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El origen de la inseguridad

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La comedia musical que canta al ritmo de cumbia la Marcha Peronista, también se mete con la cuestión indígena. Eduardo Blanco, uno de los guionistas, lo explica así.

Los europeos que llegaron con ansias de conquistas a las tierras americanas sufrieron una gran decepción: los habitantes del continente descubierto desconocían por completo la civilización y no comprendían la humanidad de esos hombres que les ofrecían orden, progreso y una religión verdadera. Fue tal la desilusión con los nativos que resultó opinión unánime de los adelantados que era preciso exterminarlos para poder fundar un auténtico Nuevo Mundo a salvo de la inseguridad que generaban aquellos salvajes.
Pero si el contacto con los aztecas, los mayas, los toltecas, los incas y otros bárbaros fue insultante para la inteligencia de aquellos hombres acunados en la cultura europea, es difícil imaginar el grado de crispación que alcanzó a los caballeros españoles que tuvieron la desgraciada suerte de recibir la encomienda de Su Majestad de conquistar el territorio que hoy se conoce como República Argentina.
Los antiguos habitantes del territorio argentino eran nómades, armaban sus casas con unos cueros mugrosos, apenas se cubrían con taparrabos y desconocían la ilustre lengua castellana. No construían ciudades imperiales, como los aborígenes mexicanos; no tenían la organización social de los pueblos centroamericanos; y tampoco conocían el comercio y la posibilidad de someter a otros pueblos como sus contemporáneos incaicos del Perú. Los indios argentinos eran vagos, afectos a la embriaguez y ajenos a las corrientes de pensamiento dominantes de su época.
Para colmo de males, los terratenientes originarios agregaban a sus costumbres disipadas la de la rebeldía. En 1516, Juan Díaz de Solís fue sándwich de churrasco de algunos primitivos rioplatenses y la expedición de Don Pedro de Mendoza, en 1536, descubrió que los querandíes porteños no tenían el menor respeto por el acervo cultural europeo.
Algo después, la Revolución de Mayo encontró a los indios más aggiornados. Los araucanos y mapuches se habían establecido en casi todo el territorio del virreinato rioplatense gobernados por los caciques bonaerenses, que empezaban a hacer pesar sus aparatos, pero a los criollos no les interesaba la ocupación india ya que la principal actividad comercial de la colonia era el contrabando. Además, en aquella época quedaban pocos indios, en tres siglos habían demostrado su inferioridad al no poder resistir las enfermedades, las armas y los castigos que llegaron desde Europa.
En 1816, a partir de la declaración de la Independencia, la flamante clase política argentina entendió que la dependencia de España estaba fuera de moda y que era hora de comenzar a depender del gran imperio inglés. Así fue como llegó a las pampas una nueva tendencia mundial: cultivar cereales y criar ganado para Inglaterra y sus países aliados; esta idea de progreso, como puede entenderse, chocaba con la molesta presencia de indígenas improductivos en la zona más fértil de Argentina. Entonces, la insistencia de los descendientes de españoles y otros pueblos europeos en empujar a los indios lo más lejos posible del territorio cultivable generó rebeliones en los intolerantes pueblos aborígenes, que quisieron recuperar las tierras que perdían mediante el uso de patotas conocidas como “malones”. La indiada sembraba el pánico en las poblaciones de colonos que avanzaban sobre la llanura bonaerense y no quedó más remedio que usar la fuerza pública ante el pedido desesperado de los argentinos bien nacidos que reclamaban justicia.
Estaba claro, más allá de que las luchas internas posteriores a la Independencia habían dividido al país en facciones irreconciliables, todos los caudillos argentinos coincidían en que, a menos que aceptaran ser los peones rurales de las tierras que ocupaban, a los indios había que liquidarlos por el bien de la sustentabilidad de las economías regionales. Ese acuerdo permitió que se organizara la primera Conquista del Desierto, comandada por Don Juan Manuel de Rosas. El caudillo federal logró un éxito rotundo. Primero convenció a los caciques de un grupo de tolderías bonaerenses aisladas de que aceptaran la nueva realidad nacional y trabajaran como punteros políticos de su gobierno a cambio de ciertas ventajas comparativas, luego logró que 500 indios “independientes” se unieran a las tropas para enfrentar a sus primos más salvajes. Una vez que consiguió correr a los malones hasta el sur del Río Colorado, en 1834, Rosas y sus amigos terratenientes brindaron por la liberación nacional.
Sin embargo, los salvajes que quedaban mantenían su histórico odio de clase y se reagruparon para recuperar las tierras que reclamaban como propias. Tras la caída de Rosas, uno de los caciques más activos fue Calfucurá, llamado “el Napoleón del Desierto” (en 2002, una oenegé defensora de los pueblos originarios estableció que a Napoleón Bonaparte deberá llamárselo “el Calfucurá de Francia”, para que no haya discriminación). Calfucurá derrotó a las tropas de Bartolomé Mitre en varias batallas, lo que no constituye un mérito porque el general porteño era un estratega bochornoso.
Cupo al general Julio Argentino Roca la decisión, en 1877, de ponerle el Punto Final a la resistencia indígena. El expediente fue sencillo: exterminarlos sin contemplaciones atendiendo a que la inseguridad reinante, que quitaba el sueño a los criollos, obligaba a soluciones drásticas.
Así fue como Argentina maravilló a los europeos por sus cuatro climas, su crisol de razas (excepción lógica de los indígenas), su granero del mundo y sus militares sanguinarios. Cuando se certificó que no quedaba ni un solo indio rebelde en el territorio argentino, hubo quienes iniciaron una campaña por reivindicarlos. Fue el comienzo del garantismo, pero ésa es otra historia.

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