice: “Es histórico que hayamos llegado a juzgar a quienes afectaron a nuestro barrio, a nuestras familias, a toda la comunidad. La salud y el ambiente son fundamentales y por eso necesitamos medidas que nos protejan y garanticen un futuro seguro. Tengo la esperanza de que será un paso hacia la verdad y la justicia y que nadie más sufra el envenenamiento sistemático”.

El juicio

Este lunes 2 de febrero será la audiencia preliminar. La causa, instruida por el fiscal federal Juan Ignacio De Lello y promovida por el juez Carlos Villafuerte Ruzo, tiene como imputados a siete productores acusados de aplicar pesticidas a metros de viviendas y escuelas rurales, vulnerando la legislación: Fernando Cortese, Mario Roces, Víctor Tiribó, Hugo Sabattini, Cristian Taboada, José Luis Grattone y Carlos Sabbatini. Sabrina Ortiz denunció que en 2016, su vecino y productor agropecuario Mario Roces fue a “visitarla” a su casa. “Lo escucho gritar ‘estos negros se tienen que morir’, sacó un arma y disparó dos tiros con balas de plomo. Con una mató a mi perro, la otra dio en la pared. Mi hija había estado afuera un par de minutos antes. Me quedé paralizada. Al día siguiente me crucé a la hija en el supermercado. Me dijo: ‘Somos los fundadores del barrio, si mi papá quiere te mata y no va preso’”.

Además, se juzgará a dos exfuncionarios municipales de la gestión del aún intendente de Pergamino, Javier Martínez, por omisión en sus deberes de control: Guillermo Naranjo y Mario Tocalini, titular y auditor de la Dirección de Ambiente Rural del municipio. Cuando desde este medio entrevistamos al intendente Martínez sobre las enfermedades de cuerpos y territorio, se desligó: “No manejo el tema”, esbozó, previo a cortar la llamada.

Comienza un juicio histórico por fumigaciones con agrotóxicos en Pergamino
Paola Díaz junto a madres de barrios fumigados de Pergamino.

El cronograma del juicio estipula, por ahora, ocho audiencias en febrero y la declaración de alrededor de 100 testigos (además de las personas afectadas, médicos, químicos, biólogos, bioquímicos, ingenieros agrónomos y otros profesionales). Carlos Quintana es uno de los abogados querellantes junto a Fernando Cabaleiro. Es abogado ambientalista y de derechos humanos, y uno de los representantes legales de las Madres de Ituzaingó (proceso que en 2012 condenó a tres años de prisión a un productor y un fumigador por contaminación con agrotóxicos). Lo primero que subraya Carlos Quintana es que será un acontecimiento histórico para la Justicia de este país, por varias razones.

1) “Es el primer juicio penal ambiental de esta envergadura en la provincia de Buenos Aires, corazón productivo de la Argentina. No es cualquier lugar: ocurre en el núcleo duro del agronegocio”.

2) “Por primera vez se sienta en el banquillo a todo el arco operativo del agronegocio: productores, ingenieros agrónomos y funcionarios públicos. No solo a quienes fumigan sus campos sino también a quienes deciden, habilitan, controlan -o dejan de controlar- cómo, dónde y bajo qué condiciones se fumiga. Este juicio viene a romper con la tradición de impunidad que rodeó históricamente al modelo.

3) “Por primera vez el modelo productivo no aparece solo como una política económica, sino como un problema político, sanitario y de derechos humanos. Aunque faltan las grandes corporaciones que diseñan, promueven y lucran con este esquema productivo, que este juicio exista es una grieta muy importante en ese blindaje histórico”.

4) “Que esto ocurra a 30 años del desembarco del paquete tecnológico (1996), de la siembra directa, del modelo transgénico y el uso masivo de agrotóxicos, no es un dato menor. Es la primera vez que la Justicia se ve obligada a mirar los costos reales de ese modelo, no en términos de exportaciones o divisas, sino en términos de salud, ambiente y vida cotidiana de las familias que habitan los pueblos fumigados”.

Carlos Quintana también dirá: “Este juicio no nace de una decisión espontánea del sistema judicial, sino de años de resistencia, de denuncias, organización comunitaria y visibilización del daño. La Justicia llega tarde, como suele pasar, pero llega porque hubo personas que no se resignaron a enfermarse en silencio. Por eso Pergamino no es solo un juicio penal: es un acto de memoria, reparación simbólica e interpelación al poder. Es la prueba de que cuando las comunidades se organizan, incluso los modelos más sólidos empiezan a resquebrajarse. Este juicio no va a resolver todos los problemas, pero marca un antes y un después. Por primera vez la pregunta no es cuánto se produce, sino quiénes se enferman para que ese modelo funcione. No se juzga al campo: se juzga un modo de producir que naturalizó la enfermedad y llamó progreso a lo que era daño. Y esta vez, el daño tiene nombre, voz y prueba. Es una escena histórica donde se cruzan ciencia, territorio y justicia; donde el modelo productivo deja de ser intocable y empieza a ser interpelado; donde los cuerpos hablan, la ciencia acompaña y el silencio, después de treinta años, se rompe”.

La esperanza

Llegar a este juicio oral no es la primera conquista. Por las denuncias y las evidencias científicas, desde 2019 en Pergamino rige –pese a la presión empresarial y de las autoridades locales por boicotearla– una medida cautelar que prohíbe fumigar a menos de 1.095 metros de las viviendas por vía terrestre y a menos de 3.000 metros por vía aérea.

A Sabrina Ortiz le anda mal el teléfono, pero se las arregla para decir (como tantas otras veces): “Tengo la esperanza de que los jueces que resuelvan esta causa cambiarán la historia; una historia de tragedias, de sufrimiento y de sacrificio humano. Tienen en sus manos la posibilidad de hacer justicia y aunque no signifique retroceder en el tiempo para que no nos enfermen, sí estarán fallando en pos de los que quedamos, en memoria de los que murieron envenenados y preservando a las generaciones futuras”.

Y agrega, como puede (como tantas otras veces): “Tan inmenso será el impacto de sus decisiones que también afectarán en sus propios seres queridos. Habrá de todo, de lo que imaginen: desestimaciones a los afectados, chicanas y argumentos absurdos intentando corromper la verdad. Lo cierto es que ya no se puede negar lo que está en nuestra sangre, en nuestro ADN, haciendo estragos: lo que hay son agrotóxicos. En todo este tiempo también pasaron cosas buenas y personas inmensas, de esas que valen la pena, que hacen más liviana la lucha, la resistencia, los miedos. Hoy ya no me siento sola como en un principio, hoy somos muchas y muchos limando las patas a los gigantes. Como mamá, como afectada, como abogada, y por sobre todo como ser humana, deseo profundamente que haya justicia”.

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Adiós, Capitán Beto

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¿Cómo es el pensamiento y la acción de quienes trabajan mirando siempre cómo encontrar luz al final del túnel? Así vivió Roberto Beto Pianelli, fundador de los Metrodelegados pero por encima de eso, una excelente persona. La noticia horrible es que falleció este jueves, aunque es de aquellos que hizo tanto que en muchos sentidos seguirá siempre presente.

Logró triunfos impensables en el plano laboral, y a su vez ayudó a gestar una dinámica sindical novedosa y potente, a partir de actitudes e ideas que empalman con lo mejor del gremialismo argentino. Fue un gran amigo de MU, suscriptor desde siempre, y al margen de eso recibió el premio que la revista le entregó como reconocimiento a su trayectoria. Fue una persona con permanente buen humor, compañerismo y creatividad para enfrentar los problemas más sórdidos.

De tantísimos materiales y entrevistas que recordamos en medio de esta tristeza elegimos esta nota (originalmente publicada en la revista MU n°30, en 2009), convertida en una clase magistral, en la que Beto nos hablaba de la pelea por el tiempo libre, democracia sindical, música, el sentido de lo que hacemos en la vida, la comunicación, el onanismo, el olfato, la izquierda, el cristianismo y los sacrificios, la sociedad democrática, la política de saber escuchar, y varias otras cuestiones que ayudan a iluminar tiempos oscuros. Y a recordar a un gran tipo.

Por Sergio Ciancaglini

Bajo tierra el clima puede ser ágil y fluido como un tren a horario, o denso como la oscuridad cuando no se ve la luz al final del túnel. O como un volcán.

Los trabajadores del subte han experimentado cada sensación. Vienen peleando estas últimas semanas por el reconocimiento de su Asociación Gremial de Trabajadores del Subte y Premetro (agtsyp): “Sigla totalmente impronunciable” se ríe Roberto Beto Pianelli, uno de los metrodelegados que hace ya década y pico comenzaron un trabajo primero clandestino (en la Edad Menemista), y luego tan público que llevó a que los trabajadores consiguieran algunas cosas que en la antigüedad (Edad Peronista) se llamaban “conquistas”. Y hasta comprendieron que podían tener su propio sindicato al que llaman –en jerga humana– Sindicato del Subte.
Para sustentar su reclamo las mujeres y los hombres del subte se fundamentan en su propia historia, creatividad, trompadas y olfato. Pero además leyeron un libro secreto, con algunos párrafos que destilan una ideología subversiva, a saber:

“El trabajo en sus diversas formas gozará de la protección de las leyes, las que asegurarán al trabajador: condiciones dignas y equitativas de labor; jornada limitada; descanso y vacaciones pagados; retribución justa; salario mínimo vital móvil; igual remuneración por igual tarea; participación en las ganancias de las empresas, con control de la producción y colaboración en la dirección; protección contra el despido arbitrario; estabilidad del empleado público; organización sindical libre y democrática, reconocida por la simple inscripción en un registro especial”.

Este texto corresponde al artículo 14 bis de un panfleto llamado Constitución Nacional, reformada por guerrilleros de la UCR y el PJ en 1994 (Edad del Pacto de Olivos). En el subte han puesto en marcha su “organización sindical libre y democrática” y llevaron los papeles para que fuera “reconocida por la simple inscripción en un registro especial”. Su idea, independizarse de la uta (Unión Tranviarios Automotor, que concentra sobre todo a los choferes de colectivos, y abulta a los seguidores de Hugo Moyano y su sindicato de camioneros). Fue en septiembre de 2008, de la Edad Contemporánea. Pasaron todos los filtros de aprobación burocrática, direcciones, subsecretarías, todo como un viaje sin escalas hasta que el propio ministro Carlos Tomada detuvo el trámite. Los trabajadores acudieron a la justicia para destrabar la cuestión, la justicia les dio la razón, Tomada apeló, la justicia rechazó la apelación y así tres veces. Tienen además un fallo de la Corte Suprema (en su composición actual se trata de una asociación sin fines de lucro), que los favorece. La idea de la libertad sindical parece gozar de consenso salvo para los sindicatos burocráticos, las patronales, y los funcionarios que prefieren los colectivos y los camiones a los subtes.

Pianelli: “Nosotros no quisimos hacer el sindicato de un día para el otro, son años de trabajo y maduración, con muchas cosas que ganamos no por la uta sino pese a la uta, una burocracia patotera que sólo juega a favor de la patronal”.

Los metrodelegados consiguieron:

  • La primera reincorporación de un despedido por una empresa privatizada, Marcelo Contreras. Fue con un paro en plena Era Menemista, y con trabajadores que no conocían a Marcelo pero que en todas las líneas se sentaron en las vías para lograr que no lo echaran. (En esa época los bienpensantes clamaban por lo insolidarios e individualistas que eran “los argentinos”). Desde 1997 no hubo más despidos.
  • Bajar de 8 a 6 las horas de jornada laboral, por la insalubridad de la tarea.
  • Romper el “neoliberal” sistema de las empresas tercerizadas, incorporando a Metrovías como personal estable a trabajadores de la limpieza y seguridad, por ejemplo.
  • Sueldos que en su momento fueron de los más altos del país, aunque hoy perdieron la punta del campeonato (y rondan los 2.500 pesos para personal de limpieza, y 4.000 para las jerarquías más altas). El hecho de que hayan logrado salarios dignos parece resultar irritante, curiosamente, no para quienes ganan menos, sino para los que ganan más, como muchos comunicadores sociales.

La lista de conquistas es enorme. Cuando lanzaron la idea del sindicato organizaron un plebiscito realizado en enero de este año. Las patotas sindicales bajaron a pegarles a los trabajadores, y consiguieron hacerlo también a integrantes de la cta como Fabio Basteiro, pero no a una Madre del Plaza de Mayo como Nora Cortiñas, más bajita que Messi y tal vez mejor gambeteadora de patadas ajenas.
Esas batallas tienen una característica. Los trabajadores del subte son –esperemos no sonar excesivamente obvios– trabajadores del subte. Los gladiadores de la uta, en cambio, tal vez posean frondosos currículums pero no como trabajadores de subte, y no es seguro que como choferes. En el subte, cientos de mujeres y hombres de edades bien distintas, pidieron a mu fotografiarse mostrando sus credenciales, como para resolver el viejo enigma de quién es quién.

De Nick Cave a Jaime Roos

El nuevo sindicato planteó otra novedad. El cuerpo de delegados que era de 26 integrantes iba a subir a 40 en medio de todo el debate con la uta, pero ahora se armó con 85 trabajadores, como para lograr las mayores dosis de comunicación e intercambio con los 2.700 trabajadores del subte, 1.600 de los cuales ya están formalmente afiliados a ese sindicato que el gobierno no da por existente. “Es casi un problema filosófico –dice Pianelli– ¿Qué son las cosas? ¿Las que existen jurídicamente o las que existen realmente?”. Curiosidad: el propio Pianelli es delegado, pero no está en la directiva del nuevo sindicato. “Si uno quiere la democracia sindical es para que los compañeros hagan las cosas, entonces hay que dejar que eso ocurra”.
Pero además, una permanente obsesión de los metrodelegados ha sido la comunicación en todas sus formas. Este año inauguraron un programa de radio, 2 Horas Menos (en homenaje a la reducción de la jornada laboral) en el que no se habla de política ni de paros ni de sindicalismo, sino del ocio, el entretenimiento, el juego, el esparcimiento, la vida cultural. “Un programa sobre el tiempo libre, liberado y sin patrones” lo presenta Facha Méndez. Pianelli interviene poco, pero ha tomado un control cuasi autoritario sobre la parte musical: “Un músico por día. Puede ser Peter Hammill, Chico Buarque, Nick Cave o Jaime Roos. Me dijeron que lo haga más variado, pero no transo”. Fue un trabajador que toca el arpa, otros que tienen una murga, Raúl Daloy apareció con sus investigaciones sobre las viejas series como El Avispón Verde o Mujer Maravilla. “Y hasta sobre Titanes en el Ring” abunda Pianelli, ratificando que la lucha de clases o la sindical no son las únicas de las que se puede hablar, en un espacio que se permite menos Che y más Karadagián. Otro trabajador, Leonardo Tano Gervasi se encarga de la columna literaria.

Hablamos de esto, y uno se queda pensando. ¿Existe el tiempo libre?
Ésa es la cuestión. Cómo pensarlo sin que sea pasarte diez horas delante del televisor. Eso es tiempo enajenado. Para mí el discurso de los viejos socialistas y anarquistas de defender el ocio, la cultura, estar con la familia, disfrutar, es absolutamente revolucionario en una sociedad que te quiere hacer laburar 14 horas y de paso reventarte en ese tiempo.

Pero con la genealogía de conflictividad que tienen en el subte, ¿qué significa hablar del ocio?
Es ir a los verdaderos valores humanos. Uno en la vida va perdiendo el sentido de lo que hace. Y más en una ciudad donde ni tenés lugares a dónde ir. Lo que hacemos con el programa –cuando no tenemos que suspenderlo por todos los conflictos– es mostrar que uno puede sentarse a conversar, contar historias, sentirse placenteramente en un lugar sin hacer nada, o haciendo algo que te gusta. ¿Sabés qué es? No pensar tanto a dónde vas, sino disfrutar más el recorrido.

Cristo, Marx y Metrovías

El cristianismo, la izquierda y Metrovías, por poner apenas tres ejemplos de estos siglos, predican en cambio que lo relevante es la estación de llegada: Reino de los Cielos, Dictadura del Proletariado, o Carabobo, según la línea. El futuro subordina al presente y el fin justifica los medios, o al menos los explica. Pianelli, que viene del trotskismo, es de los que está intentando abandonar esas visiones tan terminales, poniendo la atención en el recorrido, como le gusta decir. O en qué son capaces de crear las personas por sí mismas y colectivamente en tiempo presente. O en formas menos repetitivas y dogmáticas de relacionarse con la vida.
Es cierto, la izquierda tenía una idea cristiana de sacrificio. Es algo trágico. Yo reivindico a todos los que quieren transformar las cosas y lograr una sociedad justa, porque lo hago. Pero no se te puede ir la vida en eso. Hay que tratar de cambiar las malas y disfrutar las buenas. El estalinismo (buscar José Stalin) liquidó esa idea.

¿Qué es ser sindicalista?
Es complicado. Hoy es ser un Moyano. Enriquecerse. Es un oficio, una desgracia, perdió en muchos casos el sentido transformador. Por supuesto que hay otra gente que no es así, que es honesta, pero pasa casi a creer que en un conflicto se va la vida, se va todo. O sea, hay gente que pone el cuerpo, que es valiosa, brillante, pero no por eso sabe ver bien qué es un conflicto.

¿Qué es un conflicto?
Es una situación donde jugás contra los malos. Las patronales y la burguesía son muy malas. Yo soy hincha de Boca, y sabía que un contrario no le podía ir a tirar un caño a Pernía, porque te partía al medio. Acá es parecido. Si pueden te pisan. Un conflicto implica saber avanzar, parar, negociar, avanzar otra vez, o incluso retroceder.

Muchas malas palabras: retroceder, negociar.
Pero es la realidad con la que te encontrás si querés ganar. Los maestros ciruela dirán que no queremos luchar. Cualquiera se da cuenta de que no es así. Queremos luchar, pero para ganar. Y la pregunta no es sobre la lucha, sino sobre por qué perdimos.

¿Y la respuesta?
En muchos casos es porque no se entiende algo que decía Claudio Marín hace tiempo en lavaca: tenemos una especie de contrato con la gente que te vota. Y si uno no lo entiende, vuela por el aire.

¿Cómo es ese contrato?
Significa que te votaron para conseguir mejoras, para defender al trabajador que es tu compañero, no para hacer la revolución. Creo que Horacio Tarcus decía que hacen falta más triunfos parciales que derrotas heroicas. Tenemos que poder pensar en eso.

¿Por ejemplo?
Con la crisis de 2000 surgieron muchas nuevas conducciones gremiales, chicas, focalizadas en los servicios. Muchas utopías y sueños, pero la mayoría se estroló contra la pared. Sobrevivieron muy pocos: subtes, telefónicos, ferroviarios con golpes muy fuertes… Los que sobrevivimos quedamos repudiados por esas izquierdas que descubrieron el agua tibia, y te dicen “no lucharon”. En realidad, no luchamos cuando no había que luchar. Es olfato. Entender los momentos en los que podés hacer las cosas. Y también suerte.

Cómo se divide la izquierda

O sea que al subte lo corren por izquierda.
Claro, pero el problema es la propia izquierda, que ya no tiene partidos, cada vez son más sectas. El Iluminismo y la Razón superaron a las sectas, se terminaron convirtiendo en nuevos dogmas, y ahora se vuelve a las sectas. Hay un norteamericano, Hal Draper, que explica eso: los partidos políticos son otra cosa, movimientos cada vez más amplios con acuerdos cada vez más generales para poder abarcar a más gente. Aquí es al revés, grupos cada vez más chicos, con acuerdos más específicos que se van dividiendo…, y yo lo digo porque fui parte de eso.

¿De qué modo?
Estaba en el mas (Movimiento al Socialismo) y llegué a participar de la fractura, formamos el prs (Partido de la Revolución Socialista). Y, ¿sabés por qué?

Ni idea.
Porque unos planteaban que en Yugoslavia los agredidos eran los bosnios y otros opinaban que eran los serbios. Capaz que ni sabíamos dónde quedaba en el mapa, pero nos sabíamos todas las discusiones y dividimos el partido aquí, en Argentina, por esa discusión. Yu-gos-la-via. Discusión totalmente onanista. Pero las sectas son así, cuantos menos somos, mejor, porque así tenemos más comprensión, nos gusta el mismo equipo, la misma fruta. Y la conclusión siempre es: se han ido estos compañeros, pero mejor, porque ahora somos menos, pero más sólidos.

Esto es algo descripto hasta en películas como La vida de Brian ¿Cuál es el atractivo de estos grupos y estilos para el militante?
El mundo es hostil, y uno se siente cómodo en la secta, en un ambiente ficticio. Los trabajadores, la gente normal, te discuten, no hacen lo que vos querés. En cambio los del partido son bárbaros, progresistas, maravillosos, tienen relaciones entre ellos, arman parejas, son amigos, el mundo gira a su alrededor. Y no tienen contradicciones. Pero la verdad, ¿cómo pretender que una clase o sectores sociales sean homogéneos? No entra en la cabeza de nadie. Pero bueno, yo me las comí todas, la del amor libre, la secta, los debates, las divisiones. Con el tiempo entendés que para hacer esto lo más importante es otra cosa: escuchar al otro, o estás muerto.

Mientras tanto el sindicalismo convencional parece estar cada vez más fortalecido.
Es que los espacios en política se ocupan. Los tipos repudiados en el año 2000, si no aparece un reemplazo o no armás alianzas para superarlos, terminan apareciendo de nuevo. Son los mismos cadáveres que no enterraste, que gozan de buena salud.

¿Es homogéneo ese sindicalismo “gordo”?
Para mí hay una confusión. Son distintos los “gordos” que Hugo Moyano. Si no entendés la diferencia se hace difícil actuar, como le pasó a la izquierda con el gobierno de Kirchner, que sintió que le robaban los discursos y se desesperó en lugar de decir “Bravo, muy bien, ahora vamos por más”. En cambio decís: “Demagogos, nos robaron las banderas”. Sí papá, las robaron. Es como los que critican al peronismo diciendo: “Pero las leyes de Perón eran las de Alfredo Palacios”. Fenómeno, pero las puso Perón. Nunca fui peronista, te aclaro, y creo que después metió verticalismo, burocracia, cosas monstruosas, pero si no entendés aquel aspecto positivo te quedás hablando solo.

¿Y Moyano?
A eso iba. Los gordos son un sindicalismo empresario, pero Moyano no es eso. Compararlo es no entender. En camioneros te dicen: “Nos hizo dignos, tenemos salario, nos hizo respetar”. No comparto su forma de hacer sindicalismo, pero hizo algo que no es lo mismo que Pedraza o Lescano. Si me dicen que no hay nada peor que Moyano yo contesto: sí, hay 50 peores que él. Y estoy muy lejos de reivindicarlo porque andamos enfrentados con un sector de la uta muy amigo del moyanismo, pero no dejo de entender que es otro sindicalismo. Y todavía hay otra variante que es la cta, un sindicalismo más abierto, de gente que no se enriquece. Ahí hay elecciones. El que pierde le da las llaves de la seccional al que gana. En la cgt ni te podés presentar, ni entrás. Ahí también es una estupidez decir que son lo mismo. De todos modos para mí el problema central no es ése, sino la patronal.

¿Cómo se encara a estas empresas?
La patronal, para decirlo fácil, es mala. Tiene un poder de coerción sobre los trabajadores, delatores, buchones, espías. Compran gente. Los compañeros se asustan, y es toda una relación condicionada por esa presión permanente.

¿Y cómo se hace sindicalismo entonces?
Sin discursos previos, discutiendo y sobre todo escuchando lo que te dicen, y tratando de interpretarlo. Cuanto más libres son los compañeros para hablar, expresar lo que sienten, más posibilidades hay para hacer las cosas juntos. Es el contrato del que te hablaba. No podés inventarte una realidad porque te agarra la patronal, te tira a la mierda, y en un error quemás todo lo que conseguiste. Por eso yo creo que el principal objetivo del sindicalismo es la autonomía.

¿Qué quiere decir autonomía en este caso?
Es poder pensar uno con los compañeros. No quiere decir no escuchar, al revés. Escuchar tampoco significa hacer lo que te dicen, sino intercambiar para llegar a la mejor variante. Y autonomía es no tener ninguna dependencia de ningún partido, ni del Estado, ni de la patronal, ni lo que venga. Hacer sindicalismo es juntarse con gente que tiene intereses comunes que no logran satisfacer. Si te lleva a pelear, pelearás. Si lo podés conseguir, mejor. Casi siempre hay que pelear. Pero es por intereses comunes, reivindicativos. Dicen que el sindicalismo es reformista. Claro, ¿qué iba a ser?

Hay varios volúmenes que lo consideran una opción revolucionaria.
Pero no es el sindicalismo… creo que hay que superar el ideario del cambio social, buscando paradigmas más libres. Que no haya explotación del hombre, que haya una sociedad democrática en lo ideológico y en las prácticas sociales. Si no, no hay posibilidad de cambio frente al saqueo, la guerra y la muerte que te propone todo el círculo vicioso del sistema. Entonces yo estoy a favor de una actitud que modifique esa relación social existente en el capitalismo. Pero a la vez, lo delirante es que haya revolucionarios que no les den bola a las reformas. Hay un pelado ruso (Lenin por elevación) que decía que las reformas son demasiado importantes para dejarlas en manos de los reformistas. Porque no me da lo mismo que un tipo gane 200 que 500 ó 1.000. La reforma, la reivindicación, le cambia la vida a la persona. Si no hago la reforma porque hablo de revolución, nunca consigo nada. Y un sindicato es otra cosa: un frente de los trabajadores para hacer reformas. Si pensás que es para la revolución, terminás en derrotas estrepitosas. Porque el contrato con tus compañeros no es para la toma del poder. Es para que vivan mejor.

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