Nota
El partido más importante

Ella es hija de uno de los 30.000 detenidos-desaparecidos y él, hijo de un represor de la última dictadura. Ambos son hinchas de Racing. Julián Scher los reunió en el Cilindro para hablar de todo lo que nos une, además de los colores, y también de lo que no: las historias familiares, lo que sabe y lo que se arrancó, las preguntas entre ellos, las contradicciones, y las elecciones desobedientes.
Por Julián Scher
-Hubiera querido tener un papá como el tuyo.
-Me duró poco.
-Y a mí el mío me está durando demasiado.
Leonardo Miranda, hincha de Racing, está sentado sobre una silla blanca de plástico en el Recinto de Honor del Estadio Presidente Perón. Es la mañana del 24 de marzo y el viento se cuela con fuerza por la única puerta abierta. Integrante de Historias Desobedientes, el colectivo de familiares de represores que condenan el accionar de sus parientes, se le ponen los ojos vidriosos cuando le dice a Zulema Chester, también hincha de Racing, que le hubiera encantado que su papá fuera alguien como Jacobo Chester y no alguien como Ricardo Benjamín Miranda Genaro, jefe del Departamento 2 de Informaciones de Mendoza, condenado a prisión perpetua por crímenes de lesa humanidad desde el 22 de marzo de 2013.
Dos voces que coinciden en dos puntos: por un lado, ambas enfatizan la certeza de que la Argentina sufrió un genocidio que merece el máximo repudio por los tiempos de los tiempos; y, por el otro, ambas suscriben el afecto hacia el club que acaba de cumplir 119 años. A su vez, las separa una abismo insoslayable: ella es hija de uno de los 30.000 detenidos-desaparecidos y él, hijo de un represor de la última dictadura.
Zulema escucha a Leonardo desde el sector opuesto de la mesa, a un metro de distancia, con la mano apoyada en el sobre de papel madera donde guarda el carnet de socio eterno de Racing que recibió el 7 de diciembre de 2021 adentro del campo de juego del Cilindro. Jacobo, su viejo, trabajador del Hospital Posadas, fue secuestrado el 26 de noviembre de 1976 por el grupo de tareas que operaba en el centro clandestino de detención que funcionaba adentro del centro de salud. Zulema y su mamá reconocieron los rostros de los represores. No se los olvidaron jamás.
Se ven por primera vez en la cancha del club del que son simpatizantes. Es el sitio que podía reunirlos. Suben a paso lento hasta una de las plateas bajas. Posan para una foto. Zulema es de la Academia por su papá y lo acompañó varias veces a la tribuna de chiquita. Sintió una vez más el orgullo de la herencia cuando Racing les restituyó la condición de asociados a su viejo y a otros 45 hinchas y socios detenidos-desaparecidos por la última experiencia genocida que sufrió el país. Leonardo siguió el acto desde su Mendoza natal. Aprendió a querer esta camiseta de la mano de un amigo de la secundaria que le contagió la locura celeste y blanca. En su casa eran de River pero había algo en esa pertenencia que no encajaba. Conoció la popular de Avellaneda promediando la década del noventa cuando visitó Buenos Aires para un congreso universitario. El bautismo en la cancha lo impresionó.

Leonardo pregunta primero:
-¿Qué tan al tanto estabas de la vida de tu papá?
-Nada me era ajeno. Mi papá era algo como muy mío. Mi viejo no era un militante político. Era un buen tipo, empático con el dolor de los demás, solidario con sus compañeros y con sus amigos. Laburaba en las guardias del Hospital y hablábamos mucho de lo que pasaba en la calle. Me decía que llevara la Estrella de David adentro de la ropa porque nadie tenía por qué saber cómo pensaba o cómo me identificaba. Eso me permitió entender muchas cosas que pasaron después.
-¿Y cómo fue el día siguiente al secuestro?
-Enseguida entendimos que todo tenía que ver con el Hospital y fuimos a buscar una respuesta ahí. El Posadas estaba tomado militarmente desde el 28 de marzo de 1976 y ya había un clima enrarecido. Mamá, que también trabajaba ahí, volvía y contaba que se habían llevado a fulanito. Mi papá pensaba en cómo acercarse a la familia para ayudarla. Intentamos hablar con el director pero no nos recibió y en la comisaría tampoco tomaron la denuncia. No fue fácil.
Ahora es Zulema quien toma la posta:
-¿Cuándo te diste cuenta?
-De grande. Soy el más chico de cinco hermanos. Mi infancia fue con un papá adorable: me llevaba a pescar, jugaba a la pelota. Me crié en el Barrio Policial y crecí yendo al Círculo Policial. Yo sabía que él era un policía muy reconocido que se había retirado con la máxima jerarquía. Gran parte de mi vida la pasé teniendo un papá “normal”. La derogación de las leyes de impunidad fue el primer detonante porque desató tensiones que no existían. Pero recién en 2012, cuando empezó el juicio, caí en la realidad. Fui a ver al defensor oficial y me contó que mi padre estaba imputado por el secuestro de Antonia Campos y de José Alcaraz. Y que Martín, el hijo de ambos, de sólo nueve meses, había sido apropiado aquel 6 de diciembre de 1977. Ahí comenzó el proceso de vergüenza que me llevó al lugar de la desobediencia.
-¿Entraste alguna vez a la D2?
-Mi papá me llevó una vez cuando era jefe. Me fui a curiosear y me topé con unos calabozos con personas. Salí corriendo y nunca dije nada. Volví mucho después, cuando ya había sido declarado centro clandestino de detención, y me paré exactamente en el mismo pasillo y vi exactamente el mismo calabozo. Mi papá llegó incluso a negarme que ahí hubiera calabozos. Pero eso no es nada. En nuestra última discusión, cuando le hablé de Antonia Campos y de José Alcaraz, me respondió que cómo sabía que estaban desaparecidos, que a lo mejor estaban en una playa paradisíaca del Caribe. Y ahí te das cuenta de que no es que no te quiera a contar a vos: es que mantiene a ultranza el pacto de silencio.
«Mi papá todavía vive con la ilusión de que el proceso judicial vuelva hacia atrás. Creyó que eso iba a suceder durante el gobierno de Macri».
Leonardo miranda
Leonardo asume que está para hacer pública su historia: “Racing es la oportunidad de reconectar con la mística futbolera, es la pasión loca por los colores”. Y sigue:
-Durante mucho tiempo, creí que mi papá se podía arrepentir. Pensaba que, si entendía lo que significaba desaparecer personas, a lo mejor aparecía algo de humanidad en él. Se lo pregunté: “¿Sentís algo? ¿Te pasa algo?”. Y no. No le pasaba nada.
Zulema revolea los ojos para los cuatro puntos cardinales. Acota que nadie llega al puesto de jefe del centro clandestino de detención de la Policía de Mendoza sin formarse durante años para eso. Dicho de otro modo: Miranda Genaro no era ningún perejil. Pregunta además si las hijas de Leonardo tienen contacto con el abuelo represor. Le inquieta también el rol de la madre de Leonardo en todo esto.
-Me cuesta mucho analizar a mi mamá. Creo que no estaba de acuerdo, que algo de esta rebeldía se lo debo a ella. Que no se atrevió a más por su mandato familiar pero que, en la intimidad, hubiera deseado otra vida. La voy a visitar cada dos o tres semanas porque pienso que cada vez puede ser la última. Y siempre me abre la puerta mi papá, que está mejor que ella de salud. Pido que entiendan que no es fácil para nosotros.
Miranda Genaro, 89 años, goza de la prisión domiciliaria. El 3 de mayo de 2017, la Corte Suprema de Justicia declaró aplicable la ley 24.390, más conocida como 2×1, para el caso del represor Luis Muiña. Muiña integraba la patota que secuestró a Jacobo Chester. Un tsunami de repudio produjo la marcha atrás. Se gritó, se grita y se seguirá gritando: el único lugar para un genocida es la cárcel. El tema asoma inevitable en la conversación. Zulema respira lo más profundo que puede. Leonardo detalla:
-Es una contradicción. Adhiero a la consigna general de cárcel común pero, por mi mamá, estoy a favor de la domiciliaria para este caso. Si ella no viviera, yo estaría más cómodo con que mi papá estuviera en la cárcel. Se mezcla todo. Sí quiero que lo exoneren cuanto antes de la Policía. Es una barbaridad que siga figurando con retiro efectivo.
Zulema calla. Leonardo aguarda. En medio de ese silencio, queda espacio para una pregunta:
-¿Soñás con que se te terminen las contradicciones con este tema algún día, Leonardo?
-Sí, claro. Lo hablé mucho en terapia. Se dará con el tiempo.
-El paso del tiempo –interrumpe Zulema- no cambia las cosas.
-Pasa que mi papá todavía vive con la ilusión de que el proceso judicial vuelva hacia atrás. Creyó que eso iba a suceder durante el gobierno de Macri.
Se miran a los ojos de nuevo. De fondo, las réplicas de los trofeos que la Academia obtuvo cuando fue heptacampeón entre 1913 y 1919. Zulema gira la cabeza hacia las copas: “Racing es mi papá agarrándome de la mano para entrar a la cancha”. Luego inquiere por los archivos genocidas que no aparecen. Leonardo contesta que desde Historias Desobedientes no sólo esperan aportar a los procesos judiciales sino también contactar a otros hijos para Interrumpir los mandatos perversos y la repetición de esos mandatos en el futuro. “Varios de mis sobrinos son negacionistas porque tres de mis hermanos defienden a rajatabla a mi papá”. Zulema enfatiza: “El silencio es perpetrar hasta el día de hoy los hechos. Es terrible que sigan sin decir dónde están los cuerpos y a quiénes les entregaron a los chicos”.
Nuevo silencio, nueva oportunidad para introducir otro interrogante:
-¿Estás de acuerdo con que no puede haber ni perdón ni reconciliación con alguien como tu papá?
-Sin dudas. Si a mí me desapareciera un papá como el de Zulema, ni perdón ni olvido ni reconciliación ni nada. Es un daño a la humanidad. Es lesa humanidad. Seríamos un país más solidario y más justo si no hubieran desaparecido a tantos compañeros. Puedo volver a la vergüenza de decir que mi papá fue culpable de que las personas como Jacobo desaparecieran. Fue culpable de que este mundo no pueda estar mejor.
Zulema asiente con una mueca y acomoda la palma de la mano justo encima de donde sabe que está el carnet de su papá. El resto le sale solo:
-Es lo bueno de la vida: mientras la tenemos, podemos elegir de qué lado nos paramos. Bienvenido a este lado de la galaxia.
Protesta social
Marcha de jubilados: medias, bochinches y ningún dólar en las orejas

Un miércoles tranquilo en la ronda de jubilados en Congreso, que despierta dudas ante la necesidad de hacer “un poco más de bochinche”. Como homenaje al Día del Jubilado (domingo pasado) hubo un puesto de hamburguesas y choripanes de la UTEP. “El hambre es desesperante” dijo una de las mujeres que servía a esa cola ampliada con gente de la calle en busca de qué comer. Historia de cómo sobrevivir a una jubilación hiper mínima (porque encima se arrastra una deuda). Los alfajores, las medias, y la salud encontrada en el gesto de movilizarse.
Por Lucas Pedulla Fotos Juan Valeiro/lavaca.org
A sus 76 años, Luis Relinque tiene que vender medias para llegar a fin de mes.
–Si no trabajo, no como.
Y para comer tiene que trabajar, aunque hace once años que está jubilado. El único día que no sale a vender por la zona de Once es el miércoles, cuando camina las diez cuadras que separan su casa –Remedios de Escalada, sur del conurbano bonaerense– de la parada del 37 que lo deja en el Congreso de la Nación.

El dato, que solo en esta Argentina pareciera naturalizarse, lo explica fácil:
–Soy jubilado de la mínima. Cobro $400.000 limpios, justos. El mismo día de cobro pago la luz, el gas, el agua y con todo lo que tengo me quedan limpios, justos, $210.000. Si no trabajara, son $7.000 por día hasta el mes siguiente. ¿Cómo hacés?
La pregunta flota mientras alrededor se dispone la movilización de cada miércoles. La Rama de Trabajadoras y Trabajadores de Espacios Públicos de la UTEP (gremio de la economía popular), llamada “Lxs Parrillerxs”, puso un puesto para regalar choripán y hamburguesas por el Día del Jubilado, que fue el domingo. Se sumó mucha gente de la calle: “El hambre es desesperante”, dice una señora mientras corta el pan. Sobre la vereda se acomodan trabajadoras y trabajadores de la ANSES, que denuncian una “sangría por goteo” en el organismo encargado de las jubilaciones y pensiones: el Gobierno abrió un plan de retiros voluntarios, el segundo del año. Un trabajador dice a lavaca: “En el anterior se fueron más de 1.000 personas. Muchos agarran porque están muy endeudados. La idea es que quede un ANSES chico, si es que queda”.

Por su parte, Luis tendría que estar cobrando un poco más: en septiembre la mínima llegó a $498.633,20, contando el bono de $70.000, congelado hace 30 meses: según el Centro de Economía Política de la Argentina (CEPA), si fuera por movilidad Luis y cinco millones de jubilados y jubiladas más tendrían que percibir un bono de $223.148. Pero Luis cobra solo $400.000 limpios porque está endeudado: hace ocho años sacó un crédito.
–Se me cayó un árbol del fondo de casa en la cabeza. Tuve derrame cerebral. También me hizo pelota la rodilla: hoy tengo una prótesis. Mirá vos, es la misma rodilla que la policía me reprimió en una marcha el año pasado: la tengo peor. Me queda este año de crédito, así que espero para fin de año terminar de pagarlo y poder cobrar un poquito más.

Por eso todos los días –salvo los miércoles– sale a vender tres pares de medias a $1.000: camina mirando a todos lados para que los “parásitos con uniforme” no le decomisen la mercadería, como viene ocurriendo en la ciudad de Buenos Aires bajo la gestión de Jorge Macri. Antes Luis vendía alfajores y podía hacerle algún regalo a su nieta de 13 años, o darse un gustito como ir al teatro. Pero los alfajores subieron tanto que ya no es negocio. Cuenta que la idea de las medias le llegó mirando la televisión.
–Veía a tanto operador político en la tele que pensé: si las medias me salen lo mismo que un chupetín, quizá la salida a esta crisis sea chupar medias, en serio te digo.
Luis habla y piensa con mucho humor, pero siempre aclara que lo dice en serio. Cuenta que fue la primera persona que puso un boliche gay en provincia de Buenos Aires – “Chelovecos, en 1974”–, que también tuvo una tanguería y que por muchos años se dedicó a cocinar en su casa para geriátricos o centros de jubilados. Como siempre trabajó por su cuenta, pudo jubilarse con una parte de aportes y otra de moratoria.

–Hoy el Gobierno la cortó, pero la moratoria ayudó mucho. Conozco gente que nunca aportó y ahora te dice: “Cristina chorra”. Bueno, entonces devolvé la jubilación o donala a un comedor.
A diferencia de lo que dijo el presidente Javier Milei tras su discurso en Naciones Unidas en Nueva York, a Luis –como argentino– no le salen dólares por las orejas. Es una de las tantas razones por las que no se pierde ningún miércoles.
–Hace unos años me quedé viudo. Me pasaron todas, pero yo le aconsejo a la gente mayor que venga a la marcha. No sólo como protesta, sino porque es bueno para uno. Es una cuestión de salud. A mí me ayudó mucho porque me olvidé de mí: me acuerdo más de la madre de Milei que de mí. En serio, te digo. Algunos jubilados me dicen: “No, mejor me voy a hacer un estudio al médico”, pero es como un coche en el mecánico: algo siempre te van a encontrar. No digo que esté mal, ojo, pero hay gente que está todo el día en la casa mirándola por televisión y pensando en sí mismo. Con hacer un cartel o pensar alguna cosita, ya la cabeza se me despeja.

La semana pasada, Luis trajo el “Desodorante Javo”, con una característica premium: “Te deja seco las 24 horas”. ¿Qué significa ese humor en la lucha de cada miércoles?
Luis es crítico:
–Yo vengo porque la jubilación me alcanza nomás para diez días. Me gustaría que hagamos un poco más de bochinche. Acá nos encerraron. Venimos y damos una ronda: no tenemos nada para festejar pero damos la vuelta olímpica como si fuéramos campeones. Luego, a casa. Hay que ir al Obelisco, a Corrientes. Acá no nos ve nadie. No estoy en contra, porque nos encontramos, pero haría un poco más de calle. Lo único que falta es que nos pongan mesas y nos hagan jugar a las damas: para eso voy a la plaza de mi barrio. En Lanús me preguntan: “¿Luis, no marchan más?”.
La marcha –la ronda a la que Luis pide más bochinche– está por empezar.
¿Qué espera?
–Mirá, el día que no pueda caminar más ni vivir a medias, me amenazo al Presidente así me vienen a buscar: ya averigué que no me sacan la jubilación, me llevan en cana, y al menos tengo una lamparita para leer algún libro y amigos que me traerán algún sanguchito de miga. Lo mismo que haría en casa lo hago allá. En serio, te digo.
¿Hay opción B?
–Que cambie el Gobierno. Eso daría un poquito de esperanza. La primera medida tendría que ser darnos un aumento. De mínima. Esta lucha que hacemos va a pasar a la historia como algo que era necesario hacer. El que no labura ni lucha, no come.
Hincha de Independiente y fanático de Manal, Luis se despide y se mete a la marcha.
Revista Mu
MU 216: Qué, cómo y cuándo cambió todo


Ley de Tierras y después: Cambio de tema
Durante meses el gobierno logró imponer los temas, los tiempos y las preguntas. Hasta que una discusión sobre la tierra parió otra cosa. Lo que apareció detrás y después de ese debate no es –solo– una disputa jurídica ni económica, sino una pregunta más profunda sobre la soberanía, la identidad y el futuro. De César Aira a Peter Thiel, una lectura de la actualidad para crear lo que falta.
Por Claudia Acuña

Viaje a la vida en el Paraná II: En modo Costa Pobre
Los incendios y el dragado que rompen el ecosistema, los countries ocupándolo todo, el extractivismo de arena para el fracking, las privatizaciones, la contaminación masiva, la indolencia estatal: el Paraná debería ser un río de todos, pero parece un río de nadie. Navegación desde Escobar hasta las Lechiguanas, pasando por Costa Pobre, barrio popular amenazado, que simboliza mucho de esta historia. Voces e imágenes de quienes siguen defendiendo la vida del aire, el suelo, el agua y la justicia.
Por Francisco Pandolfi
Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org

Atanor condenada por contaminación: La odisea
Más de 200 muertes en seis manzanas del Barrio Química, la contaminación probada del agua, aire y suelos, y el “daño irreversible” al Paraná en San Nicolás ratificado por la Corte Suprema bonaerense. La sanción económica es mínima para una multinacional (equivalente a dos camionetas) pero está por comenzar la causa penal a sus ejecutivos. Lo que cuentan el barrio y el abogado Fabián Maggi sobre este viaje de más de una década para que no haya impunidad.
Por Lucas Pedulla
Fotos: Sebastián Smok/lavaca.org

Agroecología en Misiones: El libro de la selva
Una cooperativa agroecológica de quince familias produce alimentos sin químicos en medio de la selva misionera y muestra cómo cultivar de un modo sano y rentable. Unión Campesina, los secretos de la tierra, la casa de las semillas, y una decisión: hacer mucho y hablar menos. El método del Fukuoka misionero. ¿Cuál es la rueda que está girando?
Por Francisco Pandolfi
Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org

Delia Tedín, decoración, política y clases altas: Mucho gusto
Con tupido árbol genealógico y privilegios de cuna, aprendió el valor de la diversidad y la rebeldía frente a un ambiente que “olía a odio”. Eligió su propia vida como decoradora, sin perder nunca de vista el contexto social. Sus pasiones: fomentar el trabajo y la creatividad del país, y combatir la idea de que las personas tienen la culpa si les va mal en estos tiempos. Conversación sobre bombas, estupidez, poder, Nerón y el arte de mantener los ojos abiertos.
Por Sergio Ciancaglini
Fotos: Juan Valeiro

Carne de cañón: las víctimas travestis-trans de la dictadura
A 50 años del golpe de Estado, el Archivo de la Memoria Trans reunió en un libro testimonios individuales, relatos colectivos y el registro del Juicio Brigadas, el primero que toma como víctimas del terrorismo de Estado a mujeres travestis trans. El libro no habla solo de violencia, sino también del humor, la amistad, la resistencia y las formas que ellas inventaron para poder seguir vivas. Pistas sobre dónde encontrar claves para el futuro.
Por Evangelina Bucari

El libro La nueva oligarquía: Tecnopoder
¿Quién gobierna el mundo? ¿Qué transformaciones y deformaciones de la democracia se están intentando? ¿Qué pasa con la soberanía? ¿A quién hay que vigilar? Temas de La nueva oligarquía, del sociólogo argentino Ariel Goldstein y editado por Marea. Aquí, fragmentos que invitan a su lectura para bucear varios dilemas del presente.

Zoe Hochbaum: Comerse el mundo
Actriz, bailarina, escritora, productora: 27 años, una nueva película y un programa de radio. Zoe puede oscilar entre la comedia con flamenco, los monstruos literarios y la reconstrucción de los vuelos de la muerte. El homenaje al radioteatro, y el ejercicio de la amistad como salvavidas para los tiempos en los que la realidad parece querer fagocitarnos.
Por María del Carmen Varela
Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org

Crónicas del Más Acá: Rambo al sur
por Carlos Melone
Nota
La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Córdoba llegó a la undécima edición del Ni Una Menos con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. Córdoba salió a la calle bajo la lluvia este 3J, once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta.
Por Bernardina Rosini
El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: lavaca.org.
Lo que no se puede creer
Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.
Varones
Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema? Fotos: lavaca.org
«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.
Dónde está Delicia
Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.
Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.
Justicia sin apellido
Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»
Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.
La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
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