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Poeta de acá

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Leandro Gabilondo. Fútbol, ciudad y otros amores desesperados recorren su libro Retiro, poesía de nueva generación.

¿Qué onda la poesía? Entre la posibilidad de que sea un arte mayor o un deporte acartonado, la expresión más pura o un eterno playback, hay un gesto del escritor que se puede leer en clave deleuziana: algo pasa o no pasa. Funciona o no funciona.

¿Qué onda los poetas? Leandro Gabilondo se pregunta eso en su libro Retiro y yo transpolo la duda. Recojo el guante como periodista y lo siento enfrente para discutir de literatura.

Funciona.

Qué es la literatura es una pregunta jurídica, es decir, antipática. La poesía, después de todo, ya no puede ser juzgada con las condiciones de verdad. La felicidad parece un mejor parámetro. Y, en términos literarios actuales, Gabilondo tiene onda.

Aunque la nota está teñida de gusto personal, de cierta identificación con el autor –mismo club de fútbol, admiración por el bocha Sokol y otras paredes-, la única verdad es la experiencia: le di su libro Retiro a mis amigos del barrio –poco voraces de lecturas, pero que conocen y cuentan las mejores historias- y se rieron, leyeron poemas en voz alta, lo pidieron prestado y recortaron frases para las redes sociales. Alguno, también, reclamó: “Esto lo puede escribir cualquiera”.

A Gabilondo le gusta la provocación. Él, dice él, también es cualquiera. ¿Borges no era cualquiera, acaso? No, pero la literatura necesita –urgente- otros parámetros, que no sean espejos. Necesita imaginación y voces nuevas, de la época.

¿O eso es lo que buscamos los periodistas?

La amiga drogadicta

Gabilondo se anima: 28 años, de esa nacionalidad conocida como “de barrio”, va por su libro tercero y acaba de cumplir su poema número cien. Oriundo de Arrecifes (“es una república: si nos organizamos y eliminamos a los sojeros, tomamos la Casa Rosada sin tirar un tiro”), se curtió en Rosario (“ves a un pibe caminando por la calle leyendo poesía”) y es trotabarrios de Capital desde los 21: Palermo Soja, Boedo, Villa Crespo.

Fue periodista y es guionista, oficios que define con el verbo lunfardo más famoso después de “laburo”: morfar.

Resume su vida estirada entre Arrecifes y Capital, así: “Me vuelvo el domingo a la noche y mis amigos están en cuero haciendo un asado y yo me tengo que ir a entregar un guión en una hora porque sino me echan”. Esa tensión define su libro Retiro, donde Capital está zarpada. “Es como una amiga drogadicta”, dice en Otro poema de Buenos Aires: “La quiero mucho y no sé qué hacer”.

Chilavert o Burgos

Gabilondo es de la generación poeta 2.0: nunca escribió un poema a mano. No sólo se trata de la intermediación técnica, del pensamiento canalizado al dedo, sino de un acto de (des)concentración: “Estamos escribiendo y cae un mail. Y eso es terrible”.

Un resultado posible es una prosa que corre con la liviandad de un twit y la personalidad de Facebook, sin necesariamente la parte banal, banana. Quiero decir: una imagen y un tono. El código con el lector joven está generado: “Dejo afuera a mucha gente, sin querer. Pero también a mí otras estéticas me dejan afuera de otras cosas… Me respeto a mí; escribo como si yo estuviese leyendo”.

Lo interneteano no deja de lado, para nada, al cuerpo: no es otro el lugar desde donde escribe Gabilondo. Lo que vivió y vio, lo que recorrió y corrió, lo que leyó en los libros y en la calle. Desde el cuerpo, siempre el cuerpo y las marcas del cuerpo que son los poemas. Sus palabras, hasta en la entrevista, las saca bien desde adentro.

Futbolero, en un poema de amor para susurrar al oído, escribe sentirse “un alcanzapelotas lento, humillado y bastardeado por el temperamento guaraní de José Luis Chilavert”.

Para entender el gesto le pregunto sobre el humor, y se pone serio: “En ningún momento quiero hacer reír. Yo quiero decir eso; no lo puedo decir de otra manera. No es que pongo ´la calentura del Mono Burgos sin más´”. Es cierto. No es fácil mezclar amor y fútbol, ni todos los arqueros tienen nombres poéticos.

Entonces viene el tema de si funciona o no funciona: “Banco lo genuino. Si veo a un pibe con una literatura muy lumpeneta y le creo, me encanta. Y si veo a un pibe súper rosa, en el límite de lo cursi y le creo, me gusta”. Una traducción gráfica: “A Ricky Martin le creo. A Montaner, no sé”. Otra vez el cuerpo… y otro ejemplo: “Me gustan Flashpoint y Corazón valiente de Gilda al mismo nivel”. La pregunta es entonces por qué no entra un José Luis Chilavert. Me habla de su papá, técnico de fútbol del ascenso: “Mi viejo no tiene idea de literatura, pero me parece un genio. Y está enfermo por el fútbol: compara el hambre del mundo con la defensa de Quilmes”.

Para los Gabilondo esto no es una joda: “Es una imagen”.

Y es una lucha: “La de traer la poesía no sé si al día a día… pero me hincha un poco las pelotas que incluso los que hacen poesía son los que más fomentan que la poesía sea elitista. Me interesa ir a mi vieja, que no caza un fulbo,  y decirle: acá hay poesía. Que se entienda que es de todos”.

Poetas que vuelan

Borges situó en el barrio de Constitución el espacio geográfico que simbolizaría en su cuento El Aleph, llevado al extremo por Washington Cucurto a un locutorio del barrio de Once: al pleno quilombo, donde se “ve” el infinito universo. Retiro es la versión Gabilondo de esta imagen. “El triángulo de las Bermudas de mi vida -define-. Un poema gigante”. En el medio de ese triángulo evocado, los aviones se pierden sin aparente explicación. El hecho provoca una serie de hipótesis de bajo fundamento, como esta nota al hablar de literatura: no se ubica fácilmente (en general la encontramos mucho después, tarde), los restos que se encuentran son falsos (de aviones otros y viejos, o de algo que se parece a un avión, pero no lo es), los investigadores–especialistas- no tienen ni idea y los periodistas decimos barbaridades.

Lo cierto es que son más los aviones que vuelan alto, aunque no vayamos al aeroparque a verlos despegar. Aunque sea, cada tanto, está bueno verlos cruzar el cielo y señalarlos con el dedo.

Ahí va Gabilondo.

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