Nota
Plaza de los prostituyentes
Plaza Once cambió de nombre. Desde este miércoles pasó a llamarse Plaza de los Prostituyentes. Fue así rebautizada para denunciar el tráfico y la explotación sexual, en una acción pública que sirvió para lanzar Ninguna mujer nace para puta, el libro que escribieron la boliviana María Galindo y la argentina Sonia Sánchez. Fue una mezcla de escrache colorido, con pinturas sobre el piso: «La prostitución no es un trabajo». Una procesión posterior, por avenida Corrientes, finalizó en el Centro Cultural Ricardo Rojas, donde Liliana López Foresi fue la conductora del acto de presentación de este trabajo editado por lavaca que analiza los cimientos de una nueva forma de construir vínculos que permitan a las mujeres organizarse y rebelarse.
Plaza Once, desde este miércoles, pasó a llamarse Plaza de los Prostituyentes. Una centena de mujeres decidió rebautizarla para denunciar el tráfico y la explotación sexual, en una acción pública que sirvió para presentar Ninguna mujer nace para puta , el libro que escribieron la boliviana María Galindo y la argentina Sonia Sánchez y que acaba de editar lavaca.
Mujeres de todas las edades, acompañadas por un grupo minoritario de hombres, se calzaron una banda cruzada en el pecho que las consagraba como Miss Puta. La excepción era Galindo cuya banda lucía los colores de la bandera boliviana y la leyenda “Eva”, en letras doradas. Cada manifestante, además, enarbolaba una escoba, ese símbolo que caracterizó durante siglos a las brujas, esas rebeldes que eran estigmatizadas, acusadas de pactar con el diablo, y que durante la inquisición solían terminar en la hoguera
Las escobas habían sido disfrazadas de mujeres. Estaban cubiertas por vestidos de diversos colores y modas. Y cada una llevaba en su pecho, como estandarte, un cartel con la consigna “Ninguna mujer nace para puta”. “Estamos aquí para rebautizar esta plaza, una zona liberada para fiolos y policías”, anunció Sonia Sánchez, una de las autoras del libro. “Estamos aquí para construir teoría y propuesta –agregó María Galindo, la responsable de elaborar el concepto y la propuesta que refleja la consigna Ninguna mujer…-, pero no desde la Academia ni desde el púlpito. Las nuevas teorías se crean en la calle. Salen de la calle y vuelven a la calle”.
Sánchez y Galindo hablaban mientras agitaban con ambas manos sendos envases de aerosol. De pronto, los destaparon y marcharon hacia el centro de la plaza rodeadas de todas y todos los manifestantes. La autora boliviana escribió sobre el piso, en perfecta caligrafía manuscrita, el título del libro: “Ninguna mujer nace para puta”. La autora argentina era la encargada de fijar consignas y conceptos: “La prostitución no es un trabajo” o “Acá mandan los fiolos”. Entre pintada y pintada, Sonia proclamaba: “En esta plaza yo he sido explotada. Acá el hambre me hizo prostituta. Este libro para mí es una dulce revancha. Esta es la toma de la palabra directa: por mí no van a hablar más los fiolos ni los parásitos. Decimos basta, la prostitución no es un trabajo; es explotación sexual y es un gran negocio”.
Forros
Mientras las autoras hablaban al pie del mausoleo a Rivadavia, en un cantero de la plaza se reunían dos decenas de mujeres en situación de prostitución convocadas por abogados y militantes –que repartían preservativos entre las mujeres- de la Central de Trabajadores Argentinos. Ninguna de ellas participaba de la actividad ni quería emitir opinión sobre la acción publica que transcurría a diez metros de distancia. “Acompañamos a las chicas tienen algún problema con la policía”, explicaba un abogado vinculado a la central sindical.
“Para organizarnos y tomar la plaza no pedimos permiso a los políticos, los intelectuales, los sindicatos. Tomamos la calle, el espacio público, para desestructurar radicalmente el sistema y construir un lugar donde todas y todos podamos pensarnos felices”, arengó Galindo.
Enseguida, las manifestantes formaron una extensa fila india encabezada por las autoras y comenzaron una procesión que arrancó a contramano por la avenida Jujuy. Las mujeres llevaban vinchas con la leyenda “todas tenemos cara de puta” y acariciaban el cielo con sus escobas. También portaban retratos de Romina Tejerina –la joven que fue condenada a 14 años de prisión por matar a su bebé nacido, producto de una violación- y una serie de mujeres en estado de prostitución que tenían sus rostros tapados con las cajas de alimentos que el gobierno les provee. “Este es un estado proxeneta, que te da forros y alimentos para que te sigas prostituyendo, en vez de darte un trabajo que te saque de la calle”, señalaba Sonia.
El subcomisario sorprendido
Muchos transeúntes miraban sorprendidos y preguntaban con asombro “¿Qué es esto?” Dos hombres de remera roja, sentados en una esquina de la plaza se lamentaban: “Justo que vinimos a ver su levantábamos algo, enganchamos la manifestación”. Otros, leían las consignas de las pancartas y preferían el chiste fácil y poco sutil. Pero ellas, no se amilanaban y los interpelaban.
La procesión dobló en Corrientes y cortó la calle a la altura de Azcuénaga. Mirando a los autos que tronaban sin cesar sus bocinas, gritaron: “Ninguna mujer nace para puta”. Y siguieron caminando a paso firme hacia el Centro Cultural Ricardo Rojas, al 2000 de Corrientes, donde se realizó la presentación del libro.
La sala Leopoldo Sosa Pujato quedó totalmente sobrepasada. Todas las sillas estaban ocupadas. Había gente en el piso, muchísimos vieron el acto de pie, y muchos se quedaron afuera. “Soy feminista y acuerdo con todo esto. La prostitución es un trabajo, el fiolo explota sexualmente a la mujer y la policía y el Poder Judicial son cómplices. Hay 4.000.000 de mujeres que anualmente son ingresadas al circuito de la explotación sexual”, explicaba una mujer mayor canosa que se había apoderado de la primera fila.
Afuera, se había acercado un subcomisario, preguntando por los organizadores. El hombre, preocupado, había dejado apostado a decenas de efectivos en la puerta del centro cultural: “¿Qué van a hacer?”, preguntó con autoridad. “Presentar un libro”, fue la respuesta que obtuvo. Las cejas del comisario se arquearon. “¿Y después?”, continuó el interrogatorio. “Terminará el acto y cada uno se irá a su casa”, le contestaron. “¿Y para qué me mandaron acá con 40 hombres?”, masculló sin que nadie pudiera darle esta vez una contestación.
El silencio y la subversión
Adentro, custodiada por las escobas que fueron prolijamente colocadas a su espalda, Liliana López Foresi oficiaba como maestra de ceremonias en el acto de presentación. “Me parece fantástico la eliminación de eufemismos y que sean las propias protagonistas quienes hablen de sus problemas y no otros que los interpretan, resignificando sus palabras y construyendo otra realidad”, abrió la periodista, elogiando el libro.
Desde entonces, Galindo y Sánchez se alternaron en el micrófono para desgranar una y otra los principales conceptos del libro. “Este trabajo no es la patética recolección del testimonio de nadie. Es un desafío, ¿cómo nos vamos a organizar las mujeres? Estamos hartas del fracaso de nuestras organizaciones y movimientos, por eso es necesario repensar todo. ¿Vamos a convertirnos en un sujeto político? ¿Seremos subversivas o seguiremos siendo convidadas de la mesa patriarcal? Este libro es un planteo político, ideológico y filosófico. La anfitriona del cambio social es la puta, que no ha sido excluida sino omitida en todos los sistemas económicos, políticos e ideológicos. Por eso la puta puede desarticular y ser altamente subversiva”.
Sánchez eligió hablar del silencio. Dijo que la mujer ya llega muda a la prostitución, una práctica que simplemente fortalece un silenciamiento que se ha construido año tras año. “Esta mudez está hecha de violencia psicológica y física. Y mientras nosotras callamos hablan todos: el Estado proxeneta, el sindicalismo proxeneta y el fiolo, que está en la casa de todos. Recuperar la palabra es un acto de rebeldía y desobediencia. Por eso para mí este es un día muy feliz”. La sala empezaba a llenarse de atención, entrecortada con los aplausos.
Juntas, revueltas y hermanadas
La autora argentina también habló sobre la soledad de la puta y sobre los parásitos que viven de ella: “¿Quiénes son los parásitos? Políticos, policías, la Iglesia, las empresas, el Estado, los abogados, las ONG, las trabajadoras sociales, las psicólogas. Produce dolor nombrar a los parásitos, porque ves la mierda y las mentiras que te han rodeado. No se olviden que el parásito es el que vive de tu esfuerzo físico y mental. Los desafío a que encuentren sus propios parásitos. ¿Ustedes son capaces de nombrarlos?”
“El tema de las putas no es exclusivo de las putas”, agregó Galindo cuando volvió a tomar el micrófono y pidió un esfuerzo conceptual: “Basta de interpelar a la puta, interpelemos el libre albedrío de ser marido y prostituyente, de ser cura y prostituyente, de ser hermano y prostituyente. En el pacto prostituyente-prostituta –que no es un pacto-, ¿dónde te colocas tú?”
La boliviana también habló del espacio político que ocupa el libro. “¿Qué sentido tiene colocarse en las filas de inclusión que plantea el neoliberalismo?”, se preguntó. “El espacio político desde el que hablamos es insólito, indigesto, insoportable, inaceptable. Es la alianza entre quienes tenemos prohibido aliarnos. Somos indias, putas y lesbianas. Juntas, revueltas y hermanadas. No tiene valor juntarse desde el concepto que somos todos iguales. Primero porque es una ficción, después porque sería una homogeneización que haría tabla rasa con nosotras. Ninguna lesbiana es lesbiana y punto, ninguna puta es puta y punto. Ninguna madre es madre y punto. Eso sería solamente vernos desde el lugar que el sistema nos asignó”.
Con esa intervención de Galindo, seguida de una ovación, finalizó la presentación del libro en el Rojas. Pero la marcha de las putas continúa. El viernes 8 a las 20, habrá una nuevo encuentro en el auditorio de la Facultad de Ciencias Sociales (Ramos Mejía 841), el sábado 9 a las 10 la reunión será en el Comedor Felices Los Niños, del Bajo Flores (teléfono 4918-9907) y el último encuentro se llevará a cabo el miércoles 13 a las 19 en el Instituto Gino Germani, Uriburu 950.
Protesta social
Marcha de jubilados: medias, bochinches y ningún dólar en las orejas

Un miércoles tranquilo en la ronda de jubilados en Congreso, que despierta dudas ante la necesidad de hacer “un poco más de bochinche”. Como homenaje al Día del Jubilado (domingo pasado) hubo un puesto de hamburguesas y choripanes de la UTEP. “El hambre es desesperante” dijo una de las mujeres que servía a esa cola ampliada con gente de la calle en busca de qué comer. Historia de cómo sobrevivir a una jubilación hiper mínima (porque encima se arrastra una deuda). Los alfajores, las medias, y la salud encontrada en el gesto de movilizarse.
Por Lucas Pedulla Fotos Juan Valeiro/lavaca.org
A sus 76 años, Luis Relinque tiene que vender medias para llegar a fin de mes.
–Si no trabajo, no como.
Y para comer tiene que trabajar, aunque hace once años que está jubilado. El único día que no sale a vender por la zona de Once es el miércoles, cuando camina las diez cuadras que separan su casa –Remedios de Escalada, sur del conurbano bonaerense– de la parada del 37 que lo deja en el Congreso de la Nación.

El dato, que solo en esta Argentina pareciera naturalizarse, lo explica fácil:
–Soy jubilado de la mínima. Cobro $400.000 limpios, justos. El mismo día de cobro pago la luz, el gas, el agua y con todo lo que tengo me quedan limpios, justos, $210.000. Si no trabajara, son $7.000 por día hasta el mes siguiente. ¿Cómo hacés?
La pregunta flota mientras alrededor se dispone la movilización de cada miércoles. La Rama de Trabajadoras y Trabajadores de Espacios Públicos de la UTEP (gremio de la economía popular), llamada “Lxs Parrillerxs”, puso un puesto para regalar choripán y hamburguesas por el Día del Jubilado, que fue el domingo. Se sumó mucha gente de la calle: “El hambre es desesperante”, dice una señora mientras corta el pan. Sobre la vereda se acomodan trabajadoras y trabajadores de la ANSES, que denuncian una “sangría por goteo” en el organismo encargado de las jubilaciones y pensiones: el Gobierno abrió un plan de retiros voluntarios, el segundo del año. Un trabajador dice a lavaca: “En el anterior se fueron más de 1.000 personas. Muchos agarran porque están muy endeudados. La idea es que quede un ANSES chico, si es que queda”.

Por su parte, Luis tendría que estar cobrando un poco más: en septiembre la mínima llegó a $498.633,20, contando el bono de $70.000, congelado hace 30 meses: según el Centro de Economía Política de la Argentina (CEPA), si fuera por movilidad Luis y cinco millones de jubilados y jubiladas más tendrían que percibir un bono de $223.148. Pero Luis cobra solo $400.000 limpios porque está endeudado: hace ocho años sacó un crédito.
–Se me cayó un árbol del fondo de casa en la cabeza. Tuve derrame cerebral. También me hizo pelota la rodilla: hoy tengo una prótesis. Mirá vos, es la misma rodilla que la policía me reprimió en una marcha el año pasado: la tengo peor. Me queda este año de crédito, así que espero para fin de año terminar de pagarlo y poder cobrar un poquito más.

Por eso todos los días –salvo los miércoles– sale a vender tres pares de medias a $1.000: camina mirando a todos lados para que los “parásitos con uniforme” no le decomisen la mercadería, como viene ocurriendo en la ciudad de Buenos Aires bajo la gestión de Jorge Macri. Antes Luis vendía alfajores y podía hacerle algún regalo a su nieta de 13 años, o darse un gustito como ir al teatro. Pero los alfajores subieron tanto que ya no es negocio. Cuenta que la idea de las medias le llegó mirando la televisión.
–Veía a tanto operador político en la tele que pensé: si las medias me salen lo mismo que un chupetín, quizá la salida a esta crisis sea chupar medias, en serio te digo.
Luis habla y piensa con mucho humor, pero siempre aclara que lo dice en serio. Cuenta que fue la primera persona que puso un boliche gay en provincia de Buenos Aires – “Chelovecos, en 1974”–, que también tuvo una tanguería y que por muchos años se dedicó a cocinar en su casa para geriátricos o centros de jubilados. Como siempre trabajó por su cuenta, pudo jubilarse con una parte de aportes y otra de moratoria.

–Hoy el Gobierno la cortó, pero la moratoria ayudó mucho. Conozco gente que nunca aportó y ahora te dice: “Cristina chorra”. Bueno, entonces devolvé la jubilación o donala a un comedor.
A diferencia de lo que dijo el presidente Javier Milei tras su discurso en Naciones Unidas en Nueva York, a Luis –como argentino– no le salen dólares por las orejas. Es una de las tantas razones por las que no se pierde ningún miércoles.
–Hace unos años me quedé viudo. Me pasaron todas, pero yo le aconsejo a la gente mayor que venga a la marcha. No sólo como protesta, sino porque es bueno para uno. Es una cuestión de salud. A mí me ayudó mucho porque me olvidé de mí: me acuerdo más de la madre de Milei que de mí. En serio, te digo. Algunos jubilados me dicen: “No, mejor me voy a hacer un estudio al médico”, pero es como un coche en el mecánico: algo siempre te van a encontrar. No digo que esté mal, ojo, pero hay gente que está todo el día en la casa mirándola por televisión y pensando en sí mismo. Con hacer un cartel o pensar alguna cosita, ya la cabeza se me despeja.

La semana pasada, Luis trajo el “Desodorante Javo”, con una característica premium: “Te deja seco las 24 horas”. ¿Qué significa ese humor en la lucha de cada miércoles?
Luis es crítico:
–Yo vengo porque la jubilación me alcanza nomás para diez días. Me gustaría que hagamos un poco más de bochinche. Acá nos encerraron. Venimos y damos una ronda: no tenemos nada para festejar pero damos la vuelta olímpica como si fuéramos campeones. Luego, a casa. Hay que ir al Obelisco, a Corrientes. Acá no nos ve nadie. No estoy en contra, porque nos encontramos, pero haría un poco más de calle. Lo único que falta es que nos pongan mesas y nos hagan jugar a las damas: para eso voy a la plaza de mi barrio. En Lanús me preguntan: “¿Luis, no marchan más?”.
La marcha –la ronda a la que Luis pide más bochinche– está por empezar.
¿Qué espera?
–Mirá, el día que no pueda caminar más ni vivir a medias, me amenazo al Presidente así me vienen a buscar: ya averigué que no me sacan la jubilación, me llevan en cana, y al menos tengo una lamparita para leer algún libro y amigos que me traerán algún sanguchito de miga. Lo mismo que haría en casa lo hago allá. En serio, te digo.
¿Hay opción B?
–Que cambie el Gobierno. Eso daría un poquito de esperanza. La primera medida tendría que ser darnos un aumento. De mínima. Esta lucha que hacemos va a pasar a la historia como algo que era necesario hacer. El que no labura ni lucha, no come.
Hincha de Independiente y fanático de Manal, Luis se despide y se mete a la marcha.
Revista Mu
MU 216: Qué, cómo y cuándo cambió todo


Ley de Tierras y después: Cambio de tema
Durante meses el gobierno logró imponer los temas, los tiempos y las preguntas. Hasta que una discusión sobre la tierra parió otra cosa. Lo que apareció detrás y después de ese debate no es –solo– una disputa jurídica ni económica, sino una pregunta más profunda sobre la soberanía, la identidad y el futuro. De César Aira a Peter Thiel, una lectura de la actualidad para crear lo que falta.
Por Claudia Acuña

Viaje a la vida en el Paraná II: En modo Costa Pobre
Los incendios y el dragado que rompen el ecosistema, los countries ocupándolo todo, el extractivismo de arena para el fracking, las privatizaciones, la contaminación masiva, la indolencia estatal: el Paraná debería ser un río de todos, pero parece un río de nadie. Navegación desde Escobar hasta las Lechiguanas, pasando por Costa Pobre, barrio popular amenazado, que simboliza mucho de esta historia. Voces e imágenes de quienes siguen defendiendo la vida del aire, el suelo, el agua y la justicia.
Por Francisco Pandolfi
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Atanor condenada por contaminación: La odisea
Más de 200 muertes en seis manzanas del Barrio Química, la contaminación probada del agua, aire y suelos, y el “daño irreversible” al Paraná en San Nicolás ratificado por la Corte Suprema bonaerense. La sanción económica es mínima para una multinacional (equivalente a dos camionetas) pero está por comenzar la causa penal a sus ejecutivos. Lo que cuentan el barrio y el abogado Fabián Maggi sobre este viaje de más de una década para que no haya impunidad.
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Agroecología en Misiones: El libro de la selva
Una cooperativa agroecológica de quince familias produce alimentos sin químicos en medio de la selva misionera y muestra cómo cultivar de un modo sano y rentable. Unión Campesina, los secretos de la tierra, la casa de las semillas, y una decisión: hacer mucho y hablar menos. El método del Fukuoka misionero. ¿Cuál es la rueda que está girando?
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Delia Tedín, decoración, política y clases altas: Mucho gusto
Con tupido árbol genealógico y privilegios de cuna, aprendió el valor de la diversidad y la rebeldía frente a un ambiente que “olía a odio”. Eligió su propia vida como decoradora, sin perder nunca de vista el contexto social. Sus pasiones: fomentar el trabajo y la creatividad del país, y combatir la idea de que las personas tienen la culpa si les va mal en estos tiempos. Conversación sobre bombas, estupidez, poder, Nerón y el arte de mantener los ojos abiertos.
Por Sergio Ciancaglini
Fotos: Juan Valeiro

Carne de cañón: las víctimas travestis-trans de la dictadura
A 50 años del golpe de Estado, el Archivo de la Memoria Trans reunió en un libro testimonios individuales, relatos colectivos y el registro del Juicio Brigadas, el primero que toma como víctimas del terrorismo de Estado a mujeres travestis trans. El libro no habla solo de violencia, sino también del humor, la amistad, la resistencia y las formas que ellas inventaron para poder seguir vivas. Pistas sobre dónde encontrar claves para el futuro.
Por Evangelina Bucari

El libro La nueva oligarquía: Tecnopoder
¿Quién gobierna el mundo? ¿Qué transformaciones y deformaciones de la democracia se están intentando? ¿Qué pasa con la soberanía? ¿A quién hay que vigilar? Temas de La nueva oligarquía, del sociólogo argentino Ariel Goldstein y editado por Marea. Aquí, fragmentos que invitan a su lectura para bucear varios dilemas del presente.

Zoe Hochbaum: Comerse el mundo
Actriz, bailarina, escritora, productora: 27 años, una nueva película y un programa de radio. Zoe puede oscilar entre la comedia con flamenco, los monstruos literarios y la reconstrucción de los vuelos de la muerte. El homenaje al radioteatro, y el ejercicio de la amistad como salvavidas para los tiempos en los que la realidad parece querer fagocitarnos.
Por María del Carmen Varela
Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org

Crónicas del Más Acá: Rambo al sur
por Carlos Melone
Nota
La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Córdoba llegó a la undécima edición del Ni Una Menos con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. Córdoba salió a la calle bajo la lluvia este 3J, once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta.
Por Bernardina Rosini
El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: lavaca.org.
Lo que no se puede creer
Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.
Varones
Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema? Fotos: lavaca.org
«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.
Dónde está Delicia
Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.
Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.
Justicia sin apellido
Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»
Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.
La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
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