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Radiografía del cliente

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¿Por qué un hombre paga por sexo? El gran ausente de los análisis sobre este tema es el protagonista del libro Ir de putas, del psicoanalista Juan Carlos Volnovich.

Juan Carlos Volnovich es médico, psicoanalista y desde el comienzo de su actividad profesional -1964- se dedicó al psicoanálisis de niños y al análisis de las llamadas cuestiones de género. Fue concurrente del mítico Policlínico de Lanús, integrante del Grupo Plataforma que marcó una ruptura con la aristocracia psi y, como es lógico, tuvo un comprometido ejercicio intelectual y político que durante los años de la dictadura militar lo obligó al exilio en Cuba. De regreso, instalado ya en su consultorio, siguió explorando los aspectos sociales de las prácticas personales, un camino que lo llevó hasta su último libro presentado bajo un título provocador: Ir de putas. Con él pretende, según dice, “desnudar aspectos de la masculinidad que se deben mantener en el cono del silencio” y “desmentir los argumentos con los cuales esta práctica se inocentiza”.
 
Para explicar Ir de putas, Volnovich debe hacer un repaso de su propia historia: “Hace muchos años me interesé por los estudios de la mujer, muy próximo a los grupos feministas más radicales, pero pensando las cuestiones de género desde el punto de vista de los varones. Trabajé sobre la figura del padre, la relación de los varones con nuestras hijas e hijos, sobre el fútbol como organizador de la masculinidad, entre otras cosas. Ya a fines de los 80, comencé a pensar sobre cuáles son las complicidades entre un psicoanalista y un paciente varón que generan puntos ciegos, que no se analizan. Esa complicidad inconsciente, de género. Por ejemplo, ¿qué figura femenina transita en el análisis entre varones? En principio, llegué a una conclusión: un varón habla con su analista de lo mismo que se habla en el bar. Fútbol, política y minas. Estaba realmente dispuesto a descubrir las fallas y a ser sincero con las mías en particular. Pero hasta 2004 no me di cuenta de que el 99% de mis pacientes tenía relaciones con prostitutas. Fue para mi un gran shock. No había visto más allá de lo que cualquier analista convencional ve y deja pasar, un poco por esa cosa de no ponerse moralista y no transformar la terapia en un espacio para marcar lo que está bien o mal”.
 
Lo que sigue es la conversación que mantuvimos acerca de lo que descubrió.
 
¿ Por qué en su libro califica el consumo de prostitución como una violación autorizada socialmente por la mediación del dinero?
Soy psicoanalista y trabajo en el uno a uno, así que no hago generalizaciones ni estudios sociológicos. Sólo me dediqué a revisar cuáles eran los argumentos tradicionales de los clientes. Uno de los más generalizados es que el pago es el recurso que tienen para acceder a mujeres a las que no podrían acceder de otra manera. Otro es: ¿qué tiene de malo si hay consenso? Lo cual cae en la simplificación de que existe un tipo de prostitución forzada, que estaría mal, y otra consentida, que es la que está bien. Ahí empecé a darme cuenta de que uno de los grandes prejuicios es tratar de instalar una disociación –la buena y la mala– y que en todo caso, mientras uno se mantenga dentro de los límites de la buena, está todo bien. Mientras esté al servicio de mantener la ficción del ideal de la puta feliz es casi como un aporte que un hombre hace para que una mujer se gane la vida.
Ésa es una idea que atraviesa todo lo relacionado con la conceptualización de la prostitución: clientes, sindicatos, intelectuales, gobiernos.
Exactamente. Esta disociación es la que lleva a decir, por ejemplo, que la prostitución infantil es mala, pero la prostitución adulta es buena. La clave para mí fue poder decir: un momentito. Si uno se va por la línea buena-mala estamos fritos.
¿Por qué?
Porque significa legalizar, convalidar límites, y rompe con la afirmación de que toda prostitución es mala. Y toda forma de prostitución lo es porque supone el cumplimiento de imperativos patriarcales y capitalistas que proclaman el uso y abuso del cuerpo del otro a cambio de un pago. Transforma el cuerpo de otro humano en una mercancía. Y eso es el capitalismo (la explotación del pobre por el rico) y eso es el patriarcado (la dominación de los hombres con respecto a las mujeres). La prostitución es el ejemplo paradigmático, que concentra quizá como ninguna otra práctica el modelo de poder del capitalismo patriarcal: el varón que mediante el pago transforma en mercancía el cuerpo de la mujer.
 
La trampa de la legalización
¿Por qué cree entonces que muchos movimientos y personas que luchan contra este tipo de concepción de poder, abogan por la legalización de la prostitución?
Ahí descubrí otra trampa: muchos intelectuales de izquierda equiparan a la prostitución a otras prácticas. Por ejemplo, a la droga. Con respecto al consumo de droga, a mí –como a tantos otros intelectuales de izquierda– no me queda ninguna duda de estar a favor de la despenalización y legalización. Al igual que el aborto. Eso no significa que estemos a favor ni de la droga ni del aborto, pero somos fervientes defensores de su despenalización. Entonces, parece lógico que siguiendo este razonamiento, cualquier persona progresista y no moralista se manifieste a favor de la legalización de la prostitución. Sin embargo, yo empecé a sentirme incómodo con esa lógica, hasta que me di cuenta de que para esta práctica no corre. No es lo mismo. Es apoyar la explotación de los cuerpos femeninos en nombre de no criminalizar, por no quedar tributario de una moral pacata. Eso significa aceptar que es preferible legalizar la prostitución. Pero el argumento desconoce la realidad. Porque el verdadero problema del circuito legal es que genera el ilegal. Necesita de esa cobertura para armar el verdadero negocio, que está montado sobre el tráfico de personas, la inmigración forzada por el hambre, la impunidad. El gran negocio está en la oscuridad y la legalización es su pantalla.
El cliente o prostituyente es otro de los temas que siempre quedaron resguardados por la oscuridad. ¿Qué encontró cuando comenzó a investigar este tema?
La única investigación sociológica que encontré fue la que presentó Nicole Ameline, ministra de la Paridad y la Igualdad Profesional (equivalente a la Secretaría de la Mujer) de Francia. Los resultados son un aporte que nos da por primera vez un marco serio sobre la figura del cliente. De allí surge que la abstinencia sexual y la soledad afectiva se constituyen en la primera causa aducida para devenir cliente en el 75 por ciento de los casos: esto es, una estrategia de justificación, que instala a los clientes en el lugar de víctimas.
¿En qué consiste para usted esa construcción social?
Creo que todo este momento tiene que ser considerado como una contraofensiva del imperio a lo que significó la década del 60 y del 70. Ahí hubo una enorme fuerza social, incluyendo el Mayo Francés, pero fundamentalmente desde el Tercer Mundo, que generó un cambio profundo en las formas de poder concebidas por esa ideología dominante. En respuesta, soportamos hoy esta contraofensiva. Esto significa, en el tema que nos ocupa, que en la generación de los jóvenes criados alrededor del Mayo del 68, estaba muy mal visto que se iniciaran con prostitutas. En la generación anterior este tipo de prácticas era parte de los usos y costumbres que se convalidaban familiarmente. Contra esto, entre otras cosas, se rebelaron los jóvenes y, en especial, las mujeres. Y el triunfo significó, entre otras cosas, que a partir de la década del 60 la virilidad significaba poder levantarse a una mujer y sólo si uno fracasaba no tenía más remedio que recurrir a una prostituta.
Era una práctica de perdedores.
Era bochornoso. Uno no se jactaba de eso. Lo natural era tener relaciones con mujeres que eran interlocutoras intelectuales, compañeras de vida. Hoy en día es escandalosa la naturalidad con que se consume prostitución entre jóvenes de clase media acomodada y, especialmente, entre chicos que se inician sexualmente. Es cierto que muchos chicos se inician con sus novias, pero no es contradictorio con la necesidad social de ir de putas con los amigos. Estamos hablando, muchas veces, de pibes criados por la generación de padres “progres”, en familias donde no hay represión sexual marcada, incluso en aquellas que podríamos llamar “liberales”. Éstos son los pibes que llenan los saunas, que se regalan prostitutas para el cumpleaños, que festejan la despedida de soltero en prostíbulos, con la pasiva aprobación de sus novias.
¿Qué significado tiene para usted este retroceso?
Se trata de ese aspecto secreto, reprimido. Como si ser varón significara esa especie de tributo de pagar por sexo, que te conecta con un ritual de degradación de lo femenino.
¿Pagar por sexo sostiene también la fantasía de que el hombre en tanto tenga dinero, puede?
Es que en la prostitución se sueldan dos accesos: te hacés hombre y consumidor en el mismo acto. Sos algo, sos alguien: van juntos. Y esto es así en el marco de una sociedad en la que si no sos consumidor, no existís.
¿El consumidor de sexo pago queda satisfecho?
Según la encuesta francesa, entre el 75 y 80% de los clientes se confiesan insatisfechos. La mayoría se queja de experiencias que los dejan defraudados, disconformes y decepcionados; otros prefieren aceptar que se sienten ridículos y patéticos por tener que recurrir a la prostitución. Es decir que es un mito que las relaciones sexuales con prostitutas son maravillosas y plenamente satisfactorias.

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