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Guerrera: Gabriela Gartón

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Es arquera de la Selección argentina de fútbol femenino y Magíster en Sociología de la Cultura. Antes del Mundial de Francia, publicó su libro Guerreras. Fútbol, mujer y deporte, resultado de su tesis de maestría. Enseñanzas y proyectos entre viajes, atajadas y libros. DELFINA CORTI
Está sentada en un banco del parque Las Heras, frente a las canchitas de césped sintético. Del otro lado de la reja, entrenan nenas de unos seis años.
–Ver nenas jugando al fútbol me pone totalmente feliz –dice Gabriela Gartón, socióloga y arquera.

Del arco a la tesis

Gaby, a diferencia del resto de las jugadoras de la Selección, apenas arrancó a jugar fútbol, lo hizo con niñas de su edad. Su carrera futbolística comenzó en Estados Unidos, país donde nació y se crió. Hija de una argentina y un estadounidense, se paró bajo los tres palos como arquera cuando tenía ocho años. “Como era alta y grandota la mandaron al arco”, recordó su mamá Graciela en una entrevista sobre aquellos años en Minnesota. “Yo pensaba que era por vaga, porque así no tenía que correr, pero una vez fuimos a ver un partido, hubo penales y ella se puso como una leona. Tenía un promedio de atajadas espectacular, sabía a dónde iba la pelota, se transformaba en una guerrera. Ahí entendí que ella tenía que ser arquera”.
En una cultura futbolística muy diferente a la argentina, jugó durante su niñez y adolescencia en equipos recreativos conformados por mujeres hasta que fue reclutada para jugar a nivel universitario. Además, creció viendo fútbol femenino y sus primeras ídolas fueron aquellas jugadoras estadounidenses que ganaron de manera dramática la final del mundial de 1999 frente a China ante más de 90 mil personas.
“A través de una compañera de mi equipo de Rice University, (Juan Carlos, entrenador argentino) Borrello se había enterado de que yo estaba en proceso de naturalizarme como argentina. Durante las dos semanas que entrené con la selección me di cuenta rápidamente de que mi carrera típica estadounidense era más bien una anomalía para las jugadoras argentinas”, cuenta su tesis de maestría convertido en libro, Guerreras. Fútbol, mujer y deporte.
Fue aquel choque cultural, aquella impresión de ver en el fútbol femenino argentino problemáticas sociales, políticas y económicas; expresiones y desigualdades de género y sexualidad; ambigüedades laborales, afectivas y profesionales, lo que la llevó a convertirlo en su objeto de estudio de maestría.
A pesar de esas primeras impresiones –”o posiblemente, gracias a ella”, aclara– decidió seguir su carrera en River –donde jugó entre febrero de 2013 y septiembre de 2015– y, más tarde, en la UAI Urquiza, donde jugó hasta 2018.
En Guerreras Gaby destaca la posición subordinada que mantiene el fútbol de mujeres en relación al lugar hegemónico que ocupa su versión masculina. “La mayoría de las jugadoras de la Selección se criaron jugando con varones. Lo que conocen es el fútbol de varones, su cultura. De ahí que hoy sea imposible separar del todo el fútbol femenino del masculino”.

Una construcción histórica

En tu libro planteás que “el fútbol en sí no se ha construido como deporte nacional, solo el fútbol practicado por varones” y remarcás esta construcción del fútbol como deporte de varones en el cual se refuerzan identidades masculinas hegemónicas. En Estados Unidos, ¿cómo se construyó históricamente el fútbol?
Allá el fútbol es un deporte marginal. Por ejemplo, lo que ocurre acá con el fútbol, pasa allá con el béisbol, el básquet o el fútbol americano. Son deportes que estigmatizan a la mujer. Si jugás, sos un marimacho. En cambio, el fútbol se construyó como un deporte familiar y, al mismo tiempo, de clase media-alta. La cuota para practicar este deporte no todos la pueden pagar.
Aquella estigmatización que sufren las mujeres que en Argentina practican fútbol, también es un eje de análisis en Guerreras. En la construcción histórica del fútbol como un deporte de varones también se estableció una imagen de jugador (y de hincha) donde prevalecen las cualidades de la lucha, el “aguante”, la picardía, el coraje. Por lo tanto, plantea el libro, toda mujer que presente estas características es considerada “marimacho” y su sexualidad resulta cuestionada.
Sostenés que al fútbol femenino muchas veces se lo comprende y analiza a partir de las construcciones y significaciones que surgieron en el fútbol masculino. Una anécdota que da cuenta de esto es la que llamás “Equipo chico, la puta que lo parió”…
En 2017, con la UAI jugamos contra Boca un partido importante. Si ganábamos, quedábamos en la punta. Y le ganamos 2-1. En el festejo, nos pusimos a cantar “¡Equipo chico, la puta que lo parió!”. Algunas jugadoras y algunas hinchas interpretaron la canción como un insulto. Sin embargo, la canción, a diferencia de lo que ocurre en el fútbol masculino, la cantamos como una muestra de orgullo. El equipo chico éramos nosotras.
En aquel partido, las jugadoras de la UAI Urquiza expresaron un sentido de pertenencia al club, el orgullo que ellas sintieron aquel día de estar en una posición subalterna y aun así desafiar a los equipos más poderosos del país. Esa es la identidad de la UAI Urquiza, de las Guerreras.
Otro ejemplo de esta resignificación está en el autorreconocimiento como guerreras.
En el fútbol femenino, la guerra no es contra los otros equipos. La guerra es la lucha constante para poder jugar, para poder vivir cómodamente y, al mismo tiempo, poder entrenar.

Sobrevivir del fútbol

Durante dos años, después de abandonar la UAI Urquiza, Gaby vivió en San Luis, adonde se mudó por el trabajo de su marido. Entrenó en el equipo Sol de Mayo y luchó para que la liga puntana le permitiera jugar en un equipo amateur de varones. Ahora, su futuro es incierto. “Todavía no sé si nos vamos a Europa o Estados Unidos. Lo vamos a definir en los próximos días”.
¿Tu idea es mudarte y seguir jugando al fútbol?
No lo sé. Si me mudo a Europa, puede ser. Si me mudo a Estados Unidos, estoy analizando la posibilidad de ser entrenadora.
¿A chicas de qué edad te gustaría entrenar?
Me gusta trabajar con adolescentes. En esa etapa, dudás de todo, de vos misma. A veces te sentís media perdida. A mí, el fútbol me ayudó a encontrarme, a distraerme de las presiones. Adentro de la cancha era feliz. Es una edad complicada, pero al mismo tiempo, como entrenadora, es una etapa en donde podés marcar la vida de una mujer.
Antes de que la charla terminara, una pelota viene en cámara lenta y se frena delante de la arquera de la Selección. A lo lejos, un nene llorando en el piso y su mamá ayudándolo a levantarse. Gaby le levanta el brazo a la mujer y cuando recibe su señal, le pega con cara interna.
–La maté –dice después de ver que la mamá no había podido frenar la pelota.
El libro termina contando la profesionalización del fútbol femenino. En tu tesis doctoral, ¿qué te gustaría trabajar?
Me gustaría ver cómo se realiza el torneo, si el profesionalismo va a ser algo más que firmar un contrato, si los clubes van a poner las condiciones necesarias. Y también, algo que me interesa es la entrada de las marcas. Ver cómo repercute en la dinámica grupal, en la relación de las jugadoras. Hay que ver si la entrada de dinero cambia la dinámica del amateurismo.

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