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Julieta Laso: trapita

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Cantante y cada vez más actriz en cine y teatro, acaba de sacar un disco en el cual reversiona clásicos no tan recordados. Va y viene de Salta a Buenos Aires, entre el tango, las coplas, la huerta y los cerros. Por María del Carmen Varela.

Foto: Martina Perosa

«Yo soy del equipo rojo, no sé bien qué significa. Y quienes somos del equipo rojo, solemos cantar estas canciones. Van a sufrir. Y yo también”.

Julieta habla desde el escenario ubicado en el patio del Konex, antes de arrancar con “Trapito”, la canción que alude al personaje creado por el dibujante Manuel García Ferré, el espantapájaros protagonista de una película infantil, que vivía triste por carecer de ilusiones. “No había en tu corazón ni alegría ni dolor, hasta que a tu vida llegó la ilusión”, dice la letra de este clásico tema cargado de melancolía, al que la voz de Julieta le imprime una vibración que estremece. “Trapito” pertenece a su nuevo disco solista, La Caldera y la idea de grabarla apareció una noche en que a Julieta y su pareja, la cineasta Lucrecia Martel, se les dio por cantarla. “Yo me identifico mucho con ‘Trapito’ algunos días, y algunas noches también”, dirá la Laso.

Luego de algunas canciones más, el cierre del show llegó de la mano de “Cara de gitana”, el hit que hace 43 años estalló en todas las radios e hizo famoso a su autor, el cantante jujeño Daniel Magal, no solo acá sino también en distintas partes del mundo. La canción aparece en una escena del film La niña santa, de Lucrecia Martel, donde Mercedes Morán la baila frente a un espejo. 

“Yo soy muy fan de la música que Lucrecia eligió para sus películas y es una canción que me lleva al pasado, además de que compartimos la pasión por ese tema”. Forma parte también de “La Caldera” junto a otras canciones de autorxs como Leda Valladares, Horacio Guarany, Sandro y Enrique Santos Discépolo. Antes fueron Tango Rante, en 2010 y Martingala en 2018. Así Julieta describe su voz: “Cuando canto sé que sueno como una fonola con tierra”.

En los dos últimos no hay tango sino música rioplatense. “Mi forma de cantar te lleva un poco a ese lugar pero no hay tangos. Buscaba canciones nuevas”. Y ahí conoció al cantautor Diego Baiardi y al guitarrista Lisandro Silva Echevarria, integrantes de la banda Cruz Maldonado. Cuenta: “Me gustaban sus canciones, ahí empezamos a trabajar los tres juntos y para Martingala, ellos escribían canciones a medida para mí, yo les decía qué cosas me interesaban, qué me estaba pasando. Es un disco de canciones que las siento muy cercanas porque hablan de un momento de mi vida”. 

No quiere adelantar nada, pero asegura que el próximo disco, que saldrá en mayo y en el que está trabajando con Yuri Venturín –director de la orquesta en la que Julieta cantó hasta hace unos años, la Fernández Fierro– va a ser totalmente distinto, cambia la formación y los géneros musicales. Yuri conoció la voz de Julieta a través de las paredes de un monoambiente donde vivía su novia en Parque Chacabuco, vecina de Laso, y la invitó a una prueba para ser la voz de la Fernández Fierro, en 2014, en reemplazo del Chino Laborde. Fue la elegida y debutó en Australia. Transcurridos cuatro años y dos discos, Julieta se enamoró. Lucrecia Martel fue a escuchar a la Fernández Fierro, se conocieron y sus vidas quedaron entrelazadas. Ese ir y venir de Salta a Capital se volvió incompatible con la regularidad de la Orquesta Fernández Fierro, que toca todas las semanas en su espacio del barrio de Almagro.

Encontrar el norte

Cuando están en Salta, Julieta y Lucrecia viven en un paraje llamado La Calderilla, a doce kilómetros de la ciudad; van y vienen de acuerdo a lo que marque la agenda laboral. “Este año fue la mitad del tiempo acá y la otra allá, pero la idea es que sea cada vez más tiempo allá. Yo siempre tuve una conexión muy particular con el Norte: fue el lugar del país al que más regresaba, los carnavales, los encuentros de copleres, era un lugar que me convocaba mucho. Pero nunca pensé que iba a terminar viviendo allí”. La idea de irse de Buenos Aires se reforzó con la pandemia: “Está bueno que empecemos a irnos, que algunas voces circulen en otros lados, no puede ser que todo sea acá; hay tantas cosas tan interesantes por fuera de Buenos Aires. Es un buen momento para irse de las ciudades grandes”.

En septiembre se estrenó el mediometraje Terminal Norte, con guion y dirección de Lucrecia Martel, filmado durante la pandemia en medio de la naturaleza salteña. “Durante el año que asoló la peste, una cantora del Río de la Plata se refugió en el Norte del país. Tenía que preparar un gran show, pero fue cancelado”, así arranca Terminal Norte. Un grupo de mujeres corren entre árboles en la noche, portando una linterna: Julieta, la coplera salteña Mariana Carrizo, su hija Michu, cineasta y cantante, Maca y Mar (Las Whisky, hacen noise), la pianista y compositora Noelia Sinkunas, la primera coplera trans de los Valles Calchaquíes Lorena Carpanchay, la rapera salteña B Yami. Explica Julieta que el corto fue una posibilidad de mostrar de manera cinematográfica los encuentros musicales que suelen compartir con gente querida: “Nosotras tenemos una religión casi con las tertulias, entonces si estamos en Buenos Aires o en Salta organizamos tertulias. Cuando fue Terminal Norte, se volvió más sagrada y la pensamos como un ojo adentro de una tertulia. En ese momento, volver a encontrarnos, volver a hacer música juntas fue mágico, eso forma parte de nuestra vida. El intercambio humano tiene mucho valor en nuestra familia”.

Sueños de tango

La niña Julieta soñaba con ser actriz y actuar en un escenario, también le gustaba la música. “Nunca dudé, era mi vocación, mi camino. Era alborotada, muy varonera, tenía una actitud muy proactiva en el grupo, tenía muchas amigas”. A los 16 años estudió clown con Toto Castiñeiras, hasta que fue convocado por el Cirque du Soleil y Julieta buscó otrxs maestrxs. Estudió unos años pero abandonó decepcionada el grupo del profesor de teatro Omar Pacheco (quien se ahorcó en 2018 luego de un escrache por abuso sexual) y esto la alejó por un tiempo del teatro. Participó de una obra sobre el Popol Vuh. “Llamaron a un gran compositor y cantante uruguayo que es Alejandro Balbis para dirigir y yo empecé a cantar ahí porque lo requería el personaje. Él me dijo: ‘Negra, vos tenés que cantar’. Yo venía un poco caída con el teatro, sentía que no había dado en la tecla, tendría veintipico, y ahí él me recomienda ir a la milonga Orsai, en San Telmo. Iba todos los jueves, me aprendía un tango y esperaba a las tres de la mañana para cantarlo. Ahí había músicos de tango que trabajaban en el género, dirigían orquestas, como Julián Peralta, Patricio Bonfiglio, entonces yo fui ahí a probar y a la otra semana estaba grabando en un estudio profesional”.

La música ocupa gran parte de su devenir artístico, aunque en este tiempo post-pandémico retomó la actividad teatral. A comienzos de noviembre se estrenó la obra de teatro Ojo de Pombero, dirigida por Toto Castiñeiras. “Es volver a un momento donde el teatro era algo hermoso para mí. Me animé con mucho miedo porque hace muchos años que no hago algo así, pero durante todos estos años yo vi toda la obra de Toto. En esas obras está este lenguaje que aparece en Ojo de Pombero que para mí es una invención de él, entre lo gauchesco y lo moderno, y cuando apareció con la propuesta, dudé, tuve miedo pero me animé. Ahora estoy feliz, aprendo un montón de los actores, de las actrices, y de él”. En la obra, que explora la magnitud de la criatura mitológica guaraní en lo cotidiano, el personaje que encarna Julieta canta un tema que el músico Lucio Mantel compuso especialmente para la obra. 

Pasaron más de diez años desde que Julieta subió a cantar a un escenario, pero eso no impide que siga poniéndose muy nerviosa y preguntándose por qué lo hace. “Siempre la respuesta es que estoy ahí para encontrarme con la gente. Es un momento sagrado, un abrazo enorme, una situación de una adrenalina distinta a cualquier otra cosa. No encuentro esa adrenalina en ninguna otra cosa de la vida más que en un momento de salir a tocar con compañeras, compañeros. Es mágico ese momento: el tiempo transcurre de otra forma”. 

Pronto filmará un cortometraje con el director salteño Martín Mainoli y esto representa un nuevo desafío, como cada uno de los que mira de frente y, con dudas y temor igual arremete. Y en cuanto su actividad laboral se lo permita, irá corriendo a La Calderilla a ver a sus perros y a trabajar la huerta que le dio de comer durante la pandemia: “Son momentos de mucho cambio: por ahora camino por los cerros, y no lo puedo creer”.

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Vicente Zito Lema: adiós al maestro

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Poeta, dramaturgo, abogado, periodista, docente, hincha de Racing y fundador de dos universidades populares, Vicente Zito Lema murió a los 83 años. Mañana lo velarán en la sala Cortázar de la Biblioteca Nacional, de 15 a 21, en Agüero 2502 (CABA). El año pasado había editado Peste y memoria, un libro con ilustraciones de Luis Felipe Noé que dibuja un calendario de los días pandémicos: la locura, lo fraternal, el sufrimiento, el amor. A partir de esta obra como excusa, MU homenajeó al maestro con una inolvidable charla en MU Trinchera Boutique, donde habló de Pichón-Rivière, lo guaraní, la belleza, la pulsión de vida, Cámpora, Trelew, las Madres, IMPA, y el pasaje de lo siniestro a lo maravilloso. La charla fue luego una entrevista que dibuja su perfil, que compartimos a continuación. Por Lucas Pedulla.

Foto: Martina Perosa

1. Escribió una treintena de libros, pero dice que “eso” lo hace cualquiera, y se le dibuja una sonrisa al contar que sus verdaderos logros fueron aprender a usar su cuenta de Facebook, el celular y contestar su propio mail. También que cumplió 82 noviembres y se dio el gusto deseado de jugar a que dirigía una orquesta y tocar en vivo: “Mi instrumento es el mate”, apunta con esa gracia lúdica de alguien que milita la vida.

Quien lo conoce, lo lee y lo escucha con la historia en la memoria, entiende en estas palabras la potencia de una síntesis perfecta que conjuga poesía, arte, peronismo, locura, horror, censura, exilio, peste, y sueños.

Quien no lo conoce, nunca lo leyó ni escuchó, encuentra la excusa perfecta para hallar en Vicente Zito Lema un portal a la creación, la ternura, el humor y la belleza.

“Vaya a saber por qué, no sufro escribiendo”, cuenta, ahora con lúdica seriedad. “Sufrí viviendo, la realidad, pero después aparece ese proceso que bien sintetizaba mi maestro Enrique Pichón-Rivière, que es pasar de lo siniestro a lo maravilloso. De eso se trata. En el caso de la pandemia, de los desaparecidos (como escribí en mi poema), del rencor de esta sociedad (que enfrenté en otro poema, ‘Eva Perón Resucitada’), me meto con lo siniestro, y no porque lo siniestro sea lo único que existe, sino porque también existe. No hay alegría más grande que las pasiones alegres, pero las pasiones tristes también están: la pulsión de vida, tan fantástica, convive a la par con la pulsión de muerte”.

Pichón-Rivière le repetía: el pasaje es de lo siniestro a lo maravilloso. Y le decía: “Vicente, vos tenés un oficio. Usalo”.

Y aquí está Vicente, con su oficio en el rostro, en el cuerpo, en el pelo blanquísimo, en su poética.

2. La fría información dice:

Que nació en Buenos Aires en 1939.

Que es abogado, poeta, dramaturgo, periodista, filósofo, docente, pero sobre todo hincha de Racing y fundador de horizontes. Es discípulo de Enrique Pichón-Rivière, creador de la psicología social e impulsor del psicoanálisis en América Latina, con quien armó la primera cátedra de estudio de los mecanismos de creación artística en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Fue cuerpo y corazón de revistas culturales, como la poética Cero, la literaria Talismán, Liberación y la mítica Crisis. También integró el grupo literario Barrilete, junto a Roberto Santoro, Miguel Ángel Bustos y otros poetas.

Que en 1977, durante la noche más oscura, tuvo que exiliarse en Holanda. Desde allí integró junto a Julio Cortázar y David Viñas, la Comisión Argentina por los Derechos Humanos (CADHU). A finales de la década escribe Mater, una de las primeras obras de teatro sobre las Madres de Plaza de Mayo y su lucha. En 1983 se radica nuevamente en Buenos Aires, y unos años después funda la revista Fin de Siglo.

La fría información indica que en el año 2000 funda la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo y fue su rector hasta 2003. Siete años después se embarca en otra experiencia inédita: la Universidad de lxs Trabajadorxs, en la fábrica recuperada IMPA.

Que publicó una treintena de libros, entre teatro, poesía y psiconálisis, como Lengua sucia, La pasión del piquetero, Los manifiestos de la locura, Belleza en la Barricada, Gurka, y Conversaciones con Enrique Pichón Rivière. El último, con ilustraciones de otra leyenda como Luis Felipe Noé, tiene un título urgente: Peste y memoria. Allí, entre el caos, entre escritos que también confeccionan un calendario de los días pandémicos, entre fiestas y duelos, entre textos dedicados a las Madres, a las Abuelas, a Rodolfo Walsh, a lxs 30 mil, a Agustín Tosco, Paco Urondo, Haroldo Conti, a Santiago Maldonado y a Evita, allí, Vicente Zito Lema también configura un camino y una búsqueda que escapa a cualquier fría información: la de un detective de la belleza.

En esa pesquisa poética deja algunas preguntas fundamentales:

1. ¿Con qué piedras se construye

la morada de los iguales…?

2. ¿Con qué manos

se defiende la belleza…?

3. ¿Con qué espíritu se construye

un “orden de diferencia fraternal”…?

4. ¿Cómo se incorpora

a la materialidad de la historia

la materialidad de los sueños…?

Pregunta final:

¿Qué hiciste con el amor

mientras el otro sufría…?.

3. Al principio, las reminiscencias fueron el clásico de Albert Camus, La Peste, y el recuerdo de la fiebre amarilla en el olvidado sur porteño: “Los gobiernos, entre comillas liberales, se escaparon todos, junto con las familias ricas y poderosas. Los médicos, como el doctor Argerich, tuvieron que hacerse cargo. Eso también me da una idea de cómo el poder se escapa y cómo, quienes no somos el poder, tenemos un compromiso concreto con la vida, nos quedamos, haciendo lo que se puede”.

En su caso, en plena pandemia, fue dar las mejores clases que podía. Y, claro, escribir: “Como enseña Spinoza, el bien es poner toda tu potencia en el acto concreto que hacés”.

“Surgió una pregunta: ¿cómo se piensa la vida en épocas de la muerte? ¿Cómo se vive lo que hemos vivido como dolor pero también como gloria de nuestra historia en tiempos en que la muerte golpea la espalda? El libro es un calendario, empieza en marzo, y para nosotros marzo es el 24. Agosto, para mi generación, son los fusilamientos en Trelew. En octubre, obviamente, iba a estar la historia grande nuestro país. Y entre ellos, los poemas que escribí sobre la peste en cada mes. De golpe, puede ser algo que ya he escrito, pero con alguna nota al pie donde trato de justificar por qué ese poema ahora: aunque no cambie una línea, es otro Vicente el que escribe eso”.

Uno de sus poemas más conocidos es “Desaparecidos”, incluido en el libro, con una nota al pie: “Los que sobrevivimos a esa época tuvimos que construir otra historia. Ni mejor ni peor, otra. Habíamos muerto y de pronto estábamos vivos. En la tierra del exilio, con tragedia. O en la tragedia, otro exilio. Y aquí nuestra memoria. Y aquí otra vez, esperando que amanezca para ver si seguimos vivos. Salvarnos es saber de pestes”.

4. Ese pasaje de lo siniestro a lo maravilloso tiene un método.

“Soy un hombre muy torpe. Entonces estoy durmiendo, y no sé si es Platón o qué cristo, me manda, desde el Hades, una idea, una palabra. La llamo la hora de los lobos, alrededor de las 5, donde ocurren por general los nacimientos y las muertes. Qué hago: quiero seguir durmiendo y no puedo. Sería útil tener un lápiz y papel, pero tengo que hacer toda una ceremonia: me levanto, no prendo la luz ni nada, choco contra todos los muebles, bajo una escalera que me es dificultosa, entro en la cocina, me siento en un rincón que me gusta donde hay unas plantas que dejó mi madre, y ahí entonces, prendiendo una pequeña luz, escribo. El hecho es que a la mañana, porque luego vuelvo sereno a dormir, me levanto, quiero ver qué escribí y ahí viene la primera angustia: no entiendo un carajo. Con los años he ido asentando lo desprolijo de mi letra, y para bien o para mal, lo que he escrito a lo largo de mi vida es la traducción de lo que escribí cuando no tengo puta idea de lo que estoy escribiendo”.

El asalto de la idea no es casual. “La pregunta es qué hiciste con tu vida durante el día, porque creo que los sueños están ligados a la materialidad concreta de los actos”.

Ese más allá también recibe los estímulos de algo que Zito Lema llama la Antropología Teatral Poética. “Grabo mucho, horas y horas, de lo que hago: visitas en cárceles, hospitales psiquiátricos. Escribí una obra que se llama Locas por Gardel: durante siete u ocho años registré las historias que me contaron mujeres internadas en distintos hospicios. Ahora va a salir uno, editado por Topía, sobre historias de mujeres que tienen en común que pasaron por el manicomio, que estuvieron o están en la cárcel, y casi todas ejercieron la prostitución. Así trabajo yo”.

Escuchar, escribir, hacer.

5. Mucho aprendió de su maestro Pichón-Rivière: “Mirá que conocí gente culta: tuve el privilegio de tener amistad con Cortázar, Viñas, Walsh, Mario Benedetti; con Juan Gelman y Eduardo Galeano, que hacíamos Crisis. Pero no había libro que Enrique no hubiera leído. Hijo de franceses, su madre le enseñó el francés como lengua materna, pero acá aprendió antes el guaraní que el castellano, y me enseñó que lo guaraní lo había formado más que la cultura francesa originariamente y, luego, la castellana”.

Ambos trabajaron, junto al equipo formado, en el estudio de los mecanismos de creación artística en la UBA. “Era un grupo loco. La tarea era algo que básicamente no existió en nuestro país ni en América Latina. No había bibliografía, estaba la que viene del psicoanálisis, pero nada específico sobre los mecanismos de la creación, y trabajábamos muy en serio porque nos era muy importante poder saber. Llamábamos a artistas, por ejemplo Ricardo Carpani, León Ferrari, escritores, pintores, músicos, del teatro, que contaban cómo era su proceso creador. Esto que venía contando: me levanto a la mañana, me choco, no sufro, estoy feliz. Es importante porque hay mitos, y Pichón estaba convencido de que el arte da alegría: no lo veía como una fuente de tristeza. Enrique decía que si estás desesperado es porque la desesperación viene de antes: cuando creás es para superar esa desesperación. Y si no lo podés convertir en algo maravilloso, es porque tenés que seguir probando, hasta lograr, como decía Spinoza, tu potencia de ser. Es como cuando alguien hace un asado, logra cocinarlo bien y la gente lo aplaude. Si no sos feliz, dedicate a otra cosa: ¿por qué querés ser artista si te da sufrimiento? Si querés que te dé sufrimiento, hacete hincha de Racing: ese es un aprendizaje real”.

6. Abre paréntesis.

Cuenta algo que le hace latir el corazón: lo invitaron para leer su poema “Desaparecidos” en la cancha de Racing. “Hace unos años, a partir de Racing pero también de otros equipos como San Lorenzo e Independiente, los derechos humanos fueron tomados en un ámbito tan potente como el fútbol. Racing va a entregar un carnet eterno a los hinchas y socios desaparecidos, y me invitaron en ese marco. Para mí es maravilloso, sé que suena loco, Racing y desaparecidos, pero siento que es un espacio fantástico de lucha porque nuestro pueblo ama el fútbol. No podés, como decía Pichón, estar por fuera de la vida cotidiana. Para mí esto es mejor que cualquier premio Nobel”.

Cierra paréntesis.

7. El arte, retoma Zito Lema, es para él la alegría de la vida.

“Se me podrá preguntar si siempre fue así. Cuando pasó el fusilamiento de Trelew (22 de agosto de 1972, 16 militantes asesinadxs en la Base Naval Almirante Zar), los compañeros y familiares del ERP, FAR, y Montoneros piden que ayudemos a tener un lugar para hacer un velatorio. Estábamos con Rodolfo Ortega Peña, con Eduardo Luis Duhalde, y se decide que tiene que ser un lugar donde haya cierta contención, para que los militares no entren y nos maten de entrada. Fuimos a hablar con Héctor Cámpora a la sede del PJ. Ortega propone, por si se pudre todo, ‘que vaya Vicente que arregla todo leyendo un poema’. La cosa venía mal, jodida, porque hubo una votación del Consejo y por mayoría dijeron que no. Pero Cámpora me dice: ‘Quédese tranquilo, Vicente, hice un llamado a quien tenía que llamar y estoy autorizado, aunque la decisión del Partido sea negativa’. No me dijo a quién, ni puedo asegurarlo, pero podíamos imaginarlo: quién puede en el peronismo decir algo que el Consejo rechazó más que el propio Perón”.

El velatorio se hace, el Ejército de la dictadura de Alejandro Lanusse reprime, al otro día es el entierro. “Me piden que diga algo. Escribo el comienzo de un poema que se llama ‘Oración, leída en la tumba de María Angélica Sabelli’. La policía y el Ejército habían tomado como objetivo que eso era un desafío e hicimos el entierro entre motos que se cruzaban, los tanques, todo era un caos: el objetivo era estropear el entierro”. Le dieron pie a que lea, en medio de la amenaza de represión: “Era una cuestión mágica: ‘Ellos quieren golpear y nosotros vamos a cuidarte para que leas el poema’. Y pude leer un poco, sintiendo que era un acto de alegría, aunque pueda parecer loco: en ese instante le pudimos ganar a la muerte. Y estábamos felices: nos cagaron a palos, pero hicimos el entierro y el poema se leyó. No importa quién escribió: es el hecho”.

Cuarenta años después, la justicia condenó a prisión perpetua a Emilio Del Real, Luis Sosa y Carlos Marandino como autores de los fusilamientos. “Me invitan a ir y, en el momento del juicio, pude leer de vuelta ese poema, pero tranquilo, y completo. Uno gana pequeñas partidas desde el arte. Y no estaba triste, estaba feliz. Y lo podés convertir en arte cuando alguien lo recibe. Si Shakespeare escribe el soneto más maravilloso pero lo deja en un cajón, eso no es arte. Arte es cuando alguien lo escucha, antes es algo que está escrito. Y esa es la alegría que provoca, el pasaje de lo siniestro a lo maravilloso. Los milicos nos cagaron a palos, pero nosotros leímos el poema”.

8. Zito Lema también pudo incorporar a la materialidad de la historia otros dos sueños: la fundación de la Universidad Madres de Plaza de Mayo y la Universidad de lxs Trabajadorxs, en la recuperada IMPA. “En el exilio, para no morirse, uno se aferra a sueños. También surgen de la experiencia: me recibí en la UBA, trabajé ahí, vi cómo en un momento histórico se convertía en una universidad pública de verdad. Desde lo filosófico-conceptual, hay una diferencia entre universidad pública y universidad del Estado. Porque lo estatal tiene una legalidad del Estado y puede ser modificada cuando otro gobierno toma esa educación. Vos podés tener una universidad estatal, entre comillas pública, donde se enseñe para el mal. La Facultad de Economía, con perdón de los economistas, tiene una idea perversa de lo que es la economía para la mayor parte de la humanidad. Ahí no se está haciendo una enseñanza pública”.

El regreso del exilio se conjugó con la lenta pero sostenida construcción de la memoria, las batallas contra el punto final, la lucha por reconocer el horror, a sus desaparecidos, los noventa, el neoliberalismo. “No había reconocimiento, como si no hubiera pasado nada. Entonces hablo con las Madres, les planteo el sueño y dijeron que sí”.

Lo dice como si fuera fácil: “Ojo, ¿quiénes eran mis amigos? El programa de Periodismo lo hicimos con Horacio González; el de Filosofía, con León Rozitchner; el de Derechos Humanos e Historia, con Osvaldo Bayer. Vos tenés que lograr el ámbito, el sueño, donde la gente aporte: cuando eso se da, la gente es fantástica. Después, yo también ayudaba, en la medida de mis fuerzas, en IMPA. Y la parte cultural era importante para frenar los desalojos. La cultura reviste una cosa todavía firme: una cosa es romper el alma a trabajadores, y otra cosa es que en ese espacio haya teatro, música, cultura. Entonces me dijeron: ‘Vos que sabés hacer universidades, hacé una acá’”.

Y las hizo a las dos. “Cuando hay un sueño, un proyecto, una magia, una mística, se producen los hechos revolucionarios, humanísticos, donde se juntan, como diría Platón, el bien y la belleza”.

Un posible instructivo: “Si sos apasionado, y la causa es noble, vas a conseguir muchísimo apoyo para hacer cosas. Vos podés tenés 14 músicos de orquesta, una actriz leyendo tus poemas, y yo tocando un mate roto y dirigiendo con papeles una orquesta. La magia existe”.

82 La escena ocurrió en el festejo de su cumpleaños 82, en el centro cultural Hasta Trilce, donde presentó, con El violinista del amor & Orquesta Volátil, su disco de catorce poemas musicalizados, disponible en Spotify.

“La vida es mucho más que uno. Siempre digo que la pregunta final es qué hay entre mí y tú: no hay un yo sin mí, ni un mí sin tú. No es un juego de palabras: es el otro que te mira y entonces sos. Cuando suceden hechos de crueldad, algunos mienten y creen que nacemos desde el mal. No. Pero quien no conoció el amor, no puede amar. El mal es un concepto cultural que se produce. Creo en la cultura guaraní: la tierra sin mal es la tierra de los guaraníes. Son más sabios que nosotros: nosotros producimos el mal”.

La vida, apunta, es un combate eterno entre la luz y las tinieblas. Por eso piensa que el rebrote de discursos fascistas y negacionistas son síntomas de que la vida, a través de todo, y no a pesar, continúa. “La pulsión de vida y la pulsión de muerte necesitan estar. El arte no nace, como creían Freud y también mi maestro, de un combate donde gana la pulsión de vida: el arte nace del enfrentamiento, es el enfrentamiento en donde da la vida. La lectura de esta gente que niega que existió la tragedia, muestra que la cuestión está viva. Está bien que lastime, así va a estar más ardiente tu pasión de vida. El odio existe, el rencor, la avaricia, el egoísmo, el acaparar la riqueza mientras el otro se muere de hambre. El verdugo habla y en boca de esta gente que puede parecer que no expresan nada, pero sí expresan algo presente: el rencor como motor de la vida”.

De dónde sacar las fortalezas: “Ante tanto odio, más amor”.

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El amor no ha muerto. Soledad Barruti y Darío Sztajnszrajber

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Se enamoraron mientras daban forma a una serie de charlas que cruzan filosofía y periodismo. Título: “La comida ha muerto”. Anuncian allí una serie de catástrofes cotidianas, dicen, con la intención de conmover y mover a sus oyentes. Y lo logran. Cuál es el efecto de esta pareja que le habla a una época desde la incomodidad: Nietzsche, supermercados, pandemia, tecnología, la oportunidad que perdimos y lo que, parece, nos puede llegar a salvar del apocalipsis: el amor. Por Claudia Acuña.

Foto: Lina Etchesuri

Él lleva una sonrisa clara y una remera negra que proclama “Victoria o muerte”. La remera de ella es rosa y tiene la silueta de una chica arrojando una bomba molotov. Hace apenas unos días los vi sentados en un imponente escenario propio de un recital de rock, rodeados de 630 personas que pagaron mil pesos para escucharlos, en un silencio de misa, hablar durante dos horas y media. 

Anunciaron así tres noticias inminentes: nos vamos a morir, el planeta colapsa y la estamos pasando horrible. 

Ahora, cuando Soledad acurruca sus largas piernas en el sillón y Darío me enfoca con sus ojos color león, la primera pregunta se impone como una plegaria que busca aquel “sol matinal que se asoma entre oscuras montañas” del que hablaba Zaratustra, en pleno desosiego del ocaso del 1800. 

(Spoiler: sobrevivimos).

¿Estamos tan mal?

Darío: Hay una predisposición, por parte de cierto disciplinamiento social histórico, a construir una especie de optimismo exacerbado: nos están haciendo creer que estamos muy bien y que la vida tiene un sentido claro, y que esa claridad se obtiene sobre todo en la reproducción de ciertos sistemas de consumo. Cuando la filosofía exagera argumentos o imágenes tiene como objetivo dar martillazos, pegar un golpe, buscar una brusquedad de pensamiento, para que en esa exageración nos podamos posicionar desde otro lugar. ¿Eso significa que nos vamos a morir mañana? No lo sé, pero significa que lo tenemos que pensar como posibilidad, sobre todo para cuestionar la omnipotencia de creer que no nos vamos a morir nunca.

Pertenecemos a una época en la cual la pandemia lo hizo evidente: la muerte estuvo parada mucho tiempo en nuestra puerta…

Darío: En ese primer momento apocalíptico, quizá, pero toda la narrativa de cuidados, que caló muy fuerte, se terminó al toque: hoy los números de muertos se presentan en los diarios al lado del pronóstico meteorológico. La normalización de lo que pudo haber sido este acontecimiento extraordinario de la pandemia logró su objetivo y esa especie de zamarreo que nos pudiera haber hecho pensar desde otro lugar, ya pasó.

¿Perdimos esa oportunidad?

Darío: Creo que sí.

Soledad: No solamente perdimos esa oportunidad, sino que ante esa oportunidad se fortalecieron los sistemas que nos condujeron a esta crisis. ¿Quién es el gran ganador de la pandemia? La industria farmacéutica. ¿Quiénes se enriquecieron más que nunca mientras toda la sociedad se empobreció? Salimos de la pandemia con megamillonarios volando a Marte: nos están dejando a todos atrás, volando al infinito y más allá a costa nuestro. Hay que analizar esta consecuencia no desde la fatalidad que representa, sino desde lo concreto que significa: en América Latina los que más murieron durante la pandemia fueron indígenas y campesinos. Si tenemos aún la oportunidad de un pasaporte de fuga hacia algo mejor tiene que ver con la recuperación de nuestras capacidades territoriales, porque lo concreto es que la tierra está agonizando mientras Elon Musk se hace una cervecería en una plataforma marciana. Las corporaciones acumularon más poder gracias a la asistencia corporativa.

¿Por qué hablás de “asistencia corporativa”?

Soledad: Porque ante el empobrecimiento que dejó la pandemia el sistema asistencial se fortaleció. Y lo hizo a través de las marcas. No es la primera vez en la Historia que algo así sucede. La pandemia tiene toda la narrativa de una guerra y Coca Cola, por ejemplo, se expandió a la luz de las guerras: en 1942 logró llegar a Europa de la mano de los contratos con el Ejército de Estados Unidos. Las marcas aprovecharon esta guerra de la pandemia como todas las otras. Y fue un golpe para derribar otras políticas públicas posibles. El resultado es una consolidación de lo peor que nos trajo hasta acá.

“La comida ha muerto” es el título de la charla que Soledad y Darío dieron ante un Konex repleto: teoría y data de todo lo que nos tragamos.

La crisis como oportunidad, entonces, ¿solo la aprovecharon los más fuertes y nosotres perdimos porque…?

Darío: Porque no hubo un cambio en la subjetividad, sino que hubo un trasluz que puso en evidencia lo que ya éramos. Siguiendo lo que planteó Paul Preciado, la pandemia vino a evidenciar lo que veníamos siendo y estaba de algún modo invisibilizado. Fue un acontecimiento extraordinario, pero esto de estar fuera del orden no alcanzó para generar un viraje. A veces tengo la sensación de que algunas personas –a mí me pasó– tuvieron el colapso mental de decir “Tengo que mover cosas de mi vida”. Pero me parece que eso se redujo a cuestiones individuales, no sociales. Si tuviese que hacer un diagnóstico, creo que socialmente fue al revés: se exacerbó el individualismo, se puso más en evidencia la acumulación, la amenaza del otro como agente de contagio permanente…

El miedo es un factor de conservadurismo; el consumo es un consuelo … ¿Cómo cambiar la potencia negadora de esos valores?

Darío: Hay una encrucijada. La pregunta es esa: ¿cómo hacemos para ser más felices? A mí me sale responder: lo primero que tenemos que hacer es deconstruir la idea de felicidad. La clave de todo es la deconstrucción. Porque estamos arraigados a dispositivos tan instalados que primero hay que desarmarlos para empezar a pensar hacia dónde ir. Cualquier expectativa de “hacia dónde voy” está infectada por el lugar donde estamos, con todas las contradicciones que eso implica. Primero hay que desarmarse a uno mismo. No arriesgaría un “hacia dónde” tan rápido. Ya estamos dándonos cuenta de que no tenemos ninguna visualización y hasta –por suerte– nos da miedo repetir las mismas experiencias de cambio que derivaron en otras formas de disciplinamiento. Creo, sí, que comenzó un proceso de deconstrucción y que debemos agradecerlo a los movimientos que hacen de eso una bandera.

El término deconstrucción surge de la academia, ¿cómo se aplica en la práctica?

Darío: La desconstrucción no es algo programático, es una filosofía, una forma de apostar a la apertura. Deconstruir no solo lo macro, sino lo micro. A mí, por ejemplo, lo que más me convocó de Sole, cuando empecé a conocer su obra y a escucharla, fue que se me amalgamó inmediatamente esta idea de “el poder de cambio más eficiente es el que no se ve”, el que construye sus dispositivos en nuestra intimidad más cotidiana. Cuanto más personal, más poderoso es el cambio: en el amor, en el comer… También es cierto que cuanto más se profundiza la deconstrucción, más se profundiza la reacción conservadora. Y eso asusta.

Soledad: A mí me gusta mucho cuando Suely Rolnik habla de la descolonización de nuestras subjetividades y de nuestro inconsciente. De ejercicios micropolíticos imprescindibles para que los macros puedan acontecer. Ahí aparece la importancia de cambiar nuestras formas de hacer, de comer, de cuidar, de criar. Des-enajenarnos para recuperar nuestra fuerza vital, que hoy está al servicio de la maquinaria de consumo, que nos necesita zombies. Creo en la capacidad politizadora que tiene esa transformación. Toda nuestra experiencia cotidiana está atravesada por cosas que nos hacen profundamente infelices. El camino zombie es una herencia o inercia ideológica, pero una vez que abrís los ojos y la ves, por su contundencia, la desarmás. Hay que llegar a eso. Creo en ese movimiento.

Darío: Escuchaba a Sole hablar de lo zombie, y me viene a la memoria una frase de Nietzsche con la cual cerramos la conferencia: “el desierto crece…”. Y pensaba: hay más desierto en un shopping que en el vacío. Recuperar el vacío, recuperar la incertidumbre, recuperar el riesgo… Nuestra cultura es muy farmacológica: genera una especie de tranquilidad homogeneizante, donde uno se siente a gusto. Cuando Marx decía aquello de que la religión es el opio de los pueblos, no hablaba solo en el sentido del empelotudecimiento, sino también de que hay una construcción identitaria. La religión genera una sensación de calma dulce… y en ese sentido me parece que seguimos siendo profundamente religiosos.

Algo de eso también puede atribuirse a la presentación de “La comida ha muerto”: ¿están predicando el apocalipsis?

Darío: Te diría que era una gran parodia del predicamento. El Zaratustra de Nietzsche es justamente eso: el Anticristo, el predicador que viene a desarmar la prédica original. Pero quizá tenemos que pensar todo en términos de religión: el rock, el fútbol…

Soledad: A mí me gusta mucho ese efecto que se genera con este tema y con otros igual de complejos. He visto a Darío en otras charlas hablando sobre la muerte durante cuarenta minutos y las personas estaban absolutamente conmovidas y transformadas. Y ojo: hay que estar dispuesto a que eso suceda, pagar para eso… Quizá tiene que ver con que no hay espacios para que esa conmoción suceda. Y esos espacios hay que crearlos, darles un marco. Nadie que venga a escucharnos piensa que va ahí a ver a Los Midachi. Ante ese acuerdo hay una apertura, hay una disposición… y pasa algo en esa ceremonia.

¿Qué resultados notan cuando terminan la conferencia?

Soledad: Las personas se van conmovidas y eso ya es un montón. Si se fueran con una receta de soluciones estaríamos vendiendo lo mismo que estamos denostando. El objetivo es que cada quien pueda hacerse preguntas que no estaban habilitadas… Es absurdo pensar que desde esta forma civilizatoria van a salir las respuestas. Es mejor abrir –dentro de este menú de opciones y preguntas– otras ideas, incluso mostrar otras formas contemporáneas civilizatorias que hoy están invisibilizadas como las que encarnan tantos pueblos indígenas.

Darío: Sole hablaba de conmoción y yo te agrego: estremecida. Creo que la filosofía es un arte del estremecimiento, y es muy efectiva cuando se mete con estas cosas. Una gran deuda de la filosofía es quedarse en el cuestionamiento teórico, pero si no tiene una incidencia directa en la transformación social, de las personas, queda en la nada. Nosotros no tenemos otra pretensión que se estremezcan, que te pase algo. Algo te tiene que pasar, porque si no estás como totalmente sujeto, en el sentido de sujetar. El gran mito de nuestro tiempo es que uno es libre y autónomo, pero esa libertad y esa autonomía más que causas son efectos. Hoy me parece más necesario que nunca ver cómo el poder se construye en lo micro, la gran revolución que trae Foucault al mundo de las Ciencias Sociales.

Estamos en una época dominada por algoritmos que imponen un tipo de pensamiento “grieta”: sí o no, blanco o negro. ¿Cómo podemos resistir a esa simplificación que conspira tanto contra la creación de otros posibles?

Darío: Abogo por una filosofía de la ambigüedad. Para mí la utopía está en la ambigüedad. La difuminación taxativa de los lugares fijos, las fronteras excluyentes… El pensamiento excluyente es un pensamiento binario y por binario, jerárquico: lo binario siempre instituye una jerarquía. Los buenos siempre somos nosotros. Y todo lo que no soy yo es el mal. Y la ambigüedad es deconstruirse. Y deconstruirse no es solo una cuestión identitaria. Con la tecnología, por ejemplo, tengo una lectura más deconstructiva. No lo pienso en términos “tecnología versus naturaleza”. Tampoco soy pro tecnológico, pero sí entiendo que hay que salirse de la idea de que la tecnología está transformando la naturaleza humana, tanto para bien como para mal. Es un debate que supone que existe una naturaleza humana. Los que no creemos en eso, aquellos que pensamos que la naturaleza es construcción permanente, analizamos a la tecnología como algo que atraviesa lo que somos. No me gustan las lecturas de la tecnología como algo exterior, que viene a influenciar. Sí creo que estamos en los indicios de hasta qué punto la innovación tecnológica puede mover lugares estructurales. Pero también está claro que no sé si estamos todavía pudiendo pensar este impacto. A veces me siento pensando el mundo del siglo 21 con categorías del siglo 20. Falta desarmar esas categorías.

Soledad: Ojo: hay que tener en cuenta quiénes son los dueños de la tecnología y cómo se la están apropiando. La tecnología es una herramienta pero, ¿quiénes son los que crean esos algoritmos, quienes se apropian de esa información? Estoy leyendo El capitalismo de la vigilancia, un libro enorme que cuenta qué hacen con los datos que nos piden y que guardan. Y es aterrador, porque lo que buscan es la automatización de nuestra subjetividad. Y es algo que está sucediendo hoy: no es ciencia ficción. Hay una relación directa entre ser dueños de la tecnología y la realidad concreta del poder real. Todo el tiempo tenemos que hacer un entrecruzamiento entre lo que pensamos de las cosas y lo que las cosas son. O sea siempre hace falta periodismo.

La noticia, entonces, es que están ganando los malos. Y la posibilidad de destrucción cada vez es mayor. ¿Las respuestas? Una es tener miedo, otra es enamorarse. Ustedes se enamoraron… ¿Cómo fue?

Soledad: Nos convocaron desde la UTT a dar una charla juntos en una Cátedra de Soberanía Alimentaria, y nos empezamos a encontrar, a juntar ideas para cruzar juntos. Pasó el tiempo, y acá estamos.

Darío: Siempre busqué en mis formas de hacer filosofía el encuentro con otros lenguajes, otros planos. Con Sole me impactó eso: todos los temas de la otredad, que a mí me convocan desde siempre, de repente los vi absolutamente claros en el laburo que hace. Entonces sí: el laburo fue lo primero que nos unió. Después… Y bueno: trabajando, nos enamoramos.

Y como predicadores, ¿qué resultados cosechan como pareja?

Soledad: Yo tengo una búsqueda más activista, y él viene con un bagaje más intelectual. Y me parece que esa complejidad genera cosas interesantes, incluso para desarmar mis propias ideas y yo las suyas. No necesariamente estamos de acuerdo en todo, pero de algún modo vamos al mismo lugar.

Darío: Evidentemente alguien que me escucha hacer una reflexión filosófica, y a Sole aportar datos desde la investigación empírica… eso es convocante, genera sinapsis… siente que está pensando, que no es monocromático. Es una combinación que le dio muchísimo más impulso a lo que cada uno venía reflexionando por su lado. Y algo pasó también en otro aspecto: vamos caminando por la calle y la gente nos saluda, se pone contenta. Dio alegría esta pareja.

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Agro-lógicas. MU en Guaminí: producción y alimentación sanas

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En un país asediado por contaminación, crisis climática y enfermedad, la agroecología propone otras lógicas que revelan que el modelo agrotóxico es anacrónico. El crecimiento exponencial en lugares como Guaminí, donde se cerró el Mes de la Agroecología, muestra cómo la rentabilidad se combina con la ética, la alimentación sana y la recuperación de los campos. De 100 hectáreas en campos grandes pasaron a 5.000 y la producción local de alimentos creció 3000% en dos años. Cómo cambiaron las vidas y las miradas de la gente que eligió construir grupalmente su propio destino. Por Sergio Ciancaglini.

Foto: Sebastián Smok

La utopía tiene buena prensa. Y la peor. 

Desde que se le ocurrió la idea de su libro en 1516 a don Tomás Moro (pensador inglés, escritor, santo, poeta, profesor, juez, abogado y canciller de la monarquía, entre otros empleos temporarios), el concepto se refiere al diseño de una sociedad ideal. 

El diccionario define a la utopía como un “plan, proyecto, doctrina o sistema deseables que parecen de muy difícil realización”. Segunda acepción: “Representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano”. A Tomás Moro, por determinadas rebeldías, le podaron las representaciones imaginativas en 1535 mediante un mecanismo tajante: fue decapitado. 

El concepto de utopía quedó vigente. El propio Moro planteaba en su libro que esa sociedad ideal no podría existir nunca. De hecho, utopía significa “no-lugar”, “lugar que no existe”: una sociedad colaborativa, armónica y acaso feliz, que a la vez es irrealizable porque tales perfecciones son imposibles en estas vidas imperfectas, de tan humanas, que nos toca transitar. 

Muchos progresismos se aferraron a las utopías, resultando en términos deportivos un gol en contra: al calificarlas así plantean desde el arranque, sin decirlo, que esos sueños son inalcanzables. Del otro lado de la grieta quedan los autopercibidos “científicos”, “técnicos”, “realistas” & afines, que tienden a tachar como utópica cualquier idea nueva que signifique una mejora práctica que no les conviene.

Estas extrañas asociaciones me surgieron observando acelgas, lechugas y berenjenas. Y recorriendo campos junto a personas hospitalarias y divertidas dedicadas a la agroecología, a la que hay quienes describen como utopía para ensalzarla, y otros para ningunearla.   

Tales encuentros no ocurrieron en un “no lugar”, sino en un lugar llamado Guaminí, en el oeste bonaerense, que parece una representación imaginativa diseñada junto a la Laguna del Monte, una de las Lagunas Encadenadas que –de tan grandes y bellas– parecen un mar en el medio del continente con la otra orilla a 9 kilómetros, casi en el horizonte.  

Sorpresas encadenadas

Guaminí ha hecho un largo camino de hallazgos sorprendentes y nada utópicos en sus territorios y, al final, lo que estaba más cerca y no se veía: la propia mesa. La historia puede comenzar con un vecino, biólogo y doctor en Recursos Acuáticos Renovables llamado Marcelo Schwerdt. Fue director de Medio Ambiente de la municipalidad desde 2008 durante una gestión que aliaba a radicales y vecinalistas. Le preocupaba la contaminación de las aguas y lagunas, y tuvo ideas encadenadas. “Nos lanzamos a hacer una ordenanza municipal para evitar la contaminación y regular el uso de agroquímicos”. Usaron entre sus fundamentos un trabajo de la Escuela Secundaria nº 4. Sus estudiantes adolescentes detectaron sin dificultad lo que el Estado y las universidades, por ejemplo nunca habían investigado: el uso desaprensivo de venenos. En 2011 cambió el gobierno, ganó el Frente para la Victoria y mantuvo a Schwerdt en el cargo, pero la ordenanza seguía cajoneada incluso en 2014. Se organizó una conferencia con el ingeniero Marcos Tomasoni, de la campaña Paren de Fumigarnos de Santa Fe. Schwerdt: “Contó que la deriva de los agrotóxicos no se soluciona con 100 ni con 1.000 metros, sino que se han detectado en lugares como la Antártida y el Sahara, donde jamás se aplicaron, por el modo en el que permanecen en la atmósfera”. 

Visitó Guaminí el doctor Horacio Lucero de la Universidad Nacional del Nordeste, Chaco, describiendo los daños genéticos en zonas fumigadas, malformaciones de recién nacidos, abortos espontáneos, cáncer, disrupciones hormonales. El científico Damián Marino, de la Universidad de La Plata, informó sobre la presencia de pesticidas como glifosato y atrazina hasta en el agua de lluvia, en la zona de Guaminí. Otra conferencia acercó al ingeniero agrónomo Eduardo Cerdá: “Agroecología, una posibilidad de producir con menores costos, rendimientos similares y menores riesgos”. Habló frente a los agricultores de no menos de 50 o 100 hectáreas, que lo escuchaban con amable escepticismo. Pero hablaban el mismo idioma. Cerdá explicó lo que significa la agroecología como diseño y estilo de la producción. Contó lo que propone con respecto a las malezas. “Las promesas de los últimos años no se cumplieron, cada vez se usan más agroquímicos y resulta que pasamos de no tener malezas a tener más de 30 que son resistentes al paquete tecnológico”. Contó que cereales como la avena, el trigo y el sorgo, por ejemplo, se consocian con leguminosas como la vicia y el trébol rojo que fijan nitrógeno y fertilizan el suelo. Se va dejando sin espacio a las malezas o se las integra al proceso, el suelo queda cubierto, húmedo, enriquecido, con un complemento posible en la ganadería. Mostró los números de un campo emblemático, La Aurora, de Juan Kiehr, en Benito Juárez. Por ejemplo: los costos directos (al no comprar insumos) eran un 65% menores. El margen bruto (ganancia), un 40% mayor. El retorno por cada dólar invertido, 1,13 para los campos agroquímicos, y 5,15 para La Aurora (un 350% más). 

Todo esto sin contar los beneficios para la salud y ambientales.     

Un puñado de productores se quedó conversando y acordaron el asesoramiento de Cerdá para dar los primeros pasos de la transición. Viajaron a La Aurora, a la Granja Naturaleza Viva de Santa Fe, y tomaron la decisión: empezaron a probar qué ocurría si hacían agroecología sumando entre ocho agricultores unas 100 hectáreas. 

Resultado: un año después eran casi 1.000 las hectáreas agroecológicas, y actualmente llegan a 5.000. Las cosechas de trigo pasaron de tener rendimientos de 2.800 kilos por hectárea, a 4.300, sin usar ni uno de los insumos químicos que las corporaciones y las facultades de Agronomía sostienen que son indispensables para producir.

En ese grupo original estaban el ingeniero Norman Best y su compañera, la bioquímica Cecilia Aguier, que apostaron por abandonar las neurastenias urbanas y hoy combinan la serenidad por un campo “mucho más rentable” con la alegría de haber tomado una decisión que les cambió la vida y el entusiasmo. 

Rafael Bilotta, ex integrante de Aapresid, la asociación de siembra directa que promueve el agronegocio transgénico: “Empecé con 30 hectáreas y terminé haciendo todo agroecológico. En Aapresid solo se pensaba en producir más, sin pensar el modo. Pero encima, en los números, el margen da a favor del productor agroecológico” dice este hombre que no hizo la transición a la agroecología por razones utópicas, pero que siente que le mejoró no solo la economía. 

Estaban también en el grupo el tambero Mauricio Bleynat; Atilio Schwerdt (el padre de Marcelo, que calcula que en sus 40 hectáreas se está ahorrando 5.000 dólares anuales de costos de agrotóxicos “y encima no jodo al campo”); el productor Martín Rodríguez (que empezó creyendo que esto era una cuestión de hippies y hoy es un motor del Centro de Educación Agraria 20 que está difundiendo y ampliando la agroecología en toda la región); Hugo Benito (“ganamos también paz, la paz es un derecho”); Fabián Fato Soracio (afinado productor, fértil guitarrero, define como “agro-oncológico” al modelo actual); Ana Alberdi de Coronel Suárez quien con su pareja Matías Corzo cultiva trigo, avena, sorgo, cebada, centeno, maíz, girasol y decidieron este cambio de vida a partir de tres preguntas inquietantes: 

– ¿Qué nos estamos metiendo en la boca?

– ¿Con qué alimentamos a nuestros hijos?

– ¿Cómo estamos viviendo? 

Mientras el grupo se afianzaba se dictó la ordenanza regulando el uso de plaguicidas. Schwerdt: “Vista hoy es ridícula, porque solo plantea 300 metros de distancia y 700 de amortiguación. Mi posición es la del doctor Damián Marino: la distancia ideal para los agrotóxicos es el infinito”. 

Guaminí, además, participó como puntal de la fundación de la RENAMA, la Red Nacional de Municipios y Comunidades que fomentan la Agroecología que impulsó Eduardo Cerdá y hoy preside el propio Marcelo Schwerdt. Fue la sede, en este noviembre de 2021, del cierre del Mes de la Agroecología. 

Se agrandaron las lechugas

En 2017 Schwerdt renunció al empleo municipal, un tanto hastiado de empantanarse en burocracias. Pasó a conducir el Centro de Educación Agraria 20, con ideas de siembra educativa. “En uno de esos pocos días de lucidez que se tienen cada tanto, nos dimos cuenta de que estábamos con la agroecología extensiva, en campos grandes de pastizales y cereales, pero resulta que todos los alimentos del pueblo había que traerlos de afuera, porque aquí no se producía prácticamente nada. Eso era muy poco agroecológico”, cuenta con ojos asombrados.

El CEA se lanzó a la agroecología intensiva en 2019: “Hicimos una huerta de media hectárea y un invernadero a pleno. Tenemos ajo, remolacha, acelga, apio, cebolla, cebolla de verdeo y cebollín, rúcula, kale, porotos, tres variedades de lechuga y todo lo que te imagines de cultivos de invierno, y en primavera agregamos berenjena, morrón, tres variedades de tomate, zapallo de todas las clases, maíz, y todo sin uso de químicos. También crían patos, gansos, conejos, gallinas ponedoras, ovejas, cerdos, siempre criados agroecológicamente”. En 2019 otro intendente, José Augusto Nobre Ferreyra (FdT) le ofreció a Schwerdt ser secretario de Turismo y Patrimonio. Pidió agregar Desarrollo Rural Sustentable: lo logró. “Eso me permite trabajar en lo que hacía, y colaborar para que todo esto siga creciendo”. 

La movida nutritiva empezó a incluir a posibles productores de alimentos: “Se logró algo similar a lo de los campos extensivos, donde pasamos de 100 a 5.000 hectáreas. En horticultura intensiva empezamos desde la casi nada, pero ya hay 12 hectáreas de cultivo de alimentos con proyección a 20 muy pronto”. Transición: de menos de 10 toneladas de alimentos en 2019 se pasó a 100 en 2020 y 300 toneladas en este 2021 (3.000 % más que en el arranque).

Entre los productores está Miriam Mori, en Arroyo Venado, a 15 km de Guaminí, cocinera profesional: “Parece que me salen bien las tartas, pero me dedico a la huerta que me cambió la vida” dice recorriendo esos lotes junto a MU. “Hace tres años sacábamos lechugas de 200 gramos. Hoy son de 800 gramos. Se agrandaron las lechugas y nos agrandamos nosotros sin utilizar químicos ni fertilizantes. Estamos re contentos” anuncia por ella y por su marido, Javier Basualdo. 

El impulso municipal les permitió pasar de un cuarto de hectárea a dos. “Ahora ya no cultivamos solo para los 70 habitantes de Arroyo Venado sino que vamos a ferias y verdulerías de distintos pueblos. Estamos trabajando para que lo agroecológico aparezca diferenciado en las verdulerías porque cada vez más la gente quiere este tipo de alimentos. Se agrandó también la soberanía alimentaria” explica Miriam, mamá de Álvaro (17), Guadalupe (15) y Matilde (10). “Todos colaboran con la huerta. Es que si te gusta lo que hacés no es un peso. Se va encontrando un equilibrio. Yo creía que había que usar plaguicidas para el gramón, para las hormigas, para todo, hasta que aprendí que no es necesario y esto también nos tranquiliza como personas, por nuestra salud, y por nuestros hijos”. 

Dice que ahora hay diversidad, con corredores de plantas para que las posibles plagas de insectos tengan de qué alimentarse. “Si encuentran todo fumigado y pelado, se van a comer tu cultivo. Si dejás de hacer todo eso, vimos que las cosas salen mejor y te evitás todo el veneno”. 

Hablemos de plata

¿Será una imprudencia consultar cuánto están ganando? “En invierno fueron unos 75.000 pesos por mes, con pocos productos. En verano es mucho más: se duplica o triplica. Y haciendo algo que a la vez es lindísimo”. También hay una parte de inversión: “Hace dos años teníamos apenas 300 plantas de tomate, ahora compramos 2.000 plantines, 1.600 de morrones, otros 1.600 de berenjenas, y eso nos llevó unos 70.000 pesos, pero los generamos con la huerta y todo eso después se reproduce como ventas”. 

Los precios de las verduras agroecológicas son los mismos o menores a los del resto del mercado: “Queremos que todo el mundo tenga acceso a estos alimentos. La gente los empieza a reconocer. La vez pasada me decían: ¿qué le echaron al tomate, que está espectacular? Y la realidad es que está espectacular porque no le echamos nada”. Conviene recordar que las verduras tratadas con fertilizantes sintéticos y plaguicidas pierden sabor justamente por el tipo de tratamiento al que son sometidos los suelos. Los alimentos agroecológicos mantienen en cambio los nutrientes de los cultivos, y su sabor (ver nota en MU 157: “Cómo como”). 

Cuenta esta mujer de sonrisa espontánea que todo es aprendizaje. “Usamos purines de ortiga y no sabés los resultados. No es difícil. Y es hermoso. Vemos todo lleno de lombrices: para nosotros ese es la demostración de un suelo vivo”.   

Una huerta = ocho empleos

Patricio Hernández sonríe desde las alturas: mide 1,94. Él y su esposa Loren Sotelo, paraguaya instalada hace 15 años en Argentina, tienen tres hijos y un récord: la producción de huerta agroecológica les permitió abandonar definitivamente ocho trabajos: Patricio, en un estudio contable y dos oficinas más, lo que le llevaba entre 10 y 12 horas diarias; Loren, limpiando en cinco casas de familia. “Estuve 15 años trabajando en contabilidad pero hacía mi huerta en el patio de mi casa. Pudimos ir aprendiendo y hoy tenemos 3.000 metros cuadrados aquí en el pueblo. Los vecinos me fueron dando baldíos abandonados, de 20 x 50 metros. Los recuperamos, y tenemos la huerta del pueblo. En el campo alquilamos casi 3 hectáreas más intensivas, con toda la producción a cielo abierto. Acá en el pueblo gracias a Dios hemos ido armando invernáculos. Entonces de la huerta familiar pasamos a una producción mucho mayor”. 

Patricio solo lamenta algo, a los 37 años: “¿Por qué no habré hecho esto 5 años antes y me sacaba los otros trabajos de encima? Por donde lo mire, esto es algo que me cambió la vida, incluyendo la tranquilidad, lo que se disfruta, y encima lo económico”. Loren: “Lo de limpiar casas me lleva medio día, y ya no me sirve. Quiero dedicarme a esto, la gente está muy entusiasmada y necesitada de comer alimentos sanos” dice llevando un cajón de lechugas deslumbrantes. Lo que no abandonó Patricio es su función como bombero voluntario en Guaminí. “Lo tomo como una responsabilidad ante el pueblo. Mi viejo fue bombero, y mi hija mayor ya está por sumarse”. 

Paradoja agroecológica: no ve el trabajo como un trabajo. “Estás contento, con la tierra, de golpe pasás más horas con esto, pero acá no están los nervios, la mala cara del trabajo. Pusimos góndolas y vendemos en el comedor de mi casa. Repartimos en los negocios del pueblo y también bolsones de verdura, que están medio de moda. Llegamos a varios pueblos y ciudades, tanto a familias como a negocios y verdulerías. En plata hemos hecho 145.000 mensuales de ganancia limpia para nosotros en invierno. Pero es la parte baja: en verano es el triple. Buscamos cantidad y calidad con un precio que a la vez sea muy accesible. Si en los negocios tenés la verdura a 80 pesos, ponele, nosotros la vendemos a 40 o 50”. 

No valora Patricio solo lo económico: “Lo principal es la tranquilidad mental, hacer las cosas con todo el grupo de producción y saber que frente al negocio de los agrotóxicos, acá estamos haciendo la cosas bien”. En el grupo también está Nicolás Porchilote, 25 años, que empezó con 20 metros x 40 y ya pasó a 3 hectáreas en el campo de su padre. “Me gusta lo grupal, lo sano, y la entrada económica es muy buena”. Diferencias: “Lo que comprás en una verdulería parece de telgopor. Acá tenés verduras con jugo, con sabor, la gente lo está pidiendo porque hay un cambio de mentalidad. Estamos comiendo alimentos que hacen muy mal. Es la realidad. Hay que producir y comer otro tipo de cosas. La gente tiene que buscar y nosotros tenemos que acercarle esos alimentos, porque así se genera conciencia y además un mercado”. 

El salto agroecológico en alimentos tuvo que ver también con el contacto con el ingeniero agrónomo Walter Tejada (le dicen Juje, de puro jujeño), que desde el Ministerio de Desarrollo Agrario bonaerense impulsa desde hace 10 años el crecimiento de la horticultura intensiva y formó la Red Hortícola Ecológica de la RENAMA. “Esto es un desarrollo de la periferia al centro. En el oeste y norte de la provincia hemos reunido ciudades, pueblos y localidades que ya suman 250 hectáreas de producción de alimentos en Junín, Rojas, General Viamonte, Bragado, Bolivar, Daireaux, Pigüé, Saliqueló, Rivadavia, General Villegas, Ameghino, General Pinto, Lincoln, Tres Lomas, Pehuajó, Yrigoyen, Carlos Tejedor, entre otros. El agricultor sabe que la manipulación de agroquímicos es violenta, que genera enfermedades, muertes, y empieza a buscar otra relación de producción y de comecialización. Es algo desde abajo, porque en 10 años no hemos tenido ninguna participación ni acercamiento de las facultades argentinas. Sí de México, donde hemos dado cursos a productores de más de 12 municipios. De 36 facultades de agronomía en el país, solo dos tienen a la agroecología como materia obligatoria de su currícula”. 

Lo que recibe el consumidor: “Los precios son mucho más accesibles, verdura de alta calidad que llega a estar a 2/3 de precio o menos que la otra”. 

La clave productiva: “Pasar de la huerta hogareña a la horticultura intensiva agroecológica, mediante mecanismos de producción escalonados que permiten que no haya baches y siempre se pueda estar produciendo. Es la llamada escalera boliviana: primero siembran hortalizas rápidas como rúcula, achicoria, rabanito que se cosechan en 20/25 días con un ingreso constante; luego hojas de mayor tamaño como lechuga, acelga y remolacha que llevan de 30 a 60 días con mayor entrada de dinero; un tercer escalón de frutos (tomate, berenjena, pimientos) sin dejar de hacer nada de lo otro. El resultado es inclusión social gracias al sistema que trajeron desde Bolivia, donde la gente es muy sabia y logra implementar rápidamente técnicas e innovaciones”. Para Walter “esto también es parte de una nueva conciencia social sobre la alimentación. Pero es también un sistema que incluye lo familiar, lo social, lo cultural y principalmente lo ambiental. Lo productivo es un plano que puede correr paralelo, pero todo lo otro también tiene una importancia central”. 

Aplauso para el asador 

Otro encadenamiento agroecológico apunta a una novedad: la posibilidad cada vez más cercana para quienes consumen de acceder a carne agroecológica.  En Guaminí, Jorge Themtham, productor de Treinta de Agosto (a 84 km) y miembro del grupo Suelo Vivo, que integra la RENAMA, cuenta el acuerdo con la UTT (Unión de Trabajadoras y Trabajadores de la Tierra): “Comenzamos la venta al público de carne de animales criados a pasto, agroecológicamente en la carnicería de la UTT en Sarandí. Hace meses veníamos conversando, nos hemos reunido, y ya en este fin de noviembre se inauguró esa modalidad. Van a vender al público y también envasar al vacío para ofrecer en sus distintos mercados”. ¿Diferencia de la carne agroecológica? “Es mucho más sabrosa, no tiene ese gusto a cerdo, o a chiquero, de la carne de feed lot. Tiene una coloración más roja y la grasa tiene una tonalidad amarilla. Lo bueno es que se va a vender además a un precio justo, porque nos evitamos mandar a rematar la hacienda al Mercado de Liniers. Estamos muy entusiasmados, puede representar un cambio grande para la producción y también para la gente”. En la propia Guaminí, Norman Brest tiene una remera blanca con un escudo: Asociación Grassfed Argentina – Regenerando suelos. “Es una creación de hace un par de semanas como entidad sin fines de lucro, para ir encontrando formas de difundir y comercializar la carne criada a pasto, y romper el mito de que la ganadería contamina. Los que contaminan el planeta son los feed lots, además de todo lo que afectan a la salud animal y humana. Y yo me sumé con la idea también de que la carne de alta calidad tiene que mantener un precio accesible a la gente, y que sepas lo que estás comiendo. Acá si hacés las cosas bien te dejan más solo que loco malo. Lo que nosotros queremos es revalorizar esta producción, regenerar suelos y que todas las familias tengan acceso a alimentos sanos”.   

La lógica del presente

Eduardo Galeano decía: “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”. 

Tomando esa bella imagen, puede confirmarse que la agroecología también sirve para caminar: llevo varios pares de zapatos gastados en recorrer estos campos increíbles durante los últimos años. 

Pero la agroecología, al revés que la utopía, no es algo que se aleja, sino una realidad práctica que no solo se acerca sino que está aquí, en el presente, en el suelo, en lo que se produce y en lo que (a veces) comemos. Conviene recurrir nuevamente a la creatividad de Fabián Soracio, quien pergeñó el concepto del “modelo agro-oncológico” pero además, en este viaje a Guaminí, me ilustró con otro hallazgo: “Somos agroecológicos, pero sobre todo somos agro-lógicos”. 

Otro neologismo inolvidable: la agro-lógica, para entender Guaminí y cada milímetro dedicado a la esta forma de producción. El sentido común como observación y capacidad de transformación de la realidad, de suelos y de lugares concretos. La visión agro-lógica que calladamente plantea respuesta y propuesta a temas laborales, ambientales, personales, sociales, económicos, territoriales, de salud, éticos, planetarios. 

En el cierre del Mes de la Agroecología, Guaminí recibió entre los visitantes a uno de los pioneros de la actividad, Juan Kiehr, joven clase 1943, quien me plantea su hipótesis: “Esto no es una opción. Es la solución”. 

La agroecología, en ese caso, sería una noción que no decapita sino que reinstala cabezas y recupera corazones. Parece capaz de desplegar proyectos, deseos y realidades fértiles. Se aleja de una cultura bastante zombi y resignada de pensamiento que tal vez sea, además de enferma, anacrónica. 

Marcelo encadena el argumento en términos prácticos, científicos y también nutritivos. “Creo que se está demostrando que se pueden hacer las cosas bien. Le estamos encontrando el agujero al mate”.

Guaminí: datos fértiles

•  De 100 hectáreas agroecológicas en 2014 pasaron a 5.000 en 2021.   

•  Producción de trigo: 2.300 kilos por hectárea en los campos agroquímicos, 4.800 en los agroecológicos.

•  Instalaron un molino, La Clarita, de harina integral agroecológica. Por el éxito, se abrieron otros 9 molinos similares en la zona, convertida en polo harinero. Los productores ganan entre 5 y 10 veces más que vendiendo a molinos convencionales. 

•  Horticultura: en 2019 había menos de 10 toneladas de alimentos cultivados en la región. En 2021 se han organizado 10 productores que llegan a 300 toneladas (3.000% más) en 13 hectáreas, que pronto serán 20. Ya pueden abastecer al 25 o 30% de la demanda de verduras en Guaminí. 

•  Con productores de la zona y de Treinta de Agosto, se lanza la venta de carne de animales criados a pasto, en contacto con la UTT que así inauguró su primera carnicería agroecológica. 

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