Nota
La Bonaerense, la Quinta y el olivo: crónica de un día agitado
Unos 120 integrantes de la Policía Bonaerense se congregaron a protestar este miércoles frente a la Quinta de Olivos. Bombos, redoblantes y sirenas de patrulleros como música de fondo. Los reclamos salariales, los vaivenes. La fiesta del virus. La falta de referentes, las críticas a sus propios jefes, y un episodio que culminó en abrupta huida de los policías cuando llegó un grupo de 100 personas de organizaciones sociales.

Por Sergio Ciancaglini. Fotos de Nacho Yuchark
Maipú al 2100, puerta de la quinta presidencial de Olivos.
Hay 70 patrulleros policiales, 120 policías, hombres y mujeres, cuatro
bombos y tres redoblantes. Las sirenas de los patrulleros taladran el aire húmedo. Dos policías sacuden sendas banderas argentinas con el sol en la franja blanca. Algunos autos de vidrios polarizados y/o 4×4 saludan con bocinazos a los manifestantes de uniforme azul y borceguíes negros. También tocan bocina celebrando algunos colectiveros de las líneas que van hacia el norte.
Hay cajas con botellas de agua mineral como para una espera larga.
Una religiosa con mirada en constante alarma dice «viva la Patria» cosa que tal vez no aplicaría a conflictos puramente salariales.
En la puerta de la Quinta pegaron un cartel escrito a mano. “El pueblo apoya a la policía”, supone.
Otro cartel, impreso, dice: «No es política, es necesidad».
Sobre el asfalto hay una pintada anterior, en la que nadie parece reparar: «Fue la Policía Bonaerense. Encubren todo. Dónde está Valeria López» (joven desaparecida en enero de este año).

Fuera del sistema
Una mujer de borceguíes lleva una remera con la frase “ni un policía menos”. Otra exhibe dos hojas A4 escritas a mano con marcador rojo: “Somos personas con derechos. No nos excluyan del sistema”. Segunda hoja: “Salarios dignos. Basta de dávidas”. Le pregunto por el primer letrero: “No estamos en el sistema porque los sueldos son de 35.000 pesos y las horas core (extras) de 40 pesos. Este no es un reclamo político, es puramente salarial”. La cuarentena rompió rutinas de trabajo policiales y cantidad de extras de todo tipo, legales y paralelas, lo cual exacerbó la sensación de caída salarial.
La Quinta está custodiada a larga distancia, par de cuadras, por la Policía Federal, pero nada parece justificar la mirara alarmada de la religiosa.
Hay 9 cámaras de televisión enfocadas hacia el hueco en el que está la pintada por Valeria López. Esperan que allí aparezca alguien que diga algo.
Pero la policía está a un costado, mientras los patrulleros siguen gastando la batería con sus sirenas. Las manifestantes bailan por momento al ritmo de los bombos. Dicen que a las 6 de la tarde el gobernador Axel Kicillof se reunirá aquí con el presidente Alberto Fernández.
Un grupo de policías vuelve de compras con bizcochos Don Satur. Los movileros los miran, esperando que alguien haga algo. Los policías se hacen selfies, mientras todo sigue en modo espera y los micrófonos no saben hacia quién apuntar.

Invitación rechazada
No hay público civil salvo la religiosa y tres personas sub 70: un hombre canoso, una mujer de lentes oscuros y una señora que bajo su campera luce un delantal azul con grandes bolsillos verdes (camuflaje habitual de las maestras jardineras). Gritaba la mujer mirando hacia la Quinta: «¡Váyanse montoneros! Váyanse todos!”. Tal vez Diego Capusotto y Pedro Saborido no sean humoristas, sino escribanos que dan fe sobre los sucesos argentinos.
En la vereda contraria, que va hacia Capital, un joven detiene su auto y sube a todo volumen de su estéreo la marcha Los muchachos peronistas. Una mujer con bandera argentina, retirada confesa de la bonaerense, se acerca a gritarle: “Cubano, zurdo, andate a Venezuela”.
Dos funcionarios salen de la Quinta de Olivos a proponer a los manifestantes policiales una reunión de ocho de sus referentes puertas adentro. Son Juan Pablo Biondi, vocero, y Julio Vitobello, secretario general de la presidencia, dos de los principales y más cercanos acompañantes de Alberto Fernández. Invitan a que algunos de los manifestantes se reúnan con el propio Presidente.
Alguien grita: «Aquí no hay representantes». Otra voz: «No tenemos voceros». La policía tal vez descubrió la horizontalidad, aunque no se sabe qué puede significar eso en este caso. Otro manifestante, pero vestido de jogging y en un estado de visible excitación, grita: «Si el presidente quiere hablar que salga, venga acá y hable con todos». Los funcionarios vuelven a la Quinta.
La horizontalidad luego sufre mutaciones: efectivos musculosos ejecutan bombo y redoblante, mujeres de la fuerza insinúan una danza, pero a un costado un grupo de cinco personas, que incluye a un oficial canoso, discute acaloradamente qué hacer, cómo seguir, pendientes de los celulares.
Otra acompañante muestra su letrero manuscrito: “Policía plata y miedo nunca tuvo. Sueldo digno ya!”

Distancia social cero
El virus que contagia la Covid-19 no se ve, obvio, pero debe haber pasado una tarde maravillosa: barbijos caídos, nula distancia social, y ni hablar cuando comienzan los conciliábulos entre grupos.
Podría tejerse una secuencia: el surgimiento de la pandemia, la acertada respuesta oficial en sus comienzos, la desvencijada e impotente salida actual de la cuarentena, los cañones del malhumor apuntando al gobierno, una crisis social histórica, y el virus que sigue haciendo lo suyo. Puede agregarse, en lo político, la sospechosa aparición de un ex presidente hablando de inestabilidad y hasta de golpes de Estado (que luego atribuyó a un ”brote psicótico”), la exacerbación de la oposición, el clímax de la supuesta grieta, la inconsistencia oficial para dar respuestas, la sinuosa figura del ministro Sergio Berni, de quien el tiempo aclarará su rol en estos días. La maestra jardinera: “Estos son todos chorros, pero yo tampoco estoy con los de la oposición: estoy en contra de todos los políticos. Y los medios también. En la marcha de Nisman me sacaron re mal”.
Le pregunto a una de las policías retiradas si sus propios jefes se hacen eco del reclamo salarial. Se ríe: “Les entra por una oreja y les sale por otra. Por eso ves que acá están estos muchachos, los retirados que los acompañamos, pero de la oficialidad, nadie. Y como nadie les da pelota, salieron en muchos lugares y se vinieron hasta aquí”. Las jerarquías de la Bonaerense no sufren los sinsabores económicos de sus subordinados.

Tarados
El grupo de los cinco llama al resto. “Los medios están diciendo que tenemos una posición diferente a la de los del Puente 12. Así que nadie habla más con los medios, que siempre mienten”.
El Puente 12, en La Matanza, es la sede principal del reclamo. Uno de los policías dice: “Que vengan acá los forros esos, que esto sale a nivel internacional, en Inglaterra, en Brasil, qué sé yo”.
Una mujer ofuscada se acerca a los periodistas: “Lo que está en juego es la democracia. ¿Ustedes son tarados? ¿No se dan cuenta de que puede venir la dictadura como en Venezuela y Cuba? Yo sé cómo son las cosas. No soy ignorante. Soy contadora”.
Un policía diagnostica: “Baradel protesta y le dan aumento. Moyano protesta y le dan aumento. ¿Cómo es la cosa? ¿No podemos protestar?” Una de las retiradas ilustra: “La policía no puede tener sindicato, pero podría tener paritarias. Armar un grupo con representantes de cada departamental, y que discutan los sueldos”.
En ese momento comienza a correr la versión de que algunos grupos podrían acercarse a la Quinta en defensa del gobierno. A las 18.25 pasa un helicóptero volando bajo rumbo al helipuerto de Olivos. Dato movilero: “Ese era Kicillof”.

El olivo
El abogado Andrés Juricich conversa cerca de las rejas con periodistas. “Esto es un simple reclamo salarial”. Cerca de las 19, horario pico televisivo, Juricich se acerca a ese lugar al que apuntaban las cámaras, sobre la pintada de la joven desaparecida, y comienza a hablar. Se encienden todas las luces y todos los micrófonos, se abalanzan los movileros. Apurado, Juricich dice: “Soy abogado de los policías, se entregó el petitorio y ahora se van a retirar los efectivos porque ya cumplen sus horarios. Yo me quedaré esperando una respuesta. Toda la fuerza está de acuerdo en negociar el tema salarial. La policía está pasando una etapa muy difícil, en plena pandemia. Esta no es ninguna desestabilización. Si usted no tiene para dar de comer a sus hijos a fin de mes, sale a reclamar. Yo represento al grupo de La Matanza y al de acá. Tienen sueldos irrisorios. No es un reclamo nuevo. Esto se lo presentamos al gobierno anterior. Y se presentaba también a los jefes a cargo, que lo transmitían al ministerio. Pero con la crisis, la situación y el estrés, llegaron a este extremo de venir personalmente porque dicen ‘nunca nadie nos escucha’, estamos en riesgo de nuestra familia, pero los jefes no hacen nada”. Repite una frase ya escuchada: “Les entra por una oreja y les sale por la otra, entonces es hora de resolver esta situación. Acá se entregó el petitorio para toda la policía. El gobierno tiene que decir ‘le damos tanto, no esto otro’, pero bueno, esperamos la respuesta”.
Dio media vuelta Juricich, y en ese momento los policías ya empezaban a irse velozmente, mientras por la vereda de enfrente llegaba un grupo de unas 100 personas cantando “Presidente, Alberto Presidente” y otro grito inusual: “Democracia, democracia”.

La policía aceleró su salida y en minutos no quedó patrullero ni uniforme a la vista, salvo el de los custodios de la Quinta de Olivos.
Los recién llegados pertenecían a Barrios de Pie, Movimiento Evita y otras agrupaciones de la zona norte. Cruzaron la calle al ver que la bonaerense había partido, y ocuparon la vereda de la Quinta. Carlos Pisoni, de HIJOS: “Me invitaron unos compañeros. Si la policía tiene un reclamo salarial y lo hace en Puente 12, que lo haga. Pero no aquí, en la Quinta presidencial. Yo no quiero movilizarme, pero me pareció importante estar acá. Ojalá no nos pase nada con lo del virus. Vinimos sin armas, sin violencia, y se terminaron yendo todos los policías armados. Después de luchar tanto tiempo por la democracia, ver rodeada la Quinta por la Policía bonaerense, a poco tiempo de saber que Facundo Astudillo murió asfixiado… no me pude quedar en casa. El reclamo salarial salió de su eje. No tengo ninguna opinión sobre Berni ni las internas. Me produce mucho repudio ver a la policía armada manifestándose, sobre todo teniendo en cuenta de qué policía hablamos. Lo que interesa es que defendamos la democracia”. A las 19.28 el reclamo había terminado. Las 4×4 y algunos colectiveros pasaban en la noche húmeda, sin tener a quién dedicarle bocinazo alguno.
Protesta social
Marcha de jubilados: medias, bochinches y ningún dólar en las orejas

Un miércoles tranquilo en la ronda de jubilados en Congreso, que despierta dudas ante la necesidad de hacer “un poco más de bochinche”. Como homenaje al Día del Jubilado (domingo pasado) hubo un puesto de hamburguesas y choripanes de la UTEP. “El hambre es desesperante” dijo una de las mujeres que servía a esa cola ampliada con gente de la calle en busca de qué comer. Historia de cómo sobrevivir a una jubilación hiper mínima (porque encima se arrastra una deuda). Los alfajores, las medias, y la salud encontrada en el gesto de movilizarse.
Por Lucas Pedulla Fotos Juan Valeiro/lavaca.org
A sus 76 años, Luis Relinque tiene que vender medias para llegar a fin de mes.
–Si no trabajo, no como.
Y para comer tiene que trabajar, aunque hace once años que está jubilado. El único día que no sale a vender por la zona de Once es el miércoles, cuando camina las diez cuadras que separan su casa –Remedios de Escalada, sur del conurbano bonaerense– de la parada del 37 que lo deja en el Congreso de la Nación.

El dato, que solo en esta Argentina pareciera naturalizarse, lo explica fácil:
–Soy jubilado de la mínima. Cobro $400.000 limpios, justos. El mismo día de cobro pago la luz, el gas, el agua y con todo lo que tengo me quedan limpios, justos, $210.000. Si no trabajara, son $7.000 por día hasta el mes siguiente. ¿Cómo hacés?
La pregunta flota mientras alrededor se dispone la movilización de cada miércoles. La Rama de Trabajadoras y Trabajadores de Espacios Públicos de la UTEP (gremio de la economía popular), llamada “Lxs Parrillerxs”, puso un puesto para regalar choripán y hamburguesas por el Día del Jubilado, que fue el domingo. Se sumó mucha gente de la calle: “El hambre es desesperante”, dice una señora mientras corta el pan. Sobre la vereda se acomodan trabajadoras y trabajadores de la ANSES, que denuncian una “sangría por goteo” en el organismo encargado de las jubilaciones y pensiones: el Gobierno abrió un plan de retiros voluntarios, el segundo del año. Un trabajador dice a lavaca: “En el anterior se fueron más de 1.000 personas. Muchos agarran porque están muy endeudados. La idea es que quede un ANSES chico, si es que queda”.

Por su parte, Luis tendría que estar cobrando un poco más: en septiembre la mínima llegó a $498.633,20, contando el bono de $70.000, congelado hace 30 meses: según el Centro de Economía Política de la Argentina (CEPA), si fuera por movilidad Luis y cinco millones de jubilados y jubiladas más tendrían que percibir un bono de $223.148. Pero Luis cobra solo $400.000 limpios porque está endeudado: hace ocho años sacó un crédito.
–Se me cayó un árbol del fondo de casa en la cabeza. Tuve derrame cerebral. También me hizo pelota la rodilla: hoy tengo una prótesis. Mirá vos, es la misma rodilla que la policía me reprimió en una marcha el año pasado: la tengo peor. Me queda este año de crédito, así que espero para fin de año terminar de pagarlo y poder cobrar un poquito más.

Por eso todos los días –salvo los miércoles– sale a vender tres pares de medias a $1.000: camina mirando a todos lados para que los “parásitos con uniforme” no le decomisen la mercadería, como viene ocurriendo en la ciudad de Buenos Aires bajo la gestión de Jorge Macri. Antes Luis vendía alfajores y podía hacerle algún regalo a su nieta de 13 años, o darse un gustito como ir al teatro. Pero los alfajores subieron tanto que ya no es negocio. Cuenta que la idea de las medias le llegó mirando la televisión.
–Veía a tanto operador político en la tele que pensé: si las medias me salen lo mismo que un chupetín, quizá la salida a esta crisis sea chupar medias, en serio te digo.
Luis habla y piensa con mucho humor, pero siempre aclara que lo dice en serio. Cuenta que fue la primera persona que puso un boliche gay en provincia de Buenos Aires – “Chelovecos, en 1974”–, que también tuvo una tanguería y que por muchos años se dedicó a cocinar en su casa para geriátricos o centros de jubilados. Como siempre trabajó por su cuenta, pudo jubilarse con una parte de aportes y otra de moratoria.

–Hoy el Gobierno la cortó, pero la moratoria ayudó mucho. Conozco gente que nunca aportó y ahora te dice: “Cristina chorra”. Bueno, entonces devolvé la jubilación o donala a un comedor.
A diferencia de lo que dijo el presidente Javier Milei tras su discurso en Naciones Unidas en Nueva York, a Luis –como argentino– no le salen dólares por las orejas. Es una de las tantas razones por las que no se pierde ningún miércoles.
–Hace unos años me quedé viudo. Me pasaron todas, pero yo le aconsejo a la gente mayor que venga a la marcha. No sólo como protesta, sino porque es bueno para uno. Es una cuestión de salud. A mí me ayudó mucho porque me olvidé de mí: me acuerdo más de la madre de Milei que de mí. En serio, te digo. Algunos jubilados me dicen: “No, mejor me voy a hacer un estudio al médico”, pero es como un coche en el mecánico: algo siempre te van a encontrar. No digo que esté mal, ojo, pero hay gente que está todo el día en la casa mirándola por televisión y pensando en sí mismo. Con hacer un cartel o pensar alguna cosita, ya la cabeza se me despeja.

La semana pasada, Luis trajo el “Desodorante Javo”, con una característica premium: “Te deja seco las 24 horas”. ¿Qué significa ese humor en la lucha de cada miércoles?
Luis es crítico:
–Yo vengo porque la jubilación me alcanza nomás para diez días. Me gustaría que hagamos un poco más de bochinche. Acá nos encerraron. Venimos y damos una ronda: no tenemos nada para festejar pero damos la vuelta olímpica como si fuéramos campeones. Luego, a casa. Hay que ir al Obelisco, a Corrientes. Acá no nos ve nadie. No estoy en contra, porque nos encontramos, pero haría un poco más de calle. Lo único que falta es que nos pongan mesas y nos hagan jugar a las damas: para eso voy a la plaza de mi barrio. En Lanús me preguntan: “¿Luis, no marchan más?”.
La marcha –la ronda a la que Luis pide más bochinche– está por empezar.
¿Qué espera?
–Mirá, el día que no pueda caminar más ni vivir a medias, me amenazo al Presidente así me vienen a buscar: ya averigué que no me sacan la jubilación, me llevan en cana, y al menos tengo una lamparita para leer algún libro y amigos que me traerán algún sanguchito de miga. Lo mismo que haría en casa lo hago allá. En serio, te digo.
¿Hay opción B?
–Que cambie el Gobierno. Eso daría un poquito de esperanza. La primera medida tendría que ser darnos un aumento. De mínima. Esta lucha que hacemos va a pasar a la historia como algo que era necesario hacer. El que no labura ni lucha, no come.
Hincha de Independiente y fanático de Manal, Luis se despide y se mete a la marcha.
Revista Mu
MU 216: Qué, cómo y cuándo cambió todo


Ley de Tierras y después: Cambio de tema
Durante meses el gobierno logró imponer los temas, los tiempos y las preguntas. Hasta que una discusión sobre la tierra parió otra cosa. Lo que apareció detrás y después de ese debate no es –solo– una disputa jurídica ni económica, sino una pregunta más profunda sobre la soberanía, la identidad y el futuro. De César Aira a Peter Thiel, una lectura de la actualidad para crear lo que falta.
Por Claudia Acuña

Viaje a la vida en el Paraná II: En modo Costa Pobre
Los incendios y el dragado que rompen el ecosistema, los countries ocupándolo todo, el extractivismo de arena para el fracking, las privatizaciones, la contaminación masiva, la indolencia estatal: el Paraná debería ser un río de todos, pero parece un río de nadie. Navegación desde Escobar hasta las Lechiguanas, pasando por Costa Pobre, barrio popular amenazado, que simboliza mucho de esta historia. Voces e imágenes de quienes siguen defendiendo la vida del aire, el suelo, el agua y la justicia.
Por Francisco Pandolfi
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Atanor condenada por contaminación: La odisea
Más de 200 muertes en seis manzanas del Barrio Química, la contaminación probada del agua, aire y suelos, y el “daño irreversible” al Paraná en San Nicolás ratificado por la Corte Suprema bonaerense. La sanción económica es mínima para una multinacional (equivalente a dos camionetas) pero está por comenzar la causa penal a sus ejecutivos. Lo que cuentan el barrio y el abogado Fabián Maggi sobre este viaje de más de una década para que no haya impunidad.
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Agroecología en Misiones: El libro de la selva
Una cooperativa agroecológica de quince familias produce alimentos sin químicos en medio de la selva misionera y muestra cómo cultivar de un modo sano y rentable. Unión Campesina, los secretos de la tierra, la casa de las semillas, y una decisión: hacer mucho y hablar menos. El método del Fukuoka misionero. ¿Cuál es la rueda que está girando?
Por Francisco Pandolfi
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Delia Tedín, decoración, política y clases altas: Mucho gusto
Con tupido árbol genealógico y privilegios de cuna, aprendió el valor de la diversidad y la rebeldía frente a un ambiente que “olía a odio”. Eligió su propia vida como decoradora, sin perder nunca de vista el contexto social. Sus pasiones: fomentar el trabajo y la creatividad del país, y combatir la idea de que las personas tienen la culpa si les va mal en estos tiempos. Conversación sobre bombas, estupidez, poder, Nerón y el arte de mantener los ojos abiertos.
Por Sergio Ciancaglini
Fotos: Juan Valeiro

Carne de cañón: las víctimas travestis-trans de la dictadura
A 50 años del golpe de Estado, el Archivo de la Memoria Trans reunió en un libro testimonios individuales, relatos colectivos y el registro del Juicio Brigadas, el primero que toma como víctimas del terrorismo de Estado a mujeres travestis trans. El libro no habla solo de violencia, sino también del humor, la amistad, la resistencia y las formas que ellas inventaron para poder seguir vivas. Pistas sobre dónde encontrar claves para el futuro.
Por Evangelina Bucari

El libro La nueva oligarquía: Tecnopoder
¿Quién gobierna el mundo? ¿Qué transformaciones y deformaciones de la democracia se están intentando? ¿Qué pasa con la soberanía? ¿A quién hay que vigilar? Temas de La nueva oligarquía, del sociólogo argentino Ariel Goldstein y editado por Marea. Aquí, fragmentos que invitan a su lectura para bucear varios dilemas del presente.

Zoe Hochbaum: Comerse el mundo
Actriz, bailarina, escritora, productora: 27 años, una nueva película y un programa de radio. Zoe puede oscilar entre la comedia con flamenco, los monstruos literarios y la reconstrucción de los vuelos de la muerte. El homenaje al radioteatro, y el ejercicio de la amistad como salvavidas para los tiempos en los que la realidad parece querer fagocitarnos.
Por María del Carmen Varela
Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org

Crónicas del Más Acá: Rambo al sur
por Carlos Melone
Nota
La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Córdoba llegó a la undécima edición del Ni Una Menos con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. Córdoba salió a la calle bajo la lluvia este 3J, once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta.
Por Bernardina Rosini
El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: lavaca.org.
Lo que no se puede creer
Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.
Varones
Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema? Fotos: lavaca.org
«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.
Dónde está Delicia
Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.
Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.
Justicia sin apellido
Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»
Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.
La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
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