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La insumisa: Antonia Ávalos Torres, feminista

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Creó en España un modelo de atención a víctimas de violencia machista premiado por la Unión Europea. Pero enfrenta una causa judicial por una performance a favor del aborto. Por Lucía Aíta.

Antes de decir una palabra, Antonia Ávalos Torres, fundadora  e integrante de Mujeres Supervivientes, me pide un lápiz y un papel y dibuja lo que parece un mapa. En el centro ubica el tesoro: un nombre de mujer.

En este caso escribe “Eva”, pero podría ser Lucía, Araceli, Melina, Victoria o cualquiera de los 300 nombres de mujeres asesinadas por violencia machista en el año. El de Eva es un caso hipotético pero basado en todas las historias reales que Mujeres Supervivientes atiende, escucha y contiene.

El  mapa es un diagrama de la metodología construida por este grupo de mujeres: la Cartografía del  Proyecto Vital. Desde la potencia de ese nombre,  las mujeres supervivientes realizan acciones muy concretas con una dedicación sumamente detallista para cortar el círculo de violencia machista, y salvar vidas. La Cartografía del Proyecto Vital no surgió únicamente de la teoría, sino de la experiencia concreta de sus propias creadoras. Antonia cuenta que todas las fundadoras del espacio son mujeres que sobrevivieron a hechos de abuso y violencia por parte de hombres. Ella misma, por ejemplo, es mexicana y tuvo que dejar su país natal y viajar a Sevilla escapando de un ex acosador. Pasó de ser universitaria a limpiar casas. De ciudadana a inmigrante.  Reconstruyó su vida con sus dos hijos en otro país y con ese saber profundo en el cuerpo fundó un espacio que sostiene un lema en letras violetas: “La indiferencia no puede ser una opción política frente a la violencia que viven las mujeres y las niñas”. 

Antonia y su mapa demuestran que la sororidad no es consigna: es una práctica concreta que se sostiene todos los días con entrenamiento, formación y mucha comprensión. Desde esa acción dibuja claves para frenar la violencia machista:

“El primer paso es hacer una valoración del riesgo y de la parte física por si necesita ir a la clínica o al hospital”, dice con dulzura de madre que comparte una receta de cocina. Suma: “No se puede tomar ese momento a la ligera, no es llenar un formulario. Este momento es muy importante porque ella decidió venir a contarnos: hay que valorar eso. Hay que dejar que llore, que se enoje, que se contradiga y que haya cosas que quizá no quiera volver a repetir”. Antonia es muy crítica con los refugios españoles porque, aunque tienen recursos, dice que las mujeres no quieren ir allí por cómo las (mal)tratan.

“No se puede tratar a una mujer que vivió un infierno retándola como si fuese una niña chiquita. Si se hace eso, el cuadro empeora y es probable que vuelva con él”, advierte Antonia y agrega el segundo paso en el mapa: la atención psicológica. “El punto central ahí es que esa atención sea con perspectiva feminista. Parece obvio pero muy pocas veces se cumple y es allí cuando se revictimiza a la mujer”.

El tercer paso es intentar que Eva reconstruya lo que el hombre que la maltrató le impidió concretar en su propia vida. Es decir, un proyecto vital. “Puede ser ayudarla con el curriculum  vitae, a volver a estudiar o a mudarse de la casa de sus padres. Todo eso que parece simple implica gestión, administración y tiempo”, advierte Antonia con la voz de la experiencia.

“Es importante que cada mujer  entienda el sistema machista que la oprime, porque eso desculpabiliza. Por eso, los talleres de feminismo son otra piedra fundamental de esta cartografía”, dice la mexicana radicada en Sevilla y remarca la palabra “machismo” porque advierte que “género” no alcanza para explicar otras violencias que no sean las domésticas. En sus talleres participan mujeres musulmanas, católicas y ateas: “Tanto el aborto como la burka tienen lugar para todas cuando se comprende el sistema patriarcal”.

También se realizan talleres grupales con un solo objetivo: aprender a poner límites. “Eva no sabe poner límites ni con los hombres: ni con sus padres, ni con sus hermanos, ni con sus amistades. A las mujeres en general nos cuesta mucho poner límites a los abusos de los otros porque queremos agradar a los demás para que nos reflejen lo que no somos capaces de reflejarnos a nosotras mismas”, cuenta Antonia y explica que  en esto también se entrena con sus compañeras ensayando la escena en la que hay que decir que no.

Por último, las Mujeres Supervivientes recomiendan talleres lúdicos y que generen placer, sobre todo danza y actuación. “Tienen que entender que su cuerpo es suyo y que lo pueden disfrutar. Para empoderarse tienen que volver a generar su amor propio y esto se entrena. Si no hay un trabajo por el amor de una misma andamos como huérfanas de amor a ver quién llena esa carencia”. A este último paso,  las señales de la cartografía lo indican como “espacio personal”. “Una mujer que sufrió las peores violencias tiene que poder perdonarse y volver a quererse. Trabajamos la sensualidad, el erotismo, la alimentación, hacer ejercicio, hacerse los exámenes médicos ginecológicos, atender sus dientes y muchas cosas más. El espacio personal es para atender todo lo que la depresión les quitó. Es sumamente conmovedor ver a una mujer que puede nuevamente mirarse al espejo con cariño”.

Brindemos

«Somos políticamente incorrectas”, dice Antonia y relata que por eso tuvieron que conseguir una forma de tener autonomía económica. El cómo es brillante: tienen su propia marca de vino ecológico que se llama Le vin violette. ¿Por qué el vino? “Porque queríamos algo que tenga erótica y que tenga que ver con el placer. Organizar catas de vino tiene que ver con sentirnos diosas y, al mismo, ser autosuficientes”.

Con ese impulso vital en la piel,  las Mujeres Supervivientes se manifiestan cada vez que pueden para exigirle al Estado todos los puntos faltantes en los refugios y las políticas. Así, lograron junto a otras agrupaciones feministas españolas una partida presupuestaria acorde a la emergencia que implica la cantidad de femicidios: mil millones de euros. “Al ser supervivientes de violencia no podemos dejar nunca de denunciar las faltas del Estado porque lo sentimos como una traición a las que no sobrevivieron”, dice Antonia, que tiene una causa por una acción artística que realizaron denominada “La procesión del santísimo coño insumiso”. Caminaron con máscaras de colores, carteles con reclamos feministas y  una concha gigante como emblema, al grito de “Es nuestro cuerpo / es nuestra vida / y la virgen María también abortaría”. Por esa acción, las acusan de burlarse del dogma de la virginidad cristiano y pueden ser multadas por más de 3 mil euros. Antonia, fiel a su estilo, igual ve la parte positiva y feminista del asunto: “Marcharon en estos días otras militantes feministas con un coño gigante y un cartel que decía que eso no era un altar, en solidaridad con nosotras”. Esa es la sororidad real, práctica y necesaria que ellas mismas aplican y, por lo tanto, contagian.

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