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La sociedad en movimiento

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Primero, se rebelaron para ser escuchados. Luego, para ser reconocidos como interlocutores válidos de un problema que puede afectar su vida, sus derechos y su futuro. Finalmente, la Asamblea de Gualeguaychú creó nuevos modos de organización, debate y acción, con una fuerza que pone en vilo al ecosistema político local y global, desde el gobierno provincial hasta La Haya. Cómo funciona esta experiencia, cuáles son sus dilemas, y cómo se ven desde el piquete de la ruta 136 los políticos, los medios, las empresas y esa idea tantas veces contaminada de impotencia: qué significa ser un ciudadano.

Al costado de la ruta, sobre el pasto, se van instalando cientos de vecinos provistos con mates adictivos, convicciones coloridas, voluntad ágil y sillas plegables. El lugar parece un parque público en medio del campo, donde los chicos juegan y los adultos realizan una actividad altamente subversiva en estos tiempos: conversan sobre lo que piensan. El asfalto está pintado con peces amarillos, pájaros verdes y corazones rojos. Un acoplado cruzado en la ruta, un tractor y una tranquera marcan el límite. La característica más asombrosa de estas personas es que se han atrevido a pronunciar juntas una palabra de alcances tremendos: No.
Al hacerlo, concretaron el piquete más gigantesco conocido en Argentina (corte de frontera incluido), la marcha más grande de la historia en defensa de un tema ambiental, y la creación de una asamblea ciudadana, masiva, de tendencia horizontal, que busca el ejercicio de la democracia directa, y que de hecho tomó la capacidad de acción (el poder)- en sus propias manos evitando intermediaciones de la política partidista y estatal, para hacerse oír y anunciar ese No, que se redondea en ocho palabras: “No a las papeleras, Sí a la vida”.
La pregunta, entre tantas otras, es: ¿funcionará?
Cuando se va más allá del corte y se llega al puente General San Martín, solitario y colgado entre el río y el cielo, se observa que el lado argentino todavía es un bosque verde. Pero enfrente, al verde uruguayo le ha salido un brote marrón, pálido y áspero. Botnia, la empresa finlandesa, está construyendo a ritmo de espanto una planta erizada de grúas, que se dedicará a fabricar pasta de celulosa para papel. La obra está presidida por una chimenea de 120 metros (el doble del Obelisco porteño) falo de cemento que se ve kilómetros a la redonda y que arremolina a su alrededor camiones que trabajan 24 horas, y esperanzas de progreso con síntomas severos de convertirse en ilusiones ópticas.
 
¿Contra quién lucha Gualeguaychú?
El hombre está perplejo. No es ecologista mediático, militante político, activista flamígero, ni otros oficios esdrújulos, sino vecino de Gualeguaychú, técnico en computación, y ciudadano que no pierde la capacidad de asombro. Dice: “Nos tocó una difícil. Estamos luchando contra un sistema con empresas que sólo buscan ganar plata, aunque la gente se muera sin que nadie sepa por qué. Nos tocó pelear contra el orden económico mundial”.
Gustavo Rivollier no lo dice buscando una frase pomposa de panelista televisivo, sino con el tono del que va descubriendo en sus propias palabras los alcances del reclamo de Gualeguaychú. “Escuchame, ninguno de nosotros querría estar en la ruta, quisiéramos estar en casa con nuestras familias. Pero ya aprendimos que si no nos hacemos cargo nosotros, sonamos.” Emilio Alonso, ingeniero: “Es una macana para nosotros y para los uruguayos. Siempre buscamos otras soluciones pero es como hacer pis en el río: no cambiás nada. Al final por lo único que nos escucharon fue por los cortes”.
Un repaso veloz impide versiones nacionalistas. Todo comenzó gracias a grupos ambientalistas uruguayos de reconocida seriedad, como Guayubira y Movitdes, que alertaron ya en 2002 a sus vecinos de Gualeguaychú (80.000 habitantes) sobre el proyecto de la española Ence de instalarse en Fray Bentos. Sin recurrir a Sherlock Holmes, ése era el corolario obvio del proceso masivo de plantación de eucaliptos financiado por el Banco Mundial, que no estaba haciendo un fomento de la sombra, con 700.000 hectáreas de plantaciones del lado uruguayo y 1.200.000 en Entre Ríos, sino garantizando la materia prima para elaborar la pasta de celulosa.
Del lado argentino muy pocos captaron la seriedad de la advertencia. Pero apareció Botnia comprando terrenos junto al puente Libertador General San Martín. Los gualeguaychenses empezaron a ver desde su propio balneario (Ñandubaysal) que los uruguayos tenían razón. Un puñado de vecinos comenzó a hablar en radios locales alertando sobre lo que se estaba viniendo. En 2003 llamaron a una movilización sobre el puente. Hubo 1.500 personas. Dice Edgardo Lalo Moreira: “Los que encararon este tema tuvieron mucha credibilidad porque no eran políticos”. Los vecinos concurrieron a la Cancillería dirigida entonces por Rafael Bielsa, pero los funcionarios no conocían la existencia del Estatuto del Río Uruguay que regula la convivencia de ambos países sobre el río. “Creían que era un tratado sobre navegación deportiva” recuerdan. Tuvieron una fuerte discusión con el representante argentino en la Comisión Administradora del Río Uruguay (caru) Roberto García Moritán, que fue echado de la reunión por el veterano Raúl Estrada Oyuela. García Moritán fue ascendido luego a vicecanciller. Los gualeguaychenses captaron que andaban en problemas. Sostiene Moreira: “Entendimos que había que trabajar con ideas de acción directa y movilización”. Fueron a los colegios, a los clubes y asociaciones vecinales de todo tipo que pululan en Gualeguaychú (y a ese espíritu asociativo habrá que adjudicarle tal vez mucho de lo que ocurrió luego).
La prodigiosa inoperancia de los gobiernos nacional, provincial y municipal para hacer algo sobre el tema, dejó encerrados a los gualeguaychenses. El 5 de abril de 2005 decidieron hacer una colecta de firmas rechazando la instalación de las pasteras (juntaron 39.000), se organizaron como Asamblea Ciudadana Ambiental, y llamaron a una movilización sobre el puente que convocó a 40.000 personas el 30 de abril de ese año. Lalo: “La movilización nos pasó a todos por arriba. Nadie esperaba más de 10.000 personas. El puente empezó a temblar, nadie había calculado cuántos podían caminar por ahí”. Durante el verano de 2006 se realizaron cortes cada vez más frecuentes, hasta llegar al de tres meses. Luego se produjo la segunda marcha, el 30 de abril de 2006, que congregó a unas 80.000 personas que esta vez ni intentaron subir al puente: por jugar con las proporciones, fue como si en Buenos Aires se movilizaran tres millones de personas. El 5 de mayo el gobierno nacional organizó un acto en el Corsódromo, presidido por Néstor Kirchner y engalanado por una invasión de gobernadores, intendentes, burócratas, punteros, sindicalistas, miles de personas fletadas a sueldo (por los punteros), secretarias de piernas largas y asesores, poniéndose al frente de la lucha de la comunidad. Hubo cierto aroma malvinista, el discurso presidencial generó indiferencia y poca movilización de la propia gente de Gualeguaychú (ni la décima parte de lo convocado por la Asamblea). Las huestes del gobernador Busti vigilaban con gesto torvo para evitar abucheos. Todo ese artefacto para domar el reclamo, acaso fue un reconocimiento hacia la fuerza de la Asamblea por parte de la política de corsódromo.
 
Lo que logró la Asamblea
La Asamblea Ciudadana Ambiental siempre fue cuidadosa de su autonomía con respecto al Estado, los partidos políticos y demás corporaciones. Todos reconocen inspiración en las asambleas surgidas luego de 2001. Muchas de ellas, sobre todo en Buenos Aires, habían fallecido fagocitadas o destruidas por la presencia de partidos políticos que intentaban dirigirlas. En Gualeguaychú, donde casi todos se conocen, la posibilidad de ventrílocuos partidarios fue menor.
José Pepo Pouler es pizzero: “Acá se armó un movimiento horizontal y apolítico, sin cabecillas ni dirigentes, con democracia directa, que permitió que la gente se fuera incorporando. Yo defiendo a muerte la horizontalidad de la asamblea” dice Pepo, que se reivindica como peronista, aunque en receso. ¿Movimiento apolítico, o apartidista? “En realidad es apartidista. Hacemos política en el buen sentido, más que mucha gente paga que se candidatea y nunca hace nada.” La gente de Gualeguaychú se ha acostumbrado inesperadamente a intercalar en sus conversaciones cotidianas reflexiones, por ejemplo, sobre el capitalismo. Pepo: “Uno ve un capitalismo salvaje, con pocos ricos y muchos pobres. Dinero por el dinero. No estamos de acuerdo”. Rivollier: “No es un secreto, las empresas no tienen moral: tienen contabilidad. Piensan con el bolsillo y no les calienta si van a contaminar el río entero. Entonces uno tiene que moverse para evitarlo”.
 
La cosecha
¿Qué logró la Asamblea, reunida junto a la ruta haciendo cortes, o deliberando en El Teatro de Gualeguaychú, al plantarse y decir No?
 
Logró convertirse en una máquina de informar, un medio social de comunicación que consiguió hacerse oír en la comunidad, en el país y el mundo.
 
Pudo, además, convivir con sus diferencias. Hay sectores más duros y otros más complacientes con el gobierno, se tienen mutua desconfianza, pero hay un pacto implícito -hasta ahora- de resolver todo en la propia Asamblea. “Acá nadie pierde una votación, porque lo que vota la mayoría es lo que todos asumimos como nuestro” dice Pouler.
 
Gualeguaychú logró movilizar a los gobiernos nacional y entrerriano, aunque hicieron todo tarde y mal. “La presentación ante el Tribunal de La Haya tendría que haberse hecho cuando la reclamamos tres años antes, y nos miraban como a bichos raros. Al hacerlo tan tarde era obvio que los jueces no iban a interrumpir la construcción tan avanzada de Botnia” dice Rivollier. Pepo asegura, con filosofía maradoniana: “A Kirchner se le escapó la tortuga”.
 
La demostración sobre la importancia que hubiera tenido actuar a tiempo la brindó la española Ence: al no haber empezado a edificar, pese al fallo favorable de La Haya, anunció su reubicación -con prudente lógica- en cualquier zona que no implique un perjuicio para los vecinos argentinos.
 
La movilización permitió poner al descubierto otro problema totalmente silenciado: ¿cuál es el modelo de desarrollo que simbolizan las pasteras? Alfredo De Angeli es dirigente de la Federación Agraria, simpatiza con la presidencia de Kirchner, pero pone las simpatías en suspenso al hablar sobre el tema: “El sistema productivo va a desaparecer en la zona. El valor inmobiliario se derrumbó. Por un campo de 2.500 dólares ya no te dan ni 1.500. Y como es zona contaminada, no te compran más carne, cereales, miel ni nada. Ojalá me equivoque, pero si esto sigue, ¿sabés qué va a haber aquí dentro de diez años? Eucaliptos, sólo eucaliptos. El desierto verde”. Se trata de un árbol psicópata: no deja crecer nada alrededor. Cada eucalipto absorbe unos cien litros de agua por día. En Fray Bentos, la productora apícola Karina Kulik contó a Mu que las aguadas están desapareciendo, chupadas por esos árboles-bombilla, y que sus abejas empezaron a nacer con alas cortas, o sin patas, por el desequilibrio alimentario provocado por el monocultivo. De Angeli es preciso: “Desierto verde significa millones de hectáreas de un árbol depredador, trabajo para casi nadie, y concentración de tierras”.
 
Gualeguaychú reveló una paradoja europea: los mismos países que aseguran que las pasteras no contaminan, no comprarán nada de lo que se produzca 100 kilómetros a la redonda de las plantas. Los propios productores uruguayos -los que pueden, como Karina- están planeando huir de la zona antes de que las pasteras empiecen a trabajar.
 
Otro efecto revelado por la Asamblea: la destrucción del turismo. Los turistas parecen ser sujetos de templanza débil, poco dados a la aventura de bucear con sus niños entre los efluentes de las pasteras, a los pies de chimeneas que despiden un aroma -según denuncian en diversas latitudes- similar al del huevo duro podrido.
 
Los cortes de la Asamblea permitieron, por eso, vislumbrar un tipo de (sub)desarrollo diseñado para toda la cuenca del Uruguay a partir de las pasteras. Ejemplos: la Red Uruguaya de ong ambientalistas (compuesta por 36 organizaciones) redactó un informe ratificando la contaminación que provocarán las empresas y la lluvia ácida generada por los efluentes, entre otros efectos. El estudio considera que se trata de una “verdadera industria extractiva”, que reafirma el proceso de concentración y extranjerización de la propiedad de la tierra, modelo que agudiza el éxodo rural hacia la periferia de las ciudades y destruye el ambiente. Botnia ni siquiera pagará impuestos ya que se la considera en “zona franca” y los 300 empleos previstos cuando la planta esté a full son muchos menos que los que se pierden en los campos monocultivados (puede agregarse que los contratados mejor pagos no serán precisamente campesinos ni jóvenes uruguayos, sino técnicos internacionales, gerentes con masters primermundistas, secretarias trilingües y oficios por el estilo). Otro dato: las ganancias no serán reinvertidas sino que se irán fuera del país, como ocurre con toda multinacional que se precie. Y además, lo habitual: luego de haber realizado el proceso contaminante en estas tierras, la pasta de celulosa viajará a Europa donde están las verdaderas fábricas de papel, las que generan valor agregado y puestos de trabajo.
 
El modelo
Gualeguaychú está cuestionando todo ese modelo extractivo y concentrador de la riqueza, del cual Entre Ríos forma parte con su desierto verde sumado a la inundación de plantaciones de soja. María Elena Marchiolli narra lo que sienten los vecinos: “Primero dejaron a los pueblos sin trabajo. Y ahora viene la etapa de llevarse la materia prima y dejar acá los desechos humanos”.
¿Por qué tanta pasión por la pasta de celulosa? El negocio viene montándose desde fines de los 80 con financiación del Banco Mundial. El papel sigue siendo un insumo gigantesco en el mundo. Pero además figuras como el ex director de la Reserva Federal de Estados Unidos Alan Greenspan, plantean que el etanol de la celulosa “si cumpliese sus promesas, nos ayudaría a abandonar nuestra dependencia del petróleo, así como podría hacerlo el carbón y la energía nuclear”. Semejante exposición en el Comité de Asuntos Exteriores del Senado estadounidense el 7 de junio de este año, permite comprender el interés por consolidar lo que se ha dado en llamar una “cuenca pastera” en el Cono Sur. Si Greenspan acierta, el negocio del papel va a ser, por lejos, el menor de estas plantas bien llamadas por los gualeguaychenses “pasteras”, aunque no se dediquen precisamente a la producción de fideos.
Otro logro de la Asamblea fue el de cambiar el discurso de los ecologistas internacionales, que empezaron apostando a la posibilidad de una industria limpia. “Sabemos que no pueden ser limpias. Siempre contaminan. Por eso decimos No a las pasteras” explica María Elena. Las ONG terminaron pidiendo la relocalización de las plantas. Los ecologismos mediáticos como el de Evangelina Carrozo y su atractiva humanidad instalada por Greenpeace en la cumbre de presidentes de Viena, con un cartel que decía en inglés “No a las papeleras contaminantes” olieron a efímeros. La bella Evangelina usó aquella fama para bailar por televisión, contaminada de patetismo con rating, mientras Gualeguaychú siguió diciendo No.
 
¿Qué es ser ciudadano?
La Asamblea se autodefinió como Ciudadana, concepto entendido como ejercicio activo de los derechos, intervención pública, organización, debate colectivo y toma de decisiones democrática, en asambleas que pueden congregar a 100, 500, 2.000 personas o más (según la importancia del tema a tratar), que siempre cuentan con el aval de la comunidad. La consigna constitucional según la cual “el pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes” se evidenció como anacrónica, en un país en el que esa “representatividad” suele ser lo opuesto a cualquier idea sincera de democracia. Es interesante ver cómo percibe la cuestión al menos uno de los políticos de la zona, Héctor de la Fuente (presidente del Concejo Deliberante, miembro del oficialista Nuevo Espacio), que incurre en una curiosidad, la autocrítica, en un lugar donde los políticos ya no son considerados “dirigentes” de nadie: “Los políticos, y me asumo como tal, han sido los que han tenido el poder de decisión desde la llegada de la democracia. Los ciudadanos les delegaron todas las decisiones. Llevamos 23 años de democracia, y tenemos los resultados a la vista: vemos cómo está el pueblo. Si el ciudadano se compromete las cosas van a cambiar. La fuerza de la Asamblea consiste en que la gente recupera su capacidad de decidir”.
María Elena aclara: “Y ya nadie quiere eso de que haya uno que ordena y otros que obedecemos. No sirve más”.
La Asamblea decidió gobernarse a sí misma, ser soberana y abierta por naturaleza para que todos puedan participar, proponer y votar con libertad. Los empleados de las empresas periodísticas califican a los gualeguaychenses como “fundamentalistas”, “talibanes”, “irracionales” y hasta “extremistas”. María Elena no puede entenderlo: “No somos lo que muestran los medios. Nadie aquí es así” dice señalando a los vecinos que pasean por la ruta, esperando la hora de la Asamblea. “Esos periodistas o dueños de medios, ¿quiénes son?, ¿qué se creen?”
El arquitecto Omar Lonardi tampoco es un extremista, pero parece desmentir las teorías sobre el individualismo, el desinterés y la apatía política: “Cada vez más somos ciudadanos activos, participativos, hablamos, tomamos decisiones. Es una ciudad movilizada y vamos a demostrar que podemos hacer muchas cosas”.
 
Últimas noticias  
La Asamblea chocó con la intransigencia de los gobiernos, de Botnia, de los medios, del Banco Mundial, y volvió al corte de ruta. El gobierno argentino, a través de un fiscal, mandó fotografiar a los vecinos destilando el rumor de que cometen un delito si realizan un corte. Empezaron a verse fotógrafos raros, pelo corto, gesto huidizo, zapatos de cuero negro: policías disfrazados de civil y/o agentes de eso que se ha dado en llamar “inteligencia”, desde siempre dedicados a espiar a los ciudadanos, demostrando quién suele ser el enemigo para las fuerzas estatales. María Elena: “Había uno que se escondía atrás de los gendarmes y nos sacaba fotos desde ahí. Fue todo muy feo, cosas de las épocas de los militares”.
Los presidentes Tabaré y Kirchner comenzaron luego una escalada de improperios mutuos, el viejo modo de controlar sus respectivos frentes internos promoviendo un supuesto conflicto externo. Frontera caliente: la idea de convertir un tema de medio ambiente y de ciudadanía movilizada en un asunto de “nacionalismo” y “soberanía” es un riesgo que nadie sabe si la Asamblea podrá superar, y que impulsan sus sectores más oficialistas, cuando se inicia un 2007 electoral.
(Entre paréntesis: que el proclamado progresismo de Tabaré postule la represión de los asambleístas y la militarización de las plantas debería ser analizado desde un punto de vista marxista, si es que tiene sentido convocar a Groucho para estas cosas).
En la orilla argentina, con la agitación del supuesto conflicto externo, la libertad de acción de la Asamblea corre riesgo. Las empresas periodísticas fogonean ese desfasaje, hablan en términos bélicos, fomentan el pus xenófobo. Alguien de Gualeguaychú comenta a Mu: “Hay muchos que quieren aprovechar la Asamblea para su negocio político. No quieren el cambio. Pero esto fue siempre así. No hay que dejarse caer: tenemos que mantener nuestro aire. Aire fresco”. Tal vez ése sea el punto central de la agenda, mientras al costado de la ruta todos acomodan sillas, mates y sueños, porque la Asamblea está por comenzar.

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