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Crónicas del más acá: Ranchitos

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Por Carlos Melone.


Estábamos haciendo la Ruta 40. De punta a punta.
A la mañana temprano partimos desde San Antonio de los Cobres (casi 4.000 de altura) donde habíamos pasado la noche y donde había buscado sin éxito el suficiente oxígeno para respirar.
Si sigo vivo es de pura terquedad.
Era el último tramo de un derrotero que llevaba miles de kilómetros.
Nos esperaba una larga e impiadosa ruta de ripio y soledad.
El destino final era La Quiaca.
Si te gusta el durazno, bancate la pelusa, le dijo Aristóteles a Alejandro Magno.
Es un tramo de belleza sin par, típicamente norteña: colores hijos del impresionismo, formas que danzan, mucho guanaco que se hace el canchero y se cruza en la ruta, mucha llama indolente que también se cruza en la ruta, numerosos vados pequeños y torrentosos que, para no ser menos, también se cruzan en la ruta y un tramo que recorre el lecho de un río por 11 kilómetros.
Exacto: ruta y lecho del río (con escaso caudal) se unen en feliz coincidencia.
Pueblos de mucho adobe, poco cemento, casi nada de árboles, nada de Estado. Santos y Vírgenes convocadas y evocadas con insistencia en nombres e imágenes. Pero, por allí, las divinidades están ocupadas en otros asuntos.
Pueblos de barro y miseria, que algunos caracterizan como pintorescos.
Siempre hay un roto para un descosido.
Cuando salimos del mencionado San Antonio de los Cobres agregamos solo unos pocos litros de nafta al tanque del vehículo, ya que la modestísima estación de servicio local había recibido su última remodelación y mantenimiento en 1915 (tal vez antes) e inspiraba un poco de desconfianza en mi alma escéptica.
A poco andar por la planicie puneña la 40 empezaba a bifurcarse. Ni mapas ni GPS ni cartelería (ausente o ambigua) se ponían de acuerdo.
Nos perdimos.
Aparecimos en un pueblito acodado a un cerro donde todo parecía terminar.
Todo.
Nos acercamos a la comisaría donde un milico amable y campechano nos explicó cómo retomar nuestro camino.
Así lo hicimos hasta que apareció una nueva bifurcación en medio de la inmensidad. El GPS se hacía el distraído, los mapas se escondían bajo el asiento, avergonzados y no había carteles.
Ni uno.
En el medio de la bifurcación, un ranchito. Solo de toda soledad, lejos de todo, cerca de nada.
Bajamos del coche a preguntar mientras un comité de recepción formado por tres perros de raza ignota ladraban indecisos entre rajar ante nuestra presencia o inmolarse en el cumplimiento de su deber.
Dos nenes de unos 4/5 años nos miraban paralizados. Un muchachito que tendría unos 15 años y un evidente traspié madurativo nos sonreía entusiasmado mientras llamaba a su mamá.
Salió la señora del ranchito; edad imposible, pequeño porte, seria y parada lejos de nosotros.
Preservamos la distancia.
Era evidente que éramos bienvenidos sin exageraciones.
Explicamos nuestras dudas y la señora nos explicó con palabras sin artículos, navajazos gramaticales y alguna seña por dónde ir.
Agradecimos al aire porque la señora se hundió en el ranchito velozmente sin esperar ninguna respuesta.
El muchachito nos sonreía encantado y los chiquitos nos miraban como si fuésemos alienígenas.
Los perritos habían elegido claramente el rumbo de una indiferencia muy alejada del heroísmo.
Si había hombre allí, nunca lo sabremos.
El bocinazo de despedida y nuestros brazos saludando generaron en el muchachito un desborde de felicidad, saltos y saludos.
Hicimos un largo tramo en silencio.
Nada había para decir.
A medio camino llegamos a un pueblo que se llama Coranzuli. Teníamos dudas respecto de la autonomía en combustible (el escepticismo desconfiado es una moneda cara) por lo que preguntamos dónde podíamos comprar nafta.
En esa zona las estaciones de servicio son un delfín en un florero: no existen.
Un joven morocho y fornido, que nos observó como quien mira a la Pantera Rosa en el Louvre, nos indicó la casa de quien vendía nafta sin dejar de advertirnos: “Es muy cara”.
La casa del vendedor era una esquina todo adobe y pobreza: en la puerta una vieja camioneta Ford F100 a punto de desarmarse.
La idea de mansión del mafioso del pueblo se derrumbó estrepitosamente.
El “naftero” era un señor agobiado por los años, dentadura ausente, cuerpo vencido, palabras secas y andar muy pausado.
Nos vendió 10 litros a un precio razonable que cargamos en un bidón que llevábamos, por las dudas. Dudas que se vieron ratificadas cuando al pasar la nafta al bidón, algunos cuerpos extraños acompañaron el traspaso.
En ese momento, la modesta estación de servicio de San Antonio de los Cobres había devenido en un castillo monegasco.
La duda cartesiana te jode la vida: aguante el dogmatismo.
Pagamos y partimos pero un nuevo problema se presentó a nuestros ojos: a la salida del pueblo se abrían varios caminos de ripio y no sabíamos a ciencia cierta cuál era la ruta que insistía en ponerse esquiva, sinuosa, opaca.
Con poca y equívoca nafta, equivocarse era un lujo inaceptable.
Vimos en una calle un grupo de hombres trabajando sobre la calzada. Descendí y pregunté por dónde pasaba la 40.
Todos me miraron, y el que parecía el capataz quedó con la boca abierta.
Literal.
Los demás, paralizados, me miraban sin decir palabra y sin moverse.
Parecía una mala película de ciencia ficción.
Pasaron unos segundos.
Completamente sorprendido, volví a preguntar de manera más amplia suponiendo que tal vez mi pedido había resultado oscuro.
No se trataba (estrictamente) que no comprendieran el español, castellano, argentino o como se llame.
Pero no sé qué era lo que pasaba allí.
Silencio.
Todos me miraban y el supuesto capataz seguía con la boca abierta.
La mala película de ciencia ficción continuaba.
Nadie decía una palabra y todos estaban inmóviles.
Mi incomodidad era directamente proporcional a mi estupefacción.
Finalmente, un siglo (o dos) después, uno de los hombres dijo algo y me señaló por dónde pasaba la ruta.
Allí fuimos.
Era.
Pero nosotros ya no éramos los mismos.

#NiUnaMás

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